Vive y Disfruta cada momento
Cariños y cariñas de la blogsfera, el 2006 se acaba. Esto no da para más. Inevitablemente ha llegado el momento de plantearte seriamente que aquello que te prometiste el 1 de enero (cepillarte a Jesús Vázquez) no se va a cumplir, ya sea porque la suerte no te haya acompañado (no habéis coincidido o si lo habéis hecho los dos teníais otros planes, juas) o porque has perdido valiosos segundos soñando (eróticamente) en lugar de luchando para que tus sueños se hagan realidad (es decir, tirarte literalmente al cuello). Y esto es así, a todos nos pasa (no me refiero a querer liarnos con Jesús sino a esa sensación de vacío existencial). Todos acabamos el año con cierto regusto agridulce que nos deja ligeramente atontados y melancólicos.
Porque no nos engañemos. No, ya no. En este punto de la partida anual todos tenemos que tener las cartas bocarriba, decirnos las cuatro verdades del barquero y visualizar en qué punto estamos de la jugada y los errores que hemos cometido para que otros ganaran mientras nosotros perdíamos. Porque siempre se pierde. También siempre se gana. Pero supongo que es más fácil ver los defectos (propios y ajenos, que del critiqueo no se salva nadie aquí) que las virtudes y lo malo que lo bueno.
Yo me he hecho el propósito de no atormentaros con mi balance anual (oigo suspiros de alivio, lo sé, aplausos y ovaciones). Primero porque es muy aburrido y segundo porque, además de tedioso, es triste. Y no hace falta más que echar una ojeada a post anteriores para saber que he tenido de to (que tengo de toooo, como los puestos del mercadillo). Y no es que me esté dando el momento drama queen de la vida y esté a punto de cortarme las venas porque me siento solo, mi curro es una mierda, no tengo un novio y todas esas cosas que me hacen parecer el Bridget Jones mariquita del mundo blogueril. No, cariños, no. Es triste porque, a veces, simplemente, la vida es triste. No hay más. No se trata de un complot de la NASA contra tu persona, ni de que te vigilen mediante un satélite artificial manipulando todo lo que ocurre a tu alrededor para que te sientas de una determinada forma y monitorizando todas tus actividades. No. Ocurre que, sencillamente, hay años en los que se llora más, se tienen más días tontos, se viven unas situaciones en lugar de otras... y no por ello merece menos la pena.
Que no, que no eres el único que se araña la cara ante la perspectiva de que no tienes el trabajo de tu vida (ni lo tendrás a este paso, que lo de ser el actor porno revelación de la temporada es una utopía y que lo de ver Queer As Folk durante todo el día sentado en el sofá de casa, te pongas como te pongas, no da dinero), no formas parte del jurado de Operación Triunfo (aunque, como ellos, criticas y cada vez con más mala leche), no te han seleccionado para entrar en la casa de Gran Hermano (y, por ende, no te has tirado de los pelos con esos seres de menos de media neurona popularmente conocidos como concursantes), no te ha tocado la lotería (con lo cual, sí, sigues siendo pobre y tendrás que continuar en ese trabajo que adoras), tus amigos no te han hecho una fiesta sorpresa por tu cumpleaños con un boy en la tarta (como en alguna de esas series taaaaaan realistas que vemos), y no, no te has transformado en un pibón del año pasado a éste con millones de fans acosándote a la entrada de tu dormitorio y haciendo cola para ver porno contigo.
Tampoco has visto arco iris de colores (a menos que hayas sufrido de alguna alucinación por culpa del estrés) y mucho menos gracias al amor. No te has hecho famoso (por más que algunos se empeñen en llamarte el "gran Paper") ni te hacen la ola cuando pasas por delante de la cola de la discoteca para que el portero te diga "¿tú quién coño eres? Ponte a la cola y por listo ahora te cobro el doble y sin consumición." Ni has cumplido tu preciado sueño de aparecer un día con una recortá cargándote al noventa y nueve por ciento de los políticos que dirigen el mundo y al ochenta por ciento de las personas que te miran raro cuando te cruzas con ellas en el supermercado.
No obstante, hay que darle el culo al lado oscuro (con cuidado, no vaya a ser que te ponga mirando pa Cuenca en un momento de despiste) y echarle un ojo a la parte positiva. Que la hay, claro que sí.
Mi 2006, porque cada uno tiene el suyo y éste es un hecho indiscutible, ha venido plagado de delicias. Delicias que no han hecho de mi vida esa fantástica existencia que se nos vende en la tele, como si todo lo que no se situara a la altura de las carcajadas del saco de la risa fuera una porquería mediocre. Que parece que si uno no se ha despertado en una película de Meg Ryan de repente, el día te ha servido para lo mismo que tirar un billete de cincuenta por la ventanilla del coche en plena autovía. Yo he tenido mis momentos que a mí me han valido para mucho. Este año he frivolizado una barbaridad (y eso todos lo sabéis, solo hace falta leerme un rato), me he reído de mí mismo y de los demás de manera sana, me he desenvuelto dentro de mí con asombrosa facilidad descubriendo mi cinismo e ironía aún más si cabe, he buscado debajo de las piedras el sentido del humor cuando, lo cierto es que, en muchas ocasiones, la cosa no tenía ni puta gracia. He disfrutado de las situaciones surrealistas en las que me han insertado, aún cuando muchas eran de película de Almodóvar. He terminado cosas que creía que nunca sería capaz de concluir y, además, lo he hecho con orgullo. También he comenzado otras que jamás pensé que iniciaría y que me han traído múltiples satisfacciones a nivel personal y social.
Me he reído, me he emocionado, he disfrutado de mí mismo (y no solo en ese sentido, guarretes, que sois unos guarretes), he disfrutado de los demás (tampoco solo en ese sentido, que hay que ver como sois, coño, que no paráis, siempre con lo mismo). He dejado atrás a personas que hacían que mi vida fuera más complicada y he incluido a otras que me la hacen más fácil, que me dan motivos para despertarme cada mañana, para tener una sonrisa en la cara y para ilusionarme. He conocido hombres que han destruído mi currada fama de resentido con el sexo masculino (y no sé por qué, total, por haber dicho en algún momento de este blog que debería haber nacido lesbiana...hay que ver como sois, que me colgáis unos sanbenitos que para qué). Por supuesto también ha habido otros que la han alimentado (pero ¿yo no iba a ser positivo? Vaya, ya se me está yendo el santo al infierno...).
He tenido días en los que casi he vomitado al mirarme al espejo y otros, en cambio, me he sentido con la fuerza y la capacidad de comerme el mundo y de conseguir cualquier cosa que me propusiera. He vivido situaciones lamentables, graciosas, surrealistas, pletóricas, ridículas, frustrantes, insípidas, denigrantes, tiernas, indiferentes, dantescas, amargantes, estresantes, prescindibles, imprescindibles... pero todas mías. No las cambio por nada del mundo.
Y cuando la última campanada del año 2006 suene no podré evitar vislumbrar con cierta melancolía muchos momentos y sentir cierto alivio por lo que dejo atrás (sería mentira si no lo dijera). Pero, ni que decir tiene que, cuando el 2007 haga su aparición lo abrazaré con todas mis fuerzas y no lo dejaré escapar. Porque este año me lo propongo. Aunque luego no sirva de nada y todo se quede en castillos en el aire. Pero este año voy a quererme. Y voy a ser feliz. O, por lo menos, voy a acercarme mucho a mis objetivos. Porque sí, porque yo lo valgo y porque me da la gana. Porque me lo merezco. Y porque ya está bien.
Y tú, querido bloguero o bloguera / lector o lectora que tan atent@ miras a la pantalla, ya sabes. Vive y disfruta cada momento. Con toda la intensidad de la que seas capaz. Que no se diga que no lo intentaste. Haz que merezca la pena. Siempre.
Feliz año 2007.
Porque no nos engañemos. No, ya no. En este punto de la partida anual todos tenemos que tener las cartas bocarriba, decirnos las cuatro verdades del barquero y visualizar en qué punto estamos de la jugada y los errores que hemos cometido para que otros ganaran mientras nosotros perdíamos. Porque siempre se pierde. También siempre se gana. Pero supongo que es más fácil ver los defectos (propios y ajenos, que del critiqueo no se salva nadie aquí) que las virtudes y lo malo que lo bueno.
Yo me he hecho el propósito de no atormentaros con mi balance anual (oigo suspiros de alivio, lo sé, aplausos y ovaciones). Primero porque es muy aburrido y segundo porque, además de tedioso, es triste. Y no hace falta más que echar una ojeada a post anteriores para saber que he tenido de to (que tengo de toooo, como los puestos del mercadillo). Y no es que me esté dando el momento drama queen de la vida y esté a punto de cortarme las venas porque me siento solo, mi curro es una mierda, no tengo un novio y todas esas cosas que me hacen parecer el Bridget Jones mariquita del mundo blogueril. No, cariños, no. Es triste porque, a veces, simplemente, la vida es triste. No hay más. No se trata de un complot de la NASA contra tu persona, ni de que te vigilen mediante un satélite artificial manipulando todo lo que ocurre a tu alrededor para que te sientas de una determinada forma y monitorizando todas tus actividades. No. Ocurre que, sencillamente, hay años en los que se llora más, se tienen más días tontos, se viven unas situaciones en lugar de otras... y no por ello merece menos la pena.
Que no, que no eres el único que se araña la cara ante la perspectiva de que no tienes el trabajo de tu vida (ni lo tendrás a este paso, que lo de ser el actor porno revelación de la temporada es una utopía y que lo de ver Queer As Folk durante todo el día sentado en el sofá de casa, te pongas como te pongas, no da dinero), no formas parte del jurado de Operación Triunfo (aunque, como ellos, criticas y cada vez con más mala leche), no te han seleccionado para entrar en la casa de Gran Hermano (y, por ende, no te has tirado de los pelos con esos seres de menos de media neurona popularmente conocidos como concursantes), no te ha tocado la lotería (con lo cual, sí, sigues siendo pobre y tendrás que continuar en ese trabajo que adoras), tus amigos no te han hecho una fiesta sorpresa por tu cumpleaños con un boy en la tarta (como en alguna de esas series taaaaaan realistas que vemos), y no, no te has transformado en un pibón del año pasado a éste con millones de fans acosándote a la entrada de tu dormitorio y haciendo cola para ver porno contigo.
Tampoco has visto arco iris de colores (a menos que hayas sufrido de alguna alucinación por culpa del estrés) y mucho menos gracias al amor. No te has hecho famoso (por más que algunos se empeñen en llamarte el "gran Paper") ni te hacen la ola cuando pasas por delante de la cola de la discoteca para que el portero te diga "¿tú quién coño eres? Ponte a la cola y por listo ahora te cobro el doble y sin consumición." Ni has cumplido tu preciado sueño de aparecer un día con una recortá cargándote al noventa y nueve por ciento de los políticos que dirigen el mundo y al ochenta por ciento de las personas que te miran raro cuando te cruzas con ellas en el supermercado.
No obstante, hay que darle el culo al lado oscuro (con cuidado, no vaya a ser que te ponga mirando pa Cuenca en un momento de despiste) y echarle un ojo a la parte positiva. Que la hay, claro que sí.
Mi 2006, porque cada uno tiene el suyo y éste es un hecho indiscutible, ha venido plagado de delicias. Delicias que no han hecho de mi vida esa fantástica existencia que se nos vende en la tele, como si todo lo que no se situara a la altura de las carcajadas del saco de la risa fuera una porquería mediocre. Que parece que si uno no se ha despertado en una película de Meg Ryan de repente, el día te ha servido para lo mismo que tirar un billete de cincuenta por la ventanilla del coche en plena autovía. Yo he tenido mis momentos que a mí me han valido para mucho. Este año he frivolizado una barbaridad (y eso todos lo sabéis, solo hace falta leerme un rato), me he reído de mí mismo y de los demás de manera sana, me he desenvuelto dentro de mí con asombrosa facilidad descubriendo mi cinismo e ironía aún más si cabe, he buscado debajo de las piedras el sentido del humor cuando, lo cierto es que, en muchas ocasiones, la cosa no tenía ni puta gracia. He disfrutado de las situaciones surrealistas en las que me han insertado, aún cuando muchas eran de película de Almodóvar. He terminado cosas que creía que nunca sería capaz de concluir y, además, lo he hecho con orgullo. También he comenzado otras que jamás pensé que iniciaría y que me han traído múltiples satisfacciones a nivel personal y social.
Me he reído, me he emocionado, he disfrutado de mí mismo (y no solo en ese sentido, guarretes, que sois unos guarretes), he disfrutado de los demás (tampoco solo en ese sentido, que hay que ver como sois, coño, que no paráis, siempre con lo mismo). He dejado atrás a personas que hacían que mi vida fuera más complicada y he incluido a otras que me la hacen más fácil, que me dan motivos para despertarme cada mañana, para tener una sonrisa en la cara y para ilusionarme. He conocido hombres que han destruído mi currada fama de resentido con el sexo masculino (y no sé por qué, total, por haber dicho en algún momento de este blog que debería haber nacido lesbiana...hay que ver como sois, que me colgáis unos sanbenitos que para qué). Por supuesto también ha habido otros que la han alimentado (pero ¿yo no iba a ser positivo? Vaya, ya se me está yendo el santo al infierno...).
He tenido días en los que casi he vomitado al mirarme al espejo y otros, en cambio, me he sentido con la fuerza y la capacidad de comerme el mundo y de conseguir cualquier cosa que me propusiera. He vivido situaciones lamentables, graciosas, surrealistas, pletóricas, ridículas, frustrantes, insípidas, denigrantes, tiernas, indiferentes, dantescas, amargantes, estresantes, prescindibles, imprescindibles... pero todas mías. No las cambio por nada del mundo.
Y cuando la última campanada del año 2006 suene no podré evitar vislumbrar con cierta melancolía muchos momentos y sentir cierto alivio por lo que dejo atrás (sería mentira si no lo dijera). Pero, ni que decir tiene que, cuando el 2007 haga su aparición lo abrazaré con todas mis fuerzas y no lo dejaré escapar. Porque este año me lo propongo. Aunque luego no sirva de nada y todo se quede en castillos en el aire. Pero este año voy a quererme. Y voy a ser feliz. O, por lo menos, voy a acercarme mucho a mis objetivos. Porque sí, porque yo lo valgo y porque me da la gana. Porque me lo merezco. Y porque ya está bien.
Y tú, querido bloguero o bloguera / lector o lectora que tan atent@ miras a la pantalla, ya sabes. Vive y disfruta cada momento. Con toda la intensidad de la que seas capaz. Que no se diga que no lo intentaste. Haz que merezca la pena. Siempre.
Feliz año 2007.
Cuento de Navidad. Parte 2: Aunque el futuro se vista de seda
Total, que tras las visitas de los espíritus navideños del pasado y del presente yo ya estaba hasta las narices y resolví que la noche siguiente dormiría con mi madre, en su habitación. A ver si tenían narices de hacerme más visitas a esas horas, que eso es de muy mala educación. Allá que me apotroné yo en la cama de matrimonio estupenda de mi madre que nunca aprovecho cuando ella no está en casa (bueno sí, para tirarme encima con los brazos abiertos los días que llego reventado. Que tire la primera piedra el que no lo haya hecho nunca), cuando en mitad de la noche me desperté porque mi querida progenitora se había levantado para ir al servicio. De reojillo no dejaba de mirar hacia la puerta, esperando que apareciera y se volviera a acostar y yo poder continuar el sueño de los papa noeles con taparrabos rojos. Me quedé a cuadros cuando, en lugar de esa mujer entrañable, hizo su aparición un buenorro estupendo.
No, no iba con taparrabos porque hacía mucho frío. Pero, vamos, que no le hacía falta. Ante la entrada en la habitación de aquel tremendo espécimen me quedé estupefacto, con cara de tonto y despeinado (lo ideal para ligarte a un tío bueno, sí señor).
- Hola Paper. Soy el espíritu de la Navidad del futuro.
- Por mí como si quieres llamarte Juan Luis Guerra. Ven p'acá, métete en la cama, que vamos a hablar tú y yo.
- Jejeje. Anda levántate. Vamos a dar una vuelta.
- ¿Una vuelta? ¿Y yo con estos pelos? Ays, no puede ser, oye, que esto se avisa y uno se pone el traje de Nochevieja para dormir o algo.
- No importa. Ven.
Claro que le di la mano gustoso. ¿Qué esperabais? Y no le cogí más por respeto a estas fechas (y porque me daba vergüenza, para qué nos vamos a engañar. ¡Que mi madre estaba a punto de venir!).
El buenorro me llevó a una casa la mar de mona. Allí estaba él (por duplicado, estaba dos veces, ya empezaba yo a ponerme malo de verdad) con un tío superguapo y espectacular.
- ¿Quién es ese que está contigo?
No pude evitar la pregunta indicativa de mis celos en plan "te meo encima. Mío, solo mío. ¿A que atrinco a la guarra esa de los pelos y me pongo en plan merdellona?"
- Ese, Paper, eres tú.
- ¿Cómo? Coño, pues hay que ver lo mono que estoy. Se ve que al final pedí cita en corporación dermoestética...
- No seas bobo. Este es tu futuro si tuvieras ilusión. Si no andaras con esa actitud derrotista y te arriesgaras por lo que quieres y no te conformaras con ser un mero espectador de la vida. Si no te dejaras vencer por el sentimiento de haber perdido muchas batallas antaño. Si confiaras en los demás y en ti mismo.
- Ya. ¿Dónde hay que firmar?
De un segundo a otro, la estancia se había transformado. La escena había desaparecido y, en su lugar, ahora había un hombre de aspecto demacrado, sin cirugía de por medio y rodeado solamente por gatos. Decenas, cientos, millones de gatos pululando. Nada más. Y nadie más.
- El que ves eres tú.
- Aggggggggg. No puedo respirar.
- Tranquilo. Te he traído una bolsa. Siempre la llevo para estos casos, que el momento drama queen sienta fatal a cualquiera.
- ¿Eh?
- Na. Que te decía que eres tú en el futuro tal y como vas por la vida ahora. Esto es lo que te espera. No lo intentaste cuando podías hacerlo, cuando podías haber conseguido que tu vida cambiara. No lo hiciste, dejaste pasar la oportunidad. Y éste es el resultado.
- No puede ser.
- Esto es lo que hay. Ahora me tengo que ir, que tengo que hablar todavía con cuatro desgraciados más esta noche. ¿Quién me mandaría a mí aceptar este trabajo?
- ¿Eh?
- Esto... Ná. Vámonos.
Y el buenorro me insertó de nuevo en la habitación de mi madre. Me metí en la cama corriendo todavía respirando dentro de la bolsa.
- ¿Qué te parece?
- Vale. Creo que no debería dejarme derrotar y que necesito tener ilusión ahora que tengo la oportunidad. Aunque no tenga nada que ver con las Navidades, por cierto. Pero lo he cogido. No me puedo quedar eternamente resignado, como si no pasara nada y todo estuviera bien.
- En verdad, para serte sincero, yo no había venido aquí para que extrajeras ninguna moraleja. Solo trataba de calentarte para subirme la autoestima. Pero si te empeñas...
- ¿Eh?
- Esto... que me tengo que ir, que me acabo de acordar de que me he dejado la plancha enchufada. Enga, ya nos vemos.
Y desapareció el muy cabroncete dejándome con una mala leche y un calentón de narices. Si es que no puede ser... Aunque, por otro lado, también es suerte que viniera él a mostrarme el futuro, que podría haber aparecido Aramis Fuster o, peor aún, Rappel en taparrabos y entonces sí que me da un patatús (y me hago hetero del tirón, ni me lo pienso).
Moraleja del cuento: sal de marcha, a emborracharte por las noches. No vas a dormir pero, total, si te quedas en casa tampoco te van a dejar así que, al menos, haces vida social real y no imaginaria.
De cualquier manera, por mucho que se me haga el durito, yo sé que mi futuro está ahí. Y lo atraparé. Claro que sí.
No quiero ni pensar en cuando vengan los tres Reyes Magos a dejarme regalos... la virgen...
No, no iba con taparrabos porque hacía mucho frío. Pero, vamos, que no le hacía falta. Ante la entrada en la habitación de aquel tremendo espécimen me quedé estupefacto, con cara de tonto y despeinado (lo ideal para ligarte a un tío bueno, sí señor).
- Hola Paper. Soy el espíritu de la Navidad del futuro.
- Por mí como si quieres llamarte Juan Luis Guerra. Ven p'acá, métete en la cama, que vamos a hablar tú y yo.
- Jejeje. Anda levántate. Vamos a dar una vuelta.
- ¿Una vuelta? ¿Y yo con estos pelos? Ays, no puede ser, oye, que esto se avisa y uno se pone el traje de Nochevieja para dormir o algo.
- No importa. Ven.
Claro que le di la mano gustoso. ¿Qué esperabais? Y no le cogí más por respeto a estas fechas (y porque me daba vergüenza, para qué nos vamos a engañar. ¡Que mi madre estaba a punto de venir!).
El buenorro me llevó a una casa la mar de mona. Allí estaba él (por duplicado, estaba dos veces, ya empezaba yo a ponerme malo de verdad) con un tío superguapo y espectacular.
- ¿Quién es ese que está contigo?
No pude evitar la pregunta indicativa de mis celos en plan "te meo encima. Mío, solo mío. ¿A que atrinco a la guarra esa de los pelos y me pongo en plan merdellona?"
- Ese, Paper, eres tú.
- ¿Cómo? Coño, pues hay que ver lo mono que estoy. Se ve que al final pedí cita en corporación dermoestética...
- No seas bobo. Este es tu futuro si tuvieras ilusión. Si no andaras con esa actitud derrotista y te arriesgaras por lo que quieres y no te conformaras con ser un mero espectador de la vida. Si no te dejaras vencer por el sentimiento de haber perdido muchas batallas antaño. Si confiaras en los demás y en ti mismo.
- Ya. ¿Dónde hay que firmar?
De un segundo a otro, la estancia se había transformado. La escena había desaparecido y, en su lugar, ahora había un hombre de aspecto demacrado, sin cirugía de por medio y rodeado solamente por gatos. Decenas, cientos, millones de gatos pululando. Nada más. Y nadie más.
- El que ves eres tú.
- Aggggggggg. No puedo respirar.
- Tranquilo. Te he traído una bolsa. Siempre la llevo para estos casos, que el momento drama queen sienta fatal a cualquiera.
- ¿Eh?
- Na. Que te decía que eres tú en el futuro tal y como vas por la vida ahora. Esto es lo que te espera. No lo intentaste cuando podías hacerlo, cuando podías haber conseguido que tu vida cambiara. No lo hiciste, dejaste pasar la oportunidad. Y éste es el resultado.
- No puede ser.
- Esto es lo que hay. Ahora me tengo que ir, que tengo que hablar todavía con cuatro desgraciados más esta noche. ¿Quién me mandaría a mí aceptar este trabajo?
- ¿Eh?
- Esto... Ná. Vámonos.
Y el buenorro me insertó de nuevo en la habitación de mi madre. Me metí en la cama corriendo todavía respirando dentro de la bolsa.
- ¿Qué te parece?
- Vale. Creo que no debería dejarme derrotar y que necesito tener ilusión ahora que tengo la oportunidad. Aunque no tenga nada que ver con las Navidades, por cierto. Pero lo he cogido. No me puedo quedar eternamente resignado, como si no pasara nada y todo estuviera bien.
- En verdad, para serte sincero, yo no había venido aquí para que extrajeras ninguna moraleja. Solo trataba de calentarte para subirme la autoestima. Pero si te empeñas...
- ¿Eh?
- Esto... que me tengo que ir, que me acabo de acordar de que me he dejado la plancha enchufada. Enga, ya nos vemos.
Y desapareció el muy cabroncete dejándome con una mala leche y un calentón de narices. Si es que no puede ser... Aunque, por otro lado, también es suerte que viniera él a mostrarme el futuro, que podría haber aparecido Aramis Fuster o, peor aún, Rappel en taparrabos y entonces sí que me da un patatús (y me hago hetero del tirón, ni me lo pienso).
Moraleja del cuento: sal de marcha, a emborracharte por las noches. No vas a dormir pero, total, si te quedas en casa tampoco te van a dejar así que, al menos, haces vida social real y no imaginaria.
De cualquier manera, por mucho que se me haga el durito, yo sé que mi futuro está ahí. Y lo atraparé. Claro que sí.
No quiero ni pensar en cuando vengan los tres Reyes Magos a dejarme regalos... la virgen...
Cuento de Navidad. Parte 1: Cualquier tiempo pasado fue mejor
Era la víspera de Nochebuena. Yo estaba durmiendo apaciblemente sin querer acordarme del día que sería mañana (que estuviera pegándole bocados a la almohada no cuenta). Probablemente estaba soñando con un ángel buenorro o con un Papá Noel de cuerpo diez, de esos que pone Quijote en su blog, equipado únicamente con un gorrito y un taparrabos rojo cuando, de repente, una luz cegadora me invadió por completo. No, no era mi hermano que había entrado a pedirme tabaco y había encendido la lámpara de chorrocientos voltios sin cuidado. Cuando abrí los ojos no me lo podía creer: era mi ex, el mismo contra el que tanto he despotricado en este blog. Al verlo me froté los ojos y me volví a echar en la cama consciente de que estaba sufriendo una de mis peores pesadillas.
- Paper, no te hagas el sueco. Sé que me has visto...
- Pero ¿qué mierda haces tú aquí? ¡Fuera, malo, caca!
- Soy el espíritu de la Navidad del pasado. He venido a hablar contigo.
- ¿Es que no te puedes inventar una excusa mejor para aparecer en mi casa en mitad de la noche? Ya está bien ¿no? Amos, hombre. Lo que me faltaba. Que digo yo que hubiera bastado con un eseemeese para felicitarme la Navidad, verás.
- Te digo que soy un espíritu.
- No, si fantasma ya sé que eres, no hace falta que me lo repitas.
- Dame la mano. Voy a mostrarte algo.
- Uy, no creo que tengas nada que enseñarme. Quita, quita.
- ¡Dame la mano ya, coño!
Y mi ex me cogió de la mano mientras yo aguantaba las arcadas y me llevó a mis Navidades pasadas. En el trayecto trató de convencerme de que cogiera el síndrome "quiero un novio" e hiciera por llamarlo antes de que acabaran las fiestas, pero me da que se va a quedar con las ganas. Una vez allí, pude presenciar las reuniones familiares, el árbol decorado en mitad del salón que ya debe andar hecho trizas en algún vertedero y el Belén tan mono que ponía con todos mis hermanos.
- Antes, hace algunos años, tú disfrutabas de la Navidad. Tenías ilusión, alegría, te gustaba ver a tu familia reunida. Lo vivías como un gran sentimiento y eras capaz de ser partícipe de todas esas sensaciones que salen en los anuncios de turrones.
- Claro. Hasta que llegaste tú, so pedazo de...
- Como iba diciendo, te solías emocionar. Buscabas regalos para todos, sonreías ante el hecho de comenzar un nuevo año y te desvivías porque todos fueran felices a tu alrededor.
- Sí. Hasta que llegaste tú. Si te lo estoy diciendo.
- Desde luego... es que te pones de un insoportable que no hay quien te aguante, Paper.
- Ya vale. No tengo que escucharte ya. Déjame en paz y ¡suéltame la mano, leñe!
Entonces, aparecimos de nuevo en mi habitación. Me metí en la cama porque hacía un frío de narices y, amablemente, le invité a que abandonara mis aposentos:
- ¡Qué te vayas, coño!
- ¿Es que no has aprendido nada con lo que te he mostrado esta noche?
Tragué saliva. Lo miré con los ojos acuosos, dispuesto a indagar dentro de mí y le dije:
- Sí, que una vez fui feliz. Y eso quiere decir que puedo volver a serlo.
- No. Porque desde que me dejaste no conseguirás ser feliz nunca más.
- ¡Que te vayas, coño!
Y me quedé dormido con un mal rato de narices. Fíjate tú, el muy cabroncete que se presenta para decirme, en definitiva, que no seré feliz sin él. Nos ha jodido. Al poco tiempo de quedarme dormido otra luz cegadora volvió a despertarme. Y yo, convencido de que era otra vez el pesado de mi ex y dispuesto a coger el bate de beisbol que guardo en el armario, me levanté. Ante mí tenía un muchacho de aspecto demacrado, con ojeras y la mirada perdida (aunque algunos prefieren llamarla otoñal o melancólica. Ays, que haría yo sin vuestros eufemismos).
- ¿Y tú quién eres?
- Pues quién voy a ser, desgraciado. Soy tú.
- ¿Cómo? (con la boca más abierta que una muñeca hinchable tras una despedida de soltero)
- Lo que oyes. Soy tú. Y además, soy el espíritu de la Navidad del presente. Y el presente está mu negro. Mira como me tienes: cansado, hastiado, harto, escéptico, cabreado, malhumorado, hasta los huevos de trabajar, con las neuronas a punto de reventar de tanto inventar teorías absurdas y sin darme un gusto al cuerpo, que ya te podías esmerar y echar una canita al aire... aunque no me extraña que no se te acerque ni Dior... tal y como me vistes y con la actitud con la que me llevas por la vida...
- ¡Oye! ¡Un respeto!
- ¿Un respeto tío? ¿Cómo te vas a tener respeto si últimamente no te ilusionas por nada? Y, es Navidad (con la voz de la niña típica de las películas americanas que nombré en mi anterior post. Creo que, en ocasiones puedo ser lo peor para mí mismo). Y ni por esas coges el síndrome de la Prima Milagros o algo, para tener un poquito de alegría en el cuerpo, hijo, que hay que ver como nos maltratas.
- Pero... pero... pero... no es culpa mía. Yo no controlo esas cosas. Yo no controlo que haya tenido que trabajar como un burro durante esta semana y que mi teléfono móvil suene solo para despertarme por las mañanas. Yo... yo...
- Con esa actitud nunca llegaremos a ningún sitio. Te diré una cosa que ya sabes, porque por algo soy tú (no te jode, encima voy de listillo por la vida). ¿No sabes que lo positivo atrae a lo positivo? ¿Que cuándo estamos bien acuden a nosotros las buenas vibraciones? ¿Que deberías esforzarte más por tener una sonrisa en la cara? ¿Que hay que ilusionarse como hacías antaño?
- Pero... es que no sé cómo hacerlo. No me sale.
- Sí te sale. Inténtalo. ¡Haz algo! Ahora me voy. Espero que hayas aprendido algo de lo que te he dicho.
- Sí. Que debo mostrarme más positivo con mi vida y todo irá mejor.
- No. Que deberías apuntar en tu agenda lo de ir pidiendo cita en corporación dermoestética y pedirle a tu jefe que te ingresara la nomina directamente en una tienda de verdad para evitar que te sigas comprando ropa en un puesto de mercadillo de esos de cien bragas por tres leuros.
Certificado. En ocasiones puedo ser lo peor para mí mismo.
Continuará...
- Paper, no te hagas el sueco. Sé que me has visto...
- Pero ¿qué mierda haces tú aquí? ¡Fuera, malo, caca!
- Soy el espíritu de la Navidad del pasado. He venido a hablar contigo.
- ¿Es que no te puedes inventar una excusa mejor para aparecer en mi casa en mitad de la noche? Ya está bien ¿no? Amos, hombre. Lo que me faltaba. Que digo yo que hubiera bastado con un eseemeese para felicitarme la Navidad, verás.
- Te digo que soy un espíritu.
- No, si fantasma ya sé que eres, no hace falta que me lo repitas.
- Dame la mano. Voy a mostrarte algo.
- Uy, no creo que tengas nada que enseñarme. Quita, quita.
- ¡Dame la mano ya, coño!
Y mi ex me cogió de la mano mientras yo aguantaba las arcadas y me llevó a mis Navidades pasadas. En el trayecto trató de convencerme de que cogiera el síndrome "quiero un novio" e hiciera por llamarlo antes de que acabaran las fiestas, pero me da que se va a quedar con las ganas. Una vez allí, pude presenciar las reuniones familiares, el árbol decorado en mitad del salón que ya debe andar hecho trizas en algún vertedero y el Belén tan mono que ponía con todos mis hermanos.
- Antes, hace algunos años, tú disfrutabas de la Navidad. Tenías ilusión, alegría, te gustaba ver a tu familia reunida. Lo vivías como un gran sentimiento y eras capaz de ser partícipe de todas esas sensaciones que salen en los anuncios de turrones.
- Claro. Hasta que llegaste tú, so pedazo de...
- Como iba diciendo, te solías emocionar. Buscabas regalos para todos, sonreías ante el hecho de comenzar un nuevo año y te desvivías porque todos fueran felices a tu alrededor.
- Sí. Hasta que llegaste tú. Si te lo estoy diciendo.
- Desde luego... es que te pones de un insoportable que no hay quien te aguante, Paper.
- Ya vale. No tengo que escucharte ya. Déjame en paz y ¡suéltame la mano, leñe!
Entonces, aparecimos de nuevo en mi habitación. Me metí en la cama porque hacía un frío de narices y, amablemente, le invité a que abandonara mis aposentos:
- ¡Qué te vayas, coño!
- ¿Es que no has aprendido nada con lo que te he mostrado esta noche?
Tragué saliva. Lo miré con los ojos acuosos, dispuesto a indagar dentro de mí y le dije:
- Sí, que una vez fui feliz. Y eso quiere decir que puedo volver a serlo.
- No. Porque desde que me dejaste no conseguirás ser feliz nunca más.
- ¡Que te vayas, coño!
Y me quedé dormido con un mal rato de narices. Fíjate tú, el muy cabroncete que se presenta para decirme, en definitiva, que no seré feliz sin él. Nos ha jodido. Al poco tiempo de quedarme dormido otra luz cegadora volvió a despertarme. Y yo, convencido de que era otra vez el pesado de mi ex y dispuesto a coger el bate de beisbol que guardo en el armario, me levanté. Ante mí tenía un muchacho de aspecto demacrado, con ojeras y la mirada perdida (aunque algunos prefieren llamarla otoñal o melancólica. Ays, que haría yo sin vuestros eufemismos).
- ¿Y tú quién eres?
- Pues quién voy a ser, desgraciado. Soy tú.
- ¿Cómo? (con la boca más abierta que una muñeca hinchable tras una despedida de soltero)
- Lo que oyes. Soy tú. Y además, soy el espíritu de la Navidad del presente. Y el presente está mu negro. Mira como me tienes: cansado, hastiado, harto, escéptico, cabreado, malhumorado, hasta los huevos de trabajar, con las neuronas a punto de reventar de tanto inventar teorías absurdas y sin darme un gusto al cuerpo, que ya te podías esmerar y echar una canita al aire... aunque no me extraña que no se te acerque ni Dior... tal y como me vistes y con la actitud con la que me llevas por la vida...
- ¡Oye! ¡Un respeto!
- ¿Un respeto tío? ¿Cómo te vas a tener respeto si últimamente no te ilusionas por nada? Y, es Navidad (con la voz de la niña típica de las películas americanas que nombré en mi anterior post. Creo que, en ocasiones puedo ser lo peor para mí mismo). Y ni por esas coges el síndrome de la Prima Milagros o algo, para tener un poquito de alegría en el cuerpo, hijo, que hay que ver como nos maltratas.
- Pero... pero... pero... no es culpa mía. Yo no controlo esas cosas. Yo no controlo que haya tenido que trabajar como un burro durante esta semana y que mi teléfono móvil suene solo para despertarme por las mañanas. Yo... yo...
- Con esa actitud nunca llegaremos a ningún sitio. Te diré una cosa que ya sabes, porque por algo soy tú (no te jode, encima voy de listillo por la vida). ¿No sabes que lo positivo atrae a lo positivo? ¿Que cuándo estamos bien acuden a nosotros las buenas vibraciones? ¿Que deberías esforzarte más por tener una sonrisa en la cara? ¿Que hay que ilusionarse como hacías antaño?
- Pero... es que no sé cómo hacerlo. No me sale.
- Sí te sale. Inténtalo. ¡Haz algo! Ahora me voy. Espero que hayas aprendido algo de lo que te he dicho.
- Sí. Que debo mostrarme más positivo con mi vida y todo irá mejor.
- No. Que deberías apuntar en tu agenda lo de ir pidiendo cita en corporación dermoestética y pedirle a tu jefe que te ingresara la nomina directamente en una tienda de verdad para evitar que te sigas comprando ropa en un puesto de mercadillo de esos de cien bragas por tres leuros.
Certificado. En ocasiones puedo ser lo peor para mí mismo.
Continuará...
El Síndrome Navideño
Blogueros, blogueras... ha llegado el momento de reconocerlo. Lo he intentado, he luchado contra ello, he pataleado, he lloriqueado, he mirado para otro lado, he hecho ver que no me importaba, he rezado a Madonna, he suplicado al cielo, he implorado piedad, he querido retrasar el tiempo... nada ha dado resultado.
La Navidad se aproxima a pasos agigantados a nuestras vidas y ya es prácticamente imposible hacerse el sueco. Porque cuando el Corte Inglés lo dijo, pensé en que no pasaba nada, que aún quedaba mucho tiempo (y, de hecho, quedaban como unos cuantos meses). Cuando escuchaba conversaciones sobre qué hacer en Nochevieja miraba hacia otro lado como si se estuviera hablando de algo que no tendría lugar jamás. Cuando salieron los anuncios de la lotería, de la muñeca cagona, del escatérgoris, del gato que habla contigo para que no te sientas solo, de perfumes de ensueño con esos buenorros recordándote la de veces que te has prometido a ti mismo apuntarte a un gimnasio y llegarles a la suela de los zapatos... me hice el longui. No pasaba nada, respiré profundamente, corrí un estúpido velo y ya está. Asunto resuelto (pospuesto, claro).
Pero a estas alturas y teniendo en cuenta que mi madre no deja de darme la vara con aquello de la limpieza navideña, que mis jefes me invitaron recientemente a una cena de empresa, que los polvorones se acumulan en los escaparates y en los muestrarios de los supermercados, que los papanoeles nos invaden hasta en los semáforos... no cabe duda... por mucho que me pese...
- Es Navidad
(Poner voz de niña tierna y dulce al más puro estilo de las americanadas navideñas que ponen en la tele a todas horas). No vale meterle un sopapo a la niña y decirle que se ponga a estudiar para intentar ser algo en la vida.
Estas fechas tan estupendas y maravillosas nos han invadido. Y el síntoma que ha hecho que abra los ojos y me dé cuenta de que las tengo encima no es otro que lo que escucho, lo que veo y lo que leo de la gente. Porque, reconozcámoslo, negarlo no sirve de nada: en estas fechas nos dan unos síncopes que hacen que, de forma repentina, estemos muy susceptibles, muy por encima de la media anual. Nos sale la lágrima fácil, estamos más pensativos de lo que es habitual (y a algunos les viene bien, oyes, que así ejercitan la oxidada mente) y reflexionamos. Mucho, demasiado.
Para que estemos preparados para todo lo que se nos avecina, hemos de tener en cuenta los posibles síndromes que pueden sorprendernos (no se excluye la posibilidad de ir reservando cita con el psicólogo, que tal y como están las cosas, ya mismo va a ser más difícil acudir a uno de ellos que ir a una peluquería en Nochevieja):
Síndrome Ally McBeal
Estoy seguro de que todos os acordáis de aquella fantástica y anoréxica abogada de gran mundo interior con una psiquiatra que estaba como un cencerro y un buffet de abogados en el que nadie se aburriría ni durante cinco minutos. Este síndrome se caracteriza por dejarse llevar permanentemente desde el veintitantos de diciembre hasta que Baltasar se quita la pintura negra de la cara por un sentimiento de agilipollamiento mental o ensoñación según el cual nos imaginamos un mundo que no vivimos y cantamos aquello de "mi mamá me mima, reina de mis sueños, esa es mi mamá... flores, mariposas, arcoiris, plastilina..." con la vana esperanza de que las cosas pueden ser distintas si se las mira desde una óptica diferente. Mentira.
Síndrome de la prima Milagros
Como su propio nombre indica este síndrome esta compuesto por dos partes:
- Milagros: tendemos a albergar un sentimiento bastante tonto de que los milagros existen y de que, por ser Navidad, todo va a cambiar en nuestra vida haciendo que la entrada al nuevo año sea poco más o menos que un paso desde tu patética existencia a la soñada realidad de Mariah Carey, llena de corazones, loverboys, dreamlovers, butterflies y otras gilipolleces varias.
- Prima: no cabe duda, estás haciendo el primo pensando en que de la noche a la mañana un golpe apocalíptico de magia va a terminar con todos tus problemas. El batacazo del siglo llega cuando pasados los efectos del síndrome descubres que tu vida es poco más o menos la misma bazofia que era antes de las señaladas fechas.
Síndrome Créditos de la película o del final de año.
Haces un balance que casi siempre suele ser negativo sobre el año vivido. Se te empiezan a pasar por la cabeza todas aquellas cosas que quisiste hacer pero que no cumpliste porque tenías cosas más importantes de las que preocuparte como el padrastro que te había salido en el dedo meñique de la mano izquierda. El agobio te viene sin compasión, pero, al mismo tiempo, te sobrevuela un sentimiento de esperanza y te cuentas mentiras como que el año que viene será mejor, cumplirás todas esas promesas y, además, cuando finalice te sentirás tan orgulloso de ti mismo que acabarás echándole un polvo al espejo de la alegría que te da verte. Por supuesto, el año que viene seguirás sufriendo del mismo síndrome y los únicos polvos que echarás serán los de talco sobre el Belén artificial que has montado en el salón de casa por insistencia de tus sobrinos.
Síndrome Ni Dios
Induce a la formulación de oraciones del tipo "no me quiere ni dios", "no me llama ni dios", "no me hace caso ni dios" y "ni dios se plantea ya la posibilidad de que me eche novio ni a la de tres porque sabe que soy lo peor". Dicho de otra manera, soledad y la certeza de que no se irá así como así. Y planteamiento claro de exigir a los Reyes Magos un muñeco hinchable para hacer más llevadera tu vida de ermitaño.
Síndrome del hombre araña
Arañas, insultas, escupes y despotricas contra todo y todos. Y, claro, también te arañas la cara porque cambiarías millones de cosas de tu vida y te sientes totalmente desesperado atragantado a mazapanes tratando de averiguar qué es lo que haces tan mal para que al final del año siempre te encuentres con la misma papeleta de inestabilidad emocional. Se dan interrogaciones interiores del tipo ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Hacia dónde voy? ¿Es que nunca voy a avanzar? y otras cuestiones que nunca serás capaz de responderte.
Síndrome de la burbuja
Se trata de evadirte al completo de lo que está pasando a tu alrededor, hacer como que no pasa nada y rezar todas las noches veinticinco padrenuestros para que el tiempo avance más rápido de lo que lo hace normalmente. Para conseguir este fin se utilizan sofisticadas técnicas como emborracharse a más no poder o dormir 23 horas y media los días de Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo. La media hora restante la pasarás haciendo ejercicios para estirar los músculos teniendo terminantemente prohibido usar cualquier neurona.
Síndrome quiero un novio.
Fielmente relacionado con el Ally McBeal, se centra en el hecho de que no tienes pareja. Induce a pensar que esa es la raíz de todos tus problemas (cuando, en realidad, puede que se trate de la raíz de todo lo contrario) y puede dar lugar a mensajitos y llamadas de desquiciado a altas horas de la madrugada dirigidos especialmente a vuestros ex y habiendo sido engañados por el extendido pensamiento navideño de que todos somos buenos y merecemos perdón. Se advierte que las consecuencias de este síndrome pueden ser tronchantes, indignantes y extramadamente ridiculizantes.
Hay muchísimos más, claro. Solo tenéis que esperar a que me dé por sentir el espíritu navideño en todo su esplendor. Cuestión de pocos días.
Dejando mi idolatrado cinismo a un lado, sé que son unas fechas únicas e increíbles para mucha gente que tiene la suerte de poder saborear la parte buena que conlleva este par de semanas del año. Enhorabuena. No menosprecio todo lo bien que se puedan sentir. Es más, a veces llego incluso a envidiar un poquito (solo un poquito) a quienes tienen la posibilidad de hacer en estas fechas lo que se supone que uno debe hacer: disfrutar. Ya sea de la gente, de los villancicos, de los polvorones, de los turrones, de las cogorzas, de los propósitos, de los despropósitos (hay gente para todo), de la ola consumista... pero disfrutar de la Navidad al fin y al cabo.
Algo que a mí ya casi se me ha olvidado.
La Navidad se aproxima a pasos agigantados a nuestras vidas y ya es prácticamente imposible hacerse el sueco. Porque cuando el Corte Inglés lo dijo, pensé en que no pasaba nada, que aún quedaba mucho tiempo (y, de hecho, quedaban como unos cuantos meses). Cuando escuchaba conversaciones sobre qué hacer en Nochevieja miraba hacia otro lado como si se estuviera hablando de algo que no tendría lugar jamás. Cuando salieron los anuncios de la lotería, de la muñeca cagona, del escatérgoris, del gato que habla contigo para que no te sientas solo, de perfumes de ensueño con esos buenorros recordándote la de veces que te has prometido a ti mismo apuntarte a un gimnasio y llegarles a la suela de los zapatos... me hice el longui. No pasaba nada, respiré profundamente, corrí un estúpido velo y ya está. Asunto resuelto (pospuesto, claro).
Pero a estas alturas y teniendo en cuenta que mi madre no deja de darme la vara con aquello de la limpieza navideña, que mis jefes me invitaron recientemente a una cena de empresa, que los polvorones se acumulan en los escaparates y en los muestrarios de los supermercados, que los papanoeles nos invaden hasta en los semáforos... no cabe duda... por mucho que me pese...
- Es Navidad
(Poner voz de niña tierna y dulce al más puro estilo de las americanadas navideñas que ponen en la tele a todas horas). No vale meterle un sopapo a la niña y decirle que se ponga a estudiar para intentar ser algo en la vida.
Estas fechas tan estupendas y maravillosas nos han invadido. Y el síntoma que ha hecho que abra los ojos y me dé cuenta de que las tengo encima no es otro que lo que escucho, lo que veo y lo que leo de la gente. Porque, reconozcámoslo, negarlo no sirve de nada: en estas fechas nos dan unos síncopes que hacen que, de forma repentina, estemos muy susceptibles, muy por encima de la media anual. Nos sale la lágrima fácil, estamos más pensativos de lo que es habitual (y a algunos les viene bien, oyes, que así ejercitan la oxidada mente) y reflexionamos. Mucho, demasiado.
Para que estemos preparados para todo lo que se nos avecina, hemos de tener en cuenta los posibles síndromes que pueden sorprendernos (no se excluye la posibilidad de ir reservando cita con el psicólogo, que tal y como están las cosas, ya mismo va a ser más difícil acudir a uno de ellos que ir a una peluquería en Nochevieja):
Síndrome Ally McBeal
Estoy seguro de que todos os acordáis de aquella fantástica y anoréxica abogada de gran mundo interior con una psiquiatra que estaba como un cencerro y un buffet de abogados en el que nadie se aburriría ni durante cinco minutos. Este síndrome se caracteriza por dejarse llevar permanentemente desde el veintitantos de diciembre hasta que Baltasar se quita la pintura negra de la cara por un sentimiento de agilipollamiento mental o ensoñación según el cual nos imaginamos un mundo que no vivimos y cantamos aquello de "mi mamá me mima, reina de mis sueños, esa es mi mamá... flores, mariposas, arcoiris, plastilina..." con la vana esperanza de que las cosas pueden ser distintas si se las mira desde una óptica diferente. Mentira.
Síndrome de la prima Milagros
Como su propio nombre indica este síndrome esta compuesto por dos partes:
- Milagros: tendemos a albergar un sentimiento bastante tonto de que los milagros existen y de que, por ser Navidad, todo va a cambiar en nuestra vida haciendo que la entrada al nuevo año sea poco más o menos que un paso desde tu patética existencia a la soñada realidad de Mariah Carey, llena de corazones, loverboys, dreamlovers, butterflies y otras gilipolleces varias.
- Prima: no cabe duda, estás haciendo el primo pensando en que de la noche a la mañana un golpe apocalíptico de magia va a terminar con todos tus problemas. El batacazo del siglo llega cuando pasados los efectos del síndrome descubres que tu vida es poco más o menos la misma bazofia que era antes de las señaladas fechas.
Síndrome Créditos de la película o del final de año.
Haces un balance que casi siempre suele ser negativo sobre el año vivido. Se te empiezan a pasar por la cabeza todas aquellas cosas que quisiste hacer pero que no cumpliste porque tenías cosas más importantes de las que preocuparte como el padrastro que te había salido en el dedo meñique de la mano izquierda. El agobio te viene sin compasión, pero, al mismo tiempo, te sobrevuela un sentimiento de esperanza y te cuentas mentiras como que el año que viene será mejor, cumplirás todas esas promesas y, además, cuando finalice te sentirás tan orgulloso de ti mismo que acabarás echándole un polvo al espejo de la alegría que te da verte. Por supuesto, el año que viene seguirás sufriendo del mismo síndrome y los únicos polvos que echarás serán los de talco sobre el Belén artificial que has montado en el salón de casa por insistencia de tus sobrinos.
Síndrome Ni Dios
Induce a la formulación de oraciones del tipo "no me quiere ni dios", "no me llama ni dios", "no me hace caso ni dios" y "ni dios se plantea ya la posibilidad de que me eche novio ni a la de tres porque sabe que soy lo peor". Dicho de otra manera, soledad y la certeza de que no se irá así como así. Y planteamiento claro de exigir a los Reyes Magos un muñeco hinchable para hacer más llevadera tu vida de ermitaño.
Síndrome del hombre araña
Arañas, insultas, escupes y despotricas contra todo y todos. Y, claro, también te arañas la cara porque cambiarías millones de cosas de tu vida y te sientes totalmente desesperado atragantado a mazapanes tratando de averiguar qué es lo que haces tan mal para que al final del año siempre te encuentres con la misma papeleta de inestabilidad emocional. Se dan interrogaciones interiores del tipo ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Hacia dónde voy? ¿Es que nunca voy a avanzar? y otras cuestiones que nunca serás capaz de responderte.
Síndrome de la burbuja
Se trata de evadirte al completo de lo que está pasando a tu alrededor, hacer como que no pasa nada y rezar todas las noches veinticinco padrenuestros para que el tiempo avance más rápido de lo que lo hace normalmente. Para conseguir este fin se utilizan sofisticadas técnicas como emborracharse a más no poder o dormir 23 horas y media los días de Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo. La media hora restante la pasarás haciendo ejercicios para estirar los músculos teniendo terminantemente prohibido usar cualquier neurona.
Síndrome quiero un novio.
Fielmente relacionado con el Ally McBeal, se centra en el hecho de que no tienes pareja. Induce a pensar que esa es la raíz de todos tus problemas (cuando, en realidad, puede que se trate de la raíz de todo lo contrario) y puede dar lugar a mensajitos y llamadas de desquiciado a altas horas de la madrugada dirigidos especialmente a vuestros ex y habiendo sido engañados por el extendido pensamiento navideño de que todos somos buenos y merecemos perdón. Se advierte que las consecuencias de este síndrome pueden ser tronchantes, indignantes y extramadamente ridiculizantes.
Hay muchísimos más, claro. Solo tenéis que esperar a que me dé por sentir el espíritu navideño en todo su esplendor. Cuestión de pocos días.
Dejando mi idolatrado cinismo a un lado, sé que son unas fechas únicas e increíbles para mucha gente que tiene la suerte de poder saborear la parte buena que conlleva este par de semanas del año. Enhorabuena. No menosprecio todo lo bien que se puedan sentir. Es más, a veces llego incluso a envidiar un poquito (solo un poquito) a quienes tienen la posibilidad de hacer en estas fechas lo que se supone que uno debe hacer: disfrutar. Ya sea de la gente, de los villancicos, de los polvorones, de los turrones, de las cogorzas, de los propósitos, de los despropósitos (hay gente para todo), de la ola consumista... pero disfrutar de la Navidad al fin y al cabo.
Algo que a mí ya casi se me ha olvidado.
Jugando al Labelling
En mi afán por ser tan horriblemente pedagógico y esperando que un día de estos mi cerebro se agote por incapacidad de retener más conocimientos inverosímiles y absurdos sobre la vida que solo me ayudan a tener teorías pero no a vivirla, voy a compartir con vosotros un concepto fundamental en las relaciones sociales: el labelling.
El labelling no tiene nada que ver con el tumbing o con el zapping, aunque sea algo que realizamos con la misma frecuencia que los anteriores nombrados. Este concepto tan mono se refiere, para entendernos, a las etiquetas. Todos sabemos perfectamente que nos encanta etiquetarlo todo, clasificarlo, colocarlo en un departamento estanco con el fin de hacernos más comprensible la realidad. Pero ocurre que con este acto de etiquetar marcamos unas pautas definidas en la conducta (la nuestra y la de los demás).
Amos, que no me enrollo, que lo que el labelling viene a decirnos es que cuando se nos etiqueta de algo tendemos a comportarnos de acuerdo a ese cartel de neón que se nos ha colgado en la frente, de acuerdo con las expectativas que los demás tienen en referencia a la etiqueta en cuestión. Nosotros nos creemos que somos como los demás nos hacen ver que somos y actuamos de acuerdo a lo que se supone que debemos hacer con ese papel que se nos ha asignado en esta escuela de actores.
Pasemos a explicar esto con un ejemplo simple y mundano, como otro cualquiera. Y, para no variar, vamos a situarnos en una discoteca, con copa en mano (que no falte la dosis de whisky, of course). Ya tenemos el primer y el segundo elemento (tú y el whisky, que relación tan bonita, estupenda y verdadera) y ahora falta el tercero en discordia. Sí, un tío que te mola y al que te pretendes ligar a toda costa.
Dependiendo de la etiqueta que se te haya colgado, pueden ocurrir varias cosas:
1. Eres un chulo mierda, es decir, te han colgado el san benito de rompecorazones. Lo cual viene completamente unido a que estás más bueno que un chocolate con churros para desayunar. De modo que cuando te acerques al tío en cuestión lo harás mirándolo por encima del hombro, afilando los colmillos y fijando tu atención en su cuello como próxima víctima de tu listado desplegable de tíos a los que les has jodido la vida más o menos (dependiendo del grado de estupidez del sujeto y de tus ganas de hacer la puñeta). En este caso te acercas al seleccionado y le dices aquello de:
- Baby, ¿qué tal? ¿Tienes un cigarro? (la socorrida excusa del tabaco) ¿Y fuego? Enciéndemelo, anda. Si lo haces y te portas bien puede que el lunes te deje llevar mis libros hasta el instituto, mientras te sitúas a dos metros de mi cuerpo escultural y dejas un reguero de baba por el camino para que otras almas cándidas e inocentes como tú puedan seguirlo y encontrarme.
Esta etiqueta es sumamente peligrosa porque puede dar lugar a que un gilipollas se sienta con todo el derecho del mundo a creer que te está haciendo un favor por hablarte, darte coba y liarse contigo cual ONG con los más necesitados.
2. Eres el graciosete de turno. Todos te dicen que eres poco más o menos que Chendler en Friends y que es tu humor tu única arma para caer en gracia.
- Hola. ¿Qué tal? ¿Aburrido? Eso lo arreglo yo en un momento. El otro día iban dos andando por la calle delante mía y se cayó el de en medio. Pero lo mejor es que me enteré de que Caperucita le dijo al lobo cuando éste le preguntó que a donde iba que a lavarse el coño en el río mientras el lobo pensaba: "Ojú, cómo ha cambiado el cuento."
- Muahahahahaaa.... esto... mira, que me acabo de acordar que mi fornido novio me está esperando en el servicio para que echemos un polvo de esos que te quitan el sentido. Nos vemos luego, otro día u otro año, que ya que somos tan amigos...
En este apartado también está la vertiente del que se cree gracioso piropeando:
- Niño, quién fuera cabra pa comerte to lo verde. Quien fuera albañil para rellenarte el boquete de cemento del duro duro. Estás tan bueno que te untaría con nocilla entero y te comía a bocados. (El grado de ordinariez del piropo depende de lo zafío o grosero que se crea el individuo).
3. Bailas de puta madre. Todos no dejan de decirte que te acabas de escapar del casting de Fama y que debiste haber sido bailarín en otra vida. En realidad solo te dijeron que te movías bien, pero puestos a montarte películas ya casi te crees profesor de danza. En este caso no hablas, simplemente te acercas al maromo haciendo movimientos nada sutiles con tu pelvis, con la esperanza de que te siga el rollo y acabe dejando que le pegues la cebolleta a cualquiera de sus partes nobles. Se aconseja en estos casos no darse la vuelta para eludir al sujeto en cuestión y darle largas de la manera más elegante posible, porque puede que se crea que lo único que deseas con todas tus fuerzas es que lo pongas mirando para Cuenca y te coja por detrás con la vana esperanza de enchufártela y que te quedes encinta allí mismo.
4. Eres más puta que las gallinas. Te ganaste esa fama una noche en la que tonteaste con unos cuantos, pero tus amigos no han dejado de recordártelo a lo largo de meses y meses y comentarios varios. Así que ya no dejas títere con cabeza, te acercas a todo aquello que tenga pantalones y un mínimo de atractivo, como buen salido que eres.
- Hola, nene. ¿Te importa si me coloco aquí? Uy, que calor hace, espera que me quito la camisa. Ays, que me están empujando, siento haberme rozado con tus pectorales duros y tus abdominales como una tableta de Milkibar. Anda, pero si ahí en el suelo hay una moneda de 20 céntimos... espera, que me agacho a cogerla...
Esto también ha sido denominado por los expertos en nuestra investigación como el síndrome Chicholina, del facilón desmedido o de "mecabeelTitanicdelado". Se liga mucho, pero se corre el riesgo de que te traten como a una putilla de poca monta.
5. Eres el profundo. Te han creado esa imagen de hombre interesante que no habla sobre las banalidades de la vida y que jamás de los jamases se atrevería a presenciar un solo momento de Gran Hermano, de OT o de cualquier otro programa que no sea los grandes documentales de la 2 (aunque siempre que los pongas te quedes dormido y le prestes menos atención que a lo que dice Razzinger sobre los maricones).
- Hola. ¿No te parece que perdemos el tiempo haciendo los completos imbéciles desperdiciando nuestra vida en antros como éste cuando, en realidad, lo que deberíamos hacer sería comunicarnos más los unos con los otros y leer más para tener conversaciones acerca de temas de verdad relevantes para el estado de la nación, su economía, su cultura y su sociedad y resolver problemas como el hambre en el tercer mundo, las guerras y el alienamiento que todos sufrimos en una sociedad que nos empuja a conformarnos con cualquier cosa?
Evidentemente, cuando la frase se ha terminado el tío se ha bebido las tres cuartas partes de la copa que tiene entre manos de sopetón y se marcha con la manida excusa de ir a recargar existencias en la barra con la promesa, eso sí, de volver a hablar contigo. Nunca volverá, aunque esté de acuerdo con la frasecita que le has soltado. Y no me extraña.
6. Eres el enamoradizo. Caes en aquello del amor a primera vista con la misma facilidad con la que te comes un bocata de jamón. Por eso, cuando te acercas al sujeto en cuestión solo puedes contarle como será vuestra vida de casados de la siguiente manera:
- Hola. ¿Sabes una cosa? En cuanto te he visto entrar por esas puertas he sentido que mi corazón palpitaba a un ritmo trepidante y que estamos hechos el uno para el otro. He sentido que somos almas gemelas (y esto me lo han dicho alguna vez, que conste que hay gente que lo utiliza) y que deberíamos dejar de perder el tiempo, conocernos, amarnos hasta la saciedad, casarnos de blanco, tener cinco hijos y un apartamento junto a la playa de Torremolinos para pasar los veranos con los niños y que nuestros cándidos corazones se acaricien al compás de las olas rompiendo en la orilla del mar.
No es de extrañar que para cuando acabes esa frase, el individuo se encuentre a varios metros de ti. Es decir, ni siquiera estará en la discoteca, sino en la Iglesia más cercana rezando veintiocho padrenuestros y cuarenta avemarías mientras le pone una vela a San Porfavornodejesquemevuelvaacruzaraesetío.
7. Eres normal. Lo siento, pero no existen referencias para este departamento de la clasificación, porque raras veces nadie te va a decir que eres normal. Y es que... ¿cómo se define este concepto?
8. Eres el típico idiota que siempre lo estropea todo y la acaba cagando. Un fracaso emocional con patas. En estos casos, pueden pasar dos cosas completamente contrapuestas:
a. Que te acerques al tío y le empieces a hablar, porque, total, tampoco pierdes nada y, al fin y al cabo, sabes que la vas a cagar y que tu desastroso historial de relaciones amorosas y personales va a volver a engordar y en paz. Pero te agarras a el que no arriesga no gana como a un clavo ardiendo. Dependiendo del grado de implicación con esta etiqueta puede haber una pérdida generalizada del sentido de la dignidad y del ridículo.
b. Que te quedes muerto de miedo en esa esquina porque ya te has cansado de que todo lo que cae entre tus manos se convierta en mierda (en este apartado se acepta la versión Escarlata O'Hara al estilo de: "A dios pongo por testigo que nunca, jamás, volveré a cagarla, por lo que casi mejor me meto en mi burbuja de plástico y espero que a la vida transcurra a mi alrededor"). Te acoges al consabido una retirada a tiempo es una victoria y para hacer el ridículo siempre hay tiempo.
Lo que además explica la teoría del labelling es que como nos comportamos como rezan esas etiquetas que nos cuelgan pretendiendo cubrir las expectativas sociales, acabamos reforzando la etiqueta en sí misma, por lo que todo se convierte en un eterno círculo vicioso. Y no me vengáis con aquello de que lo mejor es pasar de etiquetas, que sí, que es lo mejor, pero a esto nadie se escapa. Porque todos tenemos una imagen de nosotros mismos y nos la hacemos en gran parte por la imagen que tienen de nosotros los demás y lo que nos comunica nuestro entorno.
Dicho esto, y esperando que no os hayáis quedado dormidos con mis clases de sociología barata, quiero agradecer todos los comentarios que habéis ido dejando en vuestros blogs y en el mío sobre mi persona. No los esperaba en absoluto y, en buena medida, habéis conseguido que me construya una imagen de mí mismo más positiva. Gracias.
Un beso a todos... y no, por favor, no os dejéis llevar por lo que se supone que sois a los ojos de los demás. Intentadlo al menos.
El labelling no tiene nada que ver con el tumbing o con el zapping, aunque sea algo que realizamos con la misma frecuencia que los anteriores nombrados. Este concepto tan mono se refiere, para entendernos, a las etiquetas. Todos sabemos perfectamente que nos encanta etiquetarlo todo, clasificarlo, colocarlo en un departamento estanco con el fin de hacernos más comprensible la realidad. Pero ocurre que con este acto de etiquetar marcamos unas pautas definidas en la conducta (la nuestra y la de los demás).
Amos, que no me enrollo, que lo que el labelling viene a decirnos es que cuando se nos etiqueta de algo tendemos a comportarnos de acuerdo a ese cartel de neón que se nos ha colgado en la frente, de acuerdo con las expectativas que los demás tienen en referencia a la etiqueta en cuestión. Nosotros nos creemos que somos como los demás nos hacen ver que somos y actuamos de acuerdo a lo que se supone que debemos hacer con ese papel que se nos ha asignado en esta escuela de actores.
Pasemos a explicar esto con un ejemplo simple y mundano, como otro cualquiera. Y, para no variar, vamos a situarnos en una discoteca, con copa en mano (que no falte la dosis de whisky, of course). Ya tenemos el primer y el segundo elemento (tú y el whisky, que relación tan bonita, estupenda y verdadera) y ahora falta el tercero en discordia. Sí, un tío que te mola y al que te pretendes ligar a toda costa.
Dependiendo de la etiqueta que se te haya colgado, pueden ocurrir varias cosas:
1. Eres un chulo mierda, es decir, te han colgado el san benito de rompecorazones. Lo cual viene completamente unido a que estás más bueno que un chocolate con churros para desayunar. De modo que cuando te acerques al tío en cuestión lo harás mirándolo por encima del hombro, afilando los colmillos y fijando tu atención en su cuello como próxima víctima de tu listado desplegable de tíos a los que les has jodido la vida más o menos (dependiendo del grado de estupidez del sujeto y de tus ganas de hacer la puñeta). En este caso te acercas al seleccionado y le dices aquello de:
- Baby, ¿qué tal? ¿Tienes un cigarro? (la socorrida excusa del tabaco) ¿Y fuego? Enciéndemelo, anda. Si lo haces y te portas bien puede que el lunes te deje llevar mis libros hasta el instituto, mientras te sitúas a dos metros de mi cuerpo escultural y dejas un reguero de baba por el camino para que otras almas cándidas e inocentes como tú puedan seguirlo y encontrarme.
Esta etiqueta es sumamente peligrosa porque puede dar lugar a que un gilipollas se sienta con todo el derecho del mundo a creer que te está haciendo un favor por hablarte, darte coba y liarse contigo cual ONG con los más necesitados.
2. Eres el graciosete de turno. Todos te dicen que eres poco más o menos que Chendler en Friends y que es tu humor tu única arma para caer en gracia.
- Hola. ¿Qué tal? ¿Aburrido? Eso lo arreglo yo en un momento. El otro día iban dos andando por la calle delante mía y se cayó el de en medio. Pero lo mejor es que me enteré de que Caperucita le dijo al lobo cuando éste le preguntó que a donde iba que a lavarse el coño en el río mientras el lobo pensaba: "Ojú, cómo ha cambiado el cuento."
- Muahahahahaaa.... esto... mira, que me acabo de acordar que mi fornido novio me está esperando en el servicio para que echemos un polvo de esos que te quitan el sentido. Nos vemos luego, otro día u otro año, que ya que somos tan amigos...
En este apartado también está la vertiente del que se cree gracioso piropeando:
- Niño, quién fuera cabra pa comerte to lo verde. Quien fuera albañil para rellenarte el boquete de cemento del duro duro. Estás tan bueno que te untaría con nocilla entero y te comía a bocados. (El grado de ordinariez del piropo depende de lo zafío o grosero que se crea el individuo).
3. Bailas de puta madre. Todos no dejan de decirte que te acabas de escapar del casting de Fama y que debiste haber sido bailarín en otra vida. En realidad solo te dijeron que te movías bien, pero puestos a montarte películas ya casi te crees profesor de danza. En este caso no hablas, simplemente te acercas al maromo haciendo movimientos nada sutiles con tu pelvis, con la esperanza de que te siga el rollo y acabe dejando que le pegues la cebolleta a cualquiera de sus partes nobles. Se aconseja en estos casos no darse la vuelta para eludir al sujeto en cuestión y darle largas de la manera más elegante posible, porque puede que se crea que lo único que deseas con todas tus fuerzas es que lo pongas mirando para Cuenca y te coja por detrás con la vana esperanza de enchufártela y que te quedes encinta allí mismo.
4. Eres más puta que las gallinas. Te ganaste esa fama una noche en la que tonteaste con unos cuantos, pero tus amigos no han dejado de recordártelo a lo largo de meses y meses y comentarios varios. Así que ya no dejas títere con cabeza, te acercas a todo aquello que tenga pantalones y un mínimo de atractivo, como buen salido que eres.
- Hola, nene. ¿Te importa si me coloco aquí? Uy, que calor hace, espera que me quito la camisa. Ays, que me están empujando, siento haberme rozado con tus pectorales duros y tus abdominales como una tableta de Milkibar. Anda, pero si ahí en el suelo hay una moneda de 20 céntimos... espera, que me agacho a cogerla...
Esto también ha sido denominado por los expertos en nuestra investigación como el síndrome Chicholina, del facilón desmedido o de "mecabeelTitanicdelado". Se liga mucho, pero se corre el riesgo de que te traten como a una putilla de poca monta.
5. Eres el profundo. Te han creado esa imagen de hombre interesante que no habla sobre las banalidades de la vida y que jamás de los jamases se atrevería a presenciar un solo momento de Gran Hermano, de OT o de cualquier otro programa que no sea los grandes documentales de la 2 (aunque siempre que los pongas te quedes dormido y le prestes menos atención que a lo que dice Razzinger sobre los maricones).
- Hola. ¿No te parece que perdemos el tiempo haciendo los completos imbéciles desperdiciando nuestra vida en antros como éste cuando, en realidad, lo que deberíamos hacer sería comunicarnos más los unos con los otros y leer más para tener conversaciones acerca de temas de verdad relevantes para el estado de la nación, su economía, su cultura y su sociedad y resolver problemas como el hambre en el tercer mundo, las guerras y el alienamiento que todos sufrimos en una sociedad que nos empuja a conformarnos con cualquier cosa?
Evidentemente, cuando la frase se ha terminado el tío se ha bebido las tres cuartas partes de la copa que tiene entre manos de sopetón y se marcha con la manida excusa de ir a recargar existencias en la barra con la promesa, eso sí, de volver a hablar contigo. Nunca volverá, aunque esté de acuerdo con la frasecita que le has soltado. Y no me extraña.
6. Eres el enamoradizo. Caes en aquello del amor a primera vista con la misma facilidad con la que te comes un bocata de jamón. Por eso, cuando te acercas al sujeto en cuestión solo puedes contarle como será vuestra vida de casados de la siguiente manera:
- Hola. ¿Sabes una cosa? En cuanto te he visto entrar por esas puertas he sentido que mi corazón palpitaba a un ritmo trepidante y que estamos hechos el uno para el otro. He sentido que somos almas gemelas (y esto me lo han dicho alguna vez, que conste que hay gente que lo utiliza) y que deberíamos dejar de perder el tiempo, conocernos, amarnos hasta la saciedad, casarnos de blanco, tener cinco hijos y un apartamento junto a la playa de Torremolinos para pasar los veranos con los niños y que nuestros cándidos corazones se acaricien al compás de las olas rompiendo en la orilla del mar.
No es de extrañar que para cuando acabes esa frase, el individuo se encuentre a varios metros de ti. Es decir, ni siquiera estará en la discoteca, sino en la Iglesia más cercana rezando veintiocho padrenuestros y cuarenta avemarías mientras le pone una vela a San Porfavornodejesquemevuelvaacruzaraesetío.
7. Eres normal. Lo siento, pero no existen referencias para este departamento de la clasificación, porque raras veces nadie te va a decir que eres normal. Y es que... ¿cómo se define este concepto?
8. Eres el típico idiota que siempre lo estropea todo y la acaba cagando. Un fracaso emocional con patas. En estos casos, pueden pasar dos cosas completamente contrapuestas:
a. Que te acerques al tío y le empieces a hablar, porque, total, tampoco pierdes nada y, al fin y al cabo, sabes que la vas a cagar y que tu desastroso historial de relaciones amorosas y personales va a volver a engordar y en paz. Pero te agarras a el que no arriesga no gana como a un clavo ardiendo. Dependiendo del grado de implicación con esta etiqueta puede haber una pérdida generalizada del sentido de la dignidad y del ridículo.
b. Que te quedes muerto de miedo en esa esquina porque ya te has cansado de que todo lo que cae entre tus manos se convierta en mierda (en este apartado se acepta la versión Escarlata O'Hara al estilo de: "A dios pongo por testigo que nunca, jamás, volveré a cagarla, por lo que casi mejor me meto en mi burbuja de plástico y espero que a la vida transcurra a mi alrededor"). Te acoges al consabido una retirada a tiempo es una victoria y para hacer el ridículo siempre hay tiempo.
Lo que además explica la teoría del labelling es que como nos comportamos como rezan esas etiquetas que nos cuelgan pretendiendo cubrir las expectativas sociales, acabamos reforzando la etiqueta en sí misma, por lo que todo se convierte en un eterno círculo vicioso. Y no me vengáis con aquello de que lo mejor es pasar de etiquetas, que sí, que es lo mejor, pero a esto nadie se escapa. Porque todos tenemos una imagen de nosotros mismos y nos la hacemos en gran parte por la imagen que tienen de nosotros los demás y lo que nos comunica nuestro entorno.
Dicho esto, y esperando que no os hayáis quedado dormidos con mis clases de sociología barata, quiero agradecer todos los comentarios que habéis ido dejando en vuestros blogs y en el mío sobre mi persona. No los esperaba en absoluto y, en buena medida, habéis conseguido que me construya una imagen de mí mismo más positiva. Gracias.
Un beso a todos... y no, por favor, no os dejéis llevar por lo que se supone que sois a los ojos de los demás. Intentadlo al menos.
Pros y contras de una quedada
Después de haberos obsequiado con mis grandes consejos para conocer gente en el anterior post, pasemos a relatar a grandes rasgos (y esto no quiere decir que la actualización vaya a ser breve, no os hagáis ilusiones) las ventajas y los inconvenientes que puede tener, así, por decir algo, realizar una quedada nacional de blogueros maricas (que no gays, que hay que llamar a las cosas por su nombre, que unas cosas son las peras y otras los plátanos... esto... quise decir las manzanas, por supuesto). Ante todo, confesaros que me ha costado mucho escribir este post: en parte porque ya me habéis visto la cara y en parte porque tengo demasiadas cosas en la cabeza sobre este fin de semana y es prácticamente imposible reflejarlas en un post.
1. Sales de casa. Lo cual es ya todo un logro para alguien como yo, que últimamente solo hace la ruta del pringao (esto es de los brazos de tu querida madre a los brazos de tu no tan querida jefa y viceversa).
2. Puedes bailar aquella conocida canción marisolera que decía algo así como "Tú eres como el sol de la mañana... " que ante otras personas jamás te atreverías a tararear, sin que la gente te lance miradas que recen "quiero matarte, aniquilarte, pegarte una paliza."
3. Disfrutas oyendo frases tan estupendas como "Yo la chupo como Leticia" (lo siento, es que tenía que escribirlo) y discutes sobre como lo hará la susodicha frente a nuestro príncipe. También barajas la idea de presentar en la discoteca a la persona que dijo semejante frase, al más puro estilo:
- Hola, ¿qué tal? Mi amigo la chupa como Leticia y dice que estaría interesado en conocerte.
Fijo que se presta a conocerlo. Y fijo que llegan a más, solo por ver cómo es ese momento de completa entrega.
4. La gente te pregunta si es cierto eso de que cuando miras a un tío ya sabes como la tiene de grande debido a tu genial idea de colocarlo en el post inmediatamente anterior a la hipotética quedada. Además tienes que lidiar con tu estúpida manía de ir diciendo por ahí que todo lo que escribes en el blog es completamente cierto, así que miras al suelo dibujando eses con la punta del pie y resuelves que lo mejor es decir que son cosas de tus amigos (ya que al estar lejos de tu hogar no puedes salir corriendo con la manida excusa de "uy, me tengo que ir que me he dejado la plancha enchufada" o "el potaje de lentejas en la candela").
5. Descubres con cierta tristeza que no eres el más guapo de la quedada (ohhhhh, gran suspiro de decepción absoluta). Aunque te pegas a la estrella solo para gozar de cierto protagonismo haciendo gala de tus malas artes (pues claro, Pau, ¿pensabas que lo de que me caes superbien era verdad?Jajaja).
6. Conoces gente que es más criticona que tú (y te encanta, claro, aunque tampoco destaques por este indicio que creías intrínseco e indudablemente apareado a tu persona). ¡Marujas! ¡Que sois unas marujas!
7. Te haces una visión absolutamente singular de ti mismo al saber que eres el bloguer con las pestañas más largas de la blogsfera mariquita. Incluso te llegan a decir que eres como la pata Daisy (ejem, creo que debí haber pasado por alto este comentario en mi post, que uno ya tiene bastante con ciertos cachondeos varios como para añadir más leña al fuego). Después de esto y mi mote de niño tampón en esos chateos messengerinos, ya no sé qué va a ser lo próximo.
8. Conoces a la Arrierita (que ya, de por sí, es todo un lujo y una ventaja) y te pegas a ella solo para comprobar que tal y como sospechabas es el amor de tu vida, pero que nunca podréis estar juntos por aquel detalle sin importancia de que no te gustan las mujeres. Qué injusta es la vida a veces, leñe.
9. Te montas el trío del siglo (simbólicamente hablando, por favor, que nadie se me desmadre) con dos blogueros superpopulares (solamente para que la gente te hable, claro, no porque sean estupendos y geniales de la muerte).
10. Te dejas hacer un millón y medio de fotos solo para sentirte como una estrella, aún a sabiendas de que saldrás fatal (pero es que soy taaaaan poco fotogénico... no vale acordarse del anuncio de yoigo en estos instantes...).
11. Tienes conversaciones sin desperdicio a altas horas de la madrugada mientras piensas "Paper, cállate ya, deja de marujear, que tienes que dormir para mañana no tener unas ojeras que ríanse los osos panda". Por supuesto, tuve ojeras todo el tiempo, no tengo tanta fuerza de voluntad.
12. Tienes miedo de que Hairblue critique tu estilo "meto en la maleta lo primero que pille y lo que más abrigue, pegue o no pegue" después del examen exhaustivo que le hizo a Pau (y esto lo digo para no quedar tan mal con mi look casual, también conocido como arreglado pero informal, por supuesto). Pausa: estoy apagando el fuego procedente de la hoguera que hice con la maleta y llenando una bañera de agua fría para lavarme el hedor a fracaso estilista.
13. Te relacionas con gente muy dispar y cada uno es capaz de aportarte cosas totalmente diferentes y opuestas, pero todas válidas. Aquí ya me pongo metafísico... ¿creíais que no la haría? Ilusos...
14. Conoces ese mundo de lujuria, perdición y endogamia que es Chueca y, por descontado, te entregas a él dejándote pervertir (mi pequeño mundo de provincias nunca será el mismo después de tal acumulación de perversión por metro cuadrado).
15. Los camareros de algunos locales a los que vas a comer se integran en el grupo de blogueros más que tú mismo. Si alguna vez te ocurre esto no te eches a llorar desconsoladamente mientras le pegas con los puños a la mesa. Simplemente, hazte amigo del camarero (procedente del manual del buen trepa).
16. Añades un montón de blogs a tu lista pendiente para leer. Que hay que enterarse de la vida de los demás. Quiero decir, ya que les has puesto caras a esas plantillas de web... la curiosidad pura y dura se dispara hasta límites insospechados (momento portera que todos llevamos dentro).
17. Te echas un novio ficticio, que no podría ser otro que tu cuidador particular y te repudia (como buen novio que se precie, claro. Pero tú disfrutas con ello que para eso eres un drama queen de escala). Como buen actor de culebrón venezolano y como la buena quinceañera que todos llevamos en el corazón en nuestro complejo por no haber sido nunca del equipo de animadoras en el instituto y de no haberte podido ligar al buenorro del capitán del equipo de rugby, te sigues bebiendo los vientos por él y en paz.
En fin, niños, que casi todo son ventajas. Conocer gente que merece la pena, reírte, pasar un buen rato, certificar empíricamente impresiones, ampliar puntos de vista y, sobre todo, ponerte sentimentaloide cuando piensas que lo repetirías con los ojos cerrados. Tengo que decir que padezco lo que puede denominarse el síndrome posquedada caracterizado por síntomas tales como acordarte de Madrid repetidamente, haber querido hablar más con todo el mundo, desear que hubiera durado más tiempo y odiar intensamente tu aburrida rutina diaria.
Ahora sí, me pongo de lo más tierno y se me pone la cara de niño bueno para dar las gracias a todo el mundo por las risas, las conversaciones, los gestos, las miradas y ese larguísimo etcétera que hacía tiempo que no sentía en mis carnes (a este paso me vuelvo buena persona y dejo de despotricar contra el mundo, ays. ¿A que empiezo a creer en que hay buena gente por ahí y todo a estas alturas de mi vida?). Me llevo muy buenas impresiones de todo el mundo en general y me quedo con ganas de más. Muy en especial de mis cuatro cuidadores particulares (sí, soy un niño que necesita cuatro personas pendientes de él, ¿qué pasa? Uno es muy especial, qué le vamos a hacer). Sin mis conversaciones prequedada con ellos en las que me pusieron los dientes largos y me animaron a superar mis inseguridades, puede que no hubiera aparecido por allí:
- Tatojimi: Porque se lo curró tela con todo el mundo y porque no dejaba de infundirme fuerzas y ánimos (insuflando autoestima, que se llama la cosa). Gracias por nuestras conversaciones trascendentales a todas horas. Y por no dejar de repetir aquello de: "El mito de Paper no caerá".
- Pau: sabía que me ibas a caer genial, pero no esperaba conectar de esta manera. Después de mucho tiempo de messenger, ha sido un gustazo comprobar que mi intuición no falla. Gracias por esas miradas cómplices y las risas que nos echamos a diestro y siniestro. Por cierto, encajé ;)
- Mi Arrierita: porque me diste el empuje final que me faltaba y mereció la pena dejarme llevar por los caminos de la perdición madrileña de tu mano. Nuestras charlas no tuvieron desperdicio alguno. ¿Que si repito? ¿Cuándo nos vemos? ¿Y cuándo nos casamos y tenemos cuatro churumbeles?
- Quijote: porque me aguantó muchísimo y encima, todavía, dice cosas bonitas de mi persona (si es que no hay más que leer su blog para saber que lo tengo engañadito, jojojo). Fuíste un cuidador y un novio postizo excelente. Y, por supuesto, tú también encontrarás a alguien que te diga cosas más bonitas que yo (que cuando me pongo malo, meto mucha caña, lo sé. Pero eso son los nervios y la confianza, que da asco), simple y llanamente porque tú lo vales.
En cuanto a impresiones personalizadas, esas ya se me suelen escapar cara a cara con esta bocaza cultivada a través de los años.
Vale, y ahora... ¿qué hago yo con mi deprimente vida rutinaria?
Y a Paper se le escapó una lagrimilla (que no se diga que lo del gay sensible es un mito) mientras miraba hacia el infinito, se comía un bocata de chorizo para recuperar fuerzas (que buena falta me hace) y recordaba...
1. Sales de casa. Lo cual es ya todo un logro para alguien como yo, que últimamente solo hace la ruta del pringao (esto es de los brazos de tu querida madre a los brazos de tu no tan querida jefa y viceversa).
2. Puedes bailar aquella conocida canción marisolera que decía algo así como "Tú eres como el sol de la mañana... " que ante otras personas jamás te atreverías a tararear, sin que la gente te lance miradas que recen "quiero matarte, aniquilarte, pegarte una paliza."
3. Disfrutas oyendo frases tan estupendas como "Yo la chupo como Leticia" (lo siento, es que tenía que escribirlo) y discutes sobre como lo hará la susodicha frente a nuestro príncipe. También barajas la idea de presentar en la discoteca a la persona que dijo semejante frase, al más puro estilo:
- Hola, ¿qué tal? Mi amigo la chupa como Leticia y dice que estaría interesado en conocerte.
Fijo que se presta a conocerlo. Y fijo que llegan a más, solo por ver cómo es ese momento de completa entrega.
4. La gente te pregunta si es cierto eso de que cuando miras a un tío ya sabes como la tiene de grande debido a tu genial idea de colocarlo en el post inmediatamente anterior a la hipotética quedada. Además tienes que lidiar con tu estúpida manía de ir diciendo por ahí que todo lo que escribes en el blog es completamente cierto, así que miras al suelo dibujando eses con la punta del pie y resuelves que lo mejor es decir que son cosas de tus amigos (ya que al estar lejos de tu hogar no puedes salir corriendo con la manida excusa de "uy, me tengo que ir que me he dejado la plancha enchufada" o "el potaje de lentejas en la candela").
5. Descubres con cierta tristeza que no eres el más guapo de la quedada (ohhhhh, gran suspiro de decepción absoluta). Aunque te pegas a la estrella solo para gozar de cierto protagonismo haciendo gala de tus malas artes (pues claro, Pau, ¿pensabas que lo de que me caes superbien era verdad?Jajaja).
6. Conoces gente que es más criticona que tú (y te encanta, claro, aunque tampoco destaques por este indicio que creías intrínseco e indudablemente apareado a tu persona). ¡Marujas! ¡Que sois unas marujas!
7. Te haces una visión absolutamente singular de ti mismo al saber que eres el bloguer con las pestañas más largas de la blogsfera mariquita. Incluso te llegan a decir que eres como la pata Daisy (ejem, creo que debí haber pasado por alto este comentario en mi post, que uno ya tiene bastante con ciertos cachondeos varios como para añadir más leña al fuego). Después de esto y mi mote de niño tampón en esos chateos messengerinos, ya no sé qué va a ser lo próximo.
8. Conoces a la Arrierita (que ya, de por sí, es todo un lujo y una ventaja) y te pegas a ella solo para comprobar que tal y como sospechabas es el amor de tu vida, pero que nunca podréis estar juntos por aquel detalle sin importancia de que no te gustan las mujeres. Qué injusta es la vida a veces, leñe.
9. Te montas el trío del siglo (simbólicamente hablando, por favor, que nadie se me desmadre) con dos blogueros superpopulares (solamente para que la gente te hable, claro, no porque sean estupendos y geniales de la muerte).
10. Te dejas hacer un millón y medio de fotos solo para sentirte como una estrella, aún a sabiendas de que saldrás fatal (pero es que soy taaaaan poco fotogénico... no vale acordarse del anuncio de yoigo en estos instantes...).
11. Tienes conversaciones sin desperdicio a altas horas de la madrugada mientras piensas "Paper, cállate ya, deja de marujear, que tienes que dormir para mañana no tener unas ojeras que ríanse los osos panda". Por supuesto, tuve ojeras todo el tiempo, no tengo tanta fuerza de voluntad.
12. Tienes miedo de que Hairblue critique tu estilo "meto en la maleta lo primero que pille y lo que más abrigue, pegue o no pegue" después del examen exhaustivo que le hizo a Pau (y esto lo digo para no quedar tan mal con mi look casual, también conocido como arreglado pero informal, por supuesto). Pausa: estoy apagando el fuego procedente de la hoguera que hice con la maleta y llenando una bañera de agua fría para lavarme el hedor a fracaso estilista.
13. Te relacionas con gente muy dispar y cada uno es capaz de aportarte cosas totalmente diferentes y opuestas, pero todas válidas. Aquí ya me pongo metafísico... ¿creíais que no la haría? Ilusos...
14. Conoces ese mundo de lujuria, perdición y endogamia que es Chueca y, por descontado, te entregas a él dejándote pervertir (mi pequeño mundo de provincias nunca será el mismo después de tal acumulación de perversión por metro cuadrado).
15. Los camareros de algunos locales a los que vas a comer se integran en el grupo de blogueros más que tú mismo. Si alguna vez te ocurre esto no te eches a llorar desconsoladamente mientras le pegas con los puños a la mesa. Simplemente, hazte amigo del camarero (procedente del manual del buen trepa).
16. Añades un montón de blogs a tu lista pendiente para leer. Que hay que enterarse de la vida de los demás. Quiero decir, ya que les has puesto caras a esas plantillas de web... la curiosidad pura y dura se dispara hasta límites insospechados (momento portera que todos llevamos dentro).
17. Te echas un novio ficticio, que no podría ser otro que tu cuidador particular y te repudia (como buen novio que se precie, claro. Pero tú disfrutas con ello que para eso eres un drama queen de escala). Como buen actor de culebrón venezolano y como la buena quinceañera que todos llevamos en el corazón en nuestro complejo por no haber sido nunca del equipo de animadoras en el instituto y de no haberte podido ligar al buenorro del capitán del equipo de rugby, te sigues bebiendo los vientos por él y en paz.
En fin, niños, que casi todo son ventajas. Conocer gente que merece la pena, reírte, pasar un buen rato, certificar empíricamente impresiones, ampliar puntos de vista y, sobre todo, ponerte sentimentaloide cuando piensas que lo repetirías con los ojos cerrados. Tengo que decir que padezco lo que puede denominarse el síndrome posquedada caracterizado por síntomas tales como acordarte de Madrid repetidamente, haber querido hablar más con todo el mundo, desear que hubiera durado más tiempo y odiar intensamente tu aburrida rutina diaria.
Ahora sí, me pongo de lo más tierno y se me pone la cara de niño bueno para dar las gracias a todo el mundo por las risas, las conversaciones, los gestos, las miradas y ese larguísimo etcétera que hacía tiempo que no sentía en mis carnes (a este paso me vuelvo buena persona y dejo de despotricar contra el mundo, ays. ¿A que empiezo a creer en que hay buena gente por ahí y todo a estas alturas de mi vida?). Me llevo muy buenas impresiones de todo el mundo en general y me quedo con ganas de más. Muy en especial de mis cuatro cuidadores particulares (sí, soy un niño que necesita cuatro personas pendientes de él, ¿qué pasa? Uno es muy especial, qué le vamos a hacer). Sin mis conversaciones prequedada con ellos en las que me pusieron los dientes largos y me animaron a superar mis inseguridades, puede que no hubiera aparecido por allí:
- Tatojimi: Porque se lo curró tela con todo el mundo y porque no dejaba de infundirme fuerzas y ánimos (insuflando autoestima, que se llama la cosa). Gracias por nuestras conversaciones trascendentales a todas horas. Y por no dejar de repetir aquello de: "El mito de Paper no caerá".
- Pau: sabía que me ibas a caer genial, pero no esperaba conectar de esta manera. Después de mucho tiempo de messenger, ha sido un gustazo comprobar que mi intuición no falla. Gracias por esas miradas cómplices y las risas que nos echamos a diestro y siniestro. Por cierto, encajé ;)
- Mi Arrierita: porque me diste el empuje final que me faltaba y mereció la pena dejarme llevar por los caminos de la perdición madrileña de tu mano. Nuestras charlas no tuvieron desperdicio alguno. ¿Que si repito? ¿Cuándo nos vemos? ¿Y cuándo nos casamos y tenemos cuatro churumbeles?
- Quijote: porque me aguantó muchísimo y encima, todavía, dice cosas bonitas de mi persona (si es que no hay más que leer su blog para saber que lo tengo engañadito, jojojo). Fuíste un cuidador y un novio postizo excelente. Y, por supuesto, tú también encontrarás a alguien que te diga cosas más bonitas que yo (que cuando me pongo malo, meto mucha caña, lo sé. Pero eso son los nervios y la confianza, que da asco), simple y llanamente porque tú lo vales.
En cuanto a impresiones personalizadas, esas ya se me suelen escapar cara a cara con esta bocaza cultivada a través de los años.
Vale, y ahora... ¿qué hago yo con mi deprimente vida rutinaria?
Y a Paper se le escapó una lagrimilla (que no se diga que lo del gay sensible es un mito) mientras miraba hacia el infinito, se comía un bocata de chorizo para recuperar fuerzas (que buena falta me hace) y recordaba...
Conociendo Gente
¿Te sientes solo? ¿Te socializas poco? ¿Tienes la impresión de que últimamente te estás enamorando de tu gato/ perro/ hámster/ ordenador/ película porno ya que es el único elemento con el cual te relacionas que te da calor en estos días tan fríos?
¿La agenda de tu móvil tiene tan solo cinco números (el del butano -que no del butanero-, el de los taxis -que no del taxista-, el de tu madre, el de tu hermano y uno que no sabes de quién es pero que un día te llamó por equivocación y tú lo guardaste con la vana esperanza de que otro día se volviera a equivocar? ¿La única función de tu móvil que utilizas es el despertador? ¿Has pensado alguna vez en cambiar tu teléfono por un reloj de pulsera?
¿Hablas con los personajes de Rebelde Wey porque son los únicos que se prestan a escucharte (si eres un poco más mayor como servidor, sustitúyelo por Al Salir de Clase)? ¿Cuándo hablas en voz alta te sorprendes porque te oyes muy pocas veces al cabo del día (o del mes)?
¿Todas las noches antes de irte a dormir, es decir, padecer insomnio reflexionando sobre tu patética vida, le das besos por necesidad de cariño y afecto al póster de Kevin Coñe que tiene tu hermana en su cuarto desde que tenía quince años y que aún conserva por pura inercia?
No cabe duda: ¡Lo que necesitas es conocer gente! Vale y... ¿eso cómo se hace? A ver, como soy la mar de buena gente (ya me estoy vendiendo) voy a compartir con todos vosotros los grandes secretos de las relaciones interpersonales (ah, pero ¿esto es nuevo en este blog?).
Hay muchas formas de conocer gente. La más sencilla, sin lugar a dudas, es el clásico "uf, vaya lío, los amigos de mis amigas son mis amigos". Esto siempre cuela y tus amigos pueden echarte un capote si ven que te están temblando las piernas y si notan que lo único que te apetece hacer es huir despavorido a casa a hundir tu cara en la almohada hasta conseguir una seminconsciencia por asfixia. Pongamos el caso de que uno de tus amigos te incluye en su entramado de relaciones sociales y tú ahí estás, más callado que la Ana Obregón en un simposio sobre la calidad de las teleseries. Todos hablan animadamente, pero tú no consigues inmiscuirte en ninguna conversación y cuando abres la boca es para decir algún que otro monosílabo. Haces gestos con la cara (pero da igual, porque nadie te está prestando atención) y te enciendes un cigarro tras otro (indicativo claro de lo que se conoce como el momento ansiolítico perdido o "no logro encajar"). Entonces puede que tu amigo, en un intento de integrarte suelte, por ejemplo, así, sin ir más lejos:
- Pues mi amigo Paper sabe como la tiene un tío con tan solo verle la cara.
Entonces todos los rostros te clavarán una mirada, no de interés, sino de curiosidad, de "no me jodas, de donde ha salido el bicho raro este". Muy bien encaminados, sí señor, que no se diga que a uno no lo miran como los amigos de Kafka al susodicho. Tú solo sabes decir entre dientes:
- Muhahahaaahaah (momento saco de la risa) jajajaja, pero qué cosas tienes, leñe.
Y ya da igual, porque nadie te dirigirá la palabra en toda la tarde/noche excepto para adivinar si estás indagando como la tiene alguno de los presentes (los tíos se taparán sus partes con ambas manos y las tías se abrazarán a sus chulazos con ansiedad desmedida para que te quede bien clarito que con esos no puedes hacer nada).
Otra opción es conocer a un montón de gente, así, de sopetón (por decir algo, vaya). Gente con la que nunca has hablado o solo lo has hecho a través del ordenador. En este caso se recomienda llevar una carpeta llena de dibujos de emoticones del messenger para realizar una transición correcta de la pantalla a la realidad, que un cambio brusco siempre es mucho más traumático.
Dicho todo esto, si superáis la fatiga inicial de dar el paso para conocer a alguien o a un grupo de personas, os armáis de valor y, a pesar de que vuestro estómago hable por vosotros a causa de los retortijones, os decidís a emprender esa fantástica aventura de ampliar las relaciones sociales más allá del mundo animal, no os olvidéis de seguir los siguientes pasos:
1. La imagen. Todos sabemos, por mucho que nos guste decir aquello de que la belleza está en el interior, que una primera impresión cuenta bastante. Esa primera impresión, en la mayoría de los casos depende de la imagen. Ya sabes, arreglado pero informal (siempre digo esto y casi nunca sé a que me refiero exactamente). Básicamente que no aparezcáis con traje y corbata ni con el chándal de los domingos para sacar el perro si no queréis desentonar más que la Pantoja en un festival de jazz.
Es lo que se conoce popularmente como el ponte guapo, que es un hecho eso de que psicológicamente las personas guapas reciben mayores atenciones por parte de los demás (por mucho que nos pese, sobre todo a los menos agraciados) y además por el consabido nunca se sabe donde y cuando vas a conocer el amor de tu vida, aunque creas que eso es una moto que te ha vendido el Corte Inglés para que regales en San Valentín (venga, va, sabemos que estás escéptico, pero haz un esfuerzo y échale imaginación).
2. El olor. Como está de moda "El Perfume" ahora se estila mucho eso de fijarse en los olores de los demás. Por lo tanto, el tuyo debe ser impactante. Lo cual no quiere decir que te eches medio bote de colonia, porque puede pasar que acabes asfixiando a la mitad de las personas con las que te cruzas y que hasta los perros salgan aullando cuando te huelan. Te salpicas un pelín de colonia así, de modo casual, en lugares estratégicos como la cara (donde sabes que te van a dar los dos besos). Por supuesto no vale la marca Mercadona ni el Baron Dandy que tu padre guarda en la mesilla. Tiene que ser algo caro, Calvin Klein, de esos botes que te cobran cincuenta euros tan solo por mirarlo en el estante. Sabemos que no dispones de un bote de colonia tan caro, pero ¡para algo están las muestras, hombre!
Nota: si no tienes muestras (mecachis) cómprate una revista de tendencias, que siempre trae alguna publicidad de esas con una pestañita para que huelas el perfume mezclado con el papel. Restriégate la zona de debajo de la pestañita por la cara con virulencia hasta que se te ponga roja. Para presumir hay que sufrir.
3. La expresión de la cara. Ya se sabe que el rostro es el espejo del alma, así que, ante todo, no pongas cara de acojone mental, aunque te hayas llevado toda la noche sin dormir debido a los nervios y tengas un kilo de antiojeras alrededor de cada párpado. No puedes empezar a relacionarte y causar buena impresión si no controlas tu nerviosismo (lo cual, para aquellos que tenemos un pulso nada ideal para robar panderetas de madrugada, es una auténtica hazaña). No. Tiene que parecer que eres la mar de popular y que conoces montones de personas todos los días a todas horas. Poco menos que eres un as de las relaciones sociales.
4. La pose. Nada de mostrarse muy interesado por entablar conversación y ser integrado. No. Tú te haces el interesante y para ello nada mejor que repachingarte en la silla, sacar el teléfono móvil y empezar a jugar con él haciendo ver a los demás que tu vida social es de lo más intensa. Pídele a tu madre que te envíe mensajitos cada cinco minutos o a algún amigo que se apiade de tu patetismo. Quedará de lo más cool, sobre todo si levantas una ceja a la par que dices algo así como "otra vez el pesado este, si yo no quiero nada con él. Y todo porque el otro día nos dimos unos besitos... bah". Automáticamente todos querrán saber acerca de tu vida amorosa (que te inventarás, claro, porque la real no da para tanto) y serás el centro de atención.
Nota: El móvil que sea de última generación con politonos. No vale la alpargata esa que heredaste de tu abuela y que parece el mando de una tele antigua.
5. La conversación. Cuando empiezas a conocer a alguien nada de hablar sobre temas trascendentales tratando de dar respuesta a cuestiones como ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cómo funcionan las relaciones humanas? etc etc. Evita la política, la psicología y todas esas mierdas que tú no dejas de pensar pero que no le importan a nadie. La pregunta más profunda que debes hacer tiene que ser ¿Qué estilo os gusta más? ¿El de Armani o el de Dolce y Gabanna? Aunque jamás en la vida hayáis visto una prenda de semejantes colecciones más que a diez euros en un mercadillo o creáis que Ermani es ese que canta flamenco. Da igual. Queda la mar de fashion cool y todos responderán a tu pregunta (aunque sepan tanto de moda como Terelu de la teoría de la evolución de las especies). Ni que decir tiene que la supuesta homosexualidad de alguno de los de OT tiene que ser desvelada por tu persona alegando que te enrollaste con él una noche en Chueca (porque tú conoces Chueca como la palma de tu mano y por eso cuando entres a algún bar con ellos tendrás que saludar con la mano a ciento y la madre, aunque sea la primera vez que ves esos caretos que te observan estupefactos tratando de comprender porqué narices un tío que no conocen de nada les saluda tan efusivamente).
Puede suceder, por mero azar del destino, que te da tu merecido por tratar de ser quien no eres, que te levantes para ir al baño en medio de la reunión social, te resbales y todo el mundo imaginario que te has marcado se caiga por su propio peso. Para más inri, ten por seguro que el lugar en el que te has caído está mojado y te has machado la camiseta blanca de manga corta (aunque estemos a menos dos grados de temperatura, da igual, te la has puesto para que se te vean tus amagos de bíceps y crean que te dejas caer por el gimnasio porque cultivas tu cuerpo) que pasará a tornarse color alcantarilla en cuestión de segundos. O eso, o hay un excremento canino, no falla. Si te pasa esto, lárgate a casa corriendo, fúmate media cajetilla de Ducados, frótate la cara con jabón de lagarto hasta que se te pase el ridículo y quema la camiseta (de seguro que te traerá mala suerte en el futuro). Se aconseja ir buscando el número de un psicólogo a medida que enciendes la hoguera para solucionar futuras fobias.
Con todo esto, la cosa está asegurada. Haréis un montón de amigos de esos que solo os servirán para tomar una copita y que os criticarán por la espalda (y, además, no les faltará razón, porque has quedado como un gilipollas).
Pero... ¿y la de amigos irrelevantes que harás siendo cualquier cosa menos tú mismo? ¿Eso no cuenta? ¿Eh? ¿Eh?
Que no os traicionen los nervios: nunca dejéis de ser vosotros mismos. Puede que no seáis los más populares del mundo, pero quien os acepte lo hará de corazón.
¿La agenda de tu móvil tiene tan solo cinco números (el del butano -que no del butanero-, el de los taxis -que no del taxista-, el de tu madre, el de tu hermano y uno que no sabes de quién es pero que un día te llamó por equivocación y tú lo guardaste con la vana esperanza de que otro día se volviera a equivocar? ¿La única función de tu móvil que utilizas es el despertador? ¿Has pensado alguna vez en cambiar tu teléfono por un reloj de pulsera?
¿Hablas con los personajes de Rebelde Wey porque son los únicos que se prestan a escucharte (si eres un poco más mayor como servidor, sustitúyelo por Al Salir de Clase)? ¿Cuándo hablas en voz alta te sorprendes porque te oyes muy pocas veces al cabo del día (o del mes)?
¿Todas las noches antes de irte a dormir, es decir, padecer insomnio reflexionando sobre tu patética vida, le das besos por necesidad de cariño y afecto al póster de Kevin Coñe que tiene tu hermana en su cuarto desde que tenía quince años y que aún conserva por pura inercia?
No cabe duda: ¡Lo que necesitas es conocer gente! Vale y... ¿eso cómo se hace? A ver, como soy la mar de buena gente (ya me estoy vendiendo) voy a compartir con todos vosotros los grandes secretos de las relaciones interpersonales (ah, pero ¿esto es nuevo en este blog?).
Hay muchas formas de conocer gente. La más sencilla, sin lugar a dudas, es el clásico "uf, vaya lío, los amigos de mis amigas son mis amigos". Esto siempre cuela y tus amigos pueden echarte un capote si ven que te están temblando las piernas y si notan que lo único que te apetece hacer es huir despavorido a casa a hundir tu cara en la almohada hasta conseguir una seminconsciencia por asfixia. Pongamos el caso de que uno de tus amigos te incluye en su entramado de relaciones sociales y tú ahí estás, más callado que la Ana Obregón en un simposio sobre la calidad de las teleseries. Todos hablan animadamente, pero tú no consigues inmiscuirte en ninguna conversación y cuando abres la boca es para decir algún que otro monosílabo. Haces gestos con la cara (pero da igual, porque nadie te está prestando atención) y te enciendes un cigarro tras otro (indicativo claro de lo que se conoce como el momento ansiolítico perdido o "no logro encajar"). Entonces puede que tu amigo, en un intento de integrarte suelte, por ejemplo, así, sin ir más lejos:
- Pues mi amigo Paper sabe como la tiene un tío con tan solo verle la cara.
Entonces todos los rostros te clavarán una mirada, no de interés, sino de curiosidad, de "no me jodas, de donde ha salido el bicho raro este". Muy bien encaminados, sí señor, que no se diga que a uno no lo miran como los amigos de Kafka al susodicho. Tú solo sabes decir entre dientes:
- Muhahahaaahaah (momento saco de la risa) jajajaja, pero qué cosas tienes, leñe.
Y ya da igual, porque nadie te dirigirá la palabra en toda la tarde/noche excepto para adivinar si estás indagando como la tiene alguno de los presentes (los tíos se taparán sus partes con ambas manos y las tías se abrazarán a sus chulazos con ansiedad desmedida para que te quede bien clarito que con esos no puedes hacer nada).
Otra opción es conocer a un montón de gente, así, de sopetón (por decir algo, vaya). Gente con la que nunca has hablado o solo lo has hecho a través del ordenador. En este caso se recomienda llevar una carpeta llena de dibujos de emoticones del messenger para realizar una transición correcta de la pantalla a la realidad, que un cambio brusco siempre es mucho más traumático.
Dicho todo esto, si superáis la fatiga inicial de dar el paso para conocer a alguien o a un grupo de personas, os armáis de valor y, a pesar de que vuestro estómago hable por vosotros a causa de los retortijones, os decidís a emprender esa fantástica aventura de ampliar las relaciones sociales más allá del mundo animal, no os olvidéis de seguir los siguientes pasos:
1. La imagen. Todos sabemos, por mucho que nos guste decir aquello de que la belleza está en el interior, que una primera impresión cuenta bastante. Esa primera impresión, en la mayoría de los casos depende de la imagen. Ya sabes, arreglado pero informal (siempre digo esto y casi nunca sé a que me refiero exactamente). Básicamente que no aparezcáis con traje y corbata ni con el chándal de los domingos para sacar el perro si no queréis desentonar más que la Pantoja en un festival de jazz.
Es lo que se conoce popularmente como el ponte guapo, que es un hecho eso de que psicológicamente las personas guapas reciben mayores atenciones por parte de los demás (por mucho que nos pese, sobre todo a los menos agraciados) y además por el consabido nunca se sabe donde y cuando vas a conocer el amor de tu vida, aunque creas que eso es una moto que te ha vendido el Corte Inglés para que regales en San Valentín (venga, va, sabemos que estás escéptico, pero haz un esfuerzo y échale imaginación).
2. El olor. Como está de moda "El Perfume" ahora se estila mucho eso de fijarse en los olores de los demás. Por lo tanto, el tuyo debe ser impactante. Lo cual no quiere decir que te eches medio bote de colonia, porque puede pasar que acabes asfixiando a la mitad de las personas con las que te cruzas y que hasta los perros salgan aullando cuando te huelan. Te salpicas un pelín de colonia así, de modo casual, en lugares estratégicos como la cara (donde sabes que te van a dar los dos besos). Por supuesto no vale la marca Mercadona ni el Baron Dandy que tu padre guarda en la mesilla. Tiene que ser algo caro, Calvin Klein, de esos botes que te cobran cincuenta euros tan solo por mirarlo en el estante. Sabemos que no dispones de un bote de colonia tan caro, pero ¡para algo están las muestras, hombre!
Nota: si no tienes muestras (mecachis) cómprate una revista de tendencias, que siempre trae alguna publicidad de esas con una pestañita para que huelas el perfume mezclado con el papel. Restriégate la zona de debajo de la pestañita por la cara con virulencia hasta que se te ponga roja. Para presumir hay que sufrir.
3. La expresión de la cara. Ya se sabe que el rostro es el espejo del alma, así que, ante todo, no pongas cara de acojone mental, aunque te hayas llevado toda la noche sin dormir debido a los nervios y tengas un kilo de antiojeras alrededor de cada párpado. No puedes empezar a relacionarte y causar buena impresión si no controlas tu nerviosismo (lo cual, para aquellos que tenemos un pulso nada ideal para robar panderetas de madrugada, es una auténtica hazaña). No. Tiene que parecer que eres la mar de popular y que conoces montones de personas todos los días a todas horas. Poco menos que eres un as de las relaciones sociales.
4. La pose. Nada de mostrarse muy interesado por entablar conversación y ser integrado. No. Tú te haces el interesante y para ello nada mejor que repachingarte en la silla, sacar el teléfono móvil y empezar a jugar con él haciendo ver a los demás que tu vida social es de lo más intensa. Pídele a tu madre que te envíe mensajitos cada cinco minutos o a algún amigo que se apiade de tu patetismo. Quedará de lo más cool, sobre todo si levantas una ceja a la par que dices algo así como "otra vez el pesado este, si yo no quiero nada con él. Y todo porque el otro día nos dimos unos besitos... bah". Automáticamente todos querrán saber acerca de tu vida amorosa (que te inventarás, claro, porque la real no da para tanto) y serás el centro de atención.
Nota: El móvil que sea de última generación con politonos. No vale la alpargata esa que heredaste de tu abuela y que parece el mando de una tele antigua.
5. La conversación. Cuando empiezas a conocer a alguien nada de hablar sobre temas trascendentales tratando de dar respuesta a cuestiones como ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cómo funcionan las relaciones humanas? etc etc. Evita la política, la psicología y todas esas mierdas que tú no dejas de pensar pero que no le importan a nadie. La pregunta más profunda que debes hacer tiene que ser ¿Qué estilo os gusta más? ¿El de Armani o el de Dolce y Gabanna? Aunque jamás en la vida hayáis visto una prenda de semejantes colecciones más que a diez euros en un mercadillo o creáis que Ermani es ese que canta flamenco. Da igual. Queda la mar de fashion cool y todos responderán a tu pregunta (aunque sepan tanto de moda como Terelu de la teoría de la evolución de las especies). Ni que decir tiene que la supuesta homosexualidad de alguno de los de OT tiene que ser desvelada por tu persona alegando que te enrollaste con él una noche en Chueca (porque tú conoces Chueca como la palma de tu mano y por eso cuando entres a algún bar con ellos tendrás que saludar con la mano a ciento y la madre, aunque sea la primera vez que ves esos caretos que te observan estupefactos tratando de comprender porqué narices un tío que no conocen de nada les saluda tan efusivamente).
Puede suceder, por mero azar del destino, que te da tu merecido por tratar de ser quien no eres, que te levantes para ir al baño en medio de la reunión social, te resbales y todo el mundo imaginario que te has marcado se caiga por su propio peso. Para más inri, ten por seguro que el lugar en el que te has caído está mojado y te has machado la camiseta blanca de manga corta (aunque estemos a menos dos grados de temperatura, da igual, te la has puesto para que se te vean tus amagos de bíceps y crean que te dejas caer por el gimnasio porque cultivas tu cuerpo) que pasará a tornarse color alcantarilla en cuestión de segundos. O eso, o hay un excremento canino, no falla. Si te pasa esto, lárgate a casa corriendo, fúmate media cajetilla de Ducados, frótate la cara con jabón de lagarto hasta que se te pase el ridículo y quema la camiseta (de seguro que te traerá mala suerte en el futuro). Se aconseja ir buscando el número de un psicólogo a medida que enciendes la hoguera para solucionar futuras fobias.
Con todo esto, la cosa está asegurada. Haréis un montón de amigos de esos que solo os servirán para tomar una copita y que os criticarán por la espalda (y, además, no les faltará razón, porque has quedado como un gilipollas).
Pero... ¿y la de amigos irrelevantes que harás siendo cualquier cosa menos tú mismo? ¿Eso no cuenta? ¿Eh? ¿Eh?
Que no os traicionen los nervios: nunca dejéis de ser vosotros mismos. Puede que no seáis los más populares del mundo, pero quien os acepte lo hará de corazón.
PukaParty sobre Hielo
Hace mucho, mucho, mucho, muuuuuucho tiempo nació una niña la mar de mona con un par de cocos y unos palillos atravesados del retoño de una col de bruselas. Esta nena estaba de lo más despierta desde el mismo momento de su nacimiento y ya por aquel entonces le tiraban los tejos el resto de los niños, incluso le miraban el escote y la invitaban a biberones de leche (y que nadie imagine cosas raras en este punto, hombre, todavía no). El nombre con el que fue agraciada fue PuKa, también conocida en anteriores capítulos de esta serie como la "mecagoentoslosdesquiciaosdeestemundoydelotro" o la "fina y delicada como el pellejo de una mierda".
Bien, el tiempo pasó, la niña dijo sus primeras palabras, entre las cuales estaba incluida, además de las usuales mamá, papá, sí, no, caca, culo, una sarta de interminables términos relacionados con el ambiente como mariliendres (su favorita, aunque a veces la sustituye por maripiojo), entender o poner mirando pa Cuenca. No se sabe cómo llegó a dominar tan bien semejante lengua para seres depravados como nosotros los gays (jijiji) siendo tan heterosexual como ella es. Cuenta la leyenda que se echó un amigo de la acera de enfrente cuando solo tenía 13 añitos que le enseñó todos esos inescrutables caminos de perdición y antros de perversión en los que se habla la lengua de belcebú.
A puntito de irse el 2006 y decirnos un ciao irónico por todas aquellas cosas que nos prometió y que no se han cumplido llegó el aniversario de la nena prodigio. Nada menos que 24 añitos. Como todos sabéis en Diciembre suele hacer bastante frío (al menos hasta el momento, que no se sabe si dentro de 20 años podremos ir a la playa a celebrar la Navidad) y me imagino que ante el plan de una celebración en estas fechas a todos se os viene a la cabeza un lugar calentito, donde no tengas que estar abrigado hasta las orejas. Es decir: un bar, una casa, un coche, un yate (¿quién dice que mi amiga no está montada en el dólar y no es capaz de hacer una fiesta en alta mar?). Pero no, porque Puka es, lo que se puede decir, una niña muy especial o lo que se conoce popularmente como una tocabolingas en el día de su cumpleaños. Puka decidió en el día que más frío he pasado de todo el año y teniendo en cuenta que se había pasado todo el puñetero día lloviendo (me pareció ver por la ventana el arca de Noé recogiendo animalitos) hacer nada más y nada menos que un botellón.
Para los que no lo sepan o para los que les cueste pensar en esta semana debido a que está plagada de extrañeza con tanto puente, un botellón implica "aire libre". ¿Qué si se lo pensó? Que apareciera a las tres de la tarde con dos botellas de whisky y dos de ron me dio que recapacitar y tras varios segundos de reflexión le expresé con total solemnidad:
- Illa, ¿tú estás majara o qué? ¿Cómo coño vamos a hacer un botellón? Me niego, me niego. Y cuando yo digo que no es que no.
Así que, como ha quedado claro mi poder de convicción y mi credibilidad cuando afirmo algo con rotundidad, a las doce de la noche estaba yo en un aparcamiento cualquiera embutido en un abrigo y una bufanda, con las orejas como polos de hielo y la nariz de fofito en un intento de no parecer una alcayata del 14 de lo doblada que me tenía la espalda el maldito frío. La única parte de mi cuerpo que se dejaba ver era un muñón entumecido con forma de mano de playmobil que sujetaba con fuerza un cubata (que no subía ni a la de tres debido al frío polar) mientras me esmeraba por guiñarle un ojo a un pingüino la mar de apañao que andaba por allí con cara de circunstancia preguntándose qué narices hacíamos los cuatro baldaos de turno pasando más frío que un andaluz en la Antártida.
Como añadido a la velada, tengo que contar que no sé si lo sabéis pero la Ley Seca se ha puesto en marcha y están multando de lo lindo a todo aquel que pretenda beberse aunque sea un zumo de tomate a la intemperie.
PuKa: - Pero a nosotros eso no nos pasa. No creo que nos pillen. No vamos a tener tan mala suerte ¿no?
Yo (con cara de "nena, estamos hablando de ti y de mí, no te olvides, que porque sea tu cumpleaños no has cambiado súbitamente de cuerpo y de destino"): - Por favor, que ya sabes que todo nos pasa a nosotros...
De repente, en medio de estalactitas y osos polares, unas luces parecidas a las de una discoteca aparecieron en la nocturnidad. No, no era un ovni que se apiadaba de los cubitos de hielo que se nos escapaban por las orejas o de mi negativa de ir a hacer mis necesidades porque cualquiera se la cogía con esas manos a menos 25 grados. Era la policía. Tampoco eran showboys vestidos de uniforme dispuestos a deleitar a mi amiga con un bailecito sensual por su cumpleaños. ¿Conocéis ese juego de las diferencias entre dos viñetas? Pues me teníais que haber visto a mí, que en un segundo bebía un sorbo de mi whisky y al segundo siguiente mi mano mantenía la misma posición de coger el vaso pero sin él. En cuanto aprecié el coche de policía el vaso simplemente desapareció con un elegante gesto de mi brazo. Vamos, que lo tiré hacia atrás a una especie de jardincito como si me encontrara en plena boda tirando el ramo de la novia. De tan solo pensar en los 300 euros de multa que me podían poner hasta se me pasó el frío, oye, hay que ver lo que hace el factor psicológico. Y es que Puka ya me podría hacer caso cuando aplico aquello de "ay de mí, las cosas más raras siempre van a por mí".
Por supuesto, nos libramos de la multa (si no ya me hubiera encargado de hacerle un favorcito al policía, esto... tjo tjo tjo, ¿quién ha dicho eso? Mis hormonas no se callan ni con el frío polar). Y Puka pudo saber cuánto la queríamos los asistentes al botellón (anda, mona, para el año que viene me busco en viaje en las fechas de tu cumple, que parece que he ido a Sierra Nevada a esquiar de lo quemada que tengo la cara. Mi cutis, por dior, mi cutis de porcelana, jijiji).
Para rematar nos pegamos unos bailes en un pub bien calentito (dios, nunca he amado tanto las aglomeraciones... así, así, bien pegaditos, que no se vaya ni una pizca de calor) y finalicé mi noche con un bocado en el hombro que se debió a que me reí de la cumpleañera (cuanta agresividad, si yo me rio hasta de mi sombra, por favor). Pero, sobre todo, mereció la pena. Porque da igual cuanto frío hiciera, que mi boca despidiera más humo que si me estuviera fumando un celtas o que tenga heridas de guerra en el hombro (anda que... si hubiera sido de un maromo en un momento de pasión pues mira, no es que me hiciera especial gracia pero... no hay derecho). Lo que cuenta es que nos reímos una barbaridad y, ante todo, fue una noche cuando menos especial.
Como la niña del cumpleaños, ni más ni menos.
Y colorín colorado... ¡que cuuuuuuuumplaaaas muuuuuuchos mááááás!
Bien, el tiempo pasó, la niña dijo sus primeras palabras, entre las cuales estaba incluida, además de las usuales mamá, papá, sí, no, caca, culo, una sarta de interminables términos relacionados con el ambiente como mariliendres (su favorita, aunque a veces la sustituye por maripiojo), entender o poner mirando pa Cuenca. No se sabe cómo llegó a dominar tan bien semejante lengua para seres depravados como nosotros los gays (jijiji) siendo tan heterosexual como ella es. Cuenta la leyenda que se echó un amigo de la acera de enfrente cuando solo tenía 13 añitos que le enseñó todos esos inescrutables caminos de perdición y antros de perversión en los que se habla la lengua de belcebú.
A puntito de irse el 2006 y decirnos un ciao irónico por todas aquellas cosas que nos prometió y que no se han cumplido llegó el aniversario de la nena prodigio. Nada menos que 24 añitos. Como todos sabéis en Diciembre suele hacer bastante frío (al menos hasta el momento, que no se sabe si dentro de 20 años podremos ir a la playa a celebrar la Navidad) y me imagino que ante el plan de una celebración en estas fechas a todos se os viene a la cabeza un lugar calentito, donde no tengas que estar abrigado hasta las orejas. Es decir: un bar, una casa, un coche, un yate (¿quién dice que mi amiga no está montada en el dólar y no es capaz de hacer una fiesta en alta mar?). Pero no, porque Puka es, lo que se puede decir, una niña muy especial o lo que se conoce popularmente como una tocabolingas en el día de su cumpleaños. Puka decidió en el día que más frío he pasado de todo el año y teniendo en cuenta que se había pasado todo el puñetero día lloviendo (me pareció ver por la ventana el arca de Noé recogiendo animalitos) hacer nada más y nada menos que un botellón.
Para los que no lo sepan o para los que les cueste pensar en esta semana debido a que está plagada de extrañeza con tanto puente, un botellón implica "aire libre". ¿Qué si se lo pensó? Que apareciera a las tres de la tarde con dos botellas de whisky y dos de ron me dio que recapacitar y tras varios segundos de reflexión le expresé con total solemnidad:
- Illa, ¿tú estás majara o qué? ¿Cómo coño vamos a hacer un botellón? Me niego, me niego. Y cuando yo digo que no es que no.
Así que, como ha quedado claro mi poder de convicción y mi credibilidad cuando afirmo algo con rotundidad, a las doce de la noche estaba yo en un aparcamiento cualquiera embutido en un abrigo y una bufanda, con las orejas como polos de hielo y la nariz de fofito en un intento de no parecer una alcayata del 14 de lo doblada que me tenía la espalda el maldito frío. La única parte de mi cuerpo que se dejaba ver era un muñón entumecido con forma de mano de playmobil que sujetaba con fuerza un cubata (que no subía ni a la de tres debido al frío polar) mientras me esmeraba por guiñarle un ojo a un pingüino la mar de apañao que andaba por allí con cara de circunstancia preguntándose qué narices hacíamos los cuatro baldaos de turno pasando más frío que un andaluz en la Antártida.
Como añadido a la velada, tengo que contar que no sé si lo sabéis pero la Ley Seca se ha puesto en marcha y están multando de lo lindo a todo aquel que pretenda beberse aunque sea un zumo de tomate a la intemperie.
PuKa: - Pero a nosotros eso no nos pasa. No creo que nos pillen. No vamos a tener tan mala suerte ¿no?
Yo (con cara de "nena, estamos hablando de ti y de mí, no te olvides, que porque sea tu cumpleaños no has cambiado súbitamente de cuerpo y de destino"): - Por favor, que ya sabes que todo nos pasa a nosotros...
De repente, en medio de estalactitas y osos polares, unas luces parecidas a las de una discoteca aparecieron en la nocturnidad. No, no era un ovni que se apiadaba de los cubitos de hielo que se nos escapaban por las orejas o de mi negativa de ir a hacer mis necesidades porque cualquiera se la cogía con esas manos a menos 25 grados. Era la policía. Tampoco eran showboys vestidos de uniforme dispuestos a deleitar a mi amiga con un bailecito sensual por su cumpleaños. ¿Conocéis ese juego de las diferencias entre dos viñetas? Pues me teníais que haber visto a mí, que en un segundo bebía un sorbo de mi whisky y al segundo siguiente mi mano mantenía la misma posición de coger el vaso pero sin él. En cuanto aprecié el coche de policía el vaso simplemente desapareció con un elegante gesto de mi brazo. Vamos, que lo tiré hacia atrás a una especie de jardincito como si me encontrara en plena boda tirando el ramo de la novia. De tan solo pensar en los 300 euros de multa que me podían poner hasta se me pasó el frío, oye, hay que ver lo que hace el factor psicológico. Y es que Puka ya me podría hacer caso cuando aplico aquello de "ay de mí, las cosas más raras siempre van a por mí".
Por supuesto, nos libramos de la multa (si no ya me hubiera encargado de hacerle un favorcito al policía, esto... tjo tjo tjo, ¿quién ha dicho eso? Mis hormonas no se callan ni con el frío polar). Y Puka pudo saber cuánto la queríamos los asistentes al botellón (anda, mona, para el año que viene me busco en viaje en las fechas de tu cumple, que parece que he ido a Sierra Nevada a esquiar de lo quemada que tengo la cara. Mi cutis, por dior, mi cutis de porcelana, jijiji).
Para rematar nos pegamos unos bailes en un pub bien calentito (dios, nunca he amado tanto las aglomeraciones... así, así, bien pegaditos, que no se vaya ni una pizca de calor) y finalicé mi noche con un bocado en el hombro que se debió a que me reí de la cumpleañera (cuanta agresividad, si yo me rio hasta de mi sombra, por favor). Pero, sobre todo, mereció la pena. Porque da igual cuanto frío hiciera, que mi boca despidiera más humo que si me estuviera fumando un celtas o que tenga heridas de guerra en el hombro (anda que... si hubiera sido de un maromo en un momento de pasión pues mira, no es que me hiciera especial gracia pero... no hay derecho). Lo que cuenta es que nos reímos una barbaridad y, ante todo, fue una noche cuando menos especial.
Como la niña del cumpleaños, ni más ni menos.
Y colorín colorado... ¡que cuuuuuuuumplaaaas muuuuuuchos mááááás!