Cuentos (1)
Me doy cuenta de que bajo por la escalera solo a medias, como recién despertada de un sueño profundo, agradable, cayendo por un talud.
Camino insegura, envuelta en una luz amarillentamente mortecina. Avanzo despacio, guiándome por la pared, palpando casi sin ver, las huellas de otros que han pasado antes por aquí. No hay restos de nada ni nadie. No hay nada salvo esa luz que zumba atontándome cada vez más, y un débil foco de luz al fondo.
No hay una tela de araña, ni una mota de polvo, ni una mancha.
Una canción extraña rebota entre las paredes del túnel descendente y mis diezmados sentidos, elevándose, luchando por un poco de aire de superficie que la transporte, dejándose caer, tocando suelo, y volviendo a elevarse, volviendo a chocar conmigo, y rebotando de nuevo.
Descendido el último peldaño de este tramo, al tiempo que mis pies me detienen y mis ojos observan, mi piel se eriza. No hay camino de vuelta. Un telón de oscuridad sólida va cubriendo los pasos que voy dando.
Entre nauseas veo vagamente cada estría, cada arañazo, cada mordisco en la roca. Cada oquedad. Aperos. Tablones anárquicamente sujetos con deshilachadas cuerdas.
Ahí delante hay dos peldaños más. El descuidado andamio corre a lo largo de la otra pared desembocando en...
En la boca de la ardiente caldera un ser se aferra a un travesaño de la estructura. Su cuerpo se estira sin dificultad ni apoyo, más que el de las negras garras de sus patas traseras, desapareciendo su tronco en la bóveda ígnea en busca de algún objetivo que prefiero ignorar. Escarba el fuego con varas de metal. En el esfuerzo de traer y llevar, los músculos de sus piernas se contraen y relajan, como los de su espalda, como los de su abdomen. Como los de sus brazos.
Desde aquí no ha podido verme... no. No puede estar mirándome, no puede estar avanzando hacia mí... No puedo moverme. No puedo gritar...
Dos abismos negros, fijos en mis ojos, sobre dos agujeros diminutos, sobre una boca retorcida, cuajada de dientes afilados eternamente abierta, eternamente hambrienta, silenciosa, me desean.
Sus brazos abiertos se alargan pretendiendo capturarme. Las garras negras de sus patas traseras y delanteras también. Es un ejercicio frenético de posturas imposibles, ansiosos zarpazos, gritos velados y sádicos mordiscos. Aumentan las mellas de las paredes abovedadas haciendo caer al suelo... Caer...?
El hipnótico ser y su funesto afán por mí captan toda mi atención impidiéndome ver que todo lo que cae al suelo se convierte en un caos musical. Esa cacofonía...
No puede tocarme. No puede bajarse. No puede tocar el suelo.
Le observo. Se ha parado. Su malicia me observa. Renueva el ataque doblando el ritmo.
Tumbada boca abajo, con las manos sobre mi frente, siento el aire de su furia en mi sudor.
Y una garra en mi frente, y mi mano en su mano, y su mano entre mis labios y el suelo, y un súbito tirón.
Veo luces que van y vienen. Escucho una voz muy clara, muy lejos: " Ya responde, ha vuelto"





