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Navegando a la Deriva...
Y el barco de papel, aunque mojado, ponía todo su empeño en continuar flotando
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Que el barco se hunde!!!!!!!!!!!!!!!!!! Noooo, que no se hunde, que esto sigue adelante, aunque sea dando tumbos. Y si se hunde... pues habrá que aprender a sobrevivir ahí abajo también ¿no?


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Sindicación
 
Entrevista con Amor
Hoy, en el blog de las emociones, tal y como ha sido bautizado por alguno de sus lectores, tenemos a un invitado muy especial. Él es querido y odiado a partes iguales, pero nunca deja indiferente. Es único, es genial, es increíble, es divino, es maravilloso, es sorprendente, (me siento como Jose Luis Moreno en aquel programa de alta calidad que era Noche de Fiesta y que todos echamos de menos. Nuestras noches de sábado ya no son lo mismo sin él en la parrilla). Con todos ustedes, ¡el amor!

-Hola a todos.

-Hijo, qué soso. Ya podrías haber dicho algo original.

-¿Para qué? La gente me va a seguir anhelando lo mismo.

-Pues tienes razón. Nos ha salido modesto el nene, oyes. ¿Cómo te encuentras?

-Genial. Acabo de hacerle la puñeta a un par de tíos que se me han colado en el servicio y no me dejaban mear a gusto. Sus esposas acaban de desenamorarse de ellos y, además, se han pillado la una por la otra (a estas alturas deben estar liándose entre ellas).

-Válgame. Qué barbaridad. También nos ha salido puñetero. Estás muy guapo hoy...

-Deja de hacerme la pelota. No voy a hacer que Jesús Vázquez deje a su marido (porque ya no es novio, es marido, que lo sepas) para que te tire los trastos.

-Ni quiero, vaya. Hace mucho que le rechacé, tengo cosas mejores en las que pensar que en el bótox.

-Ya. Pasemos a la entrevista que luego no te lee nadie.

-Vale. La gente habla mucho de ti. Imagino que por eso te lo tienes tan creído.

-Pues claro. Todo el mundo me adora. De hecho hay quienes me tienen tan idealizado que se enamoran de la idea que tienen de mí sin prestar atención siquiera a si sienten amor por la persona que tienen al lado.

-No todo el mundo. Hay quienes te odian.

-Porque ansían tenerme.

-¿Tú crees? A lo mejor te odian porque no hiciste que el príncipe se casara con una mujer de sangre azul.

-No. Me odian porque me quieren. Es muy simple. Todo el mundo sueña conmigo. En ocasiones creen tenerme, pero luego se dan cuenta de que no es así y se enfadan. Como si yo tuviera la culpa de que haya por ahí desaprensivos que finjan y no sepan tratar a las personas. Por cierto, odio las comedias románticas americanas. Yo no soy así. Y ya de paso: Mamá, te quiero. Chúpaos esta, resto de sentimientos inferiores que me hacéis la vida imposible desde el patio del colegio: ¡estoy en la tele, jodéos vivos!

-Ejem... esto... esto no es la tele, es un blog. Volviendo a ser coherentes y a que vuelva a parecer que no tenemos doce años... ¿quieres decir que tú no tienes la culpa de lo que pasa en esas parejas que se rompen, en la gente que sufre...?

-No. Claro que no. Yo soy un sentimiento. A veces aparezco en algunas personas. Pero hay quienes no lo canalizan bien y se basan en mí para llevar a cabo todo tipo de acciones negativas. Las fundamentan en mí, pero yo no tengo nada que ver. Las relaciones son como el periodismo rosa de los sentimientos y yo soy la Pantoja: se habla mucho de mí, se me echa las culpas de todo, se me mete en todos los fregados y la cuestión es que yo no tengo nada que ver, son las personas las que malmeten y las que me hacen quedar mal.

-Pero la gente sufre por amor...

-La gente sufre porque el amor no es correspondido o bien porque éste se haya convertido en un instrumento para hacer daño. Asumo mi parte de culpa en la correspondencia, pero después de todo no es eso lo que hace que las personas me odien. Una no reciprocidad puede ser entendida, lo que no es comprendido en absoluto es que las personas me utilicen para menoscabar la dignidad de otras, engañar y hacer daño sin escrúpulos. Y ¿qué narices quieres que haga yo si los seres humanos sois así?

-No todos, no generalicemos (movimiento ondeante de mi melena a lo Chica Pantene en Tarifa). ¿Cuál crees que podría ser la solución a este problema?

-No sé cuál es la solución. No todo el mundo está preparado para tenerme o para aceptarme. Cuando entro, lo hago pisando fuerte y muchos individuos se descolocan de tal forma que acaban por perderse a sí mismos. Otros sencillamente se aprovechan de las esperanzas que otras personas albergan por sentir su amor correspondido. Lo que está claro es que no todo el mundo está preparado para sentir amor y exteriorizarlo. Mucho menos intensamente.

-Eso no responde a la pregunta.

-Anda, cállate, a ver si te vas a quedar hecho un desgraciao para toda la vida, monín.

-Cuánta mala leche hay en el amor.

-No lo sabes tú bien.

-Entonces, digamos que el amor como sentimiento existe, el problema radica en las personas que no saben canalizarlo adecuadamente y terminan por joder al personal que es un gusto.

-Muy bien, gracias por repetir todo lo que he dicho anteriormente. ¿Te pagan por horas y por eso extiendes la conversación hasta el infinito?

-Esto... em... ¿y no podría construirse un mundo feliz en el que todo dios estuviera enamorado?

-Y ¿qué sentido tendrían los anuncios de compresas entonces? No. Para que yo aparezca es necesario que se den una serie de requisitos indispensables, entre ellos el que la persona haya conservado esa capacidad de amar que a todos nos viene de serie pero que a veces se pierde por el camino a causa de los impostores.

-¿Los impostores? Claaaaro, los impostooores... Ya ya (gesto de llevarse el dedo a la sien a modo de “este está turuleta”). ¿Quiénes son esos impostores, cari?

-Los impostores son la dependencia, el menosprecio, la necesidad, la conveniencia y las propias personas que fingen estar enamoradas o que fingen creerse que ese que tienen al lado está enamorado. Así es imposible que una relación prospere y ahí yo no tengo nada que ver. De hecho, hay relaciones en las que yo nunca estuve presente, de manera que poca culpa puedo tener yo.

-Luego amar es muy complicado.

-Mucho. El amor se basa en que dos personas mantengan intactas esa capacidad, la ilusión y la esperanza y que no sientan la necesidad de machacar al resto de las personas para encontrarse mejor. El amor se basa en la pura entrega al sentimiento, sin reservas, sin miedo, sin pensar en que puede salir mal. El amor conlleva un riesgo, pero creo que de todas formas este riesgo es compensado porque por algo es tan anhelado y es lo que hace que más de uno se vuelva medio majara tratando de encontrarlo. Como me gusta hablar de mí en tercera persona. Las cosas son como son y soy consciente de lo mucho que valgo porque tengo mucho amor propio. Je.

-Pero que dos personas así, con esas características confluyan en el mismo espacio tiempo es casi imposible. Además entran en juego otros factores como la atracción, la química, los intereses, los planes de vida...

-Claro. Evidentemente. Si fuera tan sencillo no sería tan anhelado. El problema de base radica en que gran cantidad de seres humanos no saben relacionarse a cualquier nivel, ni siquiera con ellos mismos. De este modo se forjan relaciones que no son positivas en absoluto.

-Cierto (por decir algo). Para terminar, qué le dirías a esas personas que reniegan de tu existencia?

-Les diría que el hecho de que no hayan dado con las personas adecuadas que sean capaces de aceptarme y de vivir de acuerdo a principios como respeto, comprensión, aprecio, filantropía, igualdad, afecto y un enorme etcétera no quiere decir necesariamente que yo no me encuentre presente. Estoy de acuerdo en que es harto complicado encontrarme y que salga bien y que es muy difícil dilucidar si la persona merece la pena y no nos está dando gato por liebre, algo que ocurre muy a menudo. También es cierto que no se me busca ni en los lugares ni en las personas adecuadas y eso también hay que tenerlo en cuenta. Es como si tratas de encontrar una caja de condones en una Iglesia. Lo que sí les digo es que si algún día me encuentran, todo el camino andado será compensado de alguna manera. Cuando estoy presente y se me demuestra al cien por cien puedo ser muy satisfactorio (rugido de tigresa en celo).

-Muy bien. Muchas gracias por su modesta presencia. Ha sido un auténtico placer. Ya puede abandonar el plató y dejar que hablemos de temas más interesantes como que Tamara Ambar se ha vuelto a cambiar el nombre. Ahora se llamará “LAACCTA* no canta (un carajo)”

*La Artista Anteriormente Conocida Como Tamara Ambar.


-Yo nunca me voy. Siempre estoy en vuestras mentes. Y, por eso, nada más que por eso, ya existo. Soy lo suficientemente importante como para que reneguéis de mí y os queráis hacer los suecos. Pero incluso para los que reniegan hay oportunidades de oro que no pasan desapercibidas. El tiempo coloca cada cosa en su sitio y es muy probable que muchos de vosotros me volváis a sentir cerca. De hecho, si no creéis en el amor ¿qué demonios hacéis leyendo esta entrevista? Creed en mí. Será mucho mejor.



No permitáis que la decepción sea la que mueva el mundo.

 
El No-Amor
Aunque parezca mentira y desde diversos y variopintos frentes se nos inste a pensar que el amor lo inunda todo, que está por todas partes, que las calles de cualquier ciudad huelen a nubes de colores a pesar de que estén llenas de meados, que las urracas y los cuervos son dulces pajarillos cantarines que alegran el alma, que el espíritu de Julie Andrews nos posee y los colaboradores de la prensa rosa son personas (ja, esto sí que es difícil de creer), la realidad es otra muy distinta. A base de mensajes propagandísticos reiterados hasta la saciedad nuestra percepción de la realidad se distorsiona que es un gusto. Lo queramos admitir o no, señoras, señores, el mundo puede ser una mierda. Y, de hecho, a veces lo es (muchas veces, demasiadas). De todas formas, romperemos una lanza a favor del mundo y diremos que son las personas las que lo hacen así de maravillosamente asqueroso.

En el mundo el amor existe (no me quiero poner drama queen y que esto parezca un capítulo de Topacio, aquella gran producción). Pero el no amor también. En posts anteriores os he escrito sobre la dificultad para definir este concepto, de manera que antes de alcanzar el punto en el que definiríamos qué es el amor, tal vez sería mucho mejor explicar qué no es amor.

Pues bien, mis queridas almas de cántaro, existen una serie de esquemas de relaciones perpetuados a través de lo que vemos en nuestro entorno más próximo (esto es, parejas familiares –papis, tíos, hermanos- y parejas de amigos), así como las relaciones que se observan en la parrilla televisiva expuestas sin ningún tipo de sentido crítico (esto es, que nos haga pensar, que sí, que ya sé que es difícil que esto pase viendo la tele, pero a veces ocurre). Estos esquemas se nos clavan en la mente de manera que llegan a interiorizarse y a asumirse como “naturales”. Eso de la naturalidad, como lo de “contranatura” defendido por mis queridos y adorados amigos del Foro de la Familia y otros sectores igualmente abiertos y progres, es un concepto muy relativo. ¿Es natural lo que se repite hasta normalizarse, aunque no sea positivo?

A continuación os expongo algunos ejemplos de relaciones destructivas que NO son amor.

Relaciones de dependencia:
Están basadas en el apoyo absoluto sobre el otro miembro de la pareja. La dependencia se caracteriza porque el individuo que la sufre no puede pasar sin la persona ya que considera que no puede valerse por sí misma. De esta forma, el dependiente establece una pauta clara en la relación según la cual se subordina de algún modo al otro. No es capaz de tomar decisiones ni de hacer nada por sí misma que no incluya la opinión y el beneplácito de la otra persona, lo que sitúa a ésta en un lugar de poder. Y ya se sabe que los seres humanos nos corrompemos una barbaridad en cuanto sentimos el menor atisbo de poder. Y si es sobre otras personas más.

Esto, que de buenas a primeras puede sonar la mar de bonito, no lo es en absoluto. Porque el dependiente acaba cediéndole al otro la totalidad de su autonomía como persona a cualquier nivel de manera que ya no vivirá su vida, sino que ésta estará dirigida por otro, que además explotará esta posición para conseguir todo lo que le venga en gana y hacer lo que le salga de las mismísimas narices a costa del dependiente. Como veis es maravilloso, estupendo y genial.

Relaciones de poder:
Batallas campales. Eso es lo que hay en este tipo de relaciones. Normalmente se da porque uno o los dos miembros de la pareja tratan de someter al otro y quedar por encima en un burdo intento de subirse la autoestima y parecer menos débiles ante su pareja, ya que en realidad ocultan un gran complejo de inferioridad. Puede darse el caso de que pretendan, consciente o inconscientemente una relación de dependencia pero, evidentemente, el otro no está interesado en quedar por debajo, ya sea por dignidad o porque sea de la misma condición. Entonces se produce una pugna por el poder, basada en hacer daño por hacer daño únicamente para demostrar esa superioridad. Todo vale. Y así acaban muchas personas: destrozadas e incapacitadas para volver a tener una relación medianamente en condiciones. Que te hagan daño no es agradable. Hacerlo tú, aunque sea en defensa propia, tampoco.

Relaciones de conformismo:
Se trata de personas que piensan que el amor no existe, que es un camelo o que no lo van a encontrar ya sea porque no está presente en el imaginario colectivo o porque se piensen poco merecedores de él. De esta forma se genera un sentimiento de “no está mal, vale, de lo malo es lo mejor” que, en verdad, no conduce a mucho porque la consistencia de esta relación es que esa persona ocupa el hueco que estaba destinado a algún otro que te hiciera vibrar de la emoción. Pero como que encuentres a alguien que te haga vibrar de esa manera es prácticamente imposible, pues ea, a echar el rato con este mismo.

Relaciones de necesidad:
Los seres humanos tenemos ciertas necesidades que no incluyen únicamente lo explícitamente sexual. Tenemos necesidades de afecto, de cariño, de autoestima, necesitamos sentirnos valorados por los demás y un larguísimo etcétera en el que deberíamos incluir un tratado psicológico cualquiera. Así, ocurre en multitud de ocasiones que accedemos a estar con alguien solamente porque nos alegra la pajarilla (en todos los sentidos que podáis imaginar), que nos hace sentir valorados y además nos calienta la cama por las noches. Cubre un hueco, al igual que en el caso anterior, pero no es para nada lo que tú estás buscando. Digamos que te ofrece lo que necesitas, pero esa persona no es lo que tú quieres ni te hace vibrar (no, comprarse un vibrador para suplir la falta de sentimiento no hará que se solucione el problema. Comerte una jartá de mariposas tampoco. Lo sentimos). Se busca sexo, caricias, afecto, abrazos, comprensión, autoestima (sentirnos deseados es claramente relevante), entre otros factores igualmente importantes.

Relaciones de conveniencia:
Se trataría de un mutuo acuerdo por ambas partes según el cual se establece una relación de necesidad, de conformismo u otra cualquiera en la que no predomine el amor propiamente entendido como enamoramiento. La única diferencia radica en que existe una consciencia por ambas partes. También entrarían aquí las relaciones por dinero, por poder, para lucirse en las fiestas de la alta alcurnia, para poner cachondo al personal, para conseguir un viaje en el concurso de la tele o para ganar el Gran Hermano (por citar algunos ejemplos a la orden del día).

Estos sucedáneos de lo que verdaderamente debe ser el amor rellenan huecos, pero nada más. Una relación basada en alguno de los anteriores tipos no tendrá futuro (si cuesta tener futuro con una de verdad, imaginaos con una de estas). No digo que no haya enamoramiento en algunos casos por, al menos, una de las partes. Pero también existe un autoengaño claro al saberse en una relación que no se ajusta a lo que queremos, esperamos y nos merecemos. Todos somos iguales. Nadie debe estar por encima de otro en cuanto a poder ni utilizar vilmente a los otros. No es justo para nadie.

Algunos todavía calificarían los tipos descritos como amor. Y yo les digo que:

a.Algunos tienen una forma de querer un poco extraña para mi gusto. No podemos permitir esto, que se nos trate mal o se nos utilice. Es triste pero, por mucho que quieras a esa persona si no miras tú por tu culo puede que ella tampoco lo haga. Esto no es egoísmo, sino autonomía.

b.Estar con alguien es para estar mejor que solo. Y si hay un maltrato, físico o psicológico, violencia, uso de la persona para conseguir tus propios fines y demás pajas mentales que hace que algunos demuestren una incapacidad clara para amar, entonces, cariños, es mejor que os quedéis solos.

Haz con los demás lo que esperas que hagan contigo. ¿Amor? Sí, pero del bueno, del de verdad.

 
La Evolución del Amor
Continuando con nuestro estudio exhaustivo sobre el amor (ya os dije que no descartaba la saga de posts hablando sobre el tema y he decidido ser un plasta y rallaros la cabeza hasta que acabéis odiándome a base de tanto leer incongruencias) lo siguiente que hemos de tener en cuenta al hablar de semejante cosa (de la que se comenta mucho pero se vive poco o en contadas ocasiones) es que lo que cada persona entiende por amor evoluciona con el paso del tiempo.

Nadie nace sabiendo. Naturalmente los conceptos que se generan en nuestro cerebro (sobre todo si se refieren a entes abstractos) van evolucionando a medida que vivimos. De esta manera, cuando uno sale del útero materno (con lo a gusto que se estaba ahí dentro, snif, sin tener que aguantar a toda esta gente aquí fuera sin escrúpulos y desquiciados de variopinta procedencia) y crece a base de la leche de mamá (la mamá biológica al principio y la mamá Puleva – O Hacendado, dependiendo de la clase social, que podríamos hacer un estudio sobre el marxismo y el consumo de marcas blancas) va rellenando los huecos conceptuales que hay en su cerebro (si es que resulta que el individuo ha sido dotado con uno, claro, que esto ya es mucho decir, pero seamos positivos –hoy me he levantado Ausonia- y asumamos que así es) mediante la información que obtiene del exterior.

Como es natural esta información viene condicionada por diversos agentes entre los cuales encontramos la relación idealizada padre-madre (al principio nos creemos que se quieren mucho. Luego tras el quieren añadimos verbos tan adorables como “matar”, “tirar los platos a la cabeza”, “estrangular” y otros similares porque, evidentemente, la relación papi-mami no siempre es perfecta y, de hecho, raras veces lo es), todas esas canciones que hablan sobre amor (esos grandes baladones que nos acompañaron y que vinieron de la mano de un hermano o hermana que escuchaba a Alejandro Sanz), los artistas que surgen en la escena pop y que van destinados a un público adolescente (véase en mis tiempos a Laura Pausini con aquel disco “Gente” en el cual cada canción era un fardo de dolor sobre desamores que, ni de lejos, la gente de mi edad había vivido y una reivindicación de la ñoñez más absoluta –“La Soledad”, “Se Fue”, “Amores Extraños”), las películas eminentemente americanas pertenecientes al género de comedia romántica y que siempre defienden el mismo tipo de amor mágico y estupendo, idealizado desde el mismo instante en el que se observa la cara de agilipollada mental de la actriz (porque, por supuesto, la mujer, como sexo débil y de sentimientos, es la que aparece más colada y más enamorada en este tipo de telefilmes); las poesías chorras del tipo “tiré un limón y en tu puerta se paró y es que hasta los limones saben que nos queremos tú y yo” (no se puede hablar de amor habiendo un cítrico por medio, señores, seamos un poco racionales) que nos escribían en la contraportada del cuaderno de sociedad (ni conocimiento del medio como se dice ahora ni narices, sociedad y punto) y otros factores claves.

Con todo esto uno adquiere una idea del amor completamente idealizada y el primer amor no es más que la puesta a prueba de todos esos puntos que componen la idea. De hecho, suele suceder que la primera vez que nos enamoramos (si es que no eres el hombre de piedra de La Historia Interminable y puedes tener sentimientos, que también es mucho suponer, sobre todo si eres hombre) no lo hacemos tanto de la persona en sí misma como de esa idea del amor que deseamos poner en práctica a toda costa, con lo que la decepción resultante es mayúscula en el sentido de que no sólo te decepcionas al desenamorarte del sujeto en cuestión al descubrir que para nada es el semidios que creías y, de facto, es el ser más insulso que ha parido madre (pobre madre, por cierto). La decepción es doble porque también se te caen al suelo aquellos mitos procedentes de las idealizaciones según las cuales “el amor lo puede todo”, “Te querré siempre forevé” (del “I Hill Always Love You” de la Whitney), “no puedo vivir si vivir es sin ti” (del “Without You” de Mariah), flores, mariposas, arco iris, plastilina (del anuncio de Dodotis) o “nuestro amor brillará en el cielo cual estrella contemplando como las olas del mar rompen en la orilla de la paja mental que sufrió la persona que escribió algo así alguna vez”. Por eso el sufrimiento es tan enorme, no por haber perdido a la persona sino por el vacío existencial que se desprende de haber perdido unas creencias tan enormemente inocentes y sensibles.

Si, como añadido, estuviste con un hijo puta cualquiera que te ha hecho ver las estrellas cada vez que decías te quiero añádele una tercera decepción: las personas no son buenas, el mundo es cruel y los mecanismos Psicológicos que sigue la peña en su enrevesado cerebro para protegerse de las múltiples heridas de sus primeros desengaños y producirte a ti las tuyas no hacen sino construir dentro de ti una visión del amor totalmente contrapuesta a los himnos de la japuta de la Pausini (quien le mandaría a ella hacer aquel puñetero disco y quien narices decidiría que se pondría de moda aquel año. Los discos deberían haber ido acompañados con un “Parental Advisory” o algo). Ahora nos alimentamos de mala leche.

Esto que parece tan trágico, no lo es. Después de todo, es cierto que toparse con este mundo de mierda puede ser una experiencia traumática. Sobre todo por la idealización tan hermosa a la que lo hemos sometido. Pero incluso en medio de tanta frialdad y asquerosidad latente a la que nos enfrentamos a diario existen retazos de belleza y magia suficientes como para que alberguemos otra idea del amor, bastante más realista y consistente y que no se desmorone porque esté basada en preceptos del todo sinceros y asequibles.

El problema está en que raras veces nos tomamos las cosas como una simple evolución y nuestra natural tendencia a la dramatización nos conduce a pensar que el amor es como los Reyes Magos (un invento de alguien para hacer la vida menos dolorosa y justificar las campañas del Corte Inglés en San Valentín) y antes que admitir que estábamos errados en nuestro concepto original preferimos pensar que no hay más, que no merece la pena tratar de buscar destinos menos duros que el que nos ha tocado. Por eso dejamos de creer en el amor. Porque nos han hecho daño y para evitar que nos lo vuelvan a hacer nos dejamos guiar por una serie de conductas socialmente aceptadas, estrategias para relacionarnos y nunca más dejar ver aquella parte de nosotros vulnerable e idealizadora que creía en los Reyes avalada por la mejor de las ilusiones.

No nos damos cuenta de que sufrir es crecer y cada centímetro supone una nueva porción de fuerza para luchar por aquello en que creemos.

Es una pena que para cuando somos conscientes de esa fuerza muchos ya hayan dejado de creer.


 
Love Is in the Air
Cariños y cariñas de la blogosfera, como lo prometido es deuda y le dije a cierta persona que le iba a escribir un post sobre el amor (ahhhhhhhh, el amor... ese pequeño hijo de putilla que nos hace la vida imposible, que es un mal común como dice la Shaki en esa canción que no se escucha nada de nada), aquí me tenéis hecho un pringao. ¿A quién se le ocurre hacer ese tipo de promesa? Si es que me meto en unos fregaos que pa qué. Esto, lo del amor, que podría dar para un serial de posts y, de hecho, no descarto la idea, es jugar con fuego, saber que te vas a quemar porque de sobra es sabido que cada uno tiene una idea del amor desarrollada (o, al menos, debería tenerla), de modo que lo expuesto en este blog puede ser objeto de críticas (buah, como si fuera nuevo esto aquí).

A todos nos preocupa el amor. Por supuesto que sí. Conversando con esa persona, que me juraba haber dejado de creer en el amor, yo, que soy como soy, al final me enfundé en un traje de mallas rosa y unos slips azules por encima (y no era Madonna, era yo) dispuesto a salvar el mundo y le hice la firme promesa de darle mi punto de vista sobre el tema. Y aquí me tenéis pensando “maldita la hora en la que se lo dije”.

Hablar de amor no es nada fácil. La idea de cada uno viene motivada por gran cantidad de factores entre los que se encuentran la educación, el número de canciones de Mariah Carey oídas durante la pubertad y, como no, las experiencias vividas. Dicho de otro modo: los cabrones o cabronas con los que te hayas cruzado en tu camino y que te han dejado el corazón hecho trizas y medio carbonizado. Está claro, sufrimos y eso condiciona la idea del amor que hemos conformado.

La verdad es que, antes de seguir, deberíamos definir el concepto de amor. Para empezar deberíamos preguntarle a nuestro querido diccionario qué es el amor. A ver, listos, ¿cómo definiríais semejante concepto? Pues consultando a los señores académicos que tanto y tanto saben obtenemos lo siguiente.

amor. (Del lat. amor, -ōris).

1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
Error, error. Porque, de entrada yo no considero que querer a alguien parta desde una insuficiencia. Para empezar porque, vamos a ver, necesitar a una persona no es positivo en absoluto. El mejor amor es aquel que parte de la base de no necesitar a esa persona (hay que valerse por uno mismo) sino que la unión se realiza de mutuo acuerdo no porque los sujetos de la relación se necesiten sino porque quieran estar juntos. Lo siento, nunca me he creído los “no puedo vivir sin ti”. No me parecen reales.

2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.
Vale, esta definición se acerca algo más al concepto. Existe una atracción natural (más allá de factores como la cuenta corriente o la longitud de la entrepierna) y una reciprocidad (por todos es sabido que sin reciprocidad no hay tu tía, sólo un dramaqueenismo basado en llorar y anhelar a esa persona mientras nos damos cabezazos contra las paredes de un local cualquiera copita de Ballantine’s en mano). Muy relevante resulta la idea de dar energías para convivir, comunicarnos y crear. Está claro, el amor, cuando es del bueno, nos sitúa en una posición de agilipollamiento motivador que hace que todo nos parezca más bonito (o menos asqueroso, según la percepción que el sujeto tenga del mundo) y nos sintamos con más fuerza para hacer todo aquello que nos gusta y nos realiza.

3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.
Mal, malo, caca. ¿Entrega? Pero, a ver... ¿entrega total? Porque eso de entregarse totalmente a una persona tampoco es positivo ya que significa dependencia emocional y ya sabemos a esta altura de la película que únicamente podemos depender de nosotros mismos (y a veces ni eso). Entrega parcial vale. Poner tu vida y tu autonomía en manos de otra persona no. Hasta ahí no se debe llegar.

4. m. Tendencia a la unión sexual.
Emmmm... esto... ¿una tendencia a la unión sexual es amor? Uy, pues entonces hay más amor en el mundo del que yo pensaba. Y cuántas personas nos quieren amar todos los días. Y si te cepillas al sujeto y luego se acoge al “si te he visto no me acuerdo” y te vuelve la cara en mitad de la calle ,eso ¿es desamor? Amos, hombre, no fastidien. No sé en qué mundo viven los académicos, pero en el mío el sexo está tan desligado del amor como el Foro de la Familia del respeto a la orientación sexual.

5. m. Blandura, suavidad.
Vale, esto puede ser. Cuando nos enamoramos nos volvemos más blanditos. Nuestro agriado carácter se suaviza y cualquier canción de esas que suenan en la radio y que en otra circunstancia nos producirían una arcada amenazante ahora nos entorna los ojos y nos amplia una sonrisa de oreja a oreja (con la consiguiente cara de gilipollas integral) mientras los vellos del brazo se nos ponen como escarpias y un escalofrío nos recorre la espalda. Es lo que tiene estar especialmente sensitivo o sensible y creer que vives en un anuncio de compresas (o de dodotis, lo cual es mucho peor y más patético).


6. m. Persona amada.

Esto es: eres un amor, voy a ver a mi amor, amorcito ven aquí... es decir, se personaliza tanto el sentimiento que puede que la persona amada llegue a considerarse en sí misma el amor. Y no me extraña, porque teniendo en cuenta como está el mercado, si encuentras a alguien mínimamente en condiciones capaz de mantener una relación amorosa dotada de ciertas dosis de equilibrio emocional, entonces has triunfao, pon a esa persona en un pedestal.

7. m. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella.
No confundirse, que te puedes trabajar con mucho esmero a Fulanito y no porque haya amor de por medio, sino porque estés más salido que el pico de una plancha.

8. m. p. us. Apetito sexual de los animales.

No haré ninguna declaración al respecto. Ya sabéis, a partir de ahora nunca digáis “estoy muy salido” sino “tengo mucho amor para dar”, que queda mucho más fino, romántico y genial.

Éstas son algunas de las definiciones más importantes que aparecen. Bueno, pues yo tengo que decir desde ya que no estoy de acuerdo con algunas de las definiciones porque para mí el amor consiste en otras muchas cosas y hay un montón de cuestiones no mencionadas a tener en cuenta (y me pongo chulo y todo, a ver si me lee algún académico y se da por aludido). Si ni siquiera estos señores tienen muy claro lo que significa el amor ¿cómo narices lo vamos a tener nosotros? Éste es el problema fundamental, que nadie sabe exactamente en qué consiste el sentimiento y ocurre que a veces (muchas veces. Muchísimas. Gran cantidad) nos dan gato por liebre, aprovechándose de ese vacío conceptual palpable. Porque el amor, como ya he señalado, depende mucho de cada persona, de las experiencias vividas y de lo que se quiere y se espera. O más bien de lo que no se quiere o no se espera. De manera que venimos conformando un concepto del amor propio que raras veces coincide con la realidad, de ahí que acabemos con el corazón tan partío que ríase Alejandro Sanz con una frecuencia desmedida y que lo único que nos apetezca hacer cuando se habla de amor sea partir caras y destrozar margaritas blancas con la suela del zapato mirando al cielo con lágrimas en los ojos (momento álgido del drama queen, bastante usual en momentos concretos de la vida y que puede desembocar en la adquisición de una escopeta de cañones recortados para uso personal desde el campanario del pueblo).

¿Cómo podemos discernir lo que es amor de lo que no lo es?
Despacito.



En el próximo post:

La evolución del concepto de amor: la importancia de que la edad mental siga el mismo curso que la física.
 
Connecting People
Eso de que me como la cabeza más que ningún mariquita de este mundo es un hecho ya científicamente probado que puedo demostrar no sólo por mi comportamiento de enajenado mental sino por la infinidad de posts surrealistas que he ido escribiendo a lo largo de todos estos meses. Para empezar, diré que no es que me aburra o disponga de todo el tiempo del mundo. Más quisiera mi resentida vida social que me recuerda, con la voz de un contestador de esos de operador de telefonía (que ya podría ser la voz de un maromo cachondo) que tengo tropecientas llamadas por hacer, taitantos blogs que visitar y toneladas de emails que escribir para mi vergüenza (qué importante que parezco ¿verdad? Cualquiera diría que el que escribe aquí es el príncipe o algo y no un matao que trabaja más que Jesús Vázquez –madre mía, como siga presentando programas pronto tendrán que llamar a la cadena Telejesús) y no dispongo de tiempo material ni para rascarme el sobaco izquierdo durante un intervalo superior a tres segundos. Incluso así, yo le doy muchas vueltas a la cabeza y así me salen los artículos de chorrocientas líneas (especialmente diseñados para leer en diagonal) que cuelgo aquí. No, mi querido Lallamada, no he aprendido todavía a desarrollar mi capacidad de síntesis, como puedes comprobar.

Pues bien, una de las últimas pajas mentales que me asaltó en un momento de enajenación mental (en realidad estaba hablando con alguien en plan trascendental, lo cual, bien mirado, viene a ser lo mismo) fue el de las conexiones. Resulta que los seres humanos (aquellos que puedan ser considerados como tales, claro) cuando nos relacionamos (aquellos que sepan relacionarse, claro) establecemos una serie de conexiones con otras personas. En los tiempos que corren, lo de estar conectado está de moda (el conocido eslógan de Nokia que da título a este post o la manera en que se mira a alguien que afirma en medio de una reunión social no disponer de Internet en casa, como si perteneciera a la era de los dinosaurios o algo así, son buena prueba de ello). Sin siquiera percatarnos, cuando establecemos una relación con cualquiera (desde tu amigo Pepe hasta el carnicero del Mercadona) se produce un vínculo, una conexión que puede ser tan efímera como la soltería de un modelo de Calvin Klein en Chueca o permanecer en el tiempo y convertirse en algo duradero.

Hablando tranquilamente con la Lincesa (cubata en mano, claro, que es como se ocurren las mejores ideas) puse palabras a lo que se me pasaba por la cabeza y acabamos reduciendo las conexiones a tres fundamentales que a continuación os describo porque soy la mar de educativo y divulgador (movimiento ondeante de mi pelo a modo de “soy guay”).

1.Conexión Física
Comencemos por la más básica y la que más os pone (anda, no digáis que no que se os ve el plumero, que el sexo siempre vende). La conexión física es la más primaria de todas según dicen las malas lenguas (y esto no quiere decir que nos pongamos el traje de Troglodita y usemos la porra... esto... lo de la porra no lo debí escribir) y evidentemente se da entre dos personas cualesquiera que se atraen físicamente, se ponen el uno al otro. Como ya he señalado tantas veces, la conexión física no tiene por qué depender de las cualidades imperantes en el reino de los abdominales al que incómodamente sobrevivimos los tipos como yo, sino con el hecho de que la persona produzca atracción física (lo cual no tiene necesariamente que estar proporcionalmente relacionado con la cantidad de horas que se pasa en el gimnasio). Esto es, que tengas ganas de arrancarle la ropa a mordiscos y no dejes de pensar en Cuenca constantemente por poner un ejemplo. El tipo puede estar de escándalo, puede ser del montón o es feo de narices pero lo que cuenta, el meollo de esta conexión, es que te pone burro y no hay marcha atrás. No es algo que controles.

La conexión física se basa también en que haya cierta compenetración (sí, ya sé que la palabrita de marras suena mal en este contexto), porque puede haber mucha atracción y, sin embargo, aburrirte en la cama con el sujeto en cuestión de lo lindo, de manera que entre gemido y gemido te preguntes quién será el próximo expulsado de “Factor X” y descubras que en el techo de la habitación hay una mancha que se parece demasiado al perfil de Belén Esteban. No vale, así no hay conexión física, por muy bueno que esté el individuo.

La relación más común y la que se nos viene a todos a la cabeza es el típico polvete discotequero que no da más de sí y que se diluye hasta un nuevo encuentro (casual o concertado) en el que los dos estéis más calientes que el palo de un churrero.

2. Conexión Intelectual
¿Alguna vez se os ha secado la boca de tanto hablar con una persona al tiempo que mirabais el reloj y os dabais cuenta de que llevabais quince horas en su compañía y casi ni os habíais enterado? Efectivamente esto es conexión intelectual. Los dos sujetos implicados en la experiencia desarrollan un vínculo basado en el mutuo entendimiento y en una comprensión y respeto acerca de las ideas y formas de entender el mundo de la otra persona.

Yo sé que lo de intelectual suena pretencioso (y, de hecho, lo es teniendo en cuenta que hay un gran porcentaje de la población que aún no ha descubierto que las neuronas sirven para algo más que para rellenar la cabeza y hacerle compañía al serrín) pero no se trata más que de conversaciones en las que los sujetos dejan conocer partes de sí mismos y de su modo de ver el mundo (más o menos lo que hace servidor en este blog), de manera que se produce un intercambio más o menos fluido de ideas y un relato de experiencias que hace que te sientas comprendido y menos raro.

3. Conexión Emocional
Sin duda, la más buscada y la menos encontrada. La conexión emocional se basa, sencillamente, en que exista un afecto hacia la persona. Entran en juego los sentimientos y es aquí donde radica su dificultad. Los dos sujetos implicados en la conexión se sienten más que cerca a gran cantidad de niveles. Comparten una misma manera de entender las relaciones personales y, además, desean llevarla a cabo entre ellos. Las vivencias comunes ayudan a la aparición de esta conexión (por ejemplo, las amistades que se forjan a lo largo del tiempo), así como la afinidad de caracteres y de pretensiones en la vida. Si en la conexión intelectual la comprensión era la palabra clave, en la emocional lo más relevante es todo lo que se circunscribe alrededor del verbo sentir. En la primera había un intercambio de ideas, en la segunda lo hay de sentimientos. Razón versus corazón.

Requiere de una desnudez por parte de ambas personas, confianza y respeto, que variará en función de la intensidad de la conexión. Cuanto más transparentes y sinceros se muestran los individuos más fuerte será la conexión debido a ese detalle sin importancia que reza que para sentir y expresar sentimientos es necesario desenvolverse en una atmósfera de igualdad, respeto y comprensión.

Los dos ejemplos más importantes en este apartado serían los lazos entre amigos (de esos de verdad, no de los que sólo valen para tomar café) y los que se establecen en una pareja (de esas de verdad, no de las que sólo valen para follar. En tal caso estaríamos hablando de conexión física). En estas relaciones existe un afecto elevado que se demuestra (hechos, no palabras) y que deja patente nuestras intenciones.

Aunque las tres conexiones estén claramente delimitadas, a veces llegan a confundirse. Cuando conectamos con alguien intelectual y físicamente, esperamos hacerlo también emocionalmente y no tiene por qué ser así. Del mismo modo, podemos conocer a alguien con quien nos encante hablar y por quien sintamos algo emocional pero no nos provoque ni el menor atisbo de deseo. Ciertos tipos de relaciones no requieren más que de una o dos de las conexiones.

El desarrollo de una de una conexión puede dar lugar a otras: se puede producir una conexión física a través de una emocional, sobre todo en aquellas personas que ligan mucho el sexo a la mente y a otros factores más allá de la mera excitación corporal o se puede producir una conexión emocional a través de una intelectual, con el debido paso del tiempo. Pero, como nos conocemos, lo que la mayoría vamos buscando es una persona que reúna las tres (aunque a veces, ante el panorama que se nos presenta, nos conformemos con menos porque creamos que es altamente improbable llegar a conseguirlas todas).

Sea como sea, lo ideal es lo improbable (como no, fácil nunca): que se den las tres conexiones. Y, como repito mucho últimamente (no sé yo por qué, serán las nubes), improbable no es imposible.
 
El Mundo Se Equivoca
En ocasiones, vivimos demasiado deprisa (tranquilo, no te agobies) y no nos damos cuenta de que asumimos verdades sin más, como si estuvieran escritas en alguna parte y tuvieran que ser seguidas sin cuestionarlas. Una especie de religión o dogma que nos obliga a vivir de determinadas formas. No nos percatamos de que, algunas veces, el mundo se equivoca, que no siempre hay que hacerle caso a todo lo que se nos dice o se nos transmite desde los diferentes canales que copan nuestra vida.

Nadie tiene por qué saber más, todos somos bastante sabios a nuestra manera y según qué cosas. Y nadie debe tener tanta autoridad como para imponer su punto de vista.

El mundo se equivoca cuando se queda en la superficie y nos juzga sin siquiera tomarse la molestia de conocernos, empatizar o, sencillamente, profundizar. El mundo no quiere hacerlo. Es más fácil permanecer en la parte de arriba, establecer clasificaciones y esbozar juicios que no han sido contrastados. Por eso cuando alguien comete un error directamente se le etiqueta y se le empuja al cajón de los indeseables. ¿Nadie quiere saber los motivos que existen detrás de las conductas?

Los motivos no justifican, pero sí atenúan el prejuicio.

El mundo se equivoca cuando nos incita a dejar de sonreír. Cuando nos empuja a que esbocemos una risa falsa, vacía, dispuesta para ocultar los verdaderos sentimientos que guardamos dentro porque existe una regla no escrita y bien consensuada en ese dogma extendido que impide demostrar los verdaderos estados de ánimo de las personas.

Prefiero mil veces unas lágrimas sinceras que una sonrisa forzada e hipócrita.

El mundo se equivoca cuando nos convierte en seres descreídos que ya no ofrecen el beneficio de la duda. Exactamente de la misma forma que se emite el juicio sin profundidad, quien se equivoca carece de toda credibilidad por los siglos de los siglos. ¿No hay segundas oportunidades para quien se arrepiente? No para quien finge arrepentirse, sino para quien se arrepiente. No terceras ni cuartas oportunidades, sino segundas. Cuando nos equivocamos, ¿hay alguna manera de arreglar el estropicio o ya no existe forma alguna de recuperar la confianza?

Errar es humano. Rectificar es de sabios. Reconocer los errores propios y ser consecuente es de superhombres por lo menos.

El mundo se equivoca cuando deja de sentir y quiere hacernos creer que esa es la mejor manera de sobrevivir. ¿Todos están dispuestos a aferrarse a esa pseudocondición aprendida de tener un corazón impermeable a lo que ocurre alrededor? ¿La sensibilidad no existe o se difumina por las vivencias de cada uno? ¿Tenemos que endurecernos hasta el punto de perder parte de la esencia que nos hizo ser quienes fuimos y quienes echamos de menos ser en las noches de vacío?

Sin sensibilidad ¿dónde quedará esa capacidad de ser feliz con los pequeños detalles? ¿Dónde quedarán los sueños? ¿Y el escalofrío que te producen unas palabras que te hacen llorar de pura emoción?

El mundo se equivoca cuando inventa distintas formas de querer malsanas, ésas basadas en el poder, en ver quién está por encima, en vampirizar emocionalmente a otra persona con el único fin de no sentirnos tan vulnerables o débiles o en utilizarla. ¿Tan complicado es entregarse? ¿Y no merece la pena? ¿No compensa? Y si no nos entregamos ¿a qué estamos jugando? ¿Por qué nos conformamos con sucedáneos de lo que realmente queremos?

Únicamente ante quien te quiere bien puedes mostrar un atisbo de vulnerabilidad sin provocar una reacción de fuerza. Quiere bien. Es mucho más positivo para todos y, sobre todo, para ti mismo.

El mundo se equivoca cuando nos impide ser felices. Cuando se mete en nuestra vida con total libertad. Cuando siembra la duda en nuestras cabezas. Cuando nos dice lo que tenemos que hacer, lo que es correcto. Cuando coarta nuestra libertad para ser nosotros mismos y tomar nuestras propias decisiones. ¿Es que alguien puede leer el futuro? ¿Es que alguien tiene la verdad suprema y universal? ¿Por qué esa necesidad de imponer percepciones personales de realidades que desconocemos?

Todos los caminos tienen piedras. La única forma de saber si te vas a caer con alguna de ellas es recorrerlo. Nadie te puede decir si tropezarás de antemano y, de hecho, si miras tanto al suelo, nunca podrás disfrutar del paisaje.

El mundo se equivoca cuando se niega a creer, cuando nos incita a que asumamos un estilo de vida insípido marcado por la desidia y el conformismo. Cuando nos invita a asumir que no existe forma alguna de hacer realidad lo que pensamos, lo que anhelamos, lo que deseamos. Que no merece la pena luchar y sufrir tanto por unos ideales tan nobles como la inocencia de cuando éramos niños. ¿Qué clase de vida es aquella en cuya base no existe la ilusión?

Los sueños comienzan a hacerse realidad en el preciso instante en el que empiezas a creer que pueden hacerse realidad.



El mundo se equivoca. Me moría por decirlo. Y por demostrarlo.

Gracias por dejarme demostrarlo.
 
El Ataque de los Mariclones
Hace tiempo hablaba yo sobre lo iguales que somos todos por dentro en uno de esos maravillosos posts rallantes que tanto adoráis y que consigue que queráis arrancaros las uñas de los pies a mordiscos antes que seguir leyendo. Pues bien, este fin de semana en los Madriles he descubierto que ya no nos conformamos que ser bastante parecidos en esencia, sino que el plano de la personalidad, miedos, inseguridades y todos aquellos factores inherentes al ser humano que rescaté del manual de psicología barata que llevo inserto en la cabeza está trascendiendo al aspecto físico.

Porque en la Mani del Orgullo a la que asistí, aparte de reivindicar gran cantidad de derechos y una igualdad que a mis queridos señores del Pepé (un beso para ellos), a mis fans del Foro de la Familia (un abrazo de oso, nen@s) y a mis grandes amigos los gobernantes polacos (un achuchón apretujao, darlings), entre otros, les suena a chino por no decir a sánscrito con acento andaluz, también se estaba reivindicando un modelo gay de belleza masculina. Yo me di cuenta no porque me estuviera fijando en los tíos buenos (ejem), ni porque el señor Pau y el señor Devaneos contribuyeran a que mi atención se fijara en algunos de los ejemplares más bravos y fornidos de la especie. No, no, uno ante todo es un gran sociólogo de pacotilla y se fija, más que nada, porque le gusta observar la realidad. El hilo de baba que colgaba de nuestras tres bocas era... producto del calor y de cuánto nos queremos.

Pues bien, para vuestro deleite y para todos aquellos que deseen obtener la fórmula mágica del éxito he recopilado las condiciones necesarias para pertenecer a esa gran especie comúnmente denominada como “los buenorros del Europride” (que sí, que yo sé que muchos me lo vais a agradecer de corazón cuando tengáis que cambiar el somier de la cama a finales de agosto por la gran cantidad de actividad sexual).

1.Gafas de sol. Comencemos por algo sencillo. Tienes que olvidarte de tus gafas de sol del año tres que tú crees que te quedan de escándalo pero que, en realidad, están más pasadas de moda que las canciones de Xuxa. Te vas a una tienda de gafas y que te den (que te den unas gafas digo) de esas que te tapan media cara, superredondas y oscuras. En cuanto te las pongas notarás que ves el mundo de distinto color.*

*El Paperblog advierte que si son malas, de esas del baratillo, con el paso del tiempo sencillamente no verás el mundo, lo cual también constituye una opción a tener en cuenta para momentos de dramaqueenismo cuando no quieres saber nada del asqueroso planeta en el que vives.

2.Corte de pelo. Muy importante que te cortes mucho el pelo, a ser posible un rapado mono, de esos que te dejan las orejas bien fuera. Con este corte todo son ventajas: el sudor no estropeará tu peinado y cuando un maromo proceda a acariciarte la cabeza en un momento de pasión no tendrás que temer por las horrorosas bolitas blancas que deja la gomina y que tan antiestéticas resultan en mitad de la faena.

En su defecto, si el rapado no te queda nada bien y pareces el hermano mellizo de Gollum a la española, se acepta también el pelo corto y de punta. Ambos looks son los más cotizados en el mercado marica.

3.Indumentaria. Por supuestísimo que esto resulta de vital importancia. Para ser todo un chulazo del Europride debes llevar unos pantaloncitos cortos o piratas, ajustadetes, que marquen paquete y culo (cuidado con las asfixias y los dolores en las partes bajas, que tampoco es cuestión de exagerar y que parezca que, en cualquier momento, el botón del pantalón saltará por los aires para estamparse contra el ojo de algún admirador. Conozco a gente que ha sido demandada por algo así – esto es mentira, pero quedaba la mar de bien. También lo digo porque yo demandaría, qué narices, haberte comprado dos tallas más, leñe).

La camiseta (si es que llevas, aunque siempre hay que llevarla, aunque sea quitada y apoyada en tu mochila o enganchada del pantalón) ha de ser lisa, preferiblemente blanca (de toda la vida, pero que no ponga abanderado y sea de tu padre, que canta mucho), ajustada (que marque hasta el hígado) y sin mangas (por ahorrar tela que no quede). ¿Por qué blanca? Muy sencillo, lo descubrirás en el punto 4.

4.El morenazo. Debe ser, no sé, me daba a mí toda la impresión, que en los solariums o algo así regalaban una serie de bonos para conseguir un tipo de moreno específico. Yo creía que la pigmentación de cada uno era determinante en el moreno final, pero al parecer las criaturas de esta especie, aparte de parecer clones (o mariclones más bien, que diría yo), tooooodos poseen el mismo moreno dorado estupendo y genial. Debe ser el gen del buenorro, que se instala en la piel de por vida o algo así. La camiseta, of course, no hará más que remarcar todavía más (si cabe) el color de tu piel morena.

5.El gym. No podía faltar (¿qué creías?). El buenorro Europride también posee una serie de genes que le activan el desarrollo muscular, de modo que, finalmente, parece que todos han echado más o menos las mismas horas de gimnasio (ni una más ni una menos). Hasta la venilla se les marca exactamente en el mismo lugar (y no seáis guarros).

6.El rictus inexpresivo de “estoy para mojar pan y rebañar con tres barras de viena”. No puedes sonreír (no, de risas nada, los buenorros no sonríen fácilmente) y debes mostrar ese aire distraído del que se la trae todo al pairo y del que está más que acostumbrado a montarse una orgía cada vez que vuelve una esquina. Actitud implacable (mírame, cariño, pero no me toques que me gasto –y se me va el color del autobronceador). Mueve tus músculos contoneándote suavemente (no necesitas bailar bien, estás tremendo, ¿a quién le importa el ritmo de la música?) y llévate las manos a ambos lados de la cabeza para apartarte el sudor y dar la impresión de haberte escapado de un anuncio de perfume caro.

7.La ropa interior. Por supuesto no valen aquellos calzoncillos que te compró tu madre de tres cinco euros con dibujos tan expresivos como avioncitos de colores sobre fondo blanco, coches verdes o murciélagos rojos sobre fondo negro (juro que una vez vi unos slips así de monos). Como los pantalones se te irán bajando a causa del calor, el sudor, los magreos y el jolgorio tienen que apreciarse tus Calvin Klein (preferiblemente blancos, una vez más para resaltar tu moreno pseudoplayero de la Costa de Miami).

De este modo, no lo dudes: en cuestión de un par de años luz (sobre todo si no te pareces a ellos lo más mínimo, como es mi caso) formarás parte de la raza aria, el gay del futuro, el marica europeo y orgulloso. También es cierto que cuando has visto tres mil iguales ya no te producen ningún interés.

Para darse de cabezazos contra la pared por el alejamiento físico del modelo descrito, envíame un email. Conozco a gran cantidad de psicólogos en paro. Y si no... siempre nos quedará Cambio Radical. ¿No te animas?

Para leer algo más serio (aunque no del todo) pinchad aquí. Paper ha sido bautizado como Polinene y de ahora en adelante cuenta con otro rinconcito en el que decir barbaridades junto a blogueras de esas que le llenan la mochila de condones (me incitan a la perdición). Según mi último recuento, fueron 102 preservativos. La de globos que va a haber en mi próxima fiesta de cumpleaños...

Para montar una carroza el año que viene y reivindicar un estilo cañí de gay español fuera del estereotipo buenorro, recojo firmas. No nos van a mirar con lujuria, puede que incluso nos lancen tomates pero... nosotros con la cabeza bien alta, ¡hombre ya! Lo de tener elegancia interior siempre ha sido un camino muy duro... y, después de todo, al final lo que cuentan son otras cosas que nada tienen que ver con lo aparente :)