Los que esperan
Estaba sobre el mismo banco de la misma plaza, recostado sobre los pedazos de sueño que le quedaban, su rostro apretado por los años y la mirada furtiva e inquieta

Estaba sobre el mismo banco de la misma plaza, recostado sobre los pedazos de sueño que le quedaban, su rostro apretado por los años y la mirada furtiva e inquieta; el acostumbrado tabaco encendido a un lado de la boca, las manos temblorosas, el aliento con perfume de distancia...
Ya no recuerda quién era antes de llegar ahí, ni tampoco sabe porque vino o que espera, fueron muchas las horas construidas sobre infinitos días, meses, años, quién lo sabe... yo no lo sé.
En todo caso ya no importa; las nubes siguen dibujando cada tarde rostros y pensamientos y es divertido jugar a descubrir las pinceladas del viento en las alturas.
Aún ayer ella podía recordar el muelle, el día que llegó en un barco blanco y oxidado, traía la mirada fresca, con el brillo de la esperanza derramado como una luz de arco iris, era el mes de septiembre, el sol blindado en el techo del cielo calentaba su corazón...
Lo vi caminar con la muchedumbre hasta la plaza cercana, podía ver en su piel el deleite de la libertad que sentía. En las noches se perdía y no sé a donde, al caer la tarde se diluía en las sombras hasta desaparecer, hasta formar parte de ellas. Luego en la mañana con la llegada de los primeros rayos de luz, aparecía al final de la calle rumbo a la plaza nuevamente, directo hasta el banco, el mismo banco una y otra vez. Y así se iban los días.
Muchas veces estuve tentado a preguntarle qué esperaba, pero al acercarme y mirarle perdido en el lejano horizonte de sus recuerdos, no salía una palabra de mi boca, solo me sentaba frente a él a contemplarle, y así todos los días.
Cuando lo miro trato de ver sus pensamientos, trato de descubrir en su mirada el secreto de su espera eterna, trato de entender la razón que lleva a un ser humano a semejante condena. Con el pasar del tiempo su rostro se fue tiñendo de una profunda tristeza, de una agonía que no podía escapar con el humo que exhalaba afanosamente en cada tabaco consumido y hecho cenizas.
Sin darme cuenta mi vida se redujo a las horas de contemplación de cada rasgo, cada movimiento involuntario de aquel extraño, mis horas se volvieron sus horas y su ausencia nocturna era también mi ausencia; y así se fueron los granos de la arena acumulando sobre mi piel, inundando mi existencia de una sola interrogante... ¿Quién era y que esperaba?
Me llevó de su mano transparente hasta el abismo de la espera. Me convertí en el árbol que arropa sus harapos en silencio, siempre en silencio. Me convertí en un elemento más del decorado de una plaza que ya nadie visita, de una ciudad que ya nadie recuerda, sólo un par sombras desvanecidas tras el velo ceniciento de la espera particular, una espera que ignoramos en los ojos del otro y que desconocemos en nuestra propia mirada.
Y allí estuvieron por los años de los años hasta que los años se agotaron en sus pieles y sus corazones, solo la espera seguía intacta, una espera individual y compartida... ninguno pensó en el día anterior a la llegada en el muelle, jamás recordaron quienes eran o que esperaban, no se dieron cuenta de su pasado común, de los años que vivieron juntos, de su separación por la guerra y mucho menos recordaron que aquel día de septiembre se esperaban encontrar el uno al otro.
©PabloSabala





