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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
El Salto (Capítulo VI)
El cielo mostraba su espectáculo de luces: la luna en cuarto menguante, como finísima raja de melón plateado, y miles de millones de estrellas, puntitos incandescentes desde su eclosión en llama viva hasta su ocaso -millones de años allá arriba y milésimas de segundo aquí abajo. Un instante fugaz en el alfeízar de una ventana de un sexto piso- Un auténtico espectáculo de destellos de luz en medio de la más absoluta oscuridad. Indescifrables caminos y gargantas de agujeros negros... Qué enorme misterio péndulo allá arriba, inalcanzable, inescrutable, aparentemente inamovible. Le gustaba la astronomía, su abuelo y las historias que le contaba de pequeño, en largas noches de verano contemplando el cielo mientras esperaban a que Morfeo quisiera hacerlos presos, tenían la culpa de ello. Conocía las constelaciones y era capaz de localizar cientos de estrellas, era tan simple como empezar a trazar lineas imaginarias para dar saltos de un lado a otro por allá arriba... " Tú sólo tienes que localizar la Osa Mayor, es la que mejor se ve en nuestro cielo en primavera. Si trazas una linea imaginaria entre sus dos estrellas que más brillan y la desplazas -imaginariamente, siempre tu imaginación- a tu izquierda, te encontrarás con la estrella polar; ahí tienes a la Osa Menor... Ven, acércate... Mira". Y ella miraba por el telescopio que, sostenido sobre un firme trípode, apuntaba hacia el cielo por el tragaluz de la buhardilla. Él fijaba el objetivo sobre la estrella polar y se colocaba tras ella. Apoyaba su mejilla contra la de ella y seguía susurrando con el leve roce de sus labios sobre la piel, como un aleteo de mariposas. Mientras ella miraba, él exhalaba su cálido aliento y recorría a besos su nuca, despejada tras apartarle el pelo. Después retomaba su apasionada -en todo cuanto le interesaba ponía pasión- clase de astronomía. "Si ahora trazas otra línea desde la estrella polar hacía arriba y atrás, más allá, como si te quisieras salir del universo por tu izquierda, de nuevo a tu izquierda, ahí"... y movía lentamente el telescopio con sus manos sobre las de ella, rodeándola con sus brazos... "No pongas esa cara, sé que estás poniendo cara de vale, si tú lo dices ... ahí encontrarás a Cassiopea... Cassiopea es increíble, no hay otra constelación igual". Ella se daba la vuelta, le importaba poco lo increíble que era cassiopea, le interesaba más ese universo que tenía delante y que estaba dispuesta a escudriñar sin dejar un solo recodo. Sus manos, sus labios y su lengua descubrían poco a poco su único universo: el de dos cuerpos desnudos desentrañándose.
"Cecilia"... se escurrió el nombre de sus labios y los recuerdos se desvanecieron como el humo. No había vuelto a subir a la buhardilla. El telescopio se encontraba anquilosado en el mismo ángulo, apuntando a Cassiopea. Las lágrimas, que inútilmente trataba de tragarse, se escurrían hasta secarse. Encendió un cigarrillo, la calada le llegó hasta los mismísimos alveolos y apenas si exhaló el humo. Sintió que se quemaba por dentro. Frunció el ceño y miró la marca del cigarrillo; un camel que no sabía de dónde había salido, tal vez había sido el plan de ataque de alguna embriagada noche, porque seguía sin recordar cómo había llegado al bolsillo de su camisa... A él no le gustaba fumar, sólo lo hacía de vez en cuando. Siguió sentado, fumando, hasta terminarlo. Antes de irse a la cama volvió a mirar allá arriba, hasta localizar a Cassiopea... Entró, cerró la ventana y bajó la persiana hasta estrangular el más mínimo resquicio de luz.
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