Cierto, nunca se olvida
"Un día, Dios dibujó la boca de Jun Rail. Y fue entonces cuando se le ocurrió aquella extravagante idea del pecado"
Y si, alguna vez, a Dios se le pasó por su eterea y divina cabeza reflejar la Eternidad sobre algun mortal, fue aquel día en el que dió luz a los ojos negros de Paquito, aquel niño de seis años, de primero de EGB, al que todas las niñas queríamos abrochar el babi y ponernos detrás -o delante- de él en la fila. Paquito tenía una piel blanca nacarada, cuando casi todos los demás la tenían tostada por las temperaturas extremas, fuese frío o calor. Sus ojos eran dos enormes faros de negros destellos que ejercían un hipnotismo propio de un encantador de serpientes. Su pelo era una tupida cabellera rizada, negro azabache, al que sucumbían los dedos de la maestra, que se perdían de vez en cuando entre sus juguetones caracoles. Paquito tenía aspecto de niño de ciudad y eso, en un pueblo de principios de los setenta, era un triunfo asegurado. Todos los demás, salvo dos o tres, tenían el tosco aspecto de los hijos de los jornaleros, labriegos o ganaderos. No había niña que no suspirase por Paquito, el hijo del boticario.
He ahí mi primer amor platónico infantil, que fue perdiendo fuerza e interés con el paso de los años sin motivo aparente, o que yo pueda recordar, de lo que se deduce que su olvido no resultó traumático. Recordé a Paquito el día que llevaba a mi hija de la mano y, suspirando, me dijo: ¿sabes una cosa, mamá?, Jesús es el niño al que más voy a querer toda mi vida. (Aquello mereció un beso)
Y llegó la adolescencia; ese caballo desbocado que galopa entre el ensueño y la estupidez. Y en sexto de EGB estaba la sonrisa más dulce de la Creación, vamos, que Diós, al pintarla, pensó en el antídoto de la melancolía. Esa sonrisa era de Luis Miguel.
Dicen que las mujeres nos solemos enamorar del más canalla.
Yo debo ser la excepción que confirma la regla, porque durante mi adolescencia, chico que me gustaba, chico que terminaba en un seminario... ¡se puede ser más cenizo!
Luis Miguel era de sobresaliente en todo. Era educado y respetuoso con las chicas, cosa inconcebible a esa edad, en la que la sobrecarga hormonal los conviertía en bombas de testosterona deseando estallar en el primer culo que se dejara pellizcar. Era el único sitio donde solían estallar, con el asumido riesgo de encontrarse con una patada inter miembros inferiores, una bofetada o la amenaza de "como se lo diga a mi hermano -o a mi padre- te vas a enterar, ¡guarro! ¡salido! " Como siempre, nosotras teníamos que vencer dos batallas: la hormonal y la educacional. Esta última era la que nos hacía defender nuestra decencia, nuestra recién adquirida condición de mujer, anegada de tabues transmitidos de madres a hijas generación tras generación, frente a los ataques de intentos de magreos o toques de trasero. Rara vez se llegaba más allá, sólo los más osados ensayaban besos, tan furtivos como fugaces, en los rincones del patio de recreo. Ellos lo intentaban y lo intentaban, hasta que encontraban a la víctima: la niña que les seguía el juego y daba rienda suelta a sus hormonas, con idéntica naturalidad que ellos, instintivamente igual. Así es como surgía la niña facilona y, a la postre, la del san benito de más puta que las gallinas (¡manda cojones!, que en el gallinero de mi madre haya un único gallo con un harén de veinte gallinas y, encima, las putas sean ellas. Pues así es todo). San benito colgado por ellos, por los que la buscaron para juguetear, y reforzado por el resto de las féminas que necesitaban de aquellas para reafirmar su decencia. El ser humano y sus miserias, desde la más tierna infancia.
Me perdí... yo estaba con Luis MIguel. No era el que más corría de la clase, no era el más chistoso, no era especialmente simpático, no era dicharachero... era inteligente, estudioso, tímido, buena gente, tranquilo... en definitiva, un muermazo, como diría mi amiga T (que, por cierto, ella donde pone el ojo sale un tío del armario... tío que le gusta, homosexual consumado, o deseando consumarse), pero un muermo que esa fase de estupidez transitoria a la que llamamos enamoramiento le mostraba especial, único y maravilloso. No me dió tiempo a despertar, o mejor dicho, desperté de súbito, porque el curso siguiente ingresó en el seminario, y aquello le hacía más inalcanzable aún. ¡Cachin diez!
Él también fue un amor platónico, pero no por eso menos sentido. Ocupa un lugar especial en el baúl de los despertares, de ese primer beso que nunca se da, y de ese abrazo que nunca se llega a sentir. Tal vez eso lo hace tan especial: el que nunca se dieron.
Es por eso que al ver su nombre y sus apellidos firmando en un blog que frecuento, me asaltaran mis doce años, el colegio José Antonio, un patio de recreo y la dulce sonrisa de mi primer amor secreto, ése que, ciertamente, nunca se olvida.
Y ya no me pregunto a dónde irán los besos que nunca llegan a darse, ni los abrazos, porque de tanto soñarlos quedan en el recuerdo como si se hubiesen dado.
Y si, alguna vez, a Dios se le pasó por su eterea y divina cabeza reflejar la Eternidad sobre algun mortal, fue aquel día en el que dió luz a los ojos negros de Paquito, aquel niño de seis años, de primero de EGB, al que todas las niñas queríamos abrochar el babi y ponernos detrás -o delante- de él en la fila. Paquito tenía una piel blanca nacarada, cuando casi todos los demás la tenían tostada por las temperaturas extremas, fuese frío o calor. Sus ojos eran dos enormes faros de negros destellos que ejercían un hipnotismo propio de un encantador de serpientes. Su pelo era una tupida cabellera rizada, negro azabache, al que sucumbían los dedos de la maestra, que se perdían de vez en cuando entre sus juguetones caracoles. Paquito tenía aspecto de niño de ciudad y eso, en un pueblo de principios de los setenta, era un triunfo asegurado. Todos los demás, salvo dos o tres, tenían el tosco aspecto de los hijos de los jornaleros, labriegos o ganaderos. No había niña que no suspirase por Paquito, el hijo del boticario.
He ahí mi primer amor platónico infantil, que fue perdiendo fuerza e interés con el paso de los años sin motivo aparente, o que yo pueda recordar, de lo que se deduce que su olvido no resultó traumático. Recordé a Paquito el día que llevaba a mi hija de la mano y, suspirando, me dijo: ¿sabes una cosa, mamá?, Jesús es el niño al que más voy a querer toda mi vida. (Aquello mereció un beso)
Y llegó la adolescencia; ese caballo desbocado que galopa entre el ensueño y la estupidez. Y en sexto de EGB estaba la sonrisa más dulce de la Creación, vamos, que Diós, al pintarla, pensó en el antídoto de la melancolía. Esa sonrisa era de Luis Miguel.
Dicen que las mujeres nos solemos enamorar del más canalla.
Yo debo ser la excepción que confirma la regla, porque durante mi adolescencia, chico que me gustaba, chico que terminaba en un seminario... ¡se puede ser más cenizo!
Luis Miguel era de sobresaliente en todo. Era educado y respetuoso con las chicas, cosa inconcebible a esa edad, en la que la sobrecarga hormonal los conviertía en bombas de testosterona deseando estallar en el primer culo que se dejara pellizcar. Era el único sitio donde solían estallar, con el asumido riesgo de encontrarse con una patada inter miembros inferiores, una bofetada o la amenaza de "como se lo diga a mi hermano -o a mi padre- te vas a enterar, ¡guarro! ¡salido! " Como siempre, nosotras teníamos que vencer dos batallas: la hormonal y la educacional. Esta última era la que nos hacía defender nuestra decencia, nuestra recién adquirida condición de mujer, anegada de tabues transmitidos de madres a hijas generación tras generación, frente a los ataques de intentos de magreos o toques de trasero. Rara vez se llegaba más allá, sólo los más osados ensayaban besos, tan furtivos como fugaces, en los rincones del patio de recreo. Ellos lo intentaban y lo intentaban, hasta que encontraban a la víctima: la niña que les seguía el juego y daba rienda suelta a sus hormonas, con idéntica naturalidad que ellos, instintivamente igual. Así es como surgía la niña facilona y, a la postre, la del san benito de más puta que las gallinas (¡manda cojones!, que en el gallinero de mi madre haya un único gallo con un harén de veinte gallinas y, encima, las putas sean ellas. Pues así es todo). San benito colgado por ellos, por los que la buscaron para juguetear, y reforzado por el resto de las féminas que necesitaban de aquellas para reafirmar su decencia. El ser humano y sus miserias, desde la más tierna infancia.
Me perdí... yo estaba con Luis MIguel. No era el que más corría de la clase, no era el más chistoso, no era especialmente simpático, no era dicharachero... era inteligente, estudioso, tímido, buena gente, tranquilo... en definitiva, un muermazo, como diría mi amiga T (que, por cierto, ella donde pone el ojo sale un tío del armario... tío que le gusta, homosexual consumado, o deseando consumarse), pero un muermo que esa fase de estupidez transitoria a la que llamamos enamoramiento le mostraba especial, único y maravilloso. No me dió tiempo a despertar, o mejor dicho, desperté de súbito, porque el curso siguiente ingresó en el seminario, y aquello le hacía más inalcanzable aún. ¡Cachin diez!
Él también fue un amor platónico, pero no por eso menos sentido. Ocupa un lugar especial en el baúl de los despertares, de ese primer beso que nunca se da, y de ese abrazo que nunca se llega a sentir. Tal vez eso lo hace tan especial: el que nunca se dieron.
Es por eso que al ver su nombre y sus apellidos firmando en un blog que frecuento, me asaltaran mis doce años, el colegio José Antonio, un patio de recreo y la dulce sonrisa de mi primer amor secreto, ése que, ciertamente, nunca se olvida.
Y ya no me pregunto a dónde irán los besos que nunca llegan a darse, ni los abrazos, porque de tanto soñarlos quedan en el recuerdo como si se hubiesen dado.
Comentario:
De esa fase de lucidez (ora transitoria, ora definitiva y permanente) que se llama enamoramiento recuerdo muchos nombres y rostros: Cecilio, Hilario, Juan Alfonso... Ninguno candidato a seminarista precisamente.
Tu post me los ha hecho pensar de nuevo. Ninguno como mi definitivo amor en el Amor.
Tu post me los ha hecho pensar de nuevo. Ninguno como mi definitivo amor en el Amor.
Comentario:
Es cierto, hay que ver cómo se idealiza a la primera persona por la que sientes algo especial, seas o no correspondida. Y luego cuando pasan los años y te lo vuelves a encontrar o por casualidad hablas con él, por regla general dices: majo, mejor estabas calladito.
¿Qué fue de Paquito y Luis Miguel?
sana curiosidad, no es otra cosa jijiji.
¿Qué fue de Paquito y Luis Miguel?
sana curiosidad, no es otra cosa jijiji.
Comentario:
Los mejores amores desde luego son los platónicos. El chico ideal te lo fabricas tu solita en la mente. Luego cuando maduras, te das cuenta de la alienación que tenías. Pero es bonito recordarlos, son parte de nuestra historia y nuestro aprendizaje. Fijate que tod@s recordamos el primer beso, con la cantidad que hemos dado despues y mucho mejores.
Tambien estuve emborrachada, digo enamorada, de un chico en el colegio, con una pinta de trasto que no podía con ella.
Tambien estuve emborrachada, digo enamorada, de un chico en el colegio, con una pinta de trasto que no podía con ella.





