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" Dejà Vu "
Diario íntimo
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Me gusta picar entre horas trocitos de paisajes,descifrar perfumes, dejar que me abandonen,la comida libanesa y Audrey Hepburn.
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No hay flores para Elisa

Elisa se deja caer pesadamente en el asiento ,estuvo a punto de perder el tren, desafió la señal acústica y se aventuró por entre las puertas que se cerraron justo al entrar ,casi notó en su nuca el aire de los portones .Piensa que tuvo suerte y se siente triunfal y sobre todo, joven.
Se alegra de que en el asiento de enfrente no viaje nadie, siempre le resultó incómodo tener a alguien tan cerca, era algo parecido a los trayectos en ascensor, interminables, mirando al suelo, y a ella no le gusta bajar la cabeza ante nadie.
Antes siempre llevaba un libro consigo, para evitar miradas, para no tener que mirar por la ventanilla en los túneles como medida de disimulo. Pero hacía tiempo que su vista se cansaba con solo leer tres frases y le empezaba una migraña ascendente como un insecto rabioso que le mordía las sienes.
Sin sus libros Elisa se sentía más deshabitada, era como si en su tiempo tan lento se hubiera abierto una grieta que empezó siendo un poro casi invisible pero que fue tomando distancia hasta casi vencerla en su soledad, le apasionaba la lectura, perderse en cualquier historia, descubrirse tan inmersa en otras vidas que hasta se le escapaban las estaciones, entonces Elisa sonreía y tomaba el tren de vuelta, alegre de sentir tan intensamente por unos instantes que no era ella.
De repente algo la saca de sus cavilaciones, despacio sin dolerle ,es un muchacho al final del vagón, de pie con un ramo de margaritas, mira el reloj, inquieto y a la vez ilusionado y Elisa se encuentra los ojos rendidos y se le despierta un nudo de angustia en la vida. A ella nunca le regalaron flores,¡ si!,¡ mentira!, una vez ,cuando se fue del trabajo ,sus compañeras, no ,no era eso ,era el amor, ella nunca vio esa mirada, nunca nadie tuvo el impulso de amarla, siquiera el amago.
Elisa cierra los ojos porque el llanto recién nacido le devuelve borrosa la imagen del muchacho y quiere mirarlo y soñar, olvidar sus setenta años, a menudo lo hace, sobre todo al despertar por las mañanas, con la ausencia de espejos y sin sentirse el peso de su cuerpo,
entre las sábanas aún, en ese instante que precede a la conciencia, son minutos en los que poco a poco los años le van viniendo, le caen como la lluvia de arena en un reloj. Minutos felices.
El muchacho sigue pendiente de su hora, como si al mirarla pudiera empujar más deprisa al tiempo, Elisa imagina que él va a su encuentro y que ella lo espera sentada en el banco de cualquier plaza, si, los niños juegan a su alrededor, hacen agujeros en la tierra aún húmeda, sin esfuerzo, como debería ser en sí la vida de un niño, una brisa natural que modela la personalidad pero que nunca la rompe. Elisa mira el reloj, él pronto llegará y la besará en los labios, dejándole en el día una huella dulce que presagia una cadena de luz en el estómago.
Elisa observa al muchacho, continúa de pie, a pesar de que hay muchos asientos vacíos, ¿llegará pronto a su estación?,ella no quiere, necesita tiempo para quedarse con cada mirada de él, con la forma de sus manos,¡sus manos!,se fija en ellas ,casi las inventa, demasiada distancia ,pero deben ser unas manos cuidadas ,con lunas muy blancas en las uñas ,sin duda, unas manos grandes y suaves ,no, él no se muerde las uñas porque está seguro de todo en la vida, por eso ella se siente cómoda a su lado, por eso le creerá cuando después de un paseo bajo los árboles centenarios del parque le diga que la ama.
Elisa se disgusta, algo le molesta y lo aparta, le borra un pendiente, un arito de plata que brilla en su oreja, no se resigna a que algo tan pequeño rompa su momento, y recuerda una frase que le decía su madre: “No hay rosas sin espinas”. Elisa suspira, le crea una voz, es grave, como la de Luis del Olmo, si, a ella le gusta esa voz con la que intenta irse durmiendo, esa nana de frases que a veces no entiende.
¡Que bien sabrá decirle versos al oído!, porque él ha estudiado y ha leído a los clásicos, es un hombre que sabe empezar las cosas desde el principio, por eso ella no tiene miedo a que le sorprenda con su indiferencia. ¿Y su nombre?,uno corto ,no importa, el nombre lo hace la persona, tal vez uno feo, para que el contraste sea grande ,que no empiece por r, a ella le cuesta pronunciar la r, a veces la habían tomado por francesa, ¿y si empezara por r?,Elisa sonríe ,piensa que es mejor ,que así nadie podrá llamarlo como ella.
Raúl no está mal, pero no es un nombre feo.
El muchacho da un paso hacia la puerta y Elisa se inclina hacia delante como queriendo retenerlo con su gesto,¡no te vayas Raúl!
Se abre la puerta y él se aparta para dejar entrar a la gente, no baja.
Elisa mira a su alrededor a la mujer que lee una revista, al mendigo que abre su carro de la compra lleno de bolsas sucias, no, no la miran, ella creía haber gritado hacia fuera, pero el grito no salió y vuelve a echarse hacia atrás en el respaldo.
Le conoció por casualidad, no, mejor por destino, ella perdió un anillo en una calle adoquinada, él se acercó a ayudarla ,ella estaba muy triste porque era el anillo de su madre, el que le dio días antes de irse sin querer. El no sabía nada aún de esa historia, pero miraba al suelo y paraba a los novios, para que no pisaran, porque ya la quería desde ese momento y no soportaba que nada le doliera.
El tren se detiene en un túnel y Elisa sonríe, que se haya roto algo importante, que nos quedemos tanto que ya no sepa irse, de mí.
Solo cinco minutos ,que ella agradece ,cinco minutos le dan para mucho, para encontrar el anillo de pie casi mágicamente, junto al bordillo, lo encuentra él, si, él, y ella le agradece respondiendo a su invitación de ir a tomar un café con una sonrisa, el adora su sonrisa y se lo dice y ella, se sonroja y vive.
El muchacho mira el reloj y Elisa también, las cinco y veintisiete ,el tren llega a y media al final del trayecto ,muy poco tiempo para una boda ,para ver nacer al primer hijo ,para ver París, para saber qué piensa Raúl con solo mirarlo fijamente a los ojos, para saber qué sueña.
Elisa ahora si baja la cabeza, el tren se detiene bruscamente como sacudiéndola ,le cuesta levantarse y llegar junto a él, a penas rozarlo con su brazo y las puertas se abren, él no la mira, solo sale corriendo, ella aún puede oler las flores, no hay flores para Elisa.


 

De esperas y desesperanzas


Una bella princesa estaba buscando consorte. Nobles y ricos pretendientes llegaban de todas partes con maravillosos regalos: joyas, tierras, ejércitos, tronos... Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo que no tenia mas riquezas que el amor y la perseverancia.

Cuando le llegó el momento de hablar,dijo:

-Princesa, te he amado toda la vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo la ventana, sin mas alimento que la lluvia y sin mas ropas que las que llevo puestas. Ese será mi dote.

La princesa,conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar:

-Tendrás la oportunidad: si pasas esa prueba, me desposarás.

Asi pasaron las horas y los dias. El pretendiente permaneció afuera del palacio, soportando el sol, los vientos, la nieve, las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija al balcon de su amada, el valiente súbdito siguió firme en su empeño sin desfallecer un momento.

De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir esbelta figura de la princesa,que con un noble gesto y una sonrisa aprobaba la faena. Todo iba a mil maravillas,se hicieron apuestas y algunos optimistas comenzaron a planear de festejos.

Al llegar el día noventa y nueve, los pobladores de la zona salieron a animar al próximo comarca. Todo era alegria y jolgorio,pero cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la princesa, el joven se levantó y,sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar donde había permanecido casi los cien dias.

Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa:

- ¿QUÉ TE OCURRIÓ? Estabas a un paso de lograr la meta, ¿por qué perdiste esa oportunidad? ¿porqué te retiraste?

Con una profunda consternación y lágrimas mal disimuladas, el plebeyo contestó con voz alta:

- La princesa no me ahorró ni un dia de sufrimiento, ni siquiera una hora... No merecía mi amor.
.

*Historia que se cuenta en la película "Cinema Paradiso".