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Moriencias
A mí me pasa.
Acerca de
Livianos mundos efímeros se acercan, se rozan. Dibujan garabatos en el aire. Se unen. Explotan. No hay fórmula magistral, ni receta mágica. Simplemente hay que seguir. Fuerza de empuje o inercia. Y, un día, desaparecer a contraluz tras la linea de tu horizonte.
Sindicación
 
Tarde de Junio

Estoy recién levantada de una siesta, uno de esos sueños, islas, que, en verano, sujetos cuerpo y mente a las inclemencias de sol y del calor, arrastran a ese estado seudo comatoso, cuasi inconsciente, que tanto aborrezco.

Ahora, ni dormida ni despierta, ni siendo aún persona ni sin dejar de serlo, sin recordar cómo, me he sentado en la terraza; y no sé por qué tengo en las manos un cuaderno y un bolígrafo, que igual pudiera haber sido una escopeta. Y no sé por qué estoy escribiendo...
Supongo que es esta música de fondo, esta banda que, debida o indebidamente instrumentada, es la cuerda que acciona el mecanismo de mi vida.
Escucho.

Los vencejos marcan ahora la frontera entre el día y la noche, entre la tierra y el cielo. Ahora me muevo al ritmo de las bandadas de vencejos.
Pienso.

Sé lo que sonó antes, por la mañana: el rugido de la arteria N601, el bigote de mi jefe, las coplas del vendedor de la ONCE, la puerta de casa cerrándose despacio, por mi mano, tras de mí. Los andares de mi amigo. Las bolsas de la compra, una canción bien elegida a medio volumen, mis párpados cerrándose entre el roce de las sábanas alrededor de mi piel desnuda y entre los escombrazos de la marabunta de chinos chirriscantes que han adquirido, para su negocio, el local que antes ocupaba un supermercado que cerró aquí debajo...

La estoy oyendo ahora en piares de gorriones, parloteos de cárabos, interrogantes de mirlos, gritos de vencejos, arrullos de palomas torcaces, y los pitidos de las teclas de mi teléfono móvil, que mi hijo, que acaba de sentarse a mi lado, manipula curioso en reverente silencio.

Conozco la melodía, estoy tarareando ya la siguiente estrofa:
En medio de esta ofuscación, más o menos transitoria, hay un golpe de besos y sonrisas, y palabras sinceras, o penas, o serias dudas, o tremendas certezas. Hay un caminar que se aleja hacia la corriente en dirección a ella. Hay la sombra de un árbol, bueno, alguno más queda todavía. Hay pasos sobre tierra húmeda, un silencio deseado, aire no viciado, y la vuelta.
Sigue el estribillo...

Y todo está bien mientras siga y, ya abrazada por el manto azabache de la noche, me despierte sobresaltada creyendo que me he dormido. Y cuanto más despierta, más me admiro ( ¡cómo y cuánto me gustan los murciélagos y sus pequeños pitidos! ) de seguir viva.
Y cuerda.
Cuerda... Mi perro me la da otra vuelta, con cuidado, no me salte...
Yo me pongo el “Replay”

Puede que esta música me canse, pero adoro a los músicos que hacen la banda sonora de mi vida.

 
Comentario:
Ya ves que te veo sin ser visto ni olido por cualquiera, aunque por más que lo intenten nunca me verán excepto quien sabe observar, que no mirar, pues mirar y observar no es lo mismo aunque algunos lo intepreten como que es igual. Ya se sabe que oír y escuchar dicen ser lo mismo según boca de algunos, pero para quien sabe matizar no lo es, ni tampoco lo será. Pues mira que bonito está quedando, no pienso escribir ni una sola letra más..., bueno, quizá alguna más, para darte las gracias por hacerme partícipe de tus puntos de vista y por poder charlar, pues sé que tú sabes escuchar, das la sabia bendita; que piense los que piensen; sabes por donde va.
Gracias por estas Moriencias,¡mira, un ancla! ¡Y qué más da!
Sabes que te añoro y pienso en tí como el que más, mirando las estrellas solo pienso..., ¡por favor, guíala y guárdala!
Un besazo
 
Comentario:
Sí, ahí les veo a todos. Cada cual interpreta su partitura. Sonidos independientes que terminan formando una armonía maravillosa para acompañarte a ti, que eres la solista.

Al director no le veo, me pilla siempre a contraluz.

Un besazo, micaniwapa.
No