Hay, en algún lugar...
A mi pelu y sus “namoriscamientos”. Ya ves lo que ha salido. Gracias por jugar conmigo.

Después de estar toda la mañana hecha un ovillo en su cama, ocupada en la afanosa tarea de contemplar el anillo que abrigaba el dedo pulgar de su mano izquierda, como si envolviese su alma, como si abrazara su corazón, como si su ángel de la guarda hubiera tomado su lugar poniéndola a ella fuera de toda vicisitud humana; sin cansarse de besarlo suave, ardientemente, de acariciarlo, cerró el puño en torno a él, lo cubrió con la otra mano y, despacio, salió de su casa y echó a andar.
Sin tiempo, sin rumbo, sin pensamientos claros, definidos, vagó por un sendero que la llevó a un camino, que la llevó, atravesando un pequeño desnivel, a la pequeña cala de arena oscura donde una lengua de mar jugaba al juego ancestral de hacer silbatos con algunas rocas.
Medio despierta, medio embazada por una ráfaga de viento, buscó refugio al pie del acantilado. Una palmera humillada por las fuertes corrientes de aire, o más amante de la tierra que del cielo, le sirvió de asiento. Sin querer, su mirada se fue en busca del origen, la raíz, de la última hoja de una hiedra: hoja, tronco, hoja, tronco, arriba, arriba... Apoyó ambas manos en el tronco casi horizontal para mantener su verticalidad. Con el estómago súbitamente revuelto miró desconfiada el verde infinito que parecía derramarse directamente sobre ella desde el último color de la tarde.
¿Cuánto tiempo había andado?
Recordaba haberse levantado tarde, tanto que los demás ya estaban disfrutando una, sin duda, breve siesta. Había puesto su mano derecha sobre el hombro de su madre advirtiéndola de palabra de su salida, de su paseo. La madre había gruñido, se había quitado la mano del hombro como quien espanta a un insecto molesto, había bufado, rehecho la postura, y vuelto a caer en el agradable sopor, tras la comida de uno de los primeros días más calurosos del verano.
Ella no había probado bocado desde... desde la tarde del día anterior, cuando se fue con unos amigos predispuestos todos, a todo, surgiera lo que surgiera, fuera lo que fuera. Dándole una oportunidad a la vida de hacer honor a su nombre sin poner impedimentos, dando facilidades, se trataba de olvidarse de sus circunstancias, sus preocupaciones, sus obligaciones.
Como cada cual tenía sus gustos, más afines a unos que a otros, y todos aprobaban y apoyaban los de los demás, el grupo original sólo tardo un par de copas en fragmentarse, y cada subgrupo se despidió del resto.
Cuatro, con ella, optaron por una velada tranquila en el malecón. Hablaron, bebieron, contaron anécdotas, bebieron, filosofaron, bebieron, comentaron las últimas noticias, fumaron, bebieron, expusieron los hallazgos de sus propias pesquisas, elucubraron, bebieron, soñaron, fumaron, dudaron, bebieron, rieron, bebieron, fumaron, callaron.
Observando el firmamento, pensaron. Bebieron. Amanecía. Se despidieron.
Ambos, ella y él, optaron, por ser de la misma localidad, y por lo precario de su estado, volver en un taxi.
Demasiado alcohol, algo de hierba, quizá demasiada también, el tema central de la conversación con los otros...
Ahora, ahí sentada, con los ojos entornados, el ceño fruncido, su mano izquierda cerrada en un puño sobre su estómago revuelto, medio recostada sobre su hombro derecho en los helechos del talud, mareada, empezó a recordar todo lo que vino después.
Los dos amigos en el asiento trasero del taxi, camino a casa, cogidos de la mano ahora, abrazados después, sonrientes, guasones, desinhibidos, terriblemente borrachos, bromeaban en serio sobre la dudosa “gracia” del dios que había cogido el proyecto de esa carretera, arrugado, hecho una pelota con ella, y la había dejado caer justamente ahí, y estornudado sobre ella para, al darle su alma, hacerla real además...
A cada matiz de humor, cruel a los oídos del taxista que les miraba a través del espejo retrovisor con cara de “parecen críos, y a esa edad ya no... etc” el pobre hombre moría de malsana envidia, mientras ellos se besaban en las manos, en las mejillas, y escondían sus risas entre el cuello y el hombro del otro.
“A tal sitio han dicho ustedes, ¿verdad?”. Al unísono miraron al taxista, afirmaron al unísono, se miraron a punto de estallar en risas preguntándose cual de los tres estaría más borracho... y algo pasó.
Los ojos de él clavados en los de ella, los de ella hundidos en los de él.
Habían nacido casi a la vez, en el mismo lugar; habían crecido juntos, habían compartido espacio y tiempo desde hacía más de treinta años. Se habían llevado dentro, puede que más aún, cuando cada cual inició una nueva vida con otras personas, muy lejos. Relaciones que fracasaron. Habían estado media vida tan separados y lejanos, como vivos y cercanos.
Y los dos habían vuelto a casa.
Esa mirada lo decía. Les decía a los dos algo que siempre estuvo ahí y nunca supieron. La mirada de los dos era una sentencia que descendía, sostenida, lenta, amenazante, anhelante, suplicante, aterrada, hacia los labios del otro.
Un golpe seco, un frenazo súbito, maldiciones del conductor. Habían atropellado algo... o algo les había atropellado a ellos. Se sentían tan arrollados como el magnífico ejemplar de murciélago con la luna delantera haciéndola y haciéndose pedazos.
El taxi parado en medio de la calzada, ellos a un lado, perplejos, ausentes de la escena, del otro, de si mismos, fue la secuencia más inesperada de sus vidas. El taxista seguía propeliendo improperios, puñetazos al aire, y patadas a las piedras, hasta que se le ocurrió llamar a la central y dar parte del incidente. Estaba en ello cuando todo se iluminó en un verde frío y siniestro, el aire se inflamó, y un trueno fantástico encogió lo poco que quedaba de sus ánimos.
Un aguacero infernal cayó de repente, desde ninguna parte, como si el mismo dios del que habían hablado hubiera tropezado con el caldero donde recogía sus lágrimas, y ahora todas se les vinieran encima a la vez.
Cuando oyeron al taxista gritar que entraran al coche ya estaban cerrando la puerta. Él mismo no tardó mucho en hacer lo propio. Otro taxi venía de camino, no tardaría más de dos minutos en llegar, y llevarles al destino indicado.
Empapados de lágrimas de dios, fatigados, aturdidos, volvieron a encontrarse sus ojos recelosos de la veracidad del momento pasado, perdiéndose poco después más allá de las ventanillas del coche.
Sí que llora dios, sí...
Él cogió las manos de ella entre las suyas. “Jolie... ma petit jolie...”. Una emoción a duras penas controlable se apoderaba de ellos, de nuevo, bajo el yugo de la atenta mirada, desde el retrovisor, del taxista.
Una ráfaga de luces, un motor parando cerca, unas palabras: vamos cabrón, ya creí que tenía que presenciar la orgía de los borrachos otra vez.
Fuera hablaban, daban golpes a las ruedas, hicieron comentarios sobre la tormenta, ya lejana, sobre cómo las borracheras cambian la perspectiva de las cosas que se tienen cerca, hablaron por la emisora. Hablaban, hablaban...
Dentro del coche, en un clamoroso silencio, a ciegas, a tientas, con la boca cerrada por la del otro, él y ella sellaban y rubricaban con el beso que nunca imaginaron, lo que les parecía la historia de amor más grande del universo.
Golpearon en la ventanilla. Ellos separaron sus labios, que no sus ojos. Oyeron: vamos, pasen al otro vehículo, y vayan a dormirla antes de que tengan que arrepentirse de algo.
Cambio de asiento de atrás.
Vuelta a andar.
El otro taxista, un poco más amable, un poco más viejo, algo sabio, mucho más abierto de mente, comentó: “Esta lluvia ha refrescado el ambiente, la noche está muy agradable ahora...” y lo dijo mirando a la carretera, sonriendo, y sin tocar el retrovisor.
-Sí...
No sin esfuerzo, él sacó de su dedo meñique un anillo que parecía estar soldado a su piel. Lo fue probando en cada uno de los dedos de ella, hasta que llegó al pulgar izquierdo, y se lo colocó. Cerró la mano de ella, envolviéndola en la suya, envolviendo con sus manos las de ella, que pensaba con urgencia qué podía darle a él. Había empezado a decir “yo no...” cuando... sus dedos sobre sus labios, sus labios en su cuello... él inspiró profunda, tranquilamente, la retuvo ahí para él, para sus sentidos, para su alma, para su vida, sujetándola por la nuca dulcemente con su mano. Se acurrucó en ella, ella le rodeó con un brazo.
-¡Aquí es, señores! ¡Son 25€!
Se enderezaron. Habían llegado al pueblo. Estaban ante la puerta de ella. El cielo volvía a ser azul, pero las calles aún estaban desiertas.
Él pidió al taxista que le acercara a su domicilio, besó la mano de ella, sobre el anillo, inspiró de nuevo, la miró.
-Me llevo tu perfume.
Ella posó un breve beso sobre sus labios.
-Mante...
Nada sabía del resto de día, salvo que se había marchado de casa cansada de no poder conciliar el sueño, sin saber muy bien hasta dónde los recuerdos eran fieles, hasta dónde fruto de una extraña alucinación, sin saber si había sido real, y si lo había sido... hasta dónde estaba ella dispuesta a llegar.
Sobre el susurro del mar contándole secretos de los hombres a la arena, creyó oír una voz. ¿De noche? ¿Aquí? Suspiró. Se abrazó a sus rodillas. Acababa de derrumbarse sobre si misma.
Por lo menos contaba con este refugio, en esta cala a la que había acudido siempre secretamente, y que pocos conocían, y si la conocían no iban nunca, al menos nunca había habido extraños allí. Por lo visto a nadie le valía la pena llegar más que a ella. Allí se encontraba siempre consigo misma.
Un relámpago de recuerdos la atravesó fugaz, y distinguió perfectamente el momento en que él y ella habían estado allí, tan solos y tan unidos, en su infancia y adolescencia.
Estaba pensando en recoger en un cubo, qué ironía, las lágrimas que empezaban a asomarse a sus ojos.
Se sobresaltó al notar la suave presión de una mano en su hombro.
-Jolie... te he buscado...
El rostro de él manifestaba su propia incertidumbre.
-Mante...
Comentario:
Bichillo.................
Bichilloo.................
Bichillooo.................
GRACIASSSSSSS
MUAKSSSSSSSSSSSSSS
Erase una vez,una mujer tremendamente
enigmatica....no cambies nunca. ;)
Nos vemos en el camino.........
Bichilloo.................
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