Mi selva mágica
El secreto de mi supervivencia, en aquella guerra sin tregua, fue el hallazgo inesperado de un rincón mágico en el que yo quedaba transformado en la persona que me atrevía a imaginar a veces: un ser digno incluso de ser amado. Allí era un rey en mi pequeño palacio, Adán en el paraíso, un héroe valiente, el mejor trapecista del mundo… Allí era, sobre todo, un niño, tan sólo un niño que podía gozar del abrazo del cielo y del refugio del tronco abierto de los árboles.
Ningún otro lugar en la ciudad ofrecía un espectáculo de tanto colorido y belleza. La vegetación de aquel recinto privado era tan exuberante que impedía el paso de los transeúntes a dos metros de sus muros, celosos guardianes de tesoros escondidos.
Por las tardes escapaba a hurtadillas de la casa de mis padres para pasear en libertad a la búsqueda de mí mismo. Mis pasos siempre me conducían, inexorablemente, hacia aquel jardín secreto. Fantaseaba con perderme en aquella espesura semejante a una selva inmensa. En mis oídos creía escuchar el revuelo estridente de aves exóticas, el reptar sigiloso de temibles serpientes gigantescas entre la enramada, e incluso la cascada de un río inexistente, pero real, en mi fantasía de aventurero.
Me gustaba soñar, mirando boquiabierto aquel lugar perfecto desde la distancia. Hasta que, un día, me decidí a profanar aquel santuario inaccesible que me infundía una atracción extraña y me hacía temblar, de puro miedo y reverencia, como una hoja agitada por el viento. Busqué y, al fin, venciendo mi repugnancia al hedor que despedía una vieja alcantarilla oculta entre las ramas, irrumpí en aquel santuario que se me antojaba de dioses ancestrales. Cuando logré ponerme en pie, mi asombro fue tal que sentí vergüenza de mi raquítica fantasía, incapaz de imaginar aquel paraíso de silencio.
Mi esperada selva era como una virgen cuyo secreto permaneciera aún sellado e inalcanzable para todo deseo humano. Sólo que yo entonces no sabía de vírgenes ni de ese tipo de deseos. Sólo sabía de orfandades… Y me encontraba allí, dispuesto a penetrar por vez primera en aquel seno gigantesco en el que no había amenazas, ni golpes, ni gritos…, ni tampoco la extrañeza aprendida y mamada en el propio hogar. Allí era yo mismo, alguien diminuto, pequeño, tan sólo un niño… Pero yo, al fin: el primer domesticador de mi jardín solitario.
Fragmento de El jardín secreto.
Relato escrito por mi siamesa.
A mi niña de agua
A Lidia
Ningún otro lugar en la ciudad ofrecía un espectáculo de tanto colorido y belleza. La vegetación de aquel recinto privado era tan exuberante que impedía el paso de los transeúntes a dos metros de sus muros, celosos guardianes de tesoros escondidos.
Por las tardes escapaba a hurtadillas de la casa de mis padres para pasear en libertad a la búsqueda de mí mismo. Mis pasos siempre me conducían, inexorablemente, hacia aquel jardín secreto. Fantaseaba con perderme en aquella espesura semejante a una selva inmensa. En mis oídos creía escuchar el revuelo estridente de aves exóticas, el reptar sigiloso de temibles serpientes gigantescas entre la enramada, e incluso la cascada de un río inexistente, pero real, en mi fantasía de aventurero.
Me gustaba soñar, mirando boquiabierto aquel lugar perfecto desde la distancia. Hasta que, un día, me decidí a profanar aquel santuario inaccesible que me infundía una atracción extraña y me hacía temblar, de puro miedo y reverencia, como una hoja agitada por el viento. Busqué y, al fin, venciendo mi repugnancia al hedor que despedía una vieja alcantarilla oculta entre las ramas, irrumpí en aquel santuario que se me antojaba de dioses ancestrales. Cuando logré ponerme en pie, mi asombro fue tal que sentí vergüenza de mi raquítica fantasía, incapaz de imaginar aquel paraíso de silencio.
Mi esperada selva era como una virgen cuyo secreto permaneciera aún sellado e inalcanzable para todo deseo humano. Sólo que yo entonces no sabía de vírgenes ni de ese tipo de deseos. Sólo sabía de orfandades… Y me encontraba allí, dispuesto a penetrar por vez primera en aquel seno gigantesco en el que no había amenazas, ni golpes, ni gritos…, ni tampoco la extrañeza aprendida y mamada en el propio hogar. Allí era yo mismo, alguien diminuto, pequeño, tan sólo un niño… Pero yo, al fin: el primer domesticador de mi jardín solitario.
Fragmento de El jardín secreto.
Relato escrito por mi siamesa.
A mi niña de agua
A Lidia