Postal desde Gran Vía

El refresco que se tomó aquella tarde no sabía igual que el café que solía tomar con los chicos allí, en aquel mismo lugar, pero en circunstancias bien distintas. Aquel estaba resultando un refresco rápido, artificial, poco menos que un "refresco-excusa". Una coartada para poder sentarse en el taburete mejor situado y observar con tranquilidad la acera de enfrente. El local estaba lleno de turistas. Iban y venían, rojos como cangrejos, preguntando a los camareros cuál era la mesa más adecuada para sentarse y para esparcir todas sus compras de la tarde. Él estiraba el cuello y movía la cabeza de un lado a otro, porque una de esas turistas, gorda como un tonel y rubia como una Beck's, le estaba impidiendo desde hacía un minuto mantener su mirada fija en aquella pequeña puerta de la acera de enfrente.





