PERSONAJES ENTRAñABLES (2)
Cuando los veo pelearse, ignorarse, revolcarse o besuquearse pienso inevitablemente en un viejo matrimonio, pero sólo son los gatos de la casa.
Mi amiga guanaquita dice que si ella viviera en mi host-casa saldría por alguna ventana del otro lado para no cruzarse a las rusas pues parecen resultarle un agobio de vecinas. Este fin de semana una de ellas la tomó por banda y le contó la historia de los abuelos de los vecinos de cuatro casas down the street.
-It's nice to listen to all these stories -les cortó la guanaquita muy diplomáticamente a los veinte minutos de monólogo Zhivago-, maybe I will come back other day to listen to them better.
Pero pesadas o no las rusas, sé que siempre las tendré ahí para lo que sea, dejarme la llave, regar las flores o criticarme.
El chico del cibercafé de South Avenue es tremebundamente feo, pero todo corazón. A mí me cae muy bien porque soporta estoicamente a las maduras maleducadas que le espetan "are you on drugs?" para que se dé más prisa. El, como un elefante, va lento pero aplastante. Cada vez que me ve aparecer, sabe que quiero escanear fotos y, a veces, me pregunta por el blog.
La segunda planta de la biblioteca de este pueblo cualquiera del condado de la Unión debe de ser esa tumba laboral en la que entierran a las bibliotecarias grises, malhumoradas y cascarrabias. Estas señoras tienen además pinta de hacer cookies en sus horas libre y venderlas para la beneficiencia. Mi relación con ellas es cordial, pero no me inspiran confianza.
Cuando veo a Pasqualina le digo siempre "buon giorno, come stai?", porque es italiana y muy salada. También porque es mi banquera favorita y me encanta chapurrear su idioma.
-I'm leaving soon -le dije el otro día. Y Pasqualina, morena y bajita como una metralleta, me dijo le encantaría venirse conmigo a Europa.
-In that case, come over with me, I have enough room in my suitcase!
En este punto, por alguna razón que desconozco, sentí que la magia de nuestra relación se hizo añicos. Pasqualina sólo trataba de hacer un chiste políticamente correcto y mi respuesta pareció exceder la jugosa vaselina de la cortesía. Desde entonces esta mujer me mira un pelín raro, desorientada, evaluando hasta qué punto mis palabras iban en serio.