Érase una vez...
Érase una vez un lobito bueno
al que maltrataban todos los corderos.
Y había también un príncipe malo,
una bruja hermosa y un pirata honrado.
Todas esas cosas había una vez
cuando yo soñaba un mundo al revés...
Este fragmento de Goytisolo, con música de Paco Ibáñez, se lo cantaba con frecuencia a mi hija mayor cuando apenas tenía dos o tres años. Recuerdo sus ojos redondos, negros, enormes, detrás de unas gafitas rojas que convertían en carita de diminuta intelectual sus redondos mofletes de bebé. Otra imagen indeleble de los retales de mi memoria. Miraba y escuchaba atenta, y cuando terminaba mi canción, me sonreía con picardía y ponía cara de haber oído un cuento chino... Los lobos se seguirían comiendo a los corderos, a los cerditos, a las abuelitas y a las caperucitas rojas. Los príncipes siempre serían azules y vivirían con sus princesas en los castillos, felices y comiendo perdices. Las brujas, por muy buenas que fuesen, seguirían teniendo verrugas en la nariz y harían pócimas con sapos, uñas de dragones y colas de ratones. Y los piratas... los piratas siempre tendrían un barco con bandera de calavera que atisbar a lo lejos, llevarían un parche en el ojo y una pata de palo para oirles llegar.
Han pasado los años y mi niña sigue siendo niña, con grandes ojos redondos, negros, detrás de unas gafas plateadas que le dan aspecto de intelectual. Y ahora oye otros cuentos que le producen desasosiego, ansiedad, y que le ponen su mundo al revés. Lejos del idílico mundo al revés de Goytisolo. Esos cuentos están en los medios, a todas horas, en horario infantil y no infantil, y es casi imposible luchar contra ellos, a no ser que nos desconectemos del mundo, lo cual también es imposible. Y oye que una niña, que ha desaparecido, puede estar muerta, y que sus padres son sospechosos. Oye que un bebé ha muerto a golpes, a manos del compañero sentimental de la madre... ¿Qué es un compañero sentimental, mamá?... Un hijo de puta que comparte sentimientos menos el de su intención de matar, hija. Es lo que primero se me ocurre decir, pero la respuesta, además de inapropiada, no la sacaría de ninguna duda y le generaría más angustia. Y oye que nuestros soldados mueren en Afganistán, y pregunta si es que nosotros estamos en guerra con ese país... No, ahora es que los lobos no comen corderos, comen países, e invitan a otros lobos a que coman también , y a eso lo llaman Misiones de Paz, o guerras preventivas... ¡joder con las misiones de paz y las guerras preventivas! Las guerras se inventan para que haya héroes, imperios y emperadores, pero no hay mayor héroe que el que logra sobrevivir sin perder la razón en este mundo de locos, sin volverse ciego. Sabio Saramago. Oprimidos y opresores. Invadidos e invasores.
Y oye que un chico de veinte años apuñala a su novia, o a su exnovia, y que un hijo mata a sus padres, lo planea y lo ejecuta a sangre fría, y que un señor de setenta años quema a su mujer... etc, etc, etc...
A mí me gustaría que estuviese en la cama cuando cantan los Lunnis su buenas noches, hasta mañana, los Lunnis y los niños nos vamos a la cama, pero con tanta tarea escolar no hay ni manera, ni sueño a las ocho y media. Podría no poner la TV nunca, pero eso, ni a corto ni a largo plazo, es solución. Ahí está la realidad, una cruel realidad a la que nos hemos acomodado y con la que parece que hay que convivir de brazos caídos... Esto es lo que hay... Menos mal que aún existe la inocencia en los niños, esa que les sale por los ojos y por la boca, que nos recuerda la barbarie a la que nos estamos acostumbrando, lo injusto y lo inhumano... Nuestro mundo está cabeza abajo o patas arriba, y su mundo, el de mi hija, no es capaz de entender que los padres protectores maten a sus desprotegidos hijos, (empiezo a temer que nos mire con desconfianza), que los príncipes maten a sus princesas, que los piratas hayan abandonado sus barcos y convivan entre nosotros, sin sus banderas de calaveras, ni patas de palo, ni parches en un ojo... ¿Cómo reconocerlos entonces? Ahora también son fáciles de reconocer: visten trajeados, y salen en la tele aclamados por multitudes. Sufren de delirios de grandeza, y algunos, en vez de ron, beben wisqui en demasía.
Negro legado, amargo testigo que entregar en esta carrera de relevos.
Como cantaba Ana Belén:
No me pesa lo vivido
me mata la estupidez
de entregar un fin de siglo (en este caso, un principio)
distinto del que soñé.
al que maltrataban todos los corderos.
Y había también un príncipe malo,
una bruja hermosa y un pirata honrado.
Todas esas cosas había una vez
cuando yo soñaba un mundo al revés...
Este fragmento de Goytisolo, con música de Paco Ibáñez, se lo cantaba con frecuencia a mi hija mayor cuando apenas tenía dos o tres años. Recuerdo sus ojos redondos, negros, enormes, detrás de unas gafitas rojas que convertían en carita de diminuta intelectual sus redondos mofletes de bebé. Otra imagen indeleble de los retales de mi memoria. Miraba y escuchaba atenta, y cuando terminaba mi canción, me sonreía con picardía y ponía cara de haber oído un cuento chino... Los lobos se seguirían comiendo a los corderos, a los cerditos, a las abuelitas y a las caperucitas rojas. Los príncipes siempre serían azules y vivirían con sus princesas en los castillos, felices y comiendo perdices. Las brujas, por muy buenas que fuesen, seguirían teniendo verrugas en la nariz y harían pócimas con sapos, uñas de dragones y colas de ratones. Y los piratas... los piratas siempre tendrían un barco con bandera de calavera que atisbar a lo lejos, llevarían un parche en el ojo y una pata de palo para oirles llegar.
Han pasado los años y mi niña sigue siendo niña, con grandes ojos redondos, negros, detrás de unas gafas plateadas que le dan aspecto de intelectual. Y ahora oye otros cuentos que le producen desasosiego, ansiedad, y que le ponen su mundo al revés. Lejos del idílico mundo al revés de Goytisolo. Esos cuentos están en los medios, a todas horas, en horario infantil y no infantil, y es casi imposible luchar contra ellos, a no ser que nos desconectemos del mundo, lo cual también es imposible. Y oye que una niña, que ha desaparecido, puede estar muerta, y que sus padres son sospechosos. Oye que un bebé ha muerto a golpes, a manos del compañero sentimental de la madre... ¿Qué es un compañero sentimental, mamá?... Un hijo de puta que comparte sentimientos menos el de su intención de matar, hija. Es lo que primero se me ocurre decir, pero la respuesta, además de inapropiada, no la sacaría de ninguna duda y le generaría más angustia. Y oye que nuestros soldados mueren en Afganistán, y pregunta si es que nosotros estamos en guerra con ese país... No, ahora es que los lobos no comen corderos, comen países, e invitan a otros lobos a que coman también , y a eso lo llaman Misiones de Paz, o guerras preventivas... ¡joder con las misiones de paz y las guerras preventivas! Las guerras se inventan para que haya héroes, imperios y emperadores, pero no hay mayor héroe que el que logra sobrevivir sin perder la razón en este mundo de locos, sin volverse ciego. Sabio Saramago. Oprimidos y opresores. Invadidos e invasores.
Y oye que un chico de veinte años apuñala a su novia, o a su exnovia, y que un hijo mata a sus padres, lo planea y lo ejecuta a sangre fría, y que un señor de setenta años quema a su mujer... etc, etc, etc...
A mí me gustaría que estuviese en la cama cuando cantan los Lunnis su buenas noches, hasta mañana, los Lunnis y los niños nos vamos a la cama, pero con tanta tarea escolar no hay ni manera, ni sueño a las ocho y media. Podría no poner la TV nunca, pero eso, ni a corto ni a largo plazo, es solución. Ahí está la realidad, una cruel realidad a la que nos hemos acomodado y con la que parece que hay que convivir de brazos caídos... Esto es lo que hay... Menos mal que aún existe la inocencia en los niños, esa que les sale por los ojos y por la boca, que nos recuerda la barbarie a la que nos estamos acostumbrando, lo injusto y lo inhumano... Nuestro mundo está cabeza abajo o patas arriba, y su mundo, el de mi hija, no es capaz de entender que los padres protectores maten a sus desprotegidos hijos, (empiezo a temer que nos mire con desconfianza), que los príncipes maten a sus princesas, que los piratas hayan abandonado sus barcos y convivan entre nosotros, sin sus banderas de calaveras, ni patas de palo, ni parches en un ojo... ¿Cómo reconocerlos entonces? Ahora también son fáciles de reconocer: visten trajeados, y salen en la tele aclamados por multitudes. Sufren de delirios de grandeza, y algunos, en vez de ron, beben wisqui en demasía.
Negro legado, amargo testigo que entregar en esta carrera de relevos.
Como cantaba Ana Belén:
No me pesa lo vivido
me mata la estupidez
de entregar un fin de siglo (en este caso, un principio)
distinto del que soñé.
Océanos y mares
He tardado tiempo en leerlo. He tardado porque no quería que se acabara, pero todo lo que empieza irremediablemente termina. O de alguna manera le ponemos fin. Aunque podía haber hecho lo que el exfumador que guarda su último paquete, ése en el que decidió que no volvería a fumar, y lo deja eternamente, con los últimos cinco cigarrillos, en la guantera del coche, o en el cajón de su mesita, o en el de su oficina... eternamente visible cada vez que abre o cierra el escondite secreto, eternamente al alcance aquello que le producía tanto placer en cada calada. He caminado lenta, sin prisa por cada renglón, por cada palabra, por cada oleo en blanco, por cada sueño, por cada historia... un sereno pasear descalza por la inmensidad de una playa.
Océano Mar. Océanos y mares dentro y fuera de nosotros. Cada uno con su océano mar. Océanos y mares de anhelos, de frustraciones, de deseos, de venganzas, de búsquedas. Apasionante, desconcertante, estremecedor, enternecedor... Océano Mar, una vez más, de Alejandro Baricco.
Océano Mar. Océanos y mares dentro y fuera de nosotros. Cada uno con su océano mar. Océanos y mares de anhelos, de frustraciones, de deseos, de venganzas, de búsquedas. Apasionante, desconcertante, estremecedor, enternecedor... Océano Mar, una vez más, de Alejandro Baricco.
El extraño del espejo
Sus ojos son blanco azulado. Al mirarlos parece verse al otro lado. Sus párpados se bordean de un rojo intenso, pareciera que está a punto de brotar sangre. Mar rojo.
Esos ojos lapislázuli intensamente rebajado parecen estar tremendamente cansados. Esos ojos casi blancos, como los de un ciego, y dos preciadas perlas negras como pupilas, pertenecen a Valeriana.
Tiene setenta y seis años. Es diminuta. La mujer de David el gnomo. Fue panadera. Ahora es jubilada. En su jubilición no le han tocado viajes semigratis del INSERSO. Le ha tocado dedicarse en cuerpo y alma a él.
Él fue panadero. Ahora es jubilado. En su hierático rostro de estáticas arrugas aun aperecen intentos de expresividad. Hálito de vida. No sabe quién es ella. No sabe si tiene hijos o no. No sabe ni recuerda si tuvo vida o no. No sabe. No recuerda.
Tiene los ojos azul cortado, cristalino azul, transparente azul, lapislázuli propiamente dicho. Al otro lado: un inmenso vacio. Ausencia total de imágenes. Árido desierto. Absoluta oscuridad de las profundidades de un óceano. Mar muerto.
No sabe hacer pan, no recuerda su fórmula: tanto de harina, tanto de agua, tanto de levadura y amasar, amasar, amasar... El olor de pan recien hecho en horno de leña ya no le evoca ningún recuerdo, no escudriña en su memoria, no viaja a través del tiempo y regresa cargado de emociones. No viaja. No recuerda. No evoca. Vilmente arrebatado todo significado. Vilmente arrebatado él, todo entero. Se llama Benito.
La tragedia de Benito: llamar asustado porque hay un hombre en el espejo, sí, al otro lado, que no deja de mirarle. No sabe quién es, un intruso en el cuarto de baño, seguro. Además, no deja de mirarle de forma desafiante el muy... "madre, ven ¡madre!" . Así la llama, a ella, a su mujer, a Valeriana. "¡Madre! ¡ayúdame!, hay un extraño en el espejo".
La tragedia de Valeriana: volver a ser madre a su edad. Madre de un niño tan grande, madre del hombre que amó y ya no está, madre del padre de sus hijos que ya no es padre, madre del que duerme a su regazo cada noche, perdiéndose, resbalándose entre inmensos agujeros, sumergido en lagunas mentales... desciende, asciende, desciende, desciende, desciende... no volverá a la superficie jamás, inmersión hacia un viaje sin retorno. Oscuridad. Ausencia total. Ausencia. Inexistencia.
Alargar la mano y sacarlo de allí sería su sueño, que regresara de su involuntario viaje trayéndose consigo, trayéndose, él.
Ella le mira a los ojos y aún cree ver, él la mira y no sabe a quién ve.
Esos ojos lapislázuli intensamente rebajado parecen estar tremendamente cansados. Esos ojos casi blancos, como los de un ciego, y dos preciadas perlas negras como pupilas, pertenecen a Valeriana.
Tiene setenta y seis años. Es diminuta. La mujer de David el gnomo. Fue panadera. Ahora es jubilada. En su jubilición no le han tocado viajes semigratis del INSERSO. Le ha tocado dedicarse en cuerpo y alma a él.
Él fue panadero. Ahora es jubilado. En su hierático rostro de estáticas arrugas aun aperecen intentos de expresividad. Hálito de vida. No sabe quién es ella. No sabe si tiene hijos o no. No sabe ni recuerda si tuvo vida o no. No sabe. No recuerda.
Tiene los ojos azul cortado, cristalino azul, transparente azul, lapislázuli propiamente dicho. Al otro lado: un inmenso vacio. Ausencia total de imágenes. Árido desierto. Absoluta oscuridad de las profundidades de un óceano. Mar muerto.
No sabe hacer pan, no recuerda su fórmula: tanto de harina, tanto de agua, tanto de levadura y amasar, amasar, amasar... El olor de pan recien hecho en horno de leña ya no le evoca ningún recuerdo, no escudriña en su memoria, no viaja a través del tiempo y regresa cargado de emociones. No viaja. No recuerda. No evoca. Vilmente arrebatado todo significado. Vilmente arrebatado él, todo entero. Se llama Benito.
La tragedia de Benito: llamar asustado porque hay un hombre en el espejo, sí, al otro lado, que no deja de mirarle. No sabe quién es, un intruso en el cuarto de baño, seguro. Además, no deja de mirarle de forma desafiante el muy... "madre, ven ¡madre!" . Así la llama, a ella, a su mujer, a Valeriana. "¡Madre! ¡ayúdame!, hay un extraño en el espejo".
La tragedia de Valeriana: volver a ser madre a su edad. Madre de un niño tan grande, madre del hombre que amó y ya no está, madre del padre de sus hijos que ya no es padre, madre del que duerme a su regazo cada noche, perdiéndose, resbalándose entre inmensos agujeros, sumergido en lagunas mentales... desciende, asciende, desciende, desciende, desciende... no volverá a la superficie jamás, inmersión hacia un viaje sin retorno. Oscuridad. Ausencia total. Ausencia. Inexistencia.
Alargar la mano y sacarlo de allí sería su sueño, que regresara de su involuntario viaje trayéndose consigo, trayéndose, él.
Ella le mira a los ojos y aún cree ver, él la mira y no sabe a quién ve.
¡Qué escándalo!
Ay Felipe, habla más bajito, vida mía. Pásame otra vez la bolsa de los guisantes congelados, así, envuelta en ese trapo. Dice tu hija que colocada en lo alto de la cabeza va fenomenal para cuando parece que te va a estallar.
Ya, hombre, ya... deja el sermón, si salimos en los periódicos qué le vamos a hacer, mejor el titular de 18 ancianas detenidas por alteración del orden público y desacato a la autoridad, que salir en las necrológicas... digo yo.
La culpa de todo la tuvo Juliet... ¿que no sabes quién es Juliet? Juliana, la hermana de Fabian. ¿No recuerdas?, vive en Francia desde Mayo del 68. Aseguró que aquella movida no se la perdía ella, y lo que son las cosas, le cambió la vida. Allí pescó a Valerí y se quedó a vivir allá, en la France. Desde que tiene doble nacionalidad se hace llamar Juliet, y pronuncia las erres como si tuviese vegetaciones, pero ella es feliz así.
" Leonorg, queguida, estás magavillosa. Me han dicho que muguió tu maguido... no sabes cuánto lo siento, pego c´est la vie... bla... bla... bla..." ¡Lo que habla la sylvie vartan esta!
Margarita piensa en todo, y en vez de ser una cena como Dios manda, que nos hubiese dejado a todas fritas en un sillón, fueron unos ligeros canapés acompañados de un vinito que entraba solo... así pasó, que luego salió todo de golpe... En fin, así transcurría la velada: con boleros de fondo, recordando antiguos novios, que si qué bien te conservas, que si tan bien como tú... Entonces Juliet anunció: "señogas, pregsten atançión, tomen asiento porgque empieza el espectáculo. Va pog ti, queguida Marggarita."
Comienzó a sonar un pasodoble y todas mirando a un lado y a otro, espectantes, cuando apareció el muchachito. Bueno, lo de muchachito lo digo por la edad, veintitres, dijo su abuela Juliet. Alto, guapísimo, escultural, vestido de negro riguroso y un capote rosa... ¡Divino contraste! Nosotras aplaudiendo, y él reboloteando con una gallardía entre nosotras... Iba, venía, iba, volvía sin camisa, se iba hacia Margarita, le ponía las manos -las de Margarita- sobre esa tableta de chocolate que tenía por delante... no te quiero ni contar lo que tenía por detrás... manos para arriba manos para abajo... Las demás con los ojos fuera de las cuencas. Juliet con cara de orgullo de abuela y exhalando el humo del un cigarrillo en una larga pipa... Hay que reconocer que tiene estilo, parecía sacada de una postal de los años veinte.
No me preguntes cómo porque fue como por arte de magia, esos pantalones que llevan los que se dedican a esas cosas son de mírame y no me toques, te lo digo yo... el caso es que, en un abrir y cerrar de ojos, se quedó como su madre lo trajo al mundo, y Margarita capote en mano, con la mirada fija en... en... ¿tú sabes lo que es una anaconda? ¿Y una lombriz de tierra?... Pues por la cabeza de más de una de las presentes seguro que se pasearon los dos animalitos, incluída Margarita... a mí no, mi vida, a mí me sorprendió que hubiese otra anaconda de similar tamaño a la que yo conocía.
Entre el estupor, el griterío y la música, casi no se oía el timbre del local. Imagínate, Felipe... cuando por fin abrimos: los dos policias en la puerta, incrédulos, mirando una y otra vez a una libreta, comprobando la dirección, a nosotras, a la libreta, a nosotras... un silencio sepulcral, la anaconda cabizbaja y su dueño frente a ellos, totalmente en cueros, claro, y Margarita con el capote en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Por fin uno dijo: señoras, los vecinos han llamado quejándose de un ruído infernal que no les deja dormir. ¿Se puede saber qué es este escándalo entre tanta geriátrica?.
¡Geriátricas! Los ojos de largas pestañas postizas y sombras blanco satén de Juliet se abrieron de par en par, como poseídos. Entonces fue cuando dijo: "¡Olalá! (lo de olalá quedó que parecía un grito de guerra) pasen, jóvenes, pasen... Queguidos, ¿cómo han targdado tanto en llegag?. La emprgesa ya los envía disfrgazados de policías, ¡qué buena idea!... ¡Maggarita!, ¡chicas! ¡son los de full monty!, allons, ¡musique! " ... Y lo que sucedió después... pues eso, ya lo sabes... sólo quedaron enteras sus gorras, con las que se tapaban sus anaconditas... hay que ver qué bien dotados están los Cuerpos de Seguridad...
Entiéndelo Felipe, fue un momento de solidaria enagenación mental. No éramos dueñas de nuestra persona... el vino, Felipe, el vino.
¡Qué leches! Mira Felipe, aunque hoy mi cabeza parece una olla a punto de estallar, tengo que decirte que fue una noche magavillosa, mon Dieu, magavillosa.
Ya, hombre, ya... deja el sermón, si salimos en los periódicos qué le vamos a hacer, mejor el titular de 18 ancianas detenidas por alteración del orden público y desacato a la autoridad, que salir en las necrológicas... digo yo.
La culpa de todo la tuvo Juliet... ¿que no sabes quién es Juliet? Juliana, la hermana de Fabian. ¿No recuerdas?, vive en Francia desde Mayo del 68. Aseguró que aquella movida no se la perdía ella, y lo que son las cosas, le cambió la vida. Allí pescó a Valerí y se quedó a vivir allá, en la France. Desde que tiene doble nacionalidad se hace llamar Juliet, y pronuncia las erres como si tuviese vegetaciones, pero ella es feliz así.
" Leonorg, queguida, estás magavillosa. Me han dicho que muguió tu maguido... no sabes cuánto lo siento, pego c´est la vie... bla... bla... bla..." ¡Lo que habla la sylvie vartan esta!
Margarita piensa en todo, y en vez de ser una cena como Dios manda, que nos hubiese dejado a todas fritas en un sillón, fueron unos ligeros canapés acompañados de un vinito que entraba solo... así pasó, que luego salió todo de golpe... En fin, así transcurría la velada: con boleros de fondo, recordando antiguos novios, que si qué bien te conservas, que si tan bien como tú... Entonces Juliet anunció: "señogas, pregsten atançión, tomen asiento porgque empieza el espectáculo. Va pog ti, queguida Marggarita."
Comienzó a sonar un pasodoble y todas mirando a un lado y a otro, espectantes, cuando apareció el muchachito. Bueno, lo de muchachito lo digo por la edad, veintitres, dijo su abuela Juliet. Alto, guapísimo, escultural, vestido de negro riguroso y un capote rosa... ¡Divino contraste! Nosotras aplaudiendo, y él reboloteando con una gallardía entre nosotras... Iba, venía, iba, volvía sin camisa, se iba hacia Margarita, le ponía las manos -las de Margarita- sobre esa tableta de chocolate que tenía por delante... no te quiero ni contar lo que tenía por detrás... manos para arriba manos para abajo... Las demás con los ojos fuera de las cuencas. Juliet con cara de orgullo de abuela y exhalando el humo del un cigarrillo en una larga pipa... Hay que reconocer que tiene estilo, parecía sacada de una postal de los años veinte.
No me preguntes cómo porque fue como por arte de magia, esos pantalones que llevan los que se dedican a esas cosas son de mírame y no me toques, te lo digo yo... el caso es que, en un abrir y cerrar de ojos, se quedó como su madre lo trajo al mundo, y Margarita capote en mano, con la mirada fija en... en... ¿tú sabes lo que es una anaconda? ¿Y una lombriz de tierra?... Pues por la cabeza de más de una de las presentes seguro que se pasearon los dos animalitos, incluída Margarita... a mí no, mi vida, a mí me sorprendió que hubiese otra anaconda de similar tamaño a la que yo conocía.
Entre el estupor, el griterío y la música, casi no se oía el timbre del local. Imagínate, Felipe... cuando por fin abrimos: los dos policias en la puerta, incrédulos, mirando una y otra vez a una libreta, comprobando la dirección, a nosotras, a la libreta, a nosotras... un silencio sepulcral, la anaconda cabizbaja y su dueño frente a ellos, totalmente en cueros, claro, y Margarita con el capote en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Por fin uno dijo: señoras, los vecinos han llamado quejándose de un ruído infernal que no les deja dormir. ¿Se puede saber qué es este escándalo entre tanta geriátrica?.
¡Geriátricas! Los ojos de largas pestañas postizas y sombras blanco satén de Juliet se abrieron de par en par, como poseídos. Entonces fue cuando dijo: "¡Olalá! (lo de olalá quedó que parecía un grito de guerra) pasen, jóvenes, pasen... Queguidos, ¿cómo han targdado tanto en llegag?. La emprgesa ya los envía disfrgazados de policías, ¡qué buena idea!... ¡Maggarita!, ¡chicas! ¡son los de full monty!, allons, ¡musique! " ... Y lo que sucedió después... pues eso, ya lo sabes... sólo quedaron enteras sus gorras, con las que se tapaban sus anaconditas... hay que ver qué bien dotados están los Cuerpos de Seguridad...
Entiéndelo Felipe, fue un momento de solidaria enagenación mental. No éramos dueñas de nuestra persona... el vino, Felipe, el vino.
¡Qué leches! Mira Felipe, aunque hoy mi cabeza parece una olla a punto de estallar, tengo que decirte que fue una noche magavillosa, mon Dieu, magavillosa.
Flores
Demasiado delicado para ser su apodo, pero así es como se le conoce: por flores.
Le acabo de dar tres puntos de sutura en la ceja izquierda. Su embriaguez le ha hecho besar el suelo, una vez más. La última vez que le dimos otros cuantos puntos fue en la cabeza, a las tres de la madrugada, cuando recobró el conocimiento tras el golpe contra el bordillo de una acera. Nadie pasaba por allí. Tal vez. Nadie se molestó en recogerlo. LLegó solo al centro, tambaleándose y farfullando. Su cara era renglones de sangre, su cuerpo era un despojo desaseado y encogido que iba y venía intentando mantener el equilibrio. Su mirada: inquietante, desafiante.
Tiene cuarenta años. Cuesta creerlo. Es moreno, despeinado, alto y enjuto. Su grasa y sus fibras musculares las devoran el alcohol y la heroína... La heroína... vaya nombre para una droga. Puta mierda. Él la sigue consumiendo. La cocaina es para las nenazas y él es un yonki con categoría. Eso lo afirma con sonrisa burlona. La burla será por aquello de que un yonki con categoría repercute socialmente... él importa una mierda, a nadie.
No sé de qué vive, nunca dura más de dos meses en sus trabajos; unas veces albañil, otras carpintero. Este último oficio tuvo que abandonarlo so pena de quedarse sin un solo dedo: le faltan varias falanges de no recuerdo cuántos dedos ni de qué mano.
Sé con quién vive: con su padre de ochenta años. Ochenta años que le hacen parecer un anciano desvalido, pero sé que en su lecho de muerte, la que fue su mujer no encontró mano que asir, ojos en los que abandonarse, ni calor que mitigara la gelidez de la muerte , ni presencia, ni nadie que derramara una lágrima amarga, ni agridulce, ni insignificante lágrima. Un perro abandonado y moribundo. La llamaba hija de puta porque, en su agonía, no le dejaba dormir. Cruel, despiado. Tremendo. Durísimo, tanto como una piedra, pero hasta éstas se deshacen cuando las golpea la marea. Frío como el hielo, pero hasta el hielo se convierte en agua que calma la sed. La recuerdo dejándose morir, como flores.
Morirá joven, seguramente, de cirrosis hepática, o de una pancreatitis fulminante, o de alguna cardiopatía etílica... las válvulas se pudren cuando leucocitos, hematies y plaquetas sufren la metamorfosis a alcohol cien por cien. Tal vez de sobredosis en cualquier rincón de ninguna parte. Está sentenciado a muerte sin estar acusado de nada. Él mismo es su propio juez y su propio verdugo.
La tercera vez que hacía el intento de rehabilitarse en el Programa de drogodependencias de la Cruz Roja... rehabilitarse... odio esa palabra cuando se trata de aprender a vivir... decidió que no quería darse más oportunidades. Había elegido su manera de vivir: la autodestrucción.
Su boca emana un pestilente olor a fosa que no sabe lo que es un cepillo de dientes. El hedor, mezcla de alcohol y metano, llega hasta mi boca. Cuando me encuentro en semejantes trances desearía sufrir de anosmia, pero mi pituitaria es de una sensibilidad extrema. Hago de tripas corazón... La precisión del punto requiere que me acerque. Me gusta aproximar los bordes con extremada perfección -defecto desde que tengo uso de razón: la constante búsqueda de la perfección- que al menos esta cicatriz no se note en su rostro envejecido, devastado. No para de moverse, aun tumbado en la camilla. Le ordeno que se esté quieto o le voy a coser el párpado a la ceja y se lo voy a dejar abierto para el resto de su vida... amenazo. Cuando viene así... siempre viene así... resulta un vacilón. Bromea. Le gusta ponerme nerviosa. Me pregunta, por tercera o cuarta vez, si tengo novio. No. Silencio. Tengo marido: por tercera o cuarta vez la misma respuesta. Vaya hombre, ya decía yo que llegaba tarde. ¿Tú crees que soy feo?. Nadie me quiere porque creo que soy feo. Respondo sin pensar, estoy embebida en anudar y cortar. No hay nadie feo. Tiene cara de niño malo, sonrisa picarona y mirada esquiva.
No, no es feo. Es un cuerpo consumido. Es un alma consumida.
"... Él creyó que soñaba en el fugaz instante
en que acabó su tiempo abrazado a la madre.
Qué te puedo dar, que no me sufras
qué te puedo dar, que no te hundas,
que no vea en tus ojos reflejos de cristal
que me mata tu angustia, que me puede tu mal.
Qué te puedo dar."
Le acabo de dar tres puntos de sutura en la ceja izquierda. Su embriaguez le ha hecho besar el suelo, una vez más. La última vez que le dimos otros cuantos puntos fue en la cabeza, a las tres de la madrugada, cuando recobró el conocimiento tras el golpe contra el bordillo de una acera. Nadie pasaba por allí. Tal vez. Nadie se molestó en recogerlo. LLegó solo al centro, tambaleándose y farfullando. Su cara era renglones de sangre, su cuerpo era un despojo desaseado y encogido que iba y venía intentando mantener el equilibrio. Su mirada: inquietante, desafiante.
Tiene cuarenta años. Cuesta creerlo. Es moreno, despeinado, alto y enjuto. Su grasa y sus fibras musculares las devoran el alcohol y la heroína... La heroína... vaya nombre para una droga. Puta mierda. Él la sigue consumiendo. La cocaina es para las nenazas y él es un yonki con categoría. Eso lo afirma con sonrisa burlona. La burla será por aquello de que un yonki con categoría repercute socialmente... él importa una mierda, a nadie.
No sé de qué vive, nunca dura más de dos meses en sus trabajos; unas veces albañil, otras carpintero. Este último oficio tuvo que abandonarlo so pena de quedarse sin un solo dedo: le faltan varias falanges de no recuerdo cuántos dedos ni de qué mano.
Sé con quién vive: con su padre de ochenta años. Ochenta años que le hacen parecer un anciano desvalido, pero sé que en su lecho de muerte, la que fue su mujer no encontró mano que asir, ojos en los que abandonarse, ni calor que mitigara la gelidez de la muerte , ni presencia, ni nadie que derramara una lágrima amarga, ni agridulce, ni insignificante lágrima. Un perro abandonado y moribundo. La llamaba hija de puta porque, en su agonía, no le dejaba dormir. Cruel, despiado. Tremendo. Durísimo, tanto como una piedra, pero hasta éstas se deshacen cuando las golpea la marea. Frío como el hielo, pero hasta el hielo se convierte en agua que calma la sed. La recuerdo dejándose morir, como flores.
Morirá joven, seguramente, de cirrosis hepática, o de una pancreatitis fulminante, o de alguna cardiopatía etílica... las válvulas se pudren cuando leucocitos, hematies y plaquetas sufren la metamorfosis a alcohol cien por cien. Tal vez de sobredosis en cualquier rincón de ninguna parte. Está sentenciado a muerte sin estar acusado de nada. Él mismo es su propio juez y su propio verdugo.
La tercera vez que hacía el intento de rehabilitarse en el Programa de drogodependencias de la Cruz Roja... rehabilitarse... odio esa palabra cuando se trata de aprender a vivir... decidió que no quería darse más oportunidades. Había elegido su manera de vivir: la autodestrucción.
Su boca emana un pestilente olor a fosa que no sabe lo que es un cepillo de dientes. El hedor, mezcla de alcohol y metano, llega hasta mi boca. Cuando me encuentro en semejantes trances desearía sufrir de anosmia, pero mi pituitaria es de una sensibilidad extrema. Hago de tripas corazón... La precisión del punto requiere que me acerque. Me gusta aproximar los bordes con extremada perfección -defecto desde que tengo uso de razón: la constante búsqueda de la perfección- que al menos esta cicatriz no se note en su rostro envejecido, devastado. No para de moverse, aun tumbado en la camilla. Le ordeno que se esté quieto o le voy a coser el párpado a la ceja y se lo voy a dejar abierto para el resto de su vida... amenazo. Cuando viene así... siempre viene así... resulta un vacilón. Bromea. Le gusta ponerme nerviosa. Me pregunta, por tercera o cuarta vez, si tengo novio. No. Silencio. Tengo marido: por tercera o cuarta vez la misma respuesta. Vaya hombre, ya decía yo que llegaba tarde. ¿Tú crees que soy feo?. Nadie me quiere porque creo que soy feo. Respondo sin pensar, estoy embebida en anudar y cortar. No hay nadie feo. Tiene cara de niño malo, sonrisa picarona y mirada esquiva.
No, no es feo. Es un cuerpo consumido. Es un alma consumida.
"... Él creyó que soñaba en el fugaz instante
en que acabó su tiempo abrazado a la madre.
Qué te puedo dar, que no me sufras
qué te puedo dar, que no te hundas,
que no vea en tus ojos reflejos de cristal
que me mata tu angustia, que me puede tu mal.
Qué te puedo dar."
Osadía
La semana pasada lancé una botella al mar. Sí, hay mar en la Mancha y en cualquier parte donde se quiera que haya mar. La botella llevaba escrito un mensaje. A diferencia de todas las botellas con mensaje que se lanzan al mar, ésta busca una playa concreta. El oleaje tiene conocimiento de ello. Y también la marea. No me cabe la menor duda de que quedará varada en el banco de arena que yo espero. No me costó nada saber de las corrientes marinas que la llevarán a su destino.
El mensaje tiene destinatario con nombre y apellido.
Al igual que todos los mensajes que se lanzan al mar, este espera que sea leído. El cómo y el cuándo no importa, no hay prisa.
A diferencia de todos las botellas con mensaje que se lanzan al mar, no espera respuesta. No espera ver un barco a lo lejos acercándose a mi costa, ni una avioneta sobrevolando mi playa... Pero yo espero.
El mensaje tiene destinatario con nombre y apellido.
Al igual que todos los mensajes que se lanzan al mar, este espera que sea leído. El cómo y el cuándo no importa, no hay prisa.
A diferencia de todos las botellas con mensaje que se lanzan al mar, no espera respuesta. No espera ver un barco a lo lejos acercándose a mi costa, ni una avioneta sobrevolando mi playa... Pero yo espero.
Margarita y Jacinto tienen el gusto...
... de invitarles a su enlace que tendrá lugar D.M. en la ermita de San Lorenzo el día 6 de Octubre, a las 12.30 de la mañana.
Seguiremos la celebración en su grata compañía en el Restaurante Las Dueñas, a las 14 horas.
El evento será amenizado por la orquesta Cántame un pasodoble español.
( Se ruega asistan con ropa y zapatos cómodos. Nadie deje en casa la dentadura ni el sonotone. Las señoras acudan con abanico y mantón).
Esto último es cosa de Margarita, Felipe... esta Margarita tiene un humor... Yo le dije: "Margarita, ¿por qué no esperas un poquito más? Ya sabes, mujer, la precipitación es la culpable de todos los fracasos..." "Ni un día más, Leonor, Jacinto es el hombre de mi vida" ¡El hombre de su vida! , ¿de cuál de todas?, ha tenido tantas, será de esta última, imagino..."Verás, Leonor, esto va a ser un encuentro de todos los de nuestra generación, a algunos hace 50 años que no los vemos, pero mi Jacinto (¡su Jacinto! ¿qué me dices?... siempre ha sido de un posesivo)... que es más avispado que un lince (lo que hace el amor), ha localizado a casi todos, bueno, sí, a casi todos... la mitad en el cementerio de La Almudena, pero hay una treintena, entre la que estamos nosotras, que volveremos a estar juntos, ¡después de tantos años!... algunos estarán irreconocibles."
Y tú, Margarita, amiga mía, y tú... ¿o crees que tú estarás reconocible?. Esta Margarita se mira al espejo y todavía ve a Silvana Mangano. Y lo que hace el amor, o la necesidad de no verse sola - Margarita siempre ha llevado muy mal eso de la soledad- pero cuando van paseando de la mano, parecen Blancanieves y uno de sus enanitos. Pero vamos, está claro, este Jacinto es una caja de sorpresas, ¡a saber lo que esconde! No, Felipe, no, no es menosprecio, es una realidad. Las cosas como son. Además, eso de lo que esconde no es un menosprecio, vida mía, todo lo contrario.
Felipe, a veces me entra el miedo, qué digo miedo, ¡pánico!... no dejes de venir a ver a esta vieja tonta y chocha, que no se acostumbra a estar sin ti. Cuando esa ventana que permanece siempre abierta no te sienta pasar, me moriré de soledad. Bueno, qué tonterías digo, si tú entras por cualquier parte...
A la boda digo yo que vendrás, aunque sea de parte temprano, de allí arriba se sale y se entra a cualquier hora ¿no?... ¡No busques ninguna excusa, que te conozco! Ya, ya sé que no te gustaban ni las bodas ni los entierros, pero no lo tomes como una boda, tómalo como una comida de antiguos compañeros de colegio o de mili. Los nacidos entre el 30 y el 35, ¡ahí es na!... el que menos, calvo y arrugado, el que más en la Almudena, como dice Margarita...hay que ver, qué humor negro tiene la jodía, lo dice como si na, y a mí me da un repelús. Lo malo es que lleva razón.
Siempre lo he dicho, lo peor de llegar a viejo no son los achaques, es no saber ser viejo... Hay que saber ser viejo, ¿verdad Felipe?, es como el último trago de un licor: más diluido, pero licor; más suave, pero licor, el más apetecible por ser el último... Así es el último tramo de nuestra vida.
Oye, Felipe, nunca te he dicho a qué sabes tú, ¿a que no?, lo del trago de licor me lo ha recordado...Pues sabes a licor de café, sí, eso es, de café... que no lo entiendes... ya, no esperaba que lo entendieses... tonterías de vieja...
Dice que van a ir como en las bodas de maricastaña. Ya tiene el vestido. Ella siempre tan original. Pero esta boda promete, Felipe, no me faltes, que me debes un pasodoble y aquí me importa tres pitos lo que digan cuando me vean haciendo el paseillo sola. Verás que bien lo vamos a pasar. Yo ya tengo mi abanico y el mantón, y un clavel reventón para ponerlo en el escote.
Anda, acércate. Pues mira, el licor de café sabe.............
Seguiremos la celebración en su grata compañía en el Restaurante Las Dueñas, a las 14 horas.
El evento será amenizado por la orquesta Cántame un pasodoble español.
( Se ruega asistan con ropa y zapatos cómodos. Nadie deje en casa la dentadura ni el sonotone. Las señoras acudan con abanico y mantón).
Esto último es cosa de Margarita, Felipe... esta Margarita tiene un humor... Yo le dije: "Margarita, ¿por qué no esperas un poquito más? Ya sabes, mujer, la precipitación es la culpable de todos los fracasos..." "Ni un día más, Leonor, Jacinto es el hombre de mi vida" ¡El hombre de su vida! , ¿de cuál de todas?, ha tenido tantas, será de esta última, imagino..."Verás, Leonor, esto va a ser un encuentro de todos los de nuestra generación, a algunos hace 50 años que no los vemos, pero mi Jacinto (¡su Jacinto! ¿qué me dices?... siempre ha sido de un posesivo)... que es más avispado que un lince (lo que hace el amor), ha localizado a casi todos, bueno, sí, a casi todos... la mitad en el cementerio de La Almudena, pero hay una treintena, entre la que estamos nosotras, que volveremos a estar juntos, ¡después de tantos años!... algunos estarán irreconocibles."
Y tú, Margarita, amiga mía, y tú... ¿o crees que tú estarás reconocible?. Esta Margarita se mira al espejo y todavía ve a Silvana Mangano. Y lo que hace el amor, o la necesidad de no verse sola - Margarita siempre ha llevado muy mal eso de la soledad- pero cuando van paseando de la mano, parecen Blancanieves y uno de sus enanitos. Pero vamos, está claro, este Jacinto es una caja de sorpresas, ¡a saber lo que esconde! No, Felipe, no, no es menosprecio, es una realidad. Las cosas como son. Además, eso de lo que esconde no es un menosprecio, vida mía, todo lo contrario.
Felipe, a veces me entra el miedo, qué digo miedo, ¡pánico!... no dejes de venir a ver a esta vieja tonta y chocha, que no se acostumbra a estar sin ti. Cuando esa ventana que permanece siempre abierta no te sienta pasar, me moriré de soledad. Bueno, qué tonterías digo, si tú entras por cualquier parte...
A la boda digo yo que vendrás, aunque sea de parte temprano, de allí arriba se sale y se entra a cualquier hora ¿no?... ¡No busques ninguna excusa, que te conozco! Ya, ya sé que no te gustaban ni las bodas ni los entierros, pero no lo tomes como una boda, tómalo como una comida de antiguos compañeros de colegio o de mili. Los nacidos entre el 30 y el 35, ¡ahí es na!... el que menos, calvo y arrugado, el que más en la Almudena, como dice Margarita...hay que ver, qué humor negro tiene la jodía, lo dice como si na, y a mí me da un repelús. Lo malo es que lleva razón.
Siempre lo he dicho, lo peor de llegar a viejo no son los achaques, es no saber ser viejo... Hay que saber ser viejo, ¿verdad Felipe?, es como el último trago de un licor: más diluido, pero licor; más suave, pero licor, el más apetecible por ser el último... Así es el último tramo de nuestra vida.
Oye, Felipe, nunca te he dicho a qué sabes tú, ¿a que no?, lo del trago de licor me lo ha recordado...Pues sabes a licor de café, sí, eso es, de café... que no lo entiendes... ya, no esperaba que lo entendieses... tonterías de vieja...
Dice que van a ir como en las bodas de maricastaña. Ya tiene el vestido. Ella siempre tan original. Pero esta boda promete, Felipe, no me faltes, que me debes un pasodoble y aquí me importa tres pitos lo que digan cuando me vean haciendo el paseillo sola. Verás que bien lo vamos a pasar. Yo ya tengo mi abanico y el mantón, y un clavel reventón para ponerlo en el escote.
Anda, acércate. Pues mira, el licor de café sabe.............
El parecido más razonable
Entre quienes me conocen hay alguna que se ríe mucho con mis parecidos razonables. No atribuyo sólo sobre un parecido físico, sino también sobre lo que percibo de la persona en cuestión. Por ejemplo, siempre he dicho que si a George Bush le hacemos crecer el pelo y se lo recogemos en dos largas trenzas que le caigan sobre los hombros, una cinta en la cabeza y una pluma detrás, le tendríamos listo para ser un extra de los espagueti wester entre indios y vaqueros.(Lo siento por los indios)
Esther cañadas se parece a ET.

Maria Teresa Fernandez de la Vega se parece a esto:

Nuestro presidente del gobierno se asemeja a Mister Bean.

Nuestro expresidente, cuando ríe, se asemeja a una hiena lela...¿que cómo es una hiena lela? como nuestro expresi cuando rie, ¿cómo va a ser?. Cuando no se ríe se parece a un señor con bigote, al que Chaplin, en una de sus películas, acusó de haberle robado el suyo. Qué tonto Chaplin...

Lástima que haya cuatro, si hubiese tres sería el parecido más razonable con la foto de las Azores.
Pepiño Blanco se parece a Pablo Marmol (picapiedra).

Jordi Pujol se parece al muñeco diabólico.

De todos es conocidísimo el parecido de Ibarretxe con Spook, ¡joer!, es que ni aposta.

Pero lo más razonable que he encontrado hasta ahora, sobre todo después de su última visita a Irak, es esto:

Lo siento por el chimpancé, espero que no se sienta ofendido, hay quien confunde su cara de chiste con la estupidez de semejante lider.
Esther cañadas se parece a ET.

Maria Teresa Fernandez de la Vega se parece a esto:

Nuestro presidente del gobierno se asemeja a Mister Bean.

Nuestro expresidente, cuando ríe, se asemeja a una hiena lela...¿que cómo es una hiena lela? como nuestro expresi cuando rie, ¿cómo va a ser?. Cuando no se ríe se parece a un señor con bigote, al que Chaplin, en una de sus películas, acusó de haberle robado el suyo. Qué tonto Chaplin...

Lástima que haya cuatro, si hubiese tres sería el parecido más razonable con la foto de las Azores.
Pepiño Blanco se parece a Pablo Marmol (picapiedra).

Jordi Pujol se parece al muñeco diabólico.

De todos es conocidísimo el parecido de Ibarretxe con Spook, ¡joer!, es que ni aposta.

Pero lo más razonable que he encontrado hasta ahora, sobre todo después de su última visita a Irak, es esto:

Lo siento por el chimpancé, espero que no se sienta ofendido, hay quien confunde su cara de chiste con la estupidez de semejante lider.
Dos y dos no son cuatro
Pablo tenía seis años, un hermano mayor de nueve y una hemana pequeña recién nacida, que vino al mundo cinco años después de una ligadura de trompas... Implacable y vengativa Naturaleza, que se revela devolviendo el cauce a sus ríos desviados, y los claustros maternos, sellados e incomunicados, a los óvulos milagrosamente fecundados.
Cuando Pablo llegó a este pueblo venía de Extremadura, su padre encontró trabajo de guarda jurado de una de las tantas fincas que nos rodean, dedicadas a la cinigética.
Su aspecto no es que fuese descuidado, iba limpio y bien vestido, pero no había centímetro de piel que no albergara un cardenal. Según su madre, era muy inquieto, no paraba nunca y no temía a las alturas, ni a los rincones llenos de trastos viejos o rotos que le pudiesen lastimar. Dos velas, unas veces verdes y otras transparentes, colgaban siempre de su achatada naricilla.
Pablo pertenecía a una de esas familias que suelen captar los asistentes sociales, o los llamados educadores o asesores de familia. Su padre tenía problemas con el alcohol, mejor dicho, el único problema que tenía su padre con el alcohol era que se lo bebía como si fuese agua y en cantidades industriales. Su madre, de unos ojos verde intenso chispeante, era una fumadora empedernida y tenía la sonrisa más desdentada, amarilla y cariada que he visto en una persona de apenas treinta años.
Pablo y su hermano tenían puesta una etiqueta en el interior de la carpeta de su historia clínica: Riesgo de malos tratos.
Fue a finales de su primer curso de primaria cuando comenzaron las frecuentes visitas a la consulta. Primero fue por una nota de su maestra dirigida a su médica de cabecera, en la que decía: el niño experimenta un retroceso inexplicable en su proceso de aprendizaje.. Solicitaba valoración médica. Pablo no parecía reconocer los números que había aprendido a lo largo del curso, ni las letras del abecedario, y había olvidado reproducirlas gráficamente.
Citamos a Pablo, acompañado de su madre. Hicimos todo lo que se podía hacer en este caso desde la Atención Primaria: Prueba de optotipos, cuyo resultado fue NORMAL; dibujo de una figura humana, que realizó como correspondía a su edad, y deletreaba su nombre mientras lo escribía en un papel. La exploración neurológica también resultó NORMAL. El niño hablaba y se expresaba como correspondía a su edad. Se solicitó analítica, cuyos resultados, dos semanas después, fueron NORMALES.
Hablamos con la maestra y nos contó que ese retroceso no era paulatino sino que se daba como un episodio fugaz, pero que los episodios cada vez tenían mayor frecuencia. Ahí quedó la cosa.
Un día acude su madre con él, en brazos, se le acababa de caer en la calle, sin tropezarse, y sus piernas de niño inquieto, ahora de plastilina, parecían no responder a estímulos. Eso sucedió durante unos minutos. Después, Pablo se bajó solo de la camilla y comienzó andar. Su madre nos contó que desde que nació su hermana se le comían los celos, y no sabía qué inventarse para hacerse notar.
¡Ya está! ¡eureka! Son llamadas de atención, ha sido el príncipe destronado y reclama sus derechos. La actitud que debe tomar todo el mundo es no hacerle caso cuando hace esas cosas, darle mimitos y cariño para que no se sienta desplazado y se acabó. Si sigue insistiendo en esa conducta se le puede derivar a un psicólogo infantil o a pediatría de hospital... En fin, ya se verá. Es más, para quedarnos más tranquilos todos, profesionales educadores, sanitarios y padres, le enviamos a neuropsiquiatría.
Todas las pruebas neurológicas fueron NORMALES, incluido un TAC cerebral, como las nuevas analíticas pedidas por especialista... Y así llegaron mis vacaciones de verano.
Cuando regresé, Pablo estaba hospitalizado, lo hizo entrando por la puerta de Urgencias, en estado de coma... ya tenía el diagnóstico: adrenoleucodistrofia. La palabra fue como un mazazo que no dejaba de retumbar en mi cabeza. La famosa enfermedad de Lorenzo, una rara patologia, de escasísima incidencia y que la diosa Fortuna le tenía reservada para él, un niño de seis años que vivía de prestado en un pueblo escondido, de apenas 900 habitantes.
A medida que me contaba mi compañera todo lo acontecido con respecto a él en mi ausencia, necesité sentarme en la camilla que tenía a mi espalda, abatida, desconcertada, incrédula, culpable... miles de pensamientos se agolpaban en mi cabeza.
Más tarde busqué su historia y leí avidamente, releí todo lo escrito, lo hecho desde que aparecieron los primeros síntomas, hasta el informe de urgencias... ¿Cómo se nos podía haber pasado aquello? ¿Cómo no haber caído en que aquellos episodios de regresión, de pérdida súbita de fuerza, etc, etc... se correspondían con algo más serio que simples llamadas de atención? La medicina es así, a veces dos más dos no son cuatro, a veces parece que todo apunta hacia un lado y sucede todo lo contrario...
Una caída estrepitosa desde el olimpo de los dioses.
LLoré de rabia, lloré de impotencia, y lloré por él, por su niñez despiadadamente arrebatada, por su infancia truncada, por su vida cercenada.
Tras el alta por desahucio se marcharon a Extremadura, en donde algún hombro podría arrimarse a ayudar, imagino. Aquí, a casi cien kilómetros del hospital más cercano y sin apoyo económico, físico ni moral, el proceso se haría insoportable.
De vez en cuando preguntaba por él, a una de por aquí que fue amiga de su madre, y me contaba...
Hoy he regresado de mis vacaciones, apenas si hace tres horas que he retomado mi trabajo, como aquel día de hace ya unos siete años, y hoy, como aquel día, vuelvo a saber de Pablo; murió la semana pasada.
Tengo en mi memoria su carita redonda, sus grandes ojos verdes despiertos, llenos de curiosidad y del deseo de ir descubriendo el mundo en cada abrir y cerrar. No he llegado a conocer su cara de adolescente, ni su cuerpo devastado por la despiadada enfermedad... Prefiero no saberlo, prefiero recordarlo con sus seis años.
Hoy soy incapaz de derramar ni una sola lágrima, incapaz de liberar algo retenido, dormido, no sé si en esa laguna del cerebro donde flota a la deriva lo que nos hizo daño, o en ese baúl del alma que, de tarde en tarde, necesita ser abierto y revisado ...
Desolada, como un campo después de la batalla.
Cuando Pablo llegó a este pueblo venía de Extremadura, su padre encontró trabajo de guarda jurado de una de las tantas fincas que nos rodean, dedicadas a la cinigética.
Su aspecto no es que fuese descuidado, iba limpio y bien vestido, pero no había centímetro de piel que no albergara un cardenal. Según su madre, era muy inquieto, no paraba nunca y no temía a las alturas, ni a los rincones llenos de trastos viejos o rotos que le pudiesen lastimar. Dos velas, unas veces verdes y otras transparentes, colgaban siempre de su achatada naricilla.
Pablo pertenecía a una de esas familias que suelen captar los asistentes sociales, o los llamados educadores o asesores de familia. Su padre tenía problemas con el alcohol, mejor dicho, el único problema que tenía su padre con el alcohol era que se lo bebía como si fuese agua y en cantidades industriales. Su madre, de unos ojos verde intenso chispeante, era una fumadora empedernida y tenía la sonrisa más desdentada, amarilla y cariada que he visto en una persona de apenas treinta años.
Pablo y su hermano tenían puesta una etiqueta en el interior de la carpeta de su historia clínica: Riesgo de malos tratos.
Fue a finales de su primer curso de primaria cuando comenzaron las frecuentes visitas a la consulta. Primero fue por una nota de su maestra dirigida a su médica de cabecera, en la que decía: el niño experimenta un retroceso inexplicable en su proceso de aprendizaje.. Solicitaba valoración médica. Pablo no parecía reconocer los números que había aprendido a lo largo del curso, ni las letras del abecedario, y había olvidado reproducirlas gráficamente.
Citamos a Pablo, acompañado de su madre. Hicimos todo lo que se podía hacer en este caso desde la Atención Primaria: Prueba de optotipos, cuyo resultado fue NORMAL; dibujo de una figura humana, que realizó como correspondía a su edad, y deletreaba su nombre mientras lo escribía en un papel. La exploración neurológica también resultó NORMAL. El niño hablaba y se expresaba como correspondía a su edad. Se solicitó analítica, cuyos resultados, dos semanas después, fueron NORMALES.
Hablamos con la maestra y nos contó que ese retroceso no era paulatino sino que se daba como un episodio fugaz, pero que los episodios cada vez tenían mayor frecuencia. Ahí quedó la cosa.
Un día acude su madre con él, en brazos, se le acababa de caer en la calle, sin tropezarse, y sus piernas de niño inquieto, ahora de plastilina, parecían no responder a estímulos. Eso sucedió durante unos minutos. Después, Pablo se bajó solo de la camilla y comienzó andar. Su madre nos contó que desde que nació su hermana se le comían los celos, y no sabía qué inventarse para hacerse notar.
¡Ya está! ¡eureka! Son llamadas de atención, ha sido el príncipe destronado y reclama sus derechos. La actitud que debe tomar todo el mundo es no hacerle caso cuando hace esas cosas, darle mimitos y cariño para que no se sienta desplazado y se acabó. Si sigue insistiendo en esa conducta se le puede derivar a un psicólogo infantil o a pediatría de hospital... En fin, ya se verá. Es más, para quedarnos más tranquilos todos, profesionales educadores, sanitarios y padres, le enviamos a neuropsiquiatría.
Todas las pruebas neurológicas fueron NORMALES, incluido un TAC cerebral, como las nuevas analíticas pedidas por especialista... Y así llegaron mis vacaciones de verano.
Cuando regresé, Pablo estaba hospitalizado, lo hizo entrando por la puerta de Urgencias, en estado de coma... ya tenía el diagnóstico: adrenoleucodistrofia. La palabra fue como un mazazo que no dejaba de retumbar en mi cabeza. La famosa enfermedad de Lorenzo, una rara patologia, de escasísima incidencia y que la diosa Fortuna le tenía reservada para él, un niño de seis años que vivía de prestado en un pueblo escondido, de apenas 900 habitantes.
A medida que me contaba mi compañera todo lo acontecido con respecto a él en mi ausencia, necesité sentarme en la camilla que tenía a mi espalda, abatida, desconcertada, incrédula, culpable... miles de pensamientos se agolpaban en mi cabeza.
Más tarde busqué su historia y leí avidamente, releí todo lo escrito, lo hecho desde que aparecieron los primeros síntomas, hasta el informe de urgencias... ¿Cómo se nos podía haber pasado aquello? ¿Cómo no haber caído en que aquellos episodios de regresión, de pérdida súbita de fuerza, etc, etc... se correspondían con algo más serio que simples llamadas de atención? La medicina es así, a veces dos más dos no son cuatro, a veces parece que todo apunta hacia un lado y sucede todo lo contrario...
Una caída estrepitosa desde el olimpo de los dioses.
LLoré de rabia, lloré de impotencia, y lloré por él, por su niñez despiadadamente arrebatada, por su infancia truncada, por su vida cercenada.
Tras el alta por desahucio se marcharon a Extremadura, en donde algún hombro podría arrimarse a ayudar, imagino. Aquí, a casi cien kilómetros del hospital más cercano y sin apoyo económico, físico ni moral, el proceso se haría insoportable.
De vez en cuando preguntaba por él, a una de por aquí que fue amiga de su madre, y me contaba...
Hoy he regresado de mis vacaciones, apenas si hace tres horas que he retomado mi trabajo, como aquel día de hace ya unos siete años, y hoy, como aquel día, vuelvo a saber de Pablo; murió la semana pasada.
Tengo en mi memoria su carita redonda, sus grandes ojos verdes despiertos, llenos de curiosidad y del deseo de ir descubriendo el mundo en cada abrir y cerrar. No he llegado a conocer su cara de adolescente, ni su cuerpo devastado por la despiadada enfermedad... Prefiero no saberlo, prefiero recordarlo con sus seis años.
Hoy soy incapaz de derramar ni una sola lágrima, incapaz de liberar algo retenido, dormido, no sé si en esa laguna del cerebro donde flota a la deriva lo que nos hizo daño, o en ese baúl del alma que, de tarde en tarde, necesita ser abierto y revisado ...
Desolada, como un campo después de la batalla.