Aún después de la muerte, vencimos
Aquella era una buena mañana para morir o al menos, esto fue lo que pensó Pablo al abrir los ojos y darse de bruces con la realidad.
Observó de nuevo aquella mancha de verdín que se había formado en una de las esquinas de su celda y esperó tranquilo, relajado.
Un par de hombres lo sacaron a trompicones de allí media hora después y con el rostro tapado (como siempre), lo empujaron hasta la habitación de aquel tipo que decía ser su amigo.
- No está mal, un amigo entre enemigos- pensó.
Sentado en una silla y privado de sus sentidos, escuchó paciente las suplicas de su “amigo”: Un nombre, solo un nombre y saldrás. Una fecha, lo que querás, pero algo.
Como de costumbre, guardó silencio, pero ese silencio se hacía más insoportable que cualquier palabra, que cualquier confesión.
- Muy bien, tu lo has querido- dos horas después, su supuesto amigo le había dado la espalda a la paciencia.
Más tarde, le aplicaron la picana, el submarino y similares, pero Pablo no emitió sonido alguno. Antes de cerrar los ojos para darle la bienvenida a la muerte, sonrío pensando que esta dictadura no había acabado con él, sino que simplemente, era una buena mañana para morir, para morir por su país.
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Corto pero intenso; en pocas palabras os dejo una imagen demasiado pequeña de una de las dictaduras que más me han marcado sin vivirla y tan sólo por la literatura. Saludos, Luna.





