Libros, letras y esas cosas raras
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(Relato) Apuntes autobiográficos
Apuntes autobiográficos - RelatoC. no se despertó muy tarde aquel Domingo, tan solo a las once y cuarto de la mañana. Tampoco remoloneo demasiado girando sobre sí mismo en la cama, rebuscando en su mente el sueño fugado de improviso. Se levanto con un movimiento rápido, de inusual jovialidad, y fue a orinar como todos los días.

Acto seguido desayunó; aquí fue donde las cosas se empezaron a torcer. El café con leche le supo insípido, no sabia a café, ni a azúcar, ni siquiera a leche; su aspecto era oleaginoso. Los churros, sus Churros, aquellos manjares deliciosos con los que C. se deleitaba todos los Domingos en el desayuno desde que tuvo conciencia de sí, le parecieron aquella mañana una masa grasienta y pastosa que, pegada a su paladar como cemento fresco, a duras penas acabo de digerir. Evidentemente hubo de renunciar a las porras.

Volvió a la cama a leer, como solía hacer muchos días. Sin embargo, nada más palpar la áspera superficie de las paginas, la actividad de reconocer las diferentes consonantes y vocales, la de formar sílabas, recomponer estas en palabras y asimilarlas mentalmente otorgándoles un significado propio y singular y, a la vez, de conjunto, le pareció, digo, una tarea harto fatigosa y aburrida.

Desertado de la lectura, paseo por la casa como una mota de polvo. Se detuvo al cabo frente al equipo de música, y miro su inacabable fila de compactos de sugerentes y atractivos colores, como limpias, planas y melódicas cortesanas del hogar de clase media. Medito un largo rato dudando entre el rock y la recialidad clásica de un Beethoven. Seguía dudando, formulando pros y contras, cuando un disuasorio dolor de cabeza empezó a hervirle en la base del cráneo, e imagino, absurdamente, la imagen de su coronilla saliendo disparada como en un volcán. Se dio la vuelta y, sujetándose la testa con ambas manos, reemprendio el camino de vuelta a su habitación a pesar de las sollozantes suplicas y sollozos de los compactos. Paso de largo frente al televisor, con el que hacia tiempo que no se hablaba.

C., de nuevo en la habitación, encendió la radio buscando amparo sonoro, pero la voz altisonante de otro psicólogo dando consejos para vivir mejor no era precisamente lo más adecuado, ni siquiera ahora. El reflejo del espejo le devolvió una realidad de piel sudada y pestilente y un pelo encrespado como ramas de vid, pero la idea de una ducha ni se le pasó por la cabeza ¿Que era lo que le pasaba? ¿a que se debía aquel aburrimiento vital? ¿porque de repente lo único que le apetecía era quedarse sentado frente a una pared blanca imaginando paredes blancas? C. realizo un nuevo, minucioso y estúpido inventario de su hábitat cotidiano intentando rastrear respuestas.

Una de ellas grito de pronto en su cabeza, como si hubiera permanecido escondida conteniendo a duras penas la risa mientras su amo y señor caminaba interrogante, babeante y medio catatónico por las diferentes estancias del piso desierto. Se presento, como digo, de repente, tremendamente obvia, entonando triunfalmente con voz de tenor un "! Estoy aquí ¡": era Julio, y, como todo el mundo sabe, o al menos sospecha, en Julio nunca hay fútbol.

Carlos Mendez
No