¿Dónde su victoria?
Ayer tarde vi a mi primo Jesús caer abatido a los pies de la tumba de su madre, mi tía. La tumba se abría, después de nueve años, para acoger el féretro de su padre, mi tío. El día en que murió su madre, hace casi nueve años, mi primo tenía veintiseis años y su madre moría tras una larga enfermedad. Hoy hacía un intento inútil y desesperado por tocar el féretro, alargando los brazos hacia dentro y llorando como un niño, como si abrir esa tumba le hubiese devuelto el regazo perdido. Vana esperanza.
Pertenecí al coro de la iglesia de mi pueblo durante un tiempo. Durante años fui a la iglesia sólo porque me gustaba oír al coro (creo que siempre fue la única razón). Por otra parte, no hay acústica comparable a la de un temblo sagrado. Creo que no hay canción del Cancionero religioso juvenil que, al menos, no tararee, otras muchas se mantienen intactas en la memoria. Hay una estrofa de una canción que dice: La muerte, ¿dónde está la muerte? ¿Dónde su victoria? Esa es su victoria: la terrible ausencia. El recuerdo, únicamente.
No sé si decir que la vida convierte a la muerte en un misterio, o que es la muerte la que hace que la vida sea un misterio. Si existe la resurrección -cosa que dudo-, entonces la muerte es un misterio. Si nacemos para morir, entonces la vida es un misterio, además de una putada. Un misterio que irrumpe con un enérgico llanto y que termina exhalando un último y silencioso aliento.
Tenía seis años cuando mi hermano pequeño moría en un accidente de tráfico. Por primera vez, la muerte. La muerte para una niña de seis años sólo existe de mentira. Recuerdo su pequeño cuerpo rodeado de flores, inerte en la cama de mis padres. Yo estaba de pie, en un lateral de aquella cama... Desconocía la frase que devolvía a la vida: "Lázaro, levántate y anda", si la hubiese conocido la hubiese gritado, inocentemente. Alguien me levantó del suelo, invitándome a dar el último beso... Pataleé hasta verme de nuevo en tierra firme y, gracias a eso, no guardo en mis labios el roce de la gélida muerte.
A pesar de los años, no hay distorsión de imágenes, ni de palabras, ni de gestos de todo cuanto aconteció aquel día... Tengo su imagen gravada a fuego en lo más profundo de mi ser. Sólo su imagen, nunca supe inventarle vida, ni cómo sería si hubiese sido mayor, ni qué hubiese sido... Eternamente mi dulce Lauri. La primera terrible Ausencia.
Sí, la muerte era terrible... no era esperanza, ni eternidad, ni gozo, ni dicha porque ya estaba en presencia del Padre... Ni la esperanza de su resurreción... yo confiaba en que su resurrección sería inminente, sobre todo porque alguna vecina me insistía en que no estaba muerto, que estaba dormido y que se despertaría cuando llegase al cielo. Si llegas al cielo y te das cuenta de que no estás en tu casa, lo suyo es que vuelvas cuanto antes, si puede ser antes de la cena, mejor. Pero nunca volvió. Eso era la muerte: una dolorosa, larga -larguísima- y terrible ausencia.
Se presentó por segunda vez, la muy puta, y no tuvo clemencia. De nuevo su terrible victoria, de nuevo la desgarradora ausencia. Ahí sí toqué sus labios, sus ojos, su pecho sin latidos... su silencio... Fui Santo Tomás, necesité ver y tocar para creer de nuevo en su victoria. Escarcha eternamente en mis dedos.
¿Cómo concibe un hijo a su padre como tal si nunca llegó a conocerlo? ¿Qué voz y qué palabras pone en su boca? ¿Qué gestos le otorga? ¿Qué risa? ¿Qué andares? ¿Son posibles las lágrimas por quien nunca se llegó a conocer? Esta es la victoria de la muy puta, de la muerte enamorada y de la vida desatenta.
Me sucede a veces; tengo que abrir un albúm de fotos y mirar su cara y repasarla con los dedos, una caricia sobre un plástico transparente para que no se deteriore... para que no se deteriore...
Y es cierto que la luz siempre deja a la sombra vencida, por hacer alusión de nuevo a Hernández... Pero también es cierto, por hacer alusión a Baricco, que en ciertas tardes de sol, inopinadamente, llueve... y que la vida sigue -será esa su única derrota- pero ahora déjenme que llore para achicar agua y seguir a flote.
Pertenecí al coro de la iglesia de mi pueblo durante un tiempo. Durante años fui a la iglesia sólo porque me gustaba oír al coro (creo que siempre fue la única razón). Por otra parte, no hay acústica comparable a la de un temblo sagrado. Creo que no hay canción del Cancionero religioso juvenil que, al menos, no tararee, otras muchas se mantienen intactas en la memoria. Hay una estrofa de una canción que dice: La muerte, ¿dónde está la muerte? ¿Dónde su victoria? Esa es su victoria: la terrible ausencia. El recuerdo, únicamente.
No sé si decir que la vida convierte a la muerte en un misterio, o que es la muerte la que hace que la vida sea un misterio. Si existe la resurrección -cosa que dudo-, entonces la muerte es un misterio. Si nacemos para morir, entonces la vida es un misterio, además de una putada. Un misterio que irrumpe con un enérgico llanto y que termina exhalando un último y silencioso aliento.
Tenía seis años cuando mi hermano pequeño moría en un accidente de tráfico. Por primera vez, la muerte. La muerte para una niña de seis años sólo existe de mentira. Recuerdo su pequeño cuerpo rodeado de flores, inerte en la cama de mis padres. Yo estaba de pie, en un lateral de aquella cama... Desconocía la frase que devolvía a la vida: "Lázaro, levántate y anda", si la hubiese conocido la hubiese gritado, inocentemente. Alguien me levantó del suelo, invitándome a dar el último beso... Pataleé hasta verme de nuevo en tierra firme y, gracias a eso, no guardo en mis labios el roce de la gélida muerte.
A pesar de los años, no hay distorsión de imágenes, ni de palabras, ni de gestos de todo cuanto aconteció aquel día... Tengo su imagen gravada a fuego en lo más profundo de mi ser. Sólo su imagen, nunca supe inventarle vida, ni cómo sería si hubiese sido mayor, ni qué hubiese sido... Eternamente mi dulce Lauri. La primera terrible Ausencia.
Sí, la muerte era terrible... no era esperanza, ni eternidad, ni gozo, ni dicha porque ya estaba en presencia del Padre... Ni la esperanza de su resurreción... yo confiaba en que su resurrección sería inminente, sobre todo porque alguna vecina me insistía en que no estaba muerto, que estaba dormido y que se despertaría cuando llegase al cielo. Si llegas al cielo y te das cuenta de que no estás en tu casa, lo suyo es que vuelvas cuanto antes, si puede ser antes de la cena, mejor. Pero nunca volvió. Eso era la muerte: una dolorosa, larga -larguísima- y terrible ausencia.
Se presentó por segunda vez, la muy puta, y no tuvo clemencia. De nuevo su terrible victoria, de nuevo la desgarradora ausencia. Ahí sí toqué sus labios, sus ojos, su pecho sin latidos... su silencio... Fui Santo Tomás, necesité ver y tocar para creer de nuevo en su victoria. Escarcha eternamente en mis dedos.
¿Cómo concibe un hijo a su padre como tal si nunca llegó a conocerlo? ¿Qué voz y qué palabras pone en su boca? ¿Qué gestos le otorga? ¿Qué risa? ¿Qué andares? ¿Son posibles las lágrimas por quien nunca se llegó a conocer? Esta es la victoria de la muy puta, de la muerte enamorada y de la vida desatenta.
Me sucede a veces; tengo que abrir un albúm de fotos y mirar su cara y repasarla con los dedos, una caricia sobre un plástico transparente para que no se deteriore... para que no se deteriore...
Y es cierto que la luz siempre deja a la sombra vencida, por hacer alusión de nuevo a Hernández... Pero también es cierto, por hacer alusión a Baricco, que en ciertas tardes de sol, inopinadamente, llueve... y que la vida sigue -será esa su única derrota- pero ahora déjenme que llore para achicar agua y seguir a flote.
Comentario:
Achica el agua que quieras, toda la gente que te lee estará ahí para que la soledad no te invada y ayudarte así a mantenerte a flote. A los que sufrimos la pérdida de un ser querido siempre nos queda en el aire la pregunta de ¿porqué? ¿porqué a él/ella? Nunca sabremos la respuesta





