Volver
¿Sabes, Felipe?, todas las calles principales de la ciudad ya tienen los colgajos de Navidad. ¡Qué manera de precipitar el tiempo!, con la carencia que sufrimos de él. Hace ya dos semanas que la Paloma y la Toledo están disfrazadas de estrellitas y medias lunas de color anaranjado. ¡Qué poco gusto tienen los concejales de festejos! -porque, ¿estos menesteres son cosa del concejal de festejos o de la ministra de fomento?, bueno, y a mí qué me importa -, si a la Navidad no hace falta ponerle color, ya lo tiene, tiene el color del cristal, de toda la vida de Dios, en fin... En la plaza Mayor han puesto crespones y más crespones de muérdago y lazos rojos, y unas cosas que no se sabe lo que son, pero que digo yo que cuando lo enciendan será espectacular, aunque visto así, sin la gracia, parece un amasijo de cables y bombillitas diminutas totalmente amorfo.
¡Ay, Felipe!, la Navidad ya no es lo que era... Fíjate, nuestras hijas se van a la playa. ¡A la playa en Navidad! Una ha alquilado una semana de hotel en San Fernando de Cádiz, y la otra se va para Santander. Y digo yo que qué misterio tendrán eso de recibir el año nuevo en el salón de un hotel, atestado de extraños, deseándose los unos a los otros Feliz Año, con la cabeza llena de confeti y de serpentinas, o dándote algún imbécil con el matasuegras en la nariz. Por supuesto, han insistido en que me vaya con la una y con la otra. Yo, para no reñir, les he dicho, abogando al sabio Salomón, que no me puedo partir por la mitad, por tanto me voy al pueblo.
Vuelvo con la frente marchita, como cantaba Gardel, bueno, con la frente y con todo lo demás... Con la frente marchita y el recuerdo intacto. Vuelvo a las calles desiertas de invierno, al calor de la leña quemada en una estufa al rojo vivo, al olor a tomillos de las hogueras de Santa Lucía... a nuestra casa... Y a las doce campanadas frente al televisor, o las catorce si está Carmen Sevilla, aunque este año no va a estar Ramón García... ¡qué disgusto!, con lo que me gustaba a mí su capa, parecía un caballero de los de antaño. ¡Qué mala idea tienes!, tú sí que pareces un drácula, ¡fantasmón!
Ni que decir tiene que nuestras hijas se han enfadado mucho, me han reprochado que las tendré en vilo pensando que estoy allí sola, recibiendo el año nuevo sin su compañía, ni la de nuestros nietos. Me han llamado cabezona... ¡cabezona yo! Estas hijas nuestras no entienden que, a ciertas edades, una no tenga ganas de celebrar la Navidad de otra manera que no sea la de siempre... bueno, la de siempre siempre no podrá ser nunca nunca, pero la querencia es la querencia...
De todas formas, Felipe, ¿a ti no te parece que los españoles nos estamos volviendo muy americanos? Dicen que to se pega menos lo hermoso, y qué razón tiene ese refrán. Le hemos dado una patada en el culo a los Reyes Magos, hemos dejado de creer en estrellas de Oriente y nos creemos que un señor gordísimo, de larga barba blanca, con un ridículo gorro y vestido de rojo, que además se ríe como un bronquítico crónico, es capaz de subir por los tejados y colarse por una chimenea cargado de regalos. ¿Y qué me dices de La inmaculada y su esplendoroso ocho de Diciembre?, ahora sólo sirve para hacer puente con la Constitución, y como se empeñen los catalanes y los vascos, ni eso, a la mierda la constitución, lo veo venir... Un poco más y la disfrazan como Ivonne de Carlo haciendo de Lily Monster y la llevan a la fiesta del "jalogüen" ese, que qué coño será eso que todos los escaparates se llenan de alpiparrios, y se destripa a las calabazas para meterles velas dentro. ¡Antes se iba a desperdiciar una calabaza para semejante tontería! ni na, ni na, las calabazas se guardaban como oro en paño hasta San Martín, para las matanzas y las morcillitas de cebolla, ¡riquísimas!
No me entristece verme sola, ya se sabe, los hijos tienen sus planes y no voy a ser yo quien los descomponga, pero quiero que también respeten mis deseos. Si tuviese cuarenta años, a lo mejor planeaba una Noche Vieja en Paris, que me ha dicho Juliet que Paris en Navidad es lo más de los más, pero a mis años y sola, ¿dónde voy yo si tú no estás? Deseo estar allí, en el pueblo, en nuestro pueblo. .
Estoy muy mayor para cambiar de costumbres. No hay peor cosa que cambiarle a un viejo su asiento... nunca sabe cómo sentar bien el culo en uno nuevo. Además, Felipe, tú lo sabes, yo por navidad, además de ser como El Almendro, siempre busco el calor de los recuerdos... nuestros recuerdos. Curiosamente, este año estoy deseando volver.

¡Ay, Felipe!, la Navidad ya no es lo que era... Fíjate, nuestras hijas se van a la playa. ¡A la playa en Navidad! Una ha alquilado una semana de hotel en San Fernando de Cádiz, y la otra se va para Santander. Y digo yo que qué misterio tendrán eso de recibir el año nuevo en el salón de un hotel, atestado de extraños, deseándose los unos a los otros Feliz Año, con la cabeza llena de confeti y de serpentinas, o dándote algún imbécil con el matasuegras en la nariz. Por supuesto, han insistido en que me vaya con la una y con la otra. Yo, para no reñir, les he dicho, abogando al sabio Salomón, que no me puedo partir por la mitad, por tanto me voy al pueblo.
Vuelvo con la frente marchita, como cantaba Gardel, bueno, con la frente y con todo lo demás... Con la frente marchita y el recuerdo intacto. Vuelvo a las calles desiertas de invierno, al calor de la leña quemada en una estufa al rojo vivo, al olor a tomillos de las hogueras de Santa Lucía... a nuestra casa... Y a las doce campanadas frente al televisor, o las catorce si está Carmen Sevilla, aunque este año no va a estar Ramón García... ¡qué disgusto!, con lo que me gustaba a mí su capa, parecía un caballero de los de antaño. ¡Qué mala idea tienes!, tú sí que pareces un drácula, ¡fantasmón!
Ni que decir tiene que nuestras hijas se han enfadado mucho, me han reprochado que las tendré en vilo pensando que estoy allí sola, recibiendo el año nuevo sin su compañía, ni la de nuestros nietos. Me han llamado cabezona... ¡cabezona yo! Estas hijas nuestras no entienden que, a ciertas edades, una no tenga ganas de celebrar la Navidad de otra manera que no sea la de siempre... bueno, la de siempre siempre no podrá ser nunca nunca, pero la querencia es la querencia...
De todas formas, Felipe, ¿a ti no te parece que los españoles nos estamos volviendo muy americanos? Dicen que to se pega menos lo hermoso, y qué razón tiene ese refrán. Le hemos dado una patada en el culo a los Reyes Magos, hemos dejado de creer en estrellas de Oriente y nos creemos que un señor gordísimo, de larga barba blanca, con un ridículo gorro y vestido de rojo, que además se ríe como un bronquítico crónico, es capaz de subir por los tejados y colarse por una chimenea cargado de regalos. ¿Y qué me dices de La inmaculada y su esplendoroso ocho de Diciembre?, ahora sólo sirve para hacer puente con la Constitución, y como se empeñen los catalanes y los vascos, ni eso, a la mierda la constitución, lo veo venir... Un poco más y la disfrazan como Ivonne de Carlo haciendo de Lily Monster y la llevan a la fiesta del "jalogüen" ese, que qué coño será eso que todos los escaparates se llenan de alpiparrios, y se destripa a las calabazas para meterles velas dentro. ¡Antes se iba a desperdiciar una calabaza para semejante tontería! ni na, ni na, las calabazas se guardaban como oro en paño hasta San Martín, para las matanzas y las morcillitas de cebolla, ¡riquísimas!
No me entristece verme sola, ya se sabe, los hijos tienen sus planes y no voy a ser yo quien los descomponga, pero quiero que también respeten mis deseos. Si tuviese cuarenta años, a lo mejor planeaba una Noche Vieja en Paris, que me ha dicho Juliet que Paris en Navidad es lo más de los más, pero a mis años y sola, ¿dónde voy yo si tú no estás? Deseo estar allí, en el pueblo, en nuestro pueblo. .
Estoy muy mayor para cambiar de costumbres. No hay peor cosa que cambiarle a un viejo su asiento... nunca sabe cómo sentar bien el culo en uno nuevo. Además, Felipe, tú lo sabes, yo por navidad, además de ser como El Almendro, siempre busco el calor de los recuerdos... nuestros recuerdos. Curiosamente, este año estoy deseando volver.

Matar el tiempo
He dejado El perfume en el sofá de la salita de estar, emanando ya sus últimos efluvios. Menos mal, casualmente acabo de ver anunciar la película en Antena 3, próximamente. Odio ver una película antes de leer el libro. Si alguna vez me ha sucedido, la obra escrita pierde totalmente mi interés. La literatura siempre supurerá con creces a su vómito en el cine, porque esto es una obra literaria llevada al cine: un vómito de lo recreado por la imaginación mientras se embeben las palabras, un bodrio emulando la perfección de un pensamiento. Aún no ha nacido el genio que me haga creer lo contrario y el día que eso suceda me rendiré a sus pies, porque, sin ninguna duda, será un genio entre los genios, un alquimista, un druida, un hechicero o un visionario de la Imaginación, de la Palabra y del Pensamiento.
Trato de matar el tiempo, ese que me desespera cuando se me escapa entre los dedos como juguetonas gotas de mercurio. Ese que tanto necesito ahora... Tiempo, necesidad vital de tiempo para poner orden en mi desorden... Ése al que hoy mata el desánimo por primera vez en mucho tiempo.
Últimamente me pesan las guardias, me embarga un inexplicable sentimiento de melancolía.Vagabundeo entre pasillos de diáfana luz artificial, merodeo por el almacén... podría vendarme los ojos y dirigirme con total precisión al lugar donde se encuentra cada uno de los materiales que alberga, de tanto repasarlos y de tanto recolocarlos: en el primer están de la izquierda, tubos de extracción y vacutainer; en el segundo, tiras reactivas de glucemia y lancetas; en el tercero, esparadrapos de diferentes medidas y texturas; en el primer están del centro, vendajes elásticos y de algodón, férulas y collarines; en el segundo... etc, etc, etc. Voy a la sala de urgencias, que durante horario de mañanas es mi consulta, y reviso el botiquín por tercera o cuarta vez en este mes; oftalmológicos, fármacos inyectables, fármacos vía oral... todos por orden alfabético y princio activo, miro sus cantidades y sus caducidades. Tarea aburrida donde las haya. El aburrimiento de hoy se da la mano con el caos que estos días impera en mi cabeza, y el caos sume al pensamiento en un destructivo letargo.
En lo que va de tarde y noche, he atendido a dos urgencias que precisaran de la intervención de enfermería, hay días que no atiendo a nadie. En la cena comentaba con mi compañero de guardia una idea que no deja de rondarme la cabeza desde hace unas semanas, la idea de que creo que me he equivocado en la OPE, y empiezo a pensar - miento, ya lo pensé en alguna otra ocasión- que debería cerrar ciclo y cambiar de destino. Él y yo somos los dos únicos supervivientes de este barco, las únicas aves de paso que aún quedamos aquí, como si la migración a un clima más cálido no fuese con nosotros, adaptados exitosamente al medio en un claro ejemplo objetivable de El origen de las especies de Darwin: la vida se manifiesta como una lucha constante por la existencia y la supervivencia. Pues he aquí a dos supervivientes agonizando en la desidia. Él también me confiesa que en el último año se lo ha planteado un par de veces, pero él aún tiene razones para seguir por aquí.
Razones para seguir... eso es lo que yo busco ahora.
... Y dejo de matar el tiempo escribiendo para hacerlo durmiendo, si es que hoy puedo.

Trato de matar el tiempo, ese que me desespera cuando se me escapa entre los dedos como juguetonas gotas de mercurio. Ese que tanto necesito ahora... Tiempo, necesidad vital de tiempo para poner orden en mi desorden... Ése al que hoy mata el desánimo por primera vez en mucho tiempo.
Últimamente me pesan las guardias, me embarga un inexplicable sentimiento de melancolía.Vagabundeo entre pasillos de diáfana luz artificial, merodeo por el almacén... podría vendarme los ojos y dirigirme con total precisión al lugar donde se encuentra cada uno de los materiales que alberga, de tanto repasarlos y de tanto recolocarlos: en el primer están de la izquierda, tubos de extracción y vacutainer; en el segundo, tiras reactivas de glucemia y lancetas; en el tercero, esparadrapos de diferentes medidas y texturas; en el primer están del centro, vendajes elásticos y de algodón, férulas y collarines; en el segundo... etc, etc, etc. Voy a la sala de urgencias, que durante horario de mañanas es mi consulta, y reviso el botiquín por tercera o cuarta vez en este mes; oftalmológicos, fármacos inyectables, fármacos vía oral... todos por orden alfabético y princio activo, miro sus cantidades y sus caducidades. Tarea aburrida donde las haya. El aburrimiento de hoy se da la mano con el caos que estos días impera en mi cabeza, y el caos sume al pensamiento en un destructivo letargo.
En lo que va de tarde y noche, he atendido a dos urgencias que precisaran de la intervención de enfermería, hay días que no atiendo a nadie. En la cena comentaba con mi compañero de guardia una idea que no deja de rondarme la cabeza desde hace unas semanas, la idea de que creo que me he equivocado en la OPE, y empiezo a pensar - miento, ya lo pensé en alguna otra ocasión- que debería cerrar ciclo y cambiar de destino. Él y yo somos los dos únicos supervivientes de este barco, las únicas aves de paso que aún quedamos aquí, como si la migración a un clima más cálido no fuese con nosotros, adaptados exitosamente al medio en un claro ejemplo objetivable de El origen de las especies de Darwin: la vida se manifiesta como una lucha constante por la existencia y la supervivencia. Pues he aquí a dos supervivientes agonizando en la desidia. Él también me confiesa que en el último año se lo ha planteado un par de veces, pero él aún tiene razones para seguir por aquí.
Razones para seguir... eso es lo que yo busco ahora.
... Y dejo de matar el tiempo escribiendo para hacerlo durmiendo, si es que hoy puedo.

El pozo

Perdura engalanado de exuberantes macetas, vivificadas con su propia agua, coronado por la verde pámpana de una parra que discretamente sobrevive en un rincón, y cuyos largos brazos sarmentosos se deslizan con sigilo por la pared, hasta llegar hasta él, hasta el pozo, el que le da la vida, a ella también, y por eso lo abraza, y se enreda como si fuese hiedra, -otra que tal baila, la muy coqueta-, cuando sabe que dentro de nada será una rama membranosa y seca, y habrá perdido su verdor. Respaldado por colores y cortinas de La Mancha, que lo separan, a modo de biombo, de la fealdad de un depósito de gasóleo, para que se siga sintiendo como en casa, para no alterar su entorno: el eterno.
Es un pozo sin noria, tan sólo tiene un carrillo, ya en desuso, porque la modernidad también ha llegado a él y ahora aloja en sus entrañas una bomba de agua, que mi padre dirá lo que quiera, pero yo creo que contamina y lo desentraña. Ahora huele a petroleo, a cueva ultrajada, le han arrebatado su aroma a interiores de montañas anegándose en sus aguas. Ni en las peores sequías dejó de manar su preciado tesoro.
Ese pozo guarda un sonido bullicioso, bullicio de niños jugando en un patio de luces, el que él preside; entrando, saliendo entre atropellos, saltando entre los charcos del riego de una calle de verano, que emana flama mientras embebe el agua por carencia, desesperadamente, como se besa una boca deseada o se ama a un cuerpo ansiado; salpicando a las vecinas, quejicosas del jaleo.
Ese pozo guarda un lamento, el de una niña de ojos negros que lloraba a su compañero de juegos, junto al brocal, y el de una madre que la tomaba de la mano, tragándose sus lágrimas y dándole su consuelo, junto al brocal.
Ese pozo escucha un rezo, a veces un rosario, a veces un Ave Maria y algún Padre Nuestro, es el rezo de una madre por sus hijos que se fueron y por los que están. Reza para que no les pase nada en la carretera, joer, que siempre están puestos en medio. Se sienta a su abrigo, a la luz de dos lunas, las de Mayo y Julio...
Este pozo esboza risas, las de dos niñas de ojos negros, que quieren saber porqué tenemos un pozo en esta casa, si es que lo construyó el abuelo o si ha existido desde siempre, si en el pozo habitan duendes, hadas o demonios, si su agua se puede beber o si sólo sirve para que la abuela riegue la calle y los geranios en el verano. Si se queda con el eco o lo devuelve.
Este pozo tiene misterio, el misterio de toda una vida manando agua, dando abrigo, siendo escondite, siendo testigo, siendo confidente, siendo espejo.
Tengo un limonero en un patio empedrado. Tengo un pozo en un patio encementado.
Tango
¿Para qué haré caso a medios días habiendo días enteros? Si yo sabía que era una locura, pero parece que si dices que no es que eres una aguafiestas, y ahora, ¡Toma Leonor, el lumbago! Pero es cierto ese dicho de que me quiten lo bailao, y nunca mejor dicho.
Te cuento, Felipe, te cuento, que pones cara de no saber por dónde van los tiros. Claro, es que últimamente me tienes un poco abandonada, no sé qué te tendrá tan ocupado por allá arriba, pero cada día vienes más tarde, o a mí me lo parece, como los ancianos perdemos el sentido del espacio y del tiempo... debe de ser eso.
Esta aventura comenzó a fraguarse en el café de Malena, sí hombre, que pareces forastero, el de la esquina del bloque donde vive Margarita ahora, un barrio de lo más distinguido... snob de esos... ¿Que tú no tienes porqué saber dónde vive Margarita? Pues también llevas razón, pero como me sigas interrumpiendo no te lo cuento. La cafetería se llama Cambalache, con un ambiente años cincuenta, con biombos como los que salen en las películas de la Sarita Montiel, luz tenue amarillenta, fotos de ella con su larga pipa, tumbada a lo mujer fatal en un diván, fotos de Gardel, fotos de parejas bailando tangos, tangos sonando de fondo...en fin, Felipe, el templo del tango. Hasta el nombre de su dueña suena a tango. El caso es que yo me quejaba de lo mal que ando últimamente con mi artrosis de rodilla, y de cadera, y de hombros, y de cervicales... poliartrosis generalizada, diría tu hija enfermera... Entonces Eloisa dijo que a ella, desde que se apuntó a clases de baile de salón, se le habían ido todos sus males, hasta la depresión, además estaba más ágil y había suscitado mayor interés en su marido... Ya sabes, Felipe, esas cosas con las que nos contentamos las mujeres y, encima, nos las creemos... Como te decía, entonces nos invitó a todas a apuntarnos, y además tendríamos la suerte de empezar con el tango. A Margarita se le iluminaron los ojos al oír esa palabra: tango... "Leonor, tenemos que apuntarnos, se lo diré a mi Jacinto para que él también venga". "Uy, querida, mira, tú y tu Jacinto apuntaos aunque sea a la danza turca, pero una servidora no está para trotes. Además, ¿qué pinto yo sabiendo bailar un tango si ya no tengo a quién engarrafar las piernas, ni a quién tirarme encima y que me arrastre por ahí? Quita, quita... Ni hablar". Y ya ves, una que es mu blanda... al final, no pude negarme... Esto es mucho más divertido que el macramé, te lo digo yo.
Qué cosa el tango, Felipe, qué apasionado, qué apretujones, qué sobo, que arte ese regateo de piernas para un lado y para otro... El profesor está para bailarle un tango, y dos, y tres y los que hagan falta... Qué tonto eres, ¿ahora te vas a poner celoso de un niño?, pero si podría ser mi nieto, hombre. No me hagas reír, Felipe, ¿cómo se te ocurre decir eso? ¡que ahora les gustan mayorcitas! qué tontería, les gustan por lo que les gustan, como la Lollobrigida, para quedarse con la pasta, si no, que otra cosa van a sacar de pellejos colgando y desiertos del Sahara... Hombre, ellas, mientras dure, tan contentas, y quién no...
Bueno, el caso es que tanto curvar espalda y tanto arrastrala a una de un lao pa otro, pues mira, el lumbago. Ahora, eso sí, las rodillas y las caderas están de maravilla, como nuevas, tenía razón Eloisa.
No, hombre, no, no pretendo hacerte bailar un tango, aunque te aviso de que tú te lo pierdes... A mí, como siempre estoy de non, me toca bailarlo con el "profe" y no veas lo bien que se me da eso de líar y deslíar las piernas.
Y como sé que no conseguiré hacerte bailar, pues escucha, este tango es el que yo bailo:Canción Desesperada. Ven, acurrúcate.

Te cuento, Felipe, te cuento, que pones cara de no saber por dónde van los tiros. Claro, es que últimamente me tienes un poco abandonada, no sé qué te tendrá tan ocupado por allá arriba, pero cada día vienes más tarde, o a mí me lo parece, como los ancianos perdemos el sentido del espacio y del tiempo... debe de ser eso.
Esta aventura comenzó a fraguarse en el café de Malena, sí hombre, que pareces forastero, el de la esquina del bloque donde vive Margarita ahora, un barrio de lo más distinguido... snob de esos... ¿Que tú no tienes porqué saber dónde vive Margarita? Pues también llevas razón, pero como me sigas interrumpiendo no te lo cuento. La cafetería se llama Cambalache, con un ambiente años cincuenta, con biombos como los que salen en las películas de la Sarita Montiel, luz tenue amarillenta, fotos de ella con su larga pipa, tumbada a lo mujer fatal en un diván, fotos de Gardel, fotos de parejas bailando tangos, tangos sonando de fondo...en fin, Felipe, el templo del tango. Hasta el nombre de su dueña suena a tango. El caso es que yo me quejaba de lo mal que ando últimamente con mi artrosis de rodilla, y de cadera, y de hombros, y de cervicales... poliartrosis generalizada, diría tu hija enfermera... Entonces Eloisa dijo que a ella, desde que se apuntó a clases de baile de salón, se le habían ido todos sus males, hasta la depresión, además estaba más ágil y había suscitado mayor interés en su marido... Ya sabes, Felipe, esas cosas con las que nos contentamos las mujeres y, encima, nos las creemos... Como te decía, entonces nos invitó a todas a apuntarnos, y además tendríamos la suerte de empezar con el tango. A Margarita se le iluminaron los ojos al oír esa palabra: tango... "Leonor, tenemos que apuntarnos, se lo diré a mi Jacinto para que él también venga". "Uy, querida, mira, tú y tu Jacinto apuntaos aunque sea a la danza turca, pero una servidora no está para trotes. Además, ¿qué pinto yo sabiendo bailar un tango si ya no tengo a quién engarrafar las piernas, ni a quién tirarme encima y que me arrastre por ahí? Quita, quita... Ni hablar". Y ya ves, una que es mu blanda... al final, no pude negarme... Esto es mucho más divertido que el macramé, te lo digo yo.
Qué cosa el tango, Felipe, qué apasionado, qué apretujones, qué sobo, que arte ese regateo de piernas para un lado y para otro... El profesor está para bailarle un tango, y dos, y tres y los que hagan falta... Qué tonto eres, ¿ahora te vas a poner celoso de un niño?, pero si podría ser mi nieto, hombre. No me hagas reír, Felipe, ¿cómo se te ocurre decir eso? ¡que ahora les gustan mayorcitas! qué tontería, les gustan por lo que les gustan, como la Lollobrigida, para quedarse con la pasta, si no, que otra cosa van a sacar de pellejos colgando y desiertos del Sahara... Hombre, ellas, mientras dure, tan contentas, y quién no...
Bueno, el caso es que tanto curvar espalda y tanto arrastrala a una de un lao pa otro, pues mira, el lumbago. Ahora, eso sí, las rodillas y las caderas están de maravilla, como nuevas, tenía razón Eloisa.
No, hombre, no, no pretendo hacerte bailar un tango, aunque te aviso de que tú te lo pierdes... A mí, como siempre estoy de non, me toca bailarlo con el "profe" y no veas lo bien que se me da eso de líar y deslíar las piernas.
Y como sé que no conseguiré hacerte bailar, pues escucha, este tango es el que yo bailo:Canción Desesperada. Ven, acurrúcate.

Eligiendo los colores
Voy a pintar un nuevo cuadro. Pintaré rincones, atraparé lugares, perfilaré rostros, matizaré curvas, cientos de trazos sobre un lienzo inmaculado, pincelada tras pincelada hasta rematar la obra que me defina, esa que cuando la contemple terminada pueda tirarle mi paleta y decirle ¡vamos, habla!... Prepararé la tela y seleccionaré la mejor materia, porque de la calidad de ésta - y de mis manos-dependerá el resultado de los colores y el trazado de los paisajes y las figuras. Todo este trabajo será similar a la entrega y la paciencia de un chef en la elaboración de su plato estrella, con ese toque final que hace de la presentación todo un espectáculo y de su degustación un éxito.
Abandono un lienzo emborronado de errores, en donde ya no se perciben las figuras de tanto borrar y pincelar encima, en donde se han desvirtuado los colores y se ha perdido el efecto de la luz. En el que ya no se muestra lo que yo quería mostrar, ni significa lo que yo quiero que signifique. Aturde a su creadora y principal espectadora: a mí.
Mi pulso se muestra tembloroso, no por inseguro, sino temeroso - sé qué tal canto pero no sé qué tal pinto -. Todo lo nuevo me produce inquietud, a la vez que impaciencia, y no sé si las manos sabrán hablar como la boca, si sabré mezclar bien los colores, si sabré difuminar o no será necesario, si alargaré demasiado las sombras y apagaré la luz sin pretenderlo. La eterna zozobra de la duda.
No quiero el negro tenebroso ni de noche cerrada, sólo el azabache de unos ojos y de noches lunadas.
No quiero amarillo chillón, ése sólo atrae a los insectos, quiero el amarillo del sol, el dorado del trigo del verano.
Quiero un verde olivo y el verde de los verdes salpicados de amapolas, verdes de mi niñez, campos de la tierra que vió nacer.
Quiero marrones y ocres de tierra recién arada. No quiero ocres de hojas secas ni marrones de ciénagas.
Quiero el rojo de unos labios y el rojo de rosas rojas. No quiero rojos sobre el asfalto, ni el rojo de ojos rojos.
Quiero un azul diáfano, de cielos despejados, de ojos de mar en calma.
Quiero el blanco de sábanas limpias, recién planchadas, con olor a jabón de hacer en casa.
No quiero más gris si no es el de las nubes vertiéndose en cortinas de agua, esa que limpia el aire de polución, llena los pantanos y los ríos y riega la tierra sedienta y agrietada. No quiero grises de tormentas, ni aguaceros que emborronen mis colores y llenen de fango mi obra.
Y la luz quiero que sea la del Maestro de las luces, que deslumbre en los espejos, que penetre por rendijas e ilumine recovecos. Difícil, una osadia la mía, ¿y qué? sólo los cobardes y los pusilánimes huyen o se quedan en el intento.
Esto es sólo el primer esbozo.
Abandono un lienzo emborronado de errores, en donde ya no se perciben las figuras de tanto borrar y pincelar encima, en donde se han desvirtuado los colores y se ha perdido el efecto de la luz. En el que ya no se muestra lo que yo quería mostrar, ni significa lo que yo quiero que signifique. Aturde a su creadora y principal espectadora: a mí.
Mi pulso se muestra tembloroso, no por inseguro, sino temeroso - sé qué tal canto pero no sé qué tal pinto -. Todo lo nuevo me produce inquietud, a la vez que impaciencia, y no sé si las manos sabrán hablar como la boca, si sabré mezclar bien los colores, si sabré difuminar o no será necesario, si alargaré demasiado las sombras y apagaré la luz sin pretenderlo. La eterna zozobra de la duda.
No quiero el negro tenebroso ni de noche cerrada, sólo el azabache de unos ojos y de noches lunadas.
No quiero amarillo chillón, ése sólo atrae a los insectos, quiero el amarillo del sol, el dorado del trigo del verano.
Quiero un verde olivo y el verde de los verdes salpicados de amapolas, verdes de mi niñez, campos de la tierra que vió nacer.
Quiero marrones y ocres de tierra recién arada. No quiero ocres de hojas secas ni marrones de ciénagas.
Quiero el rojo de unos labios y el rojo de rosas rojas. No quiero rojos sobre el asfalto, ni el rojo de ojos rojos.
Quiero un azul diáfano, de cielos despejados, de ojos de mar en calma.
Quiero el blanco de sábanas limpias, recién planchadas, con olor a jabón de hacer en casa.
No quiero más gris si no es el de las nubes vertiéndose en cortinas de agua, esa que limpia el aire de polución, llena los pantanos y los ríos y riega la tierra sedienta y agrietada. No quiero grises de tormentas, ni aguaceros que emborronen mis colores y llenen de fango mi obra.
Y la luz quiero que sea la del Maestro de las luces, que deslumbre en los espejos, que penetre por rendijas e ilumine recovecos. Difícil, una osadia la mía, ¿y qué? sólo los cobardes y los pusilánimes huyen o se quedan en el intento.
Esto es sólo el primer esbozo.
Queda inaugurada
Hoy hemos comido codornices con salsa de setas. No es porque lo diga yo, pero ha salido para chuparse los dedos y mojar una barra de pan.
No, el post no va de gastronomia y de placeres culinarios, aunque de paso digo que la codorniz es una de las aves que en la cocina da un excelente juego, ya sean escabechadas, estofadas, a la plancha, o en diversas salsas.
La dificultad que la salsa de hoy entrañaba ha sido que su creadora no podía con su alma, y ya no sé en qué orden ha ido la cebolla, ni la pimienta, ni las setas, ni el vino blanco, ni el perejil... por arte de birli birloque ha salido como debía de salir. Y la culpa de este aturdimiento entre pucheros la ha tenido una noche de cena para cuatro, mujeres todas, cuñadas todas menos una, rutas por disco pub en donde nos hemos convertido en cinco, la impresión en casi todos los sitios de ser las madres de la basca, sin pretender ser otra cosa, y unos tacones de ocho centímetros que nos estilizan las piernas, nos proporcionan una altura que no tenemos y hacen que el corazón lata en los pies.
La cena, en el Pitoñi, ha dejado qué desear; un entrecot de ternera no se sirve con patatas de bolsa requemadas, eso se perdona en un bar de carretera con menú a diez euros, en un restaurante a la carta es inadmisible. Temas de conversación de mujeres, como toda reunión de mujeres que se precie, relacionados con ropa y con hombres, concretamente de lo bien dotado que estaba cierto cubano que salía con la compañera de trabajo de una de las comensales... digamos que el cubano, mejor dicho, las dotes del cubano, fue tema recurrente durante toda la noche. La cena concluyó con una extendida y acalorada disertación sobre las razones de porqué dejar o no dejar propina, disertación protagonizada por mis dos cuñadísimas, mientras la otra comensal y yo esperábamos con resignación a ver cuándo querían concluir semejante debate que no conducía a ninguna parte -con lo entretenido que era el tema del cubano- del que se estaba enterando todo el restaurante, camarero incluído. Al final se dejó la propina, como debe ser.
Un café irlandés en el Irlandés... y el cubano... Un cubata en el paparazzi... y el cubano... Y, al salir a otro garito, una llamada de teléfono a uno de los maridos... "Oye, que se me han olvidado las llaves, la falta de costumbre, cielito mío, tendré que llamar al timbre...no, no, no me voy ya, si acabamos de empezar y se agrega ahora la quinta que viene de refresco. Ala, tú acuéstate que ya llegaré". Otra copa en donde la consciencia ya está en la cuerda floja por culpa de un hígado perezoso y la falta de costumbre... y de nuevo el cubano, entre risas y el propósito de que cuando lleguemos a casa buscaremos la cinta métrica. Y otra copa en donde yo cambio copa por vaso y la droga dura por un acuarius, entre otras cosas porque soy la única que ha salido con el coche y me toca repartir los paquetes, con el sello de muy frágil, a última hora.
Una foto que inmortaliza nuestro momento, prueba irrefutable de nuestra noche: cena de cuñadas (a la que agregamos una amiga y una sobrina de última hora).
Y ya tenía ganas de reír, reír con ganas.
El próximo año: celebración del primer aniversario.
No, el post no va de gastronomia y de placeres culinarios, aunque de paso digo que la codorniz es una de las aves que en la cocina da un excelente juego, ya sean escabechadas, estofadas, a la plancha, o en diversas salsas.
La dificultad que la salsa de hoy entrañaba ha sido que su creadora no podía con su alma, y ya no sé en qué orden ha ido la cebolla, ni la pimienta, ni las setas, ni el vino blanco, ni el perejil... por arte de birli birloque ha salido como debía de salir. Y la culpa de este aturdimiento entre pucheros la ha tenido una noche de cena para cuatro, mujeres todas, cuñadas todas menos una, rutas por disco pub en donde nos hemos convertido en cinco, la impresión en casi todos los sitios de ser las madres de la basca, sin pretender ser otra cosa, y unos tacones de ocho centímetros que nos estilizan las piernas, nos proporcionan una altura que no tenemos y hacen que el corazón lata en los pies.
La cena, en el Pitoñi, ha dejado qué desear; un entrecot de ternera no se sirve con patatas de bolsa requemadas, eso se perdona en un bar de carretera con menú a diez euros, en un restaurante a la carta es inadmisible. Temas de conversación de mujeres, como toda reunión de mujeres que se precie, relacionados con ropa y con hombres, concretamente de lo bien dotado que estaba cierto cubano que salía con la compañera de trabajo de una de las comensales... digamos que el cubano, mejor dicho, las dotes del cubano, fue tema recurrente durante toda la noche. La cena concluyó con una extendida y acalorada disertación sobre las razones de porqué dejar o no dejar propina, disertación protagonizada por mis dos cuñadísimas, mientras la otra comensal y yo esperábamos con resignación a ver cuándo querían concluir semejante debate que no conducía a ninguna parte -con lo entretenido que era el tema del cubano- del que se estaba enterando todo el restaurante, camarero incluído. Al final se dejó la propina, como debe ser.
Un café irlandés en el Irlandés... y el cubano... Un cubata en el paparazzi... y el cubano... Y, al salir a otro garito, una llamada de teléfono a uno de los maridos... "Oye, que se me han olvidado las llaves, la falta de costumbre, cielito mío, tendré que llamar al timbre...no, no, no me voy ya, si acabamos de empezar y se agrega ahora la quinta que viene de refresco. Ala, tú acuéstate que ya llegaré". Otra copa en donde la consciencia ya está en la cuerda floja por culpa de un hígado perezoso y la falta de costumbre... y de nuevo el cubano, entre risas y el propósito de que cuando lleguemos a casa buscaremos la cinta métrica. Y otra copa en donde yo cambio copa por vaso y la droga dura por un acuarius, entre otras cosas porque soy la única que ha salido con el coche y me toca repartir los paquetes, con el sello de muy frágil, a última hora.
Una foto que inmortaliza nuestro momento, prueba irrefutable de nuestra noche: cena de cuñadas (a la que agregamos una amiga y una sobrina de última hora).
Y ya tenía ganas de reír, reír con ganas.
El próximo año: celebración del primer aniversario.
Un brindis
Se me antoja brindar porque encontré la aguja en el pajar. Me la clavé en la palma de la mano, mientras buscaba a ciegas. ¡Qué suerte la mía!
Se me antoja brindar porque hay niñas que sobreviven a las bombas de napalm y, además, sonrien.
Se me antoja brindar porque no hay cielos ni infiernos, ni virtudes ni pecados.
Se me antoja brindar porque no hay mal que cien años dure, ni ojos que no ven, ni corazón que no sienta.
Se me antoja brindar porque no sólo cabe el hilo por el ojo de una aguja, el secreto está en encontrar el ángulo exacto por el que pueda incluso navegar el Titanic.
Se me antoja brindar porque estoy aprendiendo a bailar un fandango, porque lo dice el refrán: la vida es un fandango y quien no lo sabe bailar vive rabiando... Ya lo sé, termina de otra manera: quien no lo baila es chango, pero mi madre cambió su terminación y, como en todo lo que expresa mi madre en su lenguaje llano, lo deja más claro que el agua.
Se me antoja brindar porque la vida, además de un fandango, es una tómbola, ton, ton, tómbola de luz y de color, de luces y de sombras.
Se me antoja brindar porque no hace tanto que he llorado y hace mucho que no rio... ¿que a qué viene este brindis tan triste?, porque me faltaba uno para que el alcohol hiciese su efecto... ahora ya sí rio, a carcajadas, pero no es esta la risa que yo quiero.
Se me antoja brindar porque hay niñas que sobreviven a las bombas de napalm y, además, sonrien.
Se me antoja brindar porque no hay cielos ni infiernos, ni virtudes ni pecados.
Se me antoja brindar porque no hay mal que cien años dure, ni ojos que no ven, ni corazón que no sienta.
Se me antoja brindar porque no sólo cabe el hilo por el ojo de una aguja, el secreto está en encontrar el ángulo exacto por el que pueda incluso navegar el Titanic.
Se me antoja brindar porque estoy aprendiendo a bailar un fandango, porque lo dice el refrán: la vida es un fandango y quien no lo sabe bailar vive rabiando... Ya lo sé, termina de otra manera: quien no lo baila es chango, pero mi madre cambió su terminación y, como en todo lo que expresa mi madre en su lenguaje llano, lo deja más claro que el agua.
Se me antoja brindar porque la vida, además de un fandango, es una tómbola, ton, ton, tómbola de luz y de color, de luces y de sombras.
Se me antoja brindar porque no hace tanto que he llorado y hace mucho que no rio... ¿que a qué viene este brindis tan triste?, porque me faltaba uno para que el alcohol hiciese su efecto... ahora ya sí rio, a carcajadas, pero no es esta la risa que yo quiero.
Etiquetas: brindis
Mi selva mágica
El secreto de mi supervivencia, en aquella guerra sin tregua, fue el hallazgo inesperado de un rincón mágico en el que yo quedaba transformado en la persona que me atrevía a imaginar a veces: un ser digno incluso de ser amado. Allí era un rey en mi pequeño palacio, Adán en el paraíso, un héroe valiente, el mejor trapecista del mundo… Allí era, sobre todo, un niño, tan sólo un niño que podía gozar del abrazo del cielo y del refugio del tronco abierto de los árboles.
Ningún otro lugar en la ciudad ofrecía un espectáculo de tanto colorido y belleza. La vegetación de aquel recinto privado era tan exuberante que impedía el paso de los transeúntes a dos metros de sus muros, celosos guardianes de tesoros escondidos.
Por las tardes escapaba a hurtadillas de la casa de mis padres para pasear en libertad a la búsqueda de mí mismo. Mis pasos siempre me conducían, inexorablemente, hacia aquel jardín secreto. Fantaseaba con perderme en aquella espesura semejante a una selva inmensa. En mis oídos creía escuchar el revuelo estridente de aves exóticas, el reptar sigiloso de temibles serpientes gigantescas entre la enramada, e incluso la cascada de un río inexistente, pero real, en mi fantasía de aventurero.
Me gustaba soñar, mirando boquiabierto aquel lugar perfecto desde la distancia. Hasta que, un día, me decidí a profanar aquel santuario inaccesible que me infundía una atracción extraña y me hacía temblar, de puro miedo y reverencia, como una hoja agitada por el viento. Busqué y, al fin, venciendo mi repugnancia al hedor que despedía una vieja alcantarilla oculta entre las ramas, irrumpí en aquel santuario que se me antojaba de dioses ancestrales. Cuando logré ponerme en pie, mi asombro fue tal que sentí vergüenza de mi raquítica fantasía, incapaz de imaginar aquel paraíso de silencio.
Mi esperada selva era como una virgen cuyo secreto permaneciera aún sellado e inalcanzable para todo deseo humano. Sólo que yo entonces no sabía de vírgenes ni de ese tipo de deseos. Sólo sabía de orfandades… Y me encontraba allí, dispuesto a penetrar por vez primera en aquel seno gigantesco en el que no había amenazas, ni golpes, ni gritos…, ni tampoco la extrañeza aprendida y mamada en el propio hogar. Allí era yo mismo, alguien diminuto, pequeño, tan sólo un niño… Pero yo, al fin: el primer domesticador de mi jardín solitario.
Fragmento de El jardín secreto.
Relato escrito por mi siamesa.
A mi niña de agua
A Lidia
Ningún otro lugar en la ciudad ofrecía un espectáculo de tanto colorido y belleza. La vegetación de aquel recinto privado era tan exuberante que impedía el paso de los transeúntes a dos metros de sus muros, celosos guardianes de tesoros escondidos.
Por las tardes escapaba a hurtadillas de la casa de mis padres para pasear en libertad a la búsqueda de mí mismo. Mis pasos siempre me conducían, inexorablemente, hacia aquel jardín secreto. Fantaseaba con perderme en aquella espesura semejante a una selva inmensa. En mis oídos creía escuchar el revuelo estridente de aves exóticas, el reptar sigiloso de temibles serpientes gigantescas entre la enramada, e incluso la cascada de un río inexistente, pero real, en mi fantasía de aventurero.
Me gustaba soñar, mirando boquiabierto aquel lugar perfecto desde la distancia. Hasta que, un día, me decidí a profanar aquel santuario inaccesible que me infundía una atracción extraña y me hacía temblar, de puro miedo y reverencia, como una hoja agitada por el viento. Busqué y, al fin, venciendo mi repugnancia al hedor que despedía una vieja alcantarilla oculta entre las ramas, irrumpí en aquel santuario que se me antojaba de dioses ancestrales. Cuando logré ponerme en pie, mi asombro fue tal que sentí vergüenza de mi raquítica fantasía, incapaz de imaginar aquel paraíso de silencio.
Mi esperada selva era como una virgen cuyo secreto permaneciera aún sellado e inalcanzable para todo deseo humano. Sólo que yo entonces no sabía de vírgenes ni de ese tipo de deseos. Sólo sabía de orfandades… Y me encontraba allí, dispuesto a penetrar por vez primera en aquel seno gigantesco en el que no había amenazas, ni golpes, ni gritos…, ni tampoco la extrañeza aprendida y mamada en el propio hogar. Allí era yo mismo, alguien diminuto, pequeño, tan sólo un niño… Pero yo, al fin: el primer domesticador de mi jardín solitario.
Fragmento de El jardín secreto.
Relato escrito por mi siamesa.
A mi niña de agua
A Lidia
... Que ya son las cuatro y diez
Otra vez ejerciendo mi rol de usuaria, esta vez a recoger resultados de una campimetría. Los dos males conocidos que me aquejan: no sé qué alteración del nervio óptico del ojo derecho -la oftalmóloga se explica como Don Benjamín, mi profesor de griego del instituto- y un quiste de minúsculo tamaño en uno de los nódulos tiroideos, que no mata pero jode por la inquietud que genera, aunque sólo cuando me acuerdo, y lo hago de higos a brevas... en casa del herrero, ya se sabe, cuchara de palo.
Esta vez me han despachado pronto. Guardo mi próxima cita en el bolso y rebusco las llaves del coche. Al levantar la vista casi me topo, a menos de diez centímetros, con un torso verde invadiendo mi espacio, al que instintivamente he dado un quiebro, he regateado como el mismísimo Ronaldiño, y he pedido perdón por el atropello que atribuyo a mi ensimismamiento, sin mirar su cara.
- ¿Dónde vas con tanta prisa?
Me vuelvo, el torso verde me está hablando. Me encuentro con B, compañero de carrera y colega de profesión. Trabaja en el hospital desde hace seis o siete años. En alguna ocasión nos hemos visto, de pasada, por estos pasillos. Siempre un breve saludo y su ofrecimiento por si necesito algo relacionado con temas médicos. Sin más. Hoy trabaja en el turno de tarde, no lleva prisa. Besos al aire, como suelen ser siempre esos besos... Tú qué tal... Yo bien... ¿Sigues entre montes?... Allí sigo... Esperando la resolución de la OPE, supongo... Supones bien... Oye, si no llevas prisa, ¿quieres un café? Y tomamos un café.
Y como sucede en estos casos, en los que el tiempo ha borrado, inexorablemete y sin dejar rastro, cualquier cosa común que nos una, -salvo que somos colegas de profesión y que fuimos compañeros de clase-, durante una hora hemos revivido momentos, compañeros, nombres, lugares, y un maravilloso año 92, en el que fuimos vecinos de bloque. Ellos, en el cuarto; y nosotras, en el segundo de un piso de la calle Toledo. Hemos rememorado un par de fiestas de jueves noche, tardes de té con limón en el segundo, y de Giro de Italia en el cuarto, celebrando la maglia rosa de Miguel Indurain en aquella inolvidable contrarreloj en medio de exámenes finales.
G, compañera de piso por entonces, él y yo salíamos a correr todas las tardes, a un parque cercano. Las carreras concluían divergentes, yo seguía ruta hasta regresar a la calle Toledo, y ellos seguían su particular maratón de tonteos y besos. Me ha preguntado por todas; por R, por T, por B y se ha detenido en ella, en G... "Vive en Granada, no sé si sabes que abandonó químicas y se fué allí, a hacer no sé qué cosa, Relaciones Públicas, creo, no sé si lo terminó, pero se casó allí, y allí vive. Tiene dos niños. Coincidimos hace poco, está guapísima, como siempre"... "Es guapísima"... Y ese guapísima, que parecía habérsele escurrido de sus labios sin querer, se ha acompañado de su sonrisa de niño malo y de unos ojos evocando a la nostalgia... Prosigue: "Era guapísima, pero estaba como las maracas de Machín, la contradicción personificada, celosa, posesiva... a mí me tenía en jaque"... "Sí, y los celos con los golfos hacen malas migas"... Mi apreciación le provoca risa, nos reímos... Prosigo: "Pero tú sabes que a los veinte parece que el mundo tan pronto empieza como acaba, y quien no lo siente así a esa edad es que no da más de tres en la escala de Glasgow, ¿no crees?" Sonríe. "Sí, sí lo creo". Una pausa para bajar los ojos y mirar una taza de café vacía. "Si la vuelves a ver, dale recuerdos míos". "Se los daré". He omitido decirle que, en alguna ocasión, de las pocas que coincidimos, ella me preguntó por él, y también me dió sus recuerdos para él... "si coincides con él"... Y hoy coincido, pero no le digo nada, después de todo, hace demasiado tiempo de eso.
Concluímos hablando de mis hijas y de sus hijos, y no le he preguntado por T, otra T, su mujer, porque no sé si siguen juntos, ella es trece años mayor que él y nadie daba un duro por aquello, que parecía más el calentón de una guardia que el ideal de pareja. Él, un golfo encantador con una chispa de timidez, joven y atractivo, y enfermero. Ella, una cuarentona, más bien destartalada, poco atractiva fisicamente, y médico -este dueto suele darse con frecuancia en nuestro gremio, las guardias unen mucho-. No la nombra y yo no pregunto. Terminamos hablando del aquí y ahora, después de desnudar el tiempo y de atraparlo, de revivirlo y de volverlo a guardar, para que siga custodiando los recuerdos.
Y ahora volvamos, tú tienes trabajo, estás de tardes, ¿o ya no te acuerdas?, y yo me voy, que ya son las cuatro y diez...
Esta vez me han despachado pronto. Guardo mi próxima cita en el bolso y rebusco las llaves del coche. Al levantar la vista casi me topo, a menos de diez centímetros, con un torso verde invadiendo mi espacio, al que instintivamente he dado un quiebro, he regateado como el mismísimo Ronaldiño, y he pedido perdón por el atropello que atribuyo a mi ensimismamiento, sin mirar su cara.
- ¿Dónde vas con tanta prisa?
Me vuelvo, el torso verde me está hablando. Me encuentro con B, compañero de carrera y colega de profesión. Trabaja en el hospital desde hace seis o siete años. En alguna ocasión nos hemos visto, de pasada, por estos pasillos. Siempre un breve saludo y su ofrecimiento por si necesito algo relacionado con temas médicos. Sin más. Hoy trabaja en el turno de tarde, no lleva prisa. Besos al aire, como suelen ser siempre esos besos... Tú qué tal... Yo bien... ¿Sigues entre montes?... Allí sigo... Esperando la resolución de la OPE, supongo... Supones bien... Oye, si no llevas prisa, ¿quieres un café? Y tomamos un café.
Y como sucede en estos casos, en los que el tiempo ha borrado, inexorablemete y sin dejar rastro, cualquier cosa común que nos una, -salvo que somos colegas de profesión y que fuimos compañeros de clase-, durante una hora hemos revivido momentos, compañeros, nombres, lugares, y un maravilloso año 92, en el que fuimos vecinos de bloque. Ellos, en el cuarto; y nosotras, en el segundo de un piso de la calle Toledo. Hemos rememorado un par de fiestas de jueves noche, tardes de té con limón en el segundo, y de Giro de Italia en el cuarto, celebrando la maglia rosa de Miguel Indurain en aquella inolvidable contrarreloj en medio de exámenes finales.
G, compañera de piso por entonces, él y yo salíamos a correr todas las tardes, a un parque cercano. Las carreras concluían divergentes, yo seguía ruta hasta regresar a la calle Toledo, y ellos seguían su particular maratón de tonteos y besos. Me ha preguntado por todas; por R, por T, por B y se ha detenido en ella, en G... "Vive en Granada, no sé si sabes que abandonó químicas y se fué allí, a hacer no sé qué cosa, Relaciones Públicas, creo, no sé si lo terminó, pero se casó allí, y allí vive. Tiene dos niños. Coincidimos hace poco, está guapísima, como siempre"... "Es guapísima"... Y ese guapísima, que parecía habérsele escurrido de sus labios sin querer, se ha acompañado de su sonrisa de niño malo y de unos ojos evocando a la nostalgia... Prosigue: "Era guapísima, pero estaba como las maracas de Machín, la contradicción personificada, celosa, posesiva... a mí me tenía en jaque"... "Sí, y los celos con los golfos hacen malas migas"... Mi apreciación le provoca risa, nos reímos... Prosigo: "Pero tú sabes que a los veinte parece que el mundo tan pronto empieza como acaba, y quien no lo siente así a esa edad es que no da más de tres en la escala de Glasgow, ¿no crees?" Sonríe. "Sí, sí lo creo". Una pausa para bajar los ojos y mirar una taza de café vacía. "Si la vuelves a ver, dale recuerdos míos". "Se los daré". He omitido decirle que, en alguna ocasión, de las pocas que coincidimos, ella me preguntó por él, y también me dió sus recuerdos para él... "si coincides con él"... Y hoy coincido, pero no le digo nada, después de todo, hace demasiado tiempo de eso.
Concluímos hablando de mis hijas y de sus hijos, y no le he preguntado por T, otra T, su mujer, porque no sé si siguen juntos, ella es trece años mayor que él y nadie daba un duro por aquello, que parecía más el calentón de una guardia que el ideal de pareja. Él, un golfo encantador con una chispa de timidez, joven y atractivo, y enfermero. Ella, una cuarentona, más bien destartalada, poco atractiva fisicamente, y médico -este dueto suele darse con frecuancia en nuestro gremio, las guardias unen mucho-. No la nombra y yo no pregunto. Terminamos hablando del aquí y ahora, después de desnudar el tiempo y de atraparlo, de revivirlo y de volverlo a guardar, para que siga custodiando los recuerdos.
Y ahora volvamos, tú tienes trabajo, estás de tardes, ¿o ya no te acuerdas?, y yo me voy, que ya son las cuatro y diez...
Disertaciones sobre el amor y el amar
Hay amores desmedidos, si es que al amor cabe el atributo de medible o cuantificable, como resulta inconmensurable e incuantificable el universo, o la profundidad del mar a los ojos del poeta, o a los míos... ¿dónde empieza?... ¿dónde acaba?... ¿empieza donde acaba?... ¿acaba donde empieza?
El amor desmedido es matemático: amor elevado a infinito es tan indeterminado como lo es 1 elevado a infinito... uno por uno es uno, y por uno es uno, y por uno... y eternamente por uno... indeterminado, un misterio.
Hay amores que matan, que se clavan como dagas, y como sanitaria sé que un puñal clavado no conviene desclavarlo... y clavado va matando, y si lo desclavas mueres desangrado.
Hay amores interesados. "Cambio hija por fombra", propuso un marroquí de venta ambulante a la madre de una amiga mía. El trato no convino y el marroquí se fue con su fombra a otra puerta.
Hay quien llega a ese acuerdo, "cambio jarrón chino en mi salón por tarjeta de crédito", sexo por dinero, o a veces ni eso, simplemente un bello cuerpo que llevar del bracete a las fiestas de sociedad, y cada uno que ame, o folle, por donde pueda, pero un trato es un trato. Hay a quien le va bien.
Hay amores divinos, consagrados: a Alá, a Yavé, a Ra, a Buda... Caricias divinas para corazones inquietos que sienten la llamada más allá de lo mundano. ClAmor ComPrometido, o Brisa y Arena, de mi paisano Alejandro Fernández Barrajón, un testimonio de vida, de Amor que se deja por escrito cuando desborda el alma, joven y enamorada, cuando se tiene " la certeza de una Presencia que te envuelve y te habla al corazón con palabras más reales que las que salen de la garganta. No se oyen con estos oídos sino con los oídos del alma".
Y hay que sentir mucho Amor para desoír lo mundano y oír el susurro del Alma.
Y por último, hay amores en su justa medida, cuyo mayor riesgo es pasar inadvertido. Pierde la atribución de inconmensurable y suele ir de la mano del desamor. Es el que termina en los juzgados, o bien dura para toda la vida, mientras, a falta de mar, se construye un lago. Pero hay a quien le va bien.
El amor desmedido es matemático: amor elevado a infinito es tan indeterminado como lo es 1 elevado a infinito... uno por uno es uno, y por uno es uno, y por uno... y eternamente por uno... indeterminado, un misterio.
Hay amores que matan, que se clavan como dagas, y como sanitaria sé que un puñal clavado no conviene desclavarlo... y clavado va matando, y si lo desclavas mueres desangrado.
Hay amores interesados. "Cambio hija por fombra", propuso un marroquí de venta ambulante a la madre de una amiga mía. El trato no convino y el marroquí se fue con su fombra a otra puerta.
Hay quien llega a ese acuerdo, "cambio jarrón chino en mi salón por tarjeta de crédito", sexo por dinero, o a veces ni eso, simplemente un bello cuerpo que llevar del bracete a las fiestas de sociedad, y cada uno que ame, o folle, por donde pueda, pero un trato es un trato. Hay a quien le va bien.
Hay amores divinos, consagrados: a Alá, a Yavé, a Ra, a Buda... Caricias divinas para corazones inquietos que sienten la llamada más allá de lo mundano. ClAmor ComPrometido, o Brisa y Arena, de mi paisano Alejandro Fernández Barrajón, un testimonio de vida, de Amor que se deja por escrito cuando desborda el alma, joven y enamorada, cuando se tiene " la certeza de una Presencia que te envuelve y te habla al corazón con palabras más reales que las que salen de la garganta. No se oyen con estos oídos sino con los oídos del alma".
Y hay que sentir mucho Amor para desoír lo mundano y oír el susurro del Alma.
Y por último, hay amores en su justa medida, cuyo mayor riesgo es pasar inadvertido. Pierde la atribución de inconmensurable y suele ir de la mano del desamor. Es el que termina en los juzgados, o bien dura para toda la vida, mientras, a falta de mar, se construye un lago. Pero hay a quien le va bien.
Cuenta una leyenda...
Cuenta una leyenda que Leonor, hija del Marqués de Trabancos, había sido prometida en matrimonio, desde la cuna, para saldar una deuda entre dos feudos. El prometido en cuestión era Don Armando Guzmán, Conde de Madrigal, viudo, viejo y despiadado.
Sigue contando esta leyenda que la joven Leonor ofreció cuerpo y alma a Dios, para escapar de su destino. Y así lo hizo, escapando de lo humano y abrazando lo Divino. A sus dieciocho años entró de novicia en el convento de las Clarisas. Don Armando no tuvo más remedio que acatar, no sin desagrado, aquella beata decisón, y por temor a un mal divino tragó con lo acontecido y no reclamó más deuda, dejando escapar su pago.
Cuenta una leyenda que en el convento de las Clarisas había una novicia de voz angelical, de ojos de luna, de rostro sutilmente cincelado, y labios perfilados rellenos de rojo algodón. Cuentan que por las noches se la oía cantar, y que al Cristo de la Cruz, todas las mañanas, le aparecían sendas lágrimas rojas en ambas mejillas. Alertadas las hermanas y el mismísimo obispo, la Iglesia comenzó a indagar en el misterio.
Cuenta una leyenda que a orillas de un río, bajo un puente romano, un joven llamado Don Diego Guzmán, hijo del Conde de Madrigal, todas las noches de luna, recitaba poemas de amor a la joven de sus sueños. La había soñado cientos de veces... su rostro amado... su rostro imaginado... de voz angelical, de ojos de luna, de rostro sutilmente cincelado, de labios perfilados rellenos de rojo algodón.
Cuenta una leyenda que una noche de luna, a orillas de un río, bajo un puente romano, una joven de gran belleza apareció entre la maleza, y sompredió a un joven poeta.
Cuenta una leyenda que una canción y un verso enamorado se encontraron, se rozaron, se besaron, se descubrieron, y asidos en uno al otro, susurraron poemas y canciones, hasta languidecer la noche en un suspiro enamorado.
Y cuenta una leyenda que nunca más se supo de una novicia del convento de las Clarisas, que desapareció una noche de luna. Ni del hijo del Conde de Madrigal, que desapareció una noche de luna. Que a la orilla de un río, debajo de un puente romano, a la entrada de un tunel secreto que unía la rivera con el convento de las Clarisas, se halló la ropa de un hombre y el hábito de una monja.
Y cuenta la leyenda que desde tan extraño hallazgo, se resolvió el misterio de las lágrimas del Cristo Enamorado, que por fin dejó de llorar.
Y cuenta esta leyenda que en claras noches de luna, el caudal del río enmudece, y bajo un puente romano se oye susurrar:
Osé besar, mi dulce amado,
la fina seda de tus labios,
bebí del licor prohibido, envenenado
envenanada de amor prohibido,
enferma de amor enamorado,
envenenada de amor,
de tus labios bebido por mis labios.
Etiquetas: romance
Extraña en el paraiso
Esta semana comenzó extraña, siguió anodina y se torna confusa. Sentimientos en turbios mares de contradicciones, revelaciones como bombas nucleares por lo inesperadas, revolver de tripas una vez más, en jaque una vez más; dos torres a cada lado y la reina en frente... no me queda más remedio que volar para salvar el pellejo... El ojo del huracan me ha pillado de lleno, me lanza al vacío una vez más, después de darme vueltas y más vueltas en su demoledora espiral para llegar al mismo sitio... Fuera de lugar, una vez más, y ya van... he perdido la cuenta... La vida va y viene, las sombras se encogen y se alargan, las luces parecen languidecer, extinguirse, y mis midriáticas pupilas arden y se ciegan ante un repentino resplandor... ciega...caminar a tientas... como cuando era pequeña y jugaba con mis hermanos a la gallinita ciega , con mi hermana en nuestro jardín secreto... secretos... ¡Joder, que espesita ando hoy! Es normal, no he dormido bien, y cuando no duermo la tensión arterial me baja a los tobillos y la marea inunda mi cerebro. Siento vértigo.
Es una sensación inquietante ésta, la de sentirme extraña en el paraiso, en mi particular paraiso. Qué genialidad la de Tereci Moix, qué genialidad de título para un libro, para una vida, qué acierto...
Y alguien me ha dicho hace unas horas: ahora vas a pensar que eres tú el único huevo que no ha salido güero. ¡Qué gracia!, ¡qué paradojas!, ¡qué ironías de la vida! Toda mi puñetera vida creyéndome la oveja negra, la más contestona, la más reivindicativa, la que llegaba a deshora, después de su hermano mayor, a la que su madre reprendía por la tardanza, llamándola moza rondona... en un tiempo en el que llegar a deshora era salir corriendo al oír las doce campanadas, en donde todas las princesas nos recogíamos en casa, para no convertirnos en cenicientas a merced de la noche... Nunca perdí ningún zapato en la huida, nunca creí en los príncipes que van tras zapatos. Absurdos cuentos de hadas. Eso lo sé ahora.
La torre de naipes que construía, pacientemente, encima de una mesa redonda de una pequeña salita de estar, en la parte trasera de un pequeño estanco con olor a papiro, a tabaco de pipa, a habanos, y a piruletas de fresa... en mis tardes de domingo, al calor de un brasero de picón, a mis ocho años, bajo la atenta mirada de mi tío Leonardo, mientras él jugaba un eterno solitario al que parecía no prestar atención, pero que, al muy suertudo, siempre le salía... mi torre de naipes se ha vuelto a desmoronar, como las Torres Gemelas, volatilizada... polvo...nada. Siempre se me venía abajo cuando sólo quedaba coronarla... Nunca me invadió la rabia, volvía a recogerlas con tranquilidad, - no había prisa, a los ocho años no existía el tiempo-, y volvía a empezar: primero una fila de siete, encima una fila de cinco, encima una fila de tres, encima una de dos, por último el tejado, y mi bandera... Por fin, el éxito... la compensación a mi paciencia, a mi perseverancia, a mi cabezonería, a mi tesón... Por fin, mi torre de naipes, intacta.
En este preciso instante, recojo pacientemente mi torre de naipes para volver a empezar...

Es una sensación inquietante ésta, la de sentirme extraña en el paraiso, en mi particular paraiso. Qué genialidad la de Tereci Moix, qué genialidad de título para un libro, para una vida, qué acierto...
Y alguien me ha dicho hace unas horas: ahora vas a pensar que eres tú el único huevo que no ha salido güero. ¡Qué gracia!, ¡qué paradojas!, ¡qué ironías de la vida! Toda mi puñetera vida creyéndome la oveja negra, la más contestona, la más reivindicativa, la que llegaba a deshora, después de su hermano mayor, a la que su madre reprendía por la tardanza, llamándola moza rondona... en un tiempo en el que llegar a deshora era salir corriendo al oír las doce campanadas, en donde todas las princesas nos recogíamos en casa, para no convertirnos en cenicientas a merced de la noche... Nunca perdí ningún zapato en la huida, nunca creí en los príncipes que van tras zapatos. Absurdos cuentos de hadas. Eso lo sé ahora.
La torre de naipes que construía, pacientemente, encima de una mesa redonda de una pequeña salita de estar, en la parte trasera de un pequeño estanco con olor a papiro, a tabaco de pipa, a habanos, y a piruletas de fresa... en mis tardes de domingo, al calor de un brasero de picón, a mis ocho años, bajo la atenta mirada de mi tío Leonardo, mientras él jugaba un eterno solitario al que parecía no prestar atención, pero que, al muy suertudo, siempre le salía... mi torre de naipes se ha vuelto a desmoronar, como las Torres Gemelas, volatilizada... polvo...nada. Siempre se me venía abajo cuando sólo quedaba coronarla... Nunca me invadió la rabia, volvía a recogerlas con tranquilidad, - no había prisa, a los ocho años no existía el tiempo-, y volvía a empezar: primero una fila de siete, encima una fila de cinco, encima una fila de tres, encima una de dos, por último el tejado, y mi bandera... Por fin, el éxito... la compensación a mi paciencia, a mi perseverancia, a mi cabezonería, a mi tesón... Por fin, mi torre de naipes, intacta.
En este preciso instante, recojo pacientemente mi torre de naipes para volver a empezar...

Y el muy cabrón me lleva hasta él...
Sé el porqué de tener, precisamente hoy, esa canción en mi cabeza, no dejo de tararearla desde esta mañana. Casi no recuerdo la letra... No quiero estar sin ti, si tú no estás aquí me sobra el aire. No quiero estar así, si tú no estás la gente se hace nadie. Si tú no estás aquí no sé que diablos hago amándote...Si tú no estás aquí, de Rosana. A mí nunca me gustó Rosana.
Y de esto también sé el porqué: he necesitado comprobar que ya no estaba; un banco de abdominales que se quedó en el almacén del Centro de salud, en un ángulo oscuro, cubierto de polvo, sin que nadie se atreviera a tocarlo, esperando que alguien viniese a recogerlo. Y alguien vino a recogerlo, meses después. Ese banco era de Carlos... Hoy me acuerdo de Carlos, aquel compañero granadino, rubio dorado como el trigo de verano, presumido, coqueto, juguetón -bastaba con lanzarle un ovillo de lana para que saltara a nuestro alrededor-, chulesco, dinámico, de exultante juventud derramándosele por todos los poros... Y también sé porqué tarareo esta canción... Le encantaba esta canción, y yo me reía de él... "Carlitos, no te pega que te guste Rosana, no sé, te pegan más los Hombres G"... Y él me decía "No me gusta Rosana, me gusta esta canción de Rosana. A ver cuándo tienes el detalle, con esa guitarra que guardas en el armario, y la cantas para mí"... Y no me dió tiempo, él se fué antes, el kilómetros/hora de su coche se detuvo para siempre en no importa qué número, y el de su vida se quedó a cero... para siempre...
Aquellos ojos azules, bellísimos por su inocencia, inmensos por su dulzura, profundos por su transparencia, nunca desvelaron su tragedia. Aquella sonrisa cautivadora, de niño feliz y mimado, nunca insinuó nada de aquella vida tan perra.
A Carlos y a su hermano pequeño los crió su abuela. Su madre había muerto, la mató su padre. El miserable cabrón cumplía condena... ¡Quién lo diría!, mirando esos ojos... ¡Quién lo diría!, cada vez que nos regalaba una sonrisa... Nadie podría decirlo, ni tan siquiera sospecharlo, si no fuese porque él lo desvelaba sin el menor atisbo de resentimiento, abnegado a lo que, en suerte, puta suerte, le había tocado vivir. Para él no existía más realidad que su hermano y su abuela, el resto del mundo parecía sobrarle. De su tragedia nunca hizo una tragedia. Ésa era su manera de sobrevivir.
Pero Carlos tenía su particular cuenta pendiente con la vida, y día tras día le echaba un pulso, a ver quién corría más, a ver quién llegaba antes, a ver quién le robaba minutos al tiempo... y día tras día, la vida se dejaba ganar... Y Carlos sonreía... Hasta que la vida se volvió desatenta, aburrida ante el eterno reto, y entonces apareció ella, al acecho... Cuando la vida se vuelve desatenta, la parca se afila las uñas, se relame sus libidinosos labios negros y babea.
Esta mañana he atendido un accidente de moto... Y aquí te quería yo ver, ¡cabrón! Aquí, en mi terreno, donde mando yo, donde yo soy el ama, donde te tengo a mi merced, donde no eres nadie... Ahora eres tú el despojo. Y ¡vamos!, ¡desnúdate!, no es que me importe lo que te has hecho, sinceramente, me importa una mierda... De las pocas cosas que en esta vida me importan eso, una mierda, tú eres una de ellas. Enseñamé la pupita que te has hecho, y hazlo tú, porque yo no pienso mover un dedo para ayudarte, a ver si se parece a la de ella. Has tenido suerte, sí, has tenido estrella, esa que se tiene o no se tiene, y mira por donde, un hijo de puta como tú nace con ella, porque cuando te has estrellado contra el suelo, la vida estaba atenta y, por lo que se ve, la muerte dormía en los laureles... ¡Hay que joderse!... Y sigues teniendo suerte, la suerte de haber dado con una profesional, que profesionalmente no puede dejar que a tus piernas y a tus manos se las coma la gangrena, o el tétanos, porque si me dejara llevar por las tripas, no habría compasión... Sí, esa es tu suerte. Y ahora vete, con tus heridas limpias y vendadas con el mayor de mis desprecios, y no me queda más remedio que seguir atendiéndote, no sin escupir cada vez que te vayas y sin que se me pase por la cabeza la Ley de Talión... ojo por ojo... golpe por golpe... los que le curé a ella, los que le descubrí, limpié y desinfecté con celoso mimo, para que dolieran lo menos posible, con esmero, para que sanaran pronto, porque su indefensión la sentí mía, y la impotencia no me dejó dormir aquella noche. Pero no le pude limpiar la más grande, la que más le dolía, la que más sangraba: la que tú le abres en el alma cuando te viene en gana. ¡Maldito cabrón! ¡Qué suerte la tuya!
Y sigo tarareando a Rosana
Y de esto también sé el porqué: he necesitado comprobar que ya no estaba; un banco de abdominales que se quedó en el almacén del Centro de salud, en un ángulo oscuro, cubierto de polvo, sin que nadie se atreviera a tocarlo, esperando que alguien viniese a recogerlo. Y alguien vino a recogerlo, meses después. Ese banco era de Carlos... Hoy me acuerdo de Carlos, aquel compañero granadino, rubio dorado como el trigo de verano, presumido, coqueto, juguetón -bastaba con lanzarle un ovillo de lana para que saltara a nuestro alrededor-, chulesco, dinámico, de exultante juventud derramándosele por todos los poros... Y también sé porqué tarareo esta canción... Le encantaba esta canción, y yo me reía de él... "Carlitos, no te pega que te guste Rosana, no sé, te pegan más los Hombres G"... Y él me decía "No me gusta Rosana, me gusta esta canción de Rosana. A ver cuándo tienes el detalle, con esa guitarra que guardas en el armario, y la cantas para mí"... Y no me dió tiempo, él se fué antes, el kilómetros/hora de su coche se detuvo para siempre en no importa qué número, y el de su vida se quedó a cero... para siempre...
Aquellos ojos azules, bellísimos por su inocencia, inmensos por su dulzura, profundos por su transparencia, nunca desvelaron su tragedia. Aquella sonrisa cautivadora, de niño feliz y mimado, nunca insinuó nada de aquella vida tan perra.
A Carlos y a su hermano pequeño los crió su abuela. Su madre había muerto, la mató su padre. El miserable cabrón cumplía condena... ¡Quién lo diría!, mirando esos ojos... ¡Quién lo diría!, cada vez que nos regalaba una sonrisa... Nadie podría decirlo, ni tan siquiera sospecharlo, si no fuese porque él lo desvelaba sin el menor atisbo de resentimiento, abnegado a lo que, en suerte, puta suerte, le había tocado vivir. Para él no existía más realidad que su hermano y su abuela, el resto del mundo parecía sobrarle. De su tragedia nunca hizo una tragedia. Ésa era su manera de sobrevivir.
Pero Carlos tenía su particular cuenta pendiente con la vida, y día tras día le echaba un pulso, a ver quién corría más, a ver quién llegaba antes, a ver quién le robaba minutos al tiempo... y día tras día, la vida se dejaba ganar... Y Carlos sonreía... Hasta que la vida se volvió desatenta, aburrida ante el eterno reto, y entonces apareció ella, al acecho... Cuando la vida se vuelve desatenta, la parca se afila las uñas, se relame sus libidinosos labios negros y babea.
Esta mañana he atendido un accidente de moto... Y aquí te quería yo ver, ¡cabrón! Aquí, en mi terreno, donde mando yo, donde yo soy el ama, donde te tengo a mi merced, donde no eres nadie... Ahora eres tú el despojo. Y ¡vamos!, ¡desnúdate!, no es que me importe lo que te has hecho, sinceramente, me importa una mierda... De las pocas cosas que en esta vida me importan eso, una mierda, tú eres una de ellas. Enseñamé la pupita que te has hecho, y hazlo tú, porque yo no pienso mover un dedo para ayudarte, a ver si se parece a la de ella. Has tenido suerte, sí, has tenido estrella, esa que se tiene o no se tiene, y mira por donde, un hijo de puta como tú nace con ella, porque cuando te has estrellado contra el suelo, la vida estaba atenta y, por lo que se ve, la muerte dormía en los laureles... ¡Hay que joderse!... Y sigues teniendo suerte, la suerte de haber dado con una profesional, que profesionalmente no puede dejar que a tus piernas y a tus manos se las coma la gangrena, o el tétanos, porque si me dejara llevar por las tripas, no habría compasión... Sí, esa es tu suerte. Y ahora vete, con tus heridas limpias y vendadas con el mayor de mis desprecios, y no me queda más remedio que seguir atendiéndote, no sin escupir cada vez que te vayas y sin que se me pase por la cabeza la Ley de Talión... ojo por ojo... golpe por golpe... los que le curé a ella, los que le descubrí, limpié y desinfecté con celoso mimo, para que dolieran lo menos posible, con esmero, para que sanaran pronto, porque su indefensión la sentí mía, y la impotencia no me dejó dormir aquella noche. Pero no le pude limpiar la más grande, la que más le dolía, la que más sangraba: la que tú le abres en el alma cuando te viene en gana. ¡Maldito cabrón! ¡Qué suerte la tuya!
Y sigo tarareando a Rosana
Oda al fuego
A ti, que quemas por los ojos
cuando eres ira.
A ti, que te desatas por la boca
cuando eres rabia.
A ti, que ardes en las entrañas
cuando eres deseo.
A ti, que carbonizas el alma
cuando eres dolor.
A ti, que devoras el cuerpo
cuando eres pasión.
A ti, remanso y sosiego
cuando eres hogar.
A ti, compañero de silencio
en horas de soledad.
A ti, cobijo y abrigo
cuando tiemblo aterida.
A ti, que contemplar tu llama vivaz
es nostalgia y anhelo.
A ti, que me devuelves mi niñez
al oír el chasquido
de la leña retorciéndose,
muriendo contigo.
A ti, fuego de troncos de olivo.
A ti, fuego de mi hoguera.
A ti, dentro de mí. Fuego.
cuando eres ira.
A ti, que te desatas por la boca
cuando eres rabia.
A ti, que ardes en las entrañas
cuando eres deseo.
A ti, que carbonizas el alma
cuando eres dolor.
A ti, que devoras el cuerpo
cuando eres pasión.
A ti, remanso y sosiego
cuando eres hogar.
A ti, compañero de silencio
en horas de soledad.
A ti, cobijo y abrigo
cuando tiemblo aterida.
A ti, que contemplar tu llama vivaz
es nostalgia y anhelo.
A ti, que me devuelves mi niñez
al oír el chasquido
de la leña retorciéndose,
muriendo contigo.
A ti, fuego de troncos de olivo.
A ti, fuego de mi hoguera.
A ti, dentro de mí. Fuego.