La sra. Alañón
A través de la puerta entreabierta de mi consulta, vislumbro el largo y estrecho pasillo que lleva hasta la sala de espera. Su estrechura no permite el paso de la nueva camilla de urgencias, unos cuatro centímetros más ancha que el ancho de las dos puertas que debería atravesar hasta llegar a su destino: la sala de urgencias. He terminado con los crónicos y aún no han aparecido los programados de las once. Hoy ha sido el primer día tras las vacaciones y para ser Julio y lunes no he visto a ningún desafortunado desplazado. Raro, raro, raro.
Intento, en este rato, entrar en las páginas de La Junta, para ver cómo va el proceso de la OPE. Tarea imposible. ¡Joder!, ¡qué negada soy para encontrar algo en internet!, me sale de todo menos lo que busco. Nada, desisto. Ya lo buscará ése que me acompaña día tras día. El trabajo sucio para él, éso y llevar el coche al taller cuando toca, más el 50% del resto de esta empresa en común.
Me miro el reloj, son las once menos diez. Hago ademán de levantarme, me da tiempo a fumarme un cigarrillo. Sí, fumo. Hubo un tiempo en el que fumaba cuando quería y lo dejaba cuando me venía en gana. Ahora me resulta imposible, no sé si será por llevarle la contraria a lo que se impone...No, no soy tan necia, sé que fumar sólo me lleva a una bronquitis crónica, como poco, pero no tengo más vicio. Además, tampoco fumo tanto, lo preciso para matar el mono y acallar a la puñetera nicotina dentro de mis venas.
No me ha dado tiempo a ponerme en pie cuando la veo por el pasillo. La veo y la oigo aproximarse, porque es imposible no verla ni oírla. Su corpulento cuerpo se balancea al caminar. Su respiración se entrecorta y jadea. Su voz resuena por el pasillo como un huracán, preguntándole a nadie si ha venido ya la practicanta " si no, me voy". Yo permanezco sentada, con una sonrisa en los labios porque sé lo que me va a decir sin que yo abra la boca, porque ella es siempre así, igual de borde y antipática, pero totalmente previsible.
" ¿Se puede?" mientras abre la puerta de par en par. "Ya sé que no es la hora, pero no me regañes". Sus ojos grandes, su boca grande, con una separación entre incisivos similar al Gran Cañón, su cuerpo grande, grandísimo...todo ello toma asiento sin que yo se lo diga. " ¿Qué tal tus vacaciones, hermosa?, bien, ¿verdad?, mejor que aquí". No me deja responder. Sigo mirándola sin dejar de sonreir, a ver cuándo le da la gana de callar. Se agacha a un bolso enorme, de múltiples colorines, y saca no sé qué cosa que lanza (ella, de sutilezas nada) en lo alto de mi mesa..." Toma, unas judías verdes. ¿Te gustan las judías verdes?. Y si no te gustan te va a dar igual, porque yo no me las voy a volver a llevar. Y éstas para el médico". Saca una bolsa más que lanza de igual manera.
Le doy las gracias y la invito a que deje su monólogo. Retiro las dos bolsa, poniéndolas debajo de mi mesa y me veo obligada a coger una gamuza para limpiar el espacio que nos separa, esa mesa de confidente, de restos de tierra y agua.
Me explica su problema, de familia, según ella...En ella todo es de familia: su rebelde hipertensión, sus trescientos de glucemia, sus piernas que le estallan literalmente por su obesidad...todo lo heredó de su padre. Nada de hipertensiones esenciales o secundarias, ni de diabetes mellitus tipo I ni II, según la sra. Alañón todo tiene su origen en la herencia y no hay que darle más vueltas. Ella es uno de mis caso omiso, de mis predícame padre, pero es de esas pacientes que me dan vida, por su peculiaridad; tan enorme por dentro como por fuera, a pesar de su mal genio.
Mientras curo las ampollas de sus piernas y le hago un vendaje de compresión, le pregunto si sigue mis consejos para paliar el problema. Resopla y se va por la tangente mientras me suelta lo que, tal vez, pretendía ser un gesto amable, pero que resulta ser un zarpazo en el hombro que, además de doler, casi me hace perder el equilibrio. "Esta mujer no mide sus fuerzas", pienso entre mí mientras ella me sujeta, riéndose a carcajadas. "Uy, qué floja vienes"...no para de reir y yo...yo termino riéndome con ella. El día menos pensado me rompe una costilla sin querer. La próxima vez guardaré distancias ante el abrazo de la osa madre. La cito para dentro de tres días. Se levanta con dificultad y se encamina hacia la puerta, se vuelve torpemente y clavándome sus grandes ojos, añade como enfadada, como siempre..." Ahhh, so pendón, me han dicho que te vas. ¿Te creerás que te van a tratar por ahí mejor que aquí?, anda y no te vayas. ¿Dónde vas a ir que más valgas?".
Intento, en este rato, entrar en las páginas de La Junta, para ver cómo va el proceso de la OPE. Tarea imposible. ¡Joder!, ¡qué negada soy para encontrar algo en internet!, me sale de todo menos lo que busco. Nada, desisto. Ya lo buscará ése que me acompaña día tras día. El trabajo sucio para él, éso y llevar el coche al taller cuando toca, más el 50% del resto de esta empresa en común.
Me miro el reloj, son las once menos diez. Hago ademán de levantarme, me da tiempo a fumarme un cigarrillo. Sí, fumo. Hubo un tiempo en el que fumaba cuando quería y lo dejaba cuando me venía en gana. Ahora me resulta imposible, no sé si será por llevarle la contraria a lo que se impone...No, no soy tan necia, sé que fumar sólo me lleva a una bronquitis crónica, como poco, pero no tengo más vicio. Además, tampoco fumo tanto, lo preciso para matar el mono y acallar a la puñetera nicotina dentro de mis venas.
No me ha dado tiempo a ponerme en pie cuando la veo por el pasillo. La veo y la oigo aproximarse, porque es imposible no verla ni oírla. Su corpulento cuerpo se balancea al caminar. Su respiración se entrecorta y jadea. Su voz resuena por el pasillo como un huracán, preguntándole a nadie si ha venido ya la practicanta " si no, me voy". Yo permanezco sentada, con una sonrisa en los labios porque sé lo que me va a decir sin que yo abra la boca, porque ella es siempre así, igual de borde y antipática, pero totalmente previsible.
" ¿Se puede?" mientras abre la puerta de par en par. "Ya sé que no es la hora, pero no me regañes". Sus ojos grandes, su boca grande, con una separación entre incisivos similar al Gran Cañón, su cuerpo grande, grandísimo...todo ello toma asiento sin que yo se lo diga. " ¿Qué tal tus vacaciones, hermosa?, bien, ¿verdad?, mejor que aquí". No me deja responder. Sigo mirándola sin dejar de sonreir, a ver cuándo le da la gana de callar. Se agacha a un bolso enorme, de múltiples colorines, y saca no sé qué cosa que lanza (ella, de sutilezas nada) en lo alto de mi mesa..." Toma, unas judías verdes. ¿Te gustan las judías verdes?. Y si no te gustan te va a dar igual, porque yo no me las voy a volver a llevar. Y éstas para el médico". Saca una bolsa más que lanza de igual manera.
Le doy las gracias y la invito a que deje su monólogo. Retiro las dos bolsa, poniéndolas debajo de mi mesa y me veo obligada a coger una gamuza para limpiar el espacio que nos separa, esa mesa de confidente, de restos de tierra y agua.
Me explica su problema, de familia, según ella...En ella todo es de familia: su rebelde hipertensión, sus trescientos de glucemia, sus piernas que le estallan literalmente por su obesidad...todo lo heredó de su padre. Nada de hipertensiones esenciales o secundarias, ni de diabetes mellitus tipo I ni II, según la sra. Alañón todo tiene su origen en la herencia y no hay que darle más vueltas. Ella es uno de mis caso omiso, de mis predícame padre, pero es de esas pacientes que me dan vida, por su peculiaridad; tan enorme por dentro como por fuera, a pesar de su mal genio.
Mientras curo las ampollas de sus piernas y le hago un vendaje de compresión, le pregunto si sigue mis consejos para paliar el problema. Resopla y se va por la tangente mientras me suelta lo que, tal vez, pretendía ser un gesto amable, pero que resulta ser un zarpazo en el hombro que, además de doler, casi me hace perder el equilibrio. "Esta mujer no mide sus fuerzas", pienso entre mí mientras ella me sujeta, riéndose a carcajadas. "Uy, qué floja vienes"...no para de reir y yo...yo termino riéndome con ella. El día menos pensado me rompe una costilla sin querer. La próxima vez guardaré distancias ante el abrazo de la osa madre. La cito para dentro de tres días. Se levanta con dificultad y se encamina hacia la puerta, se vuelve torpemente y clavándome sus grandes ojos, añade como enfadada, como siempre..." Ahhh, so pendón, me han dicho que te vas. ¿Te creerás que te van a tratar por ahí mejor que aquí?, anda y no te vayas. ¿Dónde vas a ir que más valgas?".
Comentario:
Cómo poder olvidar aquello!!!
Comentario:
sería un buen post la anécdota de la susodicha del "puro" que se fuma cada mañana, o la historia de aquella citología ¿te acuerdas?





