Tres, dos, uno

Decir que no quiero que sea Navidad es como afirmar que no quiero que llegue mi muerte. Siendo completamente sincero, no sé si seré capaz de soportar el momento en que ambas cosas sucedan, pero en el fondo anhelo que ocurran para que el trago pase cuanto antes.
No puedo engañarme. No se trata de la Navidad, porque las rebajas de enero o el veranillo de San Martín me causan exactamente la misma sensación... la de un desprecio profundo y absoluto por el tiempo, por lo que significa, por la esclavitud que supone.
Huyo de argumentos fáciles como la vejez o la enfermedad, no, no me asustan sus efectos. Me entristece el mero paso del tiempo, su "cambiar las cosas" sin una razón aparente. A mejor, a peor, pero siempre trae cambios sin razones. El ser humano se pasa la vida armándose de argumentos para comprender los procesos que lo rodean, incluso los que están dentro de su mente, pero un buen día toma aire y descubre que basta una brizna de tiempo para desbaratar todas sus teorías.
Y ocurre, y nadie da una explicación sobre ello. Y el hombre se va deshinchando a medida que expulsa el tiempo de sus pulmones. Y muere. Y ya se encargará el tiempo de poner las cosas en su lugar.





