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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
¡Qué triste es el otoño!
Ya lo sé, Felipe. Estoy muy calladita, ¿verdad?, es que tú ya sabes que a mí el otoño me pone melancólica... no tengo ganas de hablar... Los parques se llenan de hojas secas, las rosas de los jardines pierden su olor, los geranios de la terraza se vuelven mustios y descoloridos... del mismo ánimo que yo, Felipe, del mismo ánimo... No hay más color que el ocre por todas partes... Y la artristis, y el reuma, que con esto de la mudación me hacen ir renqueando a todas partes... Una pena, una pena. Fíjate si estaré melancólica que me paso el día escuchando cantar a Pavarotti... como lo oyes, a Pavarotti. Ahora me ha dado por la ópera. Hijo, la que a mí me entra escuchando el Nessun Dorma... ¡oye, ¿de qué te ries?!... ¿Me rio yo de que a ti te guste Julio Iglesias?, pues eso... presta atención y escucha... ¿Tú sabes lo que siento yo cuando oigo esto?, lo mismito que cuando vi el mar por primera vez: la sensación de eternidad. Escuchar esta voz y esta música es como abandonarse al antojo de una corriente marina. Sublime, Felipe, sublime... ¿Que no me reconoces?... eso me lo creo.

Y esta tonta de Margarita, que parece que no se ha casado nadie, nada más que ella... ni me llama, ni sale a tomarse un cafetito, ni na de na... ¡pues anda, hija! Ya no sé si asistí a una boda o a la celebración de votos de perpetuidad de una monja de clausura... ¡Qué barbaridad!, con lo que ella ha sido, que no paraba en rama verde, y ahora ni va, ni ve, más allá del metro cincuenta de su Jacinto.
Pues tanto querer tanto aborrecer, decía mi madre. De vez en cuando es bueno que corra el aire, salir, distraerse, ver a las amigas... Un poco de vidilla fuera de las cuatro paredes, para tener cosas que contar, si no, llegará un momento en que se agote la conversación, o peor aún, sea como un disco rayado, que cansa, aburre y crispa los nervios... digo yo.
Aunque, si te digo la verdad, la entiendo... y la envidio... Sí, Felipe, la envidio porque le tiene a él, a todas horas, haciéndole compañía, leyéndole el pensamiento... porque a Margarita es de las que le gustan que le lean el pensamiento... Y yo, yo recuerdo un vestido rojo y una cremallera, que sólo tú abrías y cerrabas, como Moisés abriendo mares del mismo color que aquel vestido. Y recuerdo, no, siento, el calor de tu aliento en mi nunca, mientras esa cremallera subía o bajaba, y a ti diciendo: Leonor, que este vestido me pierde...
Y después se perdió todo, como la María Callas esa... sí hombre, ésa que también cantaba ópera, la voz del Belle Canto -es que ya sabes, cuando cojo una tontuna...-, pues eso, la pobre, primero perdió peso -creo que estaba de muy buen ver y se quedó escurría escurría-, después perdió la voz - a ver, si perdió la mitad de la caja torácica, ¿cómo no iba a perder la voz?- , y luego perdió a Onassis, que parece ser que la dejó por la viuda del J.F. Kennedy, de ahí vendrá lo de viuda alegre... digo yo. Yo, primero gané peso, luego no me pude poner nunca más el vestido rojo - ni otros muchos- , y luego, a ti se te perdió la buena costumbre de husmear por mi cuello... ¡Cómo se pasa todo, Felipe, cómo se pasa! No, no, si yo no tengo queja, mi vida... pero ¡qué coño!, me encantaba a mí el jueguecito de la cremallera.
¿Sabes?, todavía lo tengo,... el vestido rojo, en el fondo del baúl de nuestro dormitorio, ahí, guardando sus secretos...
¿Que ahora, además de melancólica, me estoy poniendo metafórica?... chocha es lo que estoy desde hace ya mucho tiempo, vieja y chocha, pero no me cambio por nadie, ni siquiera por una más joven... Me alegro de haber llegado a vieja, me alegro de tener la posibilidad de mirar atrás y tener tantas y tantas cosas vividas, tantas caras, tantos nombres, tantos lugares, tantos momentos... Y años, muchos años... Pero lo que no me gusta es que te hayas ido... aunque estés aquí... aunque siga sintiendo tu aliento, y la seda de tus dedos, y tu voz resuene en mis adentros, y se me encoja el estómago cuando siento tu presencia, y me recorran mariposas de colores por todo el cuerpo... Quisiera tenerte como antes, como antes... y qué congoja me está entrando, ¡coña! Ala, ya... voy a poner un cafetito...

Pero volviendo a Margarita... esta Margarita, cuando dice a exprimir a un hombre... ¡qué loba!, seguro que no salen a la puerta de la calle por culpa de ella, es de un posesivo...

Espera, que está sonando el teléfono. ¡Ay, este reuma! ¡Dígame! ¡Hola, Margarita!... ahora mismo hablaba de ti, ¿que supones que no estaré hablando mal? pues supones bien, querida, supones bien... a ver, cuéntame...
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El limonero
Al abrigo de una pared de cal descansa el limonero. Sus frondosas ramas se vencen hacia el suelo. Ramas desbordadas de hojas, acorazadas de espinos, plagadas de limones verdes como los berros, otros iniciando su metamorfosis a verde amarillento luminoso, otros convertidos ya en óvalos relucientes amarillo limón, con olor a deshielo, paladar agridulce de ceño fruncido.

Es el único superviviente a la helada de un mes de Marzo de no recuerdo qué año, que congeló la savia del joven cerezo y lo despojó de todas sus hojas, y de todas sus flores, esas que se abrían inocentes a las caricias del sol de una recién estrenada primavera y estranguladas con alevosía por un manto de escarcha, al encontrarlas dormidas, confiadas al despuntar el día. Él, que más que cerezo de un humilde patio empedrado, resplandecía como si fuese del Jerte, engalanado de colores hasta el copete, presuntuoso y coqueto, ahora quebrado, roto, seco, muerto.

Hoy, su lugar lo ocupa otro nuevo cerezo, que el ama cubre con una fina tela cada noche, con mimo, para que no se congele su savia ante el repentino frío, para que no se sienta abandonado por ese que lo acaricia con hilos de seda a la luz del día. Para que no le invada el miedo en las noches sin luna. Para que las gotas de rocio no se conviertan en puñales de hielo. Para que dormite tranquilo.

Él, el limonero, también parecía muerto... se quedó sin hojas, desierto, descolorido, mudo... El mismo motosierra que cercenó el cerezo a ras de suelo, seccionó impunemente una de sus ramas primero, tal vez con la esperanza de encontrar lo que encontró: la vida por dentro... Resguardada, tímida, fría como la muerte, la savia resbaló por la herida, furtiva lágrima dejándose caer por la mejilla con la esperanza de ser vista. "Niña, mira, el limonero no está seco. Mejor lo podo entero, a ver qué pasa". Y sólo dejó el tronco y seis o siete puntas desnudas que salían de él, mirando al cielo... Y pasó la primavera, y pasó el verano, y pasó el otoño, y el invierno, y llegó otra nueva primavera, y en sus frágiles ramas afloraban las hojas, pero no las flores, como el vientre de mujer estéril, que se vierte mes a mes sin ninguna esperanza de retener el cálido mar donde germina la vida... El limonero no daba limones, daba hojas y más hojas, y ramas y más ramas plagadas de espinos. Ahora era meramente ornamental en ese humilde escenario: un inmenso patio meticulosamente empedrado por un padre y un hijo, piedra sobre piedra, día tras día, hasta completar el petreo mosaico color piedra, enmarcado entre cuatro paredes de cal y tejas.

Un hijo de ojos verdes,
verdes como la albahaca,
verdes como el trigo verde
y el verde, verde limón
.

El padre, entonces, quería cortarlo... el hijo ya no estaba... nunca supo del limonero, nunca supo que varias piedras, de las que él porteó, colocó, martilleó y fijó sobre ese suelo, fueron arrancadas para sembrar un pequeño limonero. Un limonero que ya no daba limones, sólo hojas y más hojas, espinos y más espinos. La madre se negaba a cortarlo. A ella -más indulgente- no le importaban los limones, le gustaba cómo quedaba su limonero en el patio, si no daba limones qué más daba; daba armonía, daba color... en una palabra: Belleza. "No, el limonero no se corta". Y el limonero no se cortó.

Sentada en una vieja butaca de mimbre, al abrigo de una pared de cal, en la tranquilidad de esta soleada tarde de domingo otoñal, observo detenidamente al limonero, cuyas ramas se mecen tímidamente al vaivén de la brisa, y en ellas docenas de limones, verdes como los berros, amarilloverdosos, verdeamarillentos, amarillos como soles, con olor a deshielo, con sabor a tequila, con sabor a sal, con sabor agridulce que te hace fruncir el ceño, con sabor a supervivencia, con sabor a victoria.

Sí, ahí está, el testigo de nuestras vidas, el testigo de mi patio. El limonero.

 
Aquellas pequeñas cosas...
... canta Serrat.

Hice mención a él en uno de mis post, a mi amigo Chesco. Y después de escribir ese post, pensé que, tal vez, le gustaría leerlo. Y yo, que tengo su móvil, sin acordarme de que él no tiene el mío, rompí la distancia y el tiempo, como si hubiese sido ayer la última vez que nos vimos, y le envié un mensaje con la dirección del blog, invitándole a entrar, sin más... Creo que no me despedí, ni por supuesto firmé.

Dice que pensó que era uno de esos mensajes que contienen publicidad engañosa o un virus que destruye tu móvil o tu ordenador. El caso es que le pudo la curiosidad y se arriesgó a averiguar de qué o quién se trataba (y luego dicen que las mujeres somos curiosas). En cada párrafo iba escudriñando en su memoria, descartando amigas, cerrando cerco a medida que leía, hasta que llegó a las guitarras y al coro... y a la foto que hay en el margen izquierdo de este blog, conforme miras la pantalla... si por algo usa gafas. Sí, era yo, su amiga desde hace veintiún años, a la que no veía desde hacía tres o cuatro y que ahora irrumpía así, de repente, revolviendo entre rincones y abriendo llaves de tiempos pasados.

Ahora no viene al caso explicar qué situación vivía cada uno, ni cómo surgió la amistad, simplemente surgió y se mantuvo durante nuestros años de estudiantes en la capital. Hemos tomado café, hemos ido al cine, hemos tomado algún vino, hemos tomado cañas, hemos paseado sin tomar nada, hemos reído, hemos hablado y hablado y hablado... sobre la vida, sobre la muerte, sobre cielos, sobre infiernos, sobre banalidades. Pero, sobre todo, mi amigo Chesco fue la mejor compañia en unos años en los que mi horizonte se tornaba oscuro con solo mirarlo, en los que mi patio era un mar de cenizas, en el que la angustia me mordía el estómago y el dolor me devoraba el alma.

Ahí estuvo él, él y otras dos o tres. Lo puedo afirmar: los amigos, los de verdad, no superan los dedos de una mano. Entre esos cuatro o cinco está él; por su estatura, el anular; el meñique debe ser Tere.

Me casé y vino a mi boda. Se casó y fuí a su boda (embarazadísima, que ya se podía haber esperado un poquito a que yo soltase aquello, pero bailé de igual manera, aunque no pude beber un buen Valdepeñas). Lejos de que todas aquellas pequeñas cosas me hagan llorar con el recuerdo, esbozo una pequeña sonrisa, con nostalgia, sin anhelos, pero con la certeza de que la espiral de la vida, en esos remolinos que van y vienen, de vez en cuando nos los devuelven, a veces tras volver una esquina, otras a la salida del bar, otras al subirnos a un avión, y otras a través de un blog.

Por ti, pudoroso amigo.
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Mis peleas con la informática y con el inglés
Sé bordar, aprendí a los nueve años, y lo fui perfeccionando hasta convertirlo en un arte, poco apreciado hoy en día por lo improductivo e inútil, pero arte. Mi maestra de bordado se quedaba extasiada cuando veía mis mantelitos terminados. Miles de minúsculas puntadas dadas con una precisión milimétrica, una a una, sobre un dibujo sobre tela, de motivos florales casi siempre, más barrocos y extensos cuanto más perfeccionaba mi técnica. Ese arte, hoy tan en desuso, me sirvió en mi adolescencia para preparar, durante tres largos años de mi vida, un ajuar (a alguno de mis jóvenes lectores les sonará a chino eso del ajuar, y si no a chino, al menos sí a tiempos de maricastaña, pero es que una servidora tiene sus añitos, y ha vivido parte de una dictadura, y una transición y, por último, ha tenido a bien subirse al carro de esto que llamamos modernidad)... decía, un ajuar pacientemente elaborado, día tras día, a la luz de un ventanal, con un bastidor en las rodillas, tensando telas como si fuesen lienzos, pincelados de enjabados, rechilé, bodoques, cordoncillos, pespuntes simples, cadenetas... deshilando madejas de finos hilos de suaves colores de moliné, guardados en una cajita de latón, junto a afileteros de finísimas agujas que no dejasen rastro en la tela, un dedal pequeño, que aún uso, un punzón y unas tijeras pequeñas de punta afilada. Manos escrupolosamente lavadas, con la misma pulcritud y esmero con la que luego me las he lavado para ayudar a instrumentar en un quirófano, y la paciencia de la que espera... una boda que nunca llegó a celebrarse, pero esa es otra historia.
A parte de las sutilezas con la aguja y el dedal, sé zurcir, sé poner una cremallera, sé coger el bajo a un pantalón... vamos, que a mi suegra no le di la oportunidad de decir eso de "estas estudiantas no saben ni coser un botón"... tendrá otras quejas, pero esa no.
Sé cocinar, ese otro arte entre pucheros. Sabores, olores y colores de mi tierra, de la Mancha... todo un potencial de creatividad.
He reunido cualidades para el deporte, casi todo tipo de deporte, menos la natación... que una es de secano, y aquí no hay agua, y la poca que hay nos la quitan los murcianos... Pero dame llanura manchega para correr y Forrest, Forrest Gump no me alcanza los talones. Quien me conoce sabe que no miento: fui subcampeona regional de lanzamiento de pesas... ahí es na... aquí, donde me veis... pero por aquel entonces, 1979, soltaba mi brazo y tumbaba a Urtain... bruta como un arado... vale, he exagerado un poco, a Urtain no, pero a Perico Fernández seguro que sí... Sí, sí, estaba acostumbrada a cargar fardos, alpacas las llamamos aquí en la Mancha, de paja que pesaban más que yo, ¿cómo no iba a lanzar una insignificante bola de metal a tomar vientos?... ¡pues claro!...

Cantaba, bailaba, tocaba la guitarra... ahora ya todo en -aba

Y todas mis aptitudes, sin asomo de modestia y sin ya abuelas que las encomien, por eso las cuento yo, ¿a cuento de qué?, pues porque a mí, que padezco del odioso defecto de buscar la perfección en todo cuanto se pone en mi camino y en todo cuanto hago en esta vida, incluso en lo superfluo, no hay cosa que me desespere más que sentirme una inútil intentando usar las nuevas tecnologías, digansé los móviles o cámaras digitales... cuyas intrucciones de uso parecen informes en clave de la CIA... y los ordenadores y el puñetero internet. Me exaspera no controlar el espacio en el que me quiero mover... ¡joder!, yo que he recorrido tejados sin atisbo de ningún vértigo, me marea navegar sin rumbo fijo por estos mares novedosos.

Y mi hermana manejando el ordenador y todas las zorrerías nuevas a la perfección: photoshop, power point, mp3, pendrive, etc, etc... Son herramientas de su trabajo para su página web, para su blog , para sus programas de radio... Mi hermano no digamos, no sé cuántas cámaras de video, de fotos, cuántos móviles... cambiando constantemente a los de última generación... Se entiende, claro, además de tener la suerte de no ser mileurista, no tiene familia que mantener... (y espero que con tanto derroche, la familia de siempre no tengamos que mantenerle a él... por aquello de que sí tiene hipoteca)... un single más, tremendamente caprichoso, tanto que casi roza el insulto, el muy...

Cuando yo me he enterado, a medias, de qué iba un mp3, ha salido otro nuevo que lo sustituye... caguen la... Y yo pidiendo ayuda para personalizar mi blog, para que esta ventana hable como yo quiero que hable... y el que no tiene tiempo, no tiene ganas, y la que me presta su ayuda me deriva a páginas donde me hablan en inglés o en forma de códigos y etiquetas o yo qué sé... pero si je ne comprend pas... ni el francés comprí después de tantos años... Si de inglés sólo sé decir jelou y plis , y lo digo con el mismo estilazo que Melanie Griffith dice en español Anchonio... ¿Cómo voy a saber poner la imagen en el centro, a la derecha o a la izquierda y escribir texto a su alrededor si abro el XHTML y es como si me hablasen en Nu Shu?

Pero hoy, hoy es un gran día, me ha llevado toda la tarde, pero he cambiado la plantilla de mi blog a otra que me gusta más, y ha sido todo un éxito... Planeando sobre mi cabeza la posibilidad de que al hacerlo se podía joder absolutamente todo, advertencia de mi sobri que me aconsejó que guardese y luego volviese a colgar, etc, etc... quita, quita, pues no es lioso eso... Yo a la fuerza bruta, por el camino más corto y que salga el sol por donde quiera... he seguido meticulosamente los pasos, esos que por aquí son de palmípedo torpón, y al dar a aceptar ¡voilá!...
¡Qué feliz me siento! Esto, para mí, es como culminar el Everest, sin ninguna duda.
 
Y tú, ¿a qué hueles?
El perfume... puffff, tremenda obra, aún sigo con la pituitaria embriagada y asqueada en ella. Cuando lo empecé, una tarde de guardia, mi compañero me dijo que se me haría cuesta arriba... a mí me costó terminarlo, una castaña... Me dijo, y yo contesté: ¡Vamos hombre!, también le han querido dar un oscar a Penélope Cruz. Sobre gustos no hay nada escrito.

Y cuando comencé a leer, empecé a elucubrar , mejor dicho, a jugar, con la sugerencia y los olores... La cabeza de un niño lactante huele a caramelo... Y me paré a pensar a qué huelen mis hijas, porque todos los recien nacidos que veo en mi consulta me huelen a talco mezclado con nenuco, pero ¿y mis hijas?, y mis hermanos, y mis padres, ¿y a qué huele ese que me sabe a licor de café?... y también surgió la curiosidad y la necesidad de saber a qué les oleré yo a ellos... Ya, divagaciones de hora tonta, una vez más, o el sugerente mundo de la lectura, que convierte lo ordinario en extraordinario. Y surgieron muchos olores: a hierba fresca recién cortada, a leña seca que comienza a arder, a tardes de domingo en un estanco, a aguacero de primavera, a galletas de horno recién hechas, a campos de olivos, a café bufando en una cafetera... siempre a café, el que me despeja por la mañana y me ayuda a mantenerme en pie, el que me hace babear, cual perro de Paulov, sólo con olerlo...

Pero curiosamente anoche, ahora que estoy atrapada en la personalidad de un asesino carente de olor que lo defina, mi hija pequeña, mientras poníamos la pasta sobre el cepillo de dientes, empezó a exhalar su aliento, una vez tras otra, y una vez tras otra, en un afán inútil, su pequeña naricilla perseguía el rastro invisible. Su pregunta me dejó perpleja: "Oye mamá, ¿por qué no podemos oler nuestro propio aliento?". "Porque atrapar tu propio olor es dificilísimo", y añadí: " Además, a los niños no les huele el aliento, porque la inocencia es como el agua: transparante, incolora, inodora e insípida..."
"Ahhhhh... ", dijo ella, boquiabierta. "No te entiendo, ¿qué es eso de ino no sé qué..., esas cosas que has dicho?". Y su tono de voz empezaba a ser impaciente, casi enrabietado.

Y cómo explicar a una niña de apenas seite años que su boca no huele porque no exhala alcohol metabolizado, ni sus dientes de leche sufren de sarro, ni su estómago digiere lo indigerible, ni huele a tabaco fumado en horas de zozobra, ni huele a mentiras, ni huele a desamor, ni huele a desengaño, ni huele a fracaso, ni a pérdida, ni a muerte, ni a soledad, ni a desamparo...

Y mirándome con sus grandes ojos de color de miel, dijo muy queda:
"Y entonces, ¿a mí cuánto me queda para que me huela el aliento?. "Espero que mucho, pero que mucho tiempo." Le dije yo, con un beso en su pequeña nariz de diminuta embrujada.
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¡Jo, tía!
Las mujeres somos así, nos gusta sacarle los defectos a todas las que nos parecen más guapas que nosotras, no tardamos ni un minuto en despedazarlas vivas. Reconozco que este defecto no deja de ser una clara manifestación de nuestra inseguridad y un atisbo de infravaloración de una misma... o pura envidia, llamémosle a las cosas por su nombre.
El caso es que la primera vez que apareció por la puerta del centro de salud, tan conjuntada, sin faltarle detalle alguno en su vestimenta, rematada con un estilo impecable en complementos, a cual más pijo, y colores en perfecta armonía, glamurosa toda ella, rubia mechada de larga melena recogida en la nuca con desenfado, y dejando algún mechón suelto juguetando a su libre albedrio por su cara, con paso firme de botas altas y bolso colgado al hombro... ¡espectacular, cojones, espectacular!... fue como el calambrazo entre dos bornes totalmente incompatibles.

El prejuicio es una mordaza, y el principio inequívoco de la intolerancia. De mi relación con ella he aprendido eso. No entraba en mis planes ser la compañera de trabajo de una enfermera pija con aspecto de modelo de pasarela.

Dos centímetros de café con leche en el fondo de un vaso, un chicle nadando en un mar de cenizas y de colillas marca Nóbel, mancilladas de rojo carmín, revistas de decoración de interiores, de Cosmopólitan o de Voge, abiertas siempre por la sección horóscopos, restos de maquillaje en las toallas, alguna muestra gratuita de crema para el cutis abierta sobre el espejo del cuarto de baño, olor a perfume caro..., todo eso como sello de su presencia. Todo eso, ahora inexistente, como evidencia de su ausencia.

Y sus andares de pasarela, contoneando caderas, sacudiendo melena, taconeando botas de marca, abrazando bolsos de marca, luciendo gafas de sol de marca, enfundada en vaqueros de marca, ceñida por cinturanes de marca, derrochando glamour por rústicas dependencias... ¡no te jode!... Permíteme hacer uso de tu coletilla cuando estabas cabreada, ¡no te jode!

Y después de aquel frío encuentro, en el que me dieron ganas de decirte que en el almacén no había zuecos marca Nike, y que el logotipo del Sescam en nada se parecía a un cocodrilito, y que no te dije por prudencia y por prejuicio, ¿a qué viene esta necesidad de rememorarte y de dejarlo por escrito, Natalita?... pues ya ves, ni yo misma me lo explico, será que con la edad me estoy volviendo sentimentalona, o ñoña, o gilipollas, pero ahí queda eso, compañera, ahí queda la nostalgia, una vez más, y la añoranza de tu complicidad, de tus cabreos, de tus momentos de gloria y de "tu mala suerte", de tu sonrisa de niña grande, y de tus ojos de mar inexplorable.

Y ahora toca pasar página y seguir... ya sabes. Pero el Miami siempre tendrá las puertas abiertas para nosotras, cuando quieras...
 
Cuando las piedras hablan
El jueves preparé un paquete regalo y en él deposité un libro de Conocimiento del Medio, otro de Lengua, un cuadernillo de Rubio de restas llevando, el cuento de La mona Ramona, dos pijamas, un diminuto osito blanco y un perrito verde desgastado, ropa para varios días, y dos bombas lapa con forma de niñas. Todo ello perfectamente decorado para hacerlo atractivo, y con una etiqueta en la que se podía leer: NO SE ADMITE DEVOLUCiÓN HASTA EL DOMINGO POR LA NOCHE.

Y emprendimos una rápida huída, sin volver la vista atrás, al estilo Bonnie and Clyde, pero sin dejar rastros de sangre, y durante tres días nos hemos convertido en prófugos de nuestras obligaciones como padres.

En la mañana del viernes, Salamanca nos recibía con un sol radiante, mimoso, encaramado en lo alto de un azul cielo, derramando sus cálidos haces de luz sobre un mar de piedras, desnudándolas de las propiedades inherentes a su materia y revistiéndolas de calidez, armonía, equilibrio, perfección y belleza. Semejante grandiosidad pétrea convertía a esta turista ocasional en una liliputiense, afanándose en escudriñar rincones, en escalar torres, en allanar celdas bajo llaves y pasadizos secretos cerrados al público, en patear todo aquello en donde la Historia ha dejado su huella indeleble, en contemplar cada escenario que creía sería insuperable, craso error, dejándola muda el siguiente, y el siguiente, y el siguiente... hasta hacerse necesario el detenerse, y sentarse, y negar con la cabeza, y encender un cigarrillo, y exclamar para los adentros: ¡Me rindo, Salamanca, me rindo! Dame tiempo para tomar aliento, dame un respiro para seguir admirándote, devorándote con los ojos y tratando de atraparte en el interior de esta diminuta cámara digital, antes de que tú me desbordes el alma.

Profana de las materias, no entiendo de arte, tan sólo de Belleza, y mi concepción sobre tal me rinde a los pies de esta ciudad, en donde el tiempo no se detiene, simplemente coexiste y vitorea a sus insignes cinceles, a sus insignes plumas y a sus célebres pensadores. Y así, los vítores conviven con los grafiti, el legado de los Dominicos con el de los Jesuitas (que ya es difícil), el románico y el gótico con el Art Nouveau y el Art Decó de la Casa Lis, el turista tranquilo con el joven estudiante bullicioso, el eco del gregoriano con el nuevo disco de Bunbury en los garitos de moda, camaleónicamente camuflados entre las piedras de la zona monumental, desapercibidos y mudos durante el día, y dueños indiscutibles de la noche. Los protagonistas del día, cerrados a cal y canto, dormitando en sobrecogedor silencio, a la luz de los focos.

Un baño de agua tibia para los pies, una vorágine de imágenes en el cerebro, una sonrisa en los labios, la presunción de que al día siguiente aparecerán agujetas, una ducha rápida porque el tiempo apremia... la bañera con jacuzzi mejor mañana, para relajar tanta contractura... carmín en los labios, colorete en las mejillas, sombra de ojos, y tacones en unos pies rehabilitados por un breve masaje que los han dejado nuevos... y a vivir.

Y el domingo quedaba La alberca, en donde las piedras siguieron siendo las protagonistas, junto a viejos castaños y a inmensos bosques de fresnos y abedules de hojas verdes y amarillos otoñales, que nos condujeron, serpenteando entre precipicios y valles, hasta Candelario, en donde ahora las piedras coprotagonizaban con el agua un bullicioso tintineo entre sus estrechas y angostas calles.

Y entre contrastes, no me quedó más remedio que dejarme subyugar ante el encanto, la magia, el arte, las terrazas, la hospitalidad, el romanticismo, la bohemia, las luces y las sombras de una ciudad en donde las piedras hablan.

Y entre ellas, entre las piedras de las iglesias, de los palacios, de los conventos, de las catedrales, de las universidades, de los puentes, de los caminos, de los bancos, de las aceras y de las calles, yo, guijarro humilde, me he sentido ciudadana del mundo, reina de Castilla, pícara lazarillo de un ciego, amante furtiva al encuentro de Calisto hasta la luz del día. Me he sentido microbio y me he sentido gigante. He deseado volver a ser estudiante, he querido ser escritora, he deseado ser musa... He llegado a pensar que podía saltar desde un arbotante y no caer al vacío, sino volar.

Volveré, no sé cuándo, pero volveré.
 
El quince de octubre...
... de hace ya trece años (doce más uno, diría Angel Nieto), me encontraba en una peluquería de mi pueblo, con más de una docena de gruesos rulos invadiendo mi cabeza, metida bajo una rudimentaria cúpula de plástico y metacrilato, en donde se condensaba el aire caliente en forma de remolinos, y me aislaba del mundo con un ruído cansino y adormecedor. El intento por leer una revista, de esas de peluquerías: Hola, Semana o Diez minutos, o últimas tendencias de peinados y maquillaje, que siempre me han aburrido sobremanera, resultaba un tanto incómodo por la posición de la cabeza, que debía mantener erguida y lo más dentro posible de ese cascarón, para que el maremagnum que es mi cuero cabelludo se secara debidamente. Convertida por unos minutos en hija de un dios menor, con una tranquilidad pasmosa ante lo que me deparaba el resto del día, (mi hermana diría que cómo podía aparentar tal frialdad), observaba al resto de clientas, que no dejaban de mover los labios, de sonreír y de gesticular con las manos, sonando sus palabras a hueco en el interior de mi cápsula. De vez en cuando me dirigían una mirada, como si fuese posible que bajo aquel artilugio ensordecedor participara también en la conversación. Porque yo era la novia y el tema del día.
Una sesión de peluquería que duraría unas tres horas, entre lavado, puesta de rulos, secado, alisado y elaboración de un recogido, que gracias a cientos de horquillas y laca, y más laca, se mantuvo en su sitio durante toda la tarde, noche y parte de la madrugada.

El día de mi boda amaneció despejado. A medida que avanzaba la mañana, cúmulos blancos algodonados invadían el azul diáfano. Estos fueron abriendo paso, como preludio, a cirros plomizos que amenazaban en el horizonte. Y así se mantuvieron, amenazantes, lanzando mensajes en forma de hilos electrizantes, mudos, que cortaban el cielo en un haz de luz en dirección a la tierra, muriendo antes de llegar a ella.

Un vestido de seda, blanco rajado, estilo Sissí emperatriz, con escote ovalado, mangas al codo y cuerpo con brocado de flores, abotonado por la espalda hasta donde ésta pierde su nombre. Un tocado de flores en el pelo, culminando el laborioso peinado, y un velo que partía de ellas y llegaba hasta el suelo, arrastrando lo suficiente como para que mi padre lo pisara dos veces.

En la iglesia recuerdo a un novio nervioso, que no paraba de morderse los labios y levantar compulsivamente los hombros. Un improvisado coro con dos guitarras y cuatro voces; mi hermana, mi amigo Chesco, mi amigo Juan Carlos y mi amiga Pilar. Busqué sus ojos en varias ocasiones, esos en los que me había hundido cientos de veces, pero resultó inútil, los suyos no dejaban de recorrer el retablo lleno de imágenes de vírgenes, crucificados y santos, o el libreto que tenía delante y que le decía cuánto quedaba para que terminara aquel calvario. Un codazo suyo cuando se desató la tormenta sobre la cúpula de la iglesia, y un susurro... "¿Oyes?"... "Oigo"... El cielo había decidido venirse abajo, pero sólo durante la ceremonia. A la salida, el agua encharcaba las calles, pero la lluvia era sólo de arroz.

De la cena y del resto de la noche recuerdo muy poco... cansancio, aturdimiento, sonrisas, voces, música, un vals chapucero, saludos, besos y más besos, nuevos miembros de familia hasta entonces desconocidos, amigos, compañeros de trabajo... y el hombre al que había dicho Sí, quiero.
Y Sí, quería... quería ver la televisión con él, quería dormir en la misma cama, quería acostarme a su lado, quería amanecer a su lado, quería llegar de trabajar y encontrarlo durmiendo la siesta en el sofá, quería pelearme, quería reconciliarme, lavarme los dientes a un tiempo, abrirme sitio en el espejo para terminar de pintarme los labios mientras él se peinaba, echarme perfume y salpicarle, salir con amigos, salir solos, tener hijos... Quería todo eso.

Todo eso quería y todo eso es lo que tengo... nada excepcional. Sólo yo lo hago excepcional, porque así lo necesito para seguir viviendo, para no morir en la mediocridad, en la rutina, en la costumbre... para besar siempre los mismos labios como nuevos.

Tengo que reconocer que he deseado desandar el camino, que la toalla ha estado a punto, en más de una ocasión, de caer en el ring... Tanto el fracaso como el éxito han coexitido siempre en el eterno mar de las contradicciones. Porque, ¡joder!, ¿quién dijo que esto era fácil? No, no lo es. Dejar que alguien forme parte de ti es un reto. Querer formar parte de alguien es otro reto. Y en el empeño de conseguirlo hay que tratar de ganar mucho y perder lo menos posible de ti mismo. He aceptado ambos retos: dejar que me invadan e invadir.

A día de hoy canto lo mismo que Aute. No puedo decir otra cosa.

Así lo siento, así soy, así respiro, así me expreso, así le quiero, así vivo y así seguiré viviendo.

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Contéstame en mi idioma.
Tereci Moix afirmaba en sus memorias de El peso de la paja que el día en que el hombre pisó la luna fue uno de los más decepcionantes de su vida. ¿Cómo se atrevían a profanar de esa manera la imaginación? ¿Cómo osaban mostrar tan gris, tan oscura y tan fría a la musa, a la inspiradora de tantos versos?.
Ella, que había sido comtemplada por todos los ojos, desde la opulencia hasta la hambruna, mitificada. Habían osado romper el Sueño.

Musa de poetas mancillada, al descubierto. La enigmática, la atrayente, la del halo de misterio, cómplice secreta de amantes furtivos... ¿Quién se atreve a deslunar a los amantes?

Eterna bola de plata, a la que pretendo acariciar con mis dedos por temor a que estalle como pompa de jabón si la aprieto.

Sueños, imaginación, fantasía... alimentarlos una y otra vez, hasta que la realidad los ahogue, los asesine... y empezar a vivir de prestado. Así se vive cuando se pierden los sueños.

Dentro de tres días mi hija mayor cumple años. Sigue creyendo en Peter Pan, que en alguna estrella de allá arriba vive con su pandilla, buscando todavía a una madre que les cuente un cuento al irse a dormir, porque Wendy volvió a su casa de Londres. Y siguen allí, en el país de Nunca Jamás, donde ningún GPS puede llegar, donde sólo es capaz de llegar la inocencia. Sigue creyendo en Reyes Magos y en Papá Noel, que en la inocencia una cosa es compatible con la otra, sin entrar en polémicas de religiones ni de inventos comerciales. A los Reyes Magos los guían estrellas venidas desde Oriente, que en su imaginación carece de conflictos bélicos, (que suena menos crudo que guerra), que en su imaginación es una tierra de desiertos y dunas, de grandes palacios con forma de pagoda, de princesas con velos de seda y de Aladinos con lámparas maravillosas, de las que salen grandes genios con voz de profe de matemáticas, y conceden tres deseos.

Uno de ellos es que le regalen un conejo blanco y peludo en su cumpleaños, que vale veinte euros, que está en la tienda de la esquina donde vive la tía Ana, pero que no se muera como el otro que tuvo (que era una liebre de campo), y al que Dios no quiso resucitar, a pesar de la carta que le escribió pidiéndoselo por favor, porque Dios existe como Peter Pan, y su existencia se debe a la inocencia y no a la Fe, que esta última es un don o sepa Dios qué... Una carta que aún conservo, escrita con renglones torcidos, faltas de ortografía y una letra enorme, sobre un folio en blanco, el primero que pilló, y que decía, sin puntos y sin comas:
" Querido Dios te prometo que me portare bien en el cole y are caso a mi madre pero devuélvele la vida a la liebre por fabor Dios.
Espero tu respuesta contestame aqui"
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(Y trazó tres reglones torcidos, a lápiz sobre el blanco). La dejó sobre la mesita de su habitación.
A la mañana siguiente, dos XX aparecían en un reglón. Acudió a mí con el corazón dándole saltos: mira mamá, me ha contestado. Decía.
Pero ¿qué significarán estas dos cruces?, ¿qué me quiere decir con eso?. Preguntaba.
Esas dos cruces las puso su hermana, que no sabía escribir. (Eso fue descubierto tras unas sesiones de duro interrogatorio a la susodicha)
Volvió a escribir debajo:
" Querido Dios gracias por contestar pero no entiendo lo de las XX
te pido otra vez que le devuelvas la vida a mi liebre
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pero esta vez contestame en mi idioma"

Y firmó.
 
Divagaciones de horas de tormenta
Los guantes, aunque ya no son de latex por aquello de la alergia cada vez más frecuente (pobre de nosotros como tengan que hacer los preservativos de nitrilo...), me tienen las manos hechas polvo. El nitrilo es más áspero, menos sensible, no se adapta bien a las manos... las manos, ahora hablo de las manos, y no te evita tener que lavártelas después de cada práctica, como es lógico en toda práctica donde haya fluídos de por medio... hablo de la enfermería, claro está.
Mi sillón mira hacía la ventana, cuyos cristales se salpican del agua de lluvia que rebota en el aféizar, y mientras, me acaricio las manos, en un placentero ritual que llevo a cabo cuando me pongo crema: primero retiro la alianza y la sortija que conexisten en el mismo dedo, pongo una cantidad, milimétricamente medida, en el dorso, las froto una contra otra, despacio, impregnándolas enteras, después matizo cada espacio interdigital, después masajeo las palmas, mareando las nítidas líneas de la muerte, o de la vida, con repetitivos movimientos circulares, después repaso cada dedo, dando un suave masaje desde su raíz a su parte distal, deteniéndome en cada falange, que ejercito y muevo pacientemente, después las vuelvo a frotar una contra la otra hasta que aparece el suave tacto de la seda, y por último, vuelvo a poner la alianza y la sortija en su sitio, en el cuarto dedo de la mano izquierda. Y eso que yo no las he asegurado, pero las trato con un mimo... ¡qué haríamos sin manos!

LLueve a mares ahí fuera, ni que hayan puesto al Mediterraneo boca abajo. La lluvia evoca las tardes de otoño en mi pueblo natal, con la nariz pegada al cristal de una ventana y el oído desbordado por el sonido del agua en el tejado... Un lujo haber nacido en un pueblo. Un lujo estar ahora aquí, en otro pueblo, aunque sea trabajando, atendiendo urgencias, una en lo que va de tarde, y ahora sentada en la mesa del impersonal dormitorio de enfermería, oyendo llover y masajeando las manos. Un placer. Un lujo.

Pero vaya, que me voy del tema, de lo que me acaban de evocar las manos y me arranca una sonrisa... me acabo de acordar de Woody Allen... masoca que es una, habiendo por ahí cada especimen para poder evocar y me acuerdo de Allen... Y es que al muy salido, porque será un genio, pero es uno de los tíos más salidos del planeta, se le preguntó en cierta ocasión que en qué le gustaría convertirse, o qué le gustaría ser, y respondió que él quería ser las yemas de los dedos, ya no sé si de las manos o de los pies, de Warren Beatty, que parece ser que se han recorrido todos los centímetros de piel de los cuerpos de casi todas las divas de Hollywood y fuera de Hollywood. Qué mejor aspiración para un obseso del sexo que esa, si por algo es un genio.
Hilando, entre anhelos de genios y trueno y trueno, me he acordado de Groucho Marx, que parece ser dijo algo como que una cita a ciegas podía convertirse en un cerdo con sombrero y un bolso de mujer... Inteligente este Groucho, pero eso es porque no tenía messenger, hoy esa frase no formaría parte de su repertorio de frases célebres. Claro, que los hay que no necesitaron messenger, como el Warren. Aunque a mí el Warren, sinceramente, es de esos guapos que no dicen na de na, no estaba para hacerle ascos, pero el faltaba un no sé qué.
Y de guapo a guapo, me asalta George Clooney... que más quisiera yo... me asalta a la memoria, con esas declaraciones que hizo a la revista italiana Donna, -es que una lee de todo, no todo va a ser cultura, joder-, en las que decía no tener intención de casarse nunca porque "una noche nos vamos a la cama pensando que hemos encontrado el amor de nuestra vida y a la mañana siguiente nos levantamos al lado de una persona a la que le huele mal el aliento". ¡VAYA POR DIOS! Bienvenido al mundo real. Es compresible si tenemos en cuenta en los ambientes de excesos en los que ligará este señor... mucho glamour, mucho champagne del caro, mucho caviar... el caviar, como no te laves los dientes antes de acostarte, huele que apesta, ¡joder!, ¿cómo huele un huevo? fatal, pues cientos y encima de pescado... Y si el ansiado polvo con la hallada mujer de tu vida (de esa noche) cae de casualidad o porque te lo has currado a pulso, no creo que la glamurosa lleve un cepillito de dientes en su bolsito de lentejuelas de 3.000 €. Claro que el polvo sería en la habitación de un hotel de esos, sólo aptos para estos señores, con lo cual habría cepillo a estrenar en un inmenso baño de grifería de oro y jacuzzi. Pero por mucho oro que haya, la postura para hacer pis y otros menesteres es igual de irreverente que en el resto de las mortales... y el hedor etílico de la habitación por la mañana, y el aliento y la lengua pegajosa... en fin, que yo lo siento por George Clooney, pero cést la vie, como diría Juliet.

Y yo, yo quiero ser diez centímetros más alta, no por nada, sino por no andar cogiéndole el bajo a los pantalones, que jode un rato... y por no ver a las dependientas de Trucco y de Mássimo Dutti tirándose a mis pies, coño, que es humillante... que no, que no, que yo lo haré...
En fin... ¿y todo esto empezó?... ah sí, por un masaje de manos y una tormenta de otoño. Y sin vender una escoba.
 
Juegos de guerra
A última hora de la mañana, cuando sólo el silencio y las ganas de cerrar los ordenadores vagan por el pasillo, por las consultas y por la oficina del administrativo, y cuando la salita de espera ya no tiene intención de que nadie espere en ella, irrumpe enérgico un trío de verde, todos ellos estirados, con andar firme y presuroso, y voz de mando. En la longitud del pasillo se pierde el significado de las palabras, pero el tono y la voz varonil me hacen levantar la cabeza de un aburrido artículo sobre diabetes, infumable, que es la tercera vez que trato de leer. Salen de la administración y entran a la consulta médica. Se mueven como si fueran uno. Oigo tres o cuatro frases con el compañero, al que sé que todo lo que se uniforma le da alergia... pongo el oído... "Sobre eso les podrá informar mejor la enfermera. Yo llevo aquí poco tiempo"... oigo. ¡Será capullo!, ala, balones fuera. Los acompaña a mi consulta. Me levanto, (aquí quería yo ver al chulito de Loquillo, con sus casi dos metros, cantando aquello de Brassens que la música militar nunca me supo levantar... menuda envergadura la del colega, como para estarse sentada... y a pesar de ponerme en pie, sigo teniendo por encima de mí al Coloso de Rodas. A los otros dos sí que parece que los haya parido una mortal), me habla el coloso con voz de piedra, se presenta extendiéndome su mano, y me da un apretón que aún me duele la mía. (Cuando Federico Trillo o José Bono visitaban nuestras tropas, a mí me parecía ver a hombres y mujeres muy normalitos, algunos, incluso, blandengues, nada de atlénticos cuerpos ni espaldas como armarios, ¿de dónde ha salido este tío?). Es el capitán nosequien, (¿capitán o ha dicho teniente?, bueno, da igual), está al mando de un grupo de maniobras, y quiere saber cómo funciona nuestro centro en caso de urgencia grave. ¿Urgencia grave? ¿Cómo que urgencia grave? ¿Es que va a haber tiros de verdad? ¿Pero eso de las maniobras no se hace con balas de fogueo?
Es la segunda vez que sucede en dos meses: un grupo de soldados vestidos de verde caza y verde camuflaje, se instala con sus tiendas de campaña verde camuflaje, sus jet verdes caza y sus camiones verdes caza, en las cercanías del pantano.
Y ahí es cuando yo pienso, de nuevo, en que el popular y populista socialista y expresidente de mi Comunidad, José Bono, que se dejó muchos ejques para que esto no fuese un campo de tiro, y por arte de birlibirloque (el arte de José Bono reside en lo cansino que se pone, y con tal de no ejjjcucharle...) lo convirtió en Parque Nacional, donde las aves y demás animalitos a cuatro y a dos patas nos movemos a nuestras anchas, sin aviones supersónicos sobrevolando nuestras cabezas. ¿Se puede saber a cuento de qué aparecen por aquí los soldaditos de plomo? Puede que esto sea como Irak, en donde guerra lo que se dice guerra nunca hubo, dicen, y si hubo algo parecido a eso, hace ya tiempo que se anunció que había terminado, dicen, lo que allí sucede ahora no es una guerra... qué tontería, guerra en Irak... ni en Afganistán tampoco, estos periodistas que lo exageran todo. Pues esto no son maniobras militares en campos de tiro, es una acampada de hombrecitos vestidos de verde que se entretienen con juegos bélicos en un parque nacional.
Mi capitán será capitán, pero tiene una cara de sargento mala uva que ahora entiendo yo a los reclutas americanos... es que me dan ganas de cuadrarme... ¡fiiiiiiiirme, ar!:
- A la orden ¡señor! Le informo, ¡señor!:
En caso de urgencia grave, ¡señor!, contactamos con el 112, ¡señor!, y si los elementos atmosféricos y la noche no lo impiden, ¡señor! -¡señor!, el helicóptero no vuela de noche, ¡señor!-, nos envían un helicóptero ¡señor!, con las dotaciones de una UVI móvil, ¡señor!. Mientras llega y no ¡señor!, aquí mi colega médico y una servidora intentaremos detener la hemorragia, ¡señor!, pero más vale que el agujero sea de esas plomeras de cazar gorriones, ¡señor! Y por la noche, ¡señor!, les aconsejo que hagan lo que los niños en los campamentos, ¡señor!, enciendan una hoguera y cuenten historias de miedo alrededor de ella, ¡señor!, y luego ¡a dormir, señor! En la oscuridad mejor otro tipo de maniobras, aunque en este caso sólo puedan ser las orquestales, o quién sabe...
Se lo explico sin el señor, sin la plomera, sin la hoguera (que este señor tiene una cara muy seria, no apta para aguantar cachondeítos), pero sí con el detallito de la hemorragia... ¡sorpresa!, se sonríe y los otros dos también, el capitán-sargento parece incluso humano, ahora.
Quiere saber dónde se ubica el helipuerto, cuántos kilómetros hay hasta el pantano, si disponemos de ambulancia en el centro, a cuántos kilómetros y tiempo está el hospital de referencia... Oiga, oiga, que yo he visto en las películas que antes de hacer una avanzadilla, o de una invasión, se estudian los mapas de la zona en cuestión como la palma de su mano; cada montañita, cada charco, cada aldeita, en fin... No se ha estudiado la lección ¿ehhh? Menos mal que una está harta de pasearse por la zona y tengo medidos milimétricamente kilómetros y tiempo.
A medida que hablamos, los hombros del capitán se van relajando, y los dos hombres que lo acompañan también, sus rostros emite señales de vida.
Da las gracias por la información, espera no tener que necesitarnos, yo también lo espero... estrecha de nuevo la mano de mi compañero médico y la mía, ahora con menos energía. Se marchan; media vuelta... ¡ar!