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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El niño con el pijama de rayas de John Boyne
Sindicación
 
Hay días...
Hay días en los que Atlas parece haberse cansado de sostener la bóveda del cielo sobre sus hombros y me impone su castigo, así, sin avisar.

Hay días en los que el pie izquierdo le propina una patada al derecho para que, de una puñetera vez, salga de la cama, y al resto del cuerpo no le queda más cojones que ir detrás.

Hay días en los que lo mismo me da que me da lo mismo, y rea en mi propia carcel, arrastro la condena de la desidia y el desencanto.

Hay días que en medio de un sol radiante, inopinadamente, llueve en el alma (permítame Baricco que le robe frases), intoxicada de no sé qué extraño mal.

Hay días que soy un nudo de garganta.

Hay días en los que no sé si escalar la cumbre más alta o dejarme caer en las cloacas.

Hay días en los que al espejo no le sale devolverme mi reflejo y otros en los que se le antoja darme un bofetón.

Hay días en los que el agua de la ducha no moja, tan solo resbala por el pelo, por la cara, por los hombros, por el pecho, por el vientre, por el sexo, por las piernas hasta el suelo, y el vapor no empaña la mampara.

Hay días en los que por mucho agua que beba no se sacia mi sed, en los que el oasis sí es un espejismo en medio del delirio en mi desierto.

Hay días de silencios y ausencias, y otros de ausencias y silencios... uno de esos días en los que no me encuentro.

Menos mal que sólo son días...
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Cine, cine...
Ayer me harté de ver a Bardem en todos los telediarios de todas las cadenas de televisión. Hacía zapping, una y otra vez, buscando la imagen aquí y allá. La noticia era la esperada y lo que yo deseaba ver era a Bardem en movimiento, subiendo las escaleras y dirigiéndose a su público, al que estaba allí y al que no estaba pero estaba.
Me encantó su sonrisa de golfo, su atropellado discurso que fue un apunten, disparen: fuego... directo al corazón del Cómico Español, de los actores y actrices españoles. Sí, señor, "porque vosotros, los cómicos, habeis engrandecido este oficio". Me encantó ese cigarrito que se encendió con esa chulería propia de los triunfadores y que remató con ese desprecio a la chispa de la vida por un trago de cerveza... Chulo y estravagante, coño, como merecía la ocasión.
Y no fue la saltarina "Pe", que estuvo comedida -o contenida- y radiante -como no, con ese vestido hecho exclusivamente para ella y para la ocasión, que le habrá costado un dineral (no puedo evitarlo, soy mujer)- aunque el peinado era de lo más cateto (no puedo evitarlo, soy mujer), sino una Jennifer Hudson, muy bien peinada... ¿Cómo?¿nadie se fijó en su peinado?, ¿pues en qué se fijaron entonces?, exuberante... ¡qué barbaridad, unas tanto y otras tan poco!...decía, la que, tarjeta en mano, anunció el nacimiento de una nueva estrella... manida y odiosa frase, por otra parte... La estrella, el astro mejor dicho, ya brillaba con luz propia desde hacía mucho, como tantos otros, ¿es tan necesario que sean los americanos quienes nos lo recuerden? En fin, que me pierdo y éste es otro tema.
Cuando vi a Bardem allí arriba me acordé de que yo, con ocho años, quería bailar claqué como Ginger Rogers, que lo hacía fenomenal junto a Fred Aster en aquellas películas de Sesión de tarde de los sábados, aunque fuese en blanco y negro. Me acordé de lo mucho que me hicieron reír el Gordo y el Flaco, y de lo triste que me resultaba la cara de Buster Keaton, y de lo mucho que me gustaban los ojos chispeantes, la garrota y el bombín de Charlie Chaplin y sus andares de vacilón. Recordé a Harold LLoyd, péndulo de aquel reloj, o de cualquier cosa que le dejase colgando en el vacío, pero ahí estaba él, el único y verdadero hombre araña de la historia del cine, encaramándose por la alturas y saltando sin red. Y los de Matrix, ¿qué se habrán creído los de Matrix?, si ya Harold LLoyd levitaba sin necesidad de efectos especiales. Recordé que Leonor ha querido ser Hilda y desenfundar guantes en más de una ocasión -para eso se ha vuelto pelirroja- o heroína de comedia romántica, al estilo de la Hepburn en Historias de Filadelfia...
Y al dedicar su hombrecillo dorado a los cómicos españoles, recordé a Amparo Rivelles en La calle sin sol, a Carlos Larrañaga en El extraño viaje, de Fernando Fernán Gómez, a José Suárez en Calle Mayor, a Alberto Closas en Muerte de un ciclista, estas últimas de José Antonio Bardem... Y me estoy dando cuenta que nuestro cine y nuestros actores son una Gran Familia en la que ya no todo queda en casa, transgrede fronteras y demuestra que aquí hay, además de mucho trabajo bien hecho, mucho talento... Recordaba a tantos y tantos que amenizaron mis tardes de los sábados, o largas noches de invierno, cuando las chicas salíamos a las cinco de la tarde y nos recogíamos a las ocho de la noche. Todos ellos grandes en la pantalla y, muchos de ellos, colosos sobre un escenario de teatro... nostalgia y anhelos de Estudio 1.
Por todas estas cosas que me hacen soñar, más cine, por favor, que todo en la vida es cine y los sueños, cine son.
Canta Aute: Cine, cine
 
El salto
Sentado en el aféizar de la ventana de un sexto piso, intentaba liar un porro. Sus piernas colgaban al vacío y su espalda miraba hacia una cama, tan vacía como el vacío, de sábanas revueltas. Humedeció el papel con su lengua, y su saliva cuncluyó con éxito su tarea. Miró a un lado y a otro; ni un alma. Miró su reloj. No tenía reloj. Desde su privilegiado palco podía ver la torre de la catedral y su enorme reloj. No alcanzaba a ver las agujas, sí a oír el tañido de las campanas... uno...dos... tres... Este último se perdía en el silencio de la noche, en espera de un cuarto que no llegó. Las tres de la madrugada. Rebuscó, inútilmente, entre su ropa...
- Seré gilipollas- dijo. Los pijamas no tienen bolsillos, y si los tienen, uno no se guarda en ellos un mechero... tal vez un clines, pero ¿un mechero?, no- pensó. No hay cosa más absurda e inútil que el bolsillo de un pijama- dictaminó para sí mismo.
Volvió a echar un vistazo a la calle desierta.
- Vaya, voy a tener suerte- se dijo. Nunca falta alguien paseando a un perro. ¡Oiga!, ¡aquí! ¿Tiene fuego? - vociferó.
El noctámbulo callejero apuntó con sus ojos hacia arriba, sujetó la correa con fuerza y detuvo a Satanás. Le ordenó sentarse y tanteó los bolsillos de su chandal Adidas.
- No, lo siento, no fumo- y prosiguió su paseo nocturno, como si encontrarse a hombres sentados en las ventanas de un sexto piso fuese la cosa más normal del mundo. Se perdió en la primera esquina, entró en la primera puerta del primer bloque de la Calle Azucena, subió las escaleras hasta un cuarto sin ascensor, dió tres vueltas de llave a la puerta del 4ºE y, antes de entrar, ordenó silencio a Satanás. Recorrieron con sigilo el pasillo de tarima flotante hasta llegar a la terraza. Allí liberó a Satanás y le volvió a ordenar
- Ahora no te quiero volver a oír, maldito chucho. Y le zarandeó sus orejas y sus mofletes, dándole un beso en la frente.
Volvió tras sus pasos y, ya en el dormitorio, se desnudó a oscuras y alivió el frío de la noche perdiéndose en el calor del mismo cuerpo desde hacía quince años. Rodeó su cintura, se enredó entre sus piernas y besándo su mejilla, le dió las buenas noches.
- ¡Qué haría yo sin ti, Manuel!
Y pecho contra espalda, los dos hombres caían en los brazos de Morfeo.
En el aféizar de la ventana de un sexto piso, un joven de veinticinco años tenía un porro intacto entre las manos. Miró su reloj. No tenía reloj. Alzó la vista a la cúpula de la catedral y a su inmenso reloj. No conseguía ver. Pensó que era tarde. Miró la calle desierta y , definitivamente, pensó que si se dejaba caer nadie se daría cuenta, no habría curiosos que le rodeasen y pensasen porqué lo hizo, que se lamentasen de su juventud desaprovechada, y suspirasen por la infelicidad de la vida. Además, seguro que el primero que se lo encontraría sería su vecino del tercero, que todos los días salía a trabajar a las cinco.
-Y a ese tonto de los cojones no le voy a dar el gusto.
Recogió sus pies, helados como gotas de rocío, se dejó caer dentro y sintió un dolor inmenso en sus entumecidas piernas al ponerse en pie. Miró el despertador de su mesita; marcaba las cuatro quince... tan solo tres horas para un nuevo amanecer. Y metiéndose entre las sábanas, buscó una razón para no colgarse de nuevo en la ventana.
 
Cierto, nunca se olvida
"Un día, Dios dibujó la boca de Jun Rail. Y fue entonces cuando se le ocurrió aquella extravagante idea del pecado"
Y si, alguna vez, a Dios se le pasó por su eterea y divina cabeza reflejar la Eternidad sobre algun mortal, fue aquel día en el que dió luz a los ojos negros de Paquito, aquel niño de seis años, de primero de EGB, al que todas las niñas queríamos abrochar el babi y ponernos detrás -o delante- de él en la fila. Paquito tenía una piel blanca nacarada, cuando casi todos los demás la tenían tostada por las temperaturas extremas, fuese frío o calor. Sus ojos eran dos enormes faros de negros destellos que ejercían un hipnotismo propio de un encantador de serpientes. Su pelo era una tupida cabellera rizada, negro azabache, al que sucumbían los dedos de la maestra, que se perdían de vez en cuando entre sus juguetones caracoles. Paquito tenía aspecto de niño de ciudad y eso, en un pueblo de principios de los setenta, era un triunfo asegurado. Todos los demás, salvo dos o tres, tenían el tosco aspecto de los hijos de los jornaleros, labriegos o ganaderos. No había niña que no suspirase por Paquito, el hijo del boticario.
He ahí mi primer amor platónico infantil, que fue perdiendo fuerza e interés con el paso de los años sin motivo aparente, o que yo pueda recordar, de lo que se deduce que su olvido no resultó traumático. Recordé a Paquito el día que llevaba a mi hija de la mano y, suspirando, me dijo: ¿sabes una cosa, mamá?, Jesús es el niño al que más voy a querer toda mi vida. (Aquello mereció un beso)

Y llegó la adolescencia; ese caballo desbocado que galopa entre el ensueño y la estupidez. Y en sexto de EGB estaba la sonrisa más dulce de la Creación, vamos, que Diós, al pintarla, pensó en el antídoto de la melancolía. Esa sonrisa era de Luis Miguel.
Dicen que las mujeres nos solemos enamorar del más canalla.
Yo debo ser la excepción que confirma la regla, porque durante mi adolescencia, chico que me gustaba, chico que terminaba en un seminario... ¡se puede ser más cenizo!
Luis Miguel era de sobresaliente en todo. Era educado y respetuoso con las chicas, cosa inconcebible a esa edad, en la que la sobrecarga hormonal los conviertía en bombas de testosterona deseando estallar en el primer culo que se dejara pellizcar. Era el único sitio donde solían estallar, con el asumido riesgo de encontrarse con una patada inter miembros inferiores, una bofetada o la amenaza de "como se lo diga a mi hermano -o a mi padre- te vas a enterar, ¡guarro! ¡salido! " Como siempre, nosotras teníamos que vencer dos batallas: la hormonal y la educacional. Esta última era la que nos hacía defender nuestra decencia, nuestra recién adquirida condición de mujer, anegada de tabues transmitidos de madres a hijas generación tras generación, frente a los ataques de intentos de magreos o toques de trasero. Rara vez se llegaba más allá, sólo los más osados ensayaban besos, tan furtivos como fugaces, en los rincones del patio de recreo. Ellos lo intentaban y lo intentaban, hasta que encontraban a la víctima: la niña que les seguía el juego y daba rienda suelta a sus hormonas, con idéntica naturalidad que ellos, instintivamente igual. Así es como surgía la niña facilona y, a la postre, la del san benito de más puta que las gallinas (¡manda cojones!, que en el gallinero de mi madre haya un único gallo con un harén de veinte gallinas y, encima, las putas sean ellas. Pues así es todo). San benito colgado por ellos, por los que la buscaron para juguetear, y reforzado por el resto de las féminas que necesitaban de aquellas para reafirmar su decencia. El ser humano y sus miserias, desde la más tierna infancia.
Me perdí... yo estaba con Luis MIguel. No era el que más corría de la clase, no era el más chistoso, no era especialmente simpático, no era dicharachero... era inteligente, estudioso, tímido, buena gente, tranquilo... en definitiva, un muermazo, como diría mi amiga T (que, por cierto, ella donde pone el ojo sale un tío del armario... tío que le gusta, homosexual consumado, o deseando consumarse), pero un muermo que esa fase de estupidez transitoria a la que llamamos enamoramiento le mostraba especial, único y maravilloso. No me dió tiempo a despertar, o mejor dicho, desperté de súbito, porque el curso siguiente ingresó en el seminario, y aquello le hacía más inalcanzable aún. ¡Cachin diez!
Él también fue un amor platónico, pero no por eso menos sentido. Ocupa un lugar especial en el baúl de los despertares, de ese primer beso que nunca se da, y de ese abrazo que nunca se llega a sentir. Tal vez eso lo hace tan especial: el que nunca se dieron.
Es por eso que al ver su nombre y sus apellidos firmando en un blog que frecuento, me asaltaran mis doce años, el colegio José Antonio, un patio de recreo y la dulce sonrisa de mi primer amor secreto, ése que, ciertamente, nunca se olvida.
Y ya no me pregunto a dónde irán los besos que nunca llegan a darse, ni los abrazos, porque de tanto soñarlos quedan en el recuerdo como si se hubiesen dado.
 
caminos
Me contaba un día el tío Melchor -con esa afabilidad propia del lugareño hacia su visitante- que, durante los meses de invierno, la nieve se perpetuaba en el monte, y las calles del pueblo se aneganban del preciado tesoro helado durante días, hasta que varios hombres, ayudados por un tronco de árbol tirado por dos bestias (bueyes, mulas, asnos, o caballos), conseguían abrir pasos y puertas soterradas por centímetros y más centímetros de agua condensada. A veces, pasaban semanas sin poder salir de sus casas, hasta que el humilde sol de los días invernales provocara su lento deshielo.
"¡Buag, muchacha!", exclamaba con nostalgia," Eso era para verlo." Y sus ojillos, opacos por las cataratas, paracían recuperar el brillo de antaño. Y me seguía contando que cuando esto sucedia, el monte manaba agua ladera abajo y sus entrañas reventaban, derramándose por todas partes; por entre las piedras, por secretas madrigueras convertidas en accidentales fuentes, entre el suelo... La mismísima montaña se convertía en una gigantesca fontana que, generosamente, vertía su cristalino tesoro al Estena, hasta desbordarlo.
"No había año que no se desbordara el río, ¡chacho!, ¡cómo bajaba el agua por el Boquerón! ¡Aquello parecía el fin del mundo!" Mientras relataba, no dejaba su entretenimiento, con el que matar ahora su tiempo, -el que se acaba y, a la vez, sobra-, en sus largos días de invierno: un trozo de corcho entre las manos, al que trataba de dar forma con una navaja de filo gastado. Estaba sentado sobre un tajo (serijo hecho de planchas de corcho), al calor de una estufa de leña y frente a una diminuta ventana, que apenas si dejaba entrar la paupérrima luz del día.
Yo recogía, sin ninguna prisa, mis bártulos en el maletín, mientras escuchaba sus historias, llenas de nostalgia de tiempos pasados y anhelos de mocedades. Siempre se despedía con un "gracias, mujer, por haber venido. Otra vez que vengas te contaré..."

El tío Melchor murió hace unos años, ley de vida, a sus ochenta y muchos. De él conservo varias cucharas de madera, talladas a mano, y dos tajos de distinto tamaño, dignos de la casa rural más típica de la zona. Los hizo, expresamente, para mis hijas. Están hechos con la exquisitez de la veteranía y la perfección del que desea expresar su afecto con el mejor de los regalos. Dos tajos de un corcho que él mismo, vagando entre el monte, rebuscaba entre los restos de los troncos de alcornoque que habían dejado los corcheros y las máquinas de descorche, y que echaba en los cuevanillos de su burra, encaminandose hacia el pueblo, con la materia prima necesaria para sus horas de ocio, para sus largas horas de anciano de aldea.

Y tenía mucha razón, los inviernos aquí ya no son como antes -él nada sabía, ni había oído hablar, del cambio climático, a él se lo decía sus muchos años de vida y la ausencia de aquellas nieves perpetuas que, al recordar, alegraban su alma-; el monte rezuma de tarde en tarde, como las últimas gotas que vierte un odre en mitad del desierto. El río corretea bullicioso entre las piedras, y el estruendo de antaño se ha convertido en un sutil tintineo que serpentea agonizante entre montañas sedientas.

Antes de que el paraíso desaperezca, volveré a recorrer la senda que me lleva hasta el Boquerón del Estena, ésa que recorrí en tantas ocasiones cuando vivia allí, buscando fósiles que nunca encontré, reconociendo paisajes de los que me hablaban los más ancianos, adentrándome por senderos, entre jaras y romero, en busca de una necesaria soledad para el encuentro conmigo misma -tampoco me encontré, ni tan siquiera fosilizada-, en busca de una necesaria libertad, tantas veces contenida.
Evocaré las nieves perpetuas, y cerraré los ojos, para escuchar el estruendo -ese que parecía poner fin al mundo- de las aguas del río a su paso por el Boquerón.


Tramo del río Estena (acebo)
 
Sesión Clínica (Desenlace)
Ahí estaba nuestro House particular (admirador acérrimo del House ficción y de extravagancia similar) frente a dos jóvenes con problemas. Cuando el profesional trabaja en un centro de salud cuya población es más numerosa, y en donde los adultos jóvenes también son más numerosos, encontrarse con el caso abajo descrito está a la orden del día, por tanto, el manejo de la cuestión es más fluído.
En el caso de nuestro centro, en donde la mayoría de nuestra población ha conocido personalmente a Matusalén, la población joven es escasa y este, llamémosle problema de salud a secas, se plantea de muy tarde en tarde. Así es que nuestro House en cuestión tomó la determinación de mandarlos a casa a dormir, y los citó por la tarde para darse su tiempo de consultar telefónicamente con otros colegas y con las leyes. Además, -así lo expresaba en la mañana de la exposición de los hechos-, no hay quien pueda pensar con acierto cuando uno tiene a un tío hecho y derecho disfrazado de drag queen y una mata de pelos asomándole por el pecho, saliéndosele entre el enrejado de los pantis, y un pelucón enmarañado en la cabeza.

Los jóvenes acudieron a la cita de por la tarde, duchados, mal dormidos y disfrazados de gente corriente, y nuestro House hizo su disertación:
Punto primero: no exite abuso de menor cuando éste ha cumplido catorce años y consiente. Menor de catorce, consienta o no, es obligatorio parte al juzgado.
Punto segundo: La postcoital se administra a mayores de dieciseis años, previo consentimiento firmado de la susodicha y test de gestación, in situ, negativo. La Ley 41/2002 del 14/XI considera, a efectos del consentimiento, que la mayoría de edad es a los dieciseis años cumplidos. En todos los casos es imprescindible el consentimiento firmado.
En ningún caso se administrará la poscoital a ninguna menor de dieciseis sin el consentimiento firmado de su representante legal (padres o tutores), además de la posibilidad de recabar la colaboración de otros especialistas (psicólogo o psiquiatra) para decidir la madurez de la paciente y la repercusión emocional de los efectos del tratamiento. ¡Toma ya!

Y nuestro House concluyó diciendo: "Esto es lo que hay. Se lo tendrás que contar al que mejor se lo tome de los dos", dijo, dirigiéndose a la menor.
La noche de marras, imagino, se iba convirtiendo para ellos en una pesadilla y en un dulce muy amargo y dificíl de degerir. La niña, con más tetas que su madre, pero una niña, terminó llorando desconsoladamente. Ambos quedaron en volver horas más tarde, supuestamente acompañados por la madre o el padre de la menor..
Nunca más se supo.
Esa misma tarde, se presenta otra joven, sola, con el mismo problema... ¿Casualidad de las casualidades? ¿Esto sucede una vez cada dos o tres años en esta zona de salud, y en menos de 24 h, dos? ¿O es que todos usarán la marca de condones que refiere mi colega Estrella? El profesional actuó según protocolo y prescribió el fármaco.

"Creo que me han engañado vilmente, pero la ley no dice en ningún sitio que yo tenga que saber quién se toma el fármaco. Hasta el día de hoy, la paciente no tiene obligación de volver al centro y tomársela delante de mí. Es más, no creo, sé que me han engañado pero me siento mejor que si no lo hubiesen hecho. Espero que dentro de unas semanas no me cuentes que una de quince años ha venido a la consulta con un test de gestación positivo, porque entonces me va a dar algo."
A nuestro House sí le palpita el corazón.

Ahí queda la cosa.
 
Sesión Clínica
Esta mañana hemos comenzado la jornada con una sesión clínica.
El coordinador médico del Centro expone un caso acontecido en la madrugada del sábado de carnaval:

A las cinco de la madrugada acude al Centro de Salud una pareja. El joven, de unos veintipocos, iba disfrazado de drag queen, con el mismo glamour -me sugiere mi imaginación por lo que cuenta el compañero- que José Corbacho disfrazado de la Presidenta de la Academia en la entrega de los Goya. La joven, disfrazada de caperucita roja, tímida y refugiada bajo la axila de su drag de dos metros de altura, dejó que fuese éste el que expusiera el problema que requería la atención urgente:

Tras haber mantenido una relación sexual , se habían dado cuenta de que el preservativo estaba roto. Querían la píldora postcoital. Hay que ver qué preservativos más frágiles usan los jovencitos de hoy en día... Yo sé que no es imposible, pero es un rato difícil.

Primer problema que se plantea: Objeción de conciencia del profesional que atiende. En tal caso, el profesional debe garantizar la asistencia sanitaria de la paciente por otro compañero médico. Está obligado a ello bajo delito de denegación y abandono de asistencia sanitaria.
En este caso, el profesional médico no objeta y actua según protocolo, hasta que repara en un pequeño detalle: caparucita roja tiene quince años.

Segundo problema que se plantea: El compañero duda si debe hacer parte al juzgado por posible abuso de menores.
El drag, que acaba de caer en picado desde su plataforma, afirma que son pareja estable desde hace meses y que las relaciones son consentidas. Caperucita asiente tímida y, ahora, asustada.

Tercer problema que se plantea: la menor de edad necesita la autorización de su representante legal, es decir, padre o madre, además de la firma del consentimiento para la administración del fármaco por dicho representante legal.

Y aquí quería yo ver al sobrado de House.

Queda abierto el caso. Se admiten soluciones. Se admiten sugerencias sobre cuál ha sido el final o cómo se ha resuelto dicho caso.
Quedan abiertos eternos debates sobre objeciones de conciencia de los profesionales, educación sexual y sus responsables, relaciones sexuales "responsables", embarazos no deseados en nuestros adolescentes ( y digo NUESTROS, ellos y ellas), legalización del aborto sea cual sea el caso, etc, etc...