Intermedio
No es el peor momento para decidirme de una vez a pasar el antivirus, y descubrir que la licencia ha caducado. Ni para recibir un sms con relativas eventuales y gratas noticias resumidas. No es el peor momento para dejarme seducir por los guiños que me hace la cama cuando me siento un momento en ella, y pensar en una siesta, casi un coma, que me libre de todo quehacer, de todo pensamiento, de toda emoción, de toda sensación, de todo: bueno o peor.
No es mal momento para recordar a un amigo y dejar que la parte de él que a mi me corresponde dibuje una sonrisa en mis ojos, que huyen fugitivos buscando un espacio abierto donde recrearse en el momento vivido, un horizonte más allá de la más inconcebible lejanía.
Mi hijo mayor llama a la puerta de la habitación, pregunta: mamá, es que no quiero molestar, es mal momento para decirte una cosa?. Me levanto sin afección, miento: no hijo, iba a colgar la cortina de la bañera, acaba de terminar la lavadora, sígueme mientras me lo cuentas. Mi hijo me pregunta precisamente por ese amigo en el que yo estaba pensando, interesándose por él, y pidiéndome que cuando le vea le devuelva un par de juegos que le había prestado.
Para ellos, para mis hijos, la siesta siempre ha sido objeto de ritual primordial a tener en cuenta. Se retira enseguida.
Siempre es buen momento para beber un vaso de agua, pero este momento en que la tranquilidad ha envuelto mi embarullada vida, y el silencio y la pausa invitan a una improvisada fuga de los sentidos, este vaso de agua me parece néctar y ambrosía dignos de dioses.
No es el mejor momento para apagar el teléfono móvil, porque toda moneda no trucada tiene dos caras diferentes; si hace un rato cayó de un lado, dentro de un lado volverá a caer ya veremos cómo. Quizá como yo en mi cama, quizá como el enfermo en la suya, o como esa mirada sobre la línea del horizonte, o como el cazador sobre su presa, o como la humanidad inconsciente sobre los humanos y la tierra.
Pero éste es el mejor momento que un inimaginable ha podido elegir al azar para detener con su desconocida mano la moneda en el aire, posiblemente la misma mano que a veces llama a alguna que otra puerta, y tronar en una carcajada justo antes de volverla a soltar.
Precioso regalo, puesto que puesto está dónde caer.
Y caerá...






