La caravana
Caía la tarde sobre la desgastada ciudad, una caravana silenciosa se desplazaba bajo la mirada del sol tibio rompiendo a la noche, las calles vacías, el viento susurrando cantos de lejanía sobre el eco en la distancia, los rostros curtidos e incinerados por el largo viaje se desplomaban sobre la vía.
Sobre el primer camión reposaba una enorme jaula cubierta por una lona envejecida, a su lado caminaba un hombre muy pequeño, de barba espesa y gestos espasmódicos, llevaba un bastón delgado y curvilíneo, más atrás junto a una carreta rojiza arrastrada por dos enflaquecidos jamelgos, se veía una extraña mujer delgadísima, muy alta, su rostro se perdía sobre el filo del sol poniente, sus largas extremidades parecían cintas al viento.
Sobre unos sacos casi al final de la extraña caravana, reposaba una enorme masa de carne multiforme que emitía enormes ronquidos, el gutural sonido se esparcía lento sobre la calle.
Tres metros después del último vagón una multitud de extraños seres se alzaba en una procesión que parecía flotar sobre el polvoriento y reseco camino, sus miradas cansadas, sus manos callosas y en su mayoría pies desnudos se arrastraban impregnados de un olor a viejo, a decadencia somnolienta.
Por las rendijas de las ventanas cientos de ojos pequeños se movían dentro de las casas clausuradas, un leve murmullo fantasmal se prendía del aire como una suave caricia, la luz del primer farol se encendió y el tiempo se detuvo un segundo capturando la mirada de los extraños visitantes.
Al final del recorrido, un pequeño claro de tierra acumuló los cuerpos y vehículos de la caravana, rápidamente el movimiento se apoderó del ambiente, una maraña de manos y piernas se movilizaban de un lado a otro desmontando y armando estructuras, las rendijas de las ventanas se hicieron más grandes y algunas cabezas asustadas y ocultas bajo las sombras que empezaban a llenar el espacio se atrevían a asomarse. Algunos cuerpos se movían bajo el cobijo de la noche joven, un círculo de estelas y miradas llenaron la cercanía del claro de tierra.
Un halo de miedo seco permanecía de lado y lado, un barniz de curiosidad, de pensamientos estremecidos por la ansiedad. Así transcurrió la primera noche, nadie durmió en la ciudad. Así lo recuerdo, como si hubiera sido ayer… la primera vez que el circo llegó a mi pequeña ciudad una tarde de otoño.





