¿...?, La escoba, y El Farero
No me gustan las recolecciones de música que habitualmente nos venden, amparado, y superado a veces, el vendedor, por la nostalgia de un público que, generalmente, no demanda ese producto.
Cada cual tiene sus recuerdos; la memoria, consciente o inconscientemente, asocia hechos al medio en que estos se desarrollan. Y como, según parece, cualquier tiempo pasado fue mejor, y cuanto más tiempo haya pasado más jugosa será la carnada, yo no me libro, señores, de poner cara de vinagre cada vez que la fauna cantarina de los setenta sigue (sigue, sigue) deleitando a los más.
Desde que tengo uso de razón, he asociado melodías a hechos más, menos, o en absoluto, trascendentes para mi y/o los míos, pero mis asociaciones jamás han coincidido con las de mis personas más cercanas, queridas u odiadas.
Tengo un recuerdo de mi hermana, la segunda: debido a una enfermedad, que acabó llevándosela a la tumba, estaba de lo que ella llamaba "permiso carcelario", la habían dado su primer fin de semana fuera del hospital, después de siete meses de ingreso, con todas las perrerías realizadas y por realizar, que una enfermedad por aquel entonces desconocida, ocasiona al enfermo por parte de los médicos. Estaba en la cama de la alcoba de la casa, la habían cortado varios dedos de manos y pies, y, prácticamente, estaba aprendiendo a andar y a escribir. Yo la veía a diario. Mi madre "vivía" en el hospital con ella, pero cada día venía a buscarme para llevarme, y después ya volvía yo con alguien. Así que esto era nuevo: estábamos todos en casa.
Yo la miraba en silencio desde un sillón del comedor ( en aquellas casas, había alcobas, cuartitos ciegos, en cualquier rincón de una casa, y el comedor de la mía estaba separado de esa alcoba, dormitorio de mis padres, por un arco de medio punto que descansaba sobre dos pequeñas columnas, y su única intimidad se la daba un visillo, divisor de ambas estancias), las cortinas estaban abiertas porque el reguero de visitas era interminable, y así ni se la molestaba, ni nos molestaba tanto ir y venir, correr y descorrer. Miraba a mi hermana asociando la visión actual a otra de cuando aún no estaba enferma. La veía saliendo de la cocina al portal, ponerse en cuclillas ante la fresquera, y subir el volumen de la radio, quedarse un momento sin respiración y humillar la cabeza. La veía llorando en silencio por esa canción, con su preciosa sonrisa en sus preciosos labios. Cuando terminó la pregunté el título, y ella, muy suya siempre, me contestó que no todo tenía que tener un nombre, que quien se atreviera a poner nombre a un sentimiento, merecía ser mudo, porque ya era ciego, sordo e imbécil. Yo la veía así cuando la miraba sentada en la cama, peleándose contra un bolígrafo y un cuaderno que se la caían continuamente, y entre maldiciones y risas volvía a empezar. Esta vez la radio estaba en la mesilla, a su lado. Y ocurrió: Si yo tuviera una escobaaa, si yo tuviera una escobaaa... tiró a un lado papel y boli, se destapó, agarro "el palo de hacer la cama" (los palos de hacer las camas siempre estaban a mano en una habitación, cuando la cama estaba pegada a la pared y no había sitio por donde pasar a colocar las sábanas. Era una buena ayuda. Me creerás si te digo que ese mismo palo de hacer las camas esta aquí, detrás de mi?)... y se levantó, y se puso a bailar, a cantar, incluso dio unos pasos hacia mi, divertida ante mi pasmo, y mi reacción de ir a cogerla para que no se cayera. Me agarró, y me hizo bailar...
Dos años después, y con muchos cachitos que la fueron cortando menos, moría. La noche que la enterramos nevó. Mi madre durmió conmigo, en la cama de mi hermana, aquella noche. Fue una noche de palabras dadas, de juramentos que poco a poco se fueron cumpliendo. Uno de ellos fue: y tú, Pilina, digan lo que digan en el pueblo, ponte la radio cuando quieras, bajita, para no molestar y que no te moleste, pero en esta casa no hay luto porque nos queda su alegría.
Maldita alegría teníamos todos...
Al día siguiente, un 19 de Enero de 1978, la casa era un hervidero de gente. Hubiera dado algo por estar sola, hasta que en un descuido, me colé en el comedor ( la ventaja de aquellas casonas llenas de gente humilde, era que las ceremonias sociales más importantes se llevaban a cabo en la cocina). Cuando mis ojos se acomodaron a la oscuridad, decidí despegar mi espalda de la puerta cerrada con llave. La llave la tenía yo, había cerrado por dentro, y no había copias... Por la persiana bajada se colaban 38 líneas de luz de la farola de la puerta. Ella y yo las habíamos contando muchas veces. Me senté en el sillón, había dos, pero yo siempre elegía el que estaba al lado de la máquina de coser, lugar desde el que veía a mis hermanas y a mi madre construir maravillas. No tardé mucho en levantarme, muy inquieta, alterada, nerviosa, sin saber qué me pasaba. Fui a la alcoba, me senté al borde de la cama incomprensiblemente fatigada, mareada, sin saber que era aquello, y por ende, sin poder controlarlo. Tenía miedo. Por qué?, ella no había tenido miedo. La vista se me fue a la mesilla, y en la mesilla estaba la radio. Mecánicamente di a la rueda, salió Club Juvenil. Sonaban canciones ñoñas que a ella la hubieran encantado, pero a mi me repelían. Aun así me quedé con aquella radio azul en las manos, y me alivió, creo, el juego que descubrí, que consistía en deslizar las líneas de luz por aquel mismo azul de mis pesadillas infantiles, y haciendo que fuera tan negro como la noche y mis sentimientos. Me regañé por ponerle nombre a lo que sentía, y sonreí.
En la radio el locutor anunciaba una canción de un grupo asturiano "Laredo", dedicada a cien personas de parte de otras cien, y nombre a nombre, mencionó a todos. Y a cada nombre las líneas de luz hacían negro el azul, y yo empecé a sentir nauseas. Silencio. Y la canción empezó a sonar:
Él fue una página más en la historia del pueblo
Mínimo representante de una tradición.
Era tan triste y bajito que a veces de lejos
nos parecía que el suelo tenía un chichón.
Todos reían a voces leyendas y cuadros
imaginaba a la gente a su alrededor…
Era el farero del pueblo
y estaba casado
con una hermosa muchacha que nunca le amó.
Dice la gente que el viejo tenía dinero
y ella era la única reina de su capital.
Que junto a ella aun parecía más feo
que parecía una pulga junto a un general...
Él trabajaba la noche en lo alto del faro
ella bajaba buscando el amante ideal...
Se divertía con otros en vicios muy caros
que los pagaba el farero
y sin rechistar
Y una mañana que el sol despertó muy temprano
desde lo alto del faro un puntito cayó
era su cuerpo pequeño,
y el acantilado...
lo confundió con las algas y el mar lo llevó.
Y aun se sonríen contando que el enamorado
fue con las luces del faro buscando a su amor
la ilumino entre los brazos de un joven gitano...
y esa noche entre las olas un barco se hundió.
Y rompí a llorar. Y me sentí mejor.
La escuché un par de veces después, y cada una me sumí en una especie de letargo mental.
La memoricé aquella noche, y alguna que otra vez, cuando estoy tranquila, me la canturreo.
Ahora tengo unos días de vacaciones, y es de dominio público que cuando el diablo no tiene quehacer, con el rabo espanta las moscas...
Pues... este, en otra ciber-vida, insecticida, acaba de caer en la cuenta de que puede buscarla en la red, y encontrarla, y escribir una historia más bien melancólica y absolutamente real mientras se descarga, y colgarla.
Y abstraerme hasta de mi misma cuando, dentro de un momento, la escuche por cuarta vez.
Y, por una vez… Benditas recopilaciones!
Nota: La radio azul tampoco tardó mucho irse al otro barrio, fue ese mismo verano del 78 cuando al ir a echar los "polvos de aclarar el agua" en el pilón, para lavar la ropa, la di un golpe, y se cayó al agua, y se calló para siempre entre las voces de mi madre que vino corriendo, gritando entre carcajadas viendo como la recuperaba, y escurría: Pilongooo! a todos! has ahogao a todos los locutores! no has dejado ni a uno vivo!)
Cada cual tiene sus recuerdos; la memoria, consciente o inconscientemente, asocia hechos al medio en que estos se desarrollan. Y como, según parece, cualquier tiempo pasado fue mejor, y cuanto más tiempo haya pasado más jugosa será la carnada, yo no me libro, señores, de poner cara de vinagre cada vez que la fauna cantarina de los setenta sigue (sigue, sigue) deleitando a los más.
Desde que tengo uso de razón, he asociado melodías a hechos más, menos, o en absoluto, trascendentes para mi y/o los míos, pero mis asociaciones jamás han coincidido con las de mis personas más cercanas, queridas u odiadas.
Tengo un recuerdo de mi hermana, la segunda: debido a una enfermedad, que acabó llevándosela a la tumba, estaba de lo que ella llamaba "permiso carcelario", la habían dado su primer fin de semana fuera del hospital, después de siete meses de ingreso, con todas las perrerías realizadas y por realizar, que una enfermedad por aquel entonces desconocida, ocasiona al enfermo por parte de los médicos. Estaba en la cama de la alcoba de la casa, la habían cortado varios dedos de manos y pies, y, prácticamente, estaba aprendiendo a andar y a escribir. Yo la veía a diario. Mi madre "vivía" en el hospital con ella, pero cada día venía a buscarme para llevarme, y después ya volvía yo con alguien. Así que esto era nuevo: estábamos todos en casa.
Yo la miraba en silencio desde un sillón del comedor ( en aquellas casas, había alcobas, cuartitos ciegos, en cualquier rincón de una casa, y el comedor de la mía estaba separado de esa alcoba, dormitorio de mis padres, por un arco de medio punto que descansaba sobre dos pequeñas columnas, y su única intimidad se la daba un visillo, divisor de ambas estancias), las cortinas estaban abiertas porque el reguero de visitas era interminable, y así ni se la molestaba, ni nos molestaba tanto ir y venir, correr y descorrer. Miraba a mi hermana asociando la visión actual a otra de cuando aún no estaba enferma. La veía saliendo de la cocina al portal, ponerse en cuclillas ante la fresquera, y subir el volumen de la radio, quedarse un momento sin respiración y humillar la cabeza. La veía llorando en silencio por esa canción, con su preciosa sonrisa en sus preciosos labios. Cuando terminó la pregunté el título, y ella, muy suya siempre, me contestó que no todo tenía que tener un nombre, que quien se atreviera a poner nombre a un sentimiento, merecía ser mudo, porque ya era ciego, sordo e imbécil. Yo la veía así cuando la miraba sentada en la cama, peleándose contra un bolígrafo y un cuaderno que se la caían continuamente, y entre maldiciones y risas volvía a empezar. Esta vez la radio estaba en la mesilla, a su lado. Y ocurrió: Si yo tuviera una escobaaa, si yo tuviera una escobaaa... tiró a un lado papel y boli, se destapó, agarro "el palo de hacer la cama" (los palos de hacer las camas siempre estaban a mano en una habitación, cuando la cama estaba pegada a la pared y no había sitio por donde pasar a colocar las sábanas. Era una buena ayuda. Me creerás si te digo que ese mismo palo de hacer las camas esta aquí, detrás de mi?)... y se levantó, y se puso a bailar, a cantar, incluso dio unos pasos hacia mi, divertida ante mi pasmo, y mi reacción de ir a cogerla para que no se cayera. Me agarró, y me hizo bailar...
Dos años después, y con muchos cachitos que la fueron cortando menos, moría. La noche que la enterramos nevó. Mi madre durmió conmigo, en la cama de mi hermana, aquella noche. Fue una noche de palabras dadas, de juramentos que poco a poco se fueron cumpliendo. Uno de ellos fue: y tú, Pilina, digan lo que digan en el pueblo, ponte la radio cuando quieras, bajita, para no molestar y que no te moleste, pero en esta casa no hay luto porque nos queda su alegría.
Maldita alegría teníamos todos...
Al día siguiente, un 19 de Enero de 1978, la casa era un hervidero de gente. Hubiera dado algo por estar sola, hasta que en un descuido, me colé en el comedor ( la ventaja de aquellas casonas llenas de gente humilde, era que las ceremonias sociales más importantes se llevaban a cabo en la cocina). Cuando mis ojos se acomodaron a la oscuridad, decidí despegar mi espalda de la puerta cerrada con llave. La llave la tenía yo, había cerrado por dentro, y no había copias... Por la persiana bajada se colaban 38 líneas de luz de la farola de la puerta. Ella y yo las habíamos contando muchas veces. Me senté en el sillón, había dos, pero yo siempre elegía el que estaba al lado de la máquina de coser, lugar desde el que veía a mis hermanas y a mi madre construir maravillas. No tardé mucho en levantarme, muy inquieta, alterada, nerviosa, sin saber qué me pasaba. Fui a la alcoba, me senté al borde de la cama incomprensiblemente fatigada, mareada, sin saber que era aquello, y por ende, sin poder controlarlo. Tenía miedo. Por qué?, ella no había tenido miedo. La vista se me fue a la mesilla, y en la mesilla estaba la radio. Mecánicamente di a la rueda, salió Club Juvenil. Sonaban canciones ñoñas que a ella la hubieran encantado, pero a mi me repelían. Aun así me quedé con aquella radio azul en las manos, y me alivió, creo, el juego que descubrí, que consistía en deslizar las líneas de luz por aquel mismo azul de mis pesadillas infantiles, y haciendo que fuera tan negro como la noche y mis sentimientos. Me regañé por ponerle nombre a lo que sentía, y sonreí.
En la radio el locutor anunciaba una canción de un grupo asturiano "Laredo", dedicada a cien personas de parte de otras cien, y nombre a nombre, mencionó a todos. Y a cada nombre las líneas de luz hacían negro el azul, y yo empecé a sentir nauseas. Silencio. Y la canción empezó a sonar:
Él fue una página más en la historia del pueblo
Mínimo representante de una tradición.
Era tan triste y bajito que a veces de lejos
nos parecía que el suelo tenía un chichón.
Todos reían a voces leyendas y cuadros
imaginaba a la gente a su alrededor…
Era el farero del pueblo
y estaba casado
con una hermosa muchacha que nunca le amó.
Dice la gente que el viejo tenía dinero
y ella era la única reina de su capital.
Que junto a ella aun parecía más feo
que parecía una pulga junto a un general...
Él trabajaba la noche en lo alto del faro
ella bajaba buscando el amante ideal...
Se divertía con otros en vicios muy caros
que los pagaba el farero
y sin rechistar
Y una mañana que el sol despertó muy temprano
desde lo alto del faro un puntito cayó
era su cuerpo pequeño,
y el acantilado...
lo confundió con las algas y el mar lo llevó.
Y aun se sonríen contando que el enamorado
fue con las luces del faro buscando a su amor
la ilumino entre los brazos de un joven gitano...
y esa noche entre las olas un barco se hundió.
Y rompí a llorar. Y me sentí mejor.
La escuché un par de veces después, y cada una me sumí en una especie de letargo mental.
La memoricé aquella noche, y alguna que otra vez, cuando estoy tranquila, me la canturreo.
Ahora tengo unos días de vacaciones, y es de dominio público que cuando el diablo no tiene quehacer, con el rabo espanta las moscas...
Pues... este, en otra ciber-vida, insecticida, acaba de caer en la cuenta de que puede buscarla en la red, y encontrarla, y escribir una historia más bien melancólica y absolutamente real mientras se descarga, y colgarla.
Y abstraerme hasta de mi misma cuando, dentro de un momento, la escuche por cuarta vez.
Y, por una vez… Benditas recopilaciones!
Nota: La radio azul tampoco tardó mucho irse al otro barrio, fue ese mismo verano del 78 cuando al ir a echar los "polvos de aclarar el agua" en el pilón, para lavar la ropa, la di un golpe, y se cayó al agua, y se calló para siempre entre las voces de mi madre que vino corriendo, gritando entre carcajadas viendo como la recuperaba, y escurría: Pilongooo! a todos! has ahogao a todos los locutores! no has dejado ni a uno vivo!)





