Tardío recuerdo agradecido
Esta noche, indeciblemente más que la del sordo chasquido, el recuerdo de su
nombre y su sentido, hacen que mi café con leche calentito tenga este amargo
sabor a nada en mi paladar.
Supe tarde, demasiado tarde, que este mundo podía dormir tranquilo sin dudar
ya de que color es su cielo, si azul o verde.
Y supe que lo haría, porque ya lo hacía.
Supe a destiempo del color del dolor en el pecho amigo, tan intenso como
inútil, abstrayente, focalizado, cegador, arrebatador de su último aliento de
vida.
Con los ojos más que cerrados, el hombre, más que dormido, dejó de ser luz
de un momento. Quizá alguna vez del tuyo, sin duda muchas del mío. Por eso
de mío hablo, no por saber más, ni por sentirlo tan cerca, sino por ser yo quien
de su mano cortó algunos nudos de antaño. Mis nudos, de su mano.
Levantada ya, legañosa aún, despeinada, casi feliz, muy agradecida, sonreía
cuando podía escucharle de madrugada en madrugada de fin de semana.
La Rosa de Los VientosCuánto me ha movido. Cuánto me ha ayudado a ganar. Cómo esperaba esas
alertas, esas citas a ciegas arropada por esta bendita soledad, en la oscuridad
anhelante de un mundo mirando el mismo cielo, abrazados todos por un mismo
afán.
Pero sí... esta noche, el ruido casi apagado de su portazo al salir, es más
notable. Y el vacío que deja.
Vacío que un día rezará, como hoy su nombre, el tuyo, el tuyo, y el mío, en el
epitafio del alma, inubicable ya. En el pronto olvido.

Juan Antonio Cebrián: Gracias. Nos vemos, amigo.
Fdo: Murciélago.





