Libros, letras y esas cosas raras
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Libros, letras y esas cosas raras
 
 
(Relato) One more kiss, dear
Todo estaba ya preparado: el champan ya se cubria con una leve y brillante capa de humedad; el horno, desde la cocina, despedía una agradable fragancia de ciruelas asadas; las velas se consumían lentamente sobre la mesa, donde dos cubiertos preparados con precisión milimétrica delataban la cita amorosa. Todo estaba preparado, y ella estaba al llegar.

Q. contemplo por un momento el inusual orden que reinaba en su apartamento. Todo estaba en el sitio donde debía de estar, quizás por ello aquel habitat le pareció ajeno, extraño, como la habitación de un hotel. Pero lo cierto es que aquella noche no podía permitirse dar una mala impresión. Tamborileó los dedos en el respaldo marrón y compacto del sofa, mientras su otra mano libre daba lumbre al ultimo cigarro de su paquete, que yacía arrugado junto al teléfono. "Joder, diez en media hora", pensó. Era cierto, estaba nervioso, aunque sabia positivamente que aquella mujer no era la primera, ni, a buen seguro, iba a ser la ultima. Pero iba a ser especial, una noche especial.

Justo en el momento en que levantaba su brazo para comprobar la hora, el zumbido del telefonillo le anuncio que era la hora. La abrió y, hurgando en su bolsillo, se cercioro de que alli estaban los dos objetos que le iban a ser útiles en aquella velada: un anillo de pedida, escondido, como la ultima lagrima de un poeta, en una cajita recubierta de terciopelo rojo y la punta rota de una aguja de hacer punto. Se quedo allí esperando frente a la puerta con las manos entrelazadas en su espalda, hasta que el eléctrico campanilleo de la puerta le anuncio el final de la espera.

Su atuendo era impecable, como el suyo propio: había acudido a la cita con sus mejores galas, con aquel vestido rojo de noche que marcaba nitidamente su esbelto talle, dejaba al descubierto ( con esa elegancia que solo las mujeres bellas disfrutan ) el inicio del canalillo de los pechos y mostraba con orgulloso desparpajo la exquisitez marfil de sus tobillos. Su rostro ofrecía los contrastes vitales usuales en ella, por lo que no había recurrido a ningún tipo de maquillaje; la melena, recortada aquella misma mañana, encerraba con dos medias lunas el ovalo perfecto y plata. jamás había encontrado otra prueba más evidente de la existencia, en alguna parte, de un Dios creador. Ambos se miraron un momento, ella recostada contra el marco de la puerta, él en su posición anterior, ambos lucían sonrisas de circunstancias, pues sabían el motivo de aquella especial velada.

Tras los preliminares habituales en la ocasión ( ella le tendió su abrigo, mientras descubría una botella de vino comprada expresamente y exclamaba un !que limpio esta todo esto¡) ambos se sentaron a la mesa, uno frente al otro. Tras la ensalada llego el segundo y ultimo plato de la noche (Q. había ideado una cena sabrosa, pero más bien frugal): pollo asado relleno con ciruelas, que a la sazón era el manjar preferido de ella. Cuando la cena ya llegaba a su fin, y la diosa del frente devoraba con glotonería casi humana las ultimas migajas de carne empapadas en gelatina, él pregunto:"¿sabes que voy a hacer tras los postres?". Ella solto una de aquella risitas que la caracterizaban cada dos por tres con una vitalidad joven y fresca, de fruta recién cogida, aun con el rocío de la mañana: "por supuesto. A estas alturas no creerás que soy imbécil".

Pasaron tácitamente del postre, y acordaron en su lugar preparar cafe. Este se enfriaba, y cada voluta de vapor que exhalaba la taza era como un gemido de agonía del sabor. Ellos entretanto se daban con parsimonia a la ceremonia del beso, y reían mientras enumeraban todos los pormenores de su vida marital. Ella quería tener solo un niño, al que pondrían de nombre Albertito, como su abuelo, pero él en cambio queria dos nenas, a las que nombraría Elvira y Sol, como las hijas del Cid. Al final acordaron tener un montón de crios, como diez u once, para que su vejez fuera como la de unos patriarcas biblicos. Hablaron también de su casa: ahorrarían y dentro de poco huirían de la gran ciudad y se refugiarían, como exiliados, en algún pueblo de la sierra, donde la vista de los riscos permanentemente nevados no se les hiciera habitual, y asi cada amanecer seria único y ya no tendría cabida la monotonía. Tendrían un gran jardín frente a la puerta, ella cultivaría rosas y él se sentaría en una tumbona a leer el periódico todos los domingos, con su chandal de marca y sus deportivas. Vendría la madurez, y los amantes permitidos (más jóvenes por supuesto, que para carne arrugada, gastada y vieja ya se tenían el uno al otro). Al fin morirían, uno antes que el otro claro, y serian enterrados en aquel mismo pueblo, donde el tiempo les pasaría por encima, y tal vez algún día un caminante curioso descubriera dos lapidas adosadas con una inscripción casi borrada, donde se leerían sus nombres. Esto hablaban y reían, tumbados a lo largo en el sofá, ella con su cabeza apoyada sobre el pecho de él, mientras este mesaba su cabello. Q., entonces, saco su pequeña cajita de terciopelo rojo, la hizo resbalar por el brazo extendido de ella y lo depositó cuidadosamente en la palma de su mano. Ella no lo abrió, no lo necesitaba, recogió los brazos y los alojo en su regazo, mientras él la apretaba fuertemente. Era una respuesta afirmativa. Ambos se sentían más próximos que nunca.

Se había levantado dirigiéndose a la estantería. Había sacado un viejo disco con una olvidada vocalista de color retratada en la portada, y donde unas grandes letras coloradas sobre fondo negro anunciaban el titulo del tema encerrado en los microsurcos: "One more kiss, Dear". Q. lo aclopo en el tocadiscos y, entre los quejidos del tiempo, una voz melodiosa y femenina seguía cantando su canción. Ahora bailan, y se susurran al oído los buenos tiempos pasados. Los veraneos en las embravecidas aguas de la Costa Brava, donde gustaban de aislarse de las familias y los guiris pasados de peso y alcohol entre los acantilados cortados a fuego y agua; sus noches, cuando pernoctaban en la orilla, mecidos por el suave murmullo de las olas casi también dormidas, mientras el fondo oscuro se ilusionaba atrapando el reflejo de la luna llena; las tertulias de madrugada frente a una botella de alcohol, preferentemente vino, con los amigos, los amaneceres repletos de luz y resaca a las que daban paso; los remansos de la pasión, en la habitación de cualquier motel de cualquier olvidada carretera provincial, con los cuerpos sudados exigiendo una ducha y descanso....Aquella, a pesar de lo cursi que a ambos les parecia aquella expresión, era "su canción", y solo les recordaba los buenos momentos.

Sus pies se deslizaban sonámbulos sobre el parque. Mientras la olvidada vocalista de color seguía cantando su canción. Ninguno de ellos miraba ahora a la cara del otro: fijaban sus ojos en puntos indeterminados de la habitación, en el aire. Era el silencio agradable de quien ya no necesita decirse nada, o bien se niega a emplear para ello el instrumento burdo, y casi sucio, de las palabras.

Carlos Mendez.
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