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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
En el país de Ingrid Betancourt
La primera sensación, al bajar del avión, fue una bofetada de calor asfixiante y la piel pegajosa y húmeda de súbito. El aire, durante unos segundos, me resultó irrespirable. La segunda impresión fue de intimidación; numerosos soldados, fusil en mano, se repartían por todo el aeropuerto, los mismo que a nuestro regreso a España abrieron nuestras maletas y registraron nuestro equipaje utilizando las manos como cámara escáner. Era la primera vez que viajábamos al extranjero, y allí estaba una señorita, con nuestros nombres escritos en un cartel sobre su cabeza, para conducirnos a un minibús que nos llevaría a nuestro hotel. Durante el recorrido nos fue explicando, a los ocho o diez que íbamos dentro, todos españoles, que no nos separásemos por nada del mundo de nuestros pasaportes y no nos aventurásemos a excursiones fuera de la ciudad por nuestra cuenta, es decir, que los guías de confianza eran los referentes del hotel. Por todo lo demás, la señorita nos deseaba una feliz estancia en aquella maravillosa ciudad, al tiempo que nos comentaba sobre este o aquel edificio que acabábamos de cruzar.
Fuimos fieles a los consejos de nuestra guía, sobre todo en lo que al pasaporte se refirió.
Aún no sé cómo se nos ocurrió la idea dado el poco espíritu aventurero de ambos, tal vez pensamos que qué peligro podía haber en acercarnos a patear esa parte de la ciudad que habíamos visto al trote de una carreta tirada por una yegua percherona días antes. Aquella tarde era la última y durante nueve días habíamos disfrutado de las Islas del Rosario, de sus paradisíacas playas, de un hotel de lujo, de una discoteca exclusiva para clientes, de una deliciosa langosta recien pescada en La Barraquilla, de excursiones en chiva, de paseos en canoa llevada por un nativo a través de los exóticos manglares, de un relajante baño en barro en el crater de un pequeño volcán, de un montón de picotazos de mosquitos semejantes a elefantes voladores -todo hay que decirlo- y de un trato exquisito por parte de botones, recepcionista, camareros, guías y todo cuanto nos rodeaba en aquella burbuja de cristal.
Cartagena de Indias ofrecía el contraste de una urbe de lujo que emergía como un coloso ajena a su lado opuesto, al arrabal de chabolas en donde medio millón de personas vivían en la indigencia, en la más completa ignominia sin merecerlo. Luces y sombras de una gran ciudad.
Con aspecto de turistas despistados y entusiasmados por todo cuanto descubríamos a nuestro paso, nos paseamos por las estrechas calles de edificios de piedra de la Cartagena colonial, de bellísimos balcones y escenarios que nos trasportaban a épocas históricas que reconstruíamos en nuestra imaginación e inmortalizabamos con el objetivo de nuestra cámara. Hombres trajeados nos cogían del brazo y nos empujaban, literalmente e interrumpiendo nuestro paseo, para hacernos entrar en las joyerías, que existían allá en igual número que los bares en España, para ofrecernos oro y esmeraldas a precio de ganga. Niños, vagabundeando por las calles a cualquier hora del día y de la noche, se nos acercaban en grupo, en medio de una algarabia de la que sólo se deducía que querían unos pesos por un paquete de winston de contrabando que te ofrecían hasta metértelo por los ojos. Sorteábamos a los unos y a los otros y lográbamos escurrirnos de todos ellos, no sin esfuerzo. Nuestro paseo continuaba, a pesar de los constantes asaltos de unos y de otros.
Cuando aquella mujer apareció delante de nosotros, mi marido se adelantó un paso y me dejó tras él en un instintivo gesto de protección aún no sabía de qué. La mujer extendía las manos con insistencia hacia nosotros, sobre todo abogaba a mí, a la señora... pedía unos pesos. "Unos pesos para una mujer enferma", repetía... "por caridad"... repetía. Se llevó las manos al pecho y dejó al descubierto uno de sus senos. Atisvé, como pude, por encima del hombro. Lo que aquella mujer dejaba al descubierto horrorizaba. Era una herida repugnante; purulenta, de bordes necrosados, en forma de crater, toda la mama enrojecida e inflamada. Aquello podía ser un cancer de mama en un estadio avanzado, o cualquier otra lesión infectada y no tratada médicamente... sepa Dios. Mi marido apartó la vista, me apartó a mí, me cogió del brazo y echó a andar sin volver la vista atrás, llevándome casi en volandas. Le conozco y sé que unos segundos más le hubiesen hecho caer redondo al suelo. La mujer se quedó maldiciéndonos, echaba pestes por su boca... " Yakees, ¡fuera de mi país!, ¡fuera de mi país!...", repitió varias veces a viva voz. Yanhees... Nos insultó con la palabra yankees... ¿opresores?... tal vez.... Dimos por terminado nuestro paseo y regresamos al hotel. Allí él setenció que no volvería a salir de España.
Lo que había revuelto mis tripas no había sido aquella imagen, por mi profesión estaba acostumbrada a ello, lo que revolvió mis entrañas fue la impotencia y la voz de la conciencia. No pude reaccionar ni a sacar un puto dolar del bolsillo, aunque aquel dolar sólo hubiese matado el hambre de un par de días. El revuelto de tripas venía porque su miseria personal, y la de millones de miserables como ella, era el reflejo de otra miseria más miserable todavía: la mia propia y la de millones como yo. La miseria de la insolidaridad y la injusticia social. Esa insolidaridad que nos hace apartar la vista. Esa ceguera permanente que nos permite vivir cómodos en nuestra burbuja de cristal. Hemos creado nuestra jungla particular, en la que el que sobrevive no es precisamente el que la Naturaleza dota de más fuerza. Hemos alterado el ciclo de la vida y hemos alterado las leyes de la selección natural. El poder, llámese politico o económico, y los intereses de las llamadas grandes potencias, o de los gobiernos, son los culpables de una ley contra natura que decide quienes y cómo viven y quienes y cómo mueren.

Quienes viven y quienes mueren.



 
Comentario:
Realmente me has puesto los pelos de punta con este post... tela. Si realmente pudiéramos hacer algo por estas personas..., pero me temo que solo la gente con mucho "poder y medios" puede hacerlo y sinceramente parece no importarles demasiado.

Una pena. Enorme.

Besazo reina.
 
Comentario:
Todos miramos para otro lado cuando vemos la miseria. Con la foto que pones ya me acabas de rematar.
Casi seis millones de niños murieron de hambre el pasado año según el último informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Mueren porque su sistema inmunológico no es capaz de hacer frente a enfermedades infecciosas, y de pronta curación, como el sarrampión o una simple diarrea.
La brecha entre el mundo rico y el pobre dibuja una paradoja cada vez más evidente. Mientras unos comen de más, otros sobrevivirían con las sobras. La desnutrición la padecen 852 millones de personas en el mundo
No