Autorrechazo
El otro día estaba yo tocándome las narices (en realidad no, pero a nadie le importa lo que yo estuviera haciendo. Me encanta, qué digno quedo con esta frase), cuando, de repente, vi la luz.
No. No se trataba de Carolain que me buscaba ni la mujer rara esa de Posterguay que hablaba con voz de dibujo animado e incitaba a la niña a que siguiera un destino dudoso (iluminado pero dudoso). Tampoco se me apareció un actor porno en calzoncillos dispuesto a lamerme el pezón izquierdo y descubriendo mis grandes cualidades de interpretación que todos tenemos en nuestro más profundo interior. Ni siquiera había sexo de por medio. Entonces ¿cómo carajo puede uno ver la luz si no se trata de un hito orgásmico que te haga gemir más que la protagonista del anuncio de Herbal Essences?
Pues nada, estaba yo estudiando (al final lo he tenido que contar, si es que… el Tomate haría el agosto conmigo) y me di cuenta de algo muy sencillo y a la vez fundamental. Una de esas cosas que hacen que se te rice el pelo del ombligo y se te ponga la carne del brazo izquierdo de gallina. Para que veais que soy superbuena persona, os lo cuento (y para superar esa impresión que os estáis llevando de que no estoy bueno de la cabeza). Había una teoría que explicaba que la escucha activa (y que nadie se imagine a la Escucha sodomizando) produce una disminución del autorrechazo. Hablando en cristiano, que cuando te escuchan (pero de verdad, vaya, no me refiero a hablarle a la lavadora o a que la persona que esté delante esté pensando en la lista de la compra) te sientes menos raro y te aceptas un poquito más a ti mismo.
Porque no nos damos cuenta, pero normalmente las personas, grupos e instituciones que directa o indirectamente forman parte de nuestro entorno nos obligan a cuestionarnos nuestro propio yo en la medida en que nos planteamos que tenemos que ser de determinadas formas impuestas desde multitud de frentes (familia, amigos, valores sociales, medios de comunicación, religión, cultura, etcétera - en realidad no se me ocurren más, pero lo del etc siempre queda la mar de bien en plan "cuánto sé"). Un poner:
-Tenemos que ser la mar de monos y vestir a la última. Las pasarelas y las tiendas de ropa nos obligan a tener una talla concreta, vestir de una forma, con unos colores preconcebidos antes de temporada por los grandes del diseño. Los canones de belleza imperantes nos obligan a que cuando nos miremos en el espejo pensemos “debería ser más delgado”, “debería ir a un gimnasio”, “debería ser más alto”, “debería estar más moreno”, “debería depilarme”, “debería tener un tatuaje en el hombro izquierdo para parecer malote y que dejaran de tomarme por el pito del sereno”, y un largísimo etcétera. Asumámoslo, el que más y el que menos sufre de inseguridades con respecto a su físico y piensa en algún instante de su existencia “debería ser de este modo u otro”.
-Tenemos que ser muy inteligentes. Sobre todo en el plano de estrategia. Resulta que en los tiempos en los que vivimos la bondad se asocia a la gilipollez absoluta de una manera pasmosa. Y cuando uno, no más listo sino con más maldad, nos chulea, automáticamente nos culpamos a nosotros mismos por no tener el grado de destreza apropiado. Por consiguiente nos planteamos aquello de “debería ser más malote”, “debería confiar menos en los demás”, “debería ir de chulo por la vida”, “debería aparentar que nada me importa”, por poner algunos ejemplos del dramaqueenismo existencial.
-Tenemos que ganar un montón de dinero. Porque si no tienes un gran trabajo y muchas pelas, luego quedas a la altura de las colillas aplastadas cuando te llevan a un restaurante de esos de gramúr en los que te cuesta quince euros mirar la carta y veinticino que el camarero te salude. Como añadido, la sociedad nos coloca en la tesitura de que según qué edades debemos estar en un punto determinado de la supuesta evolución humana del siglo equis equis palito. Cuando cumples veintipocos debes tener la carrera acabada, a los veinticinco meterte en un coche, rondando los treinta en un piso (aunque sea de seis metros cuadrados) y, por supuesto, tener pareja y tu vida ya formada. De modo que hay personas que si no alcanzan estos objetivos se sienten frustradas y menospreciadas en algún grado. “Debería ser más ambicioso”, “debería tener un trabajo mejor”, “debería ahorrar más”, “debería dejar de soñar que algún día me va a tocar un piso de protección oficial”…
-Tenemos que estar todo el tiempo ahí para nuestros amigos. Agradarles lo más posible, hacer lo que nos pidan (aunque sea trepar esa montañita llamada Everest). Quedar con ellos, empalizar, escucharles, poner sus deseos por encima de los nuestros. El amigo perfecto, el definido como “amigo de sus amigos”. No puedes ser conflictivo, así que es mejor dejar pasar algunos malos ratillos, aunque te hayan molestado una barbaridad. Hay que echarle paciencia. Si no tienes tiempo hay que sacarlo. Porque tienes que estar ahí para lo bueno y para lo malo, todo el tiempo. Mostrar interés. Cultivar las relaciones. Aconsejar. Comprender. Tener cuidado con lo que dices para que no sea malentendido. También tienes que cultivar el lado megachachi genial, para que vean que eres la mar de divertido, espontáneo, que haces planes hiperchulis y que se lo pasan taco de bien contigo. Hombre, tú eres lo más de lo más.
-Tenemos que comer sano. Un par de piezas de fruta al día. Tres litros de agua. No pasarse con los carbohidratos. La vitamina C necesaria en las pastillitas smint de limón. Comer verde. Algo de carne y pescado. Ni hablar de salsas del chino ni de mardonals. Cuidar el colesterol y los triglicéridos. Comprar Bio para ir al baño regularmente. All Bran por las mañanas. Una onza de chocolate para obtener la energía necesaria. La pizza Casa Tarradellas que no lleva tantos conservantes y cuya buena mujer nos inspira a la casa del pueblo. Total, que el menú lo hacen los bloques publicitarios y Saber Vivir.
-Tenemos que ser unos mariquitas de pro. Defender nuestros derechos. Deshacer entuertos y equívocos comúnmente difundidos. Acabar con los estereotipos. También ser fashions y divinos del coño para ser aceptados por nuestros compañeros mariquitas y mariliendres. Hay que salir por las noches a bares de ambiente para que se vea que no nos da vergüenza admitir lo que somos. Haber salido del armario con una cantidad de personas equivalente a los asistentes a un concierto de Madonna. Hay que ser maris, dominar el argot, escuchar jaus machacón para bailar en las discos. Conocer los sitios de cruisin´ para estar a la última. Decir que somos versátiles porque mola más y rodearse de amigos monos que suban el caché.
-Tienes que ser un hijo, hermano, padre, tío, primo… maravilloso. Fomentar los lazos familiares. Llamar periódicamente a todos aquellos con los que te unen lazos sanguíneos. Se supone que tu familia debe ser la más cercana a ti, y por eso a veces nos culpamos de que amigos nuestros sepan más sobre lo que nos ocurre que nuestra propia familia. ¿Por qué razón tu primo de Albacete, al que sólo ves en la denominada BBC (bodas, bautizos y comuniones) y que no te habla desde que tenías doce años tiene que saber más de ti que un amigo al que ves todos los días por trabajo?
-Tenemos que ser ocurrentes, divertidos, extrovertidos, los ases de las reuniones sociales, graciosos, bailar bien, aguantar hasta las tantas para que no nos llamen aburridos, espontáneos, inteligentes, educados, diplomáticos, sensuales, valientes, extraordinarios, amables, creativos, chachipirulis, con un punto de locura, bohemios, soñadores, seguros, fuertes, sociables las veinticuatro horas del día, equilibrados, desequilibrados en su justa medida, saber contar chistes y anécdotas divertidas, cantar de puta madre en el Singstar, conocer la actualidad nacional e internacional, las últimas expulsiones del Gran Hermano, los discos que más suenan en las estaciones de radio... en pocas palabras: asquerosamente perfectos, lo cual resulta agotador y frustrante porque, sencillamente, es imposible de alcanzar.
El autorrechazo parte de la premisa de que se esperan una gran cantidad de comportamientos y modos de afrontar las situaciones de nosotros y nuestro yo se va difuminando en todas las inseguridades y en esas pretensiones de ser quienes realmente no somos. Es lo que hace que nos perdamos, que no nos sintamos a gusto, que deseemos ser lo que creemos que los demás esperan de nosotros cuando, en realidad, las únicas relaciones válidas y que nos van a aportar algo son aquellas que no nos exigirán que nos transformemos y tratemos de ser quienes, de base, nunca hemos sido ni deseamos ser realmente. Aquellas que se mantienen con personas que nos aceptan y nos quieren tal y como somos.
El autorrechazo se inculca y comienza en el preciso instante en el que se sustituye el “soy” por el “debo ser”. La única manera de volver a "ser" es aceptarse, lo que conlleva una existencia más feliz y una aceptación no sólo dirigida a nosotros mismos, sino también hacia los demás, ya que no nos sentiremos presionados por lo que creemos que esperan de nosotros ni sentiremos la necesidad de complacerlos o maltratarlos para aliviar el dolor que nos produce pensar que no somos aceptados por ellos o que no estamos a la altura.
Después de todo la mayor perfección está en ser uno mismo, por encima de todo y de todos.
No. No se trataba de Carolain que me buscaba ni la mujer rara esa de Posterguay que hablaba con voz de dibujo animado e incitaba a la niña a que siguiera un destino dudoso (iluminado pero dudoso). Tampoco se me apareció un actor porno en calzoncillos dispuesto a lamerme el pezón izquierdo y descubriendo mis grandes cualidades de interpretación que todos tenemos en nuestro más profundo interior. Ni siquiera había sexo de por medio. Entonces ¿cómo carajo puede uno ver la luz si no se trata de un hito orgásmico que te haga gemir más que la protagonista del anuncio de Herbal Essences?
Pues nada, estaba yo estudiando (al final lo he tenido que contar, si es que… el Tomate haría el agosto conmigo) y me di cuenta de algo muy sencillo y a la vez fundamental. Una de esas cosas que hacen que se te rice el pelo del ombligo y se te ponga la carne del brazo izquierdo de gallina. Para que veais que soy superbuena persona, os lo cuento (y para superar esa impresión que os estáis llevando de que no estoy bueno de la cabeza). Había una teoría que explicaba que la escucha activa (y que nadie se imagine a la Escucha sodomizando) produce una disminución del autorrechazo. Hablando en cristiano, que cuando te escuchan (pero de verdad, vaya, no me refiero a hablarle a la lavadora o a que la persona que esté delante esté pensando en la lista de la compra) te sientes menos raro y te aceptas un poquito más a ti mismo.
Porque no nos damos cuenta, pero normalmente las personas, grupos e instituciones que directa o indirectamente forman parte de nuestro entorno nos obligan a cuestionarnos nuestro propio yo en la medida en que nos planteamos que tenemos que ser de determinadas formas impuestas desde multitud de frentes (familia, amigos, valores sociales, medios de comunicación, religión, cultura, etcétera - en realidad no se me ocurren más, pero lo del etc siempre queda la mar de bien en plan "cuánto sé"). Un poner:
-Tenemos que ser la mar de monos y vestir a la última. Las pasarelas y las tiendas de ropa nos obligan a tener una talla concreta, vestir de una forma, con unos colores preconcebidos antes de temporada por los grandes del diseño. Los canones de belleza imperantes nos obligan a que cuando nos miremos en el espejo pensemos “debería ser más delgado”, “debería ir a un gimnasio”, “debería ser más alto”, “debería estar más moreno”, “debería depilarme”, “debería tener un tatuaje en el hombro izquierdo para parecer malote y que dejaran de tomarme por el pito del sereno”, y un largísimo etcétera. Asumámoslo, el que más y el que menos sufre de inseguridades con respecto a su físico y piensa en algún instante de su existencia “debería ser de este modo u otro”.
-Tenemos que ser muy inteligentes. Sobre todo en el plano de estrategia. Resulta que en los tiempos en los que vivimos la bondad se asocia a la gilipollez absoluta de una manera pasmosa. Y cuando uno, no más listo sino con más maldad, nos chulea, automáticamente nos culpamos a nosotros mismos por no tener el grado de destreza apropiado. Por consiguiente nos planteamos aquello de “debería ser más malote”, “debería confiar menos en los demás”, “debería ir de chulo por la vida”, “debería aparentar que nada me importa”, por poner algunos ejemplos del dramaqueenismo existencial.
-Tenemos que ganar un montón de dinero. Porque si no tienes un gran trabajo y muchas pelas, luego quedas a la altura de las colillas aplastadas cuando te llevan a un restaurante de esos de gramúr en los que te cuesta quince euros mirar la carta y veinticino que el camarero te salude. Como añadido, la sociedad nos coloca en la tesitura de que según qué edades debemos estar en un punto determinado de la supuesta evolución humana del siglo equis equis palito. Cuando cumples veintipocos debes tener la carrera acabada, a los veinticinco meterte en un coche, rondando los treinta en un piso (aunque sea de seis metros cuadrados) y, por supuesto, tener pareja y tu vida ya formada. De modo que hay personas que si no alcanzan estos objetivos se sienten frustradas y menospreciadas en algún grado. “Debería ser más ambicioso”, “debería tener un trabajo mejor”, “debería ahorrar más”, “debería dejar de soñar que algún día me va a tocar un piso de protección oficial”…
-Tenemos que estar todo el tiempo ahí para nuestros amigos. Agradarles lo más posible, hacer lo que nos pidan (aunque sea trepar esa montañita llamada Everest). Quedar con ellos, empalizar, escucharles, poner sus deseos por encima de los nuestros. El amigo perfecto, el definido como “amigo de sus amigos”. No puedes ser conflictivo, así que es mejor dejar pasar algunos malos ratillos, aunque te hayan molestado una barbaridad. Hay que echarle paciencia. Si no tienes tiempo hay que sacarlo. Porque tienes que estar ahí para lo bueno y para lo malo, todo el tiempo. Mostrar interés. Cultivar las relaciones. Aconsejar. Comprender. Tener cuidado con lo que dices para que no sea malentendido. También tienes que cultivar el lado megachachi genial, para que vean que eres la mar de divertido, espontáneo, que haces planes hiperchulis y que se lo pasan taco de bien contigo. Hombre, tú eres lo más de lo más.
-Tenemos que comer sano. Un par de piezas de fruta al día. Tres litros de agua. No pasarse con los carbohidratos. La vitamina C necesaria en las pastillitas smint de limón. Comer verde. Algo de carne y pescado. Ni hablar de salsas del chino ni de mardonals. Cuidar el colesterol y los triglicéridos. Comprar Bio para ir al baño regularmente. All Bran por las mañanas. Una onza de chocolate para obtener la energía necesaria. La pizza Casa Tarradellas que no lleva tantos conservantes y cuya buena mujer nos inspira a la casa del pueblo. Total, que el menú lo hacen los bloques publicitarios y Saber Vivir.
-Tenemos que ser unos mariquitas de pro. Defender nuestros derechos. Deshacer entuertos y equívocos comúnmente difundidos. Acabar con los estereotipos. También ser fashions y divinos del coño para ser aceptados por nuestros compañeros mariquitas y mariliendres. Hay que salir por las noches a bares de ambiente para que se vea que no nos da vergüenza admitir lo que somos. Haber salido del armario con una cantidad de personas equivalente a los asistentes a un concierto de Madonna. Hay que ser maris, dominar el argot, escuchar jaus machacón para bailar en las discos. Conocer los sitios de cruisin´ para estar a la última. Decir que somos versátiles porque mola más y rodearse de amigos monos que suban el caché.
-Tienes que ser un hijo, hermano, padre, tío, primo… maravilloso. Fomentar los lazos familiares. Llamar periódicamente a todos aquellos con los que te unen lazos sanguíneos. Se supone que tu familia debe ser la más cercana a ti, y por eso a veces nos culpamos de que amigos nuestros sepan más sobre lo que nos ocurre que nuestra propia familia. ¿Por qué razón tu primo de Albacete, al que sólo ves en la denominada BBC (bodas, bautizos y comuniones) y que no te habla desde que tenías doce años tiene que saber más de ti que un amigo al que ves todos los días por trabajo?
-Tenemos que ser ocurrentes, divertidos, extrovertidos, los ases de las reuniones sociales, graciosos, bailar bien, aguantar hasta las tantas para que no nos llamen aburridos, espontáneos, inteligentes, educados, diplomáticos, sensuales, valientes, extraordinarios, amables, creativos, chachipirulis, con un punto de locura, bohemios, soñadores, seguros, fuertes, sociables las veinticuatro horas del día, equilibrados, desequilibrados en su justa medida, saber contar chistes y anécdotas divertidas, cantar de puta madre en el Singstar, conocer la actualidad nacional e internacional, las últimas expulsiones del Gran Hermano, los discos que más suenan en las estaciones de radio... en pocas palabras: asquerosamente perfectos, lo cual resulta agotador y frustrante porque, sencillamente, es imposible de alcanzar.
El autorrechazo parte de la premisa de que se esperan una gran cantidad de comportamientos y modos de afrontar las situaciones de nosotros y nuestro yo se va difuminando en todas las inseguridades y en esas pretensiones de ser quienes realmente no somos. Es lo que hace que nos perdamos, que no nos sintamos a gusto, que deseemos ser lo que creemos que los demás esperan de nosotros cuando, en realidad, las únicas relaciones válidas y que nos van a aportar algo son aquellas que no nos exigirán que nos transformemos y tratemos de ser quienes, de base, nunca hemos sido ni deseamos ser realmente. Aquellas que se mantienen con personas que nos aceptan y nos quieren tal y como somos.
El autorrechazo se inculca y comienza en el preciso instante en el que se sustituye el “soy” por el “debo ser”. La única manera de volver a "ser" es aceptarse, lo que conlleva una existencia más feliz y una aceptación no sólo dirigida a nosotros mismos, sino también hacia los demás, ya que no nos sentiremos presionados por lo que creemos que esperan de nosotros ni sentiremos la necesidad de complacerlos o maltratarlos para aliviar el dolor que nos produce pensar que no somos aceptados por ellos o que no estamos a la altura.
Después de todo la mayor perfección está en ser uno mismo, por encima de todo y de todos.
Razones Para Ser Gay
Hay niños que están acostumbrados a preguntar el porqué de todo. Se trata de esos críos con complejo de moscas cojoneras que te acaban sacando de quicio porque no entienden y quieren saber y probablemente cuando sean mayores sean la mar de listos por esa curiosidad que lleva al hastío a sus padres. Yo probablemente fui uno de esos niños, no por la inteligencia, sino porque me gustaba dar por culo (y no hagáis chistes de mal gusto, que sólo estamos en el primer párrafo).
La cuestión es que cuando somos adultos (o, al menos, parece que lo somos por nuestro cuerpo, ya que algunos permanecen eternamente en la edad de seis o siete años en lo relativo al área cerebral) los porqués vuelven a repetirse con relativa frecuencia. Uno de ellos tiene lugar en ese mágico momento en el que sales del armario y le expresas a tus seres queridos que eres más maricón que un palomo cojo, que te van los tíos, que cuando ves a una pareja en la tele te fijas en el hombre y un larguísimo etcétera. Pues bien, después de tan solemne momento existe un planteamiento en esas personas que han escuchado tu confesión: ¿por qué? ¿Por qué eres gay? Y entonces se plantean todo tipo de respuestas y se da el llamado síndrome de “razones por las que mi hijo/amigo/nieto/vecino/sobrino/novio/muñecohinchable/botedenatamontada es gay”. De esta manera, en un proceso de pleno raciocinio de la prodigiosa mente humana, surgen proposiciones de la guisa de las que amablemente les ofrecemos el equipo de investigación del Paperblog. ¿Por qué uno se hace marica? (porque lo de nacer ya así no se contempla, tiene tanta importancia como el título de Periodismo de Urdaci):
-Porque te va mal con las mujeres y entonces has decidido probar con los hombres. Claro que sí. Esta es de las favoritas del público. Fíjate si me iba mal con las mujeres que no me interesaban lo más mínimo y que cuando Pepita meneaba sus domingas jugando al balón prisionero al tiempo que mis amigos babeaban y dejaban el suelo perdido me producía la misma excitación que Aramis Fuster comiéndose un helado de leche merengada. Esto se basa en el consabido “pero si tú has tenido novia”, como si eso demostrara algo...
-Porque ser gay está de moda (y es más que un estilo de vida tal y como promulgaban las noticias de Antena 3 en aquel gran reportaje el día del orgullo gay). Ejke mira, como todos mis amigos se han hecho maricones, pos yo he decidido que también, oyes, que no quiero ser menos y me apetece que me integren en sus conversaciones acerca de las fotos de Jesús Vázquez desnudo. Además, hoy en día se estila mucho decir que eres de la acera de enfrente porque más de uno asegura que es la mar de estupendo, maravilloso y genial y todas las tías quieren tener un amigo mariquita, así que...
-Porque si eres gay tienes buen gusto para todo y eres taco de mono. Está demostrado. Los gays no podemos vestir mal, usamos cremas reafirmantes hasta en el escroto, tenemos un gusto exquisito para decorar las paredes del salón, nos encanta ir de tiendas con nuestras amigas y, además, somos más guapos (esto en mi caso es cierto). De modo que esta mañana me he levantado, me he mirado al espejo, he sentido como mi autoestima se me caía a los pies y he decidido hacerme marica. De hecho, en cuanto le he mirado el paquete al vecino del quinto el resultado ha sido similar al que hubiera tenido lugar si me hubieran cogido en Cambio Radical.
-Porque no te han operado de fimosis. Esta historia es verídica. La Jefa Ema me contaba que cuando un amigo suyo le comentó a sus padres que era gay (así de pasada, como mero trámite informativo: mamá, papá, me cepillo a hombres de pelo en pecho) la madre miró al marido toda indignada y le dijo solemnemente:
-¿Ves, Paco? Ya te dije que le teníamos que haber operado de fimosis cuando era pequeño. Si lo hubiéramos hecho no estaría pasando esto.
El equipo del Paperblog estudia todavía la supuesta relación entre el pellejo del prepucio (o, dicho de otro modo, la punta del pene) y la orientación sexual. Debe ser que la circuncisión es algo parecido a la salvación del infierno propugnada por el catolicismo y que únicamente los no circuncidados están expuestos al llamado “virus sarasa”, la nueva arma bacteriológica inventada por los marcianos para extinguir la especie humana. Ahora entiendo aquella canción que decía “opera tu fimosis, sí, sí, opera tu fimosis... sabes que no te dolerá”. Apuesto a que la cantarán en las Iglesias entre el “alabaré, alabaré, alabaré” y el “yo tengo un amigo que me ama y su nombre es Jesús” (atención a lo del amigo, que puede dar lugar a equívocos).
-Porque los gays follan más. Esto lo sabe todo el mundo. Si eres de la acera de enfrente en cuanto pones un pie en la calle tu día se transforma en una película porno de Bel Ami o de Chi Chi La Rue (dependiendo del gusto de cada uno). A mí me pasa a todas horas y por eso me hice marica, porque es mucho más fácil ligar y follar. Teniendo en cuenta según uno de los puntos anteriores que si eres gay eres guapo automáticamente pues tiene su sentido. Además, todo el mundo sabe que los heterosexuales ni ligan, ni follan, ni nada de nada.
-Porque te sientes mujer. Atención, porque en este punto la persona que esté barajando esta posibilidad comenzará a imaginarte con un par de domingas, una peluca rubia (también se acepta la de Shakira en el videoclip de "Las de la Intuición") y una mini falda a lo Marlene Morreau. Y, digo yo, si los gays se sienten mujer, cuando se juntan para formar eso que no podemos llamar matrimonio porque no es lo mismo dos peras que una pera y un plátano de Canarias, y ambos quieren ser mujeres... ¿qué pasa? ¿Qué después del cambio de sexo se hacen grandes amigas y van a la zona hetero a ligar con hombres hechos y derechos y a comprarse trapitos y mientras tanto están estrechando lazos? ¿O cómo va esto?
-Porque de pequeño te caíste de la cuna y entonces eso ha repercutido en tu orientación sexual porque te golpeaste en esa zona del cerebro en la que hay un cartel que reza “Peligro, no dar fuertemente si no quiere que su hijo salga maricón perdido”. Se aconseja no dejarse llevar y creerse esta opción, que veo a más de uno pegándole collejas a sus amigos y conocidos esperando que de repente le confiesen una atracción sexual desesperada.
Y así podría seguir hasta la saciedad. Pero ya habéis captado la idea, así que ya os dejo en paz. Lo que sí os digo es que este tipo de situaciones me hacen pensar una vez más que el mundo y la sociedad no están tan liberados como se pretende hacer ver desde diversos flancos que promulgan lo políticamente correcto. Que alguien se plantee los motivos por los que eres gay, lesbiana, bisexual, heterosexual o transexual no hace más que reflejar una no aceptación, un no entendimiento y, por lo tanto, una no normalización. Por mucho que se diga que estamos muy avanzados y que hoy en día ya no se pega a los gays (ja).
Las bofetadas sin manos son, de hecho, las que más duelen.
La cuestión es que cuando somos adultos (o, al menos, parece que lo somos por nuestro cuerpo, ya que algunos permanecen eternamente en la edad de seis o siete años en lo relativo al área cerebral) los porqués vuelven a repetirse con relativa frecuencia. Uno de ellos tiene lugar en ese mágico momento en el que sales del armario y le expresas a tus seres queridos que eres más maricón que un palomo cojo, que te van los tíos, que cuando ves a una pareja en la tele te fijas en el hombre y un larguísimo etcétera. Pues bien, después de tan solemne momento existe un planteamiento en esas personas que han escuchado tu confesión: ¿por qué? ¿Por qué eres gay? Y entonces se plantean todo tipo de respuestas y se da el llamado síndrome de “razones por las que mi hijo/amigo/nieto/vecino/sobrino/novio/muñecohinchable/botedenatamontada es gay”. De esta manera, en un proceso de pleno raciocinio de la prodigiosa mente humana, surgen proposiciones de la guisa de las que amablemente les ofrecemos el equipo de investigación del Paperblog. ¿Por qué uno se hace marica? (porque lo de nacer ya así no se contempla, tiene tanta importancia como el título de Periodismo de Urdaci):
-Porque te va mal con las mujeres y entonces has decidido probar con los hombres. Claro que sí. Esta es de las favoritas del público. Fíjate si me iba mal con las mujeres que no me interesaban lo más mínimo y que cuando Pepita meneaba sus domingas jugando al balón prisionero al tiempo que mis amigos babeaban y dejaban el suelo perdido me producía la misma excitación que Aramis Fuster comiéndose un helado de leche merengada. Esto se basa en el consabido “pero si tú has tenido novia”, como si eso demostrara algo...
-Porque ser gay está de moda (y es más que un estilo de vida tal y como promulgaban las noticias de Antena 3 en aquel gran reportaje el día del orgullo gay). Ejke mira, como todos mis amigos se han hecho maricones, pos yo he decidido que también, oyes, que no quiero ser menos y me apetece que me integren en sus conversaciones acerca de las fotos de Jesús Vázquez desnudo. Además, hoy en día se estila mucho decir que eres de la acera de enfrente porque más de uno asegura que es la mar de estupendo, maravilloso y genial y todas las tías quieren tener un amigo mariquita, así que...
-Porque si eres gay tienes buen gusto para todo y eres taco de mono. Está demostrado. Los gays no podemos vestir mal, usamos cremas reafirmantes hasta en el escroto, tenemos un gusto exquisito para decorar las paredes del salón, nos encanta ir de tiendas con nuestras amigas y, además, somos más guapos (esto en mi caso es cierto). De modo que esta mañana me he levantado, me he mirado al espejo, he sentido como mi autoestima se me caía a los pies y he decidido hacerme marica. De hecho, en cuanto le he mirado el paquete al vecino del quinto el resultado ha sido similar al que hubiera tenido lugar si me hubieran cogido en Cambio Radical.
-Porque no te han operado de fimosis. Esta historia es verídica. La Jefa Ema me contaba que cuando un amigo suyo le comentó a sus padres que era gay (así de pasada, como mero trámite informativo: mamá, papá, me cepillo a hombres de pelo en pecho) la madre miró al marido toda indignada y le dijo solemnemente:
-¿Ves, Paco? Ya te dije que le teníamos que haber operado de fimosis cuando era pequeño. Si lo hubiéramos hecho no estaría pasando esto.
El equipo del Paperblog estudia todavía la supuesta relación entre el pellejo del prepucio (o, dicho de otro modo, la punta del pene) y la orientación sexual. Debe ser que la circuncisión es algo parecido a la salvación del infierno propugnada por el catolicismo y que únicamente los no circuncidados están expuestos al llamado “virus sarasa”, la nueva arma bacteriológica inventada por los marcianos para extinguir la especie humana. Ahora entiendo aquella canción que decía “opera tu fimosis, sí, sí, opera tu fimosis... sabes que no te dolerá”. Apuesto a que la cantarán en las Iglesias entre el “alabaré, alabaré, alabaré” y el “yo tengo un amigo que me ama y su nombre es Jesús” (atención a lo del amigo, que puede dar lugar a equívocos).
-Porque los gays follan más. Esto lo sabe todo el mundo. Si eres de la acera de enfrente en cuanto pones un pie en la calle tu día se transforma en una película porno de Bel Ami o de Chi Chi La Rue (dependiendo del gusto de cada uno). A mí me pasa a todas horas y por eso me hice marica, porque es mucho más fácil ligar y follar. Teniendo en cuenta según uno de los puntos anteriores que si eres gay eres guapo automáticamente pues tiene su sentido. Además, todo el mundo sabe que los heterosexuales ni ligan, ni follan, ni nada de nada.
-Porque te sientes mujer. Atención, porque en este punto la persona que esté barajando esta posibilidad comenzará a imaginarte con un par de domingas, una peluca rubia (también se acepta la de Shakira en el videoclip de "Las de la Intuición") y una mini falda a lo Marlene Morreau. Y, digo yo, si los gays se sienten mujer, cuando se juntan para formar eso que no podemos llamar matrimonio porque no es lo mismo dos peras que una pera y un plátano de Canarias, y ambos quieren ser mujeres... ¿qué pasa? ¿Qué después del cambio de sexo se hacen grandes amigas y van a la zona hetero a ligar con hombres hechos y derechos y a comprarse trapitos y mientras tanto están estrechando lazos? ¿O cómo va esto?
-Porque de pequeño te caíste de la cuna y entonces eso ha repercutido en tu orientación sexual porque te golpeaste en esa zona del cerebro en la que hay un cartel que reza “Peligro, no dar fuertemente si no quiere que su hijo salga maricón perdido”. Se aconseja no dejarse llevar y creerse esta opción, que veo a más de uno pegándole collejas a sus amigos y conocidos esperando que de repente le confiesen una atracción sexual desesperada.
Y así podría seguir hasta la saciedad. Pero ya habéis captado la idea, así que ya os dejo en paz. Lo que sí os digo es que este tipo de situaciones me hacen pensar una vez más que el mundo y la sociedad no están tan liberados como se pretende hacer ver desde diversos flancos que promulgan lo políticamente correcto. Que alguien se plantee los motivos por los que eres gay, lesbiana, bisexual, heterosexual o transexual no hace más que reflejar una no aceptación, un no entendimiento y, por lo tanto, una no normalización. Por mucho que se diga que estamos muy avanzados y que hoy en día ya no se pega a los gays (ja).
Las bofetadas sin manos son, de hecho, las que más duelen.
El Cuentacuentos
Hace algunas semanas hablaba yo con cierta persona sobre temas trascendentales de la vida de esos que me hacen parecer un rallado y un resentido con el mundo (lo cual, en buena medida es cierto y ahora lo ratificaré) sobre el hecho de que en nuestra educación intervienen multitud de factores que no son captados de manera consciente pero que son absorbidos por la mente y acaban conformando nuestros valores.
Y así yo, pensando, pensando, pensando (lo único que sé hacer medio bien y nunca me canso, para desgracia de muchos) comencé a desbaratar cuentos infantiles, de esos que aparecían en los libros (aquellos que tuvieron la ocasión de descubrir tal objeto lleno de letras que para muchos queda tan lejos como un viaje a Saturno) o, en su defecto, acudían a nuestra retina a través del señor Disney y su factoría. Porque a ver... esos cuentos nos daban una idea sobre el mundo y hay que decir que, en infinidad de ocasiones, ésta estaba bastante errada, sobre todo para un crío que ni ha descubierto todavía el sabor que tienen los mocos. Todo lo que percibimos nos acaba afectando de alguna manera y así, cualquier persona desde su más tierna infancia, tiende a interpretar los mensajes que recibe del exterior e interiorizarlos de alguna forma.
Por ejemplo, La Cenicienta. Una desgraciada de la vida, que vivía en una familia desestructurada en la que era vilmente maltratada. Entonces, la nena decide buscarse, nada más y nada menos, que a un príncipe (montado en el euro) para que la saque de semejante suplicio. Para eso se busca un hada madrina que la pone como una puerta, tanto que ni sus hermanastras ni su puta madrastra la conocen. Totalmente distinta. Y entonces, sólo entonces, se liga al príncipe. ¿Qué pasa? ¿Qué el príncipe no puede enamorarse de una vulgar cortesana, una del montón, una buena mujer, aunque vaya vestida con un traje del mercadillo y lleve el entrecejo sin depilar? ¿Qué sólo se puede fijar en una que vaya vestida de Armani y maqueada? (Qué innovador nuestro Felipe, ays, con una periodista nada más y nada menos) ¿Y qué narices hacía ella que estaba más amargada que la leche queriendo ligarse al príncipe? ¿No hubiera sido más natural que se marchara de casa porque le tocara una vivienda de protección oficial y se pusiera a trabajar en un puesto medio decente? (Eso sí que habría sido un verdadero cuento de hadas al uso) ¿O que estudiara unas oposiciones después de limpiar la casa para hacer lo que le saliera del potorro y restregarle a sus hermanas el puesto de funcionaria? No, ella tiene que tener a un hombre que la salve y para ello tiene que ser transformada en alguien que no es ella (otra ropa, otra vida, una diadema la mar de mona y unos zapatos de cristal del treinta y dos, porque que hubiera tenido un cuarenta y cinco como que no pegaba). Ea. Mu bien.
¿Y qué pasa con el Patito Feo? Un pato que nace más feo de la cuenta, razón por la cual sus hermanos y hasta su puñetera madre reniegan de él y le dan de lado, se ríen a su costa. Es como el niño feo con gafas del instituto americano al que nadie quiere. Y entonces, el pato un día se transforma en cisne y es feliz para siempre. ¿Qué pasa? ¿Qué uno no puede ser feliz si es feo? ¿Qué todo depende de la belleza física? Pues a lo mejor era el mejor pato del mundo y se enamoraban de él por las cosas que decía y porque resultaba tremendamente atractivo, sin necesidad de acudir a Cambio Radical o de inflarle las arcas a Corporación Dermoestética. Quizás el pato se podría haber ganado a todo el mundo con su alegría y su simpatía, su facilidad para verle el lado bueno a las cosas. Puede que incluso los demás dejaran de verle tan feo y lo aceptaran tal cual era, sin necesidad de pirarse o de transformarse. ¿Es que no podría darse el caso? ¿Es que la aceptación no existe? ¿Es que todos tenemos que estar tremendos e ir al gym una media de doce horas diarias para ser monos y que nos quieran? ¿Dónde ha quedado la atracción no física?
Y si no tenemos a Blancanieves, con una madrastra (cuanto odio a que los padres rehagan su vida, por favor) que se cree Cindy Crawford y que se enfada porque la niña es más guapa que ella, de modo que manda que la maten y le lleven el corazón como prueba (¿nos hemos vuelto locos ya?). Y entonces va el cazador y no la mata, pero la deja tirada (ahí te pudras que le dijo, que yo lo sé, aunque no se diga en el cuento) y la nena se encuentra con siete enanos y vive con ellos hasta que se queda frita por un hechizo (fijo que ahí estaban todos entripados, que esto no es normal). En ese momento aparece un príncipe buenorro que la mira y se enamora de ella (dicho en cristiano, vio que estaba buena y se la quería cepillar sin condón). ¿Cómo narices se iba a enamorar de ella si estaba dormida y seguramente se le caía la babilla reseca por la comisura del labio? ¿Qué clase de enamoramiento es ése? ¿Y si al despertar hubiera tenido voz de pito, la risa de Loreto Valverde y el pavo de Mariah Carey? ¿Y si hubiera sido lesbiana y al despertar y encontrarse con la cara del tío le arrea un mamporro? Pues no, estas cuestiones no se plantean, así que el príncipe va, la besa (con toda la libertad del mundo, oye) y entonces se casan. Claro, porque qué va a hacer la pobre, menudo marrón que se encuentra después de haberse echado la siesta. Cómo no le va a devolver ese favor al príncipe después de que la haya salvado, a pesar de que podría haberse enamorado de cualquiera de los enanos antes, con los que tenía mucha más confianza. Pero claro, las guapas no se enamoran de los enanos, no sé que estoy diciendo. Y los enanos no le podían haber dado el besico para romper el hechizo, porque como que no pegaba, no quedaba bien en la ilustración del libro. Total, que al final echan a la madrastra y viven felices. Pero a ver, nenes, ¿por qué la echáis cuando es obvio que esa mujer necesitaba un buen psicólogo? Por favor, que hablaba con un espejo, que ella creía que el espejo le piropeaba todos los días, que estaba esquizofrénica perdida, váyase usted a saber por qué trauma de la infancia (porque los niños la llamaran fea en el colegio o algo así). Un poquito de comprensión, leñe, que así no se puede.
También está el caso del Flautista de Hamelin, que tras salvar a la ciudad de los ratones y que no le pagaran se lleva a todos los niños de allí, en plan vengativo. Buah, si aquí se hiciera eso cada vez que a uno no se le paga por su trabajo, la raza humana se habría extinguido hace mucho. Y ¿además? ¿Para qué quería tanto niño, si un par de ellos ya dan una guerra que te cagas? Yo que sé, que hubiera hablado con un sindicato o algo así. Por no hablar de la Bella, que aguanta a la Bestia esperando a que algún día se transforme en un apuesto y bondadoso príncipe porque él le dice que sufre de un maleficio. La virgen, pero si es una relación de maltrato y de dependencia emocional a todas luces. Que la muchacha se estaba enamorando del cabronazo ese, que sí, que la trataría bien a ratos, pero era un amargado que la pagaba con ella y encima lo consentía. O La Sirenita, que se enamora y renuncia a lo que ella y a su familia es por estar con el gilipollas ése. O el Jorobado de Notre Dame, que vive encerrado por ser feo, sin que nadie lo vea, y deja que el tío ése que le cuida (al que llama amo, como si fuera un perro, y es del Opus) lo maltrate y le haga sentir mal. Se enamora de la gitana y ella pasa de él, claro, porque es mejor el buenorro, el caballero, que pone más. ¿Y por qué no hay ningún cuento popular de gays y lesbianas? Ays... me voy a tener que poner a escribir algunos...
Lo peor de todo es que hay gran cantidad de valores flotando en otro tipo de manifestaciones, como las series, las noticias, los anuncios, los dogmas, la música, las novelas, los cuadros... valores que se perpetúan y que nos producen una idea sesgada sobre como debe funcionar el mundo. Hay quienes creen saberlo todo a raíz de estas conductas aprendidas, mientras otros abogamos por cierta libertad de pensamiento. Menos mal que existen otros elementos que desmienten los supuestos tontos que nos formamos, la concepción errónea de las cosas que se nos vende desde que nos tomamos el primer tarrito de Nutribén.
Aunque no pueda cambiar el mundo, al menos me alegro de no creerme todo lo que me dicen. Ser tan retorcido tiene sus ventajas. Ser inteligente también.
Y ser fiel a mis propias ideas y llevarlas a la práctica con gran éxito, sin ceñirme a estereotipos o valores aprendidos... ni te digo.
No os creáis todo lo que se dice y se cuenta. El mundo se equivoca.
No sabéis cuanto.
PD: El día que tenga un niño acabará tan loco como yo. No voy a poder resistir la tentación de contarle los cuentos a mi manera.
Y así yo, pensando, pensando, pensando (lo único que sé hacer medio bien y nunca me canso, para desgracia de muchos) comencé a desbaratar cuentos infantiles, de esos que aparecían en los libros (aquellos que tuvieron la ocasión de descubrir tal objeto lleno de letras que para muchos queda tan lejos como un viaje a Saturno) o, en su defecto, acudían a nuestra retina a través del señor Disney y su factoría. Porque a ver... esos cuentos nos daban una idea sobre el mundo y hay que decir que, en infinidad de ocasiones, ésta estaba bastante errada, sobre todo para un crío que ni ha descubierto todavía el sabor que tienen los mocos. Todo lo que percibimos nos acaba afectando de alguna manera y así, cualquier persona desde su más tierna infancia, tiende a interpretar los mensajes que recibe del exterior e interiorizarlos de alguna forma.
Por ejemplo, La Cenicienta. Una desgraciada de la vida, que vivía en una familia desestructurada en la que era vilmente maltratada. Entonces, la nena decide buscarse, nada más y nada menos, que a un príncipe (montado en el euro) para que la saque de semejante suplicio. Para eso se busca un hada madrina que la pone como una puerta, tanto que ni sus hermanastras ni su puta madrastra la conocen. Totalmente distinta. Y entonces, sólo entonces, se liga al príncipe. ¿Qué pasa? ¿Qué el príncipe no puede enamorarse de una vulgar cortesana, una del montón, una buena mujer, aunque vaya vestida con un traje del mercadillo y lleve el entrecejo sin depilar? ¿Qué sólo se puede fijar en una que vaya vestida de Armani y maqueada? (Qué innovador nuestro Felipe, ays, con una periodista nada más y nada menos) ¿Y qué narices hacía ella que estaba más amargada que la leche queriendo ligarse al príncipe? ¿No hubiera sido más natural que se marchara de casa porque le tocara una vivienda de protección oficial y se pusiera a trabajar en un puesto medio decente? (Eso sí que habría sido un verdadero cuento de hadas al uso) ¿O que estudiara unas oposiciones después de limpiar la casa para hacer lo que le saliera del potorro y restregarle a sus hermanas el puesto de funcionaria? No, ella tiene que tener a un hombre que la salve y para ello tiene que ser transformada en alguien que no es ella (otra ropa, otra vida, una diadema la mar de mona y unos zapatos de cristal del treinta y dos, porque que hubiera tenido un cuarenta y cinco como que no pegaba). Ea. Mu bien.
¿Y qué pasa con el Patito Feo? Un pato que nace más feo de la cuenta, razón por la cual sus hermanos y hasta su puñetera madre reniegan de él y le dan de lado, se ríen a su costa. Es como el niño feo con gafas del instituto americano al que nadie quiere. Y entonces, el pato un día se transforma en cisne y es feliz para siempre. ¿Qué pasa? ¿Qué uno no puede ser feliz si es feo? ¿Qué todo depende de la belleza física? Pues a lo mejor era el mejor pato del mundo y se enamoraban de él por las cosas que decía y porque resultaba tremendamente atractivo, sin necesidad de acudir a Cambio Radical o de inflarle las arcas a Corporación Dermoestética. Quizás el pato se podría haber ganado a todo el mundo con su alegría y su simpatía, su facilidad para verle el lado bueno a las cosas. Puede que incluso los demás dejaran de verle tan feo y lo aceptaran tal cual era, sin necesidad de pirarse o de transformarse. ¿Es que no podría darse el caso? ¿Es que la aceptación no existe? ¿Es que todos tenemos que estar tremendos e ir al gym una media de doce horas diarias para ser monos y que nos quieran? ¿Dónde ha quedado la atracción no física?
Y si no tenemos a Blancanieves, con una madrastra (cuanto odio a que los padres rehagan su vida, por favor) que se cree Cindy Crawford y que se enfada porque la niña es más guapa que ella, de modo que manda que la maten y le lleven el corazón como prueba (¿nos hemos vuelto locos ya?). Y entonces va el cazador y no la mata, pero la deja tirada (ahí te pudras que le dijo, que yo lo sé, aunque no se diga en el cuento) y la nena se encuentra con siete enanos y vive con ellos hasta que se queda frita por un hechizo (fijo que ahí estaban todos entripados, que esto no es normal). En ese momento aparece un príncipe buenorro que la mira y se enamora de ella (dicho en cristiano, vio que estaba buena y se la quería cepillar sin condón). ¿Cómo narices se iba a enamorar de ella si estaba dormida y seguramente se le caía la babilla reseca por la comisura del labio? ¿Qué clase de enamoramiento es ése? ¿Y si al despertar hubiera tenido voz de pito, la risa de Loreto Valverde y el pavo de Mariah Carey? ¿Y si hubiera sido lesbiana y al despertar y encontrarse con la cara del tío le arrea un mamporro? Pues no, estas cuestiones no se plantean, así que el príncipe va, la besa (con toda la libertad del mundo, oye) y entonces se casan. Claro, porque qué va a hacer la pobre, menudo marrón que se encuentra después de haberse echado la siesta. Cómo no le va a devolver ese favor al príncipe después de que la haya salvado, a pesar de que podría haberse enamorado de cualquiera de los enanos antes, con los que tenía mucha más confianza. Pero claro, las guapas no se enamoran de los enanos, no sé que estoy diciendo. Y los enanos no le podían haber dado el besico para romper el hechizo, porque como que no pegaba, no quedaba bien en la ilustración del libro. Total, que al final echan a la madrastra y viven felices. Pero a ver, nenes, ¿por qué la echáis cuando es obvio que esa mujer necesitaba un buen psicólogo? Por favor, que hablaba con un espejo, que ella creía que el espejo le piropeaba todos los días, que estaba esquizofrénica perdida, váyase usted a saber por qué trauma de la infancia (porque los niños la llamaran fea en el colegio o algo así). Un poquito de comprensión, leñe, que así no se puede.
También está el caso del Flautista de Hamelin, que tras salvar a la ciudad de los ratones y que no le pagaran se lleva a todos los niños de allí, en plan vengativo. Buah, si aquí se hiciera eso cada vez que a uno no se le paga por su trabajo, la raza humana se habría extinguido hace mucho. Y ¿además? ¿Para qué quería tanto niño, si un par de ellos ya dan una guerra que te cagas? Yo que sé, que hubiera hablado con un sindicato o algo así. Por no hablar de la Bella, que aguanta a la Bestia esperando a que algún día se transforme en un apuesto y bondadoso príncipe porque él le dice que sufre de un maleficio. La virgen, pero si es una relación de maltrato y de dependencia emocional a todas luces. Que la muchacha se estaba enamorando del cabronazo ese, que sí, que la trataría bien a ratos, pero era un amargado que la pagaba con ella y encima lo consentía. O La Sirenita, que se enamora y renuncia a lo que ella y a su familia es por estar con el gilipollas ése. O el Jorobado de Notre Dame, que vive encerrado por ser feo, sin que nadie lo vea, y deja que el tío ése que le cuida (al que llama amo, como si fuera un perro, y es del Opus) lo maltrate y le haga sentir mal. Se enamora de la gitana y ella pasa de él, claro, porque es mejor el buenorro, el caballero, que pone más. ¿Y por qué no hay ningún cuento popular de gays y lesbianas? Ays... me voy a tener que poner a escribir algunos...
Lo peor de todo es que hay gran cantidad de valores flotando en otro tipo de manifestaciones, como las series, las noticias, los anuncios, los dogmas, la música, las novelas, los cuadros... valores que se perpetúan y que nos producen una idea sesgada sobre como debe funcionar el mundo. Hay quienes creen saberlo todo a raíz de estas conductas aprendidas, mientras otros abogamos por cierta libertad de pensamiento. Menos mal que existen otros elementos que desmienten los supuestos tontos que nos formamos, la concepción errónea de las cosas que se nos vende desde que nos tomamos el primer tarrito de Nutribén.
Aunque no pueda cambiar el mundo, al menos me alegro de no creerme todo lo que me dicen. Ser tan retorcido tiene sus ventajas. Ser inteligente también.
Y ser fiel a mis propias ideas y llevarlas a la práctica con gran éxito, sin ceñirme a estereotipos o valores aprendidos... ni te digo.
No os creáis todo lo que se dice y se cuenta. El mundo se equivoca.
No sabéis cuanto.
PD: El día que tenga un niño acabará tan loco como yo. No voy a poder resistir la tentación de contarle los cuentos a mi manera.
La Interacción Funcional
Hace algún tiempo, y si mal no recuerdo fue sujetando un cubata, Arrierita pronunció en voz alta una de esas frases que te hacen pensar. Ella explicaba que cada persona tiene una función, cubre una serie de necesidades según el momento y la circunstancia. Aunque sea demasiado para el ego de algunos admitirlo, es totalmente cierto. Yo sé que eso de usar o utilizar queda muy feo y no es políticamente correcto decirlo, pero la verdad es que en gran cantidad de situaciones nos acercamos a individuos concretos para paliar una necesidad o porque no tenemos nada mejor que hacer. Como muestra, y para que veáis que soy la mar de estupendo utilizando mis múltiples neuronas, os doy varios botones:
-El amigo Pelocho: se trata de esas personas que aparecen en el momento justo y en el lugar indicado (es decir, cuando estás perdido, cuando se te ha olvidado el mechero en casa, cuando no tienes ni puta idea de por qué número va la cola de la charcutería o cuando necesitas una farmacia para comprar condones con suma urgencia). Es muy habitual comenzar una conversación con la palabra “perdona...”. Como su propio nombre indica, nos proporciona la información que necesitamos y luego, una vez efectuado el acto comunicativo, se olvida la cara de esa persona para ponerle la de un Pelocho (si es que alguna vez la llegaste a mirar, que los hay que ni siquiera se toman la molestia de dirigirte la mirada y te exigen la información, como si estuvieras obligado a contestar y a saber lo que se te pregunta. Es el llamado Síndrome de Me Creo que Eres un Teleoperador de Movistar).
-El amigo utensilio: todos hemos necesitado alguna vez los apuntes de una asignatura que nos saltamos porque estábamos demasiado ocupados (durmiendo, pero esto nadie tiene por qué saberlo) y no hemos podido acudir a la clase. Esto en la Facultad era muy común: alguien que no te había dirigido la palabra en cuatro años y, lo que es peor, te miraba mal cuando pasabas a su lado, se te acerca una preciosa mañana apoyando sus palabras con una sonrisa descomunal (descomunalmente falsa) y te pide los apuntes como si fuerais amigos desde el jardín de infancia (cuando, en realidad, ni siquiera se sabe tu nombre y puede que el sujeto sea tan idiota que incluso te llame por tu mote. Todo esto, esperando, por supuesto que le dejes los apuntes de buena fe. Ja).
-El amigo señorito de compañía. Suele ser el último recurso. Tienes unas ganas tremendas de ir a un concierto, pero nadie quiere ir contigo (normal, nene, ¿quién coño va a conocer a los negros esos que son hiperfamosos en Inglaterra pero que en España han sido sepultados por las voces de Andy & Lucas y King Africa?). De modo que llamas, como último recurso a alguien que sabes que no opondrá mucha resistencia a acompañarte o con el cual compartes gustos, pero nada más porque no te cae especialmente bien. También se da en el acto sociocultural en sí, cuando estás solo y no tienes más remedio que arrimarte a aquel que te suena la cara para que se te quite la expresión de acojonado y del perrito abandonado de aquel anuncio de él nunca lo haría.
-El amigo caché: se trata de aquellas personas tan insípidas como un vaso de agua con gas y que saludas en la nocturnidad para parecer guay y estupendo, para dártelas de que conoces a todo cristo y porque, la verdad sea dicha, con un par de copas encima olvidas lo idiota que te pareció la última vez que mantuviste una conversación medio coherente con él (sí, cuando te contó que él sólo follaba con tíos heteros). En este apartado tenemos la variante del amigo florero, que no es otra cosa que el buenorro al que te pegas cada vez que sales con la única intención de que se te vea con él y la gente te mire, aunque sea para decir “¿qué hace ese pedazo de tío con el gilipollas ése?”.
-El cayoamigo: sirve para destacar. Si te rodeas de otros que son más feos que tú probablemente el resto de la gente terminará por verte guapo en comparación y por eliminación. Cámbiese feo por tonto, maleducado, incoherente, promiscuo o cualquier otro defecto que el lector crea más acorde a su personalidad.
-El follamigo: evidentemente, no nos podíamos olvidar de algo tan de moda como los follamigos, que cubren necesidades sexuales y de autoestima, alegran la pajarilla y pueden hacer que aquellos condones a punto de caducar no terminen inflados en la fiesta de cumpleaños de tu prima.
-El amigo de los niños: para esos padres que ya no aguantan más a sus hijos e invitan a cenar a alguno de sus amigos única y exclusivamente para tener unos minutitos de paz y tranquilidad, mientras el extraño, por no hacer el feo o porque vea a un niño una vez cada siete años, le presta toda la atención del mundo y juega a lo que haga falta.
-El amigo Chabeli: aquel que hace grandes fiestas de postín a la que va gente superinteresante. Sólo te superrelacionas con él porque todavía conservas la vana esperanza de en una de esas fiestas liarte con su amigo cirujano montado en el euro que cuenta con seis yates, tres deportivos, un pelo púbico de Ricky Martín bañado en oro, tres cadenas de televisión y una fuente de la que manan cantidades industriales de helado de turrón (todo son puntos).
-El amigo bloguero: aquel con el que puedes compartir todos tus secretos de la blogosfera y cotillear a gusto todo el tiempo sin que te miren raro por haber pronunciado las palabras post, bloguero y comentario una media de quince veces por minuto. Seamos sinceros, los considerados amigos “reales” (entrecomillar esto me resulta igual de absurdo que entrecomillar la palabra “normal”) jamás lo entenderían ni soportarían.
Y así podría seguir hasta que se os secaran los ojos de tanto leer. La Arriera tiene toda la razón del mundo. Las personas acabamos desempeñando una serie de funciones en las vidas de otros y hay relaciones que se establecen única y exclusivamente para obtener unos fines determinados. Es sumamente relevante no confundir una relación meramente funcional con una situada a un nivel más emocional. La implicación en las relaciones de utilidad no suele ser elevada, si acaso cuando pasa el tiempo y se profundiza, llegando a fomentarse otro tipo de lazos.
Este tipo de relaciones se establecen para hacernos la vida más fácil. Obviamente, te conviene llevarte bien con tu jefe (para que no te putee quince horas al día), con el vecino (para que su perro no se mee en tu puerta) o con el camarero del restaurante (para que no te escupa en la comida), por poner algunos ejemplos. Y es que ya dice la sabiduría popular que hay que tener amigos hasta en el infierno.
Incluso así, considerando que las personas tenemos un lado meramente funcional para otros en nuestro entorno, nunca hay que olvidar que seguimos siendo personas y que el respeto que se nos debe como tales debe estar siempre en la base de todas y cada una de las relaciones que se crean, sean de la índole que sean.
-El amigo Pelocho: se trata de esas personas que aparecen en el momento justo y en el lugar indicado (es decir, cuando estás perdido, cuando se te ha olvidado el mechero en casa, cuando no tienes ni puta idea de por qué número va la cola de la charcutería o cuando necesitas una farmacia para comprar condones con suma urgencia). Es muy habitual comenzar una conversación con la palabra “perdona...”. Como su propio nombre indica, nos proporciona la información que necesitamos y luego, una vez efectuado el acto comunicativo, se olvida la cara de esa persona para ponerle la de un Pelocho (si es que alguna vez la llegaste a mirar, que los hay que ni siquiera se toman la molestia de dirigirte la mirada y te exigen la información, como si estuvieras obligado a contestar y a saber lo que se te pregunta. Es el llamado Síndrome de Me Creo que Eres un Teleoperador de Movistar).
-El amigo utensilio: todos hemos necesitado alguna vez los apuntes de una asignatura que nos saltamos porque estábamos demasiado ocupados (durmiendo, pero esto nadie tiene por qué saberlo) y no hemos podido acudir a la clase. Esto en la Facultad era muy común: alguien que no te había dirigido la palabra en cuatro años y, lo que es peor, te miraba mal cuando pasabas a su lado, se te acerca una preciosa mañana apoyando sus palabras con una sonrisa descomunal (descomunalmente falsa) y te pide los apuntes como si fuerais amigos desde el jardín de infancia (cuando, en realidad, ni siquiera se sabe tu nombre y puede que el sujeto sea tan idiota que incluso te llame por tu mote. Todo esto, esperando, por supuesto que le dejes los apuntes de buena fe. Ja).
-El amigo señorito de compañía. Suele ser el último recurso. Tienes unas ganas tremendas de ir a un concierto, pero nadie quiere ir contigo (normal, nene, ¿quién coño va a conocer a los negros esos que son hiperfamosos en Inglaterra pero que en España han sido sepultados por las voces de Andy & Lucas y King Africa?). De modo que llamas, como último recurso a alguien que sabes que no opondrá mucha resistencia a acompañarte o con el cual compartes gustos, pero nada más porque no te cae especialmente bien. También se da en el acto sociocultural en sí, cuando estás solo y no tienes más remedio que arrimarte a aquel que te suena la cara para que se te quite la expresión de acojonado y del perrito abandonado de aquel anuncio de él nunca lo haría.
-El amigo caché: se trata de aquellas personas tan insípidas como un vaso de agua con gas y que saludas en la nocturnidad para parecer guay y estupendo, para dártelas de que conoces a todo cristo y porque, la verdad sea dicha, con un par de copas encima olvidas lo idiota que te pareció la última vez que mantuviste una conversación medio coherente con él (sí, cuando te contó que él sólo follaba con tíos heteros). En este apartado tenemos la variante del amigo florero, que no es otra cosa que el buenorro al que te pegas cada vez que sales con la única intención de que se te vea con él y la gente te mire, aunque sea para decir “¿qué hace ese pedazo de tío con el gilipollas ése?”.
-El cayoamigo: sirve para destacar. Si te rodeas de otros que son más feos que tú probablemente el resto de la gente terminará por verte guapo en comparación y por eliminación. Cámbiese feo por tonto, maleducado, incoherente, promiscuo o cualquier otro defecto que el lector crea más acorde a su personalidad.
-El follamigo: evidentemente, no nos podíamos olvidar de algo tan de moda como los follamigos, que cubren necesidades sexuales y de autoestima, alegran la pajarilla y pueden hacer que aquellos condones a punto de caducar no terminen inflados en la fiesta de cumpleaños de tu prima.
-El amigo de los niños: para esos padres que ya no aguantan más a sus hijos e invitan a cenar a alguno de sus amigos única y exclusivamente para tener unos minutitos de paz y tranquilidad, mientras el extraño, por no hacer el feo o porque vea a un niño una vez cada siete años, le presta toda la atención del mundo y juega a lo que haga falta.
-El amigo Chabeli: aquel que hace grandes fiestas de postín a la que va gente superinteresante. Sólo te superrelacionas con él porque todavía conservas la vana esperanza de en una de esas fiestas liarte con su amigo cirujano montado en el euro que cuenta con seis yates, tres deportivos, un pelo púbico de Ricky Martín bañado en oro, tres cadenas de televisión y una fuente de la que manan cantidades industriales de helado de turrón (todo son puntos).
-El amigo bloguero: aquel con el que puedes compartir todos tus secretos de la blogosfera y cotillear a gusto todo el tiempo sin que te miren raro por haber pronunciado las palabras post, bloguero y comentario una media de quince veces por minuto. Seamos sinceros, los considerados amigos “reales” (entrecomillar esto me resulta igual de absurdo que entrecomillar la palabra “normal”) jamás lo entenderían ni soportarían.
Y así podría seguir hasta que se os secaran los ojos de tanto leer. La Arriera tiene toda la razón del mundo. Las personas acabamos desempeñando una serie de funciones en las vidas de otros y hay relaciones que se establecen única y exclusivamente para obtener unos fines determinados. Es sumamente relevante no confundir una relación meramente funcional con una situada a un nivel más emocional. La implicación en las relaciones de utilidad no suele ser elevada, si acaso cuando pasa el tiempo y se profundiza, llegando a fomentarse otro tipo de lazos.
Este tipo de relaciones se establecen para hacernos la vida más fácil. Obviamente, te conviene llevarte bien con tu jefe (para que no te putee quince horas al día), con el vecino (para que su perro no se mee en tu puerta) o con el camarero del restaurante (para que no te escupa en la comida), por poner algunos ejemplos. Y es que ya dice la sabiduría popular que hay que tener amigos hasta en el infierno.
Incluso así, considerando que las personas tenemos un lado meramente funcional para otros en nuestro entorno, nunca hay que olvidar que seguimos siendo personas y que el respeto que se nos debe como tales debe estar siempre en la base de todas y cada una de las relaciones que se crean, sean de la índole que sean.
Bricomanía
Sábado, once y media de la mañana.
Paper camina alegremente por el Carrefús en un día tan especial como un sábado acompañado de su hermano. La vida es bella, los pajaritos cantan (los de la tienda de animales al menos sí, no sé que clase de droga le añaden al alpiste los dependientes), el sol playero quema las espaldas veraniegas y ansiosas de calor (humano también), la voz de la megafonía resulta menos impersonal que de costumbre y hasta los gilipollas que saben conducir un coche (o al menos eso es lo que pone en su carnét) y que no tienen ni puta idea sobre como llevar un carrito sin que las cuatro ruedas (la virgen, las cuatro) te pasen por encima del pie izquierdo te ofrecen la impresión de ser menos subnormales de lo habitual.
Hermano de Paper: -Pues mira, esta es la silla que me compré yo el otro día.
Paper: -Qué bien, qué barata, qué estupenda, qué genial, qué maravillosa, qué divina (grado de gilipollitis: muy por encima del normal, que ya es decir)... esto... me la llevo.
(Voz del Tomate): Paper no lo sabe, pero acaba de cometer el mayor error de toooda su vida (en eco: vida, vida, vida, vida...)
Sábado, tres de la tarde. Temperatura ambiente: treinta y cinco grados. Temperatura el la habitación de Paper: mete el dedo (he dicho el dedo) en una sartén con aceite hirviendo (he dicho en una sartén con aceite hirviendo) y lo sabrás. El infierno se ha desatado.
Montar una silla de oficina del Carrefús, en teoría, no debe ser tan difícil. Uno saca todas las cosas de la caja y las coloca encima de la cama. La bolsita de los tornillos a un lado, el resto desparramado estratégicamente para ser reconocido de un solo vistazo y se dice a sí mismo: “venga, esto en lo que dura la sección de cultura en un telediario de Antena 3 lo monto y después me voy a la playa”. Ja. Iluso... Si es que el ser humano es un puto iluso, que te lo digo yo.
En el fondo de la caja, al final de todo, descubres la que se supone debe ser la solución a todos tus problemas. La salvación. El antídoto a la torpeza de la que hacemos gala los que tenemos menos maña que un gato de escayola. El santo Grial. El Bricomanía abierto las veinticuatro horas: las instrucciones de montaje. Coges el papel arrugado con lágrimas en los ojos, sonriendo e imaginándote sentado en tu nueva silla. Todavía te preguntas por qué no has hecho eso antes, por qué has tardado tanto en renovar el viejo cachivache de tapicería de dudoso color y con el respaldo medio roto que te hacía una lesión en la columna cuando llevabas dos minutos seguidos sentado clavándote los tornillos. Abres las instrucciones arrugadas y descubres que:
a. Las instrucciones para montar la silla se resumen en dos carillas del folio (con lo cual no debe ser muy difícil).
b. No tienen texto (con lo cual, más fácil todavía. Los libros con dibujos los mejores, o eso dicen todos mis amigos cuando les insto a que se lean un libro de más de veinticinco páginas).
c. Es una fotocopia en blanco y negro. Las imágenes están borrosas. Qué coño, no se ve un carajo. Seamos sinceros, no sabes si la viñeta cuatro es el respaldo de la silla o un mal retrato de la Duquesa de Alba recién levantada y tras una sesión triple de rayos uva. Se ve que el día en el que tuvieron que enviar el pedido la fotocopiadora estaba rota y solamente imprimía una mancha negruzca con alguna que otra brizna blanca.
d. ¿Por qué la pieza cuatro que se incluye en el montaje de la tercera viñeta, en la sexta ha desaparecido y en su lugar va un tornillo de tamaño mediano que tú no ves en tu mágica bolsita transparente en la que se presume se incluyen todas las herramientas necesarias para el montaje?
e. ¿Por qué la pieza dos (el cacho plástico que recubre el respaldo de la silla) que se supone que debería encajar perfectamente con la pieza seis (el respaldo de la silla) resulta que no encaja en absoluto y, lo que es peor, encaja en la parte inferior con asombrosa facilidad?
f. ¿Por qué narices no se te ocurrió preguntarle a alguno de esos amables dependientes si te podías llevar la silla que estaba expuesta ya montada y todo? Joder, si es que seguro que el Coliseo se hizo en menos tiempo.
Los chorreones de sudor te resbalan por la frente con suma fluidez. El sol se va poniendo, descubriendo que tu tarde de playa se está yendo al garete mientras tratas de descifrar el jeroglífico fotocopiado. Llega un momento en el que te hartas, lo tiras todo al suelo sin entender nada y levantando el puño a lo Escarlata O’Hara pones a Dios por testigo que pondrás de moda lo de sentarte en el suelo forever. Ahora entiendes por qué no habías cambiado la vieja silla antes, recordando el suplicio que te supuso montarla en su momento. Barajas la posibilidad de descambiar la silla, llegar y decir que no te gusta, que está rota, que no va con el color de tus ojos, lo que sea y que te devuelvan el dinero. Pero entonces, entonces te da la crisis de autoestima:
-Dios, soy patético. Tengo una carrera y un máster. Escribo en un blog desde hace más de un año. Acierto todas las preguntas del “No sé más que un niño de primaria”. De pequeño veía el Cifras y Letras y superaba a mis hermanos en los cálculos matemáticos. Soy capaz de escribir posts de quinientas líneas y de hacer el pino con un bollicao en la boca cantando Camela... ¡pero no puedo armar una puta silla de oficina! (en esta última parte, momento álgido el dramaqueenismo´, se acepta hacer una pira con los títulos académicos y pegar un puñetazo a la pared en plan machote y “me subo el ego, tengo fuerza bruta animal”).
Y te pones de nuevo a ello. Por tu dignidad. Porque la silla no va a poder contigo. Porque los fabricantes (los que la hacen en algún país tercermundista por tres céntimos la jornada semanal no, me refiero a los que comercializan el producto) no van a poder contigo. Y lo consigues con tu espíritu de superación, tu alma de McGuiver, una tuerca por allí, un poquito de superglue por allá (te has cargado una pieza en un momento de enfado), un botón en el otro lado, un imperdible abajo, un poco de pintauñas a la derecha y
tachánnnnnnnnnnnnnn....
a. La silla no se parece en nada a la que había en el muestrario del Carrefús ni a la fotografía que se ve en la cajita. Carece de toda esa perfección y glamour. ¿Te habrán engañado? ¿Es que te han dado otro modelo? Sí, seguro que sí. NO puede ser culpa tuya.
b. Si te sientas para probarla se tambalea peligrosamente y, es más, si haces un movimiento brusco puede que acabes descubriendo a qué huelen las baldosas del suelo de tu habitación.
c. Hay una pieza sobrante (esto siempre pasa) que no tienes ni puta idea de donde va. Aunque lo supieras, a ver quién es el guapo que se desmonta la silla otra vez para colocarla en su debido lugar (de modo que escondes la pieza en el fondo de la caja y haces como si nunca hubiera existido mirando al suelo y haciendo círculos con el pie como si hubieras perdido tu virginidad en un campo de heno la noche anterior).
d. Todos los días deberás enfrentarte a ese adefesio de silla, que servirá para recordarte tu patetismo, tu torpeza y tu fracaso como manitas. No te cabe duda, eres un marica típico tópico.
Pero lo que importa, lo que realmente importa, es que ahora mismo os estoy escribiendo desde esa silla y es la mar de cómoda. Tengo miedo, sí, porque acabo de oír un ruido parecido al que hace un tornillo cuando se cae al suelo. Luego he escuchado otro ruido parecido al que hace un tornillo rodando por el suelo hasta debajo de la mesa, confinado a la no existencia al igual que la pieza sobrante, empujado por un pie totalmente consciente de lo que estaba haciendo.
Pero esto, lo he montado yo. YO.
Interesados en mi salud física y mental, vayan llamando a una ambulancia. Gracias.
Paper camina alegremente por el Carrefús en un día tan especial como un sábado acompañado de su hermano. La vida es bella, los pajaritos cantan (los de la tienda de animales al menos sí, no sé que clase de droga le añaden al alpiste los dependientes), el sol playero quema las espaldas veraniegas y ansiosas de calor (humano también), la voz de la megafonía resulta menos impersonal que de costumbre y hasta los gilipollas que saben conducir un coche (o al menos eso es lo que pone en su carnét) y que no tienen ni puta idea sobre como llevar un carrito sin que las cuatro ruedas (la virgen, las cuatro) te pasen por encima del pie izquierdo te ofrecen la impresión de ser menos subnormales de lo habitual.
Hermano de Paper: -Pues mira, esta es la silla que me compré yo el otro día.
Paper: -Qué bien, qué barata, qué estupenda, qué genial, qué maravillosa, qué divina (grado de gilipollitis: muy por encima del normal, que ya es decir)... esto... me la llevo.
(Voz del Tomate): Paper no lo sabe, pero acaba de cometer el mayor error de toooda su vida (en eco: vida, vida, vida, vida...)
Sábado, tres de la tarde. Temperatura ambiente: treinta y cinco grados. Temperatura el la habitación de Paper: mete el dedo (he dicho el dedo) en una sartén con aceite hirviendo (he dicho en una sartén con aceite hirviendo) y lo sabrás. El infierno se ha desatado.
Montar una silla de oficina del Carrefús, en teoría, no debe ser tan difícil. Uno saca todas las cosas de la caja y las coloca encima de la cama. La bolsita de los tornillos a un lado, el resto desparramado estratégicamente para ser reconocido de un solo vistazo y se dice a sí mismo: “venga, esto en lo que dura la sección de cultura en un telediario de Antena 3 lo monto y después me voy a la playa”. Ja. Iluso... Si es que el ser humano es un puto iluso, que te lo digo yo.
En el fondo de la caja, al final de todo, descubres la que se supone debe ser la solución a todos tus problemas. La salvación. El antídoto a la torpeza de la que hacemos gala los que tenemos menos maña que un gato de escayola. El santo Grial. El Bricomanía abierto las veinticuatro horas: las instrucciones de montaje. Coges el papel arrugado con lágrimas en los ojos, sonriendo e imaginándote sentado en tu nueva silla. Todavía te preguntas por qué no has hecho eso antes, por qué has tardado tanto en renovar el viejo cachivache de tapicería de dudoso color y con el respaldo medio roto que te hacía una lesión en la columna cuando llevabas dos minutos seguidos sentado clavándote los tornillos. Abres las instrucciones arrugadas y descubres que:
a. Las instrucciones para montar la silla se resumen en dos carillas del folio (con lo cual no debe ser muy difícil).
b. No tienen texto (con lo cual, más fácil todavía. Los libros con dibujos los mejores, o eso dicen todos mis amigos cuando les insto a que se lean un libro de más de veinticinco páginas).
c. Es una fotocopia en blanco y negro. Las imágenes están borrosas. Qué coño, no se ve un carajo. Seamos sinceros, no sabes si la viñeta cuatro es el respaldo de la silla o un mal retrato de la Duquesa de Alba recién levantada y tras una sesión triple de rayos uva. Se ve que el día en el que tuvieron que enviar el pedido la fotocopiadora estaba rota y solamente imprimía una mancha negruzca con alguna que otra brizna blanca.
d. ¿Por qué la pieza cuatro que se incluye en el montaje de la tercera viñeta, en la sexta ha desaparecido y en su lugar va un tornillo de tamaño mediano que tú no ves en tu mágica bolsita transparente en la que se presume se incluyen todas las herramientas necesarias para el montaje?
e. ¿Por qué la pieza dos (el cacho plástico que recubre el respaldo de la silla) que se supone que debería encajar perfectamente con la pieza seis (el respaldo de la silla) resulta que no encaja en absoluto y, lo que es peor, encaja en la parte inferior con asombrosa facilidad?
f. ¿Por qué narices no se te ocurrió preguntarle a alguno de esos amables dependientes si te podías llevar la silla que estaba expuesta ya montada y todo? Joder, si es que seguro que el Coliseo se hizo en menos tiempo.
Los chorreones de sudor te resbalan por la frente con suma fluidez. El sol se va poniendo, descubriendo que tu tarde de playa se está yendo al garete mientras tratas de descifrar el jeroglífico fotocopiado. Llega un momento en el que te hartas, lo tiras todo al suelo sin entender nada y levantando el puño a lo Escarlata O’Hara pones a Dios por testigo que pondrás de moda lo de sentarte en el suelo forever. Ahora entiendes por qué no habías cambiado la vieja silla antes, recordando el suplicio que te supuso montarla en su momento. Barajas la posibilidad de descambiar la silla, llegar y decir que no te gusta, que está rota, que no va con el color de tus ojos, lo que sea y que te devuelvan el dinero. Pero entonces, entonces te da la crisis de autoestima:
-Dios, soy patético. Tengo una carrera y un máster. Escribo en un blog desde hace más de un año. Acierto todas las preguntas del “No sé más que un niño de primaria”. De pequeño veía el Cifras y Letras y superaba a mis hermanos en los cálculos matemáticos. Soy capaz de escribir posts de quinientas líneas y de hacer el pino con un bollicao en la boca cantando Camela... ¡pero no puedo armar una puta silla de oficina! (en esta última parte, momento álgido el dramaqueenismo´, se acepta hacer una pira con los títulos académicos y pegar un puñetazo a la pared en plan machote y “me subo el ego, tengo fuerza bruta animal”).
Y te pones de nuevo a ello. Por tu dignidad. Porque la silla no va a poder contigo. Porque los fabricantes (los que la hacen en algún país tercermundista por tres céntimos la jornada semanal no, me refiero a los que comercializan el producto) no van a poder contigo. Y lo consigues con tu espíritu de superación, tu alma de McGuiver, una tuerca por allí, un poquito de superglue por allá (te has cargado una pieza en un momento de enfado), un botón en el otro lado, un imperdible abajo, un poco de pintauñas a la derecha y
tachánnnnnnnnnnnnnn....
a. La silla no se parece en nada a la que había en el muestrario del Carrefús ni a la fotografía que se ve en la cajita. Carece de toda esa perfección y glamour. ¿Te habrán engañado? ¿Es que te han dado otro modelo? Sí, seguro que sí. NO puede ser culpa tuya.
b. Si te sientas para probarla se tambalea peligrosamente y, es más, si haces un movimiento brusco puede que acabes descubriendo a qué huelen las baldosas del suelo de tu habitación.
c. Hay una pieza sobrante (esto siempre pasa) que no tienes ni puta idea de donde va. Aunque lo supieras, a ver quién es el guapo que se desmonta la silla otra vez para colocarla en su debido lugar (de modo que escondes la pieza en el fondo de la caja y haces como si nunca hubiera existido mirando al suelo y haciendo círculos con el pie como si hubieras perdido tu virginidad en un campo de heno la noche anterior).
d. Todos los días deberás enfrentarte a ese adefesio de silla, que servirá para recordarte tu patetismo, tu torpeza y tu fracaso como manitas. No te cabe duda, eres un marica típico tópico.
Pero lo que importa, lo que realmente importa, es que ahora mismo os estoy escribiendo desde esa silla y es la mar de cómoda. Tengo miedo, sí, porque acabo de oír un ruido parecido al que hace un tornillo cuando se cae al suelo. Luego he escuchado otro ruido parecido al que hace un tornillo rodando por el suelo hasta debajo de la mesa, confinado a la no existencia al igual que la pieza sobrante, empujado por un pie totalmente consciente de lo que estaba haciendo.
Pero esto, lo he montado yo. YO.
Interesados en mi salud física y mental, vayan llamando a una ambulancia. Gracias.
L-O-V-E
Para gran alegría y alborozo de la blogosfera, me dispongo a concluir de una puñetera vez el tratado de posts sobre el amor. Éste es el quinto y último post que escribo en referencia al tema (al menos en un par de siglos). Os he hablado sobre la definición de amor, las relaciones tormentosas, ha habido una entrevista que algunos habrían obviado en beneficio del sexo (lo cual, lo queráis o no, da mucho qué pensar) y os he rallado la cabeza hasta haceros vomitar el primer potito de Nutribén que os dio vuestra santa madre. Y, todo esto, ¿para qué?
Veamos, la historia comenzaba con que yo tenía que hacerle creer a alguien en el amor. Una promesa descabellada. En mitad del orgullo. Miles de maricones semidesnudos meciéndose ante mis ojos y yo hablando de amor. Muy propio de mí y de mis complejos de Ally McBeal. Estupendo. Cojonudo. Evidentemente, sé que con toda esta sarta de disparates con los que os he ido torturando no voy a conseguir que dicha persona crea en el amor. Entre otras cosas porque me he encargado de destacar toooodos los aspectos negativos del sentimiento en sí (muy majo yo) y no creo que a muchos les estuviera pareciendo que lo que yo pretendía era infundir fe (San Manuel Bueno Mártir me llaman, qué novelero que soy a veces). Pero si os he ofrecido la cara dura es precisamente para enseñaros lo que yo NO entiendo por amor.
El sentimiento en sí existe. Claro que sí. No como nos lo cuenta Disney, sino como una emoción más del complejo bagaje cerebral y sensorial. Con la felicidad, la alegría, la tristeza, el miedo, la rabia, la indignación, etcétera, ocurre lo mismo: se trata de sensaciones puntuales enfocadas hacia una persona. Y no, no me pienso poner en plan científico a hablar de hormonas y componentes químicos en el cerebro. Lo que sí es cierto es que amamos. Igual que odiamos, lloramos de tristeza o echamos de menos. Forma parte de nosotros.
El problema radica en las personas. Tal vez, la cuestión de base no sea creer o no creer en ese sentimiento conocido mediante una palabra de cuatro letras. Puede que la duda en sí misma sea si creer o no creer en las personas, qué garantías se nos ofrecen para dejarnos llevar por las emociones y expresarlas, desnudarnos ante otros y que éstos no aprovechen la ocasión para clavarnos una daga o filmar nuestra desnudez y colgarla en el Youtube. Porque cuando lo has hecho por primera, segunda y tercera vez y has salido escaldado como que ya has tenido bastante y decides cambiar la táctica. Pero ¿es ese cambio de táctica, probablemente basado en la no implicación en el futuro (y lo que resta de vidas y reencarnaciones para los más dramáticos) correcto?
Yo mismo, si echo la vista atrás y analizo la ingente cantidad de hijos de puta con los que me he cruzado para bien o para mal, no sé como he podido conservar un resquemor de esperanza, de cordura y continuar arriesgándome en relaciones amistosas o amorosas. Podría haberme metido en mi propia burbuja, pasar desapercibido, eximirme de todo contacto humano. Pero, qué queréis que os diga. Trato de ser justo. Y si por cuatro (cientos) gilipollas cantamañanas que me han hecho la puñeta voy a tomar la drástica decisión de mantenerme aparte del mundo... mal lo llevamos. Lo que quiero decir es que (y esto ya lo dije en otra ocasión) conozco a personas a mi alrededor que son muy capaces de dar y recibir amor, de mantener relaciones sanas, que son racionales y equilibradas y que cuentan con valores claros que colocan como base de sus acciones. Esas personas me hacen creer.
También creo en mí mismo. Me doy cuenta de que por muy jodido que haya estado no he sido capaz de cambiar como soy y mi manera de pensar, mis principios. Me ha costado (no voy a decir que no, sobre todo porque cuando las cosas salen mal uno tiende a pensar que es culpa suya y cree que el error está en su conducta y no en la de los demás) pero aquí sigo: siendo quien siempre he querido ser. A pesar de muchos pesares.
Creo en mí mismo. En mi capacidad para querer y ser querido. Creo en personas que he conocido y conozco muy bien. Creo en relaciones de pareja que he tenido cerca y que se basan en algo más que un polvo, una autoestima o una necesidad. Se basan en un afecto, un enamoramiento, un respeto y una gran cantidad de cosas que no sería capaz de explicar pero que se desprende de las miradas, se palpa en el aire. Y si soy capaz de creer en mí, tengo que creer que todavía hay personas que son como yo. De hecho, las hay. No abundan, pero las hay.
¿Merece la pena dar un duro por alguien? ¿Merece la pena conceder el beneficio de la duda? ¿Merece la pena dar oportunidades a quienes lo merecen y lo desmuestran? ¿Merece la pena intentar tener una relación sana con alguien? ¿Sabes la gran cantidad de cosas que puedes ganar al intentarlo? ¿Sabes que aunque pierdas otras muchas cosas si sale mal, si el sujeto resulta ser un cabrón, no es comparable en absoluto a lo que puedes ganar? ¿Te gustaría que a ti no te dieran la oportunidad de querer y ser querido por miedo, pavor, incapacidad o terror? ¿Te gustaría que te rechazaran porque la persona está tan cagada de miedo que no es capaz de darse cuenta de lo que tiene delante, de lo que puede perderse o, sencillamente, no se lo crea porque ha dejado de creer en el género humano? ¿No te gustaría que cuando ofreces una oportunidad la otra persona respondiera positivamente? ¿Merece la pena dejar de sentir porque haya personas que no sepan relacionarse y te hayan hecho daño? ¿Realmente crees que debes cambiar quien eres como consecuencia de que unos cuantos idiotas no lo hayan sabido valorar en su justa medida? ¿Crees que si tú empiezas a tratar a las personas como objetos, meros utensilios para conseguir tu propio beneficio, serás más feliz y obtendrás lo que quieres? ¿Es esa una forma válida de relacionarse y que te devuelvan lo que realmente esperas?
Si quieres que el mundo funcione basado en unos principios con los que sueñas, una forma que para ti resultaría perfecta, aunque ésta sea pisoteada por muchos insensibles de distinta índole... ¿no crees que el cambio debería empezar en ti mismo? ¿Qué deberías predicar lo que querrías que fuera el mundo? ¿Actuar en consecuencia a lo que piensas y esperas de los demás? Entiendo que no es fácil. Pero, quizás, la única forma de recibir lo que esperas, es estar dispuesto a darlo cuando la ocasión lo requiere. Y, ojo, que no digo darlo sin más, sino estar dispuesto en el momento oportuno y con la persona indicada.
Yo creo en el amor. En mi forma de amar. Y creo en que puede haber más personas en el mundo que, como yo, quieran cambiarlo y vivir de otra manera. Salirse del tablero de ajedrez, dejarse de estrategias y poner las emociones encima de la mesa dispuestos a ser sinceras con ellas mismas y con los demás.
No sé si os ayudo o, por el contrario, pensáis que estoy chalado. Pero hacedme caso y no perdáis vuestro verdadero yo, el que anida dentro de vosotros, por culpa de un puñado de experiencias y de personas que no merecían la pena. Sed justos con aquellos que se cruzarán en vuestro camino. Pero, sobre todo, sed justos con vosotros mismos.
Veamos, la historia comenzaba con que yo tenía que hacerle creer a alguien en el amor. Una promesa descabellada. En mitad del orgullo. Miles de maricones semidesnudos meciéndose ante mis ojos y yo hablando de amor. Muy propio de mí y de mis complejos de Ally McBeal. Estupendo. Cojonudo. Evidentemente, sé que con toda esta sarta de disparates con los que os he ido torturando no voy a conseguir que dicha persona crea en el amor. Entre otras cosas porque me he encargado de destacar toooodos los aspectos negativos del sentimiento en sí (muy majo yo) y no creo que a muchos les estuviera pareciendo que lo que yo pretendía era infundir fe (San Manuel Bueno Mártir me llaman, qué novelero que soy a veces). Pero si os he ofrecido la cara dura es precisamente para enseñaros lo que yo NO entiendo por amor.
El sentimiento en sí existe. Claro que sí. No como nos lo cuenta Disney, sino como una emoción más del complejo bagaje cerebral y sensorial. Con la felicidad, la alegría, la tristeza, el miedo, la rabia, la indignación, etcétera, ocurre lo mismo: se trata de sensaciones puntuales enfocadas hacia una persona. Y no, no me pienso poner en plan científico a hablar de hormonas y componentes químicos en el cerebro. Lo que sí es cierto es que amamos. Igual que odiamos, lloramos de tristeza o echamos de menos. Forma parte de nosotros.
El problema radica en las personas. Tal vez, la cuestión de base no sea creer o no creer en ese sentimiento conocido mediante una palabra de cuatro letras. Puede que la duda en sí misma sea si creer o no creer en las personas, qué garantías se nos ofrecen para dejarnos llevar por las emociones y expresarlas, desnudarnos ante otros y que éstos no aprovechen la ocasión para clavarnos una daga o filmar nuestra desnudez y colgarla en el Youtube. Porque cuando lo has hecho por primera, segunda y tercera vez y has salido escaldado como que ya has tenido bastante y decides cambiar la táctica. Pero ¿es ese cambio de táctica, probablemente basado en la no implicación en el futuro (y lo que resta de vidas y reencarnaciones para los más dramáticos) correcto?
Yo mismo, si echo la vista atrás y analizo la ingente cantidad de hijos de puta con los que me he cruzado para bien o para mal, no sé como he podido conservar un resquemor de esperanza, de cordura y continuar arriesgándome en relaciones amistosas o amorosas. Podría haberme metido en mi propia burbuja, pasar desapercibido, eximirme de todo contacto humano. Pero, qué queréis que os diga. Trato de ser justo. Y si por cuatro (cientos) gilipollas cantamañanas que me han hecho la puñeta voy a tomar la drástica decisión de mantenerme aparte del mundo... mal lo llevamos. Lo que quiero decir es que (y esto ya lo dije en otra ocasión) conozco a personas a mi alrededor que son muy capaces de dar y recibir amor, de mantener relaciones sanas, que son racionales y equilibradas y que cuentan con valores claros que colocan como base de sus acciones. Esas personas me hacen creer.
También creo en mí mismo. Me doy cuenta de que por muy jodido que haya estado no he sido capaz de cambiar como soy y mi manera de pensar, mis principios. Me ha costado (no voy a decir que no, sobre todo porque cuando las cosas salen mal uno tiende a pensar que es culpa suya y cree que el error está en su conducta y no en la de los demás) pero aquí sigo: siendo quien siempre he querido ser. A pesar de muchos pesares.
Creo en mí mismo. En mi capacidad para querer y ser querido. Creo en personas que he conocido y conozco muy bien. Creo en relaciones de pareja que he tenido cerca y que se basan en algo más que un polvo, una autoestima o una necesidad. Se basan en un afecto, un enamoramiento, un respeto y una gran cantidad de cosas que no sería capaz de explicar pero que se desprende de las miradas, se palpa en el aire. Y si soy capaz de creer en mí, tengo que creer que todavía hay personas que son como yo. De hecho, las hay. No abundan, pero las hay.
¿Merece la pena dar un duro por alguien? ¿Merece la pena conceder el beneficio de la duda? ¿Merece la pena dar oportunidades a quienes lo merecen y lo desmuestran? ¿Merece la pena intentar tener una relación sana con alguien? ¿Sabes la gran cantidad de cosas que puedes ganar al intentarlo? ¿Sabes que aunque pierdas otras muchas cosas si sale mal, si el sujeto resulta ser un cabrón, no es comparable en absoluto a lo que puedes ganar? ¿Te gustaría que a ti no te dieran la oportunidad de querer y ser querido por miedo, pavor, incapacidad o terror? ¿Te gustaría que te rechazaran porque la persona está tan cagada de miedo que no es capaz de darse cuenta de lo que tiene delante, de lo que puede perderse o, sencillamente, no se lo crea porque ha dejado de creer en el género humano? ¿No te gustaría que cuando ofreces una oportunidad la otra persona respondiera positivamente? ¿Merece la pena dejar de sentir porque haya personas que no sepan relacionarse y te hayan hecho daño? ¿Realmente crees que debes cambiar quien eres como consecuencia de que unos cuantos idiotas no lo hayan sabido valorar en su justa medida? ¿Crees que si tú empiezas a tratar a las personas como objetos, meros utensilios para conseguir tu propio beneficio, serás más feliz y obtendrás lo que quieres? ¿Es esa una forma válida de relacionarse y que te devuelvan lo que realmente esperas?
Si quieres que el mundo funcione basado en unos principios con los que sueñas, una forma que para ti resultaría perfecta, aunque ésta sea pisoteada por muchos insensibles de distinta índole... ¿no crees que el cambio debería empezar en ti mismo? ¿Qué deberías predicar lo que querrías que fuera el mundo? ¿Actuar en consecuencia a lo que piensas y esperas de los demás? Entiendo que no es fácil. Pero, quizás, la única forma de recibir lo que esperas, es estar dispuesto a darlo cuando la ocasión lo requiere. Y, ojo, que no digo darlo sin más, sino estar dispuesto en el momento oportuno y con la persona indicada.
Yo creo en el amor. En mi forma de amar. Y creo en que puede haber más personas en el mundo que, como yo, quieran cambiarlo y vivir de otra manera. Salirse del tablero de ajedrez, dejarse de estrategias y poner las emociones encima de la mesa dispuestos a ser sinceras con ellas mismas y con los demás.
No sé si os ayudo o, por el contrario, pensáis que estoy chalado. Pero hacedme caso y no perdáis vuestro verdadero yo, el que anida dentro de vosotros, por culpa de un puñado de experiencias y de personas que no merecían la pena. Sed justos con aquellos que se cruzarán en vuestro camino. Pero, sobre todo, sed justos con vosotros mismos.