Libros, letras y esas cosas raras
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Libros, letras y esas cosas raras
 
 
(Noticia) El premio Nadal
El Día de Reyes se falla tradicionalmente, durante una cena en el hotel Ritz de Barcelona, el prestigioso Premio Nadal de Novela en castellano, el certamen literario más antiguo de España que, hasta la entrega del año 1989 (incluida) correspondió a la producción del año anterior. Dotado actualmente con 18.000 euros, el premio se fundó en 1944 como homenaje de un grupo de amigos de la redacción de la revista barcelonesa "Destino" a su redactor-jefe, Eugenio Nadal, fallecido el 10 de abril de 1944, a los 27 años. El primer premio se convocó en agosto de ese año y se falló en la noche del 6 de enero de 1945.

Eugenio Nadal fue catedrático de Literatura del Instituto de Enseñanza Media de Manresa y un año antes de morir había publicado un libro titulado "Ciudades de España". La primera edición del premio se realizó en el desaparecido "Café Suizo" de Las Ramblas barcelonesas. Se presentaron 26 obras y fue premiada con cinco mil pesetas en metálico la novela "Nada", de Carmen Laforet.

Cuando el premio cumplió sus bodas de plata, en 1968, su dotación era ya de medio millón de pesetas, y recayó en el escritor gallego Alvaro Cunqueiro, por su novela "El hombre que se parecía a Orestes".

GANADORES

1944.- Carmen Laforet ("Nada").
1945.- José-Félix Tapia ("La luna ha entrado en casa").
1946.- José María Gironella. "Un hombre".
1947.- Miguel Delibes ("La sombra del ciprés es alargada").
1948.- Sebastián Juan Arbó ("Sobre las piedras grises").
1949.- José Suárez Carreño ("Las últimas horas").
1950.- Elena Quiroga ("Viento del norte").
1951.- Luis Romero ("La noria").
1952.- Dolores Medio ("Nosotros, los Rivero").
1953.- Luisa Forrellad ("Siempre en capilla").
1954.- Francisco J. Alcántara ("La muerte le sienta bien a Villalobos").
1955.- Rafael Sánchez Ferlosio ("El Jarama").
1956.- José Luis Martín Descalzo ("La frontera de Dios").
1957.- Carmen Martín Gaite ("Entre visillos").
1958.- José Vidal Cadellans ("No era de los nuestros").
1959.- Ana María Matute ("Primera memoria").
1960.- Ramiro Pinilla ("Las ciegas hormigas").
1961.- Juan Antonio Payno ("El curso").
1962.- José María Mendiola ("Muerte por fusilamiento").
1963.- Manuel Mejía Vallejo ("El día señalado").
1964.- Alfonso Martínez Garrido ("El miedo y la esperanza").
1965.- Eduardo Caballero Calderón ("El buen salvaje").
1966.- Vicente Soto ("La zancada").
1967.- José María Sanjuán ("Réquiem por todos nosotros").
1968.- Alvaro Cunqueiro ("Un hombre que se parecía a Orestes").
1969.- Francisco García Pavón ("Las hermanas coloradas").
1970.- Jesús Fernández Santos ("Libro de la memoria de las cosas").
1971.- José María Requena ("El cuajarón").
1972.- José María Carrascal ("Groovy").
1973.- José Antonio García Blázquez ("El rito").
1974.- Luis Gasulla ("Culminación de Montoya").
1975.- Francisco Umbral ("Las ninfas").
1976.- Raúl Guerra Garrido ("Lectura insólita de 'El Capital'").
1977.- José Asenjo Sedano ("Conversación sobre la guerra").
1978.- Germán Sánchez Espeso ("Narciso").
1979.- Carlos Rojas ("El ingenioso hidalgo y poeta Federico García Lorca asciende a los infiernos").
1980.- Juan Ramón Zaragoza ("Concierto grosso").
1981-. Carmen Gómez Ojea ("Cantiga de agüero").
1982.- Fernando Arrabal ("La torre herida por el rayo").
1983.- Salvador García Aguilar ("Regocijo en el hombre").
1984.- José Luis de Tomás ("La otra orilla de la droga").
1985.- Pau Faner ("Flor de sal").
1986.- Manuel Vicent ("Balada de Caín").
1987.- Juan José Sáez ("La ocasión").
1988.- Juan Pedro Aparicio ("Retratos de ambigú").

1989.- No se falla

1990.- Juan José Millás ("La soledad era esto").
1991.- Alfredo Conde ("Los otros días").
1992.- Alejandro Gándara ("Ciegas esperanzas").
1993.- Rafael Argullol ("La razón del mal").
1994.- Rosa Regás ("Azul").
1995.- Ignacio Carrión ("Cruzar el Danubio").
1996.- Pedro Maestre ("Matando dinosaurios con tirachinas").
1997.- Carlos Cañeque ("Quién").
1998.- Lucía Etxebarría ("Beatriz y los cuerpos celestes").
1999.- Gustavo Martín Garzo ("Las historias de Marta y Fernando").
2000.- Lorenzo Silva ("El alquimista impaciente").
2001.- Fernando Marías ("El niño de los coroneles").
2002.- Angela Vallvey ("Los estados carenciales").
2003.- Andrés Trapiello ("Los amigos del crimen perfecto").
2004.- Antonio Soler ("El camino de los ingleses").
2005.- Pedro Zarraluki ("Un encargo difícil").
2006.- Eduardo Lago ("Llámame Brooklyn").
2007.- Felipe Benítez Reyes ("Mercado de espejismos)
Efe
 
(Relato) La única lucha que se pierde es aquella que se abandona...
"La vida es aquello que nos sucede mientras nosotros hacemos otros planes..."

Mario llega a casa del gimnasio, esta tarde le han pegado duro. Su afición por el boxeo algún día que otro le rompe el labio, le hincha el ojo o le jode la mandíbula. Aún así le apasiona y no tiene ninguna intención de dejarlo.

Deja la mochila y se mete en la ducha. El agua caliente resbala por su cuerpo grande, fuerte, tenso aún por la pelea. Cierra los ojos y sólo puede ver imágenes de su compañero aproximándose, intentando golpearle, y aún bajo el agua de modo innato, hace movimientos para esquivarlo. Está inmerso en esa imagen, rabioso aún por no haber estado hoy a la altura, cuando el jabón se aproxima hasta su boca y el escozor le devuelve a la realidad. "Duele", piensa, "esta mierda duele".

Cierra la ducha y sale en toalla hasta su habitación. Al abrir la puerta casi pisa a Mina, la mira levantando las dos cejas con desdén, y la gata le ignora y se dedica a restregarse mimosa contra su pierna.

Mario se viste rápido, se calza sus etnies, coge una lata de coca cola, el Ipod y sale de su casa. Ya en el ascensor se da cuenta de que no ha cogido nada de abrigo y empieza a hacer frío. Vuelve a entrar, abre el armario y saca la cazadora que guardó el año pasado cuando la primaverá nos sorprendió calurosa.

Apenas cinco minutos andando y llega al parque donde ha quedado con sus colegas. No ha llegado ninguno aún. La puntualidad no les caracteriza, en realidad a Mario tampoco, pero hoy simplemente llegó a la hora. Se sienta en el banco de rigor, y saca sus movidas para liarse un porro. Termina y lo enciende. Le da una calada fuerte, intensa y apoya la nuca en el banco disfrutando del instante. Echa el humo también con fuerza y se relaja viendo como lo deshace el viento.

No hace mucho frío, pero se alegra de haberse vuelto a por la cazadora, está agusto, en su puto mundo, ahora ni la herida del labio le molesta. Mira los árboles del parque, el otoño está barriendo sus hojas. Aún así es muy agradable el paisaje que observa. Le gusta su barrio, siempre le gustó, con sus amigos de siempre, con su parque de siempre, con su banco de siempre...

Deja caer una china que casi le quema y al sacudirse se da cuenta de que tiene algo en el bolsillo izquierdo de la cazadora. Lo abre y deja escapar una sonrisa de sorpresa cuando se da cuenta de lo que es. Unos pendientes de aro, unos pendientes de chica, de aquella chica...

Los saca y los mira. "Vaya...", "siguen aquí...", piensa. Sigue fumándose su porro con los pendientes en la otra mano. Recuerda cómo llegaron ahí. Fue una tarde de marzo, en un irlandés al que llevo a esa chica a tomar cerveza. Hacía frío pero no importaba nada, ni el frío, ni lo caras que eran las cervezas, ni que al Madrid lo eliminaran de la Champions, ni que la única cena fueran aquellos panchitos de las tapas... Mario le sonrió sincero, le besó con ganas, y le robó los pendientes que ella había dejado encima de su comic. Se sintió satisfecho y pícaro, pensando que ella no se había dado cuenta. Pero ella sólo estaba fingiendo, pensó que así tendría excusa para volver a verle, para volver a besarle..., pero vio perfectamente cómo él se había guardado los pendientes en su bolsillo izquierdo...

De repente se suceden mil y una imágenes en la mente de Mario. Y en todas, ella aparece mirándole fijamente, con aquella mirada que lo atravesaba, coqueta, presumida, siempre risueña... La recuerda dulce, impetuosa, insinuante y sincera. Nota un nudo en el estómago, se le borra la medio sonrisa de la boca y su pulso se acelera. Quizá por la sensación que le come por dentro, quizá porque por primera vez después de meses y meses ahora piensa en todo lo que pasó, ahora, en este instante, ahora, de repente, ahora, al encontrar sus pendientes.

Tira el porro, se lo ha fumado entero y sus amigos siguen sin llegar. Echa mano al móvil, abre la carpeta de mensajes. Pasa los más recientes y se da cuenta de que el resto tienen todos el mismo nombre, SU nombre: Aliena, Aliena, Aliena...

Maktub


 
(Noticia) Sale a la venta la 2ª parte de "Los pilares de la Tierra"
Los pilares de la Tierra

"Un mundo sin fin", es la segunda parte de "Los pilares de la Tierra", del escritor Ken Follet (Cardiff, Gales, 1949) y se pondrá a la venta el el próximo 28 de diciembre con una tirada inicial de 525.000 ejemplares (Random House Mondadori). La demanda ha sido tan grande que ha superado los pedidos realizados en la saga de Harry Potter.

La novela "Un mundo sin fin" ha encabezado ya las listas de ventas de Italia, Inglaterra y Estados Unidos, llega avalada por el éxito de su primera parte(realizada hace 18 años), de la que en España se han vendido hasta la fecha más de 5,5 millones de unidades.

Sinopsis: "La noche siguiente al día de Halloween del año 1327 cuatro niños se hallan durmiendo a las puertas de la catedral de Kingsbridge. Se trata de un ladronzuelo, un matón, una niña prodigio y una chica que quiere ser doctora. Sin embargo, esa noche sus vidas quedarán marcadas para siempre por aquello que ven en el bosque: los cadáveres de dos hombres asesinados.

Como adultos, sus vidas se verán entrelazadas por la ambición, el amor, el odio y la venganza. En cuanto a los chicos, uno de ellos viajará a través del mundo pero volverá a casa al final. El otro será un poderoso y corrupto noble. Una de las chicas desafiará el poder de la iglesia medieval. La otra, luchará por un amor imposible. Todos ellos vivirán siempre bajo la sombra de los terribles asesinatos que presenciaron en su infancia.
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(Relato) Los viajeros
Ella no resaltaba en nada en el anonimato común del vagón. Fue un vistazo oportuno, puramente casual entre una ristra infinita de posibilidades, el que la reconocio; quizas fuera el vuelo al ralenti de una pluma en el cargado ambiente del tren de primera hora de la mañana (que aparecia bajo el filtro de aquella luz amarilla como fuera del tiempo ), o quizas el rasgar violento de una hoja de pediorico, lo que le habia inducido a mirar en aquella dirección sólo un instante. Un instante que, apenas cambiando minimamente la situación ( otro día, otra metereología en el exterior que rompiera la rutina ) y con los mismos personajes, podia no haber tenido, perfectamente, ninguna consecuencia.

A él le pareció que el tiempo apenas la habia cambiado. Solo habia que echar un vistazo a su coronilla calva o al matiz cano que decoraba el resto de la cabeza para comparar. Pero sí, estaba cambiada. Llevaba el pelo recogido, confiriendole un aspecto impropio de seriedad, a lo que se añadia un conjunto de chaqueta-pantalón que tampoco le favorecia en exceso; acaso su figura le parecia ahora menos esbelta, con las curvas mucho más resaltadas, pero tal vez solo se lo parecia a él: pensó que cuando hace siglos que no vemos a un amigo, a un pariente o simplemente alguien que conocieramos de vista ( el panadero, por ejemplo ) forzoso es que le tengamos que sacar diferencias, solo para darnos a creer a nosotros mismos la sensación del paso del tiempo, que hasta ese momento habia pasado imperceptible; por ultimo, analizo sus ojos, ojos grandes y brillantes de cazador nocturno, que ahora se mostraban más profundos, más escrutadores, o simplemente más viejos, con dos pequeñas media lunas oscuras que habian anidado en sus parpados, y que delataban el cansacio acumulado de las noches y los dias en arrolladora secuencia.

La siguio analizando con detenimiento no disimulado, aunque encubierto en la muchedumbre. Sus dedos tamborilleaban un ritmo letanico y absurdo en el alfeizar metalico de la ventanilla; la mirada, intentando distraerse, no acababa de fijarse en ningún sitio: tan pronto la dirigia a su regazo ( se evidenciaba la falta de un libro quizas olvidado en casa ) donde prestaba breve atención al jugueteo inconsciente de sus manos, como la dirigia hacia el exterior, sin variar un apice su aburrida actitud, como todos los vecinos accidentales de aquel vagón, que aburridos de la estepa desierta, de las barriadas de chabolas o del vertical perfil de la ciudad recortada en la polución se refugiaban en la lectura inutil de alguna revista, en el improvisado aseo de sus uñas o, simplemente, en la contemplación de la nada. Como he dicho, tal vez un minimo cambio en la metereología hubiera cambiado la situación, y habria descubierto para aquellos contempladores ocasionales nuevos matices brillantes del paisaje. Pero era una mañana, casi aun noche, brumosa y fria, como la mayoria, y su conocida ya no se diferenciaba del resto. La siguio observando durante el resto del trayecto, inspeccionandola minuciosamente en la distancia. Ni siquiera el pudor, la conciencia de que, en cierto modo, estaba violando su intimidad le amedrento.

La geografia urbana se fue haciendo más densa en el exterior y el tren aminoró su velocidad. Él la seguía observando, ya sin ninguna pretensión escrutadora, buscando solo una mirada, una mirada suya tan casual como la propia anterior. Pero su mirada escurridiza no lograba posarse en él. Le pareció que se paseaba a su alrededor como una mariposa caprichosa, incluso que le rehuia, cosa que hubiera sospechado si no fuera porque el analisis, desde que entraron al vagón, habia sido continuo, ininterrumpido.

Cuando las sombras de la estación empezaban a colarse por las ventanillas, cuando la frenetica actividad de la estación despertaba a todas aquellas personas que hasta entonces sonambuleaban, ella le miro un momento. Le miro, y él reconocio en aquella mirada la misma que habia dirigido furtivamente a todos y cada uno de los viajeros, sin ningún interes especial, no diferenciando su ajado rostro del resto. Apenas le dio tiempo a sostenersela, pues de nuevo, sin reconocerle, la bajo a su regazo a contemplar el balbuceo infantil de sus manos momificadas por aquella luz precaria e invernal.

La estación les habia acogido con su habitual ballet caotico. Él fue escalando por entre los viajeros hasta colocarse a su par; una vez alli la analizo más de cerca, solo un metro detras: el pelo ya escarcheaba en las raices, bajo la barbilla dos pequeñas arrugas pugnaban por llegar al lateral de su cuello, y sus labios, penso él, poseian ya ese tipico de rictus de insatifacción, aquel que es propio de los que se han tragado sus sueños. Penso que, aun asi, seguia siendo tremendamente bella. Mientras esperaba una nueva mirada causal (que inaugurara una de esas conversaciones hola-que tal te va-que ha sido de ti-marido-hijos-ect...) recordo aquellos años, su risa vivaracha y facil, el matiz desconfiado de sus ojos cuando algo le extrañaba, la mirada perdida en la ventana, hacia el horizonte encerrado entre los bloques de ladrillos. Fue recordando, pero poco a poco fue desistiendo, y la vio al fin escurrirse entre la multitud atontada por la prisa, mientras él ralentizaba su paso hasta casi detenerse.

Ahora él la contempla cuando sube, más rapidamente de lo que él quisiera, por las escaleras mecanicas, hacia una luz que en contraste con la penumbra de la estación parece divina, pero que no es más que la claridad "in crescendo" de la media mañana. Piensa que esta noche volvera a casa después del trabajo, intentara ver la tele mientras cena o discute con su hija, leera otro libro, y, probablemente hara el amor con su mujer. Piensa también que el ultimo pensamiento que tendra antes de cerrar los parpados y dormirse es si tendra que esperar otros diez años para volver a ver a su compañera de clase. Piensa también que quizas entonces sea demasiado tarde, porque sera él, quien sabe, el que ya no la reconozca.

Carlos Mendez
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