Al acecho
Hace mucho tiempo...
La puerta se abría siempre que quería. Solo para ella. Cuando ella quería. Cada vez que la cruzaba depositaba tras el umbral un grano de arena de su mar. Cada grano de arena contenía en sí, además de su esencia marina y pétrea, la esencia pura del desconocido que era. Cada día, como una matriuska humana, convivían conteniéndose, ocultándose. Cada vez que se creía una, ya veía a la otra debajo. Y la sacaba. Y la ponía a la vista. Y así se veía. Y a veces hasta se reconocía.
Una debajo de otra, que estaba sobre otra, bajo la que había otra, que estaba sobre otra, que estaba sobre otra...
Este, en realidad, era el objetivo del juego.
Sí. Un juego. Porque estaba convencida de que a vivir se aprende jugando. Y de que a jugar se aprende, primero, observando.
Así llegó a la conclusión de que habría tantos juegos por aprender, como personas en el mundo.
Y aprendió a esperar.
Esperando, porque creía que valía la pena, aprendió a salir a buscar. Se encontró bien en el nuevo juego, sobre todo porque se ceñía a ella como un molde, y no tardó mucho en saber que ambas acciones podían acometerse a la vez, y una tercera también: seguir depositando tras la puerta, granito a granito, sus propios reflejos.
Una noche descubrió que había más puertas que traspasar. No dudó. Cruzó otra, y otra, y otra... ¡había tantos granitos de arena que depositar... y tantas puertas!
Algún tiempo después volvió a la segunda. No podía cruzar. Ni siquiera podía abrirla. Igual que la primera.
De esa primera recordaba muchos de sus afanes. Otros no. Muchos eran amargos: caramelos de hiel. Pero hacía mucho tiempo de ello, y hasta la hiel estaba ya en el lugar que le correspondía respecto a ella.
De la segunda conservaba las formas y los fondos, parte y todo de ella, pero su recuerdo se había quedado ciego, sordo, y mudo. Y ya no podía abrirla.
Se dirigió a la tercera, que tampoco se abrió...
Miró a la cuarta con gesto crítico. Ahora ya no cruzaba sola sus puertas, la desconfianza siempre iba con ella, y era un peso tan duro de llevar, que no quiso abrir ninguna más.
Esta noche ha vuelto a la tercera. Y, esta noche, se ha abierto para ella. Animada, ha regresado a la segunda: nada.

El caso es que lo recuerdo todo, pero no conservo nada. Me habría gustado recuperar algunos textos, mis granitos preciosos, que subí a la web del, por lo visto, y a pesar de las apariencias, extinto pajarraco.
Nah, no hay manera. Y quizá es mejor así, porque... me leo poco, o nada, y cuando hace mucho que no observo uno de mis textos, descubro que casi he olvidado algunas perspectivas. Y no quiero. Y debo.
Porque ahora me debo a mi.
Esta noche he estado leyéndome aquí, al otro lado de mi puerta: mis propios recuerdos me han sorprendido. Ahora son para mí piedras preciosas.
Ahora, perdido ese puñado de diamantes, me he propuesto aprender a jugar a conservar mis cosas.
Ahora estoy encantada de poder volver a abrir esta mi tercera puerta.
Para mi, claro, porque para ti, mi arena no es más que aire en el reloj del Tiempo.
Por mucho y bien que la (me) veas.
Comentario:
Yo tampoco pude, y de ésta debería engrasar los goznes. Pero estoy tan cansada...
Un abrazo, mcnwp.
Un abrazo, mcnwp.





