Libros, letras y esas cosas raras
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(Relato) El hoyo de agujas
El hoyo de agujas por Carlos MendezEl coso siempre estaba lleno cuando él actuaba y, en verdad, daba gloria verle. La plaza ardía de impaciencia esperándole; un heterogéneo público que iba del taurino purista a la quinceañera babosa que iba por primera vez a los toros, e incluso el gordo empresario al que nunca habían interesado los toros se sentaba ahora en primera fila con un largo puro sin encender y haciendo comentarios eruditos continuamente, como si el mismo "Bombita" fuera su padre y le hubiera educado en las lides taurinas. A todo este público lo atraía solo la figura, camino ya de la Inmortalidad, de Guillermo Urbizu.

Cuando los clarines de la plaza anunciaban el paseíllo, la plaza estallaba en vítores hacia su ídolo; el resto de los diestros del cartel eran únicamente convidados de piedra en el envite. Urbizu se mantenía impasible ante la ovación, avanzaba hacia la barrera para recoger la capa y la montera, que se calzaba hasta el fondo. después esperaba en el burladero, esperaba sin mover un músculo de la cara, sin un sólo aspaviento de aprobación o disgusto, con solo una mirada fija hacia el centro de la arena. Solo se movía cuando alguien, normalmente su segundo, le advertía que el siguiente era su toro.

En ese instante todo se paraba. Yo, que fui afortunado por verle actuar, sospechaba que incluso la naturaleza le rendía tributo deteniendo la rotación de la tierra y que el mismo dios Tiempo paraba un momento en la plaza. Urbizu se dirigía con parsimonia hacia un punto enfrente de la puerta de toriles, un misterioso abismo negro del que de repente asomaban dos pitones blancos como el marfil anunciando el inicio de una danza macabra.

Bestia y hombre bailaban entonces a un mismo compás, como dos figuras automatizadas. El toro embestía y la capa roja adquiría cada vez que rozaba su ensangrentado lomo una tonalidad más oscura. El hipnotizante ritmo había hecho entrar en trance al público que repetía los "oles" en forma de letanía monótona y obsesionante, letanía que se detuvo bruscamente cuando Urbizu abandonó la faena y se dirigió a la barrera. Dejó el capote a su ayudante y recogió los trastos de matar, todo ello con movimientos muy pausados, sin soltar palabra alguna (hacía casi dos horas que no soltaba prenda) y con el pulso totalmente rígido; con la absoluta frialdad y tranquilidad de quién sabe que va a matar sin ser muerto.

Urbizu volvió al centro de al arena arreglándose el estoque, ignorando por completo al animal que se erguía jadeante pero desafiante aún a pesar de la sangre que le resbalaba por todo el cuerpo formando un charco rojizo y gelatinoso bajo él. Urbizu aún le dio dos o tres pases para colocarle y cuando juzgó él que le tenía en el ángulo indicado, respiró hondo, cerró los ojos y empuñó la espada horizontalmente, todo ello en un sepulcral silencio. Meció la capa, aún con los ojos cerrados, como si aquel trozo de tela percibiera alguna brisa imperceptible para el humano, abrió los ojos y emitió un grito primitivo invitando al toro para embestirle. Siempre mataba recibiendo; nunca (por lo menos no se recordaba) había dado un mal puntazo, una estocada fuera de sitio o ángulo, siempre (y quiero decir siempre), mataba de la misma forma.

La bestia embistió como era preceptivo en un toro de aquella bravía, Urbizu le esquivó manchando de sangre roja la muslera del pantalón, elevó la mano a la altura de la cabeza y descargó un furioso golpe sobre el hoyo de agujas. El toro se tambaleó aún durante algunos metros, pero al cabo de unos tres segundos al toro se derrumbó sobre sus cuartos traseros y cayó, después en redondo entre los vítores salvajes del público que había llegado al clímax de su particular trance. Urbizu, aún con sus rasgos faciales inmutables, daba la vuelta al ruedo con los trofeos (dos orejas y el rabo) en golpe de gracia (la muerte había sido instantánea) a la bestia inerte e intentó arrancar la espada del lomo, también sin éxito, pues estaba tan profunda y fuertemente clavada que lo único que se veía sobresalir era la empuñadura roja.

Guillermo Urbizu era fuera de los cosos taurinos un habitual de las fiestas de sociedad. Llegaba, hablaba poco (en su vida habitual no era mucho más "excesivo" de lo que era en la plaza) y se marchaba pronto siempre acompañado de alguna mujer. No poseía Urbizu la clásica belleza juvenil de algunos diestros, tampoco era un niño como demostraban algunas canas que florecían ya en el pelo de las sienes; pero los años aún no habían hecho los estragos suficientes como para disminuir un ápice su atractivo. Poseía Urbizu lo que podríamos definir como un magnetismo sexual indefinible.

No era un Don Juan tópico, pero sus recias formas, un sex-appeal y una esencia varonil salvajes más el testimonio de las mujeres que le amaron le daban esa fama. por su cama habían pasado miles de ellas: altas, bajas, delgadas y gordas, rubias y morenas, sumisas y dominantes... Urbizu no le hacía ascos a nada ni a nadie; llegaba, elegía y se iba, no volviendo a aparecer hasta la mañana siguiente e incluso hasta después de varios dias.

Miento. Había una mujer que jamás se había rendido a sus encantos. Alicia Perojo, hija de una noble familia sevillana, traía de cabeza al protagonista de nuestro relato. Se rumoreaba que era la única mujer que le había hecho nones a Urbizu, y éste estaba obsesionado con ella. Cuando coincidían en alguna fiesta (que no eran pocas veces) Urbizu ignoraba a sus contertulios y seguía con la mirada a Perojo, ella como no era ignorante del estado de su antagonista le daba celos con algún otro hombre. Era Alicia Perojo la autentica replica femenina de Urbizu. No cumplía ya los treinta, el pelo azabache, la piel moderadamente morena, los rasgos de la cara modelados levemente por el tiempo, un talle fino adornado por dos voluptuosos y hermosos pechos coronados a su vez por dos pezones que siempre se mantenían erectos y puntiagudos como, precisamente, las astas de un toro. Yo, que he de reconocer como uno de sus pocos amigos y enterado como estaba de su pasión, le había dicho en una ocasión:

- "Ese sí que es un ganado demasiado bravo".

Urbizu se llevó su copa a los labios y un lacónico silencio fue su única respuesta.

Una mañana de agosto, mañana igual a otra cualquiera, me despertó el teléfono hacía las nueve. Era Isidro, el segundo de Urbizu, que me llamaba alarmado por sí sabía de su paradero. Me relató que había salido anoche a un local de fiestas como solía hacer en muchas ocasiones. Isidro le había estado esperando hasta tarde pero al ver que no venía se fue a acostar. Esa mañana se había levantado pronto y había ido a la habitación de Urbizu a despertarle como cada mañana los días que había corrida, pero al entrar solo encontró la cama vacía y sin deshacer. Bajó deprisa a conserjería para preguntar si le habían visto entrar o salir, pero su respuesta igual que la mía, fue negativa: Urbizu estaba desaparecido.

No era Urbizu un hombre fácil de localizar cuando quería pero por el contrario era un profesional en toda regla al que nunca se le había conocido una espantada ni una corrida suspendida por capricho. Su apoderado y un selecto grupo de conocidos y parientes, entre los que me encontraba yo, decidimos que la noticia trascendiera a los medios de comunicación para facilitar su paradero. Hacía las nueve recibimos una llamada de un hostal de carretera de las afueras. Nos dijo que Urbizu, acompañado de una mujer, había alquilado una habitación en la madrugada del día anterior y dio orden expresa de no ser molestado.

Perojo yacía desnuda, bajo una sabana empapada en sangre: en la parte inferior de su nuca sobresalía la empuñadura de la espada de Urbizu que, clavada fuertemente, había atravesado el colchón y había roto el baldosín del suelo. Su mirada vacía en su cara blanca apuntaba insensiblemente hacía la puerta en la que nos encontrábamos; a su lado, con el mentón hundido en el pecho, los ojos brumosos mirando el vacío que se abría a sus pies y el cuerpo desmadejado cual títere, jadeaba moribundo Urbizu, con dos grandes rajas en las palmas de las muñecas donde manaban sendos riachuelos rojo oscuro; la sangre resbalaba por su muslo prieto, cayendo por la sabana, fluyendo por ella y precipitándose al suelo gota a gota, gota a gota, formando un charco rojizo y gelatinosos bajo la cama.

Siempre mataba recibiendo; nunca (por lo menos no se recordaba) había dado un mal puntazo, una estocada fuera de sitio o ángulo, siempre (y quiero decir siempre) mataba de la misma forma.

Carlos Mendez
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Comentario:
Pues vaya..., no me gusta nada el final, por qué tiene que matarla? El relato está bien escrito, pero el fondo me parece machista. Historia de típical spanish no? Torero, atractivo, mujeriego, de pocas palabras y pa remate se carga a la única mujer que le rechaza, jurr jurr. Espero que haya pocos especímenes de estos, puajj!

KissX
 
Comentario:
los toreros como siempre, tan temperamentales...
No