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Vista de Pájaro















El Secretario Luna
Aleteos
 
Cosas de un felpudo
Madrid está habitado como mi colchón¡Qué guapa estaba aquella tarde de lluvia sobre el andén de la estación de Atocha! No sabía cuántos años iban a pasar, no sabía cuántos kilómetros eran suficientes para acabar con un sentimiento, pero Dinamarca se le antojaba entonces tan lejana, tan húmeda, tan danesa, tan en caja redonda, azul y metálica... No sabía si volvería a verla, y tampoco estaba muy seguro de si sería capaz de sobrevivir una o dos semanas en el enjambre de Madrid sin su sonrisa, sus despistes, y aquella manera tan suya de estropear siempre todos los planes con un olvido, un codazo o una ocurrencia. En todo esto pensaba Jaime mientras se limpiaba el pie izquierdo en el felpudo marrón que yacía, inocente, ante la puerta de Mario. Una fiesta de antiguos compañeros de colegio. El nudo del estómago se estrechó un poco más. No sabía si sería el día, por fin, después de cinco años. Es imposible. No, no puede ser. Acercó su dedo hacia el timbre después de limpiarse el sudor de la mano en el pantalón recién planchado. Era una de esas noches de verano en la capital, en las que el calor parece el agua usada en la que nadan los taxis y los neones. Desde que sonó el timbre hasta que se abrió la puerta pasaron tres siglos... aproximadamente, 20 segundos. Y allí estaba Mario, y le estaba guiñando un ojo, y Mario no era gay, ¿y entonces? Aquello significaba que... ¿En serio? Jaime tragó saliva.
 
¿Quién paga los platos rotos?





















Peter Brookes & Morland. The Times.

 
Postal desde Gran Vía
















El refresco que se tomó aquella tarde no sabía igual que el café que solía tomar con los chicos allí, en aquel mismo lugar, pero en circunstancias bien distintas. Aquel estaba resultando un refresco rápido, artificial, poco menos que un "refresco-excusa". Una coartada para poder sentarse en el taburete mejor situado y observar con tranquilidad la acera de enfrente. El local estaba lleno de turistas. Iban y venían, rojos como cangrejos, preguntando a los camareros cuál era la mesa más adecuada para sentarse y para esparcir todas sus compras de la tarde. Él estiraba el cuello y movía la cabeza de un lado a otro, porque una de esas turistas, gorda como un tonel y rubia como una Beck's, le estaba impidiendo desde hacía un minuto mantener su mirada fija en aquella pequeña puerta de la acera de enfrente.
 
Tambores de Oriente
















Leer las crónicas de Maruja Torres desde Beirut deja bajo la lengua un sabor agridulce: dulce, porque llegan hasta nuestros ojos los aromas libaneses del glamour y el exotismo; agrio, porque cuando Maruja escribe, es que suenan los tambores de la guerra en Oriente. No sabemos si El Líbano será, como la España de 1936, el tablero en el que estalle el ruido sordo que dará inicio a la guerra entre Israel e Irán. Lo único cierto es que no lo sabemos. Pero de un indicio si podemos empezar a dar buena cuenta: los grandes, los potentes, los de los despachos, como antaño, están demasiado ocupados como para sentarse y llorar.
 
Zapatero viaja
















Zapatero viajó a China y se incendió Guadalajara; Zapatero viajó a India y se estrelló el metro de Valencia. Es obvio que los viajes del presidente no tienen ninguna relación con las catástrofes; sólo es una de esas comparaciones que nos encanta establecer a los periodistas; una de esas comparaciones que me extraña no haber leído ya en las páginas de opinión de ciertos periódicos. Zapatero se fue y volvió, y agachó la cabeza en la catedral, como si creyese en Dios o en el obispo García Gasco. Durante los últimos días, ya ha habido dos personas que me han hablado espontáneamente de Zapatero. Votaron al PSOE el 14 de marzo con desgana, para echar a Aznar de la Moncloa. Hoy están dispuestas a votar porque les gusta cómo gobierna, porque dicen haber encontrado en él un nuevo estilo de gobernar. ¿Es entonces cuestión de estilo?