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Vista de Pájaro















El Secretario Luna
Aleteos
 
Cosas de un felpudo
Madrid está habitado como mi colchón¡Qué guapa estaba aquella tarde de lluvia sobre el andén de la estación de Atocha! No sabía cuántos años iban a pasar, no sabía cuántos kilómetros eran suficientes para acabar con un sentimiento, pero Dinamarca se le antojaba entonces tan lejana, tan húmeda, tan danesa, tan en caja redonda, azul y metálica... No sabía si volvería a verla, y tampoco estaba muy seguro de si sería capaz de sobrevivir una o dos semanas en el enjambre de Madrid sin su sonrisa, sus despistes, y aquella manera tan suya de estropear siempre todos los planes con un olvido, un codazo o una ocurrencia. En todo esto pensaba Jaime mientras se limpiaba el pie izquierdo en el felpudo marrón que yacía, inocente, ante la puerta de Mario. Una fiesta de antiguos compañeros de colegio. El nudo del estómago se estrechó un poco más. No sabía si sería el día, por fin, después de cinco años. Es imposible. No, no puede ser. Acercó su dedo hacia el timbre después de limpiarse el sudor de la mano en el pantalón recién planchado. Era una de esas noches de verano en la capital, en las que el calor parece el agua usada en la que nadan los taxis y los neones. Desde que sonó el timbre hasta que se abrió la puerta pasaron tres siglos... aproximadamente, 20 segundos. Y allí estaba Mario, y le estaba guiñando un ojo, y Mario no era gay, ¿y entonces? Aquello significaba que... ¿En serio? Jaime tragó saliva.
No