Sara
Nos aproximábamos a la rotonda de El Molinillo. Mi compañero y yo elucubrábamos sobre lo que nos encontraríamos allí. El aviso del 112 era inespecífico, ambiguo y sin mucha información al respecto, sólo sabíamos que una mujer de treinta y dos años, que padecía esquizofrenia, se encontraba sola en la gasolinera sita en esa rotonda y que, según la persona que avisó al 112 (su madre), no había tomado su medicación habitual y solicitaba que fuese atendida.
A escasos metros del lugar, escudriñé todo lo que mi campo visual era capaz de alcanzar... sólo encontré al gasolinero, al que conozco como paciente del Centro, a un pintor que rotulaba el frontal de los surtidores y a una mujer que saltaba, de un lado para otro, entre las pequeñas zonas ajardinadas que rodean, y separan, la gasolinera de la gran rotonda.
"Ésa va a ser", dije a mi compañero.
Cuando llegamos a su altura, bajé la ventanilla unos cuatro centímetros y sus manos se asieron al cristal como el náufrago al único resto de su naufragio. "¿Son ustedes los que me van a ayudar? ¿Me van a llevar a Madrid?" Esas fueron sus dos frases, demandantes y desesperadas, antes de que nos identificásemos y antes de identificarse.
"Hola, ¿tú eres Sara -no recuerdo sus apellidos ahora, ayer sí los recordaba porque los llevaba escritos en un papel-?" Ella asintió con la cabeza, con premura, y añadió un pero y, de nuevo, su interrogante: "pero, ¿son ustedes los que me van a llevar a Madrid?"
Quería subirse al coche a toda consta. La convencimos para que nos dejase aparcar y poder hablar con ella, con tranquilidad. El bar de la gasolinera había cerrado (no sé si para que ella no estuviese dentro o porque era su hora de cierre), en él había tomado un café, era lo único que había tomado en todo el día. Vestía mallas negras, camiseta negra, chaqueta negra de Mango (colgaban las letras MNG en un apéndice de su cremallera) y otra chaqueta verde caza encima de ésta. Su pelo, largo y moreno. Su aspecto general era como el de alguien que no ha dormido en toda la noche y no ha tenido ocasión de lavarse la cara, ni de peinarse, el aspecto de quien no ha tenido tiempo de despejarse... de quien no ha despertado en su cama, en su casa, en su rutina diaria... el aspecto de quien ha perdido el norte de su propia vida y, en medio del aturdimiento y la desorientación, sólo desea volver a ella.
Volver a Madrid, eso quería Sara.
LLevaba una bolsa de plástico con un arsenal de pastillas que inspeccionamos con sumo cuidado. Ella aseguró haberse tomado todo debidamente. Nos contó que había llegado allí con un chico, su novio, que habían discutido y él se había marchado... "Ha pasao de mí", dijo. Su relato, en el que iba y venía reiteradamente sobre la misma idea, y en el que afirmaba que su novio estaba loco y que tenía un plan para matarla a ella y a su hermano, era interrumpido una y otra vez por la misma pregunta: ¿Me van a llevar a Madrid? De repente, calló. Nos miró. Le pregunté qué tal se encontraba... me preguntó cómo me llamaba, sin contestar a mi pregunta. Respondí a la suya. "Ya no te acuerdas cómo me llamo yo, ¿a que no?", me dijo. "Sara", le dije. Me sonrió desde su particular trapecio en el que su mente la había subido y en el que ella no dejaba de columpiarse.
Le pregunté si su madre podría venir a por ella, dijo que no, que su madre vivía en no sé qué pueblo con su actual pareja. A su padre no lo mencionó. Su hermano estaba en Madrid y no quería saber nada de ella porque la culpaba de no sé qué cosas... Relataba y relataba, como si el tiempo no existiese para ella, tan sólo existía una idea: volver a Madrid. Nosotros estábamos a 17 kilómetros de nuestro Centro de Atención, en medio de un cruce de caminos en donde alguien había apeado a Sara, aunque hacia tiempo que Sara se había apeado del resto del mundo. Sería por eso que a mí se me antojaba que absolutamente todo cuanto la rodeaba permanecía ajeno a ella: un bar de carretera cerrado a las cinco de la tarde, un gasolinero y un pintor que ignoraban su presencia, los coches que iban y venían de Madrid y que ignoraban si ella pertenecía, o no, a aquella jungla a la que anhelaba volver. En aquel lugar que la separaba kilómetros y kilómetros de su casa, sólo un médico y una enfermera escuchábamos su realidad, posiblemente fraguada en su mente enferma, una invención para el resto del mundo, aunque al resto del mundo su invención o su realidad le importase lo más mínimo, ni le importase.
No había problema de salud que resolver... Sara sólo quería volver a Madrid.
Tras quince minutos, aparecía un coche de la guardia civil, también alertados por el 112. Ellos se pondrían en contacto con algún familiar para que fuesen a recogerla, o esa noche dormiría en un albergue de Porzuna y ya se vería qué hacer al día siguiente.
Ella pareció conforme, desconfiada pero conforme... no le quedaba otra, a pesar de su insistencia a los señores policias (así los llamó varias veces) de que fuesen ellos quienes la llevasen a Madrid. Agradecimos su ayuda a los guardia civiles, nos despedimos de Sara, asegurándole que los amables señores policias la ayudarían en lo que estuviese en su mano.
Volvemos a nuestro punto de Atención y, desde hace unos kilómetros, llueve, y un precioso arcoiris salta la carretera de lado a lado, en medio de un cielo plomizo en donde un rayo de sol ha irrumpido, abriéndose paso entre dos nubes, sin que el dios de la lluvia le haya invitado, haciendo posible el maravilloso espectáculo.
Hoy sólo recuerdo que se llama Sara, y espero que la niña que nunca quiso ser princesa esté a salvo en su Madrid.
A escasos metros del lugar, escudriñé todo lo que mi campo visual era capaz de alcanzar... sólo encontré al gasolinero, al que conozco como paciente del Centro, a un pintor que rotulaba el frontal de los surtidores y a una mujer que saltaba, de un lado para otro, entre las pequeñas zonas ajardinadas que rodean, y separan, la gasolinera de la gran rotonda.
"Ésa va a ser", dije a mi compañero.
Cuando llegamos a su altura, bajé la ventanilla unos cuatro centímetros y sus manos se asieron al cristal como el náufrago al único resto de su naufragio. "¿Son ustedes los que me van a ayudar? ¿Me van a llevar a Madrid?" Esas fueron sus dos frases, demandantes y desesperadas, antes de que nos identificásemos y antes de identificarse.
"Hola, ¿tú eres Sara -no recuerdo sus apellidos ahora, ayer sí los recordaba porque los llevaba escritos en un papel-?" Ella asintió con la cabeza, con premura, y añadió un pero y, de nuevo, su interrogante: "pero, ¿son ustedes los que me van a llevar a Madrid?"
Quería subirse al coche a toda consta. La convencimos para que nos dejase aparcar y poder hablar con ella, con tranquilidad. El bar de la gasolinera había cerrado (no sé si para que ella no estuviese dentro o porque era su hora de cierre), en él había tomado un café, era lo único que había tomado en todo el día. Vestía mallas negras, camiseta negra, chaqueta negra de Mango (colgaban las letras MNG en un apéndice de su cremallera) y otra chaqueta verde caza encima de ésta. Su pelo, largo y moreno. Su aspecto general era como el de alguien que no ha dormido en toda la noche y no ha tenido ocasión de lavarse la cara, ni de peinarse, el aspecto de quien no ha tenido tiempo de despejarse... de quien no ha despertado en su cama, en su casa, en su rutina diaria... el aspecto de quien ha perdido el norte de su propia vida y, en medio del aturdimiento y la desorientación, sólo desea volver a ella.
Volver a Madrid, eso quería Sara.
LLevaba una bolsa de plástico con un arsenal de pastillas que inspeccionamos con sumo cuidado. Ella aseguró haberse tomado todo debidamente. Nos contó que había llegado allí con un chico, su novio, que habían discutido y él se había marchado... "Ha pasao de mí", dijo. Su relato, en el que iba y venía reiteradamente sobre la misma idea, y en el que afirmaba que su novio estaba loco y que tenía un plan para matarla a ella y a su hermano, era interrumpido una y otra vez por la misma pregunta: ¿Me van a llevar a Madrid? De repente, calló. Nos miró. Le pregunté qué tal se encontraba... me preguntó cómo me llamaba, sin contestar a mi pregunta. Respondí a la suya. "Ya no te acuerdas cómo me llamo yo, ¿a que no?", me dijo. "Sara", le dije. Me sonrió desde su particular trapecio en el que su mente la había subido y en el que ella no dejaba de columpiarse.
Le pregunté si su madre podría venir a por ella, dijo que no, que su madre vivía en no sé qué pueblo con su actual pareja. A su padre no lo mencionó. Su hermano estaba en Madrid y no quería saber nada de ella porque la culpaba de no sé qué cosas... Relataba y relataba, como si el tiempo no existiese para ella, tan sólo existía una idea: volver a Madrid. Nosotros estábamos a 17 kilómetros de nuestro Centro de Atención, en medio de un cruce de caminos en donde alguien había apeado a Sara, aunque hacia tiempo que Sara se había apeado del resto del mundo. Sería por eso que a mí se me antojaba que absolutamente todo cuanto la rodeaba permanecía ajeno a ella: un bar de carretera cerrado a las cinco de la tarde, un gasolinero y un pintor que ignoraban su presencia, los coches que iban y venían de Madrid y que ignoraban si ella pertenecía, o no, a aquella jungla a la que anhelaba volver. En aquel lugar que la separaba kilómetros y kilómetros de su casa, sólo un médico y una enfermera escuchábamos su realidad, posiblemente fraguada en su mente enferma, una invención para el resto del mundo, aunque al resto del mundo su invención o su realidad le importase lo más mínimo, ni le importase.
No había problema de salud que resolver... Sara sólo quería volver a Madrid.
Tras quince minutos, aparecía un coche de la guardia civil, también alertados por el 112. Ellos se pondrían en contacto con algún familiar para que fuesen a recogerla, o esa noche dormiría en un albergue de Porzuna y ya se vería qué hacer al día siguiente.
Ella pareció conforme, desconfiada pero conforme... no le quedaba otra, a pesar de su insistencia a los señores policias (así los llamó varias veces) de que fuesen ellos quienes la llevasen a Madrid. Agradecimos su ayuda a los guardia civiles, nos despedimos de Sara, asegurándole que los amables señores policias la ayudarían en lo que estuviese en su mano.
Volvemos a nuestro punto de Atención y, desde hace unos kilómetros, llueve, y un precioso arcoiris salta la carretera de lado a lado, en medio de un cielo plomizo en donde un rayo de sol ha irrumpido, abriéndose paso entre dos nubes, sin que el dios de la lluvia le haya invitado, haciendo posible el maravilloso espectáculo.
Hoy sólo recuerdo que se llama Sara, y espero que la niña que nunca quiso ser princesa esté a salvo en su Madrid.
Comentario:
Fijate, aunque en esa situación no puedas hacer nada más, siempre te queda una especie de culpa o impotencia por no dominar la situación, como en una enfermedad física, por ejemplo. Ni siquiera aquí el valium o el haloperidol resuelven nada.
Alguien voló sobre el nido del cuco. Luego a seguir trabajando.
Alguien voló sobre el nido del cuco. Luego a seguir trabajando.





