El sonido de las cigarras
Mi intención no era estar aquí. LLegué movida por el impulso, en su cualidad de incontrolable, por un empujón del corazón que irrumpe en horas muertas, en horas de siesta, de calles desiertas y de puertas cerradas, dilatadas por el sol.
Afuera hace calor. Dentro del coche, el aire acondicionado golpea mis hombros y mi frente. Disminuyo su intensidad y apago la música; Automatic for the people, de REM. Sólo oigo su voz, la del impulso: "vamos, tira, dale un capricho a la memoria, dale un bocado al recuerdo... date un baño de nostalgia".
El pueblo va quedando kilómetros atrás, lo veo arder entre la flama por el retrovisor. Me adentro por el primer camino de la izquierda, entre cientos y cientos de olivos, en su estallido de verde aceituna. Espero que la memoria no me juegue una mala pasada, son casi treinta años, tal vez más, los que han pasado desde la última vez que transité este lugar. Pero no, ésta aún guarda intactos los recovecos del camino, llegando con acierto al paraíso escondido.
Y estoy aquí, bajo una higuera deshojada, abandonada a la merced del tiempo, como todo cuanto la rodea, a los antojos del clima, en espera de que, tal vez, un rayo la parta en dos... eso antes que morir seca, en el olvido. Nadie recoge ya sus frutos, preciados bocados de miel antaño, hoy escasos y desperdigados por el suelo.
Nadie se desliza sigilosamente por su tronco. Nadie se encarama ya a sus ramas, a hurtadillas, ni se sienta a descansar en su horquilla, contemplando el paisaje desde arriba, sintiéndose inmensamente grande por la azaña conseguida, merced a su destreza y a unos cuantos arañazos en los brazos, en las piernas y en la barriga, pero eso nada importa. Nadie duerme la siesta a su sombra, mientras escucha en su regazo el sonido del verano, el sonido de las cigarras cantando.
Cierro los ojos, abro los pulmones, abro los oídos, y, de par en par, la puerta del desván de los recuerdos.
El sol se clava en mis pupilas como un alfiler incandescente, pero rehuso ponerme las gafas oscuras. No quiero matar los colores, ni apagar la intensidad de la luz que aviva la memoria en este preciso instante. LLevo al límite de la percepción mis cinco sentidos.
Avanzo hacia la noria oxidada, anquilosada en su último giro, péndula en el aire, sobre un pozo cenagoso y casi vacío. Sólo la memoria es capaz de reproducir el sonido del agua rebosando, derramándose en cada cubo. Sólo la memoria rescata el olor a verano, a fresco, a verde, a agua sobre tierra ya mojada. Sólo la memoria escucha como fluye el líquido transparente, bullicioso y ágil, por la estrechez de las acequias, dejándose morir en los surcos de la tierra.
Recorro la angosta y empinada cuesta, cubierta de hojarasca, que me lleva hasta la alberca, ese fuerte amurallado que no guarda ciudadela, ahora vacía, desquebrajada. Entonces me parecía tan inmensa como una plaza de toros, ahora me doy cuenta de que la atravesaría de tres brazadas... Oigo risas, chapoteo de agua, griterío de niños refrescándose dentro, enfados y llantos por ahogadillas, y la eterna amenaza de mi tía con sacarnos del agua y quitarse la zapatilla... ¿Habrá amenaza más absurda?. Mi tía no se ha sumergido nunca en más cantidad de agua que la que cabe en una bañera.
El viejo viñedo agoniza, ahogado por sus propios sarmientos que se retuercen sin poda, sin cuidado. Sus cepas centenarias han perdido su tronío, su porte, su señorío. Sus racimos verde opaco, inmaduros, se mezclan con abrojos, cizaña y demás maleza, que campan a sus anchas por tierras donde, antaño, la mano del hombre las tenía desterradas.
Las hojas secas crujen a mi paso y el polvo se levanta, soterrando casi mis pies medio desnudos, desprotegidos en veraniegas sandalias... fue un impulso... el que hoy me devuelve a mi infancia, una vez más.
El caserío, de diminutos ventanales enrejados, de cristales rotos en peligrosos vértices afilados, como avisando a una intrusa como yo de que no ose allanar su morada. Dos puertas de madera carcomida, cerradas a cal y canto, como si guardasen un tesoro eternamente olvidado entre paredes, entre candados.
El sol ya no deslumbra en el blanco de sus paredes enjalbegadas, enfermas de lepra, cayéndose a cachos, mancilladas por renglones ocres de arcilla y adobe deshecho por el efecto de la lluvia, que parece cebarse en lo abandonado para hacerlo más abandonado, filtrándose entre las tejas descolocadas o rotas, humedeciendo las entrañas, debilitando los muros, hasta que un golpe de viento termine derribándolos.
Vuelvo a la higuera, envuelta en el mismo sonido que me recibió al bajar del coche, en el mismo que ha permanecido mientras la memoria hacia su incursión en un rincón del alma; el sonido de las cigarras.
Me pongo las gafas de sol, echo un último vistazo de color marrón. Desando el camino andado hacia el coche y regreso a mi pueblo, a las calles desiertas, al sonido de la siesta, para no volver al paraíso abandonado.
Afuera hace calor. Dentro del coche, el aire acondicionado golpea mis hombros y mi frente. Disminuyo su intensidad y apago la música; Automatic for the people, de REM. Sólo oigo su voz, la del impulso: "vamos, tira, dale un capricho a la memoria, dale un bocado al recuerdo... date un baño de nostalgia".
El pueblo va quedando kilómetros atrás, lo veo arder entre la flama por el retrovisor. Me adentro por el primer camino de la izquierda, entre cientos y cientos de olivos, en su estallido de verde aceituna. Espero que la memoria no me juegue una mala pasada, son casi treinta años, tal vez más, los que han pasado desde la última vez que transité este lugar. Pero no, ésta aún guarda intactos los recovecos del camino, llegando con acierto al paraíso escondido.
Y estoy aquí, bajo una higuera deshojada, abandonada a la merced del tiempo, como todo cuanto la rodea, a los antojos del clima, en espera de que, tal vez, un rayo la parta en dos... eso antes que morir seca, en el olvido. Nadie recoge ya sus frutos, preciados bocados de miel antaño, hoy escasos y desperdigados por el suelo.
Nadie se desliza sigilosamente por su tronco. Nadie se encarama ya a sus ramas, a hurtadillas, ni se sienta a descansar en su horquilla, contemplando el paisaje desde arriba, sintiéndose inmensamente grande por la azaña conseguida, merced a su destreza y a unos cuantos arañazos en los brazos, en las piernas y en la barriga, pero eso nada importa. Nadie duerme la siesta a su sombra, mientras escucha en su regazo el sonido del verano, el sonido de las cigarras cantando.
Cierro los ojos, abro los pulmones, abro los oídos, y, de par en par, la puerta del desván de los recuerdos.
El sol se clava en mis pupilas como un alfiler incandescente, pero rehuso ponerme las gafas oscuras. No quiero matar los colores, ni apagar la intensidad de la luz que aviva la memoria en este preciso instante. LLevo al límite de la percepción mis cinco sentidos.
Avanzo hacia la noria oxidada, anquilosada en su último giro, péndula en el aire, sobre un pozo cenagoso y casi vacío. Sólo la memoria es capaz de reproducir el sonido del agua rebosando, derramándose en cada cubo. Sólo la memoria rescata el olor a verano, a fresco, a verde, a agua sobre tierra ya mojada. Sólo la memoria escucha como fluye el líquido transparente, bullicioso y ágil, por la estrechez de las acequias, dejándose morir en los surcos de la tierra.
Recorro la angosta y empinada cuesta, cubierta de hojarasca, que me lleva hasta la alberca, ese fuerte amurallado que no guarda ciudadela, ahora vacía, desquebrajada. Entonces me parecía tan inmensa como una plaza de toros, ahora me doy cuenta de que la atravesaría de tres brazadas... Oigo risas, chapoteo de agua, griterío de niños refrescándose dentro, enfados y llantos por ahogadillas, y la eterna amenaza de mi tía con sacarnos del agua y quitarse la zapatilla... ¿Habrá amenaza más absurda?. Mi tía no se ha sumergido nunca en más cantidad de agua que la que cabe en una bañera.
El viejo viñedo agoniza, ahogado por sus propios sarmientos que se retuercen sin poda, sin cuidado. Sus cepas centenarias han perdido su tronío, su porte, su señorío. Sus racimos verde opaco, inmaduros, se mezclan con abrojos, cizaña y demás maleza, que campan a sus anchas por tierras donde, antaño, la mano del hombre las tenía desterradas.
Las hojas secas crujen a mi paso y el polvo se levanta, soterrando casi mis pies medio desnudos, desprotegidos en veraniegas sandalias... fue un impulso... el que hoy me devuelve a mi infancia, una vez más.
El caserío, de diminutos ventanales enrejados, de cristales rotos en peligrosos vértices afilados, como avisando a una intrusa como yo de que no ose allanar su morada. Dos puertas de madera carcomida, cerradas a cal y canto, como si guardasen un tesoro eternamente olvidado entre paredes, entre candados.
El sol ya no deslumbra en el blanco de sus paredes enjalbegadas, enfermas de lepra, cayéndose a cachos, mancilladas por renglones ocres de arcilla y adobe deshecho por el efecto de la lluvia, que parece cebarse en lo abandonado para hacerlo más abandonado, filtrándose entre las tejas descolocadas o rotas, humedeciendo las entrañas, debilitando los muros, hasta que un golpe de viento termine derribándolos.
Vuelvo a la higuera, envuelta en el mismo sonido que me recibió al bajar del coche, en el mismo que ha permanecido mientras la memoria hacia su incursión en un rincón del alma; el sonido de las cigarras.
Me pongo las gafas de sol, echo un último vistazo de color marrón. Desando el camino andado hacia el coche y regreso a mi pueblo, a las calles desiertas, al sonido de la siesta, para no volver al paraíso abandonado.
Comentario:
Mi alter ego agradece a Gabriel y a su blog amigo los comentarios.
A pilar: sólo decirte que ya nos veremos en septiembre. Hablaremos.
A pilar: sólo decirte que ya nos veremos en septiembre. Hablaremos.
Comentario:
Hoy he madrugado. He dado una vuelta por el puerto de Santander al despuntar el día. No he podido evitar sentir la nostalgia de Madrid, de Retuerta, de Navas y ahora leo esto, que me devuelve a mi infancia,al río Bullaque, al Estena, a los baños con los que eran mis amigos, a las siestas a la sombra, me devuelve a mi madre y por unos segundos me ha hecho olvidar esta vida de mierda y esta piltrafa en la que me he convertido. Por unos instantes he vuelto a ser niña.
Mil gracias, Carmen, mil gracias.
Mil gracias, Carmen, mil gracias.
Comentario:
¡Te estás superando a ti misma! Cada día me dejas más asombrada, hasta tal punto que el día que no actualices voy a enfermar.
Miles de felicidades por tu blog.
Miles de felicidades por tu blog.
Comentario:
Es usted un genio de la narración costumbrista. desde aquí mi felicitación por sus ecritos y sus personajes tan entrañables. Tiene en mí a un fiel seguidor.
Un saludo desde Buenos Aires.
Un saludo desde Buenos Aires.