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El Rincón Literario
Este es un bloger dedicado fundamentalmente a la Literatura en general...
Acerca de
Autor del libro de poemas: Evocaciones (1997), La Piel del Alma (1998), Lo que quedó debajo del Diván (1999-2004, en proceso de edición). Colaborador en los portales literarios: Arihua.net, predicado.com y grupobuho.com de España. Participó como actor en el XXI Festival Internacional de Teatro de Oriente (1997) con la Obra: El Animador de Rodolfo Santana junto a Jonathan Marcano. Ese mismo año, con este montaje fueron nominados en el "Festival Formas y Expresiones de una muestra Teatral" en los renglones Mejor Dirección y Mejor Actor, realizado en el Ateneo del Litoral en La Guaira.
Sindicación
 
Dejo... (Poema)

Dejo mi barniz helado sobre tu piel
cuando el beso te libera hacia Morfeo,
y el aliento descansa custodiado
por las lineas de mi luna transparente

Dejo mi calor de nácar enredado
con el frágil canto de tu boca adormecida,
y el rubor te mira en la sonrisa
en pinceladas turbulentas de agonia

Dejo mi reflejo en los rincones
para verte recorrer la luz que nos arropa,
y tu figura es agua soluble, transitada,
manantial que aflora sin recuerdos

Dejo mi voz, mi aire y recorrido,
dejo mi luz y mi alma,
dejo letras sin voz
como epitafio silente...

©PabloSabala
 
Encuentro (poema)
Encuentro tus ojos de paso,
tu voz confundida,
tu luz pesada,
te miro

Encuentro tus manos yermas,
tu luna ausente,
tu sol herido,
te espero

Encuentro tus labios tibios,
tu sangre helada,
tu piel perfecta,
tu aire mío,
te veo

Encuentro en ti mi reflejo,
tu boca en ansias,
tu sueño preso,
no existo

©PabloSabala
 
La habitación
Con sigilo llegó hasta la puerta de la casa. La calle estaba solitaria y permanecía muda en la penumbra tenue de la noche que avanzaba lenta.



Con sigilo llegó hasta la puerta de la casa. La calle estaba solitaria y permanecía muda en la penumbra tenue de la noche que avanzaba lenta. Dudó por varios minutos antes de abrir la reja del porche y situarse en el jardín, caminaba con pasos cortos de un lado a otro mirando insistentemente el reloj.
El minutero avanzaba y su destino parecía inevitable, sudaba copiosamente mientras un aire frío besaba su rostro impávido y amarillento, hoy tendría que enfrentarse a la verdad, verla cara a cara sobre el espejo de su vida. Ya no había marcha atrás. Su corazón agitado y un vacío en el estómago insistían en hacerle correr una vez más… y como siempre, sólo el sabor de la duda anclado en su alma quedaría como un reflejo insistente burlándose desde el fondo del pozo helado… como sucedió la semana pasada, y el mes anterior y el que le sigue en la línea del tiempo que ya pasó, diez largos años de noches angustiosas recorriendo la misma calle hasta la misma puerta, sin cruzar nunca el umbral.

Pero esta vez era diferente, lo sabía, por eso aquel temblor y las ganas de vomitar se hacían a cada segundo más insoportables, no había otra salida, no quedaban alternativas ni había espacio para más postergaciones.

El tiempo llegó a su fin y el canto lúgubre de un gallo anticipando el día rompió el silencio como un presagio … él entró a la casa lentamente con el aire comprimido en el pecho ansioso, el silencio era una piedra enquistada sobre kilómetros de agua en lo profundo de un mar desconocido, se dejó llevar por el zumbido de sus palpitaciones incontrolables, subió las escaleras, llegó al pasillo y al girarse agazapado entre las sombras, vio la luz débil bajo la puerta de la última recámara, no se oía un suspiro, por un momento estuvo a punto de romper a llorar y salir corriendo, pero sus pies se hicieron de plomo y el peso de la agitación le impedía moverse o emitir sonido alguno… por fin la piel de la puerta se abrió a sus manos y acercó el oído instintivamente para tratar de escuchar, pero nada llegaba desde el otro lado de la puerta, el tiempo se acababa, se escurría como gotas de agua sobre el cristal en invierno, posó su mano sobre la manilla y la giró lentamente, un leve chillido se dejó colar a través del aire cada vez más denso y la luz se empezó a escapar a borbotones sobre la oscuridad del pasillo… ya era demasiado tarde para regresar…

Dos pasos más le dejaron sobre la alfombra enfrente de la cama vacía… un periódico amarillento sobre la sábana revuelta le miraba sonriente… ella se había ido, se había marchado sin importarle nada… tomó suavemente aquel ejemplar y se encontró con la última pagina y el titular… fue entonces cuando comprendió todo. Nunca estuvo allí como había imaginado cuando cada noche pasaba y veía la luz encendida desde la calle. Ahora lo sabía. Se fue la misma noche de la discusión como había amenazado.

La mujer de aquella foto en la última página de aquel periódico amarillista era ella, era la mujer que encontraron asesinada en la habitación de luz tenue, apuñalada por su esposo celoso después de una discusión acalorada, un caso que nunca se resolvió pues el hombre nunca apareció.

©PabloSabala
 
Nunca mas…
La línea del tren trashumaba con la noche cuando entré en la estación desolada; un silencio quejumbroso se dejaba oír en la estructura sin movimiento...



La línea del tren trashumaba con la noche cuando entré en la estación desolada; un silencio quejumbroso se dejaba oír en la estructura sin movimiento, la caseta de boletos vacía, el reloj digital de la pared contraria marcaba doce menos cinco, mi respiración se elevaba como un canto fúnebre sobre aquel paisaje muerto.

Dos minutos y ni un alma. ¿Todos se habrán ido? Recostado en la pared dejé colar mi pensamiento sobre el aire inerte y llegué al antiguo muelle donde horas antes encontré aquel periódico amarillento, envejecido, con esa extraña noticia. ¿Quién podría creer semejante afirmación?

El peso del tren sobre el hilo de metal eléctrico entró a gran velocidad frenando poco a poco, se detuvo, una pausa breve, un instante, y las puertas se abrieron como una invitación a otro mundo.

Avanzo hasta la franja amarilla, me detengo, nadie sale, nadie entra, las puertas estáticas no se mueven, no respiran, el tren no avanza, el tiempo se detiene. Una sonrisa inconclusa.

-Es ridículo pensar en el periódico, en ese juego ridículo donde la sugestión besa las ansias como un suspiro eternizado en la nada; -pensé- debe ser una mala broma o quizás una de esas casualidades que se quiebran al borde de la realidad y los sueños. Al fin y al cabo no es importante, después de recibir mi herencia no tendré que preocuparme nunca más…

Y el nunca más cayó en mi memoria como la sombra de un cuervo en las riberas de la noche plutoniana, y el eco de mis palabras alcanzó la distancia sin recorrer un milímetro, sin dejar rastro y peor aún, sin siquiera tocar las fibras de mis cuerdas vocales, era la sombra de Poe asaltándome de repente… a pesar que nunca le había leído… sin embargo ¿Cómo sé que mis pensamientos le invocaron…? y más aún, ¿Cómo se que no le conozco?

El vagón estaba helado como el aliento de muchas voces atrapadas en un témpano de hielo, me senté al final, cerca de la puerta que comunica con el último vagón, justo en el puesto que da al pasillo; después de dos minutos de espera, el timbre que anuncia el cierre de puertas llegó como una gota de hiel, agudo y destemplado, por un momento me hizo estremecer, luego el metálico cuerpo de lombriz articulada empezó a moverse como un zumbido bajo tierra, atrapado en la distancia.

Las luces exteriores desaparecieron poco a poco, se borraban como lágrimas perdidas bajo el sol del desierto, el túnel se hacia interminable, la velocidad aumentaba y se diluía en la oscuridad. El tiempo se disipó y quedó suspendido, me levanté para acercarme a la ventana y el periódico cayó como luz tenue sobre el tapiz plástico, rodó por el pasillo hasta el centro del vagón donde se detuvo, se giró lentamente y me miró, podría jurar que me miró.

Entonces descubrí una figura moviéndose en el extremo opuesto del vagón, se paseaba de un lugar a otro con movimientos acompasados y deformes, sin emitir un sonido, parecía una sombra líquida bañando las paredes. Y me quedé atrapado en su danza evaporada sin poder dilucidar su forma verdadera y esencia; contemplando, avancé atraído por una extraña sensación que me rozaba. Iba a la mitad del camino cuando las hojas amarillentas y la tinta viva del diario me miraron otra vez en un brusco movimiento repentino… su página principal se abrió ente mis ojos mostrándome una vez más el titular…

Y el nunca más se levantó en un grito mientras el cuerpo del tren se retorcía fundiendo la piel de la sombra, la oscuridad del túnel, el sabor helado del ambiente y el latir acelerado de mi corazón resquebrajado… todo se disolvía en el eco que vibraba bajo el último átomo de luz inexistente a mi alrededor, luz inventada como sueño agónico de miles de almas abandonadas en un segundo… antes de borrarse todo, como un reflejo opaco, leí por tercera y última vez: “Hoy se acaba el mundo, meteorito llega a la tierra y nunca más…” y cuando escucho esas palabras pienso en Poe… en las riberas plutonianas de la noche…entonces olvido que ya el tiempo se fue…

©PabloSabala
 
6 de agosto…
Lo único que se escuchó fue un golpe seco, después llegó el silencio de cristal y se posó suave sobre el pensamiento inanimado de los presentes...



Lo único que se escuchó fue un golpe seco, después llegó el silencio de cristal y se posó suave sobre el pensamiento inanimado de los presentes, no miró a nadie, pasó indiferente y ensimismado; luego los segundos se cayeron sobre un viento helado que escupió una alcantarilla cercana, tomó al aliento de todos y lo abrazó como un suspiro…

Fue entonces cuando la gota se desprendió del cielo besando la frente del desdichado… el tiempo se detuvo y el eco de los corazones altisonantes elevaba un canto fúnebre de asombro, ni una palabra, ni un gesto, no cabía el aire en aquella escena, así como no caben las agujas en los recuerdos y la luz en mi cuarto, sólo estaba lo que quedó atrapado en el vacío del instante.

-Lo único que recuerdo fue un golpe seco, un minuto antes se escuchaban los murmullos enmarañados de las voces sin rostro-, eso les dije cuando me preguntaron. Ni una palabra más.

Y nadie dijo algo diferente, es como si nos hubieran puesto a todos en la mente el mismo hilo de palabras, la misma imagen sostenida por la sensación de no estar, tal vez nos sembraron el pensamiento y por eso nadie recordó otra cosa de ese instante, cualquier percepción adicional quedó atrapada bajo la sombra del aire helado que nos acarició aquel día.

Fue sólo un golpe seco a las ocho y cuarto de la mañana, el cielo herido y una onda de luz sobre la tierra en llanto vacío, las primeras miradas se perdieron en el fuego circular que convirtió la ceniza en frío, las almas que quedaron, se perdieron en el tiempo que no tuvieron, se inventó un nuevo silencio… el silencio radioactivo. La sombra de luz que da muerte.

©PabloSabala
 
El sueño
Ayer llegaste, ayer en la noche bajo la lluvia caminaste evaporado, con el pensamiento a cuestas, con los recuerdos que quieres apartar enquistados en la piel...



Ayer llegaste, ayer en la noche bajo la lluvia caminaste evaporado, con el pensamiento a cuestas, con los recuerdos que quieres apartar enquistados en la piel, con el aliento lleno de ilusiones viejas, esas que con el tiempo se han convertido en fantasmas.
Y el bulevar igual que siempre, con su dermis sucia, con el ruido mezclado de frases multiformes, sin sentido, estaba allí, como siempre, mirándote con la desidia burlona y la sonrisa desviada, la humedad, los charcos, el humo irrespirable de los carros amontonados como una pequeña multitud de hormigas queriendo pasar por un embudo.

Y así vas de una lado a otro, mientras caminas tus pasos van tejiendo el vaivén de las horas, la noche empieza a quebrarse como un hilo de cristal al borde de los altos edificios; enciendes un nuevo cigarrillo y un camino blanquecino se dibuja en tu boca en la primera bocanada, el paso se hace lento, el tiempo se detiene un segundo antes de llegar a la esquina... la misma esquina.
Lo recuerdas ahora claramente... es la esquina de tu sueño, ese sueño que tuviste cuando eras niño y que nunca pudiste olvidar, todo es igual, todo es una copia fiel de aquel momento hasta ahora imaginado solamente, y todo se vuelve un remolino, te sientes aturdido, las voces se hacen mas fuertes, los movimientos más lentos, el aire más espeso...

Llegas por fin al ascensor... marcas rápido el último piso, las puertas se cierran y tras ellas la maraña se aparta quedándose en silencio... te sientes agotado, es difícil respirar, sudas copiosamente, sientes que tu cuerpo gotea por todas partes... cierras los ojos un momento y el timbre de llegada te hace despertar; las puertas se abren lentamente, sales al pasillo, llegas hasta la puerta, llevas la llave en la mano... después de un minuto estas sentado en el sillón de la sala con un vaso vacío en la mano derecha y un cigarrillo en la izquierda.

Empiezas a pensar y las horas se convierten en interminables olas que se estrellan al borde de la playa... Tratas de recordar el sueño, el rostro de aquel hombre con el arma caminando hacia ti, tratas de entender qué pasó, en qué momento llegó hasta ti...

Te vas de la mano del pensamiento y llegas a la tarde en que llegaste de viaje, justo antes que pasara, cuando caminabas por el bulevar con el pensamiento a cuestas... el aliento lleno de ilusiones viejas, las que se convirtieron en fantasmas... Vuelves al momento en que llegaste a la esquina y tu vida se tiñó de rojo, ves tras el cristal de aire cuando ese hombre hundió una y otra vez sobre tu piel aquel cuchillo de mango negro... ves cuando caes y arrastrándote llegas al ascensor, al último piso, a la sala, al sillón... a esa muerte anunciada que nunca esperaste que llegara.

©PabloSabala
 
Historia

Aquí estoy, sigo caminando por el muelle en mi memoria, con la niebla espesa del tiempo incrustada en los rincones escondidos de mi alma



Aquí estoy, sigo caminando por el muelle en mi memoria, con la niebla espesa del tiempo incrustada en los rincones escondidos de mi alma, sigo sentado bajo la sombra del mismo árbol que una vez encontró dos caminos diferentes y los unió bajo la lluvia de aquel diciembre ahora lejano.
De vez en cuando bajo las escaleras hasta la calle y la descubro más distante, más ajena, se ha ido transformando en un carnaval de rostros desconocidos que pululan y se comunican en un idioma incomprensible. Regreso pronto a mi refugio, a mis paredes llenas de recortes y fotografías envejecidas, con la cortina azul oscuro abrazando al ventanal que llora permanentemente, estoy en el sillón, con la taza de café sobre la mesa donde se apilan los libros y papeles de siempre, el café aún humea, su hilo blanquecino me besa tibiamente mientras enciendo lentamente un cigarrillo que inunda como una caricia vaga mi aire…
Ya han pasado muchas horas, muchos días, muchas semanas, quizás meses o años, no lo sé. Han pasado y siguen pasando. La luz tenue, el aliento frío, la barba larga… ¿Cuándo me vi al espejo por última vez?, ya no recuerdo mi rostro, ni siquiera recuerdo al espejo… debe ser como el de todos, o al menos parecido.
Con el tiempo empezamos a formar parte de lo que nos rodea… tal vez mi rostro se asemeja a la pared que custodia mi cama, con un azul claro cubierto de recortes, miles de ellos, que hacen que su azul quede olvidado en la memoria de quién una vez estuvo aquí y se reflejó en su piel helada… Con el papel amarillento que acusa al tiempo, las imágenes difusas, contrastadas con las letras, las frases, las expresiones atrapadas en un segundo… ¡Un remolino!... eso parece, un remolino de muchas cosas y nada a la vez, con un azul de fondo que nadie ve por tanto movimiento…
El silencio es como siempre, un pesado bloque que grita tratando de romperse a sí mismo, ni él puede soportarse… Sólo yo he aprendido a escuchar sus lamentos, sus recuerdos, su viaje a través de un tiempo que no he tenido tiempo de recorrer. Porque no he estado aquí como él… y aunque le puedo oír siempre, cada tarde y cada noche… nunca puedo recordar lo que me dice… debe ser porque no entiendo su idioma, o es su voz chillona la que no me deja entenderle… quizás sólo creo que le escucho y él permanece mudo esperando que yo le cuente mi historia.
Lo que no sabe es que yo no tengo historia, la dejé olvidada una tarde de lluvia bajo un árbol a principio de un diciembre de un año que ya no puedo recordar. Era una tarde vestida de gris con hilos de luz lejana y traslúcida, traía un perfume que se conjugaba con la tibieza de su piel y el hielo de su mirada, su rostro no era de este mundo que desconozco, era de uno que se pierde en una distancia que no se puede siquiera soñar. Y estaba ahí, bajo la misma sombra, con el llanto de la lluvia soplando su cabello y respirando el mismo aire. Se sentó sin mirarme, nunca supo que estaba ahí contemplándola abismado… después de muchos años un día se levantó y se fue sin decir una palabra… la verdad nunca dijo una sílaba, no emitió un sonido, mucho menos dejó escapar alguna vez un suspiro, se fue como llegó, como si nunca hubiera estado ahí. Desde ese día ya no tengo historia, creo que nunca la he tenido, tal vez no me vio porque no estaba ahí.

©PabloSabala
 
Los que esperan

Estaba sobre el mismo banco de la misma plaza, recostado sobre los pedazos de sueño que le quedaban, su rostro apretado por los años y la mirada furtiva e inquieta



Estaba sobre el mismo banco de la misma plaza, recostado sobre los pedazos de sueño que le quedaban, su rostro apretado por los años y la mirada furtiva e inquieta; el acostumbrado tabaco encendido a un lado de la boca, las manos temblorosas, el aliento con perfume de distancia...
Ya no recuerda quién era antes de llegar ahí, ni tampoco sabe porque vino o que espera, fueron muchas las horas construidas sobre infinitos días, meses, años, quién lo sabe... yo no lo sé.
En todo caso ya no importa; las nubes siguen dibujando cada tarde rostros y pensamientos y es divertido jugar a descubrir las pinceladas del viento en las alturas.
Aún ayer ella podía recordar el muelle, el día que llegó en un barco blanco y oxidado, traía la mirada fresca, con el brillo de la esperanza derramado como una luz de arco iris, era el mes de septiembre, el sol blindado en el techo del cielo calentaba su corazón...

Lo vi caminar con la muchedumbre hasta la plaza cercana, podía ver en su piel el deleite de la libertad que sentía. En las noches se perdía y no sé a donde, al caer la tarde se diluía en las sombras hasta desaparecer, hasta formar parte de ellas. Luego en la mañana con la llegada de los primeros rayos de luz, aparecía al final de la calle rumbo a la plaza nuevamente, directo hasta el banco, el mismo banco una y otra vez. Y así se iban los días.
Muchas veces estuve tentado a preguntarle qué esperaba, pero al acercarme y mirarle perdido en el lejano horizonte de sus recuerdos, no salía una palabra de mi boca, solo me sentaba frente a él a contemplarle, y así todos los días.
Cuando lo miro trato de ver sus pensamientos, trato de descubrir en su mirada el secreto de su espera eterna, trato de entender la razón que lleva a un ser humano a semejante condena. Con el pasar del tiempo su rostro se fue tiñendo de una profunda tristeza, de una agonía que no podía escapar con el humo que exhalaba afanosamente en cada tabaco consumido y hecho cenizas.
Sin darme cuenta mi vida se redujo a las horas de contemplación de cada rasgo, cada movimiento involuntario de aquel extraño, mis horas se volvieron sus horas y su ausencia nocturna era también mi ausencia; y así se fueron los granos de la arena acumulando sobre mi piel, inundando mi existencia de una sola interrogante... ¿Quién era y que esperaba?
Me llevó de su mano transparente hasta el abismo de la espera. Me convertí en el árbol que arropa sus harapos en silencio, siempre en silencio. Me convertí en un elemento más del decorado de una plaza que ya nadie visita, de una ciudad que ya nadie recuerda, sólo un par sombras desvanecidas tras el velo ceniciento de la espera particular, una espera que ignoramos en los ojos del otro y que desconocemos en nuestra propia mirada.

Y allí estuvieron por los años de los años hasta que los años se agotaron en sus pieles y sus corazones, solo la espera seguía intacta, una espera individual y compartida... ninguno pensó en el día anterior a la llegada en el muelle, jamás recordaron quienes eran o que esperaban, no se dieron cuenta de su pasado común, de los años que vivieron juntos, de su separación por la guerra y mucho menos recordaron que aquel día de septiembre se esperaban encontrar el uno al otro.

©PabloSabala
 
Un cuerpo bajo la lluvia

El hilo de sangre se detuvo sobre el charco y se disolvió bajo la lluvia.



El hilo de sangre se detuvo sobre el charco y se disolvió bajo la lluvia. Las gotas acudieron tras el trinar del viento elevando un manto transparente sobre la piel inmóvil; no se escucharon gritos, ni comentarios, nadie elevó su voz; podría decirse incluso que nadie lo notó.

Y el vaivén de sonidos se mezcló con el quejido leve de un viejo gavilán que muere en la distancia, en el bosque que nadie recuerda a ciento veintitrés kilómetros, dos metros, nueve centímetros mirando al norte del container de basura, ese que se desborda y forma parte de la lluvia vespertina, ese que acompaña los sueños de los gusanos y las moscas.

Pero él nunca imaginó que aquel viernes sería el viernes que durante tantos años esperó con temor. Esos años en que se sentaba en el porche de la casa a contar nubes y contemplar los rostros llenos de angustia, eso es lo que pasa cuando se vive tan cerca de la morgue, uno termina por acostumbrase a las miradas perdidas y llenas de desesperanza. Los días se iban lento en aquel tiempo, el viento apenas si soplaba sus melodías inconclusas y el sol se negaba cada tarde a quebrarse bajo las sombras de la noche. Fueron muchas las horas de pensar, de construir el momento final, el último paso, la última imagen que se llevaría para siempre presa en su retina.

Y llegó ese viernes, el ansiado y temido, la rutina lo llevó como una cadena interminable hasta el lugar señalado, ya todo estaba escrito, sólo faltaba la hora exacta y la fecha... pero ese dato no lo supo sino hasta el último segundo.

Un minuto antes pasó el anciano que vive en el edificio abandonado cerca de la autopista, sus ojos se cruzaron en un espasmo incomprensible de presagios, le miró fijamente, como nunca antes lo había hecho, se quedó atrapado por un segundo quizás leyendo el final de la sentencia. Tal vez ya todo estaba escrito.

De haberlo sabido la noche anterior no habría dejado la comida servida, en vez de dormir hubiera permanecido toda la noche cantando con las estrellas canciones viejas y recordando los días buenos... pero eso no estaba escrito.

Salió como todos los viernes a hacer el recorrido acostumbrado, subió por la calle donde está el bar de los ancianos y las mujeres ausentes, cruzó lentamente la avenida; contemplaba absorto y en silencio una vez más los rostros de la gente, tratando de descubrir en sus ojos secretos olvidados o sueños perdidos, y no pensaba en los viernes pues ya todo estaba escrito, sólo que no sabía que este era el viernes que tanto había temido y esperado, por eso no se despidió, no tomó un baño especial, ni le dijo a Lucía cuanto la había querido todos estos años... Llegó a la esquina. La lluvia arreció de repente como un leve presagio. Esta vez no miró hacia los lados, se adentró en la vía como llevado por un hilo invisible tejiendo su destino inevitable. Inmediatamente se escuchó el frenazo... volvió en sí en su último segundo y supo que había llegado la hora...

Eso fue hace una semana, han caído muchas gotas de lluvia, se han quebrado los días y sigue allí, nadie se ha dignado a recogerlo, ni siquiera Lucia le ha extrañado, nadie se pregunta dónde esta, qué le ha pasado... Total... ¿A quién le importa un perro muerto al borde de la acera?

©PabloSabala