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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
... Que ya son las cuatro y diez
Otra vez ejerciendo mi rol de usuaria, esta vez a recoger resultados de una campimetría. Los dos males conocidos que me aquejan: no sé qué alteración del nervio óptico del ojo derecho -la oftalmóloga se explica como Don Benjamín, mi profesor de griego del instituto- y un quiste de minúsculo tamaño en uno de los nódulos tiroideos, que no mata pero jode por la inquietud que genera, aunque sólo cuando me acuerdo, y lo hago de higos a brevas... en casa del herrero, ya se sabe, cuchara de palo.

Esta vez me han despachado pronto. Guardo mi próxima cita en el bolso y rebusco las llaves del coche. Al levantar la vista casi me topo, a menos de diez centímetros, con un torso verde invadiendo mi espacio, al que instintivamente he dado un quiebro, he regateado como el mismísimo Ronaldiño, y he pedido perdón por el atropello que atribuyo a mi ensimismamiento, sin mirar su cara.
- ¿Dónde vas con tanta prisa?
Me vuelvo, el torso verde me está hablando. Me encuentro con B, compañero de carrera y colega de profesión. Trabaja en el hospital desde hace seis o siete años. En alguna ocasión nos hemos visto, de pasada, por estos pasillos. Siempre un breve saludo y su ofrecimiento por si necesito algo relacionado con temas médicos. Sin más. Hoy trabaja en el turno de tarde, no lleva prisa. Besos al aire, como suelen ser siempre esos besos... Tú qué tal... Yo bien... ¿Sigues entre montes?... Allí sigo... Esperando la resolución de la OPE, supongo... Supones bien... Oye, si no llevas prisa, ¿quieres un café? Y tomamos un café.
Y como sucede en estos casos, en los que el tiempo ha borrado, inexorablemete y sin dejar rastro, cualquier cosa común que nos una, -salvo que somos colegas de profesión y que fuimos compañeros de clase-, durante una hora hemos revivido momentos, compañeros, nombres, lugares, y un maravilloso año 92, en el que fuimos vecinos de bloque. Ellos, en el cuarto; y nosotras, en el segundo de un piso de la calle Toledo. Hemos rememorado un par de fiestas de jueves noche, tardes de té con limón en el segundo, y de Giro de Italia en el cuarto, celebrando la maglia rosa de Miguel Indurain en aquella inolvidable contrarreloj en medio de exámenes finales.
G, compañera de piso por entonces, él y yo salíamos a correr todas las tardes, a un parque cercano. Las carreras concluían divergentes, yo seguía ruta hasta regresar a la calle Toledo, y ellos seguían su particular maratón de tonteos y besos. Me ha preguntado por todas; por R, por T, por B y se ha detenido en ella, en G... "Vive en Granada, no sé si sabes que abandonó químicas y se fué allí, a hacer no sé qué cosa, Relaciones Públicas, creo, no sé si lo terminó, pero se casó allí, y allí vive. Tiene dos niños. Coincidimos hace poco, está guapísima, como siempre"... "Es guapísima"... Y ese guapísima, que parecía habérsele escurrido de sus labios sin querer, se ha acompañado de su sonrisa de niño malo y de unos ojos evocando a la nostalgia... Prosigue: "Era guapísima, pero estaba como las maracas de Machín, la contradicción personificada, celosa, posesiva... a mí me tenía en jaque"... "Sí, y los celos con los golfos hacen malas migas"... Mi apreciación le provoca risa, nos reímos... Prosigo: "Pero tú sabes que a los veinte parece que el mundo tan pronto empieza como acaba, y quien no lo siente así a esa edad es que no da más de tres en la escala de Glasgow, ¿no crees?" Sonríe. "Sí, sí lo creo". Una pausa para bajar los ojos y mirar una taza de café vacía. "Si la vuelves a ver, dale recuerdos míos". "Se los daré". He omitido decirle que, en alguna ocasión, de las pocas que coincidimos, ella me preguntó por él, y también me dió sus recuerdos para él... "si coincides con él"... Y hoy coincido, pero no le digo nada, después de todo, hace demasiado tiempo de eso.
Concluímos hablando de mis hijas y de sus hijos, y no le he preguntado por T, otra T, su mujer, porque no sé si siguen juntos, ella es trece años mayor que él y nadie daba un duro por aquello, que parecía más el calentón de una guardia que el ideal de pareja. Él, un golfo encantador con una chispa de timidez, joven y atractivo, y enfermero. Ella, una cuarentona, más bien destartalada, poco atractiva fisicamente, y médico -este dueto suele darse con frecuancia en nuestro gremio, las guardias unen mucho-. No la nombra y yo no pregunto. Terminamos hablando del aquí y ahora, después de desnudar el tiempo y de atraparlo, de revivirlo y de volverlo a guardar, para que siga custodiando los recuerdos.
Y ahora volvamos, tú tienes trabajo, estás de tardes, ¿o ya no te acuerdas?, y yo me voy, que ya son las cuatro y diez...
 
Comentario:
Tendemos a idealizar amores pasados recordando los buenos momentos pero no saboreamos la hiel que nos dejó, nos acordamos de haberlo pasado mal pero no del sentimiento en sí.

Creo que has hecho bien, el pasado pasado está, mezclarlo con el presente no da buen resultado.
 
Comentario:
Me parece que hiciste bien en no querer traer ciertos recuerdos a tu compañero sobre su ex. Los amores pasados normalmente tendemos a idealizarlos en nuestra mente y cuando comparamos con la situación actual, nos parece que hemos errado en nuestra elección.
La mayoría de las veces si hubiera una segunda oportunidad no saldría bien, pues todos cambiamos con el tiempo.
En una cena de antiguos alumnos pude hablar y saludar a un chico con el que salí cuando estudié. Siempre pensé en él cuando la relación con mi pareja actual tenia problemas, pero en ese encuentro pude empezar a ver en él muchos defectos que antes no veia y a valorar más la relación con mi actual pareja.
El pasado sirve para aprender, pero no podemos vivirlo dos veces. Besos.
 
Comentario:
Me gusta tu manera de contar las cosas, trasmites.
Tu disertaciones sobre el amor y el amar son muy ciertas, el amor para que merezca la pena, inconmensurable ¿verdad?

Un placer leerte.
No