Perdidos
Últimamente debo tener cara de Pelocho. Son muy numerosas las ocasiones en las que voy caminando tranquilamente por la calle y un desconocido me detiene para preguntarme dónde se encuentra un hotel, una calle o una tienda. Esto me pasaba antes muy a menudo y ahora vuelve a hacerse frecuente. Unas veces pienso que se trata de algo que hay en mí, en la expresión de mi rostro, como si llevara el sello del Google Earth en la frente y tuviera un conocimiento más que completo sobre las calles y los trazos que pueden conducir a esa persona hacia su destino. Es curioso, porque no importa con cuántas personas vaya caminando: siempre se dirigen a mí y a veces me envuelve un aura extraña por haber sido el elegido. Otras veces pienso que, sencillamente, hay épocas y etapas en las que la gente está más perdida que de costumbre.
Pasando por alto mis pajas mentales, es lógico. Quiero decir, cuando alguien se encuentra perdido tiene que preguntar, pedir ayuda, exigir a los demás que lo orienten. Es muy conocido el tópico sobre que los hombres nunca preguntan cuando se pierden, por orgullo u otras cuestiones de índole similar. Y es que hay personas que prefieren encontrar el camino solos. Ante eso no se puede hacer nada. Únicamente desearles suerte.
Si analizamos detenidamente, es normal que haya personas que necesiten encontrar su camino solos, sin ayuda de terceros. Contar con alguien supone confiar en que esa persona está en lo cierto. Si preguntamos dónde se encuentra nuestro destino es porque presumimos que el desconocido lo va a saber mejor que nosotros. Pero ¿y si no fuera así? También se presupone la buena fe de las personas, es decir, que nos conduzca hacia el recorrido adecuado altruistamente. Está claro que creer en el altruismo a estas alturas resulta casi tan difícil como asumir que tu vida puede ser un cuento de hadas. Los desconocidos, los conocidos y cualquier persona que pisa la faz de este planeta pueden conducirnos por recorridos alternativos que les sean favorables a sus intereses. Ya lo decía la Teoría de la Elección Racional de Marcus Olson en La Lógica de la Acción Colectiva, que los seres humanos realizamos nuestras acciones buscando siempre la maximización del beneficio propio como método de supervivencia, estableciendo un orden de preferencias y una estrategia que responde a dicha lógica. Sí, querid@s, el Marcus Olson era un individuo gratamente positivo, como podemos observar. O realista, qué dirían algunos.
Desde luego, para movernos a través del mundo, necesitamos un mínimo de confianza en los demás. No sólo en cuestiones tan banales como una simple desorientación en el camino, sino también en casos de vida o muerte. Confías en que el conductor del autobús o del taxi en el que te montas a las tantas de la madrugada no vaya tan borracho como tú. Confías en que el médico que te atiende y te receta un medicamento sea competente. Confías en que las personas a las que quieres te ayuden de buena fe a estar bien. Confías en que tu psicoanalista esté emocionalmente equilibrado. No tienes más remedio que confiar en la bondad, la integridad y la responsabilidad de las personas. Resulta obvio que alguien que te conoce o hacia el que sientes una implicación poderosa puede hacer más daño y, por eso, en multitud de ocasiones, se confía en la bondad de los desconocidos. Total, que interés puede tener el muchacho que va caminando por la calle inmerso en sus pensamientos en que yo no llegue a mi destino. Qué interés puede tener en hacerme daño o mentirme. Que interés puede tener ese compañero de la facultad, que no veías desde hacía años y que te ha formulado un como estás típico que no quieres dejar pasar, en hacerte daño si le contestas que no tienes una buena noche. Excesos de confianza y desconfianza entremezclados.
La cuestión es que, en mayor o en menor medida, todos andamos perdidos en nuestro propio mini mundo. Cuando los desconocidos se me acercan con tanta asiduidad a interrogarme sobre qué camino tomar para alcanzar sus destinos, me sonrío para mis adentros, pensando “si supierais que yo estoy más perdido que vosotros...” Aunque nunca lo digo. Qué más da. Sólo serviría para azuzar su sensación de desorientación y su desesperanza. Y, además, qué interés puede tener un desconocido que detiene su coche en escuchar las paridas insolubles de un joven en cuerpo de adolescente y en mente de anciano que navega por las aguas sin rumbo fijo y sin puertos en los que atracar, porque ya no cree que haya puertos en los que descansar ni un segundo.
Y, sin embargo, cuando describo el camino que han de seguir y vuelven a subir las ventanillas de sus coches, siento ganas de tocar con los nudillos en el cristal y preguntarles yo: ¿Y mi sitio? ¿Sabe usted qué camino tengo que tomar para encontrar mi sitio? Me encantaría ver sus caras, las mismas que se le quedan a muchos cuando hago aseveraciones del tipo que nadie espera y que fluyen de mis labios movidas por un resorte ligeramente egocéntrico aderezado con grandes dosis de desazón contenida. ¿Qué me dirían esos desconocidos del automóvil si yo les formulara la cuestión?
Probablemente, no supieran qué contestar. Después de todo, ¿quién carajo sabe dónde está su sitio y el camino que tendrá que seguir para llegar hasta él?
En el fondo, todos estamos un poco perdidos. Por eso hay que tomárselo todo con un poco de filosofía.
Pasando por alto mis pajas mentales, es lógico. Quiero decir, cuando alguien se encuentra perdido tiene que preguntar, pedir ayuda, exigir a los demás que lo orienten. Es muy conocido el tópico sobre que los hombres nunca preguntan cuando se pierden, por orgullo u otras cuestiones de índole similar. Y es que hay personas que prefieren encontrar el camino solos. Ante eso no se puede hacer nada. Únicamente desearles suerte.
Si analizamos detenidamente, es normal que haya personas que necesiten encontrar su camino solos, sin ayuda de terceros. Contar con alguien supone confiar en que esa persona está en lo cierto. Si preguntamos dónde se encuentra nuestro destino es porque presumimos que el desconocido lo va a saber mejor que nosotros. Pero ¿y si no fuera así? También se presupone la buena fe de las personas, es decir, que nos conduzca hacia el recorrido adecuado altruistamente. Está claro que creer en el altruismo a estas alturas resulta casi tan difícil como asumir que tu vida puede ser un cuento de hadas. Los desconocidos, los conocidos y cualquier persona que pisa la faz de este planeta pueden conducirnos por recorridos alternativos que les sean favorables a sus intereses. Ya lo decía la Teoría de la Elección Racional de Marcus Olson en La Lógica de la Acción Colectiva, que los seres humanos realizamos nuestras acciones buscando siempre la maximización del beneficio propio como método de supervivencia, estableciendo un orden de preferencias y una estrategia que responde a dicha lógica. Sí, querid@s, el Marcus Olson era un individuo gratamente positivo, como podemos observar. O realista, qué dirían algunos.
Desde luego, para movernos a través del mundo, necesitamos un mínimo de confianza en los demás. No sólo en cuestiones tan banales como una simple desorientación en el camino, sino también en casos de vida o muerte. Confías en que el conductor del autobús o del taxi en el que te montas a las tantas de la madrugada no vaya tan borracho como tú. Confías en que el médico que te atiende y te receta un medicamento sea competente. Confías en que las personas a las que quieres te ayuden de buena fe a estar bien. Confías en que tu psicoanalista esté emocionalmente equilibrado. No tienes más remedio que confiar en la bondad, la integridad y la responsabilidad de las personas. Resulta obvio que alguien que te conoce o hacia el que sientes una implicación poderosa puede hacer más daño y, por eso, en multitud de ocasiones, se confía en la bondad de los desconocidos. Total, que interés puede tener el muchacho que va caminando por la calle inmerso en sus pensamientos en que yo no llegue a mi destino. Qué interés puede tener en hacerme daño o mentirme. Que interés puede tener ese compañero de la facultad, que no veías desde hacía años y que te ha formulado un como estás típico que no quieres dejar pasar, en hacerte daño si le contestas que no tienes una buena noche. Excesos de confianza y desconfianza entremezclados.
La cuestión es que, en mayor o en menor medida, todos andamos perdidos en nuestro propio mini mundo. Cuando los desconocidos se me acercan con tanta asiduidad a interrogarme sobre qué camino tomar para alcanzar sus destinos, me sonrío para mis adentros, pensando “si supierais que yo estoy más perdido que vosotros...” Aunque nunca lo digo. Qué más da. Sólo serviría para azuzar su sensación de desorientación y su desesperanza. Y, además, qué interés puede tener un desconocido que detiene su coche en escuchar las paridas insolubles de un joven en cuerpo de adolescente y en mente de anciano que navega por las aguas sin rumbo fijo y sin puertos en los que atracar, porque ya no cree que haya puertos en los que descansar ni un segundo.
Y, sin embargo, cuando describo el camino que han de seguir y vuelven a subir las ventanillas de sus coches, siento ganas de tocar con los nudillos en el cristal y preguntarles yo: ¿Y mi sitio? ¿Sabe usted qué camino tengo que tomar para encontrar mi sitio? Me encantaría ver sus caras, las mismas que se le quedan a muchos cuando hago aseveraciones del tipo que nadie espera y que fluyen de mis labios movidas por un resorte ligeramente egocéntrico aderezado con grandes dosis de desazón contenida. ¿Qué me dirían esos desconocidos del automóvil si yo les formulara la cuestión?
Probablemente, no supieran qué contestar. Después de todo, ¿quién carajo sabe dónde está su sitio y el camino que tendrá que seguir para llegar hasta él?
En el fondo, todos estamos un poco perdidos. Por eso hay que tomárselo todo con un poco de filosofía.
Momento Crisis
El ser humano es susceptible por naturaleza, afortunada o desgraciadamente. Así, a todas las cabezas llega ese estupendo instante en el que un cable se cruza con otro movido por el movimiento de traslación del planeta Saturno elevado a la quinta potencia (por ofrecer una explicación medio coherente del asunto) y, entonces, una buena mañana te despiertas y notas que no eres el mismo. No, no te has teletransportado al cuerpo de un modelo de Clavin Klein, así que deja de tocarte. Una voz en off (porque oyes voces, sí) te comunica, cuando todavía no has conseguido despegar los ojos: Enhorabuena, acaba usted de entrar en la fase popularmente conocida como crisis.
Las crisis son un elemento la mar de oportuno que de vez en cuando se pasan por casa para tomar café y hacernos una visita de ésas poco deseadas. Y claro, no te queda otra que atender a la visita con la mejor de tus sonrisas aunque estés deseando interiormente que se largue a darle la murga a otro, que hay que ver, que habrás hecho tú para tener que aguantar semejante suplicio. Sonríes de cara a la galería, para que todo el mundo piense que eres más feliz que Leticia Sabater (con loro de plástico posado en el hombro incluido) y tan hospitalario con tu crisis como la Presley cuando, en realidad, sólo te apetece subirte al campanario con una escopeta de cañones recortados y liarte a pegar tiros para rebajar tu ansiedad.
Claro está, no todas las crisis nos afectan de la misma manera. Resulta que en medio de nuestro ánimo pendular, que tan de moda se encuentra en estos tiempos que corren, y movidos por un mundo fantástico y maravilloso plagado de seres igualmente estupendos y grandiosas oportunidades de ser un desgraciado, podemos llegar a desarrollar distintos tipos de crisis. El paperblog ha concretado las más importantes en su esfuerzo totalmente altruista por estudiar la conducta humana (a ver si un día de estos, para variar, la comprende):
1.Crisis de autoestima. De las más comunes. Resulta que vas a mirarte en el espejo para peinarte y descubres que lo que se refleja es un ser asqueroso que en nada se parece a ti. También ocurre cuando vas andando por la calle y dices “coño, que feo ése de ahí” y entonces descubres que no es más que tu reflejo en la luna de un escaparate. Entonces se da la crisis de autoestima en todo su esplendor. Te sorprendes estudiando tus defectos, los granos, las ojeras, el pelo (cuyo corte, de repente, te resulta de lo más asqueroso), tu cara (que, también de repente, te provoca arcadas), por no hablar de tu cuerpo (mirando con remordimientos y haciendo circulitos con el pie la suscripción al gimnasio que efectuaste hace año y medio sin haberlo pisado todavía). Compras ropa compulsivamente en un intento de parecer fashion y arreglar tu desastroso aspecto, te pones a dieta, compras potingues que garantizan la eterna juventud (y te lo crees, que es lo peor) y sigues los consejos de Saber Vivir, la Marie Claire y el Vogue. La crisis de autoestima habrá llegado a su punto álgido si el sujeto baraja la posibilidad de acudir a Cambio Radical o apunta el número de Corporación Dermoestética y pregunta precios.
Si la crisis de autoestima es Psicológica, del tipo “soy una mierda, nadie me quiere, no valgo nada, voy a estar solo toda mi vida porque nadie me va a querer ni soportar”, se recomienda pasar un par de tardes observando al resto de la humanidad, poner la tele, ver los programas del corazón y establecer comparación. Obtendrás que ganas por mucha ventaja con respecto a esos seres que, además, tienen la cara de salir en la tele. Vaya, y yo pensando que la prensa rosa no tenía ninguna utilidad. Ya veis que sí.
2.Crisis laboral. Digamos que llevas unos cuantos años haciendo exactamente lo mismo, aguantado las mismas gilipolleces, soportando las mismas tonterías de unos jefes y de unos compañeros y realizando exactamente una rutina calcada que te produce tanta motivación como Tamara en calzoncillos. Llega un punto en el que la crisis se desata, la página más visitada de tu explorer será el Infojobs y cualquier empleo te parecerá mejor que el tuyo. El síntoma más evidente de esta crisis será la puesta compulsiva de zancadillas a todos tus compañeros cada vez que te dirijan la palabra, aunque sólo sea para decir buenos días. Desearás que todos ardan en el infierno mientras te hundes en una tarea alienante, leerás a Marx, te preguntarás quién inventó el trabajo y casi casi te convencerán para que te hagas representante del sindicato (pero no, porque lo que tú quieres es vivir un rato del cuento, no tener más quebraderos de cabeza). Lo que sea por dar por culo y hundir a la empresa, ya que la idea de simplemente largarte al paro no la contemplas. Tú tienes que destruir al capitalismo en todo su esplendor, porque nos denigra y nos convierte en meros elementos de producción despersonalizados (y porque te impide vivir siendo un intelectual ocioso sin pegar un palo al agua).
3.Crisis de identidad. Surgen preguntas trascendentales del tipo ¿Quiénes somos?, ¿a dónde vamos? ¿de dónde venimos? ¿cuál es mi objetivo en la vida? ¿qué narices es lo que quiero? ¿a qué huelen las nubes? ¿por qué aquel de allí tiene un piso, un coche, un cuerpazo, un marido estupendo y que podría ser modelo y ha visto medio mundo mientras yo sigo pensando en cómo narices voy a pagar una hipoteca de un piso de seis metros cuadrados yo solo (la opción de compartirla en pareja es tan lejana como irte de viaje a Pernambuco) y lo más lejos que he llegado ha sido al pueblo de mis padres y porque no tuve más remedio? Hay un replanteamiento claro de todas las áreas que componen la vida del individuo, pero sobre todo de su actitud y de su manera de entender el mundo. Por eso, la mejor forma de solucionarlo es emprender una sucesión de borracheras, salidas nocturnas y ligoteo hasta con el charcutero con la intención de no recapacitar y, paradójicamente, de encontrarnos a nosotros mismos. Todo el mundo sabe que ponerte hasta las cejas de Ballantines, bailar una y otra vez el Sobreviviré y hacerle ojitos a un octogenario con cara de sátiro que te ofrece un piso en Torrevieja a cambio de una mamada es, sin lugar a dudas, la mejor manera de encontrar tu camino en la vida. Al igual que la opción de emigrar a Checoslovaquia y dedicarte a hacer películas porno (ésta, aunque parezca que no, es muy usual).
En este punto también se da la consabida crisis de identidad sexual. No tienes más que largarte una noche a un bar de ambiente y encontrarás a un par de tíos y una decena de tías alegando que quieren probar experiencias nuevas porque no están seguros de ser heteros y que te querrán utilizar como psicólogo y experiencia piloto para adentrarse en los oscuros pasajes del mundo gay (si es que te ven la cara de ONG a la legua, nene, qué le vamos a hacer). A veces intentas que algún compañero de trabajo entre en este momento de crisis de identidad sexual y te pida relaciones, pero debido a sus comentarios sobre lo buena que está la de cuentas y las tetas de aquélla de más allá, con tu capacidad deductiva de Sherlock Holmes, deduces que no se dará en ningún sentido, por mucho que te empeñes en pedirle vivir juntos recibiendo favores sexuales a cambio de su parte del alquiler. Cachis...
4.Crisis de fe o existencial. Antes la gente tenía crisis de fe con respecto a Dios, pero en nuestros días, como este señor hace mucho que dijo que no se ocupaba de nuestras miserias (y con razón) este tipo de crisis se centra, sobre todo, en el ser humano. Tienes tanta fe en la bondad de las personas como en que algún día aparezca Jesús Vázquez completamente desnudo y sujetando una rosa roja con los dientes tumbado en tu cama, ofreciéndote una vida llena de sexo, una lujosa casa y una sustanciosa cuenta corriente, a la cual te agarrarías para mandar al cuerno a tu jefa de por vida. El “voy a terminar solo porque nadie me quiere” se transforma en “voy a terminar solo y viejo en una casa rodeado de gatos que devorarán mi cadáver cuando me muera y nadie los alimente”, porque esa opción es preferible a la de unirte a otra persona (y más si es hombre. Si es que yo tenía que haber sido lesbiana, no me cansaré nunca de repetirlo). Se generan frases como “cuanto más conozco a las personas más me gustan los animales” y la opción de comprarte una pistola y liarte a tiros se hace inminente.
5.Crisis creativa. Se da en momentos de poca inspiración, cuando las musas deciden darse un garbeo por los bares de ambiente vestidas con lentejuelas antes que estar con un aburrido como tú. Cress que Ana Rosa puede escribir mejor que tú. En estas situaciones se crean los mayores zoroños del mundo y se toman por buenas ideas tan mediocres como inventar un recoge escupitajos eléctrico. Una opción para atravesar sin pena ni gloria este periodo es crearte un blog para que unos desconocidos te lean y soporten.
Como siempre, sabéis que la tipología podría ser estirada hasta la saciedad, pero como no pretendo que terminéis vomitando sobre el teclado (que luego no veas el trabajo que cuesta limpiar entre las teclas), lo dejo aquí, afirmando que nadie en absoluto está a salvo de una crisis y que lo único que te queda es apechugar con la cabeza bien alta y afrontarlo sin evasivas.
Esperando mejores días con una sonrisa en la cara.
Sabemos (más o menos, tampoco como para tirar cohetes) lo que somos, pero no lo que llegaremos a ser. Y siempre puede ocurrir algo que te recuerda que todo pasa. Incluso las crisis.
Las crisis son un elemento la mar de oportuno que de vez en cuando se pasan por casa para tomar café y hacernos una visita de ésas poco deseadas. Y claro, no te queda otra que atender a la visita con la mejor de tus sonrisas aunque estés deseando interiormente que se largue a darle la murga a otro, que hay que ver, que habrás hecho tú para tener que aguantar semejante suplicio. Sonríes de cara a la galería, para que todo el mundo piense que eres más feliz que Leticia Sabater (con loro de plástico posado en el hombro incluido) y tan hospitalario con tu crisis como la Presley cuando, en realidad, sólo te apetece subirte al campanario con una escopeta de cañones recortados y liarte a pegar tiros para rebajar tu ansiedad.
Claro está, no todas las crisis nos afectan de la misma manera. Resulta que en medio de nuestro ánimo pendular, que tan de moda se encuentra en estos tiempos que corren, y movidos por un mundo fantástico y maravilloso plagado de seres igualmente estupendos y grandiosas oportunidades de ser un desgraciado, podemos llegar a desarrollar distintos tipos de crisis. El paperblog ha concretado las más importantes en su esfuerzo totalmente altruista por estudiar la conducta humana (a ver si un día de estos, para variar, la comprende):
1.Crisis de autoestima. De las más comunes. Resulta que vas a mirarte en el espejo para peinarte y descubres que lo que se refleja es un ser asqueroso que en nada se parece a ti. También ocurre cuando vas andando por la calle y dices “coño, que feo ése de ahí” y entonces descubres que no es más que tu reflejo en la luna de un escaparate. Entonces se da la crisis de autoestima en todo su esplendor. Te sorprendes estudiando tus defectos, los granos, las ojeras, el pelo (cuyo corte, de repente, te resulta de lo más asqueroso), tu cara (que, también de repente, te provoca arcadas), por no hablar de tu cuerpo (mirando con remordimientos y haciendo circulitos con el pie la suscripción al gimnasio que efectuaste hace año y medio sin haberlo pisado todavía). Compras ropa compulsivamente en un intento de parecer fashion y arreglar tu desastroso aspecto, te pones a dieta, compras potingues que garantizan la eterna juventud (y te lo crees, que es lo peor) y sigues los consejos de Saber Vivir, la Marie Claire y el Vogue. La crisis de autoestima habrá llegado a su punto álgido si el sujeto baraja la posibilidad de acudir a Cambio Radical o apunta el número de Corporación Dermoestética y pregunta precios.
Si la crisis de autoestima es Psicológica, del tipo “soy una mierda, nadie me quiere, no valgo nada, voy a estar solo toda mi vida porque nadie me va a querer ni soportar”, se recomienda pasar un par de tardes observando al resto de la humanidad, poner la tele, ver los programas del corazón y establecer comparación. Obtendrás que ganas por mucha ventaja con respecto a esos seres que, además, tienen la cara de salir en la tele. Vaya, y yo pensando que la prensa rosa no tenía ninguna utilidad. Ya veis que sí.
2.Crisis laboral. Digamos que llevas unos cuantos años haciendo exactamente lo mismo, aguantado las mismas gilipolleces, soportando las mismas tonterías de unos jefes y de unos compañeros y realizando exactamente una rutina calcada que te produce tanta motivación como Tamara en calzoncillos. Llega un punto en el que la crisis se desata, la página más visitada de tu explorer será el Infojobs y cualquier empleo te parecerá mejor que el tuyo. El síntoma más evidente de esta crisis será la puesta compulsiva de zancadillas a todos tus compañeros cada vez que te dirijan la palabra, aunque sólo sea para decir buenos días. Desearás que todos ardan en el infierno mientras te hundes en una tarea alienante, leerás a Marx, te preguntarás quién inventó el trabajo y casi casi te convencerán para que te hagas representante del sindicato (pero no, porque lo que tú quieres es vivir un rato del cuento, no tener más quebraderos de cabeza). Lo que sea por dar por culo y hundir a la empresa, ya que la idea de simplemente largarte al paro no la contemplas. Tú tienes que destruir al capitalismo en todo su esplendor, porque nos denigra y nos convierte en meros elementos de producción despersonalizados (y porque te impide vivir siendo un intelectual ocioso sin pegar un palo al agua).
3.Crisis de identidad. Surgen preguntas trascendentales del tipo ¿Quiénes somos?, ¿a dónde vamos? ¿de dónde venimos? ¿cuál es mi objetivo en la vida? ¿qué narices es lo que quiero? ¿a qué huelen las nubes? ¿por qué aquel de allí tiene un piso, un coche, un cuerpazo, un marido estupendo y que podría ser modelo y ha visto medio mundo mientras yo sigo pensando en cómo narices voy a pagar una hipoteca de un piso de seis metros cuadrados yo solo (la opción de compartirla en pareja es tan lejana como irte de viaje a Pernambuco) y lo más lejos que he llegado ha sido al pueblo de mis padres y porque no tuve más remedio? Hay un replanteamiento claro de todas las áreas que componen la vida del individuo, pero sobre todo de su actitud y de su manera de entender el mundo. Por eso, la mejor forma de solucionarlo es emprender una sucesión de borracheras, salidas nocturnas y ligoteo hasta con el charcutero con la intención de no recapacitar y, paradójicamente, de encontrarnos a nosotros mismos. Todo el mundo sabe que ponerte hasta las cejas de Ballantines, bailar una y otra vez el Sobreviviré y hacerle ojitos a un octogenario con cara de sátiro que te ofrece un piso en Torrevieja a cambio de una mamada es, sin lugar a dudas, la mejor manera de encontrar tu camino en la vida. Al igual que la opción de emigrar a Checoslovaquia y dedicarte a hacer películas porno (ésta, aunque parezca que no, es muy usual).
En este punto también se da la consabida crisis de identidad sexual. No tienes más que largarte una noche a un bar de ambiente y encontrarás a un par de tíos y una decena de tías alegando que quieren probar experiencias nuevas porque no están seguros de ser heteros y que te querrán utilizar como psicólogo y experiencia piloto para adentrarse en los oscuros pasajes del mundo gay (si es que te ven la cara de ONG a la legua, nene, qué le vamos a hacer). A veces intentas que algún compañero de trabajo entre en este momento de crisis de identidad sexual y te pida relaciones, pero debido a sus comentarios sobre lo buena que está la de cuentas y las tetas de aquélla de más allá, con tu capacidad deductiva de Sherlock Holmes, deduces que no se dará en ningún sentido, por mucho que te empeñes en pedirle vivir juntos recibiendo favores sexuales a cambio de su parte del alquiler. Cachis...
4.Crisis de fe o existencial. Antes la gente tenía crisis de fe con respecto a Dios, pero en nuestros días, como este señor hace mucho que dijo que no se ocupaba de nuestras miserias (y con razón) este tipo de crisis se centra, sobre todo, en el ser humano. Tienes tanta fe en la bondad de las personas como en que algún día aparezca Jesús Vázquez completamente desnudo y sujetando una rosa roja con los dientes tumbado en tu cama, ofreciéndote una vida llena de sexo, una lujosa casa y una sustanciosa cuenta corriente, a la cual te agarrarías para mandar al cuerno a tu jefa de por vida. El “voy a terminar solo porque nadie me quiere” se transforma en “voy a terminar solo y viejo en una casa rodeado de gatos que devorarán mi cadáver cuando me muera y nadie los alimente”, porque esa opción es preferible a la de unirte a otra persona (y más si es hombre. Si es que yo tenía que haber sido lesbiana, no me cansaré nunca de repetirlo). Se generan frases como “cuanto más conozco a las personas más me gustan los animales” y la opción de comprarte una pistola y liarte a tiros se hace inminente.
5.Crisis creativa. Se da en momentos de poca inspiración, cuando las musas deciden darse un garbeo por los bares de ambiente vestidas con lentejuelas antes que estar con un aburrido como tú. Cress que Ana Rosa puede escribir mejor que tú. En estas situaciones se crean los mayores zoroños del mundo y se toman por buenas ideas tan mediocres como inventar un recoge escupitajos eléctrico. Una opción para atravesar sin pena ni gloria este periodo es crearte un blog para que unos desconocidos te lean y soporten.
Como siempre, sabéis que la tipología podría ser estirada hasta la saciedad, pero como no pretendo que terminéis vomitando sobre el teclado (que luego no veas el trabajo que cuesta limpiar entre las teclas), lo dejo aquí, afirmando que nadie en absoluto está a salvo de una crisis y que lo único que te queda es apechugar con la cabeza bien alta y afrontarlo sin evasivas.
Esperando mejores días con una sonrisa en la cara.
Sabemos (más o menos, tampoco como para tirar cohetes) lo que somos, pero no lo que llegaremos a ser. Y siempre puede ocurrir algo que te recuerda que todo pasa. Incluso las crisis.
Cazador de Utopías
Hay una película, mi favorita sin lugar a dudas, que siempre me acompaña en los momentos más duros. Con el tiempo he venido desarrollando una capacidad inexpresiva que sólo entienden y reconocen aquellos que tienen una buena relación conmigo desde los tiempos en los que soñaba como un quinceañero ser periodista y escritor (y hay cosas que nunca cambian). Este silencio intrínseco que siempre he tratado de explicar a todo el mundo para justificar mis aislamientos cuando estoy mal, y que pocos parecen comprender, no es más que mi defensa ante esas putadas a las que me he enfrentado con mayor o menor éxito y a las que temo enfrentarme de nuevo. Como ya dije una vez, todo nos afecta, aunque no lo creamos, y tiene consecuencias.
Mi hermetismo surgió como un método de supervivencia más. Por eso insisto tanto en la frialdad de las personas como resultado de sus malas experiencias, una insensibilidad aparente y estúpida. Si bien yo no he dejado de expresar mi sensibilidad (puesto que los bichos no cambiamos y menos por un puñado de experiencias desafortunadas) sí he dejado de expresar directamente lo que siento. Un miedo atroz e indescriptible, completamente irracional, a dejar ver lo que verdaderamente circula por los vericuetos del corazón.
Con el tiempo me doy cuenta de lo desarrollada que tengo esta extraña habilidad de ocultarme sin más. Porque a veces lo hago incluso conmigo mismo. Mic me contaba en una ocasión que ella, tras una bofetada de esas que asesta la vida irremediablemente y que duele más en proporción a lo desarrollado que tengas el lado soñador, ha dejado de experimentar la intensidad de los sentimientos. Lo malo parece ser menos malo y lo bueno menos bueno. Su mente lo traduce todo en una linealidad homogénea. A mí me pasa un poco lo mismo.
Pero entonces llega Piedras, como ese príncipe azul asquerosamente perfecto que nos venden los cuentos de Disney para que las mujeres y los maricas como yo nos sintamos completos al más puro estilo Bridget Jones (algo totalmente falso), y me rescata de la insensibilidad y la inexpresividad, la inercia de los sentidos.
Piedras es una de esas películas que hacen que te abras las venas y expreses todo lo que guardas dentro. La habré visto una decena de veces y en todas he terminado derramando un torrente de lágrimas presa de mi propio dramaqueenismo. Porque todas esas historias que se cruzan y se entrelazan, cargadas de simbolismos que ponen la piel de gallina, provocan que mi sensibilidad se coloque a flor de piel, ese lugar del que se olvida paulatinamente a medida que cumplo años.
Piedras habla de la vida (como no, siendo mi favorita), de los sueños, de las ilusiones que se escapan al alcance de los personajes, de líos, endogamia, cruces y encrucijadas, malos entendidos, miedos, incapacidad, desesperación, desolación, hastío, pérdida y esperanza. Esperanza a raudales. Puede que sea muy triste para algunos que hayan tenido la oportunidad de visualizarla, pero a mí se me hace enormemente esperanzadora, pues aunque las historias sean muy dramáticas (y es cierto que lo son) al final queda esa sensación que tanto me gusta de esperanza, de que, al fin y al cabo, la vida no es más que un complejo camino que hay que aceptar sin renuncias. Un camino que no es fácil para nadie, en el que todos nos vemos inmerso y en el que estamos obligados a sacar el máximo provecho. Piedras nos enseña que todas las vidas son desastrosas y, al mismo tiempo, que todas las vidas pueden ser igualmente felices y desgraciadas dependiendo del instante. Piedras nos enseña la realidad, en estado puro, lo que puede suceder, la importancia de vencer tus miedos y ser valiente, tanto como para atreverte a dar sentido a los pequeños detalles del cosmos.
Piedras me enseña a mirar hacia delante. Si hay algo que recuerdo cada vez que me siento en mi habitación a verla, dispuesto a abrirme las venas y dar paso a todas mis emociones, es que todo puede ser diferente, que un día estamos arriba y otro abajo, que hay que aceptar, llorar y reír a partes iguales, sacar lo mejor de nosotros mismos, reordenarnos, saber lo que queremos, luchar por ello cuando sea posible y ser conscientes de que no siempre hay sueños cumplidos, sino miradas nostálgicas de lo que nunca fuimos. Pero eso no quiere decir que el mundo se detenga. Muy al contrario, la vida sigue.
Esta noche, en un email, un buen amigo me decía en respuesta a mi anterior post que no reniegue de mí mismo, que soy un cazador de utopías. Puede que tenga razón. Puede que, en verdad, ya no sepa vivir de otro modo distinto al de nadar a contracorriente y conseguir lo imposible simplemente deseándolo. Tal vez, como cazador de utopías, nunca dejaré de creer que puedo ser feliz al nivel que exijo, que no tengo por qué bajar el listón y conformarme con una felicidad de goma. Quizás pedir una felicidad de carne y hueso sea demasiado presuntuoso o pretencioso por mi parte, pero una vez ya expresé que mis exigencias son las que me mueven a vivir bien y a quererme y no pienso rebajarlas porque creo que merezco todo lo que pido.
Piedras me recuerda, al igual que mi amigo en forma de mail, al igual que mi amiga la caótica con la que estuve tomando café el otro día mientras hablábamos sobre lo divino y lo humano, que soy un cazador de utopías, alguien que lucha por sus sueños. Tanto como para decepcionarse muy a menudo. Pero es lo que tenemos los idealistas natos: nos cuesta más que al resto sobrevivir.
Después de todo la vida no es más que un camino lleno de piedras. Éstas pueden hacerte daño, obstaculizar tu ruta e incluso metérsete en los zapatos incomodando los pasos. Pero no son más que eso, piedras que tarde o temprano saltarán de nuevo hacia otro lado del sendero, quedándose atrás, o que extraerás de tu zapato con más o menos facilidad. Y aunque hayan dejado una herida en el pie, para algo se inventaron las tiritas. Y las plaquetas que va acomodando el tiempo junto a otras vivencias que nos ayudan a mirar hacia delante.
Como dijera Leire en su famoso monólogo, “... deseo, deseo, deseo... quiero con todas mis fuerzas ser feliz. Y así hacer un poco más felices a los que me rodean.”
Ésa puede ser mi mayor utopía. Y, aunque a veces lo dude, la conseguiré.
Nunca dejaré de pintar.
Ni de tener dulces sueños.
Beso.
Mi hermetismo surgió como un método de supervivencia más. Por eso insisto tanto en la frialdad de las personas como resultado de sus malas experiencias, una insensibilidad aparente y estúpida. Si bien yo no he dejado de expresar mi sensibilidad (puesto que los bichos no cambiamos y menos por un puñado de experiencias desafortunadas) sí he dejado de expresar directamente lo que siento. Un miedo atroz e indescriptible, completamente irracional, a dejar ver lo que verdaderamente circula por los vericuetos del corazón.
Con el tiempo me doy cuenta de lo desarrollada que tengo esta extraña habilidad de ocultarme sin más. Porque a veces lo hago incluso conmigo mismo. Mic me contaba en una ocasión que ella, tras una bofetada de esas que asesta la vida irremediablemente y que duele más en proporción a lo desarrollado que tengas el lado soñador, ha dejado de experimentar la intensidad de los sentimientos. Lo malo parece ser menos malo y lo bueno menos bueno. Su mente lo traduce todo en una linealidad homogénea. A mí me pasa un poco lo mismo.
Pero entonces llega Piedras, como ese príncipe azul asquerosamente perfecto que nos venden los cuentos de Disney para que las mujeres y los maricas como yo nos sintamos completos al más puro estilo Bridget Jones (algo totalmente falso), y me rescata de la insensibilidad y la inexpresividad, la inercia de los sentidos.
Piedras es una de esas películas que hacen que te abras las venas y expreses todo lo que guardas dentro. La habré visto una decena de veces y en todas he terminado derramando un torrente de lágrimas presa de mi propio dramaqueenismo. Porque todas esas historias que se cruzan y se entrelazan, cargadas de simbolismos que ponen la piel de gallina, provocan que mi sensibilidad se coloque a flor de piel, ese lugar del que se olvida paulatinamente a medida que cumplo años.
Piedras habla de la vida (como no, siendo mi favorita), de los sueños, de las ilusiones que se escapan al alcance de los personajes, de líos, endogamia, cruces y encrucijadas, malos entendidos, miedos, incapacidad, desesperación, desolación, hastío, pérdida y esperanza. Esperanza a raudales. Puede que sea muy triste para algunos que hayan tenido la oportunidad de visualizarla, pero a mí se me hace enormemente esperanzadora, pues aunque las historias sean muy dramáticas (y es cierto que lo son) al final queda esa sensación que tanto me gusta de esperanza, de que, al fin y al cabo, la vida no es más que un complejo camino que hay que aceptar sin renuncias. Un camino que no es fácil para nadie, en el que todos nos vemos inmerso y en el que estamos obligados a sacar el máximo provecho. Piedras nos enseña que todas las vidas son desastrosas y, al mismo tiempo, que todas las vidas pueden ser igualmente felices y desgraciadas dependiendo del instante. Piedras nos enseña la realidad, en estado puro, lo que puede suceder, la importancia de vencer tus miedos y ser valiente, tanto como para atreverte a dar sentido a los pequeños detalles del cosmos.
Piedras me enseña a mirar hacia delante. Si hay algo que recuerdo cada vez que me siento en mi habitación a verla, dispuesto a abrirme las venas y dar paso a todas mis emociones, es que todo puede ser diferente, que un día estamos arriba y otro abajo, que hay que aceptar, llorar y reír a partes iguales, sacar lo mejor de nosotros mismos, reordenarnos, saber lo que queremos, luchar por ello cuando sea posible y ser conscientes de que no siempre hay sueños cumplidos, sino miradas nostálgicas de lo que nunca fuimos. Pero eso no quiere decir que el mundo se detenga. Muy al contrario, la vida sigue.
Esta noche, en un email, un buen amigo me decía en respuesta a mi anterior post que no reniegue de mí mismo, que soy un cazador de utopías. Puede que tenga razón. Puede que, en verdad, ya no sepa vivir de otro modo distinto al de nadar a contracorriente y conseguir lo imposible simplemente deseándolo. Tal vez, como cazador de utopías, nunca dejaré de creer que puedo ser feliz al nivel que exijo, que no tengo por qué bajar el listón y conformarme con una felicidad de goma. Quizás pedir una felicidad de carne y hueso sea demasiado presuntuoso o pretencioso por mi parte, pero una vez ya expresé que mis exigencias son las que me mueven a vivir bien y a quererme y no pienso rebajarlas porque creo que merezco todo lo que pido.
Piedras me recuerda, al igual que mi amigo en forma de mail, al igual que mi amiga la caótica con la que estuve tomando café el otro día mientras hablábamos sobre lo divino y lo humano, que soy un cazador de utopías, alguien que lucha por sus sueños. Tanto como para decepcionarse muy a menudo. Pero es lo que tenemos los idealistas natos: nos cuesta más que al resto sobrevivir.
Después de todo la vida no es más que un camino lleno de piedras. Éstas pueden hacerte daño, obstaculizar tu ruta e incluso metérsete en los zapatos incomodando los pasos. Pero no son más que eso, piedras que tarde o temprano saltarán de nuevo hacia otro lado del sendero, quedándose atrás, o que extraerás de tu zapato con más o menos facilidad. Y aunque hayan dejado una herida en el pie, para algo se inventaron las tiritas. Y las plaquetas que va acomodando el tiempo junto a otras vivencias que nos ayudan a mirar hacia delante.
Como dijera Leire en su famoso monólogo, “... deseo, deseo, deseo... quiero con todas mis fuerzas ser feliz. Y así hacer un poco más felices a los que me rodean.”
Ésa puede ser mi mayor utopía. Y, aunque a veces lo dude, la conseguiré.
Nunca dejaré de pintar.
Ni de tener dulces sueños.
Beso.
Wise Up
[AIMEE MANN - WISE UP]
Una de las técnicas más difundidas a la hora de enfrentarse a los problemas que plantea la vida es la de la aceptación. Mediante diversos mecanismos se predispone al individuo a que acepte y encaje las piezas de un puzzle que, en ocasiones, no parece tener una forma atractiva, con el único fin de que no se encasquille y pueda pasar a la pieza siguiente, sin que permanezca anclado en un acontecimiento aislado.
Puka siempre ha dicho que la negación es el principio de todas las neurosis. Es la coletilla que me suelta cada vez que sentencia sobre algún aspecto de mi vida y yo me cierro en banda a reconocerlo, aun a sabiendas de que ella es la persona que mejor me conoce sobre la faz de la tierra. Tanto como para adivinar sentimientos y pensamientos en mí antes siquiera de que hayan sido tejidos con la suficiente claridad como para ser descubiertos. Por ejemplo, cuando le hablaba de alguien mucho, ella me decía “te gusta ¿no?” y yo le respondía que no, que no se trataba de eso. Entonces finalizaba la discusión con su “la negación es el principio de todas las neurosis” mientras yo, mentalmente, le atribuía el limpio calificativo de hija de puta por saber las cosas antes de que yo las dijera en voz alta.
Resulta evidente que vivir no es fácil y que sobrevivir lo es todavía menos. La mente humana genera poderosos mecanismos de adaptación al medio para que salgamos ilesos de todas esas situaciones apacibles y fantásticas en las que nos vemos insertos por arte de magia. La negación no es más que uno de estos mecanismos y puede ir acompañado de otro de feroces colmillos tan habituales hoy en día como la mentira. Mentir a los demás ha constituido, desde los tiempos del nacimiento de Sara Montiel, una manera de preservar los secretos propios ante los demás. El problema es que hay secretos de los que nos queremos preservar nosotros mismos y es entonces cuando la mentira no se fragua en torno a los demás, sino en relación a nuestro yo.
Efectivamente, y tal y como un día le explicaba a Salva en una de esas conversaciones profundas que me terminan hastiando hasta el infinito por descubrir lo mucho que pienso (demasiado para ser hombre, demasiado para ser gay y demasiado para vivir en los tiempos que corren), nos contamos mentiras para salvarnos del abismo de perdición que a veces constituye la realidad.
Tengo una amiga cuyo novio la trata con la punta del pie y ella se miente alegando que él no es tan malo y que la culpa es de ella por ser como es. Tengo un amigo que dice que no sabe amar y prefiere enredarse en historias banales porque le da miedo embarcarse en una historia que le pueda hacer daño. Conozco a alguien que se dedica a algo diametralmente distinto a lo que le ordena su vocación porque dice que le gusta en el fondo, cuando en realidad tiene miedo de dedicarse a lo que verdaderamente le gusta por temor a defraudarse a sí mismo. No en vano, conozco a muchas personas y me entrometo en sus vidas desgranando misterios encubiertos. Esto, que queda la mar de poético, ni es bonito ni hermoso, sino una auténtica putada.
Pero, volviendo al grano, estas personas se mienten a sí mismas diariamente. El miedo y el dolor que una situación puede producir hace que sea mucho más fácil inventarse algo distinto a lo que realmente está ocurriendo. Es sencillo, económico y nos salvaguarda del dolor a corto plazo ¿qué más se puede pedir? Nos lo vendemos como un producto del Teletienda, aunque sepamos en nuestro fuero interno que se esconde algo más, los dedos de un cadáver que nos empeñamos en enterrar pero que siempre salen a la superficie para recordarnos la verdad.
Y, la verdad es que hay que aceptar las cosas tal y como se nos presentan, sin evitarlas o taparlas. Hay que ser conscientes de las limitaciones ante las que nos sitúa la realidad. Cuando no puedes hacer nada no puedes hacer nada, por mucho que le propines un par de puñetazos a la pared para saciar tu impotencia. La mejor forma de abordar un problema es enfrentarnos a él y ya está bien de inventar excusas para negar lo evidente.
Cuando te encaras con la realidad, lo que es, y la aceptas buscas soluciones. Si no las hay, sólo te queda resignarte, por muy duro que sea. Como dice mi madre, las cosas son como son y no como queremos que sean. En este sentido, a pesar de haberlo intentado con todas tus fuerzas, haber puesto toda la carne posible en el asador, pretender luchar por lo inalcanzable y asumir la frustración que te producen los acontecimientos, lo único que te queda es despojarte de esa esperanza, que a veces se parece en demasía a una maldición, y mirar hacia delante. Y cuánto cuesta mirar hacia delante, nadie dijo que fuera fácil.
Tal vez, rendirse no sea la mejor opción. ¿Pero lo es perseverar en algo que cada día te parece más lejano y más imposible contándote mentiras al oído antes de ir a dormir y avivando el fuego de una esperanza que sólo existe en tu mente?
Sí. A veces sólo existe en tu mente. Y yo ya me he cansado de perseguir utopías que nunca me ofrecen garantías de poder ser feliz. Me agoto.
Aunque no lo parezca, también soy humano. Y ya es hora de aceptarlo.
Una de las técnicas más difundidas a la hora de enfrentarse a los problemas que plantea la vida es la de la aceptación. Mediante diversos mecanismos se predispone al individuo a que acepte y encaje las piezas de un puzzle que, en ocasiones, no parece tener una forma atractiva, con el único fin de que no se encasquille y pueda pasar a la pieza siguiente, sin que permanezca anclado en un acontecimiento aislado.
Puka siempre ha dicho que la negación es el principio de todas las neurosis. Es la coletilla que me suelta cada vez que sentencia sobre algún aspecto de mi vida y yo me cierro en banda a reconocerlo, aun a sabiendas de que ella es la persona que mejor me conoce sobre la faz de la tierra. Tanto como para adivinar sentimientos y pensamientos en mí antes siquiera de que hayan sido tejidos con la suficiente claridad como para ser descubiertos. Por ejemplo, cuando le hablaba de alguien mucho, ella me decía “te gusta ¿no?” y yo le respondía que no, que no se trataba de eso. Entonces finalizaba la discusión con su “la negación es el principio de todas las neurosis” mientras yo, mentalmente, le atribuía el limpio calificativo de hija de puta por saber las cosas antes de que yo las dijera en voz alta.
Resulta evidente que vivir no es fácil y que sobrevivir lo es todavía menos. La mente humana genera poderosos mecanismos de adaptación al medio para que salgamos ilesos de todas esas situaciones apacibles y fantásticas en las que nos vemos insertos por arte de magia. La negación no es más que uno de estos mecanismos y puede ir acompañado de otro de feroces colmillos tan habituales hoy en día como la mentira. Mentir a los demás ha constituido, desde los tiempos del nacimiento de Sara Montiel, una manera de preservar los secretos propios ante los demás. El problema es que hay secretos de los que nos queremos preservar nosotros mismos y es entonces cuando la mentira no se fragua en torno a los demás, sino en relación a nuestro yo.
Efectivamente, y tal y como un día le explicaba a Salva en una de esas conversaciones profundas que me terminan hastiando hasta el infinito por descubrir lo mucho que pienso (demasiado para ser hombre, demasiado para ser gay y demasiado para vivir en los tiempos que corren), nos contamos mentiras para salvarnos del abismo de perdición que a veces constituye la realidad.
Tengo una amiga cuyo novio la trata con la punta del pie y ella se miente alegando que él no es tan malo y que la culpa es de ella por ser como es. Tengo un amigo que dice que no sabe amar y prefiere enredarse en historias banales porque le da miedo embarcarse en una historia que le pueda hacer daño. Conozco a alguien que se dedica a algo diametralmente distinto a lo que le ordena su vocación porque dice que le gusta en el fondo, cuando en realidad tiene miedo de dedicarse a lo que verdaderamente le gusta por temor a defraudarse a sí mismo. No en vano, conozco a muchas personas y me entrometo en sus vidas desgranando misterios encubiertos. Esto, que queda la mar de poético, ni es bonito ni hermoso, sino una auténtica putada.
Pero, volviendo al grano, estas personas se mienten a sí mismas diariamente. El miedo y el dolor que una situación puede producir hace que sea mucho más fácil inventarse algo distinto a lo que realmente está ocurriendo. Es sencillo, económico y nos salvaguarda del dolor a corto plazo ¿qué más se puede pedir? Nos lo vendemos como un producto del Teletienda, aunque sepamos en nuestro fuero interno que se esconde algo más, los dedos de un cadáver que nos empeñamos en enterrar pero que siempre salen a la superficie para recordarnos la verdad.
Y, la verdad es que hay que aceptar las cosas tal y como se nos presentan, sin evitarlas o taparlas. Hay que ser conscientes de las limitaciones ante las que nos sitúa la realidad. Cuando no puedes hacer nada no puedes hacer nada, por mucho que le propines un par de puñetazos a la pared para saciar tu impotencia. La mejor forma de abordar un problema es enfrentarnos a él y ya está bien de inventar excusas para negar lo evidente.
Cuando te encaras con la realidad, lo que es, y la aceptas buscas soluciones. Si no las hay, sólo te queda resignarte, por muy duro que sea. Como dice mi madre, las cosas son como son y no como queremos que sean. En este sentido, a pesar de haberlo intentado con todas tus fuerzas, haber puesto toda la carne posible en el asador, pretender luchar por lo inalcanzable y asumir la frustración que te producen los acontecimientos, lo único que te queda es despojarte de esa esperanza, que a veces se parece en demasía a una maldición, y mirar hacia delante. Y cuánto cuesta mirar hacia delante, nadie dijo que fuera fácil.
Tal vez, rendirse no sea la mejor opción. ¿Pero lo es perseverar en algo que cada día te parece más lejano y más imposible contándote mentiras al oído antes de ir a dormir y avivando el fuego de una esperanza que sólo existe en tu mente?
Sí. A veces sólo existe en tu mente. Y yo ya me he cansado de perseguir utopías que nunca me ofrecen garantías de poder ser feliz. Me agoto.
Aunque no lo parezca, también soy humano. Y ya es hora de aceptarlo.
Cucarachilmente hablando
Limbo de la existencia planetaria. Día: menos 1. Temperatura ambiente: ninguna. Hora: la que te dé la gana (estamos en el limbo de la existencia, el tiempo no es importante, tonto la haba)
Las pruebas de acceso de todas las almas del mundo para ser dotadas de un cuerpo adecuado a su condición han sido llevadas a cabo con éxito. Algún idiota se equivocó de aula y fue automáticamente asignado como ser unicelular (sólo había un aula, así que... no cabía lugar a dudas). Las pruebas Infalibles han sido corregidas con eficiencia y rapidez. No hay revisión, monín, te toca lo que te toca. Lo único que falta es meter los datos en la máquina y empezar a crear vida.
Funcionario 1: Ya tenemos los exámenes de evaluación del grado de vida.
Funcionario 2: ¿Ah, sí? (bostezo) (ni en el limbo trabajan los cabrones).
Funcionario 1: ¿No quieres saber cuáles han sido los resultados?
Funcionario 2: Venga, va, pero rapidito que llevo diez minutos aquí y tengo que tomarme las tres horas del cafelito matutino.
Funcionario 1: Vale, pues no sé si te vas a poder tomar el café, porque tenemos un problema.
Funcionario 2: A ver, a ver, que el cafelito de tres horas es sagrado ¿eh?. Problemas los menos ¿eh?
Funcionario 1: Resulta que la proporción de chimpancés es estupenda, la de papagayos también, la de camaleones anda un poco floja, pero bueno, al igual que la de linces...
Funcionario 2: ¿Y cómo va la proporción de humanos? ¿Especialmente el grado de rubias despampanantes de metro ochenta y una cien sin operar?
Funcionario 1: Pues verás, la proporción de almas que han pasado el examen y han conseguido la condición de personas no es muy mala del todo. Sin embargo, tenemos un problema: las cucarachas.
Funcionario 2: ¿Qué ocurre con esos bichitos tiernos y adorables que no sé quién narices los creó en un atisbo de lucidez sin duda? -esto lo dice en voz bien alta, para que sea captado por las cámaras de seguridad y oído por los mandamases-. No me digas que vamos a poder extinguir esa especie, que hasta soy capaz de trabajar y todo un rato para celebrarlo...
Funcionario 1: Pues vas listo. Se trata justo de todo lo contrario.
Funcionario 2: ¿Qué me dices? Qué fuerrrte, qué fuerrrte, qué fuerrrte...
Funcionario 1: En efecto, guapetón. Hay overbooking de aspirantes que según el test Infalible alcanzan el grado de cucaracha. Por cierto, ¿qué test hiciste tú para conseguir este trabajo?
Funcionario 2: Ehm... esto... es que mi padre es hermano del sobrino del nieto del tío del que se la chupa al presidente del Organismo de la Vida. Pero, volviendo al tema, ¡no puede ser! ¿Tan mal estamos?
Funcionario 1: Mucho peor. Esto es escandaloso. El sistema educativo de almas no tiene muy buen índice de aprobados por lo que veo. Si hacemos lo que los resultados dicen... habrá millones y millones de cucarachas por cada ser humano.
El Funcionario 2 se revuelve en su cómodo asiento y se levanta esforzándose por reprimir un escalofrío de repugnancia.
Funcionario 2: Puaggggg, y ¿qué vamos a hacer?
Funcionario 1: Pues no tengo ni idea.
Funcionario 2: ¿Y si hacemos que la mitad de los humanos sean fabricantes y accionistas de Raid?
El Funcionario 1 chasquea la lengua y echa una mirada al cielo en plan “quién me mandaría a mí consultarle al imbecil éste”. Entonces, ante la visión de un mundo plagado de maravillosos insectos asquerosamente resistentes y capaces de sobrevivir a una explosión nuclear y de estar sin cabeza durante nueve días, los funcionarios se miraron y dejaron que se les encendieran las luces de las ideas mediocres que, de repente, adquieren el carácter de buenas ante la desesperación.
Funcionario 2: ¿Cuál es el montón de las cucarachas?
Funcionario 1: Éste. El más grande.
El Funcionario 2, dando buenas muestras de su estupenda claridad mental que le caracteriza coge la mitad del montón cucarachil y lo pone en el de seres humanos.
Funcionario 2: Ea, la mitad del tocho van a ser personas, ya está.
Funcionario 1: ¿Cómo? No puedes hacer eso. ¡No puedes hacer eso! ¿Estás loco?
Funcionario 2: Sí. Por ti. Bésame.
Funcionario 1: ¿Pero tú no habías preguntado por una rubia tetona hace un rato?
Funcionario 2: Ya, pero me pone cachondo haber abocado a la especie humana al sufrimiento de tener que tragar, aguantar y ser gobernados por seres de capacidad neuronal similar a la de una cucaracha. Bueno, eso y que el guión dice que nos lo tenemos que montar sobre la mesa del despacho porque hay que meter sexo en la historia y un pelín de cursilería. Las cosas son así, así que vete bajando los pantalones que vas a ver Cuenca en todo su esplendor...
Momento presente. Millones de años después. Hora: no son horas, definitivamente, y por eso me está saliendo este post. Temperatura: allá cada cual con la suya.
No hay que ser un lince para darse cuenta de que entre nosotros habitan personas que no merecen tal calificativo (uhh, la cosa promete). Éste y no otro es el motivo por el que hay superpoblación planetaria y un montón de males estupendos con los que enfrentarnos a diario. Señoras, señores, hay cucarachas con apariencia humana entre nosotros que nos hacen la vida más difícil. Y, como era de suponer, esto tenía que ser consecuencia de algún incompetente. Esto explica mogollón de cosas superfuertes, tía, como que nos vaya como nos vaya (que vaya tela), tengamos los problemas que tenemos de incomunicación, incapacitación, insensibilidad y otras lindezas similarmente maravillosas que hacen que uno pierda la fe en el género humano con extraordinaria frecuencia (según mis últimos estudios, una vez cada treinta y dos minutos).
Exijo fervorosamente que se les devuelva a los humanos cucarachiles su forma original y que nos dejen en paz a las personas de pro de una puñetera vez. El problema sería acabar con todos esos insectos repugnantes, porque ¿cómo lo vamos a hacer a pisotones si convertimos en cucarachas a todos aquellos que nos enseñan a pisar con garbo? (Rectifico: no los convertimos en cucarachas. SON cucarachas, nos limitamos a otorgarles la forma que les corresponden).
Pero hay un problema mayor y es que nos absorben. Debida a esta proliferación, muchos humanos se sienten humanos cucarachiles durante algún momento de sus existencias. Los cucarachiles nos confunden, nos vuelven locos, nos hacen dudar de nuestra verdadera esencia, salen en la tele, nos gobiernan, nos dirigen, toman decisiones de interés mundial... nos encontramos con ellos y nos amargan la existencia. Así, hay muchos humanos de pura cepa que durante segundos creen ser cucarachiles o piensan que esta es la mejor opción para sobrevivir. Desde aquí, me dirijo enérgicamente a esos individuos para que no se dejen llevar por las dudas, las malas semillas implantadas por la esencia cucarachil que hacen que creamos que somos destructivos y malvados.
No penséis que sois como ellos, no os dejéis llevar ni arrastrar.
No renunciéis a vuestra esencia humana.
Y, sobre todo, llevad siempre a mano un bote de insecticida...
[Y en el espacio estados de ánimo...]
Las pruebas de acceso de todas las almas del mundo para ser dotadas de un cuerpo adecuado a su condición han sido llevadas a cabo con éxito. Algún idiota se equivocó de aula y fue automáticamente asignado como ser unicelular (sólo había un aula, así que... no cabía lugar a dudas). Las pruebas Infalibles han sido corregidas con eficiencia y rapidez. No hay revisión, monín, te toca lo que te toca. Lo único que falta es meter los datos en la máquina y empezar a crear vida.
Funcionario 1: Ya tenemos los exámenes de evaluación del grado de vida.
Funcionario 2: ¿Ah, sí? (bostezo) (ni en el limbo trabajan los cabrones).
Funcionario 1: ¿No quieres saber cuáles han sido los resultados?
Funcionario 2: Venga, va, pero rapidito que llevo diez minutos aquí y tengo que tomarme las tres horas del cafelito matutino.
Funcionario 1: Vale, pues no sé si te vas a poder tomar el café, porque tenemos un problema.
Funcionario 2: A ver, a ver, que el cafelito de tres horas es sagrado ¿eh?. Problemas los menos ¿eh?
Funcionario 1: Resulta que la proporción de chimpancés es estupenda, la de papagayos también, la de camaleones anda un poco floja, pero bueno, al igual que la de linces...
Funcionario 2: ¿Y cómo va la proporción de humanos? ¿Especialmente el grado de rubias despampanantes de metro ochenta y una cien sin operar?
Funcionario 1: Pues verás, la proporción de almas que han pasado el examen y han conseguido la condición de personas no es muy mala del todo. Sin embargo, tenemos un problema: las cucarachas.
Funcionario 2: ¿Qué ocurre con esos bichitos tiernos y adorables que no sé quién narices los creó en un atisbo de lucidez sin duda? -esto lo dice en voz bien alta, para que sea captado por las cámaras de seguridad y oído por los mandamases-. No me digas que vamos a poder extinguir esa especie, que hasta soy capaz de trabajar y todo un rato para celebrarlo...
Funcionario 1: Pues vas listo. Se trata justo de todo lo contrario.
Funcionario 2: ¿Qué me dices? Qué fuerrrte, qué fuerrrte, qué fuerrrte...
Funcionario 1: En efecto, guapetón. Hay overbooking de aspirantes que según el test Infalible alcanzan el grado de cucaracha. Por cierto, ¿qué test hiciste tú para conseguir este trabajo?
Funcionario 2: Ehm... esto... es que mi padre es hermano del sobrino del nieto del tío del que se la chupa al presidente del Organismo de la Vida. Pero, volviendo al tema, ¡no puede ser! ¿Tan mal estamos?
Funcionario 1: Mucho peor. Esto es escandaloso. El sistema educativo de almas no tiene muy buen índice de aprobados por lo que veo. Si hacemos lo que los resultados dicen... habrá millones y millones de cucarachas por cada ser humano.
El Funcionario 2 se revuelve en su cómodo asiento y se levanta esforzándose por reprimir un escalofrío de repugnancia.
Funcionario 2: Puaggggg, y ¿qué vamos a hacer?
Funcionario 1: Pues no tengo ni idea.
Funcionario 2: ¿Y si hacemos que la mitad de los humanos sean fabricantes y accionistas de Raid?
El Funcionario 1 chasquea la lengua y echa una mirada al cielo en plan “quién me mandaría a mí consultarle al imbecil éste”. Entonces, ante la visión de un mundo plagado de maravillosos insectos asquerosamente resistentes y capaces de sobrevivir a una explosión nuclear y de estar sin cabeza durante nueve días, los funcionarios se miraron y dejaron que se les encendieran las luces de las ideas mediocres que, de repente, adquieren el carácter de buenas ante la desesperación.
Funcionario 2: ¿Cuál es el montón de las cucarachas?
Funcionario 1: Éste. El más grande.
El Funcionario 2, dando buenas muestras de su estupenda claridad mental que le caracteriza coge la mitad del montón cucarachil y lo pone en el de seres humanos.
Funcionario 2: Ea, la mitad del tocho van a ser personas, ya está.
Funcionario 1: ¿Cómo? No puedes hacer eso. ¡No puedes hacer eso! ¿Estás loco?
Funcionario 2: Sí. Por ti. Bésame.
Funcionario 1: ¿Pero tú no habías preguntado por una rubia tetona hace un rato?
Funcionario 2: Ya, pero me pone cachondo haber abocado a la especie humana al sufrimiento de tener que tragar, aguantar y ser gobernados por seres de capacidad neuronal similar a la de una cucaracha. Bueno, eso y que el guión dice que nos lo tenemos que montar sobre la mesa del despacho porque hay que meter sexo en la historia y un pelín de cursilería. Las cosas son así, así que vete bajando los pantalones que vas a ver Cuenca en todo su esplendor...
Momento presente. Millones de años después. Hora: no son horas, definitivamente, y por eso me está saliendo este post. Temperatura: allá cada cual con la suya.
No hay que ser un lince para darse cuenta de que entre nosotros habitan personas que no merecen tal calificativo (uhh, la cosa promete). Éste y no otro es el motivo por el que hay superpoblación planetaria y un montón de males estupendos con los que enfrentarnos a diario. Señoras, señores, hay cucarachas con apariencia humana entre nosotros que nos hacen la vida más difícil. Y, como era de suponer, esto tenía que ser consecuencia de algún incompetente. Esto explica mogollón de cosas superfuertes, tía, como que nos vaya como nos vaya (que vaya tela), tengamos los problemas que tenemos de incomunicación, incapacitación, insensibilidad y otras lindezas similarmente maravillosas que hacen que uno pierda la fe en el género humano con extraordinaria frecuencia (según mis últimos estudios, una vez cada treinta y dos minutos).
Exijo fervorosamente que se les devuelva a los humanos cucarachiles su forma original y que nos dejen en paz a las personas de pro de una puñetera vez. El problema sería acabar con todos esos insectos repugnantes, porque ¿cómo lo vamos a hacer a pisotones si convertimos en cucarachas a todos aquellos que nos enseñan a pisar con garbo? (Rectifico: no los convertimos en cucarachas. SON cucarachas, nos limitamos a otorgarles la forma que les corresponden).
Pero hay un problema mayor y es que nos absorben. Debida a esta proliferación, muchos humanos se sienten humanos cucarachiles durante algún momento de sus existencias. Los cucarachiles nos confunden, nos vuelven locos, nos hacen dudar de nuestra verdadera esencia, salen en la tele, nos gobiernan, nos dirigen, toman decisiones de interés mundial... nos encontramos con ellos y nos amargan la existencia. Así, hay muchos humanos de pura cepa que durante segundos creen ser cucarachiles o piensan que esta es la mejor opción para sobrevivir. Desde aquí, me dirijo enérgicamente a esos individuos para que no se dejen llevar por las dudas, las malas semillas implantadas por la esencia cucarachil que hacen que creamos que somos destructivos y malvados.
No penséis que sois como ellos, no os dejéis llevar ni arrastrar.
No renunciéis a vuestra esencia humana.
Y, sobre todo, llevad siempre a mano un bote de insecticida...
[Y en el espacio estados de ánimo...]
La-Bar-ba-coooooaaa
El domingo pasado, Mic tuvo la genial idea de hacer una estupenda barbacoa en su casa. La nena deseaba celebrar, básicamente, que se había quedado en el paro. Y es que es para celebrarlo. Como no saldremos de éste, nuestro adorado periódico, que lo primero que hace uno es desmadrarse y disfrutar del paro a lo grande. Ays...
La idea en sí no parece tener más complicación de la cuenta. Una fogatilla en su casita, unos pinchitos por aquí, unos vinitos por allá, amigos van y amigos vienen y poco más. Sin embargo, no contábamos con que la Barbacoa la estábamos organizando nosotros y, queridos y queridas, esto ya de por sí conlleva un riesgo. Por algo sigo diciendo aquello de “ay de mí, las cosas más raras siempre van a por mí”.
Todo transcurría con completa normalidad en la casita la mar de mona de los padres de Mic. En el jardincito unos iban encendiendo la barbacoa mientras otros nos entregábamos a la cocina (y no es que me crea Ferrán Adriá, es que era el lugar donde se podía cotillear más). Así, estaba yo con la Ropilota hablando de mogollón de cosas superfuertes, tía, que en un momento Mic entró gritando rompiendo nuestra aparente normalidad de matrimonio perfecto (salvo por ese detalle de que ella sea lesbiana y yo gay, vamos, nada del otro mundo):
-¡Qué se quema el seto, que se quema el seto!
La Ropilota y yo nos miramos incrédulos en plan “estás de coña, venga, va” y “a ésta hace falta darle la pastilla ya”, pero cuando vimos que Mic se había vuelto loca y estaba llenando de agua un montón de tappers (sí, tappers, no había otra cosa a mano, ¿qué pasa?) y bols de desayuno entre otros utensilios igualmente útiles ante un fuego, nos rascamos la sien izquierda y resolvimos que Mic estaba en lo cierto y algo raro debía estar pasando. Nos asomamos al jardín y, efectivamente, el seto sito tras la barbacoa y supuestamente fuera de peligro estaba ardiendo.
-¡Qué se me quema la casa, que se me quema la casa!
Mic iba dramatizando por momentos. El humo y un intenso hedor a hierba churrascada nos iba invadiendo. Supe que mi amiga se encontraba en un estado grave de dramaqueenismo cuando oí la siguiente frase:
-¡Qué se quema la urbanización, que se quema la urbanización!
Antes de que gritara que se iba a quemar la provincia, la comunidad, el país, el continente y hasta el planeta entero incluida la selva amazónica, le pedimos una manguera, porque aquello de apagar un fuego a vasitos de agua y a escupitajos como que no daba mucho resultado (somos estupendos, pero no tanto). Mic nos miró con cara de no tener ni puta idea de donde conseguir una manguera en kilómetros a la redonda o, peor aún, de haber olvidado en qué consiste semejante utensilio debido a algún trauma con el sexo masculino que le hiciera desterrar de su pensamiento cualquier instrumento que recordara a un falo (lo cual, explicaría muchas cosas). Miramos alrededor y los vecinos, asomados desde sus casas contemplaban tranquilamente la escena. Alguno había hecho palomitas y se había acomodado frente a la ventana con la idea de que su aburrido domingo ya estaba resuelto. Otros, los más progres sin duda, murmuraban entre dientes “maricones y bolleras, sabía que arderíais en el infierno” mientras que los más curiosos se limitaron a mirar sin mover un dedo y a cerrar la ventana de sus casas en cuanto el humo se extendió hacia su propiedad (no vaya a ser que el olor a mariquita quemada se pegue a las cortinas del salón, por Dior). Vamos, que estaban la mar de preocupados por nuestra integridad física, que podríamos estar ahora mismo carbonizados sobre el jardín si hubiera sido por ellos.
Mientras que Mic buscaba la manguera de su padre (¿por qué esto suena tan raro?) y al tiempo que la Ballantines (otra compi del trabajo) y yo nos colgábamos el bolso para salvar nuestras pertenencias, a punto de salir silbando por la puerta y poniendo cara de “esto no va con nosotros”, dejando al resto allí, un par de vecinos se apiadaron y nos dejaron su manguera (esto… no, no era una peli porno), que era bastante larga, por cierto, y así, habiendo Mic por fin hallado la de su padre, juntamos las dos mangueras y los dos machotes dominantes de la manada apagaron el fuego. Yo me limité a sujetar una de las mangueras por el extremo en contacto con el grifo (ejem, con la manguera en la mano) para facilitar la presión del agua. Y sí, a pesar de que lo estoy contando todo en tono científico neutro está pareciendo un relato erótico. Cosas de la vida.
Una vez que el seto se carbonizó y apagamos la barbacoa tuvimos que improvisar. Y así tuvimos que apañarnoslas para hacer las costillas y las alitas en el horno y los pinchitos y los chorizos en otra especia de fogatilla que hicimos con una barbacoa pequeña (y sin patas), pero esta vez en mitad de un camino de piedra ante las súplicas de Mic, que aún estaba lo suficientemente alterada como para pedirnos que, por favor, colocáramos la barbacoa en mitad de la piscina para evitar riesgos mayores.
-No lo entiendo, tío. Mi hermana hizo una barbacoa el otro día y no pasó nada. Mis padres han hecho millones de barbacoas y nunca, NUNCA, ha pasado nada.
-Mic, cariño, sabes de sobra que siendo nosotros los que la organizan TENÍA que pasar algo. Estaba cantado. Ya sabes… lo que no nos pase a nosotros… y, leñe, las cosas como son, originales somos un rato. Si hasta le hemos dado vida a tu vecindario…
Podría contar otras grandes anécdotas, como que el niño de la Holmes, otra compi de trabajo, encontró una mariquita en el jardín y me llamó a voz en grito a mí. Éramos unas diez personas y me llamó A MÍ. ¿Qué extraña asociación se produjo en su infantil mente de unos pocos años?
-Paper, aquí hay una mariquita…
(Paper se hace el sueco)
-Paper, que aquí hay una mariquita…
Quiero decir, ¿por qué me insistía? Qué listos que son los niños, coñe.
-Ay, jomío, si yo te contara la de mariquitas que hay en el mundo.
-Pero aquí sólo hay una (carcajada popular, puesto que yo era el único gay en la reunión).
Como estaba muerta (en realidad, estaba carbonizada gracias a nuestra adorable barbacoa), el nene la pisoteó (sería para no dejar pruebas), así que no tuve más remedio que decirle:
-Un día te voy a llevar a ver mariquitas. Y las vas a pisotear a todas. Ya verás cómo nos divertimos los dos… tú pisando y yo poniendo cara de mala de culebrón.
En definitiva, a pesar de la piromanía (porque estamos seguros de que todo fue intencionado, ya fuera por uno de nosotros o por un vecino del Foro de la Familia –qué nos gusta un culebrón, coñe), no hay nada mejor que pasar un buen rato, con situación surrealista de por medio, en buena, muy buena compañía. Gente de la buena.
Y es que hay personas que son buena gente, constructivas y grandes, incluso cuando hay un incendio de por medio o tienen una crisis existencial que les haga pensar lo contrario y distorsionar sus percepciones. Lo único que ocurre es que cada día es un camino difícil. Y ya está.
Todo ha de volver a su ser, tarde o temprano.
La idea en sí no parece tener más complicación de la cuenta. Una fogatilla en su casita, unos pinchitos por aquí, unos vinitos por allá, amigos van y amigos vienen y poco más. Sin embargo, no contábamos con que la Barbacoa la estábamos organizando nosotros y, queridos y queridas, esto ya de por sí conlleva un riesgo. Por algo sigo diciendo aquello de “ay de mí, las cosas más raras siempre van a por mí”.
Todo transcurría con completa normalidad en la casita la mar de mona de los padres de Mic. En el jardincito unos iban encendiendo la barbacoa mientras otros nos entregábamos a la cocina (y no es que me crea Ferrán Adriá, es que era el lugar donde se podía cotillear más). Así, estaba yo con la Ropilota hablando de mogollón de cosas superfuertes, tía, que en un momento Mic entró gritando rompiendo nuestra aparente normalidad de matrimonio perfecto (salvo por ese detalle de que ella sea lesbiana y yo gay, vamos, nada del otro mundo):
-¡Qué se quema el seto, que se quema el seto!
La Ropilota y yo nos miramos incrédulos en plan “estás de coña, venga, va” y “a ésta hace falta darle la pastilla ya”, pero cuando vimos que Mic se había vuelto loca y estaba llenando de agua un montón de tappers (sí, tappers, no había otra cosa a mano, ¿qué pasa?) y bols de desayuno entre otros utensilios igualmente útiles ante un fuego, nos rascamos la sien izquierda y resolvimos que Mic estaba en lo cierto y algo raro debía estar pasando. Nos asomamos al jardín y, efectivamente, el seto sito tras la barbacoa y supuestamente fuera de peligro estaba ardiendo.
-¡Qué se me quema la casa, que se me quema la casa!
Mic iba dramatizando por momentos. El humo y un intenso hedor a hierba churrascada nos iba invadiendo. Supe que mi amiga se encontraba en un estado grave de dramaqueenismo cuando oí la siguiente frase:
-¡Qué se quema la urbanización, que se quema la urbanización!
Antes de que gritara que se iba a quemar la provincia, la comunidad, el país, el continente y hasta el planeta entero incluida la selva amazónica, le pedimos una manguera, porque aquello de apagar un fuego a vasitos de agua y a escupitajos como que no daba mucho resultado (somos estupendos, pero no tanto). Mic nos miró con cara de no tener ni puta idea de donde conseguir una manguera en kilómetros a la redonda o, peor aún, de haber olvidado en qué consiste semejante utensilio debido a algún trauma con el sexo masculino que le hiciera desterrar de su pensamiento cualquier instrumento que recordara a un falo (lo cual, explicaría muchas cosas). Miramos alrededor y los vecinos, asomados desde sus casas contemplaban tranquilamente la escena. Alguno había hecho palomitas y se había acomodado frente a la ventana con la idea de que su aburrido domingo ya estaba resuelto. Otros, los más progres sin duda, murmuraban entre dientes “maricones y bolleras, sabía que arderíais en el infierno” mientras que los más curiosos se limitaron a mirar sin mover un dedo y a cerrar la ventana de sus casas en cuanto el humo se extendió hacia su propiedad (no vaya a ser que el olor a mariquita quemada se pegue a las cortinas del salón, por Dior). Vamos, que estaban la mar de preocupados por nuestra integridad física, que podríamos estar ahora mismo carbonizados sobre el jardín si hubiera sido por ellos.
Mientras que Mic buscaba la manguera de su padre (¿por qué esto suena tan raro?) y al tiempo que la Ballantines (otra compi del trabajo) y yo nos colgábamos el bolso para salvar nuestras pertenencias, a punto de salir silbando por la puerta y poniendo cara de “esto no va con nosotros”, dejando al resto allí, un par de vecinos se apiadaron y nos dejaron su manguera (esto… no, no era una peli porno), que era bastante larga, por cierto, y así, habiendo Mic por fin hallado la de su padre, juntamos las dos mangueras y los dos machotes dominantes de la manada apagaron el fuego. Yo me limité a sujetar una de las mangueras por el extremo en contacto con el grifo (ejem, con la manguera en la mano) para facilitar la presión del agua. Y sí, a pesar de que lo estoy contando todo en tono científico neutro está pareciendo un relato erótico. Cosas de la vida.
Una vez que el seto se carbonizó y apagamos la barbacoa tuvimos que improvisar. Y así tuvimos que apañarnoslas para hacer las costillas y las alitas en el horno y los pinchitos y los chorizos en otra especia de fogatilla que hicimos con una barbacoa pequeña (y sin patas), pero esta vez en mitad de un camino de piedra ante las súplicas de Mic, que aún estaba lo suficientemente alterada como para pedirnos que, por favor, colocáramos la barbacoa en mitad de la piscina para evitar riesgos mayores.
-No lo entiendo, tío. Mi hermana hizo una barbacoa el otro día y no pasó nada. Mis padres han hecho millones de barbacoas y nunca, NUNCA, ha pasado nada.
-Mic, cariño, sabes de sobra que siendo nosotros los que la organizan TENÍA que pasar algo. Estaba cantado. Ya sabes… lo que no nos pase a nosotros… y, leñe, las cosas como son, originales somos un rato. Si hasta le hemos dado vida a tu vecindario…
Podría contar otras grandes anécdotas, como que el niño de la Holmes, otra compi de trabajo, encontró una mariquita en el jardín y me llamó a voz en grito a mí. Éramos unas diez personas y me llamó A MÍ. ¿Qué extraña asociación se produjo en su infantil mente de unos pocos años?
-Paper, aquí hay una mariquita…
(Paper se hace el sueco)
-Paper, que aquí hay una mariquita…
Quiero decir, ¿por qué me insistía? Qué listos que son los niños, coñe.
-Ay, jomío, si yo te contara la de mariquitas que hay en el mundo.
-Pero aquí sólo hay una (carcajada popular, puesto que yo era el único gay en la reunión).
Como estaba muerta (en realidad, estaba carbonizada gracias a nuestra adorable barbacoa), el nene la pisoteó (sería para no dejar pruebas), así que no tuve más remedio que decirle:
-Un día te voy a llevar a ver mariquitas. Y las vas a pisotear a todas. Ya verás cómo nos divertimos los dos… tú pisando y yo poniendo cara de mala de culebrón.
En definitiva, a pesar de la piromanía (porque estamos seguros de que todo fue intencionado, ya fuera por uno de nosotros o por un vecino del Foro de la Familia –qué nos gusta un culebrón, coñe), no hay nada mejor que pasar un buen rato, con situación surrealista de por medio, en buena, muy buena compañía. Gente de la buena.
Y es que hay personas que son buena gente, constructivas y grandes, incluso cuando hay un incendio de por medio o tienen una crisis existencial que les haga pensar lo contrario y distorsionar sus percepciones. Lo único que ocurre es que cada día es un camino difícil. Y ya está.
Todo ha de volver a su ser, tarde o temprano.
Fuerza y Energía
El viernes, de camino a mi último examen, mi hermano me dijo con la mirada fija en la carretera:
-El otro día vi un programa en el que decían que en la nada había energía. En el interior de una taza de café habría energía suficiente para llegar al espacio.
Él creyó que no le prestaba atención, que es lo que ocurre muchas veces con gente de tu alrededor, que piensan que no les estás escuchando cuando lo cierto es que consciente o inconscientemente yo lo retengo todo.
El domingo, el Guiri me decía:
-Las experiencias te sirven para hacerte más fuerte.
Aparentemente ninguna de las dos cuestiones escritas hasta ahora guarda relación alguna. Sin embargo, mi mente asquerosamente analítica consiguió aunar ambas.
El Guiri tiene razón. Como seres humanos, estamos continuamente sometidos a situaciones de las que se acaba sacando partido, por muy chungas que sean. Es el único consuelo que queda al vivir: el aprendizaje de la supervivencia, la fortaleza, la capacidad interior para crecer como personas y superar los conflictos futuros. Todo un arte. Y el que más y el que menos lo saca a colación cuando se pone metafísico o trascendental. Lo que no te mata te hace más fuerte.
Sin embargo, el hecho de hacerse fuerte, crecer y sacar un aprendizaje positivo para afrontar nuevas situaciones en el futuro, aunque es innegable, también conlleva un precio. Y por eso lo miré fijamente a los ojos y le contesté:
-Sí. Aprender. Hacerse fuerte. Pero ¿a costa de qué?
Cada golpe que recibimos de manos de la vida nos afecta en algún sentido. Y, es verdad, nos vamos haciendo fuertes por el camino, aprendemos sobre nosotros mismos y los demás, desarrollamos nuevas estrategias de supervivencia e identificación de situaciones por asociación (lo que se conoce popularmente como vérselas venir o cuando tú vas yo vengo de comprar tabaco). El bagaje tiene que servir de algo. No obstante, la fortaleza se consigue mediante una remodelación de las bases principales que mueven a los seres humanos a pensar o actuar de una determinada forma. Dicho de otro modo, los golpes que la vida nos asesta merman por activa y por pasiva los principios que cada uno ha ido cosechando, las estructuras básicas de ideas como la justicia, el amor, la amistad, el afecto o la comunicación. Pero también hacen mella en las ilusiones.
Conozco a mucha gente que reniega del amor, de la felicidad, de la belleza de los detalles y otros ideales igualmente abstractos que acaban perdiendo sentido con el tiempo. Hay que reconocer que cuando un individuo se ve sometido a situaciones poco satisfactorias o dañinas, termina vaciando poco a poco algunos de los contenidos esenciales que conformaban su persona. De esta manera, la desidia se va haciendo con todos y cada uno de los recovecos del interior del sujeto, de ese espacio destinado a albergar principios según los cuales construir un mundo. Porque la frustración de luchar por unos ideales y unos principios en los que ya nadie cree terminan por hacer que tú mismo te plantees la posibilidad de unirte al resto, de dejarte de mariconadas. Dejar de creer que puedes cambiar el mundo, que existen personas buenas o que puedes ser feliz junto a alguien manteniendo una relación sana.
Todo es una cuestión de fe. Al igual que en La Historia Interminable la nada iba devorando el Reino de la Fantasía porque los humanos dejaban de creer en él (qué metafóricos pueden ser los cuentos infantiles), las personas nos venimos vaciando de ilusiones y sueños y dejamos de creer que pueden ser posibles situaciones del todo inverosímiles pero que hasta un momento antes nos parecían asequibles. Difíciles pero no imposibles. La nada va rellenando esos huecos donde antes descansaban ideales nobles, justicieros, de cuentos de hadas, de mundos ideales y nos vamos consumiendo. De alguna manera esto se traduce en fuerza, puesto que a medida que pasa el tiempo y tocamos fondo una y otra vez, conseguimos que todo nos afecte menos, sentir en menor medida. Yo siempre he abogado por la capacidad sensitiva en todas sus vertientes y tal vez por eso todavía lucho por conseguir lo inverosímil. Y a veces me da la impresión de estar equivocado y de que nunca aprendo. Efectivamente, nunca aprendo. Porque así no quiero aprender.
La nada produce fuerza, proporciona energía. Nos hacemos de hormigón por dentro y por fuera. Exteriormente nos hacemos grandes, seguros, impenetrables, insondables. Mientras que por dentro nos deshacemos. Como un seto aparentemente vivo por fuera, en sus ramas exteriores, pero que por dentro está muerto, seco, carente de todo indicio de vida. Porque esa fuerza no se basa en la consecución y defensa del mundo ideal que todos hemos imaginado cuando éramos niños, sino en el desvanecimiento de éste. Y ¿de qué te sirve hacerte más fuerte cuando por dentro están desapareciendo tus sueños? ¿De qué vale aprender a ser más fuerte en el futuro para que las situaciones te hagan menos daño cuando estás perdiendo la fe en lo abstracto, en lo mágico, en lo ideal y tu capacidad intrínseca para sentir? ¿De qué le sirve al Pez Koi hacerse fuerte por el camino si la idea de convertirse en dragón al llegar a la cumbre, la última meta, acaba perdiendo todo su sentido? ¿Realmente ayuda endurecerse a sobrevivir o se trata justo de todo lo contrario, un mecanismo que nos impide creer, sentir, crecer como personas y disfrutar?
Yo no quiero acabar perdido por la calle desidia, haciendo las cosas por hacer, dejando de ser especial. Yo no quiero terminar como aquellos que ya no creen en nada.
Pero cuánto cuesta no perderse en los entresijos de este mundo. Cuánto cuesta enfrentarse a la nada. Cada vez más.
Atentos al vídeo, que siempre me arranca una sonrisa. Norah Jones, “Sunrise”.
Abrazos para todos, que parece que septiembre viene con mala leche.
-El otro día vi un programa en el que decían que en la nada había energía. En el interior de una taza de café habría energía suficiente para llegar al espacio.
Él creyó que no le prestaba atención, que es lo que ocurre muchas veces con gente de tu alrededor, que piensan que no les estás escuchando cuando lo cierto es que consciente o inconscientemente yo lo retengo todo.
El domingo, el Guiri me decía:
-Las experiencias te sirven para hacerte más fuerte.
Aparentemente ninguna de las dos cuestiones escritas hasta ahora guarda relación alguna. Sin embargo, mi mente asquerosamente analítica consiguió aunar ambas.
El Guiri tiene razón. Como seres humanos, estamos continuamente sometidos a situaciones de las que se acaba sacando partido, por muy chungas que sean. Es el único consuelo que queda al vivir: el aprendizaje de la supervivencia, la fortaleza, la capacidad interior para crecer como personas y superar los conflictos futuros. Todo un arte. Y el que más y el que menos lo saca a colación cuando se pone metafísico o trascendental. Lo que no te mata te hace más fuerte.
Sin embargo, el hecho de hacerse fuerte, crecer y sacar un aprendizaje positivo para afrontar nuevas situaciones en el futuro, aunque es innegable, también conlleva un precio. Y por eso lo miré fijamente a los ojos y le contesté:
-Sí. Aprender. Hacerse fuerte. Pero ¿a costa de qué?
Cada golpe que recibimos de manos de la vida nos afecta en algún sentido. Y, es verdad, nos vamos haciendo fuertes por el camino, aprendemos sobre nosotros mismos y los demás, desarrollamos nuevas estrategias de supervivencia e identificación de situaciones por asociación (lo que se conoce popularmente como vérselas venir o cuando tú vas yo vengo de comprar tabaco). El bagaje tiene que servir de algo. No obstante, la fortaleza se consigue mediante una remodelación de las bases principales que mueven a los seres humanos a pensar o actuar de una determinada forma. Dicho de otro modo, los golpes que la vida nos asesta merman por activa y por pasiva los principios que cada uno ha ido cosechando, las estructuras básicas de ideas como la justicia, el amor, la amistad, el afecto o la comunicación. Pero también hacen mella en las ilusiones.
Conozco a mucha gente que reniega del amor, de la felicidad, de la belleza de los detalles y otros ideales igualmente abstractos que acaban perdiendo sentido con el tiempo. Hay que reconocer que cuando un individuo se ve sometido a situaciones poco satisfactorias o dañinas, termina vaciando poco a poco algunos de los contenidos esenciales que conformaban su persona. De esta manera, la desidia se va haciendo con todos y cada uno de los recovecos del interior del sujeto, de ese espacio destinado a albergar principios según los cuales construir un mundo. Porque la frustración de luchar por unos ideales y unos principios en los que ya nadie cree terminan por hacer que tú mismo te plantees la posibilidad de unirte al resto, de dejarte de mariconadas. Dejar de creer que puedes cambiar el mundo, que existen personas buenas o que puedes ser feliz junto a alguien manteniendo una relación sana.
Todo es una cuestión de fe. Al igual que en La Historia Interminable la nada iba devorando el Reino de la Fantasía porque los humanos dejaban de creer en él (qué metafóricos pueden ser los cuentos infantiles), las personas nos venimos vaciando de ilusiones y sueños y dejamos de creer que pueden ser posibles situaciones del todo inverosímiles pero que hasta un momento antes nos parecían asequibles. Difíciles pero no imposibles. La nada va rellenando esos huecos donde antes descansaban ideales nobles, justicieros, de cuentos de hadas, de mundos ideales y nos vamos consumiendo. De alguna manera esto se traduce en fuerza, puesto que a medida que pasa el tiempo y tocamos fondo una y otra vez, conseguimos que todo nos afecte menos, sentir en menor medida. Yo siempre he abogado por la capacidad sensitiva en todas sus vertientes y tal vez por eso todavía lucho por conseguir lo inverosímil. Y a veces me da la impresión de estar equivocado y de que nunca aprendo. Efectivamente, nunca aprendo. Porque así no quiero aprender.
La nada produce fuerza, proporciona energía. Nos hacemos de hormigón por dentro y por fuera. Exteriormente nos hacemos grandes, seguros, impenetrables, insondables. Mientras que por dentro nos deshacemos. Como un seto aparentemente vivo por fuera, en sus ramas exteriores, pero que por dentro está muerto, seco, carente de todo indicio de vida. Porque esa fuerza no se basa en la consecución y defensa del mundo ideal que todos hemos imaginado cuando éramos niños, sino en el desvanecimiento de éste. Y ¿de qué te sirve hacerte más fuerte cuando por dentro están desapareciendo tus sueños? ¿De qué vale aprender a ser más fuerte en el futuro para que las situaciones te hagan menos daño cuando estás perdiendo la fe en lo abstracto, en lo mágico, en lo ideal y tu capacidad intrínseca para sentir? ¿De qué le sirve al Pez Koi hacerse fuerte por el camino si la idea de convertirse en dragón al llegar a la cumbre, la última meta, acaba perdiendo todo su sentido? ¿Realmente ayuda endurecerse a sobrevivir o se trata justo de todo lo contrario, un mecanismo que nos impide creer, sentir, crecer como personas y disfrutar?
Yo no quiero acabar perdido por la calle desidia, haciendo las cosas por hacer, dejando de ser especial. Yo no quiero terminar como aquellos que ya no creen en nada.
Pero cuánto cuesta no perderse en los entresijos de este mundo. Cuánto cuesta enfrentarse a la nada. Cada vez más.
Atentos al vídeo, que siempre me arranca una sonrisa. Norah Jones, “Sunrise”.
Abrazos para todos, que parece que septiembre viene con mala leche.
La Noria (hace historia)
Entre ayer y hoy nadie me hablaba de otra cosa. Se ve que es bien sabida mi postura de indignación ante hechos como los acontecidos. Para el que todavía no sepa de que va el tema, el sábado por la noche Telecinco se cubrió de gloria emitiendo en La Noria un debate sobre la consideración de la homosexualidad como enfermedad entre otras cuestiones básicas fundamentales.
No lo había visto. Sin embargo, no he tenido más remedio que documentarme. Y me he tragado el debate mientras cenaba. Y por poco no se me atragantan los espaguetis. Tengo muchas cosas que decir. Muchísimas. Tal vez me abra otro blog únicamente para comentar el debate de marras. Pero, quizás, la primera pregunta importante que se me viene a la cabeza es ¿por qué narices defendían la postura homosexual únicamente Jorge Javier Vázquez y Terelu (del psiquiatra no hablamos que es fantasma, apenas dice nada salvo la palabra folklore para referirse a la manifestación del Orgullo Gay)? ¿No había nadie con más rigor académico? ¿Y por qué a Jorge Javier le ponen en el crédito “periodista”? (Seamos sinceros, esto es una cuestión personal, hoy en día a cualquiera se le considera periodista).
No sé en que tema centrarme. Son taaaaaaaaaaaaantas cosas... ays. Estos programas de la tele me vuelven loco. O loca. Como lo prefieran ustedes. Lo cierto es que se me ponen los vellos como escarpias al escuchar que la revista Epoca de hace un par de meses aduce que los homosexuales tienen una esperanza de vida de veinte años menos (ser marica te hace menos longevo, qué barbaridad), que los varones homosexuales se suicidan hasta seis veces más y que el 30 por ciento de los homosexuales de veinte años habrán muerto de SIDA o cáncer anal antes de los treinta (la virgen, apenas me restan unos años para hacer todo lo que pretendo en esta vida). Veamos. Por partes. Lo de la esperanza de vida se lo han sacado de un chiste de Aquilino Polaino medio borracho de coñac, seguro. Quiero ver ese estudio pretendidamente científico con mis propios ojos. Lo de las enfermedades tiene varias lecturas. En primer lugar habría que decirle a los editores de tan estupendo medio de comunicación que actualmente la tasa de contagio de SIDA es superior en personas heterosexuales y que desde hace ya algunos añitos ser seropositivo no es lo mismo que morirte. Se han creado fármacos, retrovirales y cualquier persona que sea inmunodeficiente puede vivir tranquila hasta cierto punto si se toma la medicación y tiene un seguimiento.
Afortunadamente para muchos el SIDA se ha desligado del concepto de muerte segura. También se supone que nos hemos alejado de aquella concepción acerca de los grupos de riesgo, según la cual el virus de la inmunodeficiencia sólo puede ser adquirido por prostitutas, drogadictos y homosexuales. Se considera que la práctica de penetración anal es más propensa a la transmisión del virus según una chica la mar de mona que dice que es psicóloga docente de la San Pablo CEU. Aunque te pongas condón, eso no tiene nada que ver (que sí, que lo dice ella). Esta mujer no sabe que lo que contagia el SIDA no es que te den por culo ni darlo tú, ni ser promiscuo, sino una práctica de riesgo consistente en realizar la penetración sin utilizar preservativo. Algo a lo que están más predispuestos, mire usted por donde, los heterosexuales debido a esa conciencia extendida sobre que a ellos nos les va a pasar, no se van a contagiar de SIDA porque ni son putas, ni drogatas, ni maricones. Se ve que los de Epoca se quedaron, como mínimo, en cuando Franco estiró la pata, poco más o menos. Su evolución se estancó en los años del hula hop.
Pero volvamos al dato de que se suicidan seis veces más. Veamos. Si tenemos en cuenta que hay padres, personas, individuos sociales que aseguran que la homosexualidad es una enfermedad que tiene cura (y qué métodos de cura taaaaan profesionales, como conectar un electrodo a un gay para que cuando vea personas de su mismo sexo desnudas reciba descargas al tiempo que se le provoca vómitos para que disocie el placer con el estímulo – algo muy recomendable para dejar de ser gay, y para terminar mal de la chaveta- y obligarle a masturbarse visualizando imágenes eróticas de personas del sexo contrario) que salga un señor diciendo que si su hijo fuera gay no se alegraría, sino que se preocuparía y trataría de curarle, que en revistas y distintos medios de comunicación se siga sugiriendo que la homosexualidad va aparejada a una muerte segura a través de enfermedades como el SIDA o el cáncer anal... no hay que ser Sherlock Holmes para darse cuenta de que, en realidad, lo que mueve a los homosexuales a suicidarse en mayor medida que a los heterosexuales es la falta de aceptación social y los distintos estigmas generados por una sociedad que aún no tolera la homosexualidad en todo su esplendor, por mucho que se digan otras cosas.
En la misma línea se sitúan esos expertos que aseguran que los homosexuales tienen un conflicto de personalidad, que sufren depresiones, que manifiestan su tendencia sexual muy tarde (en la veintena en muchos casos, cuando lo normal es que la tendencia sexual se manifieste al alcanzar la pubertad) y que esto se debe a que es una enfermedad, un desorden (la nueva palabra con la que nos quieren bautizar. Cierto, no es tan malo como enfermedad, es menos malo) o un trastorno de la personalidad. Estos señores no se paran a pensar que quizás los conflictos que algunos homosexuales sufren cuando se hacen conscientes de su orientación se ven determinados claramente por los mismos estigmas sociales que describí un pelín más arriba. Señores, somos maricones, no gilipollas. Si la sociedad nos rechaza hasta el punto de coartar nuestra libertad ¿quién coño no va a sufrir problemas de autoestima y depresiones por la sensación de desarraigo social que se da sobre todo en esas primeras etapas en las que pensamos que somos los únicos mariquitas del planeta?
No me quiero dejar atrás al cura que habla con el muchacho que tiene un conflicto sobre su homosexualidad y acude a él en busca de ayuda. Tras casi hacerse una paja interrogando al muchacho sobre las prácticas sexuales realizadas con su amigo, le suelta tan ricamente que la religión cristiana no condena al homosexual, sino al que práctica la homosexualidad. Ea. No comment. Pero, además, le dice que entre dos varones no hay complementariedad, como si el hecho de que dos personas se quisieran y complementaran fuera patrimonio únicamente del binomio hombre-mujer. Vamos, hay que joderse. No te lleves tan bien con tu primo que no es posible que os complementéis. ¿De qué carajo habla? Ah, sí, habla de que el ano no ha sido constituido para la penetración (y supongo que lo sabe por propia experiencia) y por eso cualquier persona tiene una zona erógena justo ahí. Vamos, que no tienes que perder aceite para que te guste tocarte ahí ¿sabes? Que (y esto escandalizará al párraco, al Polaino, al del Foro de la Familia y a la mitad de España) hay personas que disfrutan cuando se les toca en el ano y que el sexo anal no es patrimonio de la cultura homosexual, sino que hay parejas heterosexuales que lo practican!!!!!!!! (seguro que se contagian de SIDA en un plis plas según la psicóloga de la CEU).
La cuestión es que el señor del Foro de la Familia habla sobre la libertad de poder cambiar tu orientación sexual. Dice que si eres marica y quieres ser hetero la libertad está en ti, tú mismo, y nadie se puede meter. Pero luego asegura que el matrimonio y la adopción no están hechos para los homosexuales. Y digo yo, ¿de qué libertad me habla el tipo este? También dice a boca llena que el que está en contra del matrimonio homosexual y de que las parejas homosexuales adopten no es homófobo. Simplemente tiene una visión distinta (palabras textuales). Éste se ha pensado que maricón es sinónimo de gilipollez congénita, que te lo digo yo, que no es normal. Hitler no era antisemita, era un buen hombre que defendía sus ideas, simplemente tenía una visión distinta. Vamos, hombre, por dios y por la virgen de azúcar... como diría la defensora de la religión católica, sentada allí también en la mesa de debate y que concluye con que “hay mucha tolerancia, una gran comprensión social”. Ella, sentada entre el del Foro de la Familia y el otro que decía que los maricones son unos viciosos porque en la sociedad hay una gran plasticidad sexual. ¿Nos hemos vuelto locos ya? Señora, ¿ha escuchado usted algo del debate o estaba pensando en ir a ver a la Virgen de Lourdes el año que viene?
No sé en qué clase de mundo vivimos que dice que somos libres pero que no podemos casarnos ni tener los mismos derechos que un ciudadano heterosexual. Tampoco sé en que mundo vivimos cuando una señora dice que hay una gran tolerancia en mitad de aseveraciones tan duras como ésas y teniendo en cuenta los programas terapéuticos de conversión de homosexuales mediante electroshock y obligando a una persona a masturbarse visualizando algo que no le excita. Tampoco sé en qué clase de mundo vivimos cuando en un debate sobre la homosexualidad únicamente hay una persona homosexual sentada a la mesa y esta persona habitualmente presenta el Tomate, ese programa de credibilidad desmedida, y termina diciendo que si tuviera que elegir entre ser homosexual o heterosexual él elegiría ser más alto (¿no se le había ocurrido algo más ingenioso como representante del colectivo gay-lésbico?). No sé en que mundo vivimos cuando se sigue expresando que no nos quejemos, que no nos hagamos las víctimas, que hay tolerancia. Pues bien, señores, YO NO QUIERO TOLERANCIA, QUIERO ACEPTACIÓN. Porque la tolerancia es cuando se respeta algo que se considera malo y que quede muy claro que ser gay, lesbiana o bisexual no es malo.
En el programa había mensajes de texto de los espectadores y uno me llamó la atención. Un chico decía que estudia en San Pablo de CEU y que en sus clases se habla muy mal de la homosexualidad y él no sabe si lo es y tiene miedo. No sé si el mensaje es de coña o qué, pero por si ha quedado alguna duda:
-Ser homosexual NO es una enfermedad. NO tiene cura porque no es un trastorno, ni un desorden. Un homosexual no necesita ayuda para dejar de serlo sino para aceptarse a sí mismo y tener la fortaleza personal suficiente como para que cuando se compare la homosexualidad con la zoofilia le salga una carcajada y se cague en la puta madre del que ha hecho semejante aseveración.
-Ser homosexual no es sinónimo de tener enfermedades o morir de SIDA. Las enfermedades no entienden de orientación sexual, no confundamos el tocino con la velocidad. Hay prácticas de riesgo por las cuales se propagan las enfermedades y esto no tiene nada que ver con ser alto, rubio, bajo, negro, chino o bollera.
-La homosexualidad NO se contagia. La libre elección de las personas en una sociedad supuestamente democrática, laica, libre y de derecho ha de dejar paso a que el individuo se defina según sus propios parámetros y por sí mismo, mediante elecciones propias. Una persona no se hace gay por moverse por bares de ambiente o por tener amigos de la acera de enfrente. Ni porque se le diga desde niño que ser homosexual es normal. Seamos serios.
-Una terapia de electroshock y obligar a alguien a masturbarse jamás, jamás de los jamases, debería ser consentida en un estado democrático y de derecho que se supone que vela por la integridad física y psíquica de las personas y de los grupos sociales.
-Si los homosexuales se suicidan más o tienen problemas de depresión se debe a que haya medios de comunicación y personas que difundan mensajes fundamentados en buenas palabras pero que no tienen ni pies ni cabeza. ¿Cómo narices puede afirmar la psicóloga de mis entretelas que no hay un componente genético cuando hay estudios que teorizan sobre ello? ¿Cómo se puede afirmar que la gente se hace gay porque está de moda y que está de moda porque se permite? ¿Es que esto es como ponerse unos vaqueros con bolsillos? No me extraña que existan problemas de depresión y autoestima, que se lleguen a casos de anomia y de procesos mentales alterados... lo que me extraña es que el top ten de los más ricos del mundo no sea monopolizado por los psicólogos y psiquiatras.
-Si eres gay, vive tu homosexualidad abiertamente. Estás en todo tu derecho. Y que nadie venga a decirte lo contrario, ni directa ni indirectamente.
Podría decir mucho más, pero supongo que me lo guardo para otro/s post/s. La sangre se me revuelve en las venas.
Y todavía algunos me preguntan por qué el mundo y las personas en general me parecen un asco...
No lo había visto. Sin embargo, no he tenido más remedio que documentarme. Y me he tragado el debate mientras cenaba. Y por poco no se me atragantan los espaguetis. Tengo muchas cosas que decir. Muchísimas. Tal vez me abra otro blog únicamente para comentar el debate de marras. Pero, quizás, la primera pregunta importante que se me viene a la cabeza es ¿por qué narices defendían la postura homosexual únicamente Jorge Javier Vázquez y Terelu (del psiquiatra no hablamos que es fantasma, apenas dice nada salvo la palabra folklore para referirse a la manifestación del Orgullo Gay)? ¿No había nadie con más rigor académico? ¿Y por qué a Jorge Javier le ponen en el crédito “periodista”? (Seamos sinceros, esto es una cuestión personal, hoy en día a cualquiera se le considera periodista).
No sé en que tema centrarme. Son taaaaaaaaaaaaantas cosas... ays. Estos programas de la tele me vuelven loco. O loca. Como lo prefieran ustedes. Lo cierto es que se me ponen los vellos como escarpias al escuchar que la revista Epoca de hace un par de meses aduce que los homosexuales tienen una esperanza de vida de veinte años menos (ser marica te hace menos longevo, qué barbaridad), que los varones homosexuales se suicidan hasta seis veces más y que el 30 por ciento de los homosexuales de veinte años habrán muerto de SIDA o cáncer anal antes de los treinta (la virgen, apenas me restan unos años para hacer todo lo que pretendo en esta vida). Veamos. Por partes. Lo de la esperanza de vida se lo han sacado de un chiste de Aquilino Polaino medio borracho de coñac, seguro. Quiero ver ese estudio pretendidamente científico con mis propios ojos. Lo de las enfermedades tiene varias lecturas. En primer lugar habría que decirle a los editores de tan estupendo medio de comunicación que actualmente la tasa de contagio de SIDA es superior en personas heterosexuales y que desde hace ya algunos añitos ser seropositivo no es lo mismo que morirte. Se han creado fármacos, retrovirales y cualquier persona que sea inmunodeficiente puede vivir tranquila hasta cierto punto si se toma la medicación y tiene un seguimiento.
Afortunadamente para muchos el SIDA se ha desligado del concepto de muerte segura. También se supone que nos hemos alejado de aquella concepción acerca de los grupos de riesgo, según la cual el virus de la inmunodeficiencia sólo puede ser adquirido por prostitutas, drogadictos y homosexuales. Se considera que la práctica de penetración anal es más propensa a la transmisión del virus según una chica la mar de mona que dice que es psicóloga docente de la San Pablo CEU. Aunque te pongas condón, eso no tiene nada que ver (que sí, que lo dice ella). Esta mujer no sabe que lo que contagia el SIDA no es que te den por culo ni darlo tú, ni ser promiscuo, sino una práctica de riesgo consistente en realizar la penetración sin utilizar preservativo. Algo a lo que están más predispuestos, mire usted por donde, los heterosexuales debido a esa conciencia extendida sobre que a ellos nos les va a pasar, no se van a contagiar de SIDA porque ni son putas, ni drogatas, ni maricones. Se ve que los de Epoca se quedaron, como mínimo, en cuando Franco estiró la pata, poco más o menos. Su evolución se estancó en los años del hula hop.
Pero volvamos al dato de que se suicidan seis veces más. Veamos. Si tenemos en cuenta que hay padres, personas, individuos sociales que aseguran que la homosexualidad es una enfermedad que tiene cura (y qué métodos de cura taaaaan profesionales, como conectar un electrodo a un gay para que cuando vea personas de su mismo sexo desnudas reciba descargas al tiempo que se le provoca vómitos para que disocie el placer con el estímulo – algo muy recomendable para dejar de ser gay, y para terminar mal de la chaveta- y obligarle a masturbarse visualizando imágenes eróticas de personas del sexo contrario) que salga un señor diciendo que si su hijo fuera gay no se alegraría, sino que se preocuparía y trataría de curarle, que en revistas y distintos medios de comunicación se siga sugiriendo que la homosexualidad va aparejada a una muerte segura a través de enfermedades como el SIDA o el cáncer anal... no hay que ser Sherlock Holmes para darse cuenta de que, en realidad, lo que mueve a los homosexuales a suicidarse en mayor medida que a los heterosexuales es la falta de aceptación social y los distintos estigmas generados por una sociedad que aún no tolera la homosexualidad en todo su esplendor, por mucho que se digan otras cosas.
En la misma línea se sitúan esos expertos que aseguran que los homosexuales tienen un conflicto de personalidad, que sufren depresiones, que manifiestan su tendencia sexual muy tarde (en la veintena en muchos casos, cuando lo normal es que la tendencia sexual se manifieste al alcanzar la pubertad) y que esto se debe a que es una enfermedad, un desorden (la nueva palabra con la que nos quieren bautizar. Cierto, no es tan malo como enfermedad, es menos malo) o un trastorno de la personalidad. Estos señores no se paran a pensar que quizás los conflictos que algunos homosexuales sufren cuando se hacen conscientes de su orientación se ven determinados claramente por los mismos estigmas sociales que describí un pelín más arriba. Señores, somos maricones, no gilipollas. Si la sociedad nos rechaza hasta el punto de coartar nuestra libertad ¿quién coño no va a sufrir problemas de autoestima y depresiones por la sensación de desarraigo social que se da sobre todo en esas primeras etapas en las que pensamos que somos los únicos mariquitas del planeta?
No me quiero dejar atrás al cura que habla con el muchacho que tiene un conflicto sobre su homosexualidad y acude a él en busca de ayuda. Tras casi hacerse una paja interrogando al muchacho sobre las prácticas sexuales realizadas con su amigo, le suelta tan ricamente que la religión cristiana no condena al homosexual, sino al que práctica la homosexualidad. Ea. No comment. Pero, además, le dice que entre dos varones no hay complementariedad, como si el hecho de que dos personas se quisieran y complementaran fuera patrimonio únicamente del binomio hombre-mujer. Vamos, hay que joderse. No te lleves tan bien con tu primo que no es posible que os complementéis. ¿De qué carajo habla? Ah, sí, habla de que el ano no ha sido constituido para la penetración (y supongo que lo sabe por propia experiencia) y por eso cualquier persona tiene una zona erógena justo ahí. Vamos, que no tienes que perder aceite para que te guste tocarte ahí ¿sabes? Que (y esto escandalizará al párraco, al Polaino, al del Foro de la Familia y a la mitad de España) hay personas que disfrutan cuando se les toca en el ano y que el sexo anal no es patrimonio de la cultura homosexual, sino que hay parejas heterosexuales que lo practican!!!!!!!! (seguro que se contagian de SIDA en un plis plas según la psicóloga de la CEU).
La cuestión es que el señor del Foro de la Familia habla sobre la libertad de poder cambiar tu orientación sexual. Dice que si eres marica y quieres ser hetero la libertad está en ti, tú mismo, y nadie se puede meter. Pero luego asegura que el matrimonio y la adopción no están hechos para los homosexuales. Y digo yo, ¿de qué libertad me habla el tipo este? También dice a boca llena que el que está en contra del matrimonio homosexual y de que las parejas homosexuales adopten no es homófobo. Simplemente tiene una visión distinta (palabras textuales). Éste se ha pensado que maricón es sinónimo de gilipollez congénita, que te lo digo yo, que no es normal. Hitler no era antisemita, era un buen hombre que defendía sus ideas, simplemente tenía una visión distinta. Vamos, hombre, por dios y por la virgen de azúcar... como diría la defensora de la religión católica, sentada allí también en la mesa de debate y que concluye con que “hay mucha tolerancia, una gran comprensión social”. Ella, sentada entre el del Foro de la Familia y el otro que decía que los maricones son unos viciosos porque en la sociedad hay una gran plasticidad sexual. ¿Nos hemos vuelto locos ya? Señora, ¿ha escuchado usted algo del debate o estaba pensando en ir a ver a la Virgen de Lourdes el año que viene?
No sé en qué clase de mundo vivimos que dice que somos libres pero que no podemos casarnos ni tener los mismos derechos que un ciudadano heterosexual. Tampoco sé en que mundo vivimos cuando una señora dice que hay una gran tolerancia en mitad de aseveraciones tan duras como ésas y teniendo en cuenta los programas terapéuticos de conversión de homosexuales mediante electroshock y obligando a una persona a masturbarse visualizando algo que no le excita. Tampoco sé en qué clase de mundo vivimos cuando en un debate sobre la homosexualidad únicamente hay una persona homosexual sentada a la mesa y esta persona habitualmente presenta el Tomate, ese programa de credibilidad desmedida, y termina diciendo que si tuviera que elegir entre ser homosexual o heterosexual él elegiría ser más alto (¿no se le había ocurrido algo más ingenioso como representante del colectivo gay-lésbico?). No sé en que mundo vivimos cuando se sigue expresando que no nos quejemos, que no nos hagamos las víctimas, que hay tolerancia. Pues bien, señores, YO NO QUIERO TOLERANCIA, QUIERO ACEPTACIÓN. Porque la tolerancia es cuando se respeta algo que se considera malo y que quede muy claro que ser gay, lesbiana o bisexual no es malo.
En el programa había mensajes de texto de los espectadores y uno me llamó la atención. Un chico decía que estudia en San Pablo de CEU y que en sus clases se habla muy mal de la homosexualidad y él no sabe si lo es y tiene miedo. No sé si el mensaje es de coña o qué, pero por si ha quedado alguna duda:
-Ser homosexual NO es una enfermedad. NO tiene cura porque no es un trastorno, ni un desorden. Un homosexual no necesita ayuda para dejar de serlo sino para aceptarse a sí mismo y tener la fortaleza personal suficiente como para que cuando se compare la homosexualidad con la zoofilia le salga una carcajada y se cague en la puta madre del que ha hecho semejante aseveración.
-Ser homosexual no es sinónimo de tener enfermedades o morir de SIDA. Las enfermedades no entienden de orientación sexual, no confundamos el tocino con la velocidad. Hay prácticas de riesgo por las cuales se propagan las enfermedades y esto no tiene nada que ver con ser alto, rubio, bajo, negro, chino o bollera.
-La homosexualidad NO se contagia. La libre elección de las personas en una sociedad supuestamente democrática, laica, libre y de derecho ha de dejar paso a que el individuo se defina según sus propios parámetros y por sí mismo, mediante elecciones propias. Una persona no se hace gay por moverse por bares de ambiente o por tener amigos de la acera de enfrente. Ni porque se le diga desde niño que ser homosexual es normal. Seamos serios.
-Una terapia de electroshock y obligar a alguien a masturbarse jamás, jamás de los jamases, debería ser consentida en un estado democrático y de derecho que se supone que vela por la integridad física y psíquica de las personas y de los grupos sociales.
-Si los homosexuales se suicidan más o tienen problemas de depresión se debe a que haya medios de comunicación y personas que difundan mensajes fundamentados en buenas palabras pero que no tienen ni pies ni cabeza. ¿Cómo narices puede afirmar la psicóloga de mis entretelas que no hay un componente genético cuando hay estudios que teorizan sobre ello? ¿Cómo se puede afirmar que la gente se hace gay porque está de moda y que está de moda porque se permite? ¿Es que esto es como ponerse unos vaqueros con bolsillos? No me extraña que existan problemas de depresión y autoestima, que se lleguen a casos de anomia y de procesos mentales alterados... lo que me extraña es que el top ten de los más ricos del mundo no sea monopolizado por los psicólogos y psiquiatras.
-Si eres gay, vive tu homosexualidad abiertamente. Estás en todo tu derecho. Y que nadie venga a decirte lo contrario, ni directa ni indirectamente.
Podría decir mucho más, pero supongo que me lo guardo para otro/s post/s. La sangre se me revuelve en las venas.
Y todavía algunos me preguntan por qué el mundo y las personas en general me parecen un asco...