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Rinconeras y retales de la memoria
Acerca de
Desde un lugar de la Mancha... Entre manos El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón
Sindicación
 
Como un aullido interminable
Los ojos de Alba

Son un cálido mar. Dos inmensos océanos de quietud, de verde cristal. Serenidad vítrea. Allí donde Dios dijo "hágase la luz" y la luz se hizo.
La he visto crecer y crecer... casi un metro setenta y cinco... Un muro de contención frente a un largo aullido interminable, y que ella devuelve con el eco de un susurro, el susurro de una voz que no necesita alzarse para detener el empuje irremediable.
No, no se lamenta de su mala suerte masticando chicle, ni fumando porros, ni abandonando estudios, ni callejeando como gata sin tejado. No es una automarginada víctima de la sociedad porque ella sabe que no es la sociedad la culpable. Ella sabe perfectamente quién tiene la culpa de que ella sea víctima, y como toda víctima, inocente.
Su padre es drogadicto: alcohólico, cocainómano, porrero... De todo un poco, ya se sabe, en la variedad está el gusto... Cuando pierde el control (porque en esto todavía hay quien piensa que tiene control) se vuelve agresivo... El cuento de siempre... Un cuento que me estomaga y me revuelve las tripas... Cuando pierde el control... ¡Será hijo puta! ¿Habrá cobardía más grande que la de ponerse hasta el culo para creerse alguien, para justificar semejante ignominia?
No, a Alba no la espera su padre de madrugada, como sí le sucede a sus amigas, acostado junto a su madre. No la oye dar la vuelta de llave con el mayor sigilo posible, deseando que el picaporte enmudezca para no delatar la hora de la llegada. Tampoco la oye desplazarse ligera como una pluma, gravitando entre pasillos hasta meterse en la cama. No cae rendida mientras el latido del corazón se debilita en los pies porque los tacones la dejaron muerta, ni sueña ajena al respirar tranquilo de sus progenitores porque la niña ya ha llegado a casa. Por el contrario, suele ser ella la que espera al padre... Ella lo intuye, lo sabe, es consciente de lo que hay, lo ha mamado desde niña, se conoce bien el percal... Su instinto de supervivencia lo olfatea... Aguarda sabedora... Aguardan sabedoras, ellas, dos, una madre y una hija que se ha convertido en un bastión frente al agravio y a la agresión. Cuando se retrasa quién sabe cómo vendrá... Y espera despierta, despierta y sabedora... Y después una vuelta de llave, y una voz que va subiendo el tono, y otra que intenta contenerla con susurros, y después los gritos, y zumbidos, y se levanta con las tripas revueltas y se pone en medio de la madre para defenderla, y, por último, una llamada al 112 de una voz joven, de diecinueve años, diciendo que su padre está agrediendo a su madre y necesita ayuda. Sin control.
Alba terminó primaria entre gritos, y sus ojos de niña eran dos serenos océanos de un verde cristalino. Terminó secundaria entre más gritos, y sus ojos seguían siendo dos serenos océanos de un verde cristalino. Ahora está en la universidad, y sus dos océanos son un golpe de mar de un sereno verde cristalino.


Los ojos de Mario

Los ojos de Mario imploraban ayuda mientras su abuelo, enfermo de un cancer de pulmón, yacía inconsciente en el suelo. Ese hombre, podrido y consumido ahora, era lo único que le quedaba en la vida.
La miseria se ceba con la miseria. La madre se había marchado un día, da igual si a la luz del alba, si en plena tarde o perdiéndose en las sombras de una noche sin luna, el caso es que huyó de su padre y así también abandonaba a su suerte a lo único que podía servirle de reclamo; a él. No se llevó nada que pudiera recordarle el más mínimo detalle de esa parte de su vida, ni tan siquiera lo que era de sus entrañas. Su padre era el rey de un suburbio de Madrid, experto traficante de papelinas, heroínomano, y seropositivo. Por aquel entonces, hará unos cuatro años, estaba cumpliendo condena por tráfico de drogas. Mario era hijo único de hijo único, lo que le convertía para sus abuelos paternos en nieto único. El día que su abuela reventó, sentada en una taza de un wc de un bar de barrio, de una cirrosis hepática fulminante, su abuelo le prometió que nunca lo abandonaría, y así fue.
La vida también empujaba a Mario como un aullido interminable y Mario respondió a la vida con un rugido inquebrantable.
Pero todo lo que el mar se traga, un día de inquieto oleaje lo devuelve... Lo empuja tierra adentro, con insistencia, como resto de naufragio, inservible, sin sombra de lo que fue... Y el padre de Mario apareció, y se vino al pueblo, tras el abuelo y el nieto. Primero se presentó sumiso, luego, impaciente y en busca de dinero. Pero su mirada hundida y esquiva se encontró con otra sostenida, tal vez desafiante, tal vez pidiendo cuentas, y que ya no era la de un niño perdido: la del hijo, los grandes ojos negros de Mario, los que vi derramarse cuando creía a su abuelo muerto.
Hace meses que murió el abuelo, y Mario ya tiene veinte años. Vive de nuevo en Madrid, en un piso compartido con amigos. Estudia primero de periodismo. Trabaja de vigilante varias noches a la semana y de camarero durante el día, o la tarde. Está opositando para el cuerpo de policía. Su padre sigue merodeando por el pueblo... De los ojos de Mario, de Mario, me habló su tía abuela cuando pregunté qué sería ahora de él. Ni la más remota idea de que aquel aparente adolescente desvalido era un héroe anónimo de esta perra vida, de su perra vida.

Y hasta aquí la historia de los ojos de Alba y los ojos de Mario, que bien podrían ser maliciosos, amenazantes, esquivos, de animal herido... Por el contrario son océanos en donde fluye la vida.
 
Comentario:
No hay ojos específicos: Alba, Mario... Tenemos , a nuestro alrededor, miles de ojos. Ojos en los que mirar, admirar, crecer, vivir, observar y aprender a amar. La vida, diariamente nos enseña. ¡Aprendamos!! Ese es nuestro objetivo cómo el tuvo el escribir historias que conmuevan. Gracias... Ángeles
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