Conquista a tu amor
Hace algún tiempo, cuando yo era un joven inocente y tierno, me colgué de un tío (fíjate, yo, con lo hetero que soy ¿a qué no os lo imaginábais?). Ahora ya no me pasan esas cosas (no es que me vaya a colgar de tías, aunque bien sabe Dior que tal vez me iría mejor dado lo bien que las entiendo, como todo mariquita de pura cepa que se precie) desde que juré solemnemente delante de un póster de Mariah Carey mascando chicle de fresa y enrollándome el pelo en el dedo índice que no me colgaría de ningún tío sin que estuviera presente mi abogado, la infantería y el cuerpo de policías de mi ciudad (un 80 por ciento de sus integrantes están para mojar pan y rebañar).
En su momento, en el que yo le relataba a Pau mis visicitudes amorosas cual quinceañera enamorada de un Backstreet Boy, ambos definimos lo que vendría a ser las diferentes técnicas que tienes para que esa persona que te gusta (y esto quiere decir que hay algún tipo de sentimiento de por medio más allá de que te la ponga dura en sentido estricto), caiga en tus redes:
La primera y sugerida por el amigo Pau consiste en, simple y llanamente, irse de acampada en pleno mes de enero con los amigos comunes. Entonces tus amigos harán lo posible y lo imposible para que el sujeto y tú durmáis juntos en la misma tienda de campaña (en el supuesto de que estos amigos lo son de verdad y quieren lo mejor para ti, que ya es mucho suponer). La tienda no tendrá nada en absoluto, de modo que llegados a cierto punto de la noche en la que la temperatura sea bastante helada os meterán a los dos completamente desnudos y congelados dentro, sin una triste manta o una toalla con la que taparos. De este modo, surgirá un amor por necesidad: os abrazaréis juntos y tiritando única y exclusivamente porque si no os morís de frío. Hay que decir que a pesar de las ventajas inherentes a la experiencia y a la iconografía representativa de la tienda de campaña, puede que los carámbanos hagan que aquello no se levante ni con grúa de obra. Por no hablar de la pulmonía que os impedirá disfrutar del amor surgido en, al menos, un par de semanas.
La segunda opción se refiere a los remedios de las altas ciencias mágicas, de modo que tendrás que buscarte una curandera o una vidente para que te proporcione el remedio efectivo. Si quieres que te salga más barato o algo, vete a la biblioteca o navega por internet para encontrar la receta mágica. Sí, ya sé que encontrar un diente de rinoceronte y conseguir el semen de tu amado para mezclarlo con el tomillo y el orégano te va a costar sudores (y digo yo, si consigues el semen poca falta te va a hacer ya el remedio casero) pero eso no será nada comparado a la pestucia que se desarrollará cuando lo metas en una bolsita y te lo coloques debajo del sobaco durante 120 horas para que haga el efecto oportuno.
La tercera posibilidad consiste en lanzar indirectas carentes de sentido cuando veas al sujeto o cuando hables con él. Si esto no funciona porque el individuo es un poco cortito de mente (o no quiere ver lo que hay, que también se da) se sugiere que salgas de casa con un letrero de neón colgado a la nuca y un par de pompones. De cuando en cuando pronuncia su nombre sacando a la animadora que albergas en ti deletreando y escenificando cada una de las letras, de modo que tu amor no tendrá más remedio que darse cuenta de lo que pasa, aunque solo sea para vomitar encima de tus pompones por la repulsa que le proporciona tu imagen con minifalda de vuelos. Si no te has puesto la mini y el sujeto vomita de todos modos, tírale los pompones a la cara y sal corriendo a casa a restregarte el fracaso de la experiencia con el estropajo que usa tu madre para quitar el sarro del fregadero. Acto seguido, quema el otro par de pompones de repuesto que dejaste en casa, supéralo y elige otra víctima.
La cuarta forma es la declaración pura y dura. Compra un ramo de flores y un anillo de diamantes (si el presupuesto no te da, vale una margarita de plástico y la arandela de una lata de atún. Es cutre, pero si hay amor de verdad no le importará – ja ja ja, perdonad, es que no me lo creo ni yo). Al ritmo de una música adecuada, que no podrá ser camela para tristeza de muchos, hinca la rodilla (y por ahora solo la rodilla) y mirándole a los ojos (que no al paquete, que la postura incita, ya lo sé, pero hay que ser románticos) dile lo enamoradísimo que estás de él inventándote cosas como que cada vez que piensas en él se te corta la digestión y que más te valdría haber nacido hetero si no puedes estar con él (vamos, que en realidad lo de haber nacido hetero, o lesbiana más bien, es una realidad en la que piensas cada día dada la escasa motivación que te producen los integrantes del sexo masculino que están en el mercado, pero dicho así le haces sentir especial y quedas de puta madre).
En quinto lugar, para los frívolos y calenturientos de mente, tenemos el streptease sorpresa. Preséntate en su casa equipado únicamente de una pajarita, un tanga de leopardo o de estos que llevan la trompa de un elefante (que por supuesto tendrás que rellenar, así que vete comprando también una bolsita de algodón), una pamela rosa y un par de zapatillas de rinocerontes de las que rugen al andar. Cuando se quede embobado mirándote (porque de que se quede alucinado al verte así puedes estar seguro) le dices aquello de: "¿Quieres un bombón? Pues aquí tienes uno" mientras te pasas las manos por tu torso desnudo (como si estuvieras tremendo o algo). Comerte no te vas a comer ná (a menos que el individuo sea especialmente rarito) pero lo que se van a reír tus amigos (y los de él) cuando lo cuentes será memorable por los siglos de los siglos.
La última opción consiste en la estudiada técnica de hacerte el duro. Para aquellos rezagados que aún no lo hayan probado (algo de extrañar porque está a la orden del día) consiste en hacer como que la otra persona no te importa lo más mínimo, pero dejando ver de cuando en cuando que sí, que lo vuestro podría ser. Como siempre digo, admitámoslo, tira mucho que pasen de ti y te dejen con la miel en los labios. Eso sí, para esto hay que saber jugar y no puedes permitir que el sujeto en cuestión se aburra, sino que hay que darle la de cal y la de arena para que se desquicie lo suficiente como para que se agarre a tu persona como a un clavo ardiendo.
Si nada de esto surte efecto y el individuo te rechaza vilmente, no temas: el mundo no se acaba, no te vas a morir sin estar con él y, por supuesto, hay muchos peces en el mar. Y no vale pensar que ninguno como él. Al fin y al cabo, esto es un rasca y gana y, la favorita del público, él se lo pierde (y esto hay que decirlo con firmeza tres veces al día mirándote fijamente al espejo).
Y si estas premisas básicas de la sabiduría popular siguen sin funcionar existe un remedio infalible para olvidar. Pero eso, mejor, lo dejamos para el próximo post :)
En su momento, en el que yo le relataba a Pau mis visicitudes amorosas cual quinceañera enamorada de un Backstreet Boy, ambos definimos lo que vendría a ser las diferentes técnicas que tienes para que esa persona que te gusta (y esto quiere decir que hay algún tipo de sentimiento de por medio más allá de que te la ponga dura en sentido estricto), caiga en tus redes:
La primera y sugerida por el amigo Pau consiste en, simple y llanamente, irse de acampada en pleno mes de enero con los amigos comunes. Entonces tus amigos harán lo posible y lo imposible para que el sujeto y tú durmáis juntos en la misma tienda de campaña (en el supuesto de que estos amigos lo son de verdad y quieren lo mejor para ti, que ya es mucho suponer). La tienda no tendrá nada en absoluto, de modo que llegados a cierto punto de la noche en la que la temperatura sea bastante helada os meterán a los dos completamente desnudos y congelados dentro, sin una triste manta o una toalla con la que taparos. De este modo, surgirá un amor por necesidad: os abrazaréis juntos y tiritando única y exclusivamente porque si no os morís de frío. Hay que decir que a pesar de las ventajas inherentes a la experiencia y a la iconografía representativa de la tienda de campaña, puede que los carámbanos hagan que aquello no se levante ni con grúa de obra. Por no hablar de la pulmonía que os impedirá disfrutar del amor surgido en, al menos, un par de semanas.
La segunda opción se refiere a los remedios de las altas ciencias mágicas, de modo que tendrás que buscarte una curandera o una vidente para que te proporcione el remedio efectivo. Si quieres que te salga más barato o algo, vete a la biblioteca o navega por internet para encontrar la receta mágica. Sí, ya sé que encontrar un diente de rinoceronte y conseguir el semen de tu amado para mezclarlo con el tomillo y el orégano te va a costar sudores (y digo yo, si consigues el semen poca falta te va a hacer ya el remedio casero) pero eso no será nada comparado a la pestucia que se desarrollará cuando lo metas en una bolsita y te lo coloques debajo del sobaco durante 120 horas para que haga el efecto oportuno.
La tercera posibilidad consiste en lanzar indirectas carentes de sentido cuando veas al sujeto o cuando hables con él. Si esto no funciona porque el individuo es un poco cortito de mente (o no quiere ver lo que hay, que también se da) se sugiere que salgas de casa con un letrero de neón colgado a la nuca y un par de pompones. De cuando en cuando pronuncia su nombre sacando a la animadora que albergas en ti deletreando y escenificando cada una de las letras, de modo que tu amor no tendrá más remedio que darse cuenta de lo que pasa, aunque solo sea para vomitar encima de tus pompones por la repulsa que le proporciona tu imagen con minifalda de vuelos. Si no te has puesto la mini y el sujeto vomita de todos modos, tírale los pompones a la cara y sal corriendo a casa a restregarte el fracaso de la experiencia con el estropajo que usa tu madre para quitar el sarro del fregadero. Acto seguido, quema el otro par de pompones de repuesto que dejaste en casa, supéralo y elige otra víctima.
La cuarta forma es la declaración pura y dura. Compra un ramo de flores y un anillo de diamantes (si el presupuesto no te da, vale una margarita de plástico y la arandela de una lata de atún. Es cutre, pero si hay amor de verdad no le importará – ja ja ja, perdonad, es que no me lo creo ni yo). Al ritmo de una música adecuada, que no podrá ser camela para tristeza de muchos, hinca la rodilla (y por ahora solo la rodilla) y mirándole a los ojos (que no al paquete, que la postura incita, ya lo sé, pero hay que ser románticos) dile lo enamoradísimo que estás de él inventándote cosas como que cada vez que piensas en él se te corta la digestión y que más te valdría haber nacido hetero si no puedes estar con él (vamos, que en realidad lo de haber nacido hetero, o lesbiana más bien, es una realidad en la que piensas cada día dada la escasa motivación que te producen los integrantes del sexo masculino que están en el mercado, pero dicho así le haces sentir especial y quedas de puta madre).
En quinto lugar, para los frívolos y calenturientos de mente, tenemos el streptease sorpresa. Preséntate en su casa equipado únicamente de una pajarita, un tanga de leopardo o de estos que llevan la trompa de un elefante (que por supuesto tendrás que rellenar, así que vete comprando también una bolsita de algodón), una pamela rosa y un par de zapatillas de rinocerontes de las que rugen al andar. Cuando se quede embobado mirándote (porque de que se quede alucinado al verte así puedes estar seguro) le dices aquello de: "¿Quieres un bombón? Pues aquí tienes uno" mientras te pasas las manos por tu torso desnudo (como si estuvieras tremendo o algo). Comerte no te vas a comer ná (a menos que el individuo sea especialmente rarito) pero lo que se van a reír tus amigos (y los de él) cuando lo cuentes será memorable por los siglos de los siglos.
La última opción consiste en la estudiada técnica de hacerte el duro. Para aquellos rezagados que aún no lo hayan probado (algo de extrañar porque está a la orden del día) consiste en hacer como que la otra persona no te importa lo más mínimo, pero dejando ver de cuando en cuando que sí, que lo vuestro podría ser. Como siempre digo, admitámoslo, tira mucho que pasen de ti y te dejen con la miel en los labios. Eso sí, para esto hay que saber jugar y no puedes permitir que el sujeto en cuestión se aburra, sino que hay que darle la de cal y la de arena para que se desquicie lo suficiente como para que se agarre a tu persona como a un clavo ardiendo.
Si nada de esto surte efecto y el individuo te rechaza vilmente, no temas: el mundo no se acaba, no te vas a morir sin estar con él y, por supuesto, hay muchos peces en el mar. Y no vale pensar que ninguno como él. Al fin y al cabo, esto es un rasca y gana y, la favorita del público, él se lo pierde (y esto hay que decirlo con firmeza tres veces al día mirándote fijamente al espejo).
Y si estas premisas básicas de la sabiduría popular siguen sin funcionar existe un remedio infalible para olvidar. Pero eso, mejor, lo dejamos para el próximo post :)
El Derecho a Llorar
El otro día hablaba yo con cierto bloguero de nuestros más y nuestros menos en la vida (sí, mis conversaciones se reducen a confirmar que soy un rallado sociológicamente hablando y que tengo un problema neuronal basado en el análisis social) y llegamos a la conclusión de que había que estar bien a la fuerza, que uno tiene que sonreír por narices y que, en general, hay que presentar en la cara vista un anuncio de signal, como nos decía Anita Torroja en aquel "Me Cuesta Tanto Olvidarte" (y no en vano la canción es para cortarse las venas y expresa mucha tristeza).
Yo entiendo que tal y como se desarrollan nuestras vidas lo que menos le apetece a la gente es escuchar penas, presentir cataratas lacrimógenas y vivir problemas ajenos cuando cada cual tiene ya bastante con los suyos. Es lo que se conoce como "Ríe y el mundo reirá contigo. Llora y llorarás solo, seguro." No obstante, imagino que parte de esta regla socialmente consensuada a nivel inconsciente, se basa en que, normalmente nos engañamos para tirar para delante. Algunos lo hacen inventando mundos nuevos, otro alimentando falsas esperanzas y alguno que otro recurre a métodos de evasión que varían desde el señor Ballantines hasta ver el Tomate. La cuestión es no mirar para adentro en un acto de dejarse llevar por la inercia, no rendirse y tirar p'alante mirando a un futuro. Poco alentador, pero un futuro, al fin y al cabo. Y que venga alguien a recordarnos lo triste que es la vida no nos congratula, que para eso ya tenemos el programa "Gente".
La cosa es que tienes que estar bien por obligación. Y esto me trae a la memoria algo que otro bloguero diría en semejantes instantes que vendría a ser que "estar bien por obligación es de pobres". Lo que quiero decir es que si las cosas no se hacen con verdadero esmero... ¿de qué sirven? No se pueden forzar las sonrisas, no se puede engañar al mundo y a uno mismo pretendiendo estar bien cuando sabes perfectamente que estás como para que te den una patada en el culo y te manden a que el psicólogo más cercano se forre con tus neuras. Y no me digáis que no habéis tenido numerosos momentos en los que habéis hecho ver a cualquiera en vuestro entorno que estabais como unas castañuelas y en cuanto ha sonado la última de Luis Fonsi en la radio os ha salido la lagrimilla rebelde y os habéis retirado con la excusa de haberos dejado la plancha enchufada o de que se os ha metido una virutilla en el ojo (que no en el ojete).
Claro, así no me extraña que exista eso que llamamos el Ánimo Pendular o montaña rusa emocional, ya que este esfuerzo sobrehumano unido a las consecuencias del cambio climático (pasar de estar paseando en manga corta a tener que coger el chaquetón porque se os han formado carámbanos en los pelillos de la nariz no puede ser bueno y seguro que desquicia a más de uno) hace que tengamos un momento bipolar que ríase Raquel Mosquera.
Porque así es, el mundo te exige que seas feliz. La gente te pide que sonrías, que hables de banalidades, que seas positivo, que veas la vida de color de rosa. Que cuando camines parezca que te has despertado en un anuncio de compresas y las preguntas más profundas que te hagas sean "¿A qué huelen las nubes? ¿Y las compresas con alas?". Nos quieren transformar a todos en copias robotizadas de Silke, insípidas y sin credibilidad. Eso sí, pedir todo lo que queráis y más, pero ninguno se va a encargar de ponéroslo más fácil. Es más, si me apuráis, hasta puede que os lo hagan más difícil a propósito. Y luego me llaman a mí retorcido...
Estar triste un día, echar una lagrimilla, expresar que te sientes solo, que te parece que tu vida es una mierda o que no tienes salida no está bien visto, nenes. Casi te mirarían mejor si te pusieras unos leotardos y unos calcetines de rallas rosas encima y aparecieras en mitad de cualquier calle concurrida cantando el What a Feeling. Porque esto último es síntoma de que molas, de que estás como una cabra y que eres taco de feliz. Que un día te sientes en el banco de un parque a plantearte como funciona el mundo y que necesitas un descanso porque estás derrotado de tanto luchar a contracorriente no es bueno, no es un gran ejemplo para todas esa gran cantidad de gente tan feliz y tan genial que pulula a tu alrededor. Bueno, no, ellos también tendrán momentos de bajón, pero para cuando eso ocurra pedirán que los escuches sin acordarse del caso omiso que te hicieron a ti cuando de verdad lo necesitabas. Porque en el fondo, tus problemas son solo tonterías. Lo de ellos, que se hayan roto una uña con el abrecartas cuando miraban la correspondencia de Vodafone informando de su saldo de puntos, es el mayor trauma de la historia.
No digo que se alimente la autocompasión de las personas, que tampoco es plan de que el sujeto se convierta en el drama queen más reconocido del reino gay español, y que su nuevo modo de vida sea el victimismo llevado hasta límites insospechados (con la consiguiente estrategia de ligar dando pena, que los hay a montones). Pero yo creo que está claro que para estar mejor la solución no es correr un estúpido velo sobre lo que te preocupa, sino aceptarlo, expresarlo y afrontarlo. Y que alguien nos escuche sin que esté demasiado ocupado para responderte a tus incógnitas existenciales pensando en la lista de la compra. Pero eso es mucho pedir y seguramente estarán más interesados en la vida del Cachuli que en la tuya. Que vale, que tú no has sacado montones de billetes del ayuntamiento en una bolsa con el símbolo del euro, pero también tienes derecho a que alguien muestre verdadero interés por lo que te ocurre.
Así que... que nadie os diga que no podéis estar triste y que cuando os quejáis lo hacéis de vicio. Estáis en vuestro derecho de descargar lo que lleváis dentro (y que nadie pienses cosas guarras), desahogaros, explotar, llorar, ironizar y frivolizar para que cuando después sonríais no sea de manera falsa y forzada, sino que provenga directamente desde el corazón.
Esas, y no otras, las que no ocultan tristeza, son las sonrisas que enamoran y que mueven el mundo. Las de verdad.
Yo entiendo que tal y como se desarrollan nuestras vidas lo que menos le apetece a la gente es escuchar penas, presentir cataratas lacrimógenas y vivir problemas ajenos cuando cada cual tiene ya bastante con los suyos. Es lo que se conoce como "Ríe y el mundo reirá contigo. Llora y llorarás solo, seguro." No obstante, imagino que parte de esta regla socialmente consensuada a nivel inconsciente, se basa en que, normalmente nos engañamos para tirar para delante. Algunos lo hacen inventando mundos nuevos, otro alimentando falsas esperanzas y alguno que otro recurre a métodos de evasión que varían desde el señor Ballantines hasta ver el Tomate. La cuestión es no mirar para adentro en un acto de dejarse llevar por la inercia, no rendirse y tirar p'alante mirando a un futuro. Poco alentador, pero un futuro, al fin y al cabo. Y que venga alguien a recordarnos lo triste que es la vida no nos congratula, que para eso ya tenemos el programa "Gente".
La cosa es que tienes que estar bien por obligación. Y esto me trae a la memoria algo que otro bloguero diría en semejantes instantes que vendría a ser que "estar bien por obligación es de pobres". Lo que quiero decir es que si las cosas no se hacen con verdadero esmero... ¿de qué sirven? No se pueden forzar las sonrisas, no se puede engañar al mundo y a uno mismo pretendiendo estar bien cuando sabes perfectamente que estás como para que te den una patada en el culo y te manden a que el psicólogo más cercano se forre con tus neuras. Y no me digáis que no habéis tenido numerosos momentos en los que habéis hecho ver a cualquiera en vuestro entorno que estabais como unas castañuelas y en cuanto ha sonado la última de Luis Fonsi en la radio os ha salido la lagrimilla rebelde y os habéis retirado con la excusa de haberos dejado la plancha enchufada o de que se os ha metido una virutilla en el ojo (que no en el ojete).
Claro, así no me extraña que exista eso que llamamos el Ánimo Pendular o montaña rusa emocional, ya que este esfuerzo sobrehumano unido a las consecuencias del cambio climático (pasar de estar paseando en manga corta a tener que coger el chaquetón porque se os han formado carámbanos en los pelillos de la nariz no puede ser bueno y seguro que desquicia a más de uno) hace que tengamos un momento bipolar que ríase Raquel Mosquera.
Porque así es, el mundo te exige que seas feliz. La gente te pide que sonrías, que hables de banalidades, que seas positivo, que veas la vida de color de rosa. Que cuando camines parezca que te has despertado en un anuncio de compresas y las preguntas más profundas que te hagas sean "¿A qué huelen las nubes? ¿Y las compresas con alas?". Nos quieren transformar a todos en copias robotizadas de Silke, insípidas y sin credibilidad. Eso sí, pedir todo lo que queráis y más, pero ninguno se va a encargar de ponéroslo más fácil. Es más, si me apuráis, hasta puede que os lo hagan más difícil a propósito. Y luego me llaman a mí retorcido...
Estar triste un día, echar una lagrimilla, expresar que te sientes solo, que te parece que tu vida es una mierda o que no tienes salida no está bien visto, nenes. Casi te mirarían mejor si te pusieras unos leotardos y unos calcetines de rallas rosas encima y aparecieras en mitad de cualquier calle concurrida cantando el What a Feeling. Porque esto último es síntoma de que molas, de que estás como una cabra y que eres taco de feliz. Que un día te sientes en el banco de un parque a plantearte como funciona el mundo y que necesitas un descanso porque estás derrotado de tanto luchar a contracorriente no es bueno, no es un gran ejemplo para todas esa gran cantidad de gente tan feliz y tan genial que pulula a tu alrededor. Bueno, no, ellos también tendrán momentos de bajón, pero para cuando eso ocurra pedirán que los escuches sin acordarse del caso omiso que te hicieron a ti cuando de verdad lo necesitabas. Porque en el fondo, tus problemas son solo tonterías. Lo de ellos, que se hayan roto una uña con el abrecartas cuando miraban la correspondencia de Vodafone informando de su saldo de puntos, es el mayor trauma de la historia.
No digo que se alimente la autocompasión de las personas, que tampoco es plan de que el sujeto se convierta en el drama queen más reconocido del reino gay español, y que su nuevo modo de vida sea el victimismo llevado hasta límites insospechados (con la consiguiente estrategia de ligar dando pena, que los hay a montones). Pero yo creo que está claro que para estar mejor la solución no es correr un estúpido velo sobre lo que te preocupa, sino aceptarlo, expresarlo y afrontarlo. Y que alguien nos escuche sin que esté demasiado ocupado para responderte a tus incógnitas existenciales pensando en la lista de la compra. Pero eso es mucho pedir y seguramente estarán más interesados en la vida del Cachuli que en la tuya. Que vale, que tú no has sacado montones de billetes del ayuntamiento en una bolsa con el símbolo del euro, pero también tienes derecho a que alguien muestre verdadero interés por lo que te ocurre.
Así que... que nadie os diga que no podéis estar triste y que cuando os quejáis lo hacéis de vicio. Estáis en vuestro derecho de descargar lo que lleváis dentro (y que nadie pienses cosas guarras), desahogaros, explotar, llorar, ironizar y frivolizar para que cuando después sonríais no sea de manera falsa y forzada, sino que provenga directamente desde el corazón.
Esas, y no otras, las que no ocultan tristeza, son las sonrisas que enamoran y que mueven el mundo. Las de verdad.
En Vivo y en Directo
El jueves pasado pude disfrutar de un concierto con la Jefa Ema y el Guiri. Lo cierto es que no estuvo nada mal, pero me hizo recordar otras experiencias pasadas que no fueron ni tan cómodas ni tan fructíferas.
Y es que no me negaréis que hay veces en las que piensas que mejor te quedas en casa en lugar de asistir a tan bochornosos espectáculos. Porque hay conciertos que son tooooda una odisea. Es como lo de montarse en atracciones que hacen que te marees hasta la saciedad y vomites hasta el primer tarrito de Nutribén que te dio tu madre: nunca he llegado a entender como la gente se monta una y otra vez con las mismas consecuencias. Claro que todo depende del tipo de música, si el artista es muy conocido y, sobre todo, del lugar donde se celebre. Porque no es lo mismo un teatro en el que disfrutas de la pausada voz de Erykah Badú tranquilamente sentadito en tu butaca que una plaza de toros en la que sabes que hay alguien a lo lejos pero no lo distinguirías ni con unos prismáticos. Tengamos en cuenta varios factores para que sepáis de lo que hablo:
- La cercanía. Todos estaremos de acuerdo en que cuando pagas por una actuación, esperas estar lo más cerca del escenario que puedas. Este hecho no cuenta cuando las localidades están numeradas en plan butacas, pero ¿qué pasa cuando vas a un polideportivo con capacidad para 20 mil personas? En primer lugar tienes que sacar de tu interior la fan de los Backstreet Boys que todos llevamos dentro para irte como cuatro horas antes (mínimo) y esperar bocadillo y botella de Manjarón en mano la interminable cola para luego ocupar un sitio en el que se ve al muchacho/a que canta (si es que es realmente él) igual que si vieras una pulga posada en el cuello de un chucho. A esa distancia será probable que oigas con más claridad los rugidos de tu estómago (porque el bocata te lo tiró una furcia hace dos horas mientras brincaba de la emoción y te metía las tetas en la cara sin ningún pudor) que la canción que está sonando.
- Empujones, pisotones y otras lindezas. Si logras ponerte cerca del escenario, sí, podrás verle los pelillos de la nariz a las integrantes de Destiny's Child (y el paquete a los bailarines), pero sentirás una sensación de asfixia que nada tiene que ver con lo psicológico. Porque el de la izquierda te está metiendo el codo entre las costillas, el de atrás te empuja como si esa fuera la fórmula mágica para conseguir tres mil euros de un plumazo y el de la derecha debe llevar quince meses sin ducharse mínimo, porque le canta el sobaco más que a la Beyoncé las cuerdas vocales (que ya es decir). Y el que está encima tuya (porque es que casi podría parecer tu novio y que te lo estás montando con él) tiene la fantástica manía de brincar en el medio centímetro cuadrado que compartís los dos como buenos hermanos. Con lo cual, las ganas de sacar una recortá, subirte al escenario y liarte a tiros aumentarán progresivamente tema tras tema.
- Momento Singstar. Es muy típico en los conciertos eso de que la gente se sepa las canciones y las tararee. Claro, yo lo entiendo. Lo que no comprendo es que la gente grite hasta tal punto que no se entienda nada, ni al cantante ni a ellos. Si es en inglés es mucho peor porque puede pasar que de "We are chillin' over here" la cosa degrade hasta "brbrbrbr echa la lejíaaaa". Y además, te chillan en la oreja. Tú no puedes evitar sentir la tentación de dirigirte a esa buena persona y comentarle que la próxima vez te dé la dirección de su casa y que le abonas directamente el dinero de la entrada en su cuenta bancaria y ya si eso lo escuchas atentamente desde un sofá. Que será el mismo suplicio auditivo, pero, al menos, estarás más cómodo (el tono de este mensaje varía dependiendo de lo bueno que esté el tío que se está desgañitando).
- En malas compañías. Sucede que siempre, sobre todo si tienes la suerte de Paper, el que está justo a tu lado es:
a. Uno que va puesto hasta las cejas de cualquier sustancia de dudosa procedencia, que no sabe ni como ha llegado al concierto y que, además, te confiesa que no tiene ni puta idea de quien canta (porque además estrecháis relaciones, como no hacerlo cuando te estaba metiendo el codo en el ojo). Puede ser peor, el que va drogrado puede ser el cantante, que tras inventarse las letras de las canciones, decir claramente que pasa del público y cantar tres temas con la misma voz y los mismos sonidos guturales del Pozi anuncie que se retira a sus aposentos a seguir disfrutando de su juerga de polvillo blanco. Esto y tirar los veinte o treinta euros que te haya costado la entrada por la ventanilla del coche en plena autovía viene a ser lo mismo.
b. Un fan entregado que no deja de hacer fotos, gritar, cantar, sudar, saltar, vociferar, llorar, pisotear, desgañitarse y llamar la atención del cantante justo a tu lado. Claro, en medio de quince mil asistentes, seguro que el cantante puesto hasta las cejas se fija en ti. Estos son los típicos que han seguido la gira desde que comenzó en Carratraca (y digo yo, ¿es que estas personas no trabajan ni nada?), que llevan la cara pintada y que se han pasado un siglo en la puerta del pabellón (tanto así que casi formaban parte del mobiliario).
c. El que no deja de dar calor y aprovecha cualquier excusa para ligar y refregarse con el personal. Todo un clásico. Se aprovecha de la fricción y te pide que le hagas una foto con sus amigos. A la distancia a la que puedes situarte le sacas una del lóbulo de la oreja izquierda, que es todo lo que puedes llegar a captar. Tras esto se cree en todo el derecho del mundo de tocarte cada vez que se le antoje con la manida excusa de "uy, que me empujan". A lo que tú respondes: "A mí también, pero no le he pegado el paquete al de delante ni una sola vez, ¿sabes?".
d. El que no pinta nada allí porque no le gusta ni nada, pero ha ido con su novia, para darle el gusto. Como será el típico novio, se pasará medio concierto quejándose y llevará en su mano una cervecita que no dudes ni por un segundo que acabará derramada sobre tu mochila/bolso/chaqueta con el consiguiente hedor y malestar pegajoso para añadir a tu lista de incomodidades. Además, nadie, ninguna de las trescientas personas que te tocan con alguna parte de su cuerpo, lleva cleenex.
e. La persona que menos ganas tienes de ver. Tu ex. Veinte mil localidades vendidas y el muy cabrón se tiene que poner justo a dos milímetros de ti. Y ahora no puedes ir de digno y marcharte con la cabeza bien alta porque pierdes el dinero del concierto y encima le das el gustazo, así que aguantas el tipo y cuando suena una balada te haces el duro mordiéndote el labio y dejando que el de la foto con sus amigos te meta mano y cree confusión (aprovecharse de la coyuntura, que se llama la cosa).
Por supuesto, una vez allí en medio, con todas estas circunstancias e incapaz de salir corriendo, lo único que te queda es disfrutar y reírte.
Más o menos lo mismo que ocurre muchas veces con cualquier situación embarazosa de tu vida. No sé qué haríamos muchos de nosotros sin el humor.
Y es que no me negaréis que hay veces en las que piensas que mejor te quedas en casa en lugar de asistir a tan bochornosos espectáculos. Porque hay conciertos que son tooooda una odisea. Es como lo de montarse en atracciones que hacen que te marees hasta la saciedad y vomites hasta el primer tarrito de Nutribén que te dio tu madre: nunca he llegado a entender como la gente se monta una y otra vez con las mismas consecuencias. Claro que todo depende del tipo de música, si el artista es muy conocido y, sobre todo, del lugar donde se celebre. Porque no es lo mismo un teatro en el que disfrutas de la pausada voz de Erykah Badú tranquilamente sentadito en tu butaca que una plaza de toros en la que sabes que hay alguien a lo lejos pero no lo distinguirías ni con unos prismáticos. Tengamos en cuenta varios factores para que sepáis de lo que hablo:
- La cercanía. Todos estaremos de acuerdo en que cuando pagas por una actuación, esperas estar lo más cerca del escenario que puedas. Este hecho no cuenta cuando las localidades están numeradas en plan butacas, pero ¿qué pasa cuando vas a un polideportivo con capacidad para 20 mil personas? En primer lugar tienes que sacar de tu interior la fan de los Backstreet Boys que todos llevamos dentro para irte como cuatro horas antes (mínimo) y esperar bocadillo y botella de Manjarón en mano la interminable cola para luego ocupar un sitio en el que se ve al muchacho/a que canta (si es que es realmente él) igual que si vieras una pulga posada en el cuello de un chucho. A esa distancia será probable que oigas con más claridad los rugidos de tu estómago (porque el bocata te lo tiró una furcia hace dos horas mientras brincaba de la emoción y te metía las tetas en la cara sin ningún pudor) que la canción que está sonando.
- Empujones, pisotones y otras lindezas. Si logras ponerte cerca del escenario, sí, podrás verle los pelillos de la nariz a las integrantes de Destiny's Child (y el paquete a los bailarines), pero sentirás una sensación de asfixia que nada tiene que ver con lo psicológico. Porque el de la izquierda te está metiendo el codo entre las costillas, el de atrás te empuja como si esa fuera la fórmula mágica para conseguir tres mil euros de un plumazo y el de la derecha debe llevar quince meses sin ducharse mínimo, porque le canta el sobaco más que a la Beyoncé las cuerdas vocales (que ya es decir). Y el que está encima tuya (porque es que casi podría parecer tu novio y que te lo estás montando con él) tiene la fantástica manía de brincar en el medio centímetro cuadrado que compartís los dos como buenos hermanos. Con lo cual, las ganas de sacar una recortá, subirte al escenario y liarte a tiros aumentarán progresivamente tema tras tema.
- Momento Singstar. Es muy típico en los conciertos eso de que la gente se sepa las canciones y las tararee. Claro, yo lo entiendo. Lo que no comprendo es que la gente grite hasta tal punto que no se entienda nada, ni al cantante ni a ellos. Si es en inglés es mucho peor porque puede pasar que de "We are chillin' over here" la cosa degrade hasta "brbrbrbr echa la lejíaaaa". Y además, te chillan en la oreja. Tú no puedes evitar sentir la tentación de dirigirte a esa buena persona y comentarle que la próxima vez te dé la dirección de su casa y que le abonas directamente el dinero de la entrada en su cuenta bancaria y ya si eso lo escuchas atentamente desde un sofá. Que será el mismo suplicio auditivo, pero, al menos, estarás más cómodo (el tono de este mensaje varía dependiendo de lo bueno que esté el tío que se está desgañitando).
- En malas compañías. Sucede que siempre, sobre todo si tienes la suerte de Paper, el que está justo a tu lado es:
a. Uno que va puesto hasta las cejas de cualquier sustancia de dudosa procedencia, que no sabe ni como ha llegado al concierto y que, además, te confiesa que no tiene ni puta idea de quien canta (porque además estrecháis relaciones, como no hacerlo cuando te estaba metiendo el codo en el ojo). Puede ser peor, el que va drogrado puede ser el cantante, que tras inventarse las letras de las canciones, decir claramente que pasa del público y cantar tres temas con la misma voz y los mismos sonidos guturales del Pozi anuncie que se retira a sus aposentos a seguir disfrutando de su juerga de polvillo blanco. Esto y tirar los veinte o treinta euros que te haya costado la entrada por la ventanilla del coche en plena autovía viene a ser lo mismo.
b. Un fan entregado que no deja de hacer fotos, gritar, cantar, sudar, saltar, vociferar, llorar, pisotear, desgañitarse y llamar la atención del cantante justo a tu lado. Claro, en medio de quince mil asistentes, seguro que el cantante puesto hasta las cejas se fija en ti. Estos son los típicos que han seguido la gira desde que comenzó en Carratraca (y digo yo, ¿es que estas personas no trabajan ni nada?), que llevan la cara pintada y que se han pasado un siglo en la puerta del pabellón (tanto así que casi formaban parte del mobiliario).
c. El que no deja de dar calor y aprovecha cualquier excusa para ligar y refregarse con el personal. Todo un clásico. Se aprovecha de la fricción y te pide que le hagas una foto con sus amigos. A la distancia a la que puedes situarte le sacas una del lóbulo de la oreja izquierda, que es todo lo que puedes llegar a captar. Tras esto se cree en todo el derecho del mundo de tocarte cada vez que se le antoje con la manida excusa de "uy, que me empujan". A lo que tú respondes: "A mí también, pero no le he pegado el paquete al de delante ni una sola vez, ¿sabes?".
d. El que no pinta nada allí porque no le gusta ni nada, pero ha ido con su novia, para darle el gusto. Como será el típico novio, se pasará medio concierto quejándose y llevará en su mano una cervecita que no dudes ni por un segundo que acabará derramada sobre tu mochila/bolso/chaqueta con el consiguiente hedor y malestar pegajoso para añadir a tu lista de incomodidades. Además, nadie, ninguna de las trescientas personas que te tocan con alguna parte de su cuerpo, lleva cleenex.
e. La persona que menos ganas tienes de ver. Tu ex. Veinte mil localidades vendidas y el muy cabrón se tiene que poner justo a dos milímetros de ti. Y ahora no puedes ir de digno y marcharte con la cabeza bien alta porque pierdes el dinero del concierto y encima le das el gustazo, así que aguantas el tipo y cuando suena una balada te haces el duro mordiéndote el labio y dejando que el de la foto con sus amigos te meta mano y cree confusión (aprovecharse de la coyuntura, que se llama la cosa).
Por supuesto, una vez allí en medio, con todas estas circunstancias e incapaz de salir corriendo, lo único que te queda es disfrutar y reírte.
Más o menos lo mismo que ocurre muchas veces con cualquier situación embarazosa de tu vida. No sé qué haríamos muchos de nosotros sin el humor.
El Intrépetre
Uno, que ha estudiado mucho en estos días atrás para ser un mariquita de provecho, ha encontrado que en el Trabajo Social existen diferentes teorías a la hora de llevar a cabo la intervención social. Una de ellas es la que se centra en la subjetividad, la interpretación de las situaciones sociales que viven los sujetos inmersos en ellas. Esto, que suena a un rollo de narices, es la mar de práctico, porque lo que nos viene a contar es que los seres humanos queremos significar algo con nuestra conducta, de modo que no vale aquello que me intentan vender cuando me llaman rallado (y con razón, pero esa es otra historia) y que no hay que buscarle los tres pies al gato porque, sencillamente, no los tiene.
Váyase usted a saber por qué (aunque si me hago un psicoanálisis seguro que el motivo claro de esto es que quiero un mundo nuevo y como esto es algo completamente imposible me encuentro en la tesitura de entender el que tengo, trabajosamente y a través de un blog descabellado de esos de internet para gente rara) el menda se considera con capacidades pseudofilosóficas y se exprime todas y cada una de las neuronas tratando de dar un sentido a la vida (en lugar de forrarse alquilándolas, que tal y como está el patio, se desprende que hay gran escasez).
Por poner un ejemplo, imagina que estás apoyado en la barra de la parada del bus mirando las musarañas y haciendo gala de la expresión de agilipollado mental que te caracteriza y entonces un buenorro se acerca peligrosamente por la derecha y se para justo al lado tuya para estudiar los horarios y el recorrido de la línea que se supone que pasa por allí cada diez minutos (algo totalmente falso, porque tú llevas media hora y lo único que has visto moverse han sido tus manos buscando el móvil una y otra vez para mirar lo tarde que llegas). Sobre este hecho puedes realizar diversas interpretaciones:
a. Se ha acercado hasta ti con la excusa de rozarse contigo, ya que despides un tipo de hedor extraño producto de tu colonia de bajo presupuesto que, mezclado con el sudor de los 40 grados repentinos en pleno mes de febrero, ha hecho que se vuelva medio loco por olerte y estar cerca tuya.
b. En realidad le pica la cebolleta, de modo que haciendo como el que no se da cuenta, en el momento que crea más oportuno se girará y te pegará el paquete al más puro estilo “actor activo de película porno”.
c. Se ha quedado perdidamente enamorado de tu sonrisa, de modo que ahora siente el deseo irrefrenable de no dejarte escapar y te pedirá el teléfono y hasta el número del DNI para poner nombres y apellidos a sus sueños amorosos que transcurren en cualquier altar vestido de blanco. ¿Qué pasa? A mí esto me ocurre tres veces a la semana, por lo menos.
d. El verdadero propósito de su acercamiento ha sido tenerte cerca, porque es horriblemente feo (y, por consiguiente, el hecho de que quiera ligar contigo ya no te parece probable en esa extraña regla de tres que hacemos mentalmente de que solo aquellas personas que nos agradan pueden sentirse atraídas por nosotros) y quiere que se le pegue esa belleza de pasarela Cibeles que tú llevas con altivez desde el mismo momento en el que te levantas de la cama con los ojos pegados.
e. Quiere mirar los horarios y líneas de autobuses. Ni siquiera se ha dado cuenta de que estás ahí apoyado (pero como no se va a dar cuenta, por dios, con lo guapo, atractivo, estupendo, maravilloso y encantador que tú eres. Ah, ¿qué no lo soy? Eso explicaría muchas cosas...).
Si a ello añadimos pequeños pero efectivos detalles, como el hecho de que te haya lanzado una miradita de “tú lo sabes y yo lo sé”, que te haya sonreído más de la cuenta o que permanezca parado delante del blanco de la marquesina porque hace dos meses que los gamberros del barrio le prendieron fuego al papel que contenía la información que se supone que el individuo está mirando, con tu capacidad deductiva de Colombo, en conjunto, puede resultarte ligeramente sospechoso.
Y ¿qué hay de cuando tu jefa se acerca a ti con una grata sonrisa y te pregunta cómo estás para darte después un beso en la coronilla a modo de hijo protegido? ¿Es que crees que ella es así de radiante y bondadosa teniendo en cuenta que cinco minutos antes ha estado gritándole a tu compañero para echarlo a la calle de una patada en el culo que todavía le debe estar doliendo? No, hijo, no. Lo que pasa es que está preparando el terreno porque en cuestión de minutos empezará a agobiarte con millones de trabajos sorpresa de esos que tanto te gustan y que según palabras textuales tendrían que estar listos para ayer. Vértelas venir constituye un instinto de supervivencia, una manera de que no te pillen por sorpresa y te quedes medio loco del susto (que uno es muy sensible. Bueno, vale, rectifico, que uno era muy sensible).
A este respecto, un tal Hollis dice:
- Las acciones humanas tienen significado (pues claro). Encarnan intenciones, expresan emociones. El individuo quiere significar algo con ellas. Y si no, ¿a cuento de qué miras quinientas veces al chico que baila en la esquina de la discoteca? ¿Por qué te gusta su jersey? ¿O porque estás admirando la mierda que tiene la pared en la zona que casualmente se sitúa justo detrás de él?
- Las conexiones entre acción, pensamiento y lenguaje son íntimas. Y esto no quiere decir que se lo monten en un trío (que ya os gustaría a algunos) sino que existe un lenguaje comúnmente compartido de modo que lo que hacemos y pensamos tiene un significado, que el resto de las personas puede descifrar (todo es ponerse).
- A diferencia de los animales (los que puedan diferenciarse, quedando excluido, por lo tanto, el 50 por ciento de la población general y el 80 por ciento de los integrantes del sexo masculino), las prácticas humanas están empapadas de expectativas normativas. Es decir, esperas que el buenorro te siga el rollo, lo que no sabes es que esto generará una sensación de vergüenza y ridículo cuando pase de ti haciéndose el ambiguo (típicamente el ¿¿yo?? Pos si yo no he hecho naaaaaa).
- El significado de las acciones depende del modelo de mundo social que está en la mente de los actores. Lo cual quiere decir que servidor, que es la mar de retorcido, tiene en su cabeza un mundo movido por segundas intenciones, dobles raseros, extrañas coincidencias que luego no lo son y ambigüedades que te dejan con la boca más abierta que una muñeca hinchable cuando pretendes corroborar que son ciertas.
Total, que no sé por qué narices me empeño en ver cosas donde no las hay. Con lo complicado que es todo de esta forma y lo a gusto que podría vivir yo haciéndome el sueco, en la ignorancia y en la inocencia, sin interpretar y guiándome solamente por lo que los ojos físicos ven. Es cierto eso de que mirar con los ojos de la mente o del corazón (esta última denominación para aquellos que hayan seguido Pasión de Buitres Carroñeros) no puede traer nada bueno y, de hecho, hace que acabes hasta el ojete. Porque nadie en su locura admitiría jamás sus segundas intenciones y te daría la razón, ya que esto supondría un síntoma de debilidad o vulnerabilidad. Y digo locura, porque el sano juicio consistiría en justo lo contrario: decir lo que quieres decir. Ya sea con hechos (que siempre hablan más fuerte) o con palabras.
Ya que ser claro no está de moda, debería desarrollar más mi capacidad indolente, mi complejo de Leticia Sabater. Nada, mañana me compro un par de globos, una peluca rubia y un loro de plástico, con el que compartiré interesantes conversaciones acerca de cuál es mi lado bueno y del morbo que tiene el carnicero del Mercadona con ese pedazo de cuchillo en la mano, símbolo inequívoco de lo que guarda entre sus piernas.
Si total... me va igual de mal viéndomelas venir...
Váyase usted a saber por qué (aunque si me hago un psicoanálisis seguro que el motivo claro de esto es que quiero un mundo nuevo y como esto es algo completamente imposible me encuentro en la tesitura de entender el que tengo, trabajosamente y a través de un blog descabellado de esos de internet para gente rara) el menda se considera con capacidades pseudofilosóficas y se exprime todas y cada una de las neuronas tratando de dar un sentido a la vida (en lugar de forrarse alquilándolas, que tal y como está el patio, se desprende que hay gran escasez).
Por poner un ejemplo, imagina que estás apoyado en la barra de la parada del bus mirando las musarañas y haciendo gala de la expresión de agilipollado mental que te caracteriza y entonces un buenorro se acerca peligrosamente por la derecha y se para justo al lado tuya para estudiar los horarios y el recorrido de la línea que se supone que pasa por allí cada diez minutos (algo totalmente falso, porque tú llevas media hora y lo único que has visto moverse han sido tus manos buscando el móvil una y otra vez para mirar lo tarde que llegas). Sobre este hecho puedes realizar diversas interpretaciones:
a. Se ha acercado hasta ti con la excusa de rozarse contigo, ya que despides un tipo de hedor extraño producto de tu colonia de bajo presupuesto que, mezclado con el sudor de los 40 grados repentinos en pleno mes de febrero, ha hecho que se vuelva medio loco por olerte y estar cerca tuya.
b. En realidad le pica la cebolleta, de modo que haciendo como el que no se da cuenta, en el momento que crea más oportuno se girará y te pegará el paquete al más puro estilo “actor activo de película porno”.
c. Se ha quedado perdidamente enamorado de tu sonrisa, de modo que ahora siente el deseo irrefrenable de no dejarte escapar y te pedirá el teléfono y hasta el número del DNI para poner nombres y apellidos a sus sueños amorosos que transcurren en cualquier altar vestido de blanco. ¿Qué pasa? A mí esto me ocurre tres veces a la semana, por lo menos.
d. El verdadero propósito de su acercamiento ha sido tenerte cerca, porque es horriblemente feo (y, por consiguiente, el hecho de que quiera ligar contigo ya no te parece probable en esa extraña regla de tres que hacemos mentalmente de que solo aquellas personas que nos agradan pueden sentirse atraídas por nosotros) y quiere que se le pegue esa belleza de pasarela Cibeles que tú llevas con altivez desde el mismo momento en el que te levantas de la cama con los ojos pegados.
e. Quiere mirar los horarios y líneas de autobuses. Ni siquiera se ha dado cuenta de que estás ahí apoyado (pero como no se va a dar cuenta, por dios, con lo guapo, atractivo, estupendo, maravilloso y encantador que tú eres. Ah, ¿qué no lo soy? Eso explicaría muchas cosas...).
Si a ello añadimos pequeños pero efectivos detalles, como el hecho de que te haya lanzado una miradita de “tú lo sabes y yo lo sé”, que te haya sonreído más de la cuenta o que permanezca parado delante del blanco de la marquesina porque hace dos meses que los gamberros del barrio le prendieron fuego al papel que contenía la información que se supone que el individuo está mirando, con tu capacidad deductiva de Colombo, en conjunto, puede resultarte ligeramente sospechoso.
Y ¿qué hay de cuando tu jefa se acerca a ti con una grata sonrisa y te pregunta cómo estás para darte después un beso en la coronilla a modo de hijo protegido? ¿Es que crees que ella es así de radiante y bondadosa teniendo en cuenta que cinco minutos antes ha estado gritándole a tu compañero para echarlo a la calle de una patada en el culo que todavía le debe estar doliendo? No, hijo, no. Lo que pasa es que está preparando el terreno porque en cuestión de minutos empezará a agobiarte con millones de trabajos sorpresa de esos que tanto te gustan y que según palabras textuales tendrían que estar listos para ayer. Vértelas venir constituye un instinto de supervivencia, una manera de que no te pillen por sorpresa y te quedes medio loco del susto (que uno es muy sensible. Bueno, vale, rectifico, que uno era muy sensible).
A este respecto, un tal Hollis dice:
- Las acciones humanas tienen significado (pues claro). Encarnan intenciones, expresan emociones. El individuo quiere significar algo con ellas. Y si no, ¿a cuento de qué miras quinientas veces al chico que baila en la esquina de la discoteca? ¿Por qué te gusta su jersey? ¿O porque estás admirando la mierda que tiene la pared en la zona que casualmente se sitúa justo detrás de él?
- Las conexiones entre acción, pensamiento y lenguaje son íntimas. Y esto no quiere decir que se lo monten en un trío (que ya os gustaría a algunos) sino que existe un lenguaje comúnmente compartido de modo que lo que hacemos y pensamos tiene un significado, que el resto de las personas puede descifrar (todo es ponerse).
- A diferencia de los animales (los que puedan diferenciarse, quedando excluido, por lo tanto, el 50 por ciento de la población general y el 80 por ciento de los integrantes del sexo masculino), las prácticas humanas están empapadas de expectativas normativas. Es decir, esperas que el buenorro te siga el rollo, lo que no sabes es que esto generará una sensación de vergüenza y ridículo cuando pase de ti haciéndose el ambiguo (típicamente el ¿¿yo?? Pos si yo no he hecho naaaaaa).
- El significado de las acciones depende del modelo de mundo social que está en la mente de los actores. Lo cual quiere decir que servidor, que es la mar de retorcido, tiene en su cabeza un mundo movido por segundas intenciones, dobles raseros, extrañas coincidencias que luego no lo son y ambigüedades que te dejan con la boca más abierta que una muñeca hinchable cuando pretendes corroborar que son ciertas.
Total, que no sé por qué narices me empeño en ver cosas donde no las hay. Con lo complicado que es todo de esta forma y lo a gusto que podría vivir yo haciéndome el sueco, en la ignorancia y en la inocencia, sin interpretar y guiándome solamente por lo que los ojos físicos ven. Es cierto eso de que mirar con los ojos de la mente o del corazón (esta última denominación para aquellos que hayan seguido Pasión de Buitres Carroñeros) no puede traer nada bueno y, de hecho, hace que acabes hasta el ojete. Porque nadie en su locura admitiría jamás sus segundas intenciones y te daría la razón, ya que esto supondría un síntoma de debilidad o vulnerabilidad. Y digo locura, porque el sano juicio consistiría en justo lo contrario: decir lo que quieres decir. Ya sea con hechos (que siempre hablan más fuerte) o con palabras.
Ya que ser claro no está de moda, debería desarrollar más mi capacidad indolente, mi complejo de Leticia Sabater. Nada, mañana me compro un par de globos, una peluca rubia y un loro de plástico, con el que compartiré interesantes conversaciones acerca de cuál es mi lado bueno y del morbo que tiene el carnicero del Mercadona con ese pedazo de cuchillo en la mano, símbolo inequívoco de lo que guarda entre sus piernas.
Si total... me va igual de mal viéndomelas venir...
14 de Febrero
Queridos y queridas, ha llegado el momento de encarar una fiesta que nos trae síndromes muy similares a otras recientes (véase síndrome navideño). Ésta tiene la ventaja de que dura menos, pero no se sabe que es peor, si que el hecho de que te recuerden lo solo que estás se prolongue durante unas semanas o si que se condense todo en un día.
El santo este de las narices al cual siempre le he tenido gran aprecio por lo que se desprende de mis sabias palabras en este blog nos ha hecho albergar a lo largo de nuestras vidas sentimientos contradictorios. Esto es, el año que hemos tenido algo parecido a una pareja, hemos estado en la luna de valencia y los años que hemos estado más solos y más tirados que una moneda de un céntimo comidilla de mierda casi nos hemos decantado por vomitar sobre todos y cada uno de los corazones rojos que tanto se prodigan. Porque, seamos realistas, esto es como el verano: está muy bien para quién lo pueda disfrutar, pero no para los que tienen que trabajar de sol a sol (y nunca mejor dicho) con un moreno camionero y chorreones de sudor empapando hasta las cejas vislumbrando como el 90 por ciento de la gente que conocen se va poniendo de un moreno que ya quisiera Whitney Houston. Efectivamente, el día de San Valentín es precioso, magnífico, estupendo y maravilloso. Si tienes pareja*, claro.
* Como pareja no sirve el sonido polifónico de tu móvil de última generación, el contestador de amena información gratuita, el gato que no deja de restregarse contra tus piernas, tu hermano que va contigo a todos lados ni el muñeco hinchable que guardas recelosamente plegado en el armario junto a tus películas porno. No, no aceptamos barco como animal acuático (pero sí pulpo como animal de compañía).
Aunque sea para convercenos a nostros mismos de que no es para tanto repitiéndonos incesantemente aquello de "con lo bien que se está solo, ¿quién necesita un novio?" (uy, Paper, ¿qué haces levantando el brazo como un subnormal en tu habitación?) hay que desmitificar a ese angelito con cara de mala leche que se ríe de ti cada vez que doblas una esquina y te cruzas con un desconocido que en cuestión de segundos pasará a ser un gilipollas más de tu lista de relaciones frustradas. Que digo yo que San Valentín podría ser el 29 de febrero, que te diera tiempo de año bisiesto a año bisiesto de encontrar alguien o algo que se asimile medianamente a una pareja y con quien merezca la pena celebrar tan señalado día.
Como no podía ser de otra manera, lo que principalmente mueve esta fecha es el consumismo. Esto viene a conformar lo que popularmente se conoce como "este día lo ha inventado el Corte Inglés", de modo que el San Valentín se compone de una gran odisea existencial en busca del regalito de marras. Estando solo te saltas completamente este paso, de modo que ya no necesitas buscar regalos para el que se supone que es uno de los quinientos amores de tu vida. Puedes gastarte el dinero en la baticao si te apetece, porque el regalo va a ser para ti, por el amor que te tienes tan intenso. Ya, ya sé lo que me vais a decir: que no haces regalos, pero tampoco los recibes. Esto es cierto, pero solo en parte. Los regalos se hacen con una intención. Porque seamos realistas: el único fin que tiene la cena romántica y el detallito es, simple y llanamente, mojar. Desengáñate: aquellos bombones que te regalaba el Paco o las docenas de rosas rojas del Pepe eran solo una forma de hacer que te pusieras mirando pa Cuenca y le dieras en bandeja lo que otras veces le cuesta tanto conseguir, ya que habitualmente siempre la acaba cagando con una de sus geniales frases precoitales que hace que te cuestiones si existen hombres medianamente aceptables en el mundo y que culpes al destino por no haberte hecho lesbiana. Párate a pensar en los diecinueve peluches que conservas de tu ex. Encontrarás varias características comunes:
a. El motivo del regalo era una fecha señalada, como la que tenemos entre manos o un aniversario, o se trataba de un presente post-riña-discusión-nos hemos tirado los platos a la cabeza-te odio profundamente.
b. Después de recibir el regalito, que te pusiera cara de cordero degollado y le dieras un beso de estos cargado de sentimiento en plan “venga, vale, te perdono, corramos un estúpido velo”, antes de que te dieras cuenta llevabas menos ropa que el oso Yogui y acariciabas algo peludo que para nada era el peluche de marras, que a esas alturas ya tenía que estar escandalizado de lo que sus tiernos ojos estaban visualizando.
Por otro lado, en este día son habituales las declaraciones de amor, basadas en que la misma persona con la que te llevas a matar los otros 364 días del año te diga que te quiere con locura y que si la vida fuera Pretty Woman se transformaría en el Richard Gere únicamente para que vuestra historia de amor surgiera. Lo que dicho de este modo te trae reminiscencias de una película romántica pero en realidad, te está llamando puta y te está pidiendo que se la chupes. Vamos, lo de siempre, pero de modo encubierto y supuestamente romántico.
Luego están las declaraciones de amor a personas que no saben que te bebes los vientos por ellas. Todos recordamos los típicos buzones forrados de corazoncitos en el instituto o en el colegio de los que esperabas surgiera una carta del buenorro de un curso por encima de ti declarándote su amor incondicional y de los que solamente obtenías una fantástica carta de tus amigas que, en conjunto, se habían reunido para cebarse de tu persona (eso sí, desde el cariño y en rollo cachondeo, claro, claro) construyendo versos tan sentidos como:
Por ti mi corazón palpita
como una sartén de patatas fritas
Quien fuera calzones
para tocarte bien los cojones
Yo seré tu fuego y tú el bombero
que me riegue bien el chispero.
Para que luego digan que los jóvenes no tienen creatividad. Nos ha jodío.
A pesar de este acoso y derribo al mito sanvalentinero, puede suceder que te dejes envolver en algún momento del día por el sentimiento y que a la decimoséptima pareja que veas comiéndose a besos en una hora, sientas ganas de extraer el mechero de tu bolsillo y empezar a prenderle fuego al seto que se encuentra justo detrás del banco en el que se están metiendo el lote. También se acepta como mode perjudicado mental o efecto de San Tontín el que te acerques a la pareja y finjas que el tío se ha enrollado contigo en una discoteca el fin de semana pasado. Son todo ventajas, ya que les fastidiarás el día y será muy probable que acabes en el hospital con contusiones varias porque habías pasado por alto que el muchacho te podía reventar la cara de una ostia. No obstante, serás el centro de atención en la sala de espera con tu relato y seguro que algún enfermero se apiada de ti y te pide el teléfono mientras te pone una inyección.**
** Entiéndase por inyección lo que el lector buenamente quiera/necesite.
Ni se te ocurra caer en las provocaciones de la radio mediante temazos de pastel que harán que te arañes la cara al cuarto de hora ni ver una de esas películas tipo Ghost o Serendipity porque el siguiente paso será que te acuerdes de tu ex y pienses que en el fondo no era tan malo. Si sientes esto, no lo dudes, haz del 14 de febrero tu día de San Ballantines, ponte hasta el culo de alcohol y a la mañana siguiente puede que te despiertes acompañado de un maromo del que no recuerdas ni el nombre pero que, de seguro, te habrá ayudado como buena ONG a distanciarte del mundo de los corazones. Ese que, según el refranero popular, solo existe para aquellos que son desafortunados en el juego.
Y que, teniendo en cuenta mi historial, todavía haya gente que se sorprenda de que tenga ilusión de verdad por que me toquen unos cuantos millones de euros un día de estos...
El santo este de las narices al cual siempre le he tenido gran aprecio por lo que se desprende de mis sabias palabras en este blog nos ha hecho albergar a lo largo de nuestras vidas sentimientos contradictorios. Esto es, el año que hemos tenido algo parecido a una pareja, hemos estado en la luna de valencia y los años que hemos estado más solos y más tirados que una moneda de un céntimo comidilla de mierda casi nos hemos decantado por vomitar sobre todos y cada uno de los corazones rojos que tanto se prodigan. Porque, seamos realistas, esto es como el verano: está muy bien para quién lo pueda disfrutar, pero no para los que tienen que trabajar de sol a sol (y nunca mejor dicho) con un moreno camionero y chorreones de sudor empapando hasta las cejas vislumbrando como el 90 por ciento de la gente que conocen se va poniendo de un moreno que ya quisiera Whitney Houston. Efectivamente, el día de San Valentín es precioso, magnífico, estupendo y maravilloso. Si tienes pareja*, claro.
* Como pareja no sirve el sonido polifónico de tu móvil de última generación, el contestador de amena información gratuita, el gato que no deja de restregarse contra tus piernas, tu hermano que va contigo a todos lados ni el muñeco hinchable que guardas recelosamente plegado en el armario junto a tus películas porno. No, no aceptamos barco como animal acuático (pero sí pulpo como animal de compañía).
Aunque sea para convercenos a nostros mismos de que no es para tanto repitiéndonos incesantemente aquello de "con lo bien que se está solo, ¿quién necesita un novio?" (uy, Paper, ¿qué haces levantando el brazo como un subnormal en tu habitación?) hay que desmitificar a ese angelito con cara de mala leche que se ríe de ti cada vez que doblas una esquina y te cruzas con un desconocido que en cuestión de segundos pasará a ser un gilipollas más de tu lista de relaciones frustradas. Que digo yo que San Valentín podría ser el 29 de febrero, que te diera tiempo de año bisiesto a año bisiesto de encontrar alguien o algo que se asimile medianamente a una pareja y con quien merezca la pena celebrar tan señalado día.
Como no podía ser de otra manera, lo que principalmente mueve esta fecha es el consumismo. Esto viene a conformar lo que popularmente se conoce como "este día lo ha inventado el Corte Inglés", de modo que el San Valentín se compone de una gran odisea existencial en busca del regalito de marras. Estando solo te saltas completamente este paso, de modo que ya no necesitas buscar regalos para el que se supone que es uno de los quinientos amores de tu vida. Puedes gastarte el dinero en la baticao si te apetece, porque el regalo va a ser para ti, por el amor que te tienes tan intenso. Ya, ya sé lo que me vais a decir: que no haces regalos, pero tampoco los recibes. Esto es cierto, pero solo en parte. Los regalos se hacen con una intención. Porque seamos realistas: el único fin que tiene la cena romántica y el detallito es, simple y llanamente, mojar. Desengáñate: aquellos bombones que te regalaba el Paco o las docenas de rosas rojas del Pepe eran solo una forma de hacer que te pusieras mirando pa Cuenca y le dieras en bandeja lo que otras veces le cuesta tanto conseguir, ya que habitualmente siempre la acaba cagando con una de sus geniales frases precoitales que hace que te cuestiones si existen hombres medianamente aceptables en el mundo y que culpes al destino por no haberte hecho lesbiana. Párate a pensar en los diecinueve peluches que conservas de tu ex. Encontrarás varias características comunes:
a. El motivo del regalo era una fecha señalada, como la que tenemos entre manos o un aniversario, o se trataba de un presente post-riña-discusión-nos hemos tirado los platos a la cabeza-te odio profundamente.
b. Después de recibir el regalito, que te pusiera cara de cordero degollado y le dieras un beso de estos cargado de sentimiento en plan “venga, vale, te perdono, corramos un estúpido velo”, antes de que te dieras cuenta llevabas menos ropa que el oso Yogui y acariciabas algo peludo que para nada era el peluche de marras, que a esas alturas ya tenía que estar escandalizado de lo que sus tiernos ojos estaban visualizando.
Por otro lado, en este día son habituales las declaraciones de amor, basadas en que la misma persona con la que te llevas a matar los otros 364 días del año te diga que te quiere con locura y que si la vida fuera Pretty Woman se transformaría en el Richard Gere únicamente para que vuestra historia de amor surgiera. Lo que dicho de este modo te trae reminiscencias de una película romántica pero en realidad, te está llamando puta y te está pidiendo que se la chupes. Vamos, lo de siempre, pero de modo encubierto y supuestamente romántico.
Luego están las declaraciones de amor a personas que no saben que te bebes los vientos por ellas. Todos recordamos los típicos buzones forrados de corazoncitos en el instituto o en el colegio de los que esperabas surgiera una carta del buenorro de un curso por encima de ti declarándote su amor incondicional y de los que solamente obtenías una fantástica carta de tus amigas que, en conjunto, se habían reunido para cebarse de tu persona (eso sí, desde el cariño y en rollo cachondeo, claro, claro) construyendo versos tan sentidos como:
Por ti mi corazón palpita
como una sartén de patatas fritas
Quien fuera calzones
para tocarte bien los cojones
Yo seré tu fuego y tú el bombero
que me riegue bien el chispero.
Para que luego digan que los jóvenes no tienen creatividad. Nos ha jodío.
A pesar de este acoso y derribo al mito sanvalentinero, puede suceder que te dejes envolver en algún momento del día por el sentimiento y que a la decimoséptima pareja que veas comiéndose a besos en una hora, sientas ganas de extraer el mechero de tu bolsillo y empezar a prenderle fuego al seto que se encuentra justo detrás del banco en el que se están metiendo el lote. También se acepta como mode perjudicado mental o efecto de San Tontín el que te acerques a la pareja y finjas que el tío se ha enrollado contigo en una discoteca el fin de semana pasado. Son todo ventajas, ya que les fastidiarás el día y será muy probable que acabes en el hospital con contusiones varias porque habías pasado por alto que el muchacho te podía reventar la cara de una ostia. No obstante, serás el centro de atención en la sala de espera con tu relato y seguro que algún enfermero se apiada de ti y te pide el teléfono mientras te pone una inyección.**
** Entiéndase por inyección lo que el lector buenamente quiera/necesite.
Ni se te ocurra caer en las provocaciones de la radio mediante temazos de pastel que harán que te arañes la cara al cuarto de hora ni ver una de esas películas tipo Ghost o Serendipity porque el siguiente paso será que te acuerdes de tu ex y pienses que en el fondo no era tan malo. Si sientes esto, no lo dudes, haz del 14 de febrero tu día de San Ballantines, ponte hasta el culo de alcohol y a la mañana siguiente puede que te despiertes acompañado de un maromo del que no recuerdas ni el nombre pero que, de seguro, te habrá ayudado como buena ONG a distanciarte del mundo de los corazones. Ese que, según el refranero popular, solo existe para aquellos que son desafortunados en el juego.
Y que, teniendo en cuenta mi historial, todavía haya gente que se sorprenda de que tenga ilusión de verdad por que me toquen unos cuantos millones de euros un día de estos...
Las fuentes del ligoteo
Blogueros y blogueras... Ayer hice mi último examen y por fin! por fin! vuelvo a tener vida social y bloguera, de modo que en futuros días, para pesar de muchos, volveréis a encontrarme entre vuestra lista de comentarios.
Y como no he dejado de estudiar en estas semanas, vengo la mar de divulgativo, así que váis a tener que aguantarme de profesor. Venga, va, me pongo el disfraz de coco, que se hace más amena la cosa (y total, como ligar no ligo ni p'atrás, vestido de bicho azul no voy a aumentar mis expectativas pero, al menos, llamaré ligeramente la atención de los transeúntes y una mirada que otra, aunque sea de desprecio, no viene mal. Ya se sabe, que miren bien o mal no importa, lo importante es que miren).
Bueno, niños. Hoy vamos a hablaros de los cauces por los que la gente liga. Sí, sí, habéis leído bien. Vamos a destripar las distintas fuentes que pueden proporcionaros un rollete/follamigo/polvosinmás/ y, solo en extrañas y contadas circunstancias un novio. Pero no de esos de diez días, sino de los que te aburren durante meses (o te sorprenden, pero esta opción la considero tan poco probable, que ni la contemplo). Los ligues, sea cual sea su naturaleza, pueden irrumpir en la vida de cualquiera de diferentes maneras (todas ellas válidas y nada desperdiciables). Niños, tomad apuntes que no está la cosa como para desaprovechar oportunidades:
1. Sábado, sabadete... a la cama te vas más solo que Espinete.
La primera opción, y la más usual, es la del típico ligoteo de discoteca. Ya sábeis, si echáis la vista atrás en mi blog casi podréis descubrir información para hacer un tomo enciclopédico de estos maravillosos encuentros nocturnos con un número considerable de copas encima mientras le dices algo a alguien que finge escucharte entre los marcados ritmos del "pa mi mulata, pa mi morena" y hace como el que baila moviendo de cuando en cuando la pierna izquierda. Este momento cuenta con el factor desinhibición a causa del alcohol y sigue una pauta sencilla en teoría: te mola alguien, le tiras los trastos, si dice que sí, estupendo, si dice que no... que pase el siguiente. No hay mayor trascendencia de los hechos y suele constituir el típico polvo sin más.
En la práctica, y sobre todo si tienes la suerte de que te pasen las cosas que me pasan a mí, puedes encontrarte con individuos muy ambiguos (de los que te pegan el paquete al culo y luego te dicen que son imaginaciones tuyas) o que están muy deprimidos (y, por consiguiente te toman por el psicólogo abierto las 24 horas (y no en el mal sentido, que es lo peor) y te cuentan hasta los diminutivos que su ex usaba con ellos cuando estaban a punto de llegar al orgasmo).
2. Uff, vaya lío, los amigos de mis amigas son mis amigos.
Esto constituye un clásico bastante recurrente, especialmente en la cultura gay. Porque todas tus amigas y cualquier chica que conozcas, sea en la circunstancias que sea, tienen un amigo gay la mar de apañado que te quieren presentar. Esto, en un principio supone ampliar las relaciones sociales hasta la saciedad pero, por otro lado, conlleva varios riesgos:
a. El gusto de tu amiga. Lo que tu amiga puede considerar mono, guapísimo, buena gente y adorable puede no tener el mismo sentido para ti. En primer lugar porque cada uno percibe el mundo y a los demás de diferente forma. En segundo lugar porque, por regla general, los tíos somos la mar de buena gente con nuestras amigas mariliendres pero a la hora de relacionarlos con otros sujetos del sexo masculino sacamos la reinona y el cabroncente que todos llevamos dentro. Lo descubrirás fácilmente.
b. Si por el contrario eres tú el que pretendes ir de cabronazo o de reinona, tienes que contar que desde el mismo momento en el que le estás haciendo la puñeta al amigo de tu amiga se la estás haciendo también a tu amiga. El rollo "yo no tengo nada que ver, haz lo que quieras" que te soltará de cuando en cuando para hacerte ver que ella no es más que una mera intermediaria no cuela, porque siempre la harás quedar mal de cara a la galería y será ella la que tenga que comprar cantidades industriales de cleenex para consolar al amigo hiperenamorado de ti.
La técnica más seguida es la de la cita a ciegas. Pero no a solas, sino la cita con los amigos comunes que mirarán expectantes la escena cada vez que te acerques a él para entablar algo de conversación natural y achacarán el hecho de que te ha dado de beber de su coca cola como que quiere casarse contigo y tener cinco hijos en vuestra mansión en la costa de Miami. Además, si ven que no os enrolláis a los cinco minutos de conoceros empezarán a empujaros para que vuestros cuerpos se acerquen y echéis un polvo en mitad de cualquier plaza ante los aplausos y ovaciones del público que ha seguido la película romántica desde el principio. Lo que ocurre es que este final se da en muy contadas ocasiones y suele ser en tu casa, comiendo palomitas frente al DVD y preguntándote por qué a ti no te pasan esas cosas.
3. Te di todo mi amor @2.com y tú me has roba roba robado el corazón.
Son las relaciones que surgen en este fantástico mundo que es Internet a través de chats, gaydars, bakalas, fotologs, foros varios y blogs. Venga, no miréis para otro lado, que hay mucha gente que se abre el blog con la manida excusa de conocer gente y muchos, aunque no lo reconozcan en voz alta, albergan también ese sentimiento de que puede que suene la flauta y el príncipe azul aparezca montado en una arroba blanca. Este sistema tiene dos vertientes: la de follar, para lo cual se lleva a cabo una conversación que consiste en 3 frases. Cada una de ellas contiene un mensaje:
a. Saludo inicial y confirmación de expectativas.
b. Si los dos sujetos esperan lo mismo, intercambio de fotos y/o medidas.
c. Lugar de encuentro y fin de la conversación.
La segunda opción es la de la relación romántica, que es para aquellos que tienen intención de currárselo mucho, ya que el medio internet exige un conocimiento previo de la persona si es que lo que vas buscando es algo que vaya más allá de ver estrellitas de colores contra las sábanas de un motel de carretera.
Ya se sabe que en la vida rutinaria, cuando la gente quiere ligar, trata de venderse, pero en el caso de internet es poner en bandeja el espacio publicitario para que esto ocurra.
4. Experiencias miraditas.
Estas suelen darse en cualquier lugar. Tienen como punto en común la diurnidad (si es de noche y hay sentimiento etílico de por medio proceda a leerse el primer punto de esta clasificación). Imagina que estás mirando discos y de repente aparece un chico y empezáis a jugar con la mirada y las sonrisas de ojos caídos conocidas popularmente como de putilla (servidor tiene los ojos caídos siempre, así que si sonrío no cuenta). Llega un punto en el que ya no miras los discos, solamente los revuelves con la mano mientras con el rabillo (del ojo, se entiende) controlas al sujeto. Se recomienda tener sumo cuidado porque puede que coincidas en la caja con él y sin darte cuenta hayas tomado entre tus manos un disco de Camela o de la Paquera de Jerez, de modo que la opinión que el sujeto se haya formado sobre tu persona decaerá hasta rozar el infinito.
En estos casos, si se da un paso más allá de la simple mirada se sigue la técnica toma de contacto. Con cualquier excusa idiota, como que no sabes cuál fue el primer single del disco que tienes en la mano te acercas al individuo y le preguntas haciendo como que lo confundes con el dependiente de la tienda. Suele ser muy evidente que lo que quieres es iniciar conversación: los dependientes de la tienda llevan un polo rojo cantoso inconfundible y él va de azul marino y todo el mundo sabe que el primer single del "Music" de Madonna es, precisamente, la canción que se llama "Music". No seas tonto y si te sigue el rollo deja de hacer el idiota y pídele el teléfono. Se recomienda tener los reflejos altos para esquivar la ostia que te puedes llevar en caso de que te creas que todo el monte es orégano y te pases metiéndole, por ejemplo, la lengua hasta la laringe.
Y si no... pues no pasa nada, porque teniendo en cuenta que el mundo es un pañuelo, dentro de dos meses te llegará una amiga diciendo que tiene un amigo gay que trabaja en una tienda de discos (porque al final sí trabajaba allí y te respondió por puro compromiso) que te quiere presentar y... en fin.
5. Acoso laboral.
Se sabe que en empresas donde hay un gran número de trabajadores que vienen y van porque duran menos que una foto de Jaime Cantizano desnudo tirada en la puerta de un garito de ambiente puede uno echar mano de innumerables técnicas de acercamiento laboral para acabar teniendo el número del compi y tomar una cervecita de viernes al salir del curro que acabe en desayuno de sábado por la mañana. Ten en cuenta que vas a tener que enfrentarte a esa persona todos los días y que puede que se extiendan rumores extraños sobre ti en el curro en el hipotético pero casi seguro caso de que acabes como el rosario de la aurora (no, lo de vamos a ser amigos no cuela, va a decirle a todo dios que te lo montas de pena y será mejor que te vayas haciendo a la idea).
6. Fumando espero al buenorro del tercero.
Cuando estás en casa también surgen numerosas oportunidades para ligar. Desde pedirle un poco de sal al vecino de al lado, que se pasea por casa en calzoncillos y tú lo sabes porque no puedes dejar de observarlo por la ventana del ojo patio mientras salivas más que los perros de Pavlov hasta el que te viene a venderte una enciclopedia (en la que tú, por supuesto, estarás interesadísimo) o a dejarte la bombona de butano. Se recomienda ir medio decente vestido y bien peinado y ensayar caras y miradas frente al espejo para que tu talante desesperado no te haga parecer un ama de casa al borde de la histeria por tu restringida vida sexual con el Pepe, que desde hace dos años solamente le pega la boca a la botella de cerveza. Fontaneros, electricistas, cobradores... son una mina que explotar. Estas situaciones cuentan con la ventaja de que ya estás en casa, de modo que el procedimiento de arrancaros la ropa a mordiscos es casi inminente.
Así que estas son las fuentes principales de ligues. Hay algunas más, pero solo se dan en casos aislados (taxistas, gente que se te presenta en el autobús y hombres que paran sus coches y se ofrecen a llevarte a donde tengas que ir -lo cual me suena a aquello de no aceptes caramelos de extraños).
No digo yo que si seguís estos pasos vayáis a tener que cambiar el somier de la cama en un par de meses, pero, al menos, vuestra vida no será nada aburrida. Todo lo contrario.
Así que... ea, ¡a disfrutar, que ya está bien de tanto estudiar/trabajar!
Y como no he dejado de estudiar en estas semanas, vengo la mar de divulgativo, así que váis a tener que aguantarme de profesor. Venga, va, me pongo el disfraz de coco, que se hace más amena la cosa (y total, como ligar no ligo ni p'atrás, vestido de bicho azul no voy a aumentar mis expectativas pero, al menos, llamaré ligeramente la atención de los transeúntes y una mirada que otra, aunque sea de desprecio, no viene mal. Ya se sabe, que miren bien o mal no importa, lo importante es que miren).
Bueno, niños. Hoy vamos a hablaros de los cauces por los que la gente liga. Sí, sí, habéis leído bien. Vamos a destripar las distintas fuentes que pueden proporcionaros un rollete/follamigo/polvosinmás/ y, solo en extrañas y contadas circunstancias un novio. Pero no de esos de diez días, sino de los que te aburren durante meses (o te sorprenden, pero esta opción la considero tan poco probable, que ni la contemplo). Los ligues, sea cual sea su naturaleza, pueden irrumpir en la vida de cualquiera de diferentes maneras (todas ellas válidas y nada desperdiciables). Niños, tomad apuntes que no está la cosa como para desaprovechar oportunidades:
1. Sábado, sabadete... a la cama te vas más solo que Espinete.
La primera opción, y la más usual, es la del típico ligoteo de discoteca. Ya sábeis, si echáis la vista atrás en mi blog casi podréis descubrir información para hacer un tomo enciclopédico de estos maravillosos encuentros nocturnos con un número considerable de copas encima mientras le dices algo a alguien que finge escucharte entre los marcados ritmos del "pa mi mulata, pa mi morena" y hace como el que baila moviendo de cuando en cuando la pierna izquierda. Este momento cuenta con el factor desinhibición a causa del alcohol y sigue una pauta sencilla en teoría: te mola alguien, le tiras los trastos, si dice que sí, estupendo, si dice que no... que pase el siguiente. No hay mayor trascendencia de los hechos y suele constituir el típico polvo sin más.
En la práctica, y sobre todo si tienes la suerte de que te pasen las cosas que me pasan a mí, puedes encontrarte con individuos muy ambiguos (de los que te pegan el paquete al culo y luego te dicen que son imaginaciones tuyas) o que están muy deprimidos (y, por consiguiente te toman por el psicólogo abierto las 24 horas (y no en el mal sentido, que es lo peor) y te cuentan hasta los diminutivos que su ex usaba con ellos cuando estaban a punto de llegar al orgasmo).
2. Uff, vaya lío, los amigos de mis amigas son mis amigos.
Esto constituye un clásico bastante recurrente, especialmente en la cultura gay. Porque todas tus amigas y cualquier chica que conozcas, sea en la circunstancias que sea, tienen un amigo gay la mar de apañado que te quieren presentar. Esto, en un principio supone ampliar las relaciones sociales hasta la saciedad pero, por otro lado, conlleva varios riesgos:
a. El gusto de tu amiga. Lo que tu amiga puede considerar mono, guapísimo, buena gente y adorable puede no tener el mismo sentido para ti. En primer lugar porque cada uno percibe el mundo y a los demás de diferente forma. En segundo lugar porque, por regla general, los tíos somos la mar de buena gente con nuestras amigas mariliendres pero a la hora de relacionarlos con otros sujetos del sexo masculino sacamos la reinona y el cabroncente que todos llevamos dentro. Lo descubrirás fácilmente.
b. Si por el contrario eres tú el que pretendes ir de cabronazo o de reinona, tienes que contar que desde el mismo momento en el que le estás haciendo la puñeta al amigo de tu amiga se la estás haciendo también a tu amiga. El rollo "yo no tengo nada que ver, haz lo que quieras" que te soltará de cuando en cuando para hacerte ver que ella no es más que una mera intermediaria no cuela, porque siempre la harás quedar mal de cara a la galería y será ella la que tenga que comprar cantidades industriales de cleenex para consolar al amigo hiperenamorado de ti.
La técnica más seguida es la de la cita a ciegas. Pero no a solas, sino la cita con los amigos comunes que mirarán expectantes la escena cada vez que te acerques a él para entablar algo de conversación natural y achacarán el hecho de que te ha dado de beber de su coca cola como que quiere casarse contigo y tener cinco hijos en vuestra mansión en la costa de Miami. Además, si ven que no os enrolláis a los cinco minutos de conoceros empezarán a empujaros para que vuestros cuerpos se acerquen y echéis un polvo en mitad de cualquier plaza ante los aplausos y ovaciones del público que ha seguido la película romántica desde el principio. Lo que ocurre es que este final se da en muy contadas ocasiones y suele ser en tu casa, comiendo palomitas frente al DVD y preguntándote por qué a ti no te pasan esas cosas.
3. Te di todo mi amor @2.com y tú me has roba roba robado el corazón.
Son las relaciones que surgen en este fantástico mundo que es Internet a través de chats, gaydars, bakalas, fotologs, foros varios y blogs. Venga, no miréis para otro lado, que hay mucha gente que se abre el blog con la manida excusa de conocer gente y muchos, aunque no lo reconozcan en voz alta, albergan también ese sentimiento de que puede que suene la flauta y el príncipe azul aparezca montado en una arroba blanca. Este sistema tiene dos vertientes: la de follar, para lo cual se lleva a cabo una conversación que consiste en 3 frases. Cada una de ellas contiene un mensaje:
a. Saludo inicial y confirmación de expectativas.
b. Si los dos sujetos esperan lo mismo, intercambio de fotos y/o medidas.
c. Lugar de encuentro y fin de la conversación.
La segunda opción es la de la relación romántica, que es para aquellos que tienen intención de currárselo mucho, ya que el medio internet exige un conocimiento previo de la persona si es que lo que vas buscando es algo que vaya más allá de ver estrellitas de colores contra las sábanas de un motel de carretera.
Ya se sabe que en la vida rutinaria, cuando la gente quiere ligar, trata de venderse, pero en el caso de internet es poner en bandeja el espacio publicitario para que esto ocurra.
4. Experiencias miraditas.
Estas suelen darse en cualquier lugar. Tienen como punto en común la diurnidad (si es de noche y hay sentimiento etílico de por medio proceda a leerse el primer punto de esta clasificación). Imagina que estás mirando discos y de repente aparece un chico y empezáis a jugar con la mirada y las sonrisas de ojos caídos conocidas popularmente como de putilla (servidor tiene los ojos caídos siempre, así que si sonrío no cuenta). Llega un punto en el que ya no miras los discos, solamente los revuelves con la mano mientras con el rabillo (del ojo, se entiende) controlas al sujeto. Se recomienda tener sumo cuidado porque puede que coincidas en la caja con él y sin darte cuenta hayas tomado entre tus manos un disco de Camela o de la Paquera de Jerez, de modo que la opinión que el sujeto se haya formado sobre tu persona decaerá hasta rozar el infinito.
En estos casos, si se da un paso más allá de la simple mirada se sigue la técnica toma de contacto. Con cualquier excusa idiota, como que no sabes cuál fue el primer single del disco que tienes en la mano te acercas al individuo y le preguntas haciendo como que lo confundes con el dependiente de la tienda. Suele ser muy evidente que lo que quieres es iniciar conversación: los dependientes de la tienda llevan un polo rojo cantoso inconfundible y él va de azul marino y todo el mundo sabe que el primer single del "Music" de Madonna es, precisamente, la canción que se llama "Music". No seas tonto y si te sigue el rollo deja de hacer el idiota y pídele el teléfono. Se recomienda tener los reflejos altos para esquivar la ostia que te puedes llevar en caso de que te creas que todo el monte es orégano y te pases metiéndole, por ejemplo, la lengua hasta la laringe.
Y si no... pues no pasa nada, porque teniendo en cuenta que el mundo es un pañuelo, dentro de dos meses te llegará una amiga diciendo que tiene un amigo gay que trabaja en una tienda de discos (porque al final sí trabajaba allí y te respondió por puro compromiso) que te quiere presentar y... en fin.
5. Acoso laboral.
Se sabe que en empresas donde hay un gran número de trabajadores que vienen y van porque duran menos que una foto de Jaime Cantizano desnudo tirada en la puerta de un garito de ambiente puede uno echar mano de innumerables técnicas de acercamiento laboral para acabar teniendo el número del compi y tomar una cervecita de viernes al salir del curro que acabe en desayuno de sábado por la mañana. Ten en cuenta que vas a tener que enfrentarte a esa persona todos los días y que puede que se extiendan rumores extraños sobre ti en el curro en el hipotético pero casi seguro caso de que acabes como el rosario de la aurora (no, lo de vamos a ser amigos no cuela, va a decirle a todo dios que te lo montas de pena y será mejor que te vayas haciendo a la idea).
6. Fumando espero al buenorro del tercero.
Cuando estás en casa también surgen numerosas oportunidades para ligar. Desde pedirle un poco de sal al vecino de al lado, que se pasea por casa en calzoncillos y tú lo sabes porque no puedes dejar de observarlo por la ventana del ojo patio mientras salivas más que los perros de Pavlov hasta el que te viene a venderte una enciclopedia (en la que tú, por supuesto, estarás interesadísimo) o a dejarte la bombona de butano. Se recomienda ir medio decente vestido y bien peinado y ensayar caras y miradas frente al espejo para que tu talante desesperado no te haga parecer un ama de casa al borde de la histeria por tu restringida vida sexual con el Pepe, que desde hace dos años solamente le pega la boca a la botella de cerveza. Fontaneros, electricistas, cobradores... son una mina que explotar. Estas situaciones cuentan con la ventaja de que ya estás en casa, de modo que el procedimiento de arrancaros la ropa a mordiscos es casi inminente.
Así que estas son las fuentes principales de ligues. Hay algunas más, pero solo se dan en casos aislados (taxistas, gente que se te presenta en el autobús y hombres que paran sus coches y se ofrecen a llevarte a donde tengas que ir -lo cual me suena a aquello de no aceptes caramelos de extraños).
No digo yo que si seguís estos pasos vayáis a tener que cambiar el somier de la cama en un par de meses, pero, al menos, vuestra vida no será nada aburrida. Todo lo contrario.
Así que... ea, ¡a disfrutar, que ya está bien de tanto estudiar/trabajar!
Los exámenes son como la vida misma
Pues sí, como podéis comprobar por el título me encuentro en ese álgido momento en el que me agobia sobre manera lo de tener exámenes (es prácticamente lo único que tengo en la cabeza durante estos días). Porque sí, porque por muy interesante que sea lo que estás estudiando, memorizarlo siempre supone un esfuerzo sobrehumano que te resulta absurdo y carente de sentido. Como la vida misma.
Si lo pensáis fríamente y si os pasáis el día trabajando y estudiando y os ralláis lo más grande como yo (vale, que no es tan fácil rallarse de esta manera, que sé que soy alguien extremadamente raro) descubriréis que hay grandes similitudes entre la época de exámenes y algunos momentos de vuestra existencia.
Porque sí, porque en la vida nos preparamos como buenamente podemos las materias a estudiar, aunque éstas desgraciadamente no vienen en ningún libro. Y siempre que nos encontramos ante un momento importante tratamos de hacer todo lo que no hemos podido hacer (ya sea por tu limitado tiempo o porque te parecía más interesante ver Tómbola en lugar de ir memorizando conceptos o analizando situaciones) condensado en los tres últimos días, pasando noches en vela dándole vueltas y más vueltas al tema de estudio con la esperanza de aprobar aunque sea por pena.
Porque ante la perspectiva del examen nos atacamos (aggggg, ¿por qué no se me queda esto, porrrrrr quéeeé?), tenemos los nervios a flor de piel (el sonido del vuelo de una mosca mientras estáis frente a los apuntes puede provocar una crisis nerviosa que lleve al ataque), nos estresamos (me tengo que estudiar quince temas en una hora ¿me dará tiempo?), nos desanimamos (mira, paso de estudiar más porque, total, al final seguro que pone justo lo que no me sé), a veces lo dejamos para septiembre (al carajo, me voy a beber cervezas con mis amigos y que salga el sol por donde quiera), a veces pensamos en por qué nos hemos metido en ese fregado (pero, por favor, ¿me puede explicar alguien por qué narices me pareció tan buena idea seguir estudiando?) y, al final, nos queda el regusto de que o no nos hemos esforzado lo suficiente (joder, tenía que haber estudiado más, cuando me tomaba el desayuno o haberme grabado una cinta con los contenidos para ponérmela mientras dormía) o de que, a pesar de haber suspendido, lo hemos hecho lo mejor que hemos podido (mira, yo me he esforzado mucho, así que por haberlo intentado no habrá sido). ¿Y no os suenan estos estados de ánimo a instantes como cuando habéis intentado ligaros a alguien, como cuando os tiráis de los pelos buscando trabajo sin éxito o como cuándo tratáis de hacer las cosas medianamente bien con la gente que os rodea?
Porque en la vida se nos plantean cuestiones de desarrollo, un tema en el que exponer todo lo que sabemos y demostrar que tenemos conocimiento. Porque, muchas veces, no tenemos ni puta idea, pero hacemos como que lo sabemos todo escribiendo ideas sueltas y muy bien expuestas a través de palabras y una expresión para impresionar al profesor. Justo lo que hacen muchas personas a diario (en este apartado destacan poderosamente los políticos). Los que presumen saber de todo pero no tienen ni pajolera de nada.
Porque en multitud de ocasiones no depende de lo mucho que sepas o te esfuerces, sino que entran en juego factores como la suerte y otros derivados. Esto es, que te pregunten justo lo que sabes, que te pille con la mente clara o que te hayas comprado unas estupendas rodilleras y te pases por el despacho del profesor a... a hacerle un examen a él. Y anda que no hay trabajos llenos de tocapelotas que no tienen ni idea, pero que están ahí por enchufe, por rodilleras, porque son el hijo del jefe o por obra y gracia del espíritu santo.
Porque también se nos presentan dudas de tipo test, con distintas opciones y caminos a seguir. Y son estupendas cuando tienes clara toda la información y entiendes perfectamente el enunciado. Lo complicado es cuando no sabes muy bien de lo que hablan y las respuestas son ambiguas, del tipo:
a. Hacer esto.
b. Hacer lo otro.
c. Dejarse llevar.
d. a y b son correctas.
e. a y c son correctas.
f. c y d son correctas.
g. a, b, w, y hasta z son incorrectas.
h. contestes lo que contestes suspenderás, así que vete de borrachera, que te lo mereces.
Y entonces te quedas horas delante de la pregunta, abandonando el resto de cuestiones igualmente importantes para aprobar, creyendo que todo tu futuro gira en torno a la respuesta que des en ese momento.
La vida es como un examen porque a la hora de conocer la calificación puedes encontrarte con numerosas sorpresas, positivas y negativas. A veces, incluso tienes que ir a revisión porque no estás de acuerdo con el resultado y te sale la vena reivindicativa de que tú lo has dado todo. Y otras veces te resignas a que la próxima vez lo harás mejor.
La vida es como un examen porque apruebes o suspendas, probablemente vas a tener que examinarte de lo mismo unos meses después, en otra asignatura (situación) con otro nombre (circunstancias) y profesores (personas integrantes) y con preguntas muy similares que te presentarán los mismos problemas y que, seguramente, serás incapaz de resolver con facilidad. Puede que, incluso, vuelvas a cometer los mismos errores. O puede que hayas aprendido de aquella asignatura del pasado que suspendiste tres veces.
Porque media hora después del examen ya se te ha olvidado el 90 por ciento de la información que tan pacientemente has memorizado. Como nos olvidamos de lo que nos enseñan diversas personas y situaciones cuando nos hacen sufrir.
Porque la vida se compone de diferentes departamentos de conocimientos interrelacionados que conforman un todo. Como un curso o una carrera. Porque aprobar el curso no te garantiza tener resuelta la vida (ni encontrar un trabajo estable de lo tuyo y ganar mucha pasta ni nada de eso), sino pasar a la siguiente etapa y continuar poniendo en práctica lo que ya sabes mientras sigues aprendiendo.
Porque en los exámenes eres tú ante el peligro. Tú solo. Momentos antes y después puedes comentar con tus compañeros sobre las dudas que tienes y sobre cómo han enfocado ellos el estudio, pero a la hora de la verdad lo que cuenta es lo que tú sabes. Y si te copias puede pasar que tengas éxito o que la cagues porque el de al lado sabe tan poco como tú.
Porque, al final, la teoría dista mucho de servirte para la práctica. A la hora de la verdad, todo eso da igual.
Los exámenes son como la vida misma. Y a mí cada vez me cuesta más estudiar.
Si lo pensáis fríamente y si os pasáis el día trabajando y estudiando y os ralláis lo más grande como yo (vale, que no es tan fácil rallarse de esta manera, que sé que soy alguien extremadamente raro) descubriréis que hay grandes similitudes entre la época de exámenes y algunos momentos de vuestra existencia.
Porque sí, porque en la vida nos preparamos como buenamente podemos las materias a estudiar, aunque éstas desgraciadamente no vienen en ningún libro. Y siempre que nos encontramos ante un momento importante tratamos de hacer todo lo que no hemos podido hacer (ya sea por tu limitado tiempo o porque te parecía más interesante ver Tómbola en lugar de ir memorizando conceptos o analizando situaciones) condensado en los tres últimos días, pasando noches en vela dándole vueltas y más vueltas al tema de estudio con la esperanza de aprobar aunque sea por pena.
Porque ante la perspectiva del examen nos atacamos (aggggg, ¿por qué no se me queda esto, porrrrrr quéeeé?), tenemos los nervios a flor de piel (el sonido del vuelo de una mosca mientras estáis frente a los apuntes puede provocar una crisis nerviosa que lleve al ataque), nos estresamos (me tengo que estudiar quince temas en una hora ¿me dará tiempo?), nos desanimamos (mira, paso de estudiar más porque, total, al final seguro que pone justo lo que no me sé), a veces lo dejamos para septiembre (al carajo, me voy a beber cervezas con mis amigos y que salga el sol por donde quiera), a veces pensamos en por qué nos hemos metido en ese fregado (pero, por favor, ¿me puede explicar alguien por qué narices me pareció tan buena idea seguir estudiando?) y, al final, nos queda el regusto de que o no nos hemos esforzado lo suficiente (joder, tenía que haber estudiado más, cuando me tomaba el desayuno o haberme grabado una cinta con los contenidos para ponérmela mientras dormía) o de que, a pesar de haber suspendido, lo hemos hecho lo mejor que hemos podido (mira, yo me he esforzado mucho, así que por haberlo intentado no habrá sido). ¿Y no os suenan estos estados de ánimo a instantes como cuando habéis intentado ligaros a alguien, como cuando os tiráis de los pelos buscando trabajo sin éxito o como cuándo tratáis de hacer las cosas medianamente bien con la gente que os rodea?
Porque en la vida se nos plantean cuestiones de desarrollo, un tema en el que exponer todo lo que sabemos y demostrar que tenemos conocimiento. Porque, muchas veces, no tenemos ni puta idea, pero hacemos como que lo sabemos todo escribiendo ideas sueltas y muy bien expuestas a través de palabras y una expresión para impresionar al profesor. Justo lo que hacen muchas personas a diario (en este apartado destacan poderosamente los políticos). Los que presumen saber de todo pero no tienen ni pajolera de nada.
Porque en multitud de ocasiones no depende de lo mucho que sepas o te esfuerces, sino que entran en juego factores como la suerte y otros derivados. Esto es, que te pregunten justo lo que sabes, que te pille con la mente clara o que te hayas comprado unas estupendas rodilleras y te pases por el despacho del profesor a... a hacerle un examen a él. Y anda que no hay trabajos llenos de tocapelotas que no tienen ni idea, pero que están ahí por enchufe, por rodilleras, porque son el hijo del jefe o por obra y gracia del espíritu santo.
Porque también se nos presentan dudas de tipo test, con distintas opciones y caminos a seguir. Y son estupendas cuando tienes clara toda la información y entiendes perfectamente el enunciado. Lo complicado es cuando no sabes muy bien de lo que hablan y las respuestas son ambiguas, del tipo:
a. Hacer esto.
b. Hacer lo otro.
c. Dejarse llevar.
d. a y b son correctas.
e. a y c son correctas.
f. c y d son correctas.
g. a, b, w, y hasta z son incorrectas.
h. contestes lo que contestes suspenderás, así que vete de borrachera, que te lo mereces.
Y entonces te quedas horas delante de la pregunta, abandonando el resto de cuestiones igualmente importantes para aprobar, creyendo que todo tu futuro gira en torno a la respuesta que des en ese momento.
La vida es como un examen porque a la hora de conocer la calificación puedes encontrarte con numerosas sorpresas, positivas y negativas. A veces, incluso tienes que ir a revisión porque no estás de acuerdo con el resultado y te sale la vena reivindicativa de que tú lo has dado todo. Y otras veces te resignas a que la próxima vez lo harás mejor.
La vida es como un examen porque apruebes o suspendas, probablemente vas a tener que examinarte de lo mismo unos meses después, en otra asignatura (situación) con otro nombre (circunstancias) y profesores (personas integrantes) y con preguntas muy similares que te presentarán los mismos problemas y que, seguramente, serás incapaz de resolver con facilidad. Puede que, incluso, vuelvas a cometer los mismos errores. O puede que hayas aprendido de aquella asignatura del pasado que suspendiste tres veces.
Porque media hora después del examen ya se te ha olvidado el 90 por ciento de la información que tan pacientemente has memorizado. Como nos olvidamos de lo que nos enseñan diversas personas y situaciones cuando nos hacen sufrir.
Porque la vida se compone de diferentes departamentos de conocimientos interrelacionados que conforman un todo. Como un curso o una carrera. Porque aprobar el curso no te garantiza tener resuelta la vida (ni encontrar un trabajo estable de lo tuyo y ganar mucha pasta ni nada de eso), sino pasar a la siguiente etapa y continuar poniendo en práctica lo que ya sabes mientras sigues aprendiendo.
Porque en los exámenes eres tú ante el peligro. Tú solo. Momentos antes y después puedes comentar con tus compañeros sobre las dudas que tienes y sobre cómo han enfocado ellos el estudio, pero a la hora de la verdad lo que cuenta es lo que tú sabes. Y si te copias puede pasar que tengas éxito o que la cagues porque el de al lado sabe tan poco como tú.
Porque, al final, la teoría dista mucho de servirte para la práctica. A la hora de la verdad, todo eso da igual.
Los exámenes son como la vida misma. Y a mí cada vez me cuesta más estudiar.