Things Will Be Sweeter
A estas alturas de la película creo que ha quedado bastante patente lo relevante que resulta la música en mi vida. Tiendo a aferrarme a determinadas canciones según el contexto y mi estado de enajenación mental. Pues bien, hay un tema de Dee C Lee, titulado Things Will Be Sweeter nada conocido y cuya melodía se me viene a la cabeza en momentos de necesidad.
Por necesidad entendamos no que necesito enchufarla en cualquier sitio, aunque tengamos encima el ambiente primaveral y haga calorcito y aunque uno se encuentre a una edad en la que se da por hecho que se tira a todo bicho viviente (si algunos supieran lo bueno que soy, se sorprenderían), sino que tendríamos que barajar algo más profundo (algo casi imposible teniendo en cuenta la fobia popular que esto produce. No en vano me han llamado místico y trascendental en infinidad de ocasiones de manera despectiva antes de salir corriendo y dejarse caer en los brazos del integrante del sexo masculino más simple y cercano que había en kilómetros a la redonda). Porque hay épocas concretas en la vida, circunstancias, que hacen que el hecho de pensar que las cosas serán más dulces se convierta en una auténtica necesidad.
Somos humanos (a pesar de que muchos no lo parezcan y crean estar por encima hasta de lo divino, algo que, en realidad, no hace sino ocultar su complejo de inferioridad) y todos tenemos maravillosos momentos en nuestra existencia en los que nos apetece prenderle fuego a la oficina que absorbe tres cuartas partes de nuestro tiempo (si tienes suerte y puedes largarte a casa a tu hora) o pegarnos de cabezazos contra la pared (lo que provocaría que el vecino acudiera a casa a quejarse e incrementara nuestro estrés) cuando nos damos cuenta de que no disponemos de tiempo ni para cortarnos el pelo y adecentar ligeramente nuestro demacrado aspecto físico (si es que queda algún vestigio de él). Hay días (y se me viene a la cabeza un anuncio de compresas en plan "en esos días de menstruación") en los que la vida se llena de por qués (citando a la Pausini que tronaba en mis oídos con esa voz de pena cuando yo era un pre-teenager con granos), en los que ni siquiera te apetece levantarte de la cama y cuando lo haces descubres que hubiera sido una gran idea declararte enfermísimo, pues aunque tu cuerpo no tenga síntoma de enfermedad alguna, tu mente necesita unas vacaciones en los brazos de Morfeo o un año sabático en las islas Mevoyatomarpoculoconmigomismo.
Cuando esto se manifiesta, que suele producirse una vez cada X tiempo, dependiendo de la bipolaridad de cada uno y de su ánimo pendular, pueden ocurrirte un par de cosas:
- La primera de ellas es que te autocompadezcas hasta la saciedad. Esto se caracteriza por una flagelación continua, especialmente en aquellas personas que ya lo hacen de por sí cuando les va medianamente bien. De modo que guardas el látigo de toda la vida y sacas el de siete puntas al tiempo que te aprietas el cilicio emocional como diez centímetros hasta asfixiar tu cerebro (en el caso de que uses de estos, que también hay quienes solo tienen una nota al más puro estilo Los Simpson que reza "te debo un cerebro. Firmado: Dios".) Es lo que se conoce como espiral de autocompasión y está movida por sentimientos de tipo secundario que según el Trabajo Social son los que instauran la duda, imposibilitan la acción y absorben la energía. Son propios de personas que exhiben su victimismo para que otros lo ratifiquen como un hecho, de modo que justifican su inoperancia y se hunden en su propio pozo de lamentos: "ays, pena de mí", "mi vida es monstruosamente miserable", "nada me sale bien", "nunca me podré casar con Jesús Vázquez", "el vecino del quinto jamás me hará caso", "estaré solo always & forever", "los demás me hacen la vida imposible" y otras lindezas que sacan la vena más drama queen de cualquiera.
No estoy diciendo que no deban surgir, porque es natural hasta cierto punto. Por poner un caso, si uno en un intervalo de 36 horas pasa 25 trabajando, estresado, delante de la pantalla de un ordenador, y deseando asesinar a Bill Gates lenta y dolorosamente es probable que este tipo de sentimientos asomen y además, y muy al contrario de lo que reza la teoría, impulsen a la acción, pero a una acción demente (insultar a la madre de tu jefa en su presencia puede ser perjudicial, deberían ponerlo en las etiquetas de identificación de personal de las empresas).
- La segunda es que, de alguna manera, trates de levantar cabeza. Se trata de sentimientos de tipo primario, impulsan a la acción y dan fuerza. Son simples, no requieren mucha explicación y la persona que los muestra parece fuerte ante los demás. Lo que podría traducirse en: "voy a tomar un vuelo para conquistar a Jesús y que se enamore de mí y si me dice que no él se lo pierde", "el del quinto me la pela, paso de él", "estaré solo de por vida, pero más a gusto estoy tal y como está el patio", "si los demás me hacen la vida imposible ahora me toca a mí devolver la misma moneda. Se va a cagar la peeeerrrrrraaaa", e-t-c.
Mi madre tiene razón cuando me dice aquello de que cuando te paras a pensar la vida, ésta te parece una mierda (del tamaño de la estatua de la libertad además). Porque uno se da cuenta de que no es para nada lo que ha soñado para sí mismo y, lo que es peor, cuando trata de serlo, en seguida lo remojan con un jarro de agua fría para devolverle a la miserable realidad de la que ha llegado a formar parte casi sin darse cuenta. Y es que, resulta muy complicado no sentirse fracasado en el mundo que tenemos, no anhelar que haya un árbitro a quien pedir tiempo muerto, no querer parar el mundo para bajarse como dijera Mafalda a su tierna edad de inocencia sesgada.
Pero así es como funciona o así es como me lo estoy aprendiendo yo. A veces lo único que te queda es dejar que el sol te dé en la cara, esperando que lleguen días en los que caliente más, mientras dejas que las notas de una canción te invadan y la cabeza entre unos paréntesis que te aislan de todo lo demás. Al tiempo que piensas que las cosas tienen que ser más dulces. Serán más dulces, en todos los sentidos.
Y aunque alguien crea que no, que me deje por lo menos intentarlo. Contarme una mentira piadosa para seguir tirando p'alante.
Por necesidad entendamos no que necesito enchufarla en cualquier sitio, aunque tengamos encima el ambiente primaveral y haga calorcito y aunque uno se encuentre a una edad en la que se da por hecho que se tira a todo bicho viviente (si algunos supieran lo bueno que soy, se sorprenderían), sino que tendríamos que barajar algo más profundo (algo casi imposible teniendo en cuenta la fobia popular que esto produce. No en vano me han llamado místico y trascendental en infinidad de ocasiones de manera despectiva antes de salir corriendo y dejarse caer en los brazos del integrante del sexo masculino más simple y cercano que había en kilómetros a la redonda). Porque hay épocas concretas en la vida, circunstancias, que hacen que el hecho de pensar que las cosas serán más dulces se convierta en una auténtica necesidad.
Somos humanos (a pesar de que muchos no lo parezcan y crean estar por encima hasta de lo divino, algo que, en realidad, no hace sino ocultar su complejo de inferioridad) y todos tenemos maravillosos momentos en nuestra existencia en los que nos apetece prenderle fuego a la oficina que absorbe tres cuartas partes de nuestro tiempo (si tienes suerte y puedes largarte a casa a tu hora) o pegarnos de cabezazos contra la pared (lo que provocaría que el vecino acudiera a casa a quejarse e incrementara nuestro estrés) cuando nos damos cuenta de que no disponemos de tiempo ni para cortarnos el pelo y adecentar ligeramente nuestro demacrado aspecto físico (si es que queda algún vestigio de él). Hay días (y se me viene a la cabeza un anuncio de compresas en plan "en esos días de menstruación") en los que la vida se llena de por qués (citando a la Pausini que tronaba en mis oídos con esa voz de pena cuando yo era un pre-teenager con granos), en los que ni siquiera te apetece levantarte de la cama y cuando lo haces descubres que hubiera sido una gran idea declararte enfermísimo, pues aunque tu cuerpo no tenga síntoma de enfermedad alguna, tu mente necesita unas vacaciones en los brazos de Morfeo o un año sabático en las islas Mevoyatomarpoculoconmigomismo.
Cuando esto se manifiesta, que suele producirse una vez cada X tiempo, dependiendo de la bipolaridad de cada uno y de su ánimo pendular, pueden ocurrirte un par de cosas:
- La primera de ellas es que te autocompadezcas hasta la saciedad. Esto se caracteriza por una flagelación continua, especialmente en aquellas personas que ya lo hacen de por sí cuando les va medianamente bien. De modo que guardas el látigo de toda la vida y sacas el de siete puntas al tiempo que te aprietas el cilicio emocional como diez centímetros hasta asfixiar tu cerebro (en el caso de que uses de estos, que también hay quienes solo tienen una nota al más puro estilo Los Simpson que reza "te debo un cerebro. Firmado: Dios".) Es lo que se conoce como espiral de autocompasión y está movida por sentimientos de tipo secundario que según el Trabajo Social son los que instauran la duda, imposibilitan la acción y absorben la energía. Son propios de personas que exhiben su victimismo para que otros lo ratifiquen como un hecho, de modo que justifican su inoperancia y se hunden en su propio pozo de lamentos: "ays, pena de mí", "mi vida es monstruosamente miserable", "nada me sale bien", "nunca me podré casar con Jesús Vázquez", "el vecino del quinto jamás me hará caso", "estaré solo always & forever", "los demás me hacen la vida imposible" y otras lindezas que sacan la vena más drama queen de cualquiera.
No estoy diciendo que no deban surgir, porque es natural hasta cierto punto. Por poner un caso, si uno en un intervalo de 36 horas pasa 25 trabajando, estresado, delante de la pantalla de un ordenador, y deseando asesinar a Bill Gates lenta y dolorosamente es probable que este tipo de sentimientos asomen y además, y muy al contrario de lo que reza la teoría, impulsen a la acción, pero a una acción demente (insultar a la madre de tu jefa en su presencia puede ser perjudicial, deberían ponerlo en las etiquetas de identificación de personal de las empresas).
- La segunda es que, de alguna manera, trates de levantar cabeza. Se trata de sentimientos de tipo primario, impulsan a la acción y dan fuerza. Son simples, no requieren mucha explicación y la persona que los muestra parece fuerte ante los demás. Lo que podría traducirse en: "voy a tomar un vuelo para conquistar a Jesús y que se enamore de mí y si me dice que no él se lo pierde", "el del quinto me la pela, paso de él", "estaré solo de por vida, pero más a gusto estoy tal y como está el patio", "si los demás me hacen la vida imposible ahora me toca a mí devolver la misma moneda. Se va a cagar la peeeerrrrrraaaa", e-t-c.
Mi madre tiene razón cuando me dice aquello de que cuando te paras a pensar la vida, ésta te parece una mierda (del tamaño de la estatua de la libertad además). Porque uno se da cuenta de que no es para nada lo que ha soñado para sí mismo y, lo que es peor, cuando trata de serlo, en seguida lo remojan con un jarro de agua fría para devolverle a la miserable realidad de la que ha llegado a formar parte casi sin darse cuenta. Y es que, resulta muy complicado no sentirse fracasado en el mundo que tenemos, no anhelar que haya un árbitro a quien pedir tiempo muerto, no querer parar el mundo para bajarse como dijera Mafalda a su tierna edad de inocencia sesgada.
Pero así es como funciona o así es como me lo estoy aprendiendo yo. A veces lo único que te queda es dejar que el sol te dé en la cara, esperando que lleguen días en los que caliente más, mientras dejas que las notas de una canción te invadan y la cabeza entre unos paréntesis que te aislan de todo lo demás. Al tiempo que piensas que las cosas tienen que ser más dulces. Serán más dulces, en todos los sentidos.
Y aunque alguien crea que no, que me deje por lo menos intentarlo. Contarme una mentira piadosa para seguir tirando p'alante.
Las Caras de Paper
Es un hecho probado que cada persona tiene cara de algo. Todos hemos oído o dicho en alguna ocasión eso de "tiene cara de viciosa pervertida", "con esa cara se las tiene que comer dobladas" o "tiene cara de psicópata desquiciado que te perseguirá todos los días del trabajo a casa en plan maniaco obseso". La gente es muy imaginativa y puede interpretar tu cara de múltiples y variadas formas. Tanto así, que yo he llegado a plantearme qué clase de rostro tendré (además de tremendamente atractivo y más placentero visualmente que cualquier obra de arte) para que me pasen ciertas cosas.
Situación 1:
Ando por la calle con un amigo extranjero. Una gitana trata de pararnos para darnos la estupenda ramita de romero (que sabe Dior de dónde ha sacado) y para leernos el futuro. Cuando me quiero dar cuenta mi amigo aguanta la ramita en la mano mientras la gitana le dice:
- Anda, guapo, déjame la mano que te voy a leer el futuro.
Me pongo el disfraz de Supergay y acudo al rescate. Le devuelvo la ramita a la susodicha y agarro a mi amigo de la mano para llevármelo cuando oigo que me dicen:
- ¡Y el maricón éste de mieeeeerdaaaaaaa!
Conclusión: Tengo cara de maricón. Qué le vamos a hacer. A punto estuve de decirle a la tipa "mira, mona, el futuro no sé, pero el presente lo lees divinamente". Esto tira por tierra mi teoría de que no ligo en la sección de embutidos del Mercadona debido a que los tíos piensan que puedo ser hetero.
Situación 2:
La calle llena de gente. A lo lejos diviso a un grupo de cuatro personas que anda un poco perdido. Se cruzan con todo Cristo, pero se dirigen a mí como si hubieran visto a la virgen de Lourdes montada en una Harley, recogiéndose la túnica con una mano mientras con la otra agita una bandera que reza: servicio de información gratuita.
- Oye, ¿la calle tal?
- No lo sé.
- ¿Cómo es que no lo sabes?
- Pues... no me suena.
- Pero ¡es que deberías saberlo!
Nos ha jodido. Encima exigiendo.
Conclusión: tengo cara de Pelocho. Te damos toda la información que necesitas y si no la tenemos, la buscamos y te devolvemos la llamada.
Situación 3:
Sentado en un banco tranquilamente tomando el sol. Viene uno "Perdona, ¿tienes un cigarro?". Se lo doy. Viene otro "Perdona, ¿tienes papel?". "No, no tengo". Viene otro "Perdona, ¿tienes papel?" Así hasta cuatro veces. No, no fumo porros ¿tan raro es? ¿Es que soy una especie rara?
Conclusión: tengo cara de porreta. O de chusmilla, como asegura Mic. Esto explica por qué no se me acercan los tíos en la sección de charcutería del Mercadona: saben que soy gay, pero como tengo cara de cani/calorro, se creen que les voy a pegar o que les voy a decir aquello de:
- Oooooooooooinss, neeeenee. Me vá a comé la aletilla er coooooñoooo.
Situación 4:
- Perdona ¿tienes un boli?
La plaza estaba llena. Lo juro. Y no le preguntó a nadie más. No, si es que al final también voy a tener cara de distribuidor industrial de papelería...
Situación 5:
Sábado noche. Discoteca. Borrachera (mano playmóbil tan conocida en mi blog, de sujetar los cubatas). Suena el "pa mi mulata, pa mi morena". Me presentan a un tío. Vale, venga, va. No me apetece una mierda porque odio a los hombres y voy de marica digna y resentida, pero bueno. Haremos de tripas corazón. Ante todo educación.
- Hola.
- Hola.
- ¿A qué te dedicas?
- Pues verás, yo es que lo dejé con mi novio hace tres semanas y todavía me rasgo las vestiduras cada vez que escucho el Melancolía de Camilo Sexto. No es que lo eche de menos, es que me hizo mucho daño porque cuando éramos chicos...
Su voz se pierde entre el murmullo, la música y el sonido de mi indignación de sábado por la noche intentando correr estúpidos velos sobre mi vida y mis problemas.
Conclusión: además de que sigo odiando a los hombres tanto o más, tengo cara de organización no gubernamental (venga, hombre, acércate que te ayudo a solucionar tus problemas personales), de psicólogo frustrado (vengaaaaa, que vendo barato los psicoanálisis!!! A copa por sesión!!!), de Madre Teresa de Calcuta (siéntate en mi regazo, hijo, que yo te voy a dar todo el cariño que tu ex novio - al que por cierto sigues llamando novio, por si no te habías dado cuenta- no supo ofrecerte en las frías noches de invierno) o de amiguísimo gay sacrificado por la causa (llora en mi hombro, my tender love).
Situación 6:
En la oficina. Hay que subir unas cajas de uñas postizas (o vete tú a saber porque es que ya prefiero no saber lo que hay entre tanta cajita, que yo creo que mis jefes hacen contrabando de órganos o algo así).
- ¿Quién va a ayudar a subir las cajas?
- Paper, claro.
Conclusión: tengo cara de gilipollas. Y punto.
Situación 7:
Andando por la calle con Mic. Se me acerca un tío vestido de bruja que reparte flyers y que, casualmente, conoce a Mic. Le suelta a Mic que le encantaría conocerme (en mi presencia). Se me presenta. Un viernes, después de haber trabajado doce horas, con una cara que me llega a los pies (a pesar de que servidor siempre está divino). Trata de tontear.
Conclusión: el cansancio laboral me pone cara de facilona, de "regalo copas gratis a todo aquel que entre en mis calzoncillos".
Situación 8:
Tonteo con uno. Me dice que me quiere poner mirando pa Cuenca.
Tonteo con otro. Me dice que me quiere poner mirando pa Cuenca.
Bailo con otro. Me arrima la cebolleta con violencia a mi estupendo trasero (menos mal que había tela de por medio, de lo contrario hoy estaría embarazado), de lo cual deduzco que me quiere poner mirando pa Cuenca.
Hablo con otro. Me habla todo el rato de Cuenca.
Etcétera.
Conclusión: además de cara de marica, de Pelocho, de ONG, de Madre Teresa, de distribuidor industrial, de chusma, de emporrado, de gilipollas y de facilona, también debo tener cara de pasivo. O eso o es que de repente a todos los tíos que he conocido les ha invadido la hormona del "me crece algo entre las piernas y necesito enchufarlo en algún sitio, así que si no te importa...". ¿Dónde ha quedado la versatilidad? ¿Es una leyenda urbana? ¿Por qué todos dan por supuesto que soy pasivo perdido?
Así que ya sabéis. Si queréis que os pasen cosas surrealistas, no tenéis más que pedir cita en Cambio Radical y que os pongan un rostro expresivo y que además diga que sois buena gente. No folla, que diga... no falla.
Situación 1:
Ando por la calle con un amigo extranjero. Una gitana trata de pararnos para darnos la estupenda ramita de romero (que sabe Dior de dónde ha sacado) y para leernos el futuro. Cuando me quiero dar cuenta mi amigo aguanta la ramita en la mano mientras la gitana le dice:
- Anda, guapo, déjame la mano que te voy a leer el futuro.
Me pongo el disfraz de Supergay y acudo al rescate. Le devuelvo la ramita a la susodicha y agarro a mi amigo de la mano para llevármelo cuando oigo que me dicen:
- ¡Y el maricón éste de mieeeeerdaaaaaaa!
Conclusión: Tengo cara de maricón. Qué le vamos a hacer. A punto estuve de decirle a la tipa "mira, mona, el futuro no sé, pero el presente lo lees divinamente". Esto tira por tierra mi teoría de que no ligo en la sección de embutidos del Mercadona debido a que los tíos piensan que puedo ser hetero.
Situación 2:
La calle llena de gente. A lo lejos diviso a un grupo de cuatro personas que anda un poco perdido. Se cruzan con todo Cristo, pero se dirigen a mí como si hubieran visto a la virgen de Lourdes montada en una Harley, recogiéndose la túnica con una mano mientras con la otra agita una bandera que reza: servicio de información gratuita.
- Oye, ¿la calle tal?
- No lo sé.
- ¿Cómo es que no lo sabes?
- Pues... no me suena.
- Pero ¡es que deberías saberlo!
Nos ha jodido. Encima exigiendo.
Conclusión: tengo cara de Pelocho. Te damos toda la información que necesitas y si no la tenemos, la buscamos y te devolvemos la llamada.
Situación 3:
Sentado en un banco tranquilamente tomando el sol. Viene uno "Perdona, ¿tienes un cigarro?". Se lo doy. Viene otro "Perdona, ¿tienes papel?". "No, no tengo". Viene otro "Perdona, ¿tienes papel?" Así hasta cuatro veces. No, no fumo porros ¿tan raro es? ¿Es que soy una especie rara?
Conclusión: tengo cara de porreta. O de chusmilla, como asegura Mic. Esto explica por qué no se me acercan los tíos en la sección de charcutería del Mercadona: saben que soy gay, pero como tengo cara de cani/calorro, se creen que les voy a pegar o que les voy a decir aquello de:
- Oooooooooooinss, neeeenee. Me vá a comé la aletilla er coooooñoooo.
Situación 4:
- Perdona ¿tienes un boli?
La plaza estaba llena. Lo juro. Y no le preguntó a nadie más. No, si es que al final también voy a tener cara de distribuidor industrial de papelería...
Situación 5:
Sábado noche. Discoteca. Borrachera (mano playmóbil tan conocida en mi blog, de sujetar los cubatas). Suena el "pa mi mulata, pa mi morena". Me presentan a un tío. Vale, venga, va. No me apetece una mierda porque odio a los hombres y voy de marica digna y resentida, pero bueno. Haremos de tripas corazón. Ante todo educación.
- Hola.
- Hola.
- ¿A qué te dedicas?
- Pues verás, yo es que lo dejé con mi novio hace tres semanas y todavía me rasgo las vestiduras cada vez que escucho el Melancolía de Camilo Sexto. No es que lo eche de menos, es que me hizo mucho daño porque cuando éramos chicos...
Su voz se pierde entre el murmullo, la música y el sonido de mi indignación de sábado por la noche intentando correr estúpidos velos sobre mi vida y mis problemas.
Conclusión: además de que sigo odiando a los hombres tanto o más, tengo cara de organización no gubernamental (venga, hombre, acércate que te ayudo a solucionar tus problemas personales), de psicólogo frustrado (vengaaaaa, que vendo barato los psicoanálisis!!! A copa por sesión!!!), de Madre Teresa de Calcuta (siéntate en mi regazo, hijo, que yo te voy a dar todo el cariño que tu ex novio - al que por cierto sigues llamando novio, por si no te habías dado cuenta- no supo ofrecerte en las frías noches de invierno) o de amiguísimo gay sacrificado por la causa (llora en mi hombro, my tender love).
Situación 6:
En la oficina. Hay que subir unas cajas de uñas postizas (o vete tú a saber porque es que ya prefiero no saber lo que hay entre tanta cajita, que yo creo que mis jefes hacen contrabando de órganos o algo así).
- ¿Quién va a ayudar a subir las cajas?
- Paper, claro.
Conclusión: tengo cara de gilipollas. Y punto.
Situación 7:
Andando por la calle con Mic. Se me acerca un tío vestido de bruja que reparte flyers y que, casualmente, conoce a Mic. Le suelta a Mic que le encantaría conocerme (en mi presencia). Se me presenta. Un viernes, después de haber trabajado doce horas, con una cara que me llega a los pies (a pesar de que servidor siempre está divino). Trata de tontear.
Conclusión: el cansancio laboral me pone cara de facilona, de "regalo copas gratis a todo aquel que entre en mis calzoncillos".
Situación 8:
Tonteo con uno. Me dice que me quiere poner mirando pa Cuenca.
Tonteo con otro. Me dice que me quiere poner mirando pa Cuenca.
Bailo con otro. Me arrima la cebolleta con violencia a mi estupendo trasero (menos mal que había tela de por medio, de lo contrario hoy estaría embarazado), de lo cual deduzco que me quiere poner mirando pa Cuenca.
Hablo con otro. Me habla todo el rato de Cuenca.
Etcétera.
Conclusión: además de cara de marica, de Pelocho, de ONG, de Madre Teresa, de distribuidor industrial, de chusma, de emporrado, de gilipollas y de facilona, también debo tener cara de pasivo. O eso o es que de repente a todos los tíos que he conocido les ha invadido la hormona del "me crece algo entre las piernas y necesito enchufarlo en algún sitio, así que si no te importa...". ¿Dónde ha quedado la versatilidad? ¿Es una leyenda urbana? ¿Por qué todos dan por supuesto que soy pasivo perdido?
Así que ya sabéis. Si queréis que os pasen cosas surrealistas, no tenéis más que pedir cita en Cambio Radical y que os pongan un rostro expresivo y que además diga que sois buena gente. No folla, que diga... no falla.
Estamos que lo Regalamos
En mis tiempos de facultad (y suena la sintonía de Aquellos Maravillosos Años para recordarme que me hago mayor y que ya mismo tendré que cuidarme y luchar para mantener un tipo juvenil) recuerdo que además de la ingente cantidad de gays que abarrotaban las aulas de Ciencias de la Comunicación (Chueca no tenía nada que envidiarle, puesto que aquello era como un bar de ambiente pero vestidos de diario y con carpetas - aunque también había alguno que otro que, sabiamente y teniendo en cuenta que aquello era una mina, se vestía como si fuera fin de año) había mucho niño mono suelto.
Para que nos entendamos, en la jerga natural que todo jovencito de la calle como yo desarrolla para clasificar a los diversos especimenes con los que se cruza, un niño mono es aquel que sí, que es monííííííííísisimo de la muerte, viste genial y está rebueno pero de cerebro más bien anda cortito. Lejos de situarme en una discoteca a relatar las consecuencias que tiene el conocer a alguien así (yo creo que todos hemos estado alguna vez en situación de saberlo, ya que abundan), me circunscribo al ámbito exclusivamente académico para decir que para ser universitarios de tomo y lomo y estar orgullosísimos, puesto que para acceder a las carreras de comunicación la nota de selectividad ha de ser muy alta, la mayoría no sabía ni donde tenía la cara. Vamos, que el nivel neuronal brillaba por su ausencia. De modo que alguno había que estaba en tercero de Periodismo y no sabía redactar una frase gramaticalmente correcta sin tres faltas de ortografía cada cuatro palabras (imaginaos como son los currículums que se dejan en los periódicos hoy en día, que mi sobrina de cuatro años tiene una capacidad expresiva más correcta y fluida, la verdad sea dicha).
Y, claro, yo como siempre he sido la panacea de la palabra escrita (jijiji, como me paso) me preguntaba cómo estas personas habían llegado hasta ahí sin saber hacer la o con un canuto. Y no eran pocas ¿eh? Que las aulas rebosaban geniecillos de este tipo, también conocidos por el pesudónimo individuos con una flor en el culo. Ciento cincuenta personas por año de licenciatura daban buena muestra de la multitudinaria gentuza que se dedicaba a ligar y a lucirse por los pasillos de la facul. La cuestión es que no se puede permitir que haya personas estudiando niveles de educación superiores que no tengan unos mínimos. Que sí, que yo sé que el sistema educativo está fatal y que no hay dios que aprenda más de tres cosas seguidas en un mismo curso, pero, leñe, no me parece normal que se cometan errores de ortografías grabes e himportantes en un examen. Recuerdo que había profesores que proclamaban que eran capaces de suspender por un error de ortografía gordo e injustificado mientras los alumnos se enervaban como si se les estuviera exigiendo cantar la última de las Tatú en versión Caribe Mix con la boca llena de donetes. Y yo quedaba de raro, claro, cuando afirmaba que estaba de acuerdo con este tipo de medidas drásticas.
Porque, seamos sinceros. Vale que el instituto no te enseñe grandes cosas en la vida, que los conocimientos aprendidos de memorieta se olviden, que la fecha en que Napoleón pegó la cuarta voz se te escape... pero, cariño, que no sepas poner una b o una v cuando sea lo suyo o que la palabra comprar va sin h intercalada pues como que me parece básico ¿verdad? ¿Verdad que sí? ¿A que sí?
Pues no. Porque el proyecto de Real Decreto de enseñanzas mínimas de bachillerato dice que en el 2008 los alumnos podrán pasar a segundo de bachillerato con cinco asignaturas suspensas de primero. Mu bien, eso está mu bien. Si la gente ya estudia poco para aprobar, ¿qué les hace pensar a las geniales personas que han redactado este decreto que sabiendo que pueden pasar de curso con cinco asignaturas los niños y niñas van a hincar codos como los que más? ¿Cuál será el motivo por el que se encerrarán en su habitación a estudiar, dejando a Jorge Javier Vázquez con la palabra en la boca y con su voz retumbando en el salón vacío de casa? ¿Que papá les pague el carné de conducir motos acuáticas? ¿Que el profe de filosofía les dé una palmadita en el culo a modo de enhorabuena acompañada de una mirada viciosa a modo de "ya verás cuando saques el matríx-culo, que diga... una matrícula. De ponerte mirando pa Cuenca no te salva nadie, nene"?
Pero es que, claro, todo esto tiene un motivo justificado: se pretende que los jóvenes no abandonen los estudios tan pronto. Con las ganas que hubiera tenido yo en segundo de bachillerato de que la mitad de imbéciles que se sentaban a mi alrededor se hubieran quedado en sus casas con sus madres y padres, teniendo en cuenta que se pasaban la clase tirándose bolitas de papel lleno de escupitajos (nunca he entendido estos pseudojuegos la mar de divertidos, oye, que te estampen una bola de saliva verdosa en la frente en mitad de la clase de francés, con la de problemas que ya de por sí tienes tú para no resultarte ridículo a esa edad, es genial y maravilloso) y no porque tuvieran déficit de atención, sino porque Descartes les sonaba a chino mandarín e interés por seguir la clase tenían más bien poquito.
Por no hablar de los profesores, que alguno he tenido que en lugar de enseñar matemáticas nos contaba sus experiencias sexuales del fin de semana, tiempo que aprovechaba para salir de bar en bar y ponerle los cuernos a su mujercita, encerrada en casa cuidando de sus hijos. No es que no enseñara matemáticas, es que relataba que era un picha brava la mar de orgulloso, dando a entender a los pobres adolescentes de media neurona que eso era lo que tenían que hacer para convertirse en hombres de pelo en pecho y de provecho, transformarse en unos very strong pichotes. Si por pasar la mano había alguno que decía que no estaba de acuerdo con el sistema y que se negaba a venir a dar clase y examinarnos (así en plan rollo alternativo), a lo que yo me preguntaba qué diablos hacía en su puesto de trabajo cobrando lo que cobra un profesor de universidad, si tan antisistema y tan rebelde era.
Pues nada, que ahora tener un título va a ser incluso más fácil que antes. Que ya mismo nos vemos a los decanos en el mercadillo con las cajas de plástico llenas hasta arriba de títulos de esta guisa:
- ¡Vamo, vamo, vamo, que estamo que lo regalamo, zeñore! Very gú, very chí, very nais. Que tengo de tó: carreras para todos los gustos. Que si te llevas la de psicología te regalo un flexo para que alumbres la estampita de la virgen y reces toas las noches para que no descubran en tu futuro trabajo que no sabes ni donde tienes la cara. ¡Vamo, vamo, vamoooo!
Lo que quiero decir es que en lugar de inculcarnos que con esfuerzo se puede llegar lejos, que quien algo quiere algo le cuesta, que solamente hay que poner un poco de nuestra parte y que si nos lo curramos conseguiremos lo que nos propongamos, al final lo que prima es poner las cositas fáciles. Y digo yo, después de que los concursantes de Gran Hermano se cuelen en las pantallas de nuestros televisores cobrando una pasta gansa, haciendo de presentadores, actores, periodistas (fíjate, uno estudiando cuatro años para que al final llegue uno de estos y acabe presentando el telediario) o, sencillamente, contando sus trapos sucios, después de que en los concursos no se premie la inteligencia o la agilidad mental como en los tiempos de mi añorado Cifras y Letras (sí, yo lo veía, qué pasa) sino que abriendo una cajita eres multimillonario para el resto de tu vida (lo siento, Jesús, no quería meterme con tu concurso, pero es que se me planta en la tele diciéndome al oído eso de "critícame, critícame" y uno no es de piedra. Que sí, que tú estás para mojar pan, pero que a veces también me fijo en la mecánica del programa), ¿no os da la impresión de que no importa cuánto hagáis, que al final lo único que impera es el factor suerte o, peor aún, el método "se la he chupado a éste, ése, aquel, el otro, el de la moto y el de más allá y tengo la lengua como la suela de una alpargata" para conseguir lo que os propongáis? Y luego te encuentras con los cuatro cantamañanas de turno que están ocupando puestos de dinero y responsabilidad y que nadie se explica cómo han llegado hasta ahí. Así va el mundo.
Sólo haré una observación que seguramente os dará que pensar. Algo profundo, importante. La Ana Obregón es bióloga: ¿por qué?
En fin, que no sé por qué me indigno, ni por qué me esfuerzo, si total... no voy a conseguir cambiar el mundo por más que quiera.
Aunque, por otro lado, el mundo tampoco va a conseguir cambiarme a mí, así que... supongo que estamos en paz.
Para que nos entendamos, en la jerga natural que todo jovencito de la calle como yo desarrolla para clasificar a los diversos especimenes con los que se cruza, un niño mono es aquel que sí, que es monííííííííísisimo de la muerte, viste genial y está rebueno pero de cerebro más bien anda cortito. Lejos de situarme en una discoteca a relatar las consecuencias que tiene el conocer a alguien así (yo creo que todos hemos estado alguna vez en situación de saberlo, ya que abundan), me circunscribo al ámbito exclusivamente académico para decir que para ser universitarios de tomo y lomo y estar orgullosísimos, puesto que para acceder a las carreras de comunicación la nota de selectividad ha de ser muy alta, la mayoría no sabía ni donde tenía la cara. Vamos, que el nivel neuronal brillaba por su ausencia. De modo que alguno había que estaba en tercero de Periodismo y no sabía redactar una frase gramaticalmente correcta sin tres faltas de ortografía cada cuatro palabras (imaginaos como son los currículums que se dejan en los periódicos hoy en día, que mi sobrina de cuatro años tiene una capacidad expresiva más correcta y fluida, la verdad sea dicha).
Y, claro, yo como siempre he sido la panacea de la palabra escrita (jijiji, como me paso) me preguntaba cómo estas personas habían llegado hasta ahí sin saber hacer la o con un canuto. Y no eran pocas ¿eh? Que las aulas rebosaban geniecillos de este tipo, también conocidos por el pesudónimo individuos con una flor en el culo. Ciento cincuenta personas por año de licenciatura daban buena muestra de la multitudinaria gentuza que se dedicaba a ligar y a lucirse por los pasillos de la facul. La cuestión es que no se puede permitir que haya personas estudiando niveles de educación superiores que no tengan unos mínimos. Que sí, que yo sé que el sistema educativo está fatal y que no hay dios que aprenda más de tres cosas seguidas en un mismo curso, pero, leñe, no me parece normal que se cometan errores de ortografías grabes e himportantes en un examen. Recuerdo que había profesores que proclamaban que eran capaces de suspender por un error de ortografía gordo e injustificado mientras los alumnos se enervaban como si se les estuviera exigiendo cantar la última de las Tatú en versión Caribe Mix con la boca llena de donetes. Y yo quedaba de raro, claro, cuando afirmaba que estaba de acuerdo con este tipo de medidas drásticas.
Porque, seamos sinceros. Vale que el instituto no te enseñe grandes cosas en la vida, que los conocimientos aprendidos de memorieta se olviden, que la fecha en que Napoleón pegó la cuarta voz se te escape... pero, cariño, que no sepas poner una b o una v cuando sea lo suyo o que la palabra comprar va sin h intercalada pues como que me parece básico ¿verdad? ¿Verdad que sí? ¿A que sí?
Pues no. Porque el proyecto de Real Decreto de enseñanzas mínimas de bachillerato dice que en el 2008 los alumnos podrán pasar a segundo de bachillerato con cinco asignaturas suspensas de primero. Mu bien, eso está mu bien. Si la gente ya estudia poco para aprobar, ¿qué les hace pensar a las geniales personas que han redactado este decreto que sabiendo que pueden pasar de curso con cinco asignaturas los niños y niñas van a hincar codos como los que más? ¿Cuál será el motivo por el que se encerrarán en su habitación a estudiar, dejando a Jorge Javier Vázquez con la palabra en la boca y con su voz retumbando en el salón vacío de casa? ¿Que papá les pague el carné de conducir motos acuáticas? ¿Que el profe de filosofía les dé una palmadita en el culo a modo de enhorabuena acompañada de una mirada viciosa a modo de "ya verás cuando saques el matríx-culo, que diga... una matrícula. De ponerte mirando pa Cuenca no te salva nadie, nene"?
Pero es que, claro, todo esto tiene un motivo justificado: se pretende que los jóvenes no abandonen los estudios tan pronto. Con las ganas que hubiera tenido yo en segundo de bachillerato de que la mitad de imbéciles que se sentaban a mi alrededor se hubieran quedado en sus casas con sus madres y padres, teniendo en cuenta que se pasaban la clase tirándose bolitas de papel lleno de escupitajos (nunca he entendido estos pseudojuegos la mar de divertidos, oye, que te estampen una bola de saliva verdosa en la frente en mitad de la clase de francés, con la de problemas que ya de por sí tienes tú para no resultarte ridículo a esa edad, es genial y maravilloso) y no porque tuvieran déficit de atención, sino porque Descartes les sonaba a chino mandarín e interés por seguir la clase tenían más bien poquito.
Por no hablar de los profesores, que alguno he tenido que en lugar de enseñar matemáticas nos contaba sus experiencias sexuales del fin de semana, tiempo que aprovechaba para salir de bar en bar y ponerle los cuernos a su mujercita, encerrada en casa cuidando de sus hijos. No es que no enseñara matemáticas, es que relataba que era un picha brava la mar de orgulloso, dando a entender a los pobres adolescentes de media neurona que eso era lo que tenían que hacer para convertirse en hombres de pelo en pecho y de provecho, transformarse en unos very strong pichotes. Si por pasar la mano había alguno que decía que no estaba de acuerdo con el sistema y que se negaba a venir a dar clase y examinarnos (así en plan rollo alternativo), a lo que yo me preguntaba qué diablos hacía en su puesto de trabajo cobrando lo que cobra un profesor de universidad, si tan antisistema y tan rebelde era.
Pues nada, que ahora tener un título va a ser incluso más fácil que antes. Que ya mismo nos vemos a los decanos en el mercadillo con las cajas de plástico llenas hasta arriba de títulos de esta guisa:
- ¡Vamo, vamo, vamo, que estamo que lo regalamo, zeñore! Very gú, very chí, very nais. Que tengo de tó: carreras para todos los gustos. Que si te llevas la de psicología te regalo un flexo para que alumbres la estampita de la virgen y reces toas las noches para que no descubran en tu futuro trabajo que no sabes ni donde tienes la cara. ¡Vamo, vamo, vamoooo!
Lo que quiero decir es que en lugar de inculcarnos que con esfuerzo se puede llegar lejos, que quien algo quiere algo le cuesta, que solamente hay que poner un poco de nuestra parte y que si nos lo curramos conseguiremos lo que nos propongamos, al final lo que prima es poner las cositas fáciles. Y digo yo, después de que los concursantes de Gran Hermano se cuelen en las pantallas de nuestros televisores cobrando una pasta gansa, haciendo de presentadores, actores, periodistas (fíjate, uno estudiando cuatro años para que al final llegue uno de estos y acabe presentando el telediario) o, sencillamente, contando sus trapos sucios, después de que en los concursos no se premie la inteligencia o la agilidad mental como en los tiempos de mi añorado Cifras y Letras (sí, yo lo veía, qué pasa) sino que abriendo una cajita eres multimillonario para el resto de tu vida (lo siento, Jesús, no quería meterme con tu concurso, pero es que se me planta en la tele diciéndome al oído eso de "critícame, critícame" y uno no es de piedra. Que sí, que tú estás para mojar pan, pero que a veces también me fijo en la mecánica del programa), ¿no os da la impresión de que no importa cuánto hagáis, que al final lo único que impera es el factor suerte o, peor aún, el método "se la he chupado a éste, ése, aquel, el otro, el de la moto y el de más allá y tengo la lengua como la suela de una alpargata" para conseguir lo que os propongáis? Y luego te encuentras con los cuatro cantamañanas de turno que están ocupando puestos de dinero y responsabilidad y que nadie se explica cómo han llegado hasta ahí. Así va el mundo.
Sólo haré una observación que seguramente os dará que pensar. Algo profundo, importante. La Ana Obregón es bióloga: ¿por qué?
En fin, que no sé por qué me indigno, ni por qué me esfuerzo, si total... no voy a conseguir cambiar el mundo por más que quiera.
Aunque, por otro lado, el mundo tampoco va a conseguir cambiarme a mí, así que... supongo que estamos en paz.
Dirty Dancing
En estos días, el gran Pau ha estado desarrollando lo que sería el curso teórico de una carrera nueva: la Licenciatura en Homosexualidad. Os recomiendo que lo miréis porque no tiene desperdicio.
Sabiamente, Pau integra una asignatura optativa en este interesante plan de estudios: el baile. Lo de mover el cuerpo en condiciones puede llegar a ser bastante importante, pero el hecho de que lo haya colocado como asignatura optativa se debe a que, al fin y al cabo, para ligar es algo accesorio. Hay gente que liga sin necesidad de bailar (que para mover la pelvis ya utilizan un escenario diferente), algunos ligan precisamente porque bailan (de lo contrario nunca llamarían la atención, pues no tienen una belleza destacable) y otros ligan a pesar de pretender bailar. Pero vamos a desarrollar estos conceptos detenidamente.
Pongámonos en situación: sábado noche. Copita va copita viene (los dueños del pub te van a poner un monumento como sigas consumiendo de esa manera o, mejor, te van a inyectar la botella de Ballantines directamente a la vena, que así se ahorran limpiar los vasos de tubo), tú de un lado a otro, caras raras van, caras raras vienen (no es que estés en una película de miedo, es que vas doblado, cariño y solo aguantas en tu retina pequeñas ráfagas de la visión - lo que se conoce como visión nocturna periférica o pseudomirada discotequera-etílica), y música sonando a toda pastilla retumbando en tu cerebro. Si miras a tu alrededor sin caerte de culo por los efectos del alcohol y sin estar buscando el servicio para vaciar tu vejiga, descubrirás que hay una clara división entre:
1. Los que no se mueven.
Éstos están rígidos, saben o creen saber que no bailan bien y prefieren no arriesgarse hasta haber llegado hasta la decimoséptima copa, cuando el sentido del ridículo se encuentre más o menos en el subsuelo, haya tres gatos en el pub y decidan hacer algún gesto gracioso que suele ser el mismo baile aplicado a todos los ritmos: gestos del pajaritos por aquí, pajaritos por allá, basados en encoger los brazos y extenderlos hacia un lado y hacia otro alternativamente, quemando a sus convecinos con el cigarro encendido, y agachándose moviendo el culo intermitentemente. Pueden resultar graciosos y desde luego llaman la atención (por descontado, aunque solo sea para señalarlos mientras les pides a tus amigos que nunca te dejen beber hasta ese extremo).
2. Los que mueven el pie al ritmo de la música
Agarrándose fuertemente a la copa como si se tratara de su salvavidas o apoyados en la barra. Éstos tienen miedo de hacer un movimiento más descontrolado de la cuenta y que el resto del bar empiece a señalarlo con el dedo descojonado de la risa mientras le gritan: "ridículoooooo" al tiempo que la música se para (que estas cosas pasan). Es ideal para pasar desapercibido, ya que la mayoría sigue esta estrategia, y para no parecer el palo de una fregona.
3. Los que más o menos se defienden.
Saben moverse discretamente, sin resultar demasiado exagerados y siendo lo bastante finos y elegantes como para no llegar a un punto de estridencia. Se motivan con aquellas canciones que les gustan realizando algún gesto más exagerado de la cuenta pero sin pasarse. Llaman la atención durante algunos segundos, pero en seguida son normalizados por el resto de los integrantes de la pista de baile, ya que siempre habrá alguien del grupo 4 que concentre todas las críticas y miradas.
4. Los que se han escapado del casting de Fama.
Se trata de aquellos sujetos que piensan que Billy Elliott vive en ellos y tienen que demostrarlo a toda costa. Suelen ser bastante egocéntricos y lo único que les mueve es llamar la atención a toda costa. Lo consiguen. Hasta tal punto que a veces se forman corrillos a su alrededor para admirarlos y meter caña hasta más no poder. Por otro lado, al resultar demasiado evidente su afán de mover la cadera única y exclusivamente para poner cachondo al personal, que se marche a casa y se haga una manola pensando en ellos, pueden ser centro de miradas de desaprobación y desinterés por parte de las maricas como yo que se creen que están por encima del bien y del mal.
Bien, una vez delimitada la cosa, procedamos al "ligoteo mediante el baile". Hay una serie de postulados a tener en cuenta:
- Ver Mira Quien Baila no debe contar o debe desaparecer de tu memoria cuando salgas de marcha.
- Es señalada por la asignatura de Pau que si lo que pretendes es que el morenazo que está enfrente tuya se beba los vientos por ti, no puedes imitar a Beyoncé. No. Nene, acéptalo: no eres negra, ni tienes un par de domingas como balones de fútbol, ni un culo de reserva, ni estás en un videoclip rodeado de buenorros con paquete descomunal.
- Que a Shakira le quede muy bien hacer movimientos de cadera en sus videos no quiere decir que a ti te queden bien (no perdamos la dignidad).
- Las coreografías que te enseñaron en clase de educación física del instituto debieron ser eliminadas en el mismo momento en el que abandonaste el aula-gimnasio. No, caca, feo, malo.
- Que estés toda la noche parado y en cuanto empiecen a sonar las Spice Girls, las Miami Sound Machine, las Tés (alguien se acuerda de aquel grupito salido de Al Salir de Clase que cantaban aquello de "más te vale que me digas que eres virgen todavía") la banda sonora de la Abeja Maya o el Melancolía de Camilo Sesto comiences a bailar como un descosido no te deja en buen lugar.
- No puedes empeñarte en aplicar la horrorosa (aunque tronchante en determinados instantes para reirte con tus amigos) coreografía del Saturday Nite de Whighfield. No por dios, no. Pretendes ligar, no que se rían de ti y acabes en la bañera restregándote un estropajo por todo tu cuerpo para quitarte el olor a fracaso.
Durante el baile con el sujeto, tienes que mantener miradas de interesante (no vale guiñar ambos ojos intermitentemente y sacar la lengua para recoger el hilo de baba que se te escapa) y acercándote (con cuidado de no pisar, no seas cafre) y alejándote de cuando en cuando (no mucho, a ver si vas a acabar en el bar de al lado), haciéndole ver que podrías estar a su alcance pero sólo si te demuestra que te va a poner un piso en Torrevieja. Vale pasar las manos por la cintura (no, más abajo no, no seas impaciente, leñe), meter la pierna entre las dos del individuo casualmente (como el que no quiere la cosa, claro), balancear tu cuerpo (sin parecer una bailarina del Bar Coyote), aprovechar que te empujan para arrimar tu aliento al cuello del morenazo (sin morder, que no es cuestión de creerse Drácula) y sonreír cual putilla de poca monta (uys, esto no, esto no, bórralo).
Todo ello con estilo y teniendo en cuenta las reacciones del sujeto experimental para ir aumentando la temperatura, no vaya a ser que no esté por la labor y cuando decidas pasarle la mano por alguna parte de su cuerpo mirando hacia el techo en un patético intento de hacerle ver que no era lo que pretendías y que ha sido sin querer te arree una ostia que te ponga de vuelta y media y los únicos pasos de baile que sigas desde entonces sean los que van desde la camilla del hospital a la consulta del psicólogo y viceversa.
Sea como sea, sin baile o con él... divertios y, sobre todo, sonreíd.
Sabiamente, Pau integra una asignatura optativa en este interesante plan de estudios: el baile. Lo de mover el cuerpo en condiciones puede llegar a ser bastante importante, pero el hecho de que lo haya colocado como asignatura optativa se debe a que, al fin y al cabo, para ligar es algo accesorio. Hay gente que liga sin necesidad de bailar (que para mover la pelvis ya utilizan un escenario diferente), algunos ligan precisamente porque bailan (de lo contrario nunca llamarían la atención, pues no tienen una belleza destacable) y otros ligan a pesar de pretender bailar. Pero vamos a desarrollar estos conceptos detenidamente.
Pongámonos en situación: sábado noche. Copita va copita viene (los dueños del pub te van a poner un monumento como sigas consumiendo de esa manera o, mejor, te van a inyectar la botella de Ballantines directamente a la vena, que así se ahorran limpiar los vasos de tubo), tú de un lado a otro, caras raras van, caras raras vienen (no es que estés en una película de miedo, es que vas doblado, cariño y solo aguantas en tu retina pequeñas ráfagas de la visión - lo que se conoce como visión nocturna periférica o pseudomirada discotequera-etílica), y música sonando a toda pastilla retumbando en tu cerebro. Si miras a tu alrededor sin caerte de culo por los efectos del alcohol y sin estar buscando el servicio para vaciar tu vejiga, descubrirás que hay una clara división entre:
1. Los que no se mueven.
Éstos están rígidos, saben o creen saber que no bailan bien y prefieren no arriesgarse hasta haber llegado hasta la decimoséptima copa, cuando el sentido del ridículo se encuentre más o menos en el subsuelo, haya tres gatos en el pub y decidan hacer algún gesto gracioso que suele ser el mismo baile aplicado a todos los ritmos: gestos del pajaritos por aquí, pajaritos por allá, basados en encoger los brazos y extenderlos hacia un lado y hacia otro alternativamente, quemando a sus convecinos con el cigarro encendido, y agachándose moviendo el culo intermitentemente. Pueden resultar graciosos y desde luego llaman la atención (por descontado, aunque solo sea para señalarlos mientras les pides a tus amigos que nunca te dejen beber hasta ese extremo).
2. Los que mueven el pie al ritmo de la música
Agarrándose fuertemente a la copa como si se tratara de su salvavidas o apoyados en la barra. Éstos tienen miedo de hacer un movimiento más descontrolado de la cuenta y que el resto del bar empiece a señalarlo con el dedo descojonado de la risa mientras le gritan: "ridículoooooo" al tiempo que la música se para (que estas cosas pasan). Es ideal para pasar desapercibido, ya que la mayoría sigue esta estrategia, y para no parecer el palo de una fregona.
3. Los que más o menos se defienden.
Saben moverse discretamente, sin resultar demasiado exagerados y siendo lo bastante finos y elegantes como para no llegar a un punto de estridencia. Se motivan con aquellas canciones que les gustan realizando algún gesto más exagerado de la cuenta pero sin pasarse. Llaman la atención durante algunos segundos, pero en seguida son normalizados por el resto de los integrantes de la pista de baile, ya que siempre habrá alguien del grupo 4 que concentre todas las críticas y miradas.
4. Los que se han escapado del casting de Fama.
Se trata de aquellos sujetos que piensan que Billy Elliott vive en ellos y tienen que demostrarlo a toda costa. Suelen ser bastante egocéntricos y lo único que les mueve es llamar la atención a toda costa. Lo consiguen. Hasta tal punto que a veces se forman corrillos a su alrededor para admirarlos y meter caña hasta más no poder. Por otro lado, al resultar demasiado evidente su afán de mover la cadera única y exclusivamente para poner cachondo al personal, que se marche a casa y se haga una manola pensando en ellos, pueden ser centro de miradas de desaprobación y desinterés por parte de las maricas como yo que se creen que están por encima del bien y del mal.
Bien, una vez delimitada la cosa, procedamos al "ligoteo mediante el baile". Hay una serie de postulados a tener en cuenta:
- Ver Mira Quien Baila no debe contar o debe desaparecer de tu memoria cuando salgas de marcha.
- Es señalada por la asignatura de Pau que si lo que pretendes es que el morenazo que está enfrente tuya se beba los vientos por ti, no puedes imitar a Beyoncé. No. Nene, acéptalo: no eres negra, ni tienes un par de domingas como balones de fútbol, ni un culo de reserva, ni estás en un videoclip rodeado de buenorros con paquete descomunal.
- Que a Shakira le quede muy bien hacer movimientos de cadera en sus videos no quiere decir que a ti te queden bien (no perdamos la dignidad).
- Las coreografías que te enseñaron en clase de educación física del instituto debieron ser eliminadas en el mismo momento en el que abandonaste el aula-gimnasio. No, caca, feo, malo.
- Que estés toda la noche parado y en cuanto empiecen a sonar las Spice Girls, las Miami Sound Machine, las Tés (alguien se acuerda de aquel grupito salido de Al Salir de Clase que cantaban aquello de "más te vale que me digas que eres virgen todavía") la banda sonora de la Abeja Maya o el Melancolía de Camilo Sesto comiences a bailar como un descosido no te deja en buen lugar.
- No puedes empeñarte en aplicar la horrorosa (aunque tronchante en determinados instantes para reirte con tus amigos) coreografía del Saturday Nite de Whighfield. No por dios, no. Pretendes ligar, no que se rían de ti y acabes en la bañera restregándote un estropajo por todo tu cuerpo para quitarte el olor a fracaso.
Durante el baile con el sujeto, tienes que mantener miradas de interesante (no vale guiñar ambos ojos intermitentemente y sacar la lengua para recoger el hilo de baba que se te escapa) y acercándote (con cuidado de no pisar, no seas cafre) y alejándote de cuando en cuando (no mucho, a ver si vas a acabar en el bar de al lado), haciéndole ver que podrías estar a su alcance pero sólo si te demuestra que te va a poner un piso en Torrevieja. Vale pasar las manos por la cintura (no, más abajo no, no seas impaciente, leñe), meter la pierna entre las dos del individuo casualmente (como el que no quiere la cosa, claro), balancear tu cuerpo (sin parecer una bailarina del Bar Coyote), aprovechar que te empujan para arrimar tu aliento al cuello del morenazo (sin morder, que no es cuestión de creerse Drácula) y sonreír cual putilla de poca monta (uys, esto no, esto no, bórralo).
Todo ello con estilo y teniendo en cuenta las reacciones del sujeto experimental para ir aumentando la temperatura, no vaya a ser que no esté por la labor y cuando decidas pasarle la mano por alguna parte de su cuerpo mirando hacia el techo en un patético intento de hacerle ver que no era lo que pretendías y que ha sido sin querer te arree una ostia que te ponga de vuelta y media y los únicos pasos de baile que sigas desde entonces sean los que van desde la camilla del hospital a la consulta del psicólogo y viceversa.
Sea como sea, sin baile o con él... divertios y, sobre todo, sonreíd.
Oh, Rainy Day...
Lunes, 6:42 de la mañana: la semana de Paper da comienzo.
Paper sale de casa feliz y contento con su bolsa de papel en la que porta su almuerzo. Evidentemente, no podría decir que un rayo de sol se posaba su rostro porque aquí, que yo sepa, nadie es tonto, y todos sabemos que a esas horas lo más que se ve cuando miras al cielo es la luz de la farola. Que sí, que hace el habío para andar por la calle, pero que no es el sol ni de coña, ni te pone moreno ni te calienta ni nada (aunque para calentarse tampoco es que haga falta el sol, que con un barrendero iba apañao. Digo barrendero porque son las únicas personas aparte de mí que a esas horas están en la calle). A pesar de las horas que son Paper camina contento, porque, sorprendentemente no tiene sueño. A diferencia de todos los lunes, casi podría recoger una margarita en su camino y colocársela (la margarita) discretamente encima de la oreja cantando a lo Gloria Estefan lo de De mi tierra bella, de mi tierra santa... Todo es perfecto, parece que usa Evax (se siente libre, se siente bien) y hasta el vuelo de las polillas negras y asquerosas (porque a esas horas no existen los pájaros) le parece grácil y adorable como el de las mariposas.
Lunes, 7:36 de la mañana: comienza el infierno.
Paper sale de la estación de trenes con el mismo humor ya descrito. Unas leves gotitas le caen encima y asegurándose de que no se trata de ningún pájaro con mala leche (que estas cosas pasan y a esa hora los malditos se despiertan con incontinencia urinaria) se da cuenta de que está empezando a chispear. Nada que realmente enturbie su maravilloso lunes, ya que él sigue con la compresa puesta (o el tampón, lo cual configuraría una explicación mucho más convincente). Saca su paraguas, estupendo y divino, que no ha podido estrenar porque donde él vive NUNCA llueve y si llueve son cuatro gotas mal contadas y sigue disfrutando de la música de su mp3s cantarín y distraído.
Las cuatro gotas comienzan a reproducirse. “Bueno, no pasa nada, el trabajo está a quince minutos, en seguida llego”. Como podéis ver el niño está positivo, que no se diga. Vamos a derrochar sonrisas, que una vez al año... Un relámpago ilumina su camino, como respuesta a sus palabras. “Tranquilo, Paper, no pasa nada, va a haber tormenta, pero no te va a pillar a ti”. Las cuatro gotas se transforman en sólo un segundo en una lluvia torrencial, de estas con mala leche. Pero el niño sigue caminando bajo su paraguas. Llegados a cierto punto, tiene que coger la bolsa de papel delante de él porque... por si no lo sabíais, el papel cuando se moja se rompe. Y podría suceder, que no sería la primera vez, que la bolsa se rajara y el almuerzo del estupendo y maravilloso Paper se escapara o estuviera a punto de escaparse directo hacia el suelo mientras él se queda sólo con el asa de la bolsa en la mano y el resto del papel vuela rumbo a una isla caribeña en la que ser más feliz. La situación es que, en medio del aguacero y de relámpagos y truenos que se oían en la lejanía podía adivinarse una figura portando un mp3s blanco, una bolsa de cartón y un paraguas naranja. Algunos murmuraban:
- ¿Es un pájaro?
- ¿Es un avión?
- ¿Es un viajero del futuro que viene a salvar a la tierra de su inevitable destrucción?
Nooooo, es el pringado de Paper, que debe de ser el único que no esperaba que hoy cayera la de Dios es Cristo.
Una ráfaga de viento se levanta de repente mientras sujeta con fuerza el puñetero paragüitas de marras. Que sí, que muy mono, que muy naranja y que todo lo que tú quieras, pero mu bueno mu bueno... como que no era. Porque se rompieron dos varillas con la estupenda ráfaga de aire, con lo que, pasadas ciertas décimas de segundo, Paper se percató de que se estaba mojando.
Paper inocente: A ver, ¿por qué me estoy mojando si llevo un paraguas?
El otro Paper: A ver, rey, no me seas gilipollas. Que lleves un paraguas no significa que éste cree un campo de fuerza a tu alrededor evitando que el aguacero que el viento empuja en todas direcciones choque contra tu cuerpo, sobre todo si se te acaba de romper otra varilla (y ya van 3). Que sí, que todos sabemos que estás tremendo, pero no tanto como para repeler la lluvia cuando te lo propones. Eso solo lo puede hacer Mister Málaga y yyy...
“Bueno, Paper, no pasa nada (jo, como me mola este momento Aida de Gran Hermano, hablando de mí en tercera persona) si sigues caminando pronto llegarás a la oficina. Y Paper sigue adelante, a pesar de que el paraguas amenazaba con quedarse en el camino y decirle aquello de “sigue sin mí, continúa, no pasa nada, siempre te recordaré”.
Cuando Paper se sitúa para subir la cuesta que conduce a la calle donde trabaja... descubre que no hay cuesta. En su lugar han colocado un río. Coño, para que luego digan que las obras van lentas, si hicieran a ese ritmo las del metro... Sí, damas y caballeros, el humilde bloguero se encontraba ante algo así como el Amazonas.
- ¿Qué puedo hacer?
- A ver, rey, tienes dos posibilidades: o metes el pie y cruzas o metes el pie y cruzas, esto es muy sencillo.
Cuando Paper mete el pie valientemente (pues váyase usted a saber lo que arrastraba esa agua a esas horas) un fuerte trueno resuena encima de su cabeza. Entre gimoteos y llamadas varias a su madre y a Batman para que acudieran en su ayuda y suponiendo que los dos debían estar descojonándose a su costa tomándose un té con pastas bien calentitos en casa puesto que no aparecían, se llevó el susto del siglo cuando en mitad de la carretera se fue la luz. Con dos huevos. Y ahora, a ver dónde coño veía él donde poner el pie... ah, claro, si con las luces de los coches que están a punto de atropellarlo y que le salpican agua (más agua) más o menos se va orientando...
Mojado (el agua casi le llegaba a los calzoncillos), con la bolsa medio rota, dando pequeños saltitos en la oscuridad, con un paraguas que tiene 3 varillas rotas y amenaza con parecerse a un higo aplastado por la rueda de un coche más que a un elemento que resguarda de la lluvia, Paper mira al cielo y dice:
- Dios ¿qué he hecho yo para merecer esto?
Dos nubes se abren y dejan pasar un rayo de luz. Entonces una voz de ultratumba dice de la forma más irónica nunca conocida:
- Pues mira, hay varias posibilidades. Yo, como soy Dios, te las voy a exponer, como tú sueles hacer en tu pestoso blog:
a. Eres un maricón depravado. ¿Qué esperabas? Y además acabamos de pasar Semana Santa, de modo que Razzinger me ha comentado que tenía que darte tu merecido, maldito hijo de Belcebú.
b. Nunca vas a misa los domingos. Porque mira, si fueras marica pero acudieras a la Iglesia a hacerle un favor al párroco, pues otro gallo cantaría. Hijo mío, recuerda, haz bien y no mires a quien. Ya verías la cara de satisfacción que se le pondría al hombre.
c. Tienes un blog de internet. Porque mira, que seas marica pase. Que no vayas a misa, pase. Pero que tengas un blog de esos... eso ya no tiene perdón de dios.
Lo que no tiene perdón de Dios es que precisamente un lunes en una ciudad en la que nunca llueve se desarrollara una de las mayores tormentas que yo recuerdo justo encima de mi cabeza a las siete de la mañana y me haya tenido que pasar todo el día mojado (perooo noooooooooooo mojado de cachondo... No, os lo puedo asegurar).
Manda huevos...
Paper sale de casa feliz y contento con su bolsa de papel en la que porta su almuerzo. Evidentemente, no podría decir que un rayo de sol se posaba su rostro porque aquí, que yo sepa, nadie es tonto, y todos sabemos que a esas horas lo más que se ve cuando miras al cielo es la luz de la farola. Que sí, que hace el habío para andar por la calle, pero que no es el sol ni de coña, ni te pone moreno ni te calienta ni nada (aunque para calentarse tampoco es que haga falta el sol, que con un barrendero iba apañao. Digo barrendero porque son las únicas personas aparte de mí que a esas horas están en la calle). A pesar de las horas que son Paper camina contento, porque, sorprendentemente no tiene sueño. A diferencia de todos los lunes, casi podría recoger una margarita en su camino y colocársela (la margarita) discretamente encima de la oreja cantando a lo Gloria Estefan lo de De mi tierra bella, de mi tierra santa... Todo es perfecto, parece que usa Evax (se siente libre, se siente bien) y hasta el vuelo de las polillas negras y asquerosas (porque a esas horas no existen los pájaros) le parece grácil y adorable como el de las mariposas.
Lunes, 7:36 de la mañana: comienza el infierno.
Paper sale de la estación de trenes con el mismo humor ya descrito. Unas leves gotitas le caen encima y asegurándose de que no se trata de ningún pájaro con mala leche (que estas cosas pasan y a esa hora los malditos se despiertan con incontinencia urinaria) se da cuenta de que está empezando a chispear. Nada que realmente enturbie su maravilloso lunes, ya que él sigue con la compresa puesta (o el tampón, lo cual configuraría una explicación mucho más convincente). Saca su paraguas, estupendo y divino, que no ha podido estrenar porque donde él vive NUNCA llueve y si llueve son cuatro gotas mal contadas y sigue disfrutando de la música de su mp3s cantarín y distraído.
Las cuatro gotas comienzan a reproducirse. “Bueno, no pasa nada, el trabajo está a quince minutos, en seguida llego”. Como podéis ver el niño está positivo, que no se diga. Vamos a derrochar sonrisas, que una vez al año... Un relámpago ilumina su camino, como respuesta a sus palabras. “Tranquilo, Paper, no pasa nada, va a haber tormenta, pero no te va a pillar a ti”. Las cuatro gotas se transforman en sólo un segundo en una lluvia torrencial, de estas con mala leche. Pero el niño sigue caminando bajo su paraguas. Llegados a cierto punto, tiene que coger la bolsa de papel delante de él porque... por si no lo sabíais, el papel cuando se moja se rompe. Y podría suceder, que no sería la primera vez, que la bolsa se rajara y el almuerzo del estupendo y maravilloso Paper se escapara o estuviera a punto de escaparse directo hacia el suelo mientras él se queda sólo con el asa de la bolsa en la mano y el resto del papel vuela rumbo a una isla caribeña en la que ser más feliz. La situación es que, en medio del aguacero y de relámpagos y truenos que se oían en la lejanía podía adivinarse una figura portando un mp3s blanco, una bolsa de cartón y un paraguas naranja. Algunos murmuraban:
- ¿Es un pájaro?
- ¿Es un avión?
- ¿Es un viajero del futuro que viene a salvar a la tierra de su inevitable destrucción?
Nooooo, es el pringado de Paper, que debe de ser el único que no esperaba que hoy cayera la de Dios es Cristo.
Una ráfaga de viento se levanta de repente mientras sujeta con fuerza el puñetero paragüitas de marras. Que sí, que muy mono, que muy naranja y que todo lo que tú quieras, pero mu bueno mu bueno... como que no era. Porque se rompieron dos varillas con la estupenda ráfaga de aire, con lo que, pasadas ciertas décimas de segundo, Paper se percató de que se estaba mojando.
Paper inocente: A ver, ¿por qué me estoy mojando si llevo un paraguas?
El otro Paper: A ver, rey, no me seas gilipollas. Que lleves un paraguas no significa que éste cree un campo de fuerza a tu alrededor evitando que el aguacero que el viento empuja en todas direcciones choque contra tu cuerpo, sobre todo si se te acaba de romper otra varilla (y ya van 3). Que sí, que todos sabemos que estás tremendo, pero no tanto como para repeler la lluvia cuando te lo propones. Eso solo lo puede hacer Mister Málaga y yyy...
“Bueno, Paper, no pasa nada (jo, como me mola este momento Aida de Gran Hermano, hablando de mí en tercera persona) si sigues caminando pronto llegarás a la oficina. Y Paper sigue adelante, a pesar de que el paraguas amenazaba con quedarse en el camino y decirle aquello de “sigue sin mí, continúa, no pasa nada, siempre te recordaré”.
Cuando Paper se sitúa para subir la cuesta que conduce a la calle donde trabaja... descubre que no hay cuesta. En su lugar han colocado un río. Coño, para que luego digan que las obras van lentas, si hicieran a ese ritmo las del metro... Sí, damas y caballeros, el humilde bloguero se encontraba ante algo así como el Amazonas.
- ¿Qué puedo hacer?
- A ver, rey, tienes dos posibilidades: o metes el pie y cruzas o metes el pie y cruzas, esto es muy sencillo.
Cuando Paper mete el pie valientemente (pues váyase usted a saber lo que arrastraba esa agua a esas horas) un fuerte trueno resuena encima de su cabeza. Entre gimoteos y llamadas varias a su madre y a Batman para que acudieran en su ayuda y suponiendo que los dos debían estar descojonándose a su costa tomándose un té con pastas bien calentitos en casa puesto que no aparecían, se llevó el susto del siglo cuando en mitad de la carretera se fue la luz. Con dos huevos. Y ahora, a ver dónde coño veía él donde poner el pie... ah, claro, si con las luces de los coches que están a punto de atropellarlo y que le salpican agua (más agua) más o menos se va orientando...
Mojado (el agua casi le llegaba a los calzoncillos), con la bolsa medio rota, dando pequeños saltitos en la oscuridad, con un paraguas que tiene 3 varillas rotas y amenaza con parecerse a un higo aplastado por la rueda de un coche más que a un elemento que resguarda de la lluvia, Paper mira al cielo y dice:
- Dios ¿qué he hecho yo para merecer esto?
Dos nubes se abren y dejan pasar un rayo de luz. Entonces una voz de ultratumba dice de la forma más irónica nunca conocida:
- Pues mira, hay varias posibilidades. Yo, como soy Dios, te las voy a exponer, como tú sueles hacer en tu pestoso blog:
a. Eres un maricón depravado. ¿Qué esperabas? Y además acabamos de pasar Semana Santa, de modo que Razzinger me ha comentado que tenía que darte tu merecido, maldito hijo de Belcebú.
b. Nunca vas a misa los domingos. Porque mira, si fueras marica pero acudieras a la Iglesia a hacerle un favor al párroco, pues otro gallo cantaría. Hijo mío, recuerda, haz bien y no mires a quien. Ya verías la cara de satisfacción que se le pondría al hombre.
c. Tienes un blog de internet. Porque mira, que seas marica pase. Que no vayas a misa, pase. Pero que tengas un blog de esos... eso ya no tiene perdón de dios.
Lo que no tiene perdón de Dios es que precisamente un lunes en una ciudad en la que nunca llueve se desarrollara una de las mayores tormentas que yo recuerdo justo encima de mi cabeza a las siete de la mañana y me haya tenido que pasar todo el día mojado (perooo noooooooooooo mojado de cachondo... No, os lo puedo asegurar).
Manda huevos...
Semana Puta
¿Se te ha pasado la Semana Santa sin pena ni gloria y aún sigues estando soltero? ¿No has encontrado al amor de tu vida en estos floriosos días para restregárselo por la cara a todos tus amigos con pareja que ya aseguraban que el único capaz de aguantarte era tu gato? ¿Has pensado que a ti no se te podría aplicar el sustantivo Pasión más que por tu afición a comerte seis donuts por la mañana? ¿Piensas que la única cruz que arrastras es la de no comerte una rosca ni para atrás? ¿Has seguido estrictamente lo de no comer carne en viernes santo y no porque seas creyente?
¡¡¡Tenemos la solución!!!. Si resulta que en esta semana santa no has hecho nada de provecho con esos días de vacaciones más que repasar los programas grabados del Tomate, te informo de que has perdido grandes oportunidades. Porque la semana santa es una buena época no sólo para inflarte a comer torrijas, sino también para que, al menos y por variar, te comas un rosco. Y aunque ya no puedas aplicarlo, querido/a lector/a siempre podrás imprimir este post y guardarlo para el año que viene. Porque durante esta semana han sucedido montones de oportunidades para echar una cana al aire ante tus ojos y tú estabas demasiado ocupado visualizando el Diario de Bridget Jones por decimoséptima vez. A continuación expongo algunas de los más importantes, aún a riesgo de que el Papa me excomulgue por descubrir las grandes verdades y utilidades varias que tiene una semana como ésta para las personas de a pie.
1. La gente
Bueno, esto es evidente. No por nada, sino porque si te has animado a ir a ver pasos habrás sentido pisotones, empujones, codazos hasta en el esternón y otras lindezas que la gente hace cuando se encuentra ante los cristos y vírgenes que copan el centro de nuestras ciudades. En un principio puedes pensar que lo hacen porque sienten devoción por la imagen y quieren estar los primeros pero si vas un poco más allá (si es que puedes) descubrirás que el verdadero y oculto motivo es que la peña está muy necesitada de cariño y aprovecha esta coyuntura para restregarse contra los demás y sentirse un poquito menos infelices o repudiados. Por eso, si eres listo y empiezas a meterle mano al buenorro que se te ha colocado justo al lado, a pesar de que apesta a colonia barata de la marca Hacendado (no todo puede ser perfecto e ideal), puede suceder que se te quede mirando y exclame:
- ¡Por los clavos de Cristo! ¡Pero si eres el amor de mi vida! ¡Vayamos a vivir la pasión por nuestra cuenta! *
* El Paperblog no se hace responsable si el tío que está para mojar pan es hetero recalcitrante y homófobo y se lía a ostias contigo hasta dejarte la cara que no te reconocería ni tu santa madre.
2. Los nazarenos
Todos conocemos a estos seres que deambulan delante de los tronos, algunos portando largos cirios encendidos, bastones dorados o plateados con suma divinidad o estandartes con pinturas (estos tienen que ser gays fijo, porque ya se sabe que a los maricas nos gusta mucho el arte). Si estás en primera fila y un nazareno insiste en que le des la mano a pesar de que hayas cumplido ya los trece años hace rato, no dudes en responder a su gesto porque lo más probable es que te pase un papelito con el número de teléfono. Pero no te hagas ilusiones porque repetirán este gesto alrededor de mil quinientas veces a lo largo de la procesión (y tú que te creías que eras especial...), ya que llevan el capirote lleno de papelitos de estos (para no aburrirse) y aunque no fuera así, ni se te ocurra llamar a un tío que te ha dado el teléfono en plena procesión y al que, además y mucho más relevante, no has visto la cara, por muy misteriosos y penetrantes que sean sus ojos. *
*El Paperblog no se hace responsable si en un momento dado un nazareno de mirada pervertida y penetrante te observa con lujuria, procedes a quitarle el capirote y se trata de algún tío al que rechazaste en una noche de discoteca que ahora se siente dolido y quiere atizarte con el cirio/estandarte/bastón.
3. Los uniformados.
A ver, todos somos conscientes de que en las procesiones desfilan todo tipo de uniformes: policías, bomberos, guardia civiles, marines, legionarios, paracaidistas... para todos los gustos. Además cuentas con la ventaja de que ellos van la mar de orgullosos con sus uniformes entre otras cosas porque saben que ponen un poco cachondo al personal, con lo cual se encuentran predispuestos. De este modo, podrás acercarte a alguno de ellos (el que tenga más cara de simpático y gay friendly) y preguntarle por la marica del cuerpo. No sabes lo que presumirás el lunes delante de tus amigos/compañeros de clase/compañeros de trabajo cuando cuentes que te has cepillado a un bombero o militar con uniforme incluido. *
* El Paperblog no se hace responsable si la marica del cuerpo es fea de narices y empieza a perseguirte por toda la semana santa mientras tú corres entre el gentío llamando insistentemente a tu madre, que debe encontrarse en algún balcón descojonándose de la risa.
4. Los hombres de trono
Para aquellas ciudades en las que van al descubierto suponen un verdadero deleite para los que no solo se conforman con contemplar las imágenes y creen que haber pasado semejante suplicio (tres cuartos de hora de pie, rodeado de personas faltas de cariño - sobre todo la de la izquierda que no deja de meterte el codo en el ojo con esmero- viendo pasar nazarenos que te miraban extrañamente e insistían en darte la mano para que te acercaras y atizarte con el cirio) tiene que servir para algo más que para ver el trono durante medio minuto. Así, tenemos a esos hombres usando su fuerza y llevando con orgullo la frente perlada de gotitas de sudor. Nada mejor que sacar un bocadillo de tu bolsa y acercarte a uno de ellos (el que más te guste, claro) y dárselo con una sonrisa en plan azafata del Telecupón u ofrecerle un poco de agua.*
* El Paperblog no se hace responsable si el tío no solo se come tu bocadillo y se bebe tu agua sino que te manda al bar de la esquina a pillarle una cervecilla y un paquete de tabaco para esos largos descansos ya que te ha confundido con el hijo de su vecina y cree que te vas a pasar el resto de la procesión ayudándole a que no acabe tan agotado. **
** El Paperblog tampoco se hace responsable si al decirle que solo pretendías ligar con él te arrean un mamporro. No él, sino el que iba detrás llevando el trono, que ha resultado ser su novio. En ese momento entenderás porque se pegaba tanto a él y porqué había un bulto extraño que sobresalía en la túnica a la altura de la entrepierna (dios, después de esto, estoy a un paso del infierno).
5. La banda musical.
Si eres de aquellos que disfruta de la música y que te pone ver a los muchachos soplando el instrumento, siempre puedes esperarte al final de la procesión y hacerte un hueco entre tambores y clarinetes para hablar con alguien. Da igual lo que digas porque con el ruido de los tambores no te va a escuchar, pero siempre puedes aprovechar la coyuntura del ruido para acercarte demasiado al interlocutor y larmele con cuidado la oreja dejando claras tus intenciones.
* El Paperblog no se hace responsable si tras lamer la oreja vuelves a casa con un clarinete estampado en la cabeza. Tampoco se hace responsable si a esas alturas tu actitud de querer llevarte a la cama a cualquier participante de la procesión se ha hecho evidente y se unen todos los damnificados por tus grandes obras a una y empiezan a apalearte mientras tu madre sigue descojonándose a tu costa.
Todo son posibilidades. No hay más que echarle un poco de imaginación... y tener muy poca vergüenza. Pero ya se sabe que tener poco de ésta es lo mejor para que las cosas te vengan rodadas en la vida.
¡¡¡Tenemos la solución!!!. Si resulta que en esta semana santa no has hecho nada de provecho con esos días de vacaciones más que repasar los programas grabados del Tomate, te informo de que has perdido grandes oportunidades. Porque la semana santa es una buena época no sólo para inflarte a comer torrijas, sino también para que, al menos y por variar, te comas un rosco. Y aunque ya no puedas aplicarlo, querido/a lector/a siempre podrás imprimir este post y guardarlo para el año que viene. Porque durante esta semana han sucedido montones de oportunidades para echar una cana al aire ante tus ojos y tú estabas demasiado ocupado visualizando el Diario de Bridget Jones por decimoséptima vez. A continuación expongo algunas de los más importantes, aún a riesgo de que el Papa me excomulgue por descubrir las grandes verdades y utilidades varias que tiene una semana como ésta para las personas de a pie.
1. La gente
Bueno, esto es evidente. No por nada, sino porque si te has animado a ir a ver pasos habrás sentido pisotones, empujones, codazos hasta en el esternón y otras lindezas que la gente hace cuando se encuentra ante los cristos y vírgenes que copan el centro de nuestras ciudades. En un principio puedes pensar que lo hacen porque sienten devoción por la imagen y quieren estar los primeros pero si vas un poco más allá (si es que puedes) descubrirás que el verdadero y oculto motivo es que la peña está muy necesitada de cariño y aprovecha esta coyuntura para restregarse contra los demás y sentirse un poquito menos infelices o repudiados. Por eso, si eres listo y empiezas a meterle mano al buenorro que se te ha colocado justo al lado, a pesar de que apesta a colonia barata de la marca Hacendado (no todo puede ser perfecto e ideal), puede suceder que se te quede mirando y exclame:
- ¡Por los clavos de Cristo! ¡Pero si eres el amor de mi vida! ¡Vayamos a vivir la pasión por nuestra cuenta! *
* El Paperblog no se hace responsable si el tío que está para mojar pan es hetero recalcitrante y homófobo y se lía a ostias contigo hasta dejarte la cara que no te reconocería ni tu santa madre.
2. Los nazarenos
Todos conocemos a estos seres que deambulan delante de los tronos, algunos portando largos cirios encendidos, bastones dorados o plateados con suma divinidad o estandartes con pinturas (estos tienen que ser gays fijo, porque ya se sabe que a los maricas nos gusta mucho el arte). Si estás en primera fila y un nazareno insiste en que le des la mano a pesar de que hayas cumplido ya los trece años hace rato, no dudes en responder a su gesto porque lo más probable es que te pase un papelito con el número de teléfono. Pero no te hagas ilusiones porque repetirán este gesto alrededor de mil quinientas veces a lo largo de la procesión (y tú que te creías que eras especial...), ya que llevan el capirote lleno de papelitos de estos (para no aburrirse) y aunque no fuera así, ni se te ocurra llamar a un tío que te ha dado el teléfono en plena procesión y al que, además y mucho más relevante, no has visto la cara, por muy misteriosos y penetrantes que sean sus ojos. *
*El Paperblog no se hace responsable si en un momento dado un nazareno de mirada pervertida y penetrante te observa con lujuria, procedes a quitarle el capirote y se trata de algún tío al que rechazaste en una noche de discoteca que ahora se siente dolido y quiere atizarte con el cirio/estandarte/bastón.
3. Los uniformados.
A ver, todos somos conscientes de que en las procesiones desfilan todo tipo de uniformes: policías, bomberos, guardia civiles, marines, legionarios, paracaidistas... para todos los gustos. Además cuentas con la ventaja de que ellos van la mar de orgullosos con sus uniformes entre otras cosas porque saben que ponen un poco cachondo al personal, con lo cual se encuentran predispuestos. De este modo, podrás acercarte a alguno de ellos (el que tenga más cara de simpático y gay friendly) y preguntarle por la marica del cuerpo. No sabes lo que presumirás el lunes delante de tus amigos/compañeros de clase/compañeros de trabajo cuando cuentes que te has cepillado a un bombero o militar con uniforme incluido. *
* El Paperblog no se hace responsable si la marica del cuerpo es fea de narices y empieza a perseguirte por toda la semana santa mientras tú corres entre el gentío llamando insistentemente a tu madre, que debe encontrarse en algún balcón descojonándose de la risa.
4. Los hombres de trono
Para aquellas ciudades en las que van al descubierto suponen un verdadero deleite para los que no solo se conforman con contemplar las imágenes y creen que haber pasado semejante suplicio (tres cuartos de hora de pie, rodeado de personas faltas de cariño - sobre todo la de la izquierda que no deja de meterte el codo en el ojo con esmero- viendo pasar nazarenos que te miraban extrañamente e insistían en darte la mano para que te acercaras y atizarte con el cirio) tiene que servir para algo más que para ver el trono durante medio minuto. Así, tenemos a esos hombres usando su fuerza y llevando con orgullo la frente perlada de gotitas de sudor. Nada mejor que sacar un bocadillo de tu bolsa y acercarte a uno de ellos (el que más te guste, claro) y dárselo con una sonrisa en plan azafata del Telecupón u ofrecerle un poco de agua.*
* El Paperblog no se hace responsable si el tío no solo se come tu bocadillo y se bebe tu agua sino que te manda al bar de la esquina a pillarle una cervecilla y un paquete de tabaco para esos largos descansos ya que te ha confundido con el hijo de su vecina y cree que te vas a pasar el resto de la procesión ayudándole a que no acabe tan agotado. **
** El Paperblog tampoco se hace responsable si al decirle que solo pretendías ligar con él te arrean un mamporro. No él, sino el que iba detrás llevando el trono, que ha resultado ser su novio. En ese momento entenderás porque se pegaba tanto a él y porqué había un bulto extraño que sobresalía en la túnica a la altura de la entrepierna (dios, después de esto, estoy a un paso del infierno).
5. La banda musical.
Si eres de aquellos que disfruta de la música y que te pone ver a los muchachos soplando el instrumento, siempre puedes esperarte al final de la procesión y hacerte un hueco entre tambores y clarinetes para hablar con alguien. Da igual lo que digas porque con el ruido de los tambores no te va a escuchar, pero siempre puedes aprovechar la coyuntura del ruido para acercarte demasiado al interlocutor y larmele con cuidado la oreja dejando claras tus intenciones.
* El Paperblog no se hace responsable si tras lamer la oreja vuelves a casa con un clarinete estampado en la cabeza. Tampoco se hace responsable si a esas alturas tu actitud de querer llevarte a la cama a cualquier participante de la procesión se ha hecho evidente y se unen todos los damnificados por tus grandes obras a una y empiezan a apalearte mientras tu madre sigue descojonándose a tu costa.
Todo son posibilidades. No hay más que echarle un poco de imaginación... y tener muy poca vergüenza. Pero ya se sabe que tener poco de ésta es lo mejor para que las cosas te vengan rodadas en la vida.
Seamos liberales
La primavera ya está aquí. Todos lo hemos notado: cambio de hora (ahora levantarte a las seis de la mañana te produce una sensación acentuada de querer echarte a llorar y dramatizar a modo ¿Qué he hecho yo para merecer esto?), bichos por todos lados (bichos asquerosos, que todo hay que decirlo), alergias por un tubo (irritación de diversas partes del cuerpo sin que nada tengan que ver las noches de sexo loca) y, como no, estar más caliente que el palo de un churrero (que dicen que la sangre se altera y a muchos los glóbulos rojos se le han transformado en obreros de la construcción). Lo más preocupante de todo es que el tiempo no acompaña. Ya veréis cuando acompañe, esto va a ser apoteósico puesto que este año se esperan temperaturas altísimas.
No hay que ser muy listo (o sí, váyase usted a saber) para afirmar que la primavera es la antesala del verano, cuando todo este proceso de calenturas alcanza su máximo esplendor. Y es entonces cuando muchas parejas se plantean aquello de:
- Cariño, seamos liberales. Nos dejamos ahora y volvemos en septiembre para tirarnos todo lo que se nos ponga por delante, que tengo muchas ganas de que cualquiera que no seas tú me ponga mirando pa Cuenca, que es que casi no puedo dormir por las noches pensando en el destornillador industrial que trae el fontanero a casa cuando lo llamamos.
Lo de ser liberal está muy bien. Quiero decir, que siempre y cuando sea algo consensuado entre las dos partes me parece una buena opción. Ellos sabrán lo que quieren y pueden hacer y hasta que punto se sienten molestos por ello. El problema está en cuando no está del todo consensuado. Vamos que resulta que estás genial con tu novio, viendo un arco iris cada vez que piensas en él y tus pupilas se transforman en sendos corazones cuando lo miras y entonces te llega un buen día y te suelta, así, sin más:
- Verás, nene, creo que necesito un tiempo para pensar en lo nuestro. (Mientras se baja los pantalones y la mete en uno de los boquetes de un ladrillo que has situado estratégicamente allí para comprobar su reacción).
- ¿Otra vez? Pero si es que todos los años en cuanto empieza a apretar el calor haces lo mismo y luego con la vuelta al cole me vienes llorando pidiéndome volver. ¿No será que lo que quieres es follarte a ciento y la madre en época veraniega pretendiendo que yo te espere sin más haciendo encajes de bolillo cual Penélope esperando a Ulises? (Mientras éste iba de isla en isla cepillándose a todo tipo de deidades, que todo hay que decirlo. Sí, sí, para sobrevivir, claro. Nos ha jodío, para sobrevivir que haga una hoguera, como todo el mundo, leñe).
- ¿Qué dices? Pues si lo hago porque te quiero, porque pienso en nosotros y quiero que estemos bien... que seamos felices... (¿Manipulador yo? Por dior, ¿cómo puedes pensar eso de mí?).
Y si se da esta situación en tu relación de pareja, casi que puedes llorar por un ojo porque, técnicamente, no te están poniendo los cuernos. Solamente se creen que eres imbécil de remate y que después de diez años haciendo lo mismo no te vas a dar cuenta. Pero no, esto no es lo peor. Porque también existe la posibilidad número 3, que consiste en que vuestra bonita historia de amor a lo Sandra Bullock sigue adelante, incluso en verano, pero tu novio:
1. Tiene ojos para todo el mundo excepto para ti.
Digamos que aunque te pongas en calzoncillos rosa fosforito, con una pajarita al cuello, plataformas de terciopelo y agitando una banderola gay encima de la cabeza no te va a hacer el mínimo caso (y que nadie me imagine de esta guisa, que ya está bien). Él está demasiado ocupado centrando su atención en cuestiones de interés nacional, como el paquete del que se ha sentado justo enfrente o los pelillos del pecho del que va sin camiseta y que, casualmente, se ha parado a pedirle fuego (casualmente, no tiene nada que ver que él haya hecho señales con las manos mientras se iba desabrochando los botones del vaquero y agitaba una ristra de condones al más puro estilo rodeo o quiero que seas mi toro mecánico).
2. Se restriega contra todo bicho viviente.
Es lo que se conoce como "ay, perdona, es que me he resbalado y por eso me he tenido que sujetar a tus fuertes brazos, tus abdominales duros como piedras y a tus partes bajas" o el más conocido "es que se me ha caído la pastilla de jabón y por eso me pongo en pompa justo delante de tu fornido paquete".
3. Se acuesta con cualquiera.
Y luego te viene con la original excusa "Verás, es que estaba oscuro, su voz se parecía mucho a la tuya, yo te echaba de menos porque últimamente estábamos muy lejos el uno del otro (coño, y eso que solo te habías despegado de él cuando te dirigiste a la barra, situada a dos metros, a pedir otra copa), el tacto de su miembro me recordaba mucho al roce de tus labios y me dijo al oído que sabía hacer mantequilla de cacahuete como nadie. Y ya sabes lo enamorado que estoy de la mantequilla de cacahuete... Pero en todo momento pensaba en ti, chati, que sí, que no podía quitarme de la cabeza tu sonrisa y tu corazón latiendo junto al mío en una noche estrellada".
Si con tu capacidad deductiva de Colombo (es que estás hecho un lince, como te las ves venir ¿eh?) empiezas a reconocer algo extraño en este comportamiento y se lo comunicas con todo el tacto posible, no vaya a ser que te estés volviendo paranoico y acabes estropeando vuestra preciosa historia de amor, surgirán unas estudiadas y elegantes técnicas de manipulación: los llamados possitampocoespatanto, que consisten en:
- Pooooooss, si tampoco es pa tanto, hay que ver como te pones por nada... (total, que aquel de allí me haya dado el número de teléfono mientras me sonreía con esa cara que reza aunque la naturaleza está en contra nuestra, me pasaría toda la noche tratando de hacerte un niño y yo me contoneaba como si fuera una bailarina de streptease esperando a que me metiera un billete de cincuenta en el elástico del calzoncillo que, casualmente, él estaba tocando porque quería comprobar de la tela de la que está hecho no es para ponerse hecho un asterisco).
- Hay que ver como te pones, es que eres la mar de celoso y posesivo. (Hombre, si te encuentro comiéndosela a un tío en los baños cuando yo te estaba buscando para que nos fuéramos a casa a disfrutar de nuestro amor a la luz de una vela con forma de corazón y olor a fresa me parece a mí, y no lo quiero afirmar con total seguridad no vaya a ser que me esté equivocando, que tengo motivos suficientes para ponerme un poquitín celoso, aunque sea solo un poco. Ays, si es que soy lo peor, ¿cómo puedo pensar que tú... ? Si está claro que cuando me has dicho con la boca llena "estoh no eh lo que parehje" lo decías de todo corazón y siendo totalmente sincero...).
- Eres un histérico, no es para ponerse así. (¿cómo se te ocurre ponerte histérico al ver que tu novio bailaba la lambada en medio de un grupo de veinticinco mariquitas que le iban despojando de su atuendo con cariño y esmero y se peleaban por tocarle el pezón y hacerle firmar unas escrituras de un piso en Sitges al tiempo que él sonreía y se metía la mano por debajo del pantalón? Es que no entiendo como te pones así, chico...).
Lo mejor será que cuando estéis en un grupo de amigos a él se le ocurrirá decir, en un alarde de ser moderna como la que más y de que te creas la película que te está intentando vender:
- Mi novio y yo somos una pareja liberal. ¿A que sí, nene?
- ¿Mandeeeeeeee? ¿Cuándo exactamente hemos decidido ser una pareja liberal?
Nota: si se encuentra con un individuo de estas características colóquele un cartel de neón amarillo fluorescente en la nuca que rece Peligro. Más lejos. Las buenas maricas tenemos que ayudarnos las unas a las otras a identificar a los cabrones de manual.
No hay que ser muy listo (o sí, váyase usted a saber) para afirmar que la primavera es la antesala del verano, cuando todo este proceso de calenturas alcanza su máximo esplendor. Y es entonces cuando muchas parejas se plantean aquello de:
- Cariño, seamos liberales. Nos dejamos ahora y volvemos en septiembre para tirarnos todo lo que se nos ponga por delante, que tengo muchas ganas de que cualquiera que no seas tú me ponga mirando pa Cuenca, que es que casi no puedo dormir por las noches pensando en el destornillador industrial que trae el fontanero a casa cuando lo llamamos.
Lo de ser liberal está muy bien. Quiero decir, que siempre y cuando sea algo consensuado entre las dos partes me parece una buena opción. Ellos sabrán lo que quieren y pueden hacer y hasta que punto se sienten molestos por ello. El problema está en cuando no está del todo consensuado. Vamos que resulta que estás genial con tu novio, viendo un arco iris cada vez que piensas en él y tus pupilas se transforman en sendos corazones cuando lo miras y entonces te llega un buen día y te suelta, así, sin más:
- Verás, nene, creo que necesito un tiempo para pensar en lo nuestro. (Mientras se baja los pantalones y la mete en uno de los boquetes de un ladrillo que has situado estratégicamente allí para comprobar su reacción).
- ¿Otra vez? Pero si es que todos los años en cuanto empieza a apretar el calor haces lo mismo y luego con la vuelta al cole me vienes llorando pidiéndome volver. ¿No será que lo que quieres es follarte a ciento y la madre en época veraniega pretendiendo que yo te espere sin más haciendo encajes de bolillo cual Penélope esperando a Ulises? (Mientras éste iba de isla en isla cepillándose a todo tipo de deidades, que todo hay que decirlo. Sí, sí, para sobrevivir, claro. Nos ha jodío, para sobrevivir que haga una hoguera, como todo el mundo, leñe).
- ¿Qué dices? Pues si lo hago porque te quiero, porque pienso en nosotros y quiero que estemos bien... que seamos felices... (¿Manipulador yo? Por dior, ¿cómo puedes pensar eso de mí?).
Y si se da esta situación en tu relación de pareja, casi que puedes llorar por un ojo porque, técnicamente, no te están poniendo los cuernos. Solamente se creen que eres imbécil de remate y que después de diez años haciendo lo mismo no te vas a dar cuenta. Pero no, esto no es lo peor. Porque también existe la posibilidad número 3, que consiste en que vuestra bonita historia de amor a lo Sandra Bullock sigue adelante, incluso en verano, pero tu novio:
1. Tiene ojos para todo el mundo excepto para ti.
Digamos que aunque te pongas en calzoncillos rosa fosforito, con una pajarita al cuello, plataformas de terciopelo y agitando una banderola gay encima de la cabeza no te va a hacer el mínimo caso (y que nadie me imagine de esta guisa, que ya está bien). Él está demasiado ocupado centrando su atención en cuestiones de interés nacional, como el paquete del que se ha sentado justo enfrente o los pelillos del pecho del que va sin camiseta y que, casualmente, se ha parado a pedirle fuego (casualmente, no tiene nada que ver que él haya hecho señales con las manos mientras se iba desabrochando los botones del vaquero y agitaba una ristra de condones al más puro estilo rodeo o quiero que seas mi toro mecánico).
2. Se restriega contra todo bicho viviente.
Es lo que se conoce como "ay, perdona, es que me he resbalado y por eso me he tenido que sujetar a tus fuertes brazos, tus abdominales duros como piedras y a tus partes bajas" o el más conocido "es que se me ha caído la pastilla de jabón y por eso me pongo en pompa justo delante de tu fornido paquete".
3. Se acuesta con cualquiera.
Y luego te viene con la original excusa "Verás, es que estaba oscuro, su voz se parecía mucho a la tuya, yo te echaba de menos porque últimamente estábamos muy lejos el uno del otro (coño, y eso que solo te habías despegado de él cuando te dirigiste a la barra, situada a dos metros, a pedir otra copa), el tacto de su miembro me recordaba mucho al roce de tus labios y me dijo al oído que sabía hacer mantequilla de cacahuete como nadie. Y ya sabes lo enamorado que estoy de la mantequilla de cacahuete... Pero en todo momento pensaba en ti, chati, que sí, que no podía quitarme de la cabeza tu sonrisa y tu corazón latiendo junto al mío en una noche estrellada".
Si con tu capacidad deductiva de Colombo (es que estás hecho un lince, como te las ves venir ¿eh?) empiezas a reconocer algo extraño en este comportamiento y se lo comunicas con todo el tacto posible, no vaya a ser que te estés volviendo paranoico y acabes estropeando vuestra preciosa historia de amor, surgirán unas estudiadas y elegantes técnicas de manipulación: los llamados possitampocoespatanto, que consisten en:
- Pooooooss, si tampoco es pa tanto, hay que ver como te pones por nada... (total, que aquel de allí me haya dado el número de teléfono mientras me sonreía con esa cara que reza aunque la naturaleza está en contra nuestra, me pasaría toda la noche tratando de hacerte un niño y yo me contoneaba como si fuera una bailarina de streptease esperando a que me metiera un billete de cincuenta en el elástico del calzoncillo que, casualmente, él estaba tocando porque quería comprobar de la tela de la que está hecho no es para ponerse hecho un asterisco).
- Hay que ver como te pones, es que eres la mar de celoso y posesivo. (Hombre, si te encuentro comiéndosela a un tío en los baños cuando yo te estaba buscando para que nos fuéramos a casa a disfrutar de nuestro amor a la luz de una vela con forma de corazón y olor a fresa me parece a mí, y no lo quiero afirmar con total seguridad no vaya a ser que me esté equivocando, que tengo motivos suficientes para ponerme un poquitín celoso, aunque sea solo un poco. Ays, si es que soy lo peor, ¿cómo puedo pensar que tú... ? Si está claro que cuando me has dicho con la boca llena "estoh no eh lo que parehje" lo decías de todo corazón y siendo totalmente sincero...).
- Eres un histérico, no es para ponerse así. (¿cómo se te ocurre ponerte histérico al ver que tu novio bailaba la lambada en medio de un grupo de veinticinco mariquitas que le iban despojando de su atuendo con cariño y esmero y se peleaban por tocarle el pezón y hacerle firmar unas escrituras de un piso en Sitges al tiempo que él sonreía y se metía la mano por debajo del pantalón? Es que no entiendo como te pones así, chico...).
Lo mejor será que cuando estéis en un grupo de amigos a él se le ocurrirá decir, en un alarde de ser moderna como la que más y de que te creas la película que te está intentando vender:
- Mi novio y yo somos una pareja liberal. ¿A que sí, nene?
- ¿Mandeeeeeeee? ¿Cuándo exactamente hemos decidido ser una pareja liberal?
Nota: si se encuentra con un individuo de estas características colóquele un cartel de neón amarillo fluorescente en la nuca que rece Peligro. Más lejos. Las buenas maricas tenemos que ayudarnos las unas a las otras a identificar a los cabrones de manual.