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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
¿Dónde su victoria?
Ayer tarde vi a mi primo Jesús caer abatido a los pies de la tumba de su madre, mi tía. La tumba se abría, después de nueve años, para acoger el féretro de su padre, mi tío. El día en que murió su madre, hace casi nueve años, mi primo tenía veintiseis años y su madre moría tras una larga enfermedad. Hoy hacía un intento inútil y desesperado por tocar el féretro, alargando los brazos hacia dentro y llorando como un niño, como si abrir esa tumba le hubiese devuelto el regazo perdido. Vana esperanza.
Pertenecí al coro de la iglesia de mi pueblo durante un tiempo. Durante años fui a la iglesia sólo porque me gustaba oír al coro (creo que siempre fue la única razón). Por otra parte, no hay acústica comparable a la de un temblo sagrado. Creo que no hay canción del Cancionero religioso juvenil que, al menos, no tararee, otras muchas se mantienen intactas en la memoria. Hay una estrofa de una canción que dice: La muerte, ¿dónde está la muerte? ¿Dónde su victoria? Esa es su victoria: la terrible ausencia. El recuerdo, únicamente.
No sé si decir que la vida convierte a la muerte en un misterio, o que es la muerte la que hace que la vida sea un misterio. Si existe la resurrección -cosa que dudo-, entonces la muerte es un misterio. Si nacemos para morir, entonces la vida es un misterio, además de una putada. Un misterio que irrumpe con un enérgico llanto y que termina exhalando un último y silencioso aliento.
Tenía seis años cuando mi hermano pequeño moría en un accidente de tráfico. Por primera vez, la muerte. La muerte para una niña de seis años sólo existe de mentira. Recuerdo su pequeño cuerpo rodeado de flores, inerte en la cama de mis padres. Yo estaba de pie, en un lateral de aquella cama... Desconocía la frase que devolvía a la vida: "Lázaro, levántate y anda", si la hubiese conocido la hubiese gritado, inocentemente. Alguien me levantó del suelo, invitándome a dar el último beso... Pataleé hasta verme de nuevo en tierra firme y, gracias a eso, no guardo en mis labios el roce de la gélida muerte.
A pesar de los años, no hay distorsión de imágenes, ni de palabras, ni de gestos de todo cuanto aconteció aquel día... Tengo su imagen gravada a fuego en lo más profundo de mi ser. Sólo su imagen, nunca supe inventarle vida, ni cómo sería si hubiese sido mayor, ni qué hubiese sido... Eternamente mi dulce Lauri. La primera terrible Ausencia.
Sí, la muerte era terrible... no era esperanza, ni eternidad, ni gozo, ni dicha porque ya estaba en presencia del Padre... Ni la esperanza de su resurreción... yo confiaba en que su resurrección sería inminente, sobre todo porque alguna vecina me insistía en que no estaba muerto, que estaba dormido y que se despertaría cuando llegase al cielo. Si llegas al cielo y te das cuenta de que no estás en tu casa, lo suyo es que vuelvas cuanto antes, si puede ser antes de la cena, mejor. Pero nunca volvió. Eso era la muerte: una dolorosa, larga -larguísima- y terrible ausencia.
Se presentó por segunda vez, la muy puta, y no tuvo clemencia. De nuevo su terrible victoria, de nuevo la desgarradora ausencia. Ahí sí toqué sus labios, sus ojos, su pecho sin latidos... su silencio... Fui Santo Tomás, necesité ver y tocar para creer de nuevo en su victoria. Escarcha eternamente en mis dedos.
¿Cómo concibe un hijo a su padre como tal si nunca llegó a conocerlo? ¿Qué voz y qué palabras pone en su boca? ¿Qué gestos le otorga? ¿Qué risa? ¿Qué andares? ¿Son posibles las lágrimas por quien nunca se llegó a conocer? Esta es la victoria de la muy puta, de la muerte enamorada y de la vida desatenta.
Me sucede a veces; tengo que abrir un albúm de fotos y mirar su cara y repasarla con los dedos, una caricia sobre un plástico transparente para que no se deteriore... para que no se deteriore...
Y es cierto que la luz siempre deja a la sombra vencida, por hacer alusión de nuevo a Hernández... Pero también es cierto, por hacer alusión a Baricco, que en ciertas tardes de sol, inopinadamente, llueve... y que la vida sigue -será esa su única derrota- pero ahora déjenme que llore para achicar agua y seguir a flote.
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Soy yo, la que sigo aquí...
... No, nada que ver con Marta Sánchez, mucho menos con Paulinita Rubio, antes tendría que siliconarme y pasarme media vida en un gimnasio, pero sigo aquí, definitivamente consolido mi plaza fija de personal estatutario del SESCAM en el centro de salud que me acogió recién salida de la escuela de enfermería, con más miedo que vergüenza, allá por el año 92. Ahora soy la segunda más veterana, después de mi primer compañero y coordinador médico del centro, con el que mantengo una maravillosa relación de amor y odio desde el día en que llegué... vamos, que hay la suficiente complicidad como para no saber vivir el uno sin el otro, en cuanto a la organización del centro se refiere, ya que allá por el 95 pasé a ocuparme de la coordinación de enfermería, como para mandarnos a tomar por donde amargan los pepinos cuando nos obstinamos cada uno en su postura. Pero lo que importa es que en alguna ocasión (excepcional y sin que sirva de precedente, diría él, mi querido Hause de carne y hueso) le he oído decir que en urgencias vitales se siente seguro con mi presencia y eso, no es por nada, la hace a una sentirse realmente bien... Joder, si después de tantos años nuestro nivel de compenetración ante un tráfico, un infarto u otra cosa que requiera soltura y rapidez fuese nula, apaga y vámonos. Creo que no encontraré otro mejor en lo que me resta de profesión, porque no hay mejor arma para un profesional sanitario, además del dominio de técnicas y protocolos de actuación, que conocer al compañero para anticiparte a sus demandas y saber qué precisa e cada instante... Vital.
La OPE ha dejado el centro con la ley de paridad brillando por su ausencia. Ausencias.
Doy gracias a Dios cada día que sale el sol, y desde que tengo nuevo compañero de enfermería, de que a mi marido no le guste el fútbol (ni absolutamente nada que tenga que ver con el deporte, ni en directo ni por TV)... Ya lo sé, un especimen raro, (lo siento chicas, sólo había uno y lo encontré yo) pero maravilloso... ni frío ni calor si el Madrid gana o pierde la liga, ni idea de quién es el cabrón de Koeman que va a hacer que el Valencia baje a segunda (mira que destituir a Sánchez Flores por un 3-0 contra el Sevilla y dejarse meter 5-1 por el Bilbao)... Aunque ¡joder!, ya estuvo el Atletic dos años en el infierno, porque se vaya ahora el Valencia... No ve ni un solo partido de la liga española, cuanto menos de la europea, que le trae al pairo... Y yo... yo hay mañanas que parezco el Marca; quiera o no quiera tengo todos los detalles de la liga, la copa, la super copa, la real copa y el copón... Como siga así me temo que llegará el día en el que me vea fumando y echando el humo como un carretero por la nariz, soltando paridas en la barra del bar de enfrente, escupiendo en el suelo mientras mando a tomar por culo a Schuster y propongo un entrenador con valía, y contando los chistes más verdes y ordinarios sobre mi propio sexo, como el de aquella gorda que salía del baño desnuda y tuvieron que avisar a los bomberos porque se cayó al suelo con las piernas abiertas, con la desgracia o infortunio de hacer ventosa vaginal y no había quién la despegara... (chiste que cuenta una y otra vez el auxiliar administrativo, y que lo escenifica como sólo él sabe hacerlo, con el consiguiente descojone de todos los que hacen ejercicio en la barra fija del bar)... En fin... mis chicos son así... Se lo pasan divino.
Ahora más que nunca echo de menos el eco de tacones lejanos, de mis mujeres al borde de un ataque de nervios, el tinte rosa de mi Equipo de Salud... Joder, cuando no encuentro el vestido que busco es duro no tener a nadie que me diga "¿no has ido a tal sitio?, pues allí los he visto muy estilosos, había uno así, otro asá..." Y cuando me lo compro, ¿a quién le cuento yo lo divinamente que me sienta, o que después de comprármelo ahora no me gusta?... a nadie, no tengo a nadie a quien contarle mi tragedia. Ni tampoco quien, de vez en cuando, tenga el detalle de decirme lo bien que me sienta el color pelirrojo y los reflejitos..."te hacen un juego con tus pecas que pareces una nórdica"... Ni qué bonitos son los zapatos nuevos... a nadie le interesa dónde me los he comprado... Nadie me habla de actores guapos, ¿a quién le cuento yo que Eduardo Noriega está como un tren y además lo corroboren, ratifiquen y reafirmen de tal manera que parezca que hasta nos lo hemos tirados de lo mucho que nos hartamos de decir lo "regüenísimo" que está? Nadie me cuenta si ligó o no en la noche de un sábado con uno que "no estaba mal pero no había filin, tía... Me pidió el teléfono para quedar otro día, pero yo paso..." Echo de menos a mis mujeres fatales, a las tiernas, a las coquetas, a las que en vez de mancha decían releje, a las irónicas, a las soberbias, a las que no sabían quién era Blasco Ibáñez o Miguel Delibes, a las niñas grandes, a las que creían en que el destino estaba escrito en las estrellas, a las que se fueron lejos para comenzar de nuevo... A todas ellas.
Definitivamente, soy yo la que sigue aquí...
 
Borrón y cuenta nueva
Tengo un odioso defecto, creo que lo he dejado escrito por algún sitio de este patio en alguna ocasión, y es que soy perfeccionista hasta rayar con lo enfermizo. Hay quien considera el perfeccionismo como una virtud, pero en lo que a mí se refiere es un defecto que llega a amargarme la existencia. En el colegio se traducía, entre otras cosas, en que en mis cuadernos nunca iba a aparecer un tachón, antes de eso arrancaba la hoja y volvía a copiar todos los ejercicios hasta que la presentación fuese de una pulcritud extrema y una caligrafía -que no ortografía, que aún hoy se resiente por no sé que extraño atragantamiento de la asignatura de lengua en mi más tierna infancia, muy relacionada con el maestro (me gusta la palabra maestro) que la impartía y que no he logrado superar en la vida- impecable. No sé si deriva de aquellas pautas, pero mis borrones y cuentas nuevas siempre llevaban consigo la aniquilación total de lo que había hecho mal y comenzar desde cero sin que hubiese absolutamente nada que me recordase lo anterior, ni mi cámara digital formatea las imágenes como hacía yo con mis neuronas ante un borrón y cuenta nueva. Ni rastro.
El primer borrón y cuenta nueva transcendente (había muchos nimios, sin pena ni gloria, como arrancar la hoja de una libreta) y decisivo de mi vida fue a mis veinte años, tras una relación de pareja idéntica a un avión rodando por una pista de despegue sin fin, cuyos motores arden antes de remontar el vuelo. Tres largos años en los que abandoné estudios, amistades y, con el tiempo, la ilusión y las espectativas propias de una primera y recién estrenada experiencia. Un rotundo fracaso. Es cierto, el amor es ciego y, contrariamente a lo que dice S. Pablo en su primera carta a los Corintios, es rencoroso y lleva las cuentas del mal, ya pueda decir el apostol misa -menester y no corra sangre por las venas, diría mi madre-. Durante los tres largos años que duró mi ceguera y mis cuentas del mal con el consiguente in crescendo del desamor y desencanto (o desencantamiento), años de abandonos y soledad, el sentimiento de pérdida acuciaba constantemente a la par que el deseo de escapar de aquella prisión. Totalmente perdida e irreconocible. Esas pérdidas nunca se veían recompensadas con ganancias -qué es la felicidad sino eso: una busqueda constante de equilibrio entre el dueto pérdida/compensacion-, así que a seis meses de una fecha de boda sufrí un ataque de claustrofobía (totalmente incompatible con la vida que me esperaba al dar el sí quiero) y abandoné mi despersonalizadora drodependencia: él. No he visto proceso de desintoxicación menos traumático y más gratificante que aquél. Mis dosis de metadona consistían en ir recogiendo los pedacitos desperdigados de mí misma, reconocerlos y volverlos a engranar en su sitio. Me costó. El borrón y cuenta nueva supuso un año de tratamiento con ansiolíticos e inductores del sueño, pero cautericé heridas para siempre jamás. Un rotundo acierto. Con los brazos abiertos me esperaba el curso de COU, amigas, sesiones de cine, muchos libros que leer , muchas cartas que escribir y la serenidad que ofrece la soledad del corazón que decide estar solo.
Los años pasan -cuarenta y una primaveras en esta otoñal mujer, dentro de un mes escaso, ¡joder!, ( Demi Moore odia cumplir años... si mi marido tuviese quince años menos que yo y estuviese como el de la Moore yo tambien odiaría cumplir años, pero no es el caso)- y mis borrones y cuentas nuevas han tomado un matiz menos drástico... ¿Cuestión de supervivencia? ¿de necesidad?... ambas cosas, diría yo... Recuperé mucho de mí misma, pero el tiempo suaviza los ímpetus, los ánimos, la visceralidad, las pasiones, el dolor, incluso la muerte... Cuando era pequeña me aterrorizaba la muerte, ahora la concibo como el último salto... el gran salto, sin dramatismos. La muerte sólo es dramática cuando es contemplada por otros, la de uno mismo, y créanme, es un instante fugaz.
Ahora son muchos los borrones y cuenta nueva a lo largo del día... tantos que no da tiempo a llevar cuentas ni del mal ni del bien, tan solo a borrar y seguir, seguir, equivocarse y borrar, equivocarse, borrar y seguir... seguir, seguir, seguir...
Hay algo que no ha cambiado con el paso de los años y es ese defecto: la búsqueda constante de la perfección... La busqueda constante, sin ninguna duda, de mi propio equilibrio.
 
El Salto (Capítulo VI)
El cielo mostraba su espectáculo de luces: la luna en cuarto menguante, como finísima raja de melón plateado, y miles de millones de estrellas, puntitos incandescentes desde su eclosión en llama viva hasta su ocaso -millones de años allá arriba y milésimas de segundo aquí abajo. Un instante fugaz en el alfeízar de una ventana de un sexto piso- Un auténtico espectáculo de destellos de luz en medio de la más absoluta oscuridad. Indescifrables caminos y gargantas de agujeros negros... Qué enorme misterio péndulo allá arriba, inalcanzable, inescrutable, aparentemente inamovible. Le gustaba la astronomía, su abuelo y las historias que le contaba de pequeño, en largas noches de verano contemplando el cielo mientras esperaban a que Morfeo quisiera hacerlos presos, tenían la culpa de ello. Conocía las constelaciones y era capaz de localizar cientos de estrellas, era tan simple como empezar a trazar lineas imaginarias para dar saltos de un lado a otro por allá arriba... " Tú sólo tienes que localizar la Osa Mayor, es la que mejor se ve en nuestro cielo en primavera. Si trazas una linea imaginaria entre sus dos estrellas que más brillan y la desplazas -imaginariamente, siempre tu imaginación- a tu izquierda, te encontrarás con la estrella polar; ahí tienes a la Osa Menor... Ven, acércate... Mira". Y ella miraba por el telescopio que, sostenido sobre un firme trípode, apuntaba hacia el cielo por el tragaluz de la buhardilla. Él fijaba el objetivo sobre la estrella polar y se colocaba tras ella. Apoyaba su mejilla contra la de ella y seguía susurrando con el leve roce de sus labios sobre la piel, como un aleteo de mariposas. Mientras ella miraba, él exhalaba su cálido aliento y recorría a besos su nuca, despejada tras apartarle el pelo. Después retomaba su apasionada -en todo cuanto le interesaba ponía pasión- clase de astronomía. "Si ahora trazas otra línea desde la estrella polar hacía arriba y atrás, más allá, como si te quisieras salir del universo por tu izquierda, de nuevo a tu izquierda, ahí"... y movía lentamente el telescopio con sus manos sobre las de ella, rodeándola con sus brazos... "No pongas esa cara, sé que estás poniendo cara de vale, si tú lo dices ... ahí encontrarás a Cassiopea... Cassiopea es increíble, no hay otra constelación igual". Ella se daba la vuelta, le importaba poco lo increíble que era cassiopea, le interesaba más ese universo que tenía delante y que estaba dispuesta a escudriñar sin dejar un solo recodo. Sus manos, sus labios y su lengua descubrían poco a poco su único universo: el de dos cuerpos desnudos desentrañándose.
"Cecilia"... se escurrió el nombre de sus labios y los recuerdos se desvanecieron como el humo. No había vuelto a subir a la buhardilla. El telescopio se encontraba anquilosado en el mismo ángulo, apuntando a Cassiopea. Las lágrimas, que inútilmente trataba de tragarse, se escurrían hasta secarse. Encendió un cigarrillo, la calada le llegó hasta los mismísimos alveolos y apenas si exhaló el humo. Sintió que se quemaba por dentro. Frunció el ceño y miró la marca del cigarrillo; un camel que no sabía de dónde había salido, tal vez había sido el plan de ataque de alguna embriagada noche, porque seguía sin recordar cómo había llegado al bolsillo de su camisa... A él no le gustaba fumar, sólo lo hacía de vez en cuando. Siguió sentado, fumando, hasta terminarlo. Antes de irse a la cama volvió a mirar allá arriba, hasta localizar a Cassiopea... Entró, cerró la ventana y bajó la persiana hasta estrangular el más mínimo resquicio de luz.
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Destellos de cristal
Acabo de concluir su lectura; Tierras de cristal, de Alessandro Baricco. Una vez más, la obra del indiscutible mago de las letras resulta impresionante. Desbordante. Tierras de cristal es, haciendo honor a su título, sencillamente deslumbrante.
El secreto de las obras de Baricco está en lo excepcional, todo resulta excepcional: los personajes, los escenarios, las vidas, los sueños, las quimeras, los paralelismos, las casualidades, las convergencias, los destinos, el infortunio, la desolación, la pasión, la propia muerte. Y entre col y col, una digresión sublime. Así es Tierras de Cristal.
No encuentro mejores palabras que las del propio autor para definir su lectura, y transcribo unos renglones de la obra en cuestión:
"... La eternamente cambiante multiplicidad del mundo alrededor y el petreo microcosmos del ojo que lee. Como un nucleo de silencio en el corazón de una detonación. Si no fuera historia verdadera, verdadera historia, se podría pensar: no es más que la belleza de una metáfora exacta. En el sentido de que tal vez, siempre, y para todos, leer no es otra cosa que mirar fíjamente un punto para no ser seducidos, y destruídos, por el incontrolable deslizarse del mundo (...) ¿Quién puede comprender nada de la dulzura si nunca ha reclinado su propia vida, la vida entera, sobre la primera línea de la primera página de un libro?

La belleza de una metáfora exacta, así es la obra de Baricco.
 
El salto (capítulo V)
Hacía unos minutos que acababa de charlar por el Messenger. Hacía meses que no coincidía con él, con su amigo Fredi… Alfredo. El muy cabrón… se empeñó en hacer Filología Clásica. "Tú siempre dando la nota", dijeron todos. Sí, eso dijeron todos los colegas cuando lo dejó caer como una gracia sin gracia. Así era Fredi, sin gracia, un tío al que el mundo parecía sudarle la polla pero que decidía estudiar la lengua de los clásicos, el lenguaje muerto para comprender, desde el origen, el lenguaje de los vivos, para comprender el mundo -si es que al mundo se le puede atribuir la cualidad de comprensible- desde sus conceptos, y sus conceptos desde la raíz… Si alguien había subestimado a Fredi por el poco desparpajo que le caracterizaba se equivocaba de lleno. “El muy cabronazo… nos dejó a todos con la boca abierta cuando nos lo dijo…”, pensaba para sí, colgado en la ventana. No se refería a cuando dijo que se había matriculado en Clásicas, se refería a cuando dijo que se iba a vivir con Sylvie -tres años después de empezar la carrera, eso-, la profesora nativa de Francés. No es que fuese nada del otro mundo, pero sus aires de sofisticada parisiense, su cuerpo pequeño -¿uno cincuenta y siete, tal vez?- pero de proporciones perfectas, equilibradas, su corte de pelo a lo garçons, sus sensuales labios, sus pañuelos al cuello, sus vaporosas blusas abotonadas hasta donde no era preciso el más leve hincapié para perderse dentro de un sugerente escote y esa fragancia a bohemios boulevares, la convertían en objeto de deseo de febriles veinteañeros, más que nada porque para ellos todas las francesas eran Enmanuelle. Fredi nunca había tenido mucho éxito con las chicas y eso que no era feo –y bien dotado no digamos, era la envidia de sus amigos- pero le faltaba esa chispa – cuánto poder encierra una insignificante chispa- tan insignificante y tan vital. Fredi lo sabía pero no le importaba, él estaba convencido de que esa mujer, la que él había soñado una vez, llegaría y cuando eso sucediese la seguiría hasta el confín de la tierra si era necesario. Y Sylvie fue la chispa… ¿Entienden ahora dónde estaba el error? No es que a Fredi le faltase chispa, Fredi era leña seca, un bosque entero -de Canadá- de leña seca esperando su chispa… y cuando sus ojos se cruzaron con los bellísimos ojos de Sylvie ardió como las llamas del infierno.
“Aún me duele la mandíbula de aquel puñetazo, el muy bestia…”, recordaba mientras se llevaba la mano a su mentón y lo acariciaba como si en ese preciso instante paliase el dolor. “¿Quién iba a esperar aquella reacción?, con la de veces que habíamos bromeado entre nosotros con las victorias de los fines de semana… ¿te la has tirado ya? Y booom, gancho de derecha directo a mi cara… menudo puño… soltó su gancho y se largó, sin más, sin una palabra, sin asomo de ira, tan solo sintió que tenía que dar un puñetazo y lo dió. Todos se quedaron mudos, hasta yo. Aquello iba en serio… y tan en serio”, continuaba vagando entre recuerdos, los de su amigo Fredi.
Fredi y Sylvie viven en Paris desde hace dos años. Su madre se llevó el disgusto más grande del mundo… ¡las madres!... no terminarán nunca de conocer a sus hijos. A su padre le dio igual. Ella quería para su Alfredo una chica de su edad, alguna compañera de universidad, con la de chicas que hay en la universidad, no una francesa de esas, más sobadas que la manteca y que, encima, es diez años más vieja que su hijo… lagarta… y es que su Alfredo es un buenazo, eso es lo que le pasa, y como nunca ha tenido novia, ella le ha puesto el coño en los hocicos y se lo lleva, se lo lleva a Paris, la muy guarra… Todo eso decía la madre de Alfredo a su madre, una tarde en el rellano de la escalera.
Fredi desoyó los consejos maternos, e hizo caso omiso a las lágrimas del chantaje, se las limpió, la besó en la frente, se despidió de su padre, que fumaba tabaco en pipa, y se marchó al confín de la tierra, a París. Y allí, en París, vivía con la mujer que un día soñó, Sylvie, y con su hija recién nacida, en un céntrico apartamento de la calle Rivoli, a un paso del Sena. Estaba terminando su licenciatura, después de haber convalidado las respectivas asignaturas, y era el hombre más feliz de la tierra. Así le había dicho por el Messenger a su amigo, todo esto le había contado, con el particular desparpajo que le caracterizaba. Sólo cuando escribió esa frase: soy el hombre más feliz de la tierra, le pensó así, como el hombre más feliz de la tierra y se borró de su mente la imagen de su amigo desgarbado, tímido y poco suertudo con las mujeres que decidió estudiar Filología Clásica. Se sentía feliz por él, por lo que le contaba y, al mismo tiempo, sentía un inquietante escozor en el alma… no sabía bien el porqué. Sentía que la vida le empujaba, sentía que no quería estar en otro sitio que no fuese su ventana.
Recogió un pie, luego el otro, entró y dirigió su mirada al ordenador… la ventana del Messenger parpadeaba… “Dónde coño te has ido ¿?" Y otra linea: Estás??? Y otra linea: loco de los cojones... Y otra linea: la niña acaba de despertarse, está llorando. Y otra linea: tengo que dejarte. Nos vemos en otro momento. Y la última linea: Au revoir.
Au revoir, tecleó él dos horas después y sin nadie al otro lado de la linea.
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