El ama
Así era como daba un quiebro mi abuela a la conversación cuando le interesaba cambiar de tema o alimentar un bulo malintencionado: Pues dices tú. Y tú te quedabas con cara de póquer, además de con la palabra en la boca, y diciendo para tus adentros: ¡que he dicho yo qué! Ella siempre llevaba la conversación a su terreno, sobre todo cuando la edad y otra manera de vivir ya no la dejaban dominar la situación en otra cosa que no fuese una conversación.
Cuando leía el libro de Lisa See "El abanico de seda", la tuve especialmente presente, a ella y a todas las mujeres de mi familia.
Mi abuela fue la gran matriarca, no ha habido ni habrá otra como ella en el seno familiar. Era alta, fuerte, de hombros anchos, de grandes manos, de caderas anchas, de piernas robustas sin una sola variz, de ojos verdes enormes, de boca grande con dientes grandes, -todos suyos hasta el fin de sus días-, de labios gruesos, pelo largo y rizado -de ahí mi rizo-, recogido meticulosamente en la nuca, en un enorme moño del que nunca se escapaba ni un sólo mechón, yo lo recuerdo gris en mi infancia y completamente plateado el día en que murió, cuando yo tenía veinticinco años. Su piel era blanca, sin una sola mancha de hiperpigmentación de melania, ni tan siquiera en las manos. La recuerdo vestida siempre de luto, con un mándil de cuadros grises atado permanentemente a la cintura. Cuando salía a la calle iba impecablemente vestida y con olor a colonia de Myrurgia. Su imponente figura contrastaba con la de mi abuelo, al que se cogía siempre del bracete, y que me perdone Dios, pero mi abuelo parecía un apéndice con forma de Torrebruno o el bolso de la compra. Mi abuelo era un hombre menudo, delgado, de nariz aguileña, de ojos pequeños con larguísimas pestañas, de piel tremendamente blanca y pecosa -de ahí mis pecas-, quemada por el sol (de hecho, murió de un melanoma -de ahí mi acojone y mi aversión a la playa y al sol-). Su silueta era característica; siempre iba con sombrero y un bastón -cojeaba de la pierna izquiera, ¿o era la derecha?... no recuerdo-. Era tímido y reservado, y todo lo que él se guardaba a mi abuela le faltaba tiempo para airearlo a los cuatro vientos. Se llamaba José, pero ella nunca le llamaba por su nombre cuando le nombraba ante los ajenos, ella le llamaba "mi hombre". Él la llamaba "el ama". ¡Y tanto que era el ama!; el ama de su casa, de sus hijos, de la vida de sus hijos, intentó ser incluso la dueña de la vida de sus nietos, aunque ahí dió en hierro forjado... por suerte la pillamos algo minada, pero fue genio y figura hasta la sepultura, como suele decirse. Y como dice el chiste, ni el eco se atrevía a rechistarla. Lo que el ama disponía estaba bien hecho, para eso era el ama.
Nadie vaya a pensar en mi abuelo como un pobre infeliz o un pusilánime a la sombra de semejante hembra. Mi abuelo encontró la mujer que él quería; la que le guardaba el respeto como hombre de la casa, la que le vestía, y digo le vestía porque literalmente le vestía y mi abuelo no salía a la calle sin que mi abuela abrochase el último botón, la que le planchaba todas sus camisas y pantalones, la que le tenía preparado el caldero o la palangana con agua caliente cuando volvía de las faenas del campo, la que le afeitaba con mayor precisión y tiento que el mismísimo barbero, la que tenía todo como los chorros del oro y perfectamente colocado.
Mi abuela le debía al Régimen (eso creía) el que le hubiese devuelto a su marido vivo después de la guerra. Mi abuelo marchaba a la guerra a finales del treinta y seis y ella quedaba sola con un hijo de pocos meses (mi padre) y una niña de dos años (mi tía). Cuando el ejército republicano lo apresó, ella tenía dos hijos y le tocó pelear sola, su personal lucha -como tantas otras como ella de un lado y del otro- para no morirse de hambre, porque cuando el hambre devora las tripas no hay más lucha que tratar de que no te las desgarre. Tras la guerra, y con mi abuelo ya en casa, tuvo cuatro hijos más y a todos los educó en el nacionalcatolicismo y en un odio exacerbado hacía el color rojo, sobre todo desde el recuerdo de aquel día en el que una mujer con uniforme republicano apuntó a la cabeza de su hijo de tres años (mi padre) que canturreaba las palabras "cara sol, cara sol, cara sol" cuando su madre le llevaba de la mano, y le dijo que la próxima vez le volaría la cabeza al niño y después a ella. Quedaba sembrada la semilla del odio y del rencor para siempre jamás. Aquello no lo olvidaría en la vida... menuda era mi abuela para olvidar nada y menos semejante cosa. Cuando nos lo contaba a los nietos -no sé si sintiéndose heroína o con el propósito de empujarnos a la espiral del absurdo e infundado odio que se alimenta del pasado- parecía que lo estaba viviendo en ese momento, sus ojos se iluminaban con una luz que deba miedo... no le sacó las entrañas a la susodicha tras la guerra cuando se supo ganadora porque ya se había encargado la contienda de sacárselas. Así es que educó a sus hijos por y para la dictadura y a sus hijas como mujeres decentes y mujeres de su casa. Mi abuela inculcaba el respeto y la obediencia al padre. Por su parte, ella hacía y deshacía a su antojo y disponía en todo cuanto estaba bajo su dominio, es decir, todo.
Mi abuela fue mujer del Régimen, asumió su papel a la perfección. Para quienes la conocieron, mi abuela Teodora, -contundente nombre para aquella mujer de pies de plomo- siempre fue el ama, la gran matriarca. Para mí fue una superviviente como otras tantas, una mujer de armas tomar, víctima de la Historia y de las circunstancias. Aunque ella nunca se sintió víctima de nada, creo que para ella sería inconcebible que alguien la considerase víctima de nada... "vosotros sí que sois víctimas de esta Sodoma y Gomorra y esta sinvergüencería que hay ahora", seguro que diría, como si la estuviese oyendo... Vivió feliz y contenta y lloró a moco tendido cuando murió el generalísimo como si de su padre o su marido se hubiese tratado.
Siempre me he preguntado cómo hubiese sido esa arrolladora mujer si hubiese nacido hace veinte años, en este país libre y democrático, el que ella contribuyó a levantar a su manera, porque Sí, a pesar de los pesares, también a ella y mujeres como ella les debemos lo que tenemos. ¿Cómo, qué o quién hubiese sido la gran matriarca?
Cuando leía el libro de Lisa See "El abanico de seda", la tuve especialmente presente, a ella y a todas las mujeres de mi familia.
Mi abuela fue la gran matriarca, no ha habido ni habrá otra como ella en el seno familiar. Era alta, fuerte, de hombros anchos, de grandes manos, de caderas anchas, de piernas robustas sin una sola variz, de ojos verdes enormes, de boca grande con dientes grandes, -todos suyos hasta el fin de sus días-, de labios gruesos, pelo largo y rizado -de ahí mi rizo-, recogido meticulosamente en la nuca, en un enorme moño del que nunca se escapaba ni un sólo mechón, yo lo recuerdo gris en mi infancia y completamente plateado el día en que murió, cuando yo tenía veinticinco años. Su piel era blanca, sin una sola mancha de hiperpigmentación de melania, ni tan siquiera en las manos. La recuerdo vestida siempre de luto, con un mándil de cuadros grises atado permanentemente a la cintura. Cuando salía a la calle iba impecablemente vestida y con olor a colonia de Myrurgia. Su imponente figura contrastaba con la de mi abuelo, al que se cogía siempre del bracete, y que me perdone Dios, pero mi abuelo parecía un apéndice con forma de Torrebruno o el bolso de la compra. Mi abuelo era un hombre menudo, delgado, de nariz aguileña, de ojos pequeños con larguísimas pestañas, de piel tremendamente blanca y pecosa -de ahí mis pecas-, quemada por el sol (de hecho, murió de un melanoma -de ahí mi acojone y mi aversión a la playa y al sol-). Su silueta era característica; siempre iba con sombrero y un bastón -cojeaba de la pierna izquiera, ¿o era la derecha?... no recuerdo-. Era tímido y reservado, y todo lo que él se guardaba a mi abuela le faltaba tiempo para airearlo a los cuatro vientos. Se llamaba José, pero ella nunca le llamaba por su nombre cuando le nombraba ante los ajenos, ella le llamaba "mi hombre". Él la llamaba "el ama". ¡Y tanto que era el ama!; el ama de su casa, de sus hijos, de la vida de sus hijos, intentó ser incluso la dueña de la vida de sus nietos, aunque ahí dió en hierro forjado... por suerte la pillamos algo minada, pero fue genio y figura hasta la sepultura, como suele decirse. Y como dice el chiste, ni el eco se atrevía a rechistarla. Lo que el ama disponía estaba bien hecho, para eso era el ama.
Nadie vaya a pensar en mi abuelo como un pobre infeliz o un pusilánime a la sombra de semejante hembra. Mi abuelo encontró la mujer que él quería; la que le guardaba el respeto como hombre de la casa, la que le vestía, y digo le vestía porque literalmente le vestía y mi abuelo no salía a la calle sin que mi abuela abrochase el último botón, la que le planchaba todas sus camisas y pantalones, la que le tenía preparado el caldero o la palangana con agua caliente cuando volvía de las faenas del campo, la que le afeitaba con mayor precisión y tiento que el mismísimo barbero, la que tenía todo como los chorros del oro y perfectamente colocado.
Mi abuela le debía al Régimen (eso creía) el que le hubiese devuelto a su marido vivo después de la guerra. Mi abuelo marchaba a la guerra a finales del treinta y seis y ella quedaba sola con un hijo de pocos meses (mi padre) y una niña de dos años (mi tía). Cuando el ejército republicano lo apresó, ella tenía dos hijos y le tocó pelear sola, su personal lucha -como tantas otras como ella de un lado y del otro- para no morirse de hambre, porque cuando el hambre devora las tripas no hay más lucha que tratar de que no te las desgarre. Tras la guerra, y con mi abuelo ya en casa, tuvo cuatro hijos más y a todos los educó en el nacionalcatolicismo y en un odio exacerbado hacía el color rojo, sobre todo desde el recuerdo de aquel día en el que una mujer con uniforme republicano apuntó a la cabeza de su hijo de tres años (mi padre) que canturreaba las palabras "cara sol, cara sol, cara sol" cuando su madre le llevaba de la mano, y le dijo que la próxima vez le volaría la cabeza al niño y después a ella. Quedaba sembrada la semilla del odio y del rencor para siempre jamás. Aquello no lo olvidaría en la vida... menuda era mi abuela para olvidar nada y menos semejante cosa. Cuando nos lo contaba a los nietos -no sé si sintiéndose heroína o con el propósito de empujarnos a la espiral del absurdo e infundado odio que se alimenta del pasado- parecía que lo estaba viviendo en ese momento, sus ojos se iluminaban con una luz que deba miedo... no le sacó las entrañas a la susodicha tras la guerra cuando se supo ganadora porque ya se había encargado la contienda de sacárselas. Así es que educó a sus hijos por y para la dictadura y a sus hijas como mujeres decentes y mujeres de su casa. Mi abuela inculcaba el respeto y la obediencia al padre. Por su parte, ella hacía y deshacía a su antojo y disponía en todo cuanto estaba bajo su dominio, es decir, todo.
Mi abuela fue mujer del Régimen, asumió su papel a la perfección. Para quienes la conocieron, mi abuela Teodora, -contundente nombre para aquella mujer de pies de plomo- siempre fue el ama, la gran matriarca. Para mí fue una superviviente como otras tantas, una mujer de armas tomar, víctima de la Historia y de las circunstancias. Aunque ella nunca se sintió víctima de nada, creo que para ella sería inconcebible que alguien la considerase víctima de nada... "vosotros sí que sois víctimas de esta Sodoma y Gomorra y esta sinvergüencería que hay ahora", seguro que diría, como si la estuviese oyendo... Vivió feliz y contenta y lloró a moco tendido cuando murió el generalísimo como si de su padre o su marido se hubiese tratado.
Siempre me he preguntado cómo hubiese sido esa arrolladora mujer si hubiese nacido hace veinte años, en este país libre y democrático, el que ella contribuyó a levantar a su manera, porque Sí, a pesar de los pesares, también a ella y mujeres como ella les debemos lo que tenemos. ¿Cómo, qué o quién hubiese sido la gran matriarca?
Comentario:
¡Ay, tunanteeeee! ¡Qué manera de contar las cosas de tu abuela molinera!
Pues digo yo que, al final, aprendió a ser madre y no matriarca, y a morir de una forma humilde, como, desde luego, no vivió. Incluso me pareció, al final, que nos quería, y que valoró y admiró a una nuera que siempre le pareció poco para su hijo... ¡Qué equivocada que estaba! Al final, lo supo.
Hemos heredado su fuerza vital, y por eso le estoy muy agradecida.
Pues digo yo que, al final, aprendió a ser madre y no matriarca, y a morir de una forma humilde, como, desde luego, no vivió. Incluso me pareció, al final, que nos quería, y que valoró y admiró a una nuera que siempre le pareció poco para su hijo... ¡Qué equivocada que estaba! Al final, lo supo.
Hemos heredado su fuerza vital, y por eso le estoy muy agradecida.
Comentario:
Y venga a llamar al timbre to la santa tarde y ya cojo y me asomo por la ventana y los veo de correr. Los dos feligreses, los de la Isabel de Juan Rubio. Y digo, verás que poco vas a tocar el timbre, so canalla. Me pongo detrás de la puerta y zas, lo engancho del brazo y así con to el puño cerrao le he apretao en to los dientes... Y ahora vas y se lo dices a tu abuela, a la Isabel, a ver si tie cojones a rechistar, pero hombre.
A cualquiera que se le cuente esto, hoy en día, dirá que que mujer más bestia y agresiva. Sí, algo. Pero así era como ella entendía que se le debía guardar respeto a una octogenaria y así era como a veces había que educar a los chiquillos... Y si sale su abuela a darle la razón al niño es porque tiene mu poca vergüenza.
El último sentimiento que tengo hacia esta gran mujer, que también era mi abuela, es de admiración. Porque supo adaptarse a una vida moderna desde lo rancio de su ideología, supo aprender a callar cuando debía hacerlo (después de lo que había largado por su boca) y supo estar en su sitio en el momento oportuno. Y resultó ser "la abuela" que ninguno de nosotros habíamos concebido.
A cualquiera que se le cuente esto, hoy en día, dirá que que mujer más bestia y agresiva. Sí, algo. Pero así era como ella entendía que se le debía guardar respeto a una octogenaria y así era como a veces había que educar a los chiquillos... Y si sale su abuela a darle la razón al niño es porque tiene mu poca vergüenza.
El último sentimiento que tengo hacia esta gran mujer, que también era mi abuela, es de admiración. Porque supo adaptarse a una vida moderna desde lo rancio de su ideología, supo aprender a callar cuando debía hacerlo (después de lo que había largado por su boca) y supo estar en su sitio en el momento oportuno. Y resultó ser "la abuela" que ninguno de nosotros habíamos concebido.
Comentario:
¿De qué pensais que viene el nombre de "ama de casa"? Por lo general la mujer era la que dirigía, administraba, se ocupaba de la intendencia, etc.
Creo que aunque la mujer ha avanzado mucho en algunos campos (y que no hay que retroceder), ha perdido ese poder de "Ama" de tu abuela.
Que tengais una feliz semana! y cuidado con las torrijas!
Creo que aunque la mujer ha avanzado mucho en algunos campos (y que no hay que retroceder), ha perdido ese poder de "Ama" de tu abuela.
Que tengais una feliz semana! y cuidado con las torrijas!
Comentario:
Que grande debió ser tu abuela...
Seguramente admirable...
Un beso
Seguramente admirable...
Un beso





