Relaciones Blogueras
Sabiendo que la próxima quedada marica de la blogosfera se acerca y teniendo en cuenta como está el patio (que sí, que ya se están fijando objetivos), servidor ha decidido, altruistamente y en calidad de pseudopsicoanalista oficial, explicaros los procesos de relaciones blogueriles al uso que tan frecuentes son por estos lares.
Las relaciones entre personas son raras, estamos de acuerdo (y cualquiera que no lo sepa que bucee entre mis archivos, que hay escrito todo un tratado, así en plan rallado). Pero entre blogueros la cosa se complica todavía más (sí, admitámoslo, somos todos unos tarados). Así, resulta casi imprescindible elaborar una compleja clasificación acerca de los múltiples y variados sentimientos que nos pueden asaltar en la ya clásica situación bloguero conoce bloguero. Esto, por supuesto, está basado en los estudios del Instituto Nacional de Blogueros y la Comisión Internacional de Relaciones entre maricas, lesbianas, bisexuales, heteros, transexuales y blogueros salidos que buscan tema, además de otras fuentes personales a las que acude este humilde bloguero para documentarse. *
*Paperblog advierte que cualquier parecido entre lo que se va a describir y la realidad es meramente casual (que sí, que los blogueros somos taco de egocéntricos y más de uno seguro que se cree que estoy contando su vida :p).
Fase 1: Atracción.
La atracción podría definirse como esa chispa que surge cuando un bloguero descubre otro blog y le llama la atención. No, no se trata de lo que escribe sino de la firme intuición, sensación o convicción de que la persona que se encuentra tras el blog podría ponerle los pelos como escarpias. Esto se percibe mediante tres elementos: el acerca de (descripción del sujeto, foto, medidas reales, forma de contacto), la plantilla (el diseño es muy importante, niños) y el título del blog (totalmente revelador). El primer paso es dejar un comentario de presentación, inocente (no hace falta que le declares amor eterno todavía, ten en cuenta que es la primera vez que le lees y siempre la intuición puede haber venido a causa del sándwich de queso caducado que te comiste anoche) e impúdico (que no vea que eres un chulo, que eso tira para atrás). Esto ha sido denominado el comentario soy buena gente, que vendría a ser tal que así:
Pues sí, tienes toda la razón (el tema no importa). Es la primera vez que paso por aquí (aunque te has leído doce posts del tirón, pero esto no se lo dices ¿eh?) y me ha encantado (o sea, de verdad) lo bien que escribes (y tal). Te seguiré leyendo (declaración de intenciones en la que se muestra interés). Besos... (tipical para quedar bien con unos puntos suspensivos sugerentes).
Y, por supuesto, dejas tu correo, cosa que no haces con el resto de blogueros (que sí, que se te ve el plumero, amos, no fastidies). La bitácora recién descubierta pasa a formar parte de tus enlaces mágica e instantáneamente.
Tengo que puntualizar que la atracción propiamente dicha no tiene por qué ser únicamente sexual o amorosa, sino que en buena medida en nuestras relaciones nos movemos por atracción, sean éstas amistosas, amorosas o meramente sexuales. Existe un interés por conocer a la persona y no siempre el fin tiene que ser encontrar a tu marido. Se siente atracción por los amigos y, en general, por las personas que pasan a formar parte de nuestra vida social (por algo son elegidos para ello). Con esto no quiero decir que tengáis vía libre para tiraros a tooooooooodos los amigos que habéis hecho a través de blog, que ya nos conocemos y seguro que alguno me cita para ver si suena la flauta (“no, mira, es que Paper dice que uno siente atracción por todos sus amigos así que bájate los pantalones y mira lo bonita que es Cuenca en una noche estrellada”).
Fase 2: El Tilín.
En esta fase el bloguero ha contestado nuestro comentario y es posible que ya lo hayamos añadido al messenger. Por supuesto, este programita al que antes mirabas con desgana o usabas para mirar el correo se convierte en tu mejor aliado y serán largas las jornadas que pases en estado conectado y totalmente disponible (muñequito verde cien por cien) para que el sujeto en cuestión entre y te pinche para iniciar una conversación. Da igual si esta se circunscribe a “qué tal?” “pues acabo de cenar” “y que has cenado?” “un bocata de chorizo” “uy, pues si a mí me encanta el chorizo... tenemos taaaaaaaaaaaantas cosas en común...”.
Las primeras conversaciones son fundamentales para el inicio del proceso Tilín. Los comentarios en el blog comenzarán a subir de tono, del palo de:
Jo, es una gozada leerte (se me ha puesto dura). Dices unas cosas taaaan graciosas e inteligentes... (mientras el sujeto escribe esto hace circulitos con la punta del pie), jajaja (risa preorgásmica). Un besazo en los morros, guapo (aquí el sujeto saliva cual perrito de Pavlov).
Fase 3: Me Gustas.
Cuando la fase dos se hace continua y hay cierta afinidad (y también se han intercambiado fotos. Si no, no hay tu tía) el Tilín desemboca en una idealización completa basada en el Me Gustas. A estas alturas, los sujetos se han leídos sus respectivos blogs de cabo a rabo (sobre todo rabo) para obtener información importante que puede serles de gran utilidad en el caso de que se produzca un encuentro físico, que ya comienza a hacerse inminente. Es muy posible que el messenger haya sido sustituido por el teléfono e incluso haya habido conversaciones muy subidas de tono (no os olvidéis de limpiar bien el teléfono o, en el caso del messenger, el teclado, por favor). El tonteo es el pan nuestro de cada día, con lo cual los comentarios pueden ser de este palo:
Jo (mi teclado está manchado de baba). ¿Nunca te han dicho que escribes genial? (noooo, no se lo ha dicho nadie, tú eres el primero). Cuando he leído la quinta frase del sexto párrafo (aunque ésta sea “ayer me comí una ración de espárragos trigueros en el bar de mi pueblo") se me han saltado las lágrimas y se me ha erizado el vello del brazo (entre otras cosas). Eres genial (estupendo, maravilloso, fantástico, macanudo e hiperdivertido). Un besazo, tío bueno (signo evidente de que te lo quieres tirar).
Fase 4: Enamoramiento.
Es muy muy muy conveniente que antes de llegar a esta fase hayas conocido al bloguero en cuestión en persona y ya hayas descubierto todos sus rasgos físicos y medidas reales, que luego vienen las sorpresas y te puedes arrepentir de todo lo que has dicho en esas conversaciones nocturnas y tórridas en las que con una mano sujetabas el móvil y la otra se encontraba debajo del calzoncillo sujetando váyase usted a saber qué. Esta fase se caracteriza por el hecho de que la ropa interior del sujeto cae hasta el subsuelo en cuanto encuentra un comentario/ email/ sms/ llamada perdida del bloguero amado y se le queda una cara muy similar a la de alguien que ha perdido la virginidad en un campo de heno la noche anterior. Los comentarios se caracterizan por:
Jo (mi teclado está manchado de un líquido viscoso y no, no es baba). Escribes mejor que la Etxebarria y la Morán juntas (las doce faltas de ortografía cada dos frases han sido eliminadas por el subconsciente). Estoy deseando que me escribas aquel cuento que me prometiste (una frase de estas se deja para marcar territorio e indicar al resto de blogueros que el propietario de la bitácora ha sido meado convenientemente por el comentarista, en plan “este es mío, mío, mío, mío... ¡alejaos, perras malditas!”). Toneladas de besos, abrazos, achuchones, chupetones, mamadas y lametones para mi bloguero favorito (lo de favorito por si cabía alguna duda, en plan “esto no lo hago con cualquiera”).
La bitácora pasa a ser enlazada como la primera y fundamental y recibe el nombre de “mi bloguero”, “mi niño”, “mi novio” (si la cosa ya está en mayores y bien hablada) o “como le comentéis a éste os arranco la cabeza y me como vuestro cerebro crudo” en el caso de los más celosos y posesivos (ya se sabe que la blogosfera es peor que una discoteca de ambiente).
Fase 5: Te Quiero.
La pareja se ha consolidado satisfactoriamente. Los blogueros la reconocen como tal y ya ninguno (a no ser que sea una mala pécora) se atreve a intentarlo en serio con alguno de los dos. El bloguero enamorado se sabe de memoria la bitácora del bloguero amado y recita pasajes de sus posts como si fuera la Biblia o un famoso poema de Neruda. En realidad, el blog termina careciendo de sentido y es muy frecuente que para señalar la evidente superioridad que se da en todos aquellos que encuentran el amor (del palo de “mira, nosotros lo hemos conseguido y vosotros no, malas perras inferiores”) se hagan posts dedicados en exclusiva al ser amado y los comentarios sean del tipo:
Eres el amor de mi vida (estoy deseando echarte otro polvo). Tengo ganas de que volvamos a vernos (cómo escriba ya no importa). En cuanto te vea te arrancaré la ropa a mordiscos (of course). I Love U Mi Vida (eee, eeee, oooo).
Los enlaces pasan a ser suprimidos dejando únicamente el del bloguero amado o éste es separado o señalado para indicar que es más especial que los demás.
Por supuesto, estas fases pueden extenderse a lo largo del tiempo y estancarse. También es muy probable, de hecho es casi más probable que lo que acabo de describir, que se mantengan varias fases con distintos blogueros y que Zutanito, que en un principio mantenía a Fulanito como su amor indiscutible en el encabezado de la lista de blogs enlazados, de repente devalúe su valor y coloque como principal a Menganito, quien sin duda terminará elevando a Fulanito como el primer enlace en cuestión de meses. Pero es lo que tiene la blogosfera y la endogamia bloguera.
Por lo demás, no os olvidéis de que siempre hay que hacerlo con condón (sí, vale poner el preservativo en el ratón) ni de que la imaginación y los sueños de quinceañera siempre corren más que la realidad.
[Frou Frou - Must Be Dreaming]
Que disfrutéis de vuestras relaciones blogueras.
Las relaciones entre personas son raras, estamos de acuerdo (y cualquiera que no lo sepa que bucee entre mis archivos, que hay escrito todo un tratado, así en plan rallado). Pero entre blogueros la cosa se complica todavía más (sí, admitámoslo, somos todos unos tarados). Así, resulta casi imprescindible elaborar una compleja clasificación acerca de los múltiples y variados sentimientos que nos pueden asaltar en la ya clásica situación bloguero conoce bloguero. Esto, por supuesto, está basado en los estudios del Instituto Nacional de Blogueros y la Comisión Internacional de Relaciones entre maricas, lesbianas, bisexuales, heteros, transexuales y blogueros salidos que buscan tema, además de otras fuentes personales a las que acude este humilde bloguero para documentarse. *
*Paperblog advierte que cualquier parecido entre lo que se va a describir y la realidad es meramente casual (que sí, que los blogueros somos taco de egocéntricos y más de uno seguro que se cree que estoy contando su vida :p).
Fase 1: Atracción.
La atracción podría definirse como esa chispa que surge cuando un bloguero descubre otro blog y le llama la atención. No, no se trata de lo que escribe sino de la firme intuición, sensación o convicción de que la persona que se encuentra tras el blog podría ponerle los pelos como escarpias. Esto se percibe mediante tres elementos: el acerca de (descripción del sujeto, foto, medidas reales, forma de contacto), la plantilla (el diseño es muy importante, niños) y el título del blog (totalmente revelador). El primer paso es dejar un comentario de presentación, inocente (no hace falta que le declares amor eterno todavía, ten en cuenta que es la primera vez que le lees y siempre la intuición puede haber venido a causa del sándwich de queso caducado que te comiste anoche) e impúdico (que no vea que eres un chulo, que eso tira para atrás). Esto ha sido denominado el comentario soy buena gente, que vendría a ser tal que así:
Pues sí, tienes toda la razón (el tema no importa). Es la primera vez que paso por aquí (aunque te has leído doce posts del tirón, pero esto no se lo dices ¿eh?) y me ha encantado (o sea, de verdad) lo bien que escribes (y tal). Te seguiré leyendo (declaración de intenciones en la que se muestra interés). Besos... (tipical para quedar bien con unos puntos suspensivos sugerentes).
Y, por supuesto, dejas tu correo, cosa que no haces con el resto de blogueros (que sí, que se te ve el plumero, amos, no fastidies). La bitácora recién descubierta pasa a formar parte de tus enlaces mágica e instantáneamente.
Tengo que puntualizar que la atracción propiamente dicha no tiene por qué ser únicamente sexual o amorosa, sino que en buena medida en nuestras relaciones nos movemos por atracción, sean éstas amistosas, amorosas o meramente sexuales. Existe un interés por conocer a la persona y no siempre el fin tiene que ser encontrar a tu marido. Se siente atracción por los amigos y, en general, por las personas que pasan a formar parte de nuestra vida social (por algo son elegidos para ello). Con esto no quiero decir que tengáis vía libre para tiraros a tooooooooodos los amigos que habéis hecho a través de blog, que ya nos conocemos y seguro que alguno me cita para ver si suena la flauta (“no, mira, es que Paper dice que uno siente atracción por todos sus amigos así que bájate los pantalones y mira lo bonita que es Cuenca en una noche estrellada”).
Fase 2: El Tilín.
En esta fase el bloguero ha contestado nuestro comentario y es posible que ya lo hayamos añadido al messenger. Por supuesto, este programita al que antes mirabas con desgana o usabas para mirar el correo se convierte en tu mejor aliado y serán largas las jornadas que pases en estado conectado y totalmente disponible (muñequito verde cien por cien) para que el sujeto en cuestión entre y te pinche para iniciar una conversación. Da igual si esta se circunscribe a “qué tal?” “pues acabo de cenar” “y que has cenado?” “un bocata de chorizo” “uy, pues si a mí me encanta el chorizo... tenemos taaaaaaaaaaaantas cosas en común...”.
Las primeras conversaciones son fundamentales para el inicio del proceso Tilín. Los comentarios en el blog comenzarán a subir de tono, del palo de:
Jo, es una gozada leerte (se me ha puesto dura). Dices unas cosas taaaan graciosas e inteligentes... (mientras el sujeto escribe esto hace circulitos con la punta del pie), jajaja (risa preorgásmica). Un besazo en los morros, guapo (aquí el sujeto saliva cual perrito de Pavlov).
Fase 3: Me Gustas.
Cuando la fase dos se hace continua y hay cierta afinidad (y también se han intercambiado fotos. Si no, no hay tu tía) el Tilín desemboca en una idealización completa basada en el Me Gustas. A estas alturas, los sujetos se han leídos sus respectivos blogs de cabo a rabo (sobre todo rabo) para obtener información importante que puede serles de gran utilidad en el caso de que se produzca un encuentro físico, que ya comienza a hacerse inminente. Es muy posible que el messenger haya sido sustituido por el teléfono e incluso haya habido conversaciones muy subidas de tono (no os olvidéis de limpiar bien el teléfono o, en el caso del messenger, el teclado, por favor). El tonteo es el pan nuestro de cada día, con lo cual los comentarios pueden ser de este palo:
Jo (mi teclado está manchado de baba). ¿Nunca te han dicho que escribes genial? (noooo, no se lo ha dicho nadie, tú eres el primero). Cuando he leído la quinta frase del sexto párrafo (aunque ésta sea “ayer me comí una ración de espárragos trigueros en el bar de mi pueblo") se me han saltado las lágrimas y se me ha erizado el vello del brazo (entre otras cosas). Eres genial (estupendo, maravilloso, fantástico, macanudo e hiperdivertido). Un besazo, tío bueno (signo evidente de que te lo quieres tirar).
Fase 4: Enamoramiento.
Es muy muy muy conveniente que antes de llegar a esta fase hayas conocido al bloguero en cuestión en persona y ya hayas descubierto todos sus rasgos físicos y medidas reales, que luego vienen las sorpresas y te puedes arrepentir de todo lo que has dicho en esas conversaciones nocturnas y tórridas en las que con una mano sujetabas el móvil y la otra se encontraba debajo del calzoncillo sujetando váyase usted a saber qué. Esta fase se caracteriza por el hecho de que la ropa interior del sujeto cae hasta el subsuelo en cuanto encuentra un comentario/ email/ sms/ llamada perdida del bloguero amado y se le queda una cara muy similar a la de alguien que ha perdido la virginidad en un campo de heno la noche anterior. Los comentarios se caracterizan por:
Jo (mi teclado está manchado de un líquido viscoso y no, no es baba). Escribes mejor que la Etxebarria y la Morán juntas (las doce faltas de ortografía cada dos frases han sido eliminadas por el subconsciente). Estoy deseando que me escribas aquel cuento que me prometiste (una frase de estas se deja para marcar territorio e indicar al resto de blogueros que el propietario de la bitácora ha sido meado convenientemente por el comentarista, en plan “este es mío, mío, mío, mío... ¡alejaos, perras malditas!”). Toneladas de besos, abrazos, achuchones, chupetones, mamadas y lametones para mi bloguero favorito (lo de favorito por si cabía alguna duda, en plan “esto no lo hago con cualquiera”).
La bitácora pasa a ser enlazada como la primera y fundamental y recibe el nombre de “mi bloguero”, “mi niño”, “mi novio” (si la cosa ya está en mayores y bien hablada) o “como le comentéis a éste os arranco la cabeza y me como vuestro cerebro crudo” en el caso de los más celosos y posesivos (ya se sabe que la blogosfera es peor que una discoteca de ambiente).
Fase 5: Te Quiero.
La pareja se ha consolidado satisfactoriamente. Los blogueros la reconocen como tal y ya ninguno (a no ser que sea una mala pécora) se atreve a intentarlo en serio con alguno de los dos. El bloguero enamorado se sabe de memoria la bitácora del bloguero amado y recita pasajes de sus posts como si fuera la Biblia o un famoso poema de Neruda. En realidad, el blog termina careciendo de sentido y es muy frecuente que para señalar la evidente superioridad que se da en todos aquellos que encuentran el amor (del palo de “mira, nosotros lo hemos conseguido y vosotros no, malas perras inferiores”) se hagan posts dedicados en exclusiva al ser amado y los comentarios sean del tipo:
Eres el amor de mi vida (estoy deseando echarte otro polvo). Tengo ganas de que volvamos a vernos (cómo escriba ya no importa). En cuanto te vea te arrancaré la ropa a mordiscos (of course). I Love U Mi Vida (eee, eeee, oooo).
Los enlaces pasan a ser suprimidos dejando únicamente el del bloguero amado o éste es separado o señalado para indicar que es más especial que los demás.
Por supuesto, estas fases pueden extenderse a lo largo del tiempo y estancarse. También es muy probable, de hecho es casi más probable que lo que acabo de describir, que se mantengan varias fases con distintos blogueros y que Zutanito, que en un principio mantenía a Fulanito como su amor indiscutible en el encabezado de la lista de blogs enlazados, de repente devalúe su valor y coloque como principal a Menganito, quien sin duda terminará elevando a Fulanito como el primer enlace en cuestión de meses. Pero es lo que tiene la blogosfera y la endogamia bloguera.
Por lo demás, no os olvidéis de que siempre hay que hacerlo con condón (sí, vale poner el preservativo en el ratón) ni de que la imaginación y los sueños de quinceañera siempre corren más que la realidad.
[Frou Frou - Must Be Dreaming]
Que disfrutéis de vuestras relaciones blogueras.
El Don de la Especialidad
Ya he comentado otras veces que los seres humanos nos creemos por regla general el ombligo del mundo. Todos pensamos que somos lo más importante y que el planeta (sí, sí, esa cosa ovalada sobra la que desarrollamos nuestra vida) gira alrededor de nuestro aparato reproductor. De hecho, los hay que están tan ocupados sacándose las pelusillas del ombligo que apenas pueden percatarse de lo que ocurre a su alrededor y se sienten más interesados por la profundidad de su pliegue inguinal que por lo que acontece en su entorno. Cabe decir que, teniendo en cuenta como está el patio, casi no me sorprende.
Tenemos una necesidad casi enfermiza de que se nos reconozca en este egocentrismo azuzado que venimos desarrollando. Puede que, en muy diversas ocasiones, este egocentrismo no sea más que el resultado de las idas y venidas de la vida, las bofetadas sin manos que nos asesta, que nos colocan en la tesitura de creernos lo más de lo más con la esperanza de que otros nos vean así y dejen de pisotearnos, para variar. Pero ni aún así lo conseguimos porque siempre hay quien tiene el ego desarrollado hasta el hastío y se cree por encima nuestra. Nunca dejamos de cultivarnos, de prepararnos, de intentar ser mejores personas y todo ello para sentirnos bien con nosotros mismos, sí, aunque también subyace un instinto de ser reconocido por parte de los otros. Lástima que no sea tan fácil y que no siempre sean los mejores escritores, cantantes, periodistas, actores, directores, músicos, etcétera, los que más triunfen. Pero es ley de vida. La posesión de la cualidad, por sí sola, no hace el triunfo.
Ya expresé una vez que por activa y por pasiva, nos guste reconocerlo o no, albergamos la necesidad creciente de sentirnos especiales. En los tiempos que corren, parece ser que destacar por encima de la media es lo que realmente cuenta. Somos demasiados. Aunque en vez de echarnos una mano los unos a los otros nos parece más positivo embarcarnos en una clara estrategia en la que demostrar que somos más que los demás. Y nos lo creemos, llegamos a pensar que estamos por encima de lo humano y hasta de lo divino. Y a medida que nos lo creemos, nos sentimos más fuertes y poderosos. El mundo nos obliga a sobrevalorarnos para sobrevivir y, también, a infravalorarnos cuando no lo conseguimos.
La necesidad de sentirnos especiales no ha de ser mala por sí misma. De hecho, ya lo decía The Velvet Rope, que saca lo mejor de nosotros. Esto sería muy bonito, casi ideal, y nos imaginaríamos a un montón de tíos y tías repartiendo florecillas y amor en medio de las grises calles de una ciudad asolada por el estrés y la tristeza y a una amalgama de individuos cogidos de la mano y formando con sus cuerpos el símbolo de la paz. Si no fuera porque, por desgracia, también saca lo peor de nosotros mismos. No hay que olvidarse de que destacar se convierte con demasiada frecuencia en un fin último, una justificación al todo vale.
Sería una tontería negar que a todos nos gusta sentirnos especiales. Nadie quiere ser uno más en la vida de otros y necesitamos creer que impactamos de algún modo en sus existencias. El máximo exponente de esto, claro está, lo encontramos en eso que llamamos amor, que en buena cantidad de ocasiones se convierte en una lucha constante en la que probar nuestra valía y ser etiquetados por parte del otro miembro de la pareja (insisto, en una pareja hay dos. Qué sí, de verdad) como alguien que goza de la exclusividad. Por eso la fidelidad se convierte para muchos en máximo símbolo de este don, porque nos reconoce como únicos e inigualables.
Quizás, el motivo por el que esta necesidad nos desquicia tanto no es otro que el hecho de que no depende de nosotros. El don de la especialidad siempre es conferido por el resto, por los otros, ésos de los que no nos percatamos mientras nos sacamos la pelusilla del ombligo. Ellos son los responsables de nuestra especialidad, la rareza que nos hace destacar. Al igual que una canción, un libro, una película o una figurita del todo a cien, las personas podemos ser especiales para otras personas y eso no significa necesariamente que seamos lo más de lo más. Somos especiales para esa persona y no para otras. Somos especiales durante el medio segundo que esa persona se toma para comunicarnos que somos especiales. Ni siquiera nadie nos garantiza que el don se vaya a extender de por vida, que el sujeto en cuestión continúe apreciándonos como alguien inusitado, un bien mayor que le apetece conservar.
¿Qué es lo que hace que un objeto determinado cobre, de repente, un sentido revelador? ¿Qué es lo que hace que una persona pase a convertirse en alguien central en nuestras vidas, que ocupe un lugar especial que teníamos reservado celosamente? ¿Qué es lo que nos empuja a considerar a algo o a alguien como un ente de valor indescriptible, un diamante en la mina de carbón? ¿Qué es lo que hace que el don de la especialidad se prodigue tan poco y se otorgue muy de tarde en tarde, cuando el sentimiento que nos anega hace ya inminente una clasificación que erija a la persona en cuestión como vencedora?
Más importante aún: ¿qué es lo que hace que una determinada persona que antes poseía el don de la especialidad lo pierda? ¿Qué es lo que se transforma en nuestros ojos para dejar de considerar a alguien digno de esa atención adicional, el sentimiento que antaño nos parecía tan claro y que, de súbito, nos parece tan desechable como un clínex? ¿Qué actúa en la pérdida de valor? ¿Una decepción? ¿Un engaño? ¿Un conocimiento más profundo sobre las características de la persona? ¿Un miedo? ¿Un descubrimiento? ¿Una mentira? ¿Una desidealización?
De la misma forma que el don de la especialidad es otorgado, es retirado a posteriori con asombrosa rapidez y sin que nadie pueda arrojar respuestas sobre la eterna pregunta que se forma en aquél que ha sido desprovisto de tal bien.
Y, como nadie entiende los motivos que mueven a las personas a considerar a otras especiales, todos tenemos miedo. De herir y de ser heridos. Y preferimos sacarnos las pelusillas del ombligo. A este paso puede que se convierta en deporte olímpico.
Otorgar el don de la especialidad es (o debería ser) duro, pues supone un reconocimiento hacia alguien que no somos nosotros y que nos sitúa en una posición de vulnerabilidad ante el sujeto. Retirarlo también, porque implica devaluar a la persona. Recibirlo más, puesto que implica que habremos de estar a la altura de lo que la otra persona espera de nosotros. Mantenerlo es inmensamente difícil, ya que nuestras acciones se ven condicionadas y encaminadas a fomentar esa perpetuidad. Y perderlo, perderlo es increíblemente doloroso, porque invita a pensar que no hemos estado a la altura y que no hemos sido lo bastante buenos como para que el don de la especialidad nos siga iluminando.
Así, la única forma de llegar a ser verdaderamente especiales es reconocer lo extraordinariamente ordinarios que somos.
Es un hecho. Todos, absolutamente todos, somos susceptibles de recibir el don de la especialidad.
Pero también lo somos de ser considerados banales, insulsos y desechables.
Tenemos una necesidad casi enfermiza de que se nos reconozca en este egocentrismo azuzado que venimos desarrollando. Puede que, en muy diversas ocasiones, este egocentrismo no sea más que el resultado de las idas y venidas de la vida, las bofetadas sin manos que nos asesta, que nos colocan en la tesitura de creernos lo más de lo más con la esperanza de que otros nos vean así y dejen de pisotearnos, para variar. Pero ni aún así lo conseguimos porque siempre hay quien tiene el ego desarrollado hasta el hastío y se cree por encima nuestra. Nunca dejamos de cultivarnos, de prepararnos, de intentar ser mejores personas y todo ello para sentirnos bien con nosotros mismos, sí, aunque también subyace un instinto de ser reconocido por parte de los otros. Lástima que no sea tan fácil y que no siempre sean los mejores escritores, cantantes, periodistas, actores, directores, músicos, etcétera, los que más triunfen. Pero es ley de vida. La posesión de la cualidad, por sí sola, no hace el triunfo.
Ya expresé una vez que por activa y por pasiva, nos guste reconocerlo o no, albergamos la necesidad creciente de sentirnos especiales. En los tiempos que corren, parece ser que destacar por encima de la media es lo que realmente cuenta. Somos demasiados. Aunque en vez de echarnos una mano los unos a los otros nos parece más positivo embarcarnos en una clara estrategia en la que demostrar que somos más que los demás. Y nos lo creemos, llegamos a pensar que estamos por encima de lo humano y hasta de lo divino. Y a medida que nos lo creemos, nos sentimos más fuertes y poderosos. El mundo nos obliga a sobrevalorarnos para sobrevivir y, también, a infravalorarnos cuando no lo conseguimos.
La necesidad de sentirnos especiales no ha de ser mala por sí misma. De hecho, ya lo decía The Velvet Rope, que saca lo mejor de nosotros. Esto sería muy bonito, casi ideal, y nos imaginaríamos a un montón de tíos y tías repartiendo florecillas y amor en medio de las grises calles de una ciudad asolada por el estrés y la tristeza y a una amalgama de individuos cogidos de la mano y formando con sus cuerpos el símbolo de la paz. Si no fuera porque, por desgracia, también saca lo peor de nosotros mismos. No hay que olvidarse de que destacar se convierte con demasiada frecuencia en un fin último, una justificación al todo vale.
Sería una tontería negar que a todos nos gusta sentirnos especiales. Nadie quiere ser uno más en la vida de otros y necesitamos creer que impactamos de algún modo en sus existencias. El máximo exponente de esto, claro está, lo encontramos en eso que llamamos amor, que en buena cantidad de ocasiones se convierte en una lucha constante en la que probar nuestra valía y ser etiquetados por parte del otro miembro de la pareja (insisto, en una pareja hay dos. Qué sí, de verdad) como alguien que goza de la exclusividad. Por eso la fidelidad se convierte para muchos en máximo símbolo de este don, porque nos reconoce como únicos e inigualables.
Quizás, el motivo por el que esta necesidad nos desquicia tanto no es otro que el hecho de que no depende de nosotros. El don de la especialidad siempre es conferido por el resto, por los otros, ésos de los que no nos percatamos mientras nos sacamos la pelusilla del ombligo. Ellos son los responsables de nuestra especialidad, la rareza que nos hace destacar. Al igual que una canción, un libro, una película o una figurita del todo a cien, las personas podemos ser especiales para otras personas y eso no significa necesariamente que seamos lo más de lo más. Somos especiales para esa persona y no para otras. Somos especiales durante el medio segundo que esa persona se toma para comunicarnos que somos especiales. Ni siquiera nadie nos garantiza que el don se vaya a extender de por vida, que el sujeto en cuestión continúe apreciándonos como alguien inusitado, un bien mayor que le apetece conservar.
¿Qué es lo que hace que un objeto determinado cobre, de repente, un sentido revelador? ¿Qué es lo que hace que una persona pase a convertirse en alguien central en nuestras vidas, que ocupe un lugar especial que teníamos reservado celosamente? ¿Qué es lo que nos empuja a considerar a algo o a alguien como un ente de valor indescriptible, un diamante en la mina de carbón? ¿Qué es lo que hace que el don de la especialidad se prodigue tan poco y se otorgue muy de tarde en tarde, cuando el sentimiento que nos anega hace ya inminente una clasificación que erija a la persona en cuestión como vencedora?
Más importante aún: ¿qué es lo que hace que una determinada persona que antes poseía el don de la especialidad lo pierda? ¿Qué es lo que se transforma en nuestros ojos para dejar de considerar a alguien digno de esa atención adicional, el sentimiento que antaño nos parecía tan claro y que, de súbito, nos parece tan desechable como un clínex? ¿Qué actúa en la pérdida de valor? ¿Una decepción? ¿Un engaño? ¿Un conocimiento más profundo sobre las características de la persona? ¿Un miedo? ¿Un descubrimiento? ¿Una mentira? ¿Una desidealización?
De la misma forma que el don de la especialidad es otorgado, es retirado a posteriori con asombrosa rapidez y sin que nadie pueda arrojar respuestas sobre la eterna pregunta que se forma en aquél que ha sido desprovisto de tal bien.
Y, como nadie entiende los motivos que mueven a las personas a considerar a otras especiales, todos tenemos miedo. De herir y de ser heridos. Y preferimos sacarnos las pelusillas del ombligo. A este paso puede que se convierta en deporte olímpico.
Otorgar el don de la especialidad es (o debería ser) duro, pues supone un reconocimiento hacia alguien que no somos nosotros y que nos sitúa en una posición de vulnerabilidad ante el sujeto. Retirarlo también, porque implica devaluar a la persona. Recibirlo más, puesto que implica que habremos de estar a la altura de lo que la otra persona espera de nosotros. Mantenerlo es inmensamente difícil, ya que nuestras acciones se ven condicionadas y encaminadas a fomentar esa perpetuidad. Y perderlo, perderlo es increíblemente doloroso, porque invita a pensar que no hemos estado a la altura y que no hemos sido lo bastante buenos como para que el don de la especialidad nos siga iluminando.
Así, la única forma de llegar a ser verdaderamente especiales es reconocer lo extraordinariamente ordinarios que somos.
Es un hecho. Todos, absolutamente todos, somos susceptibles de recibir el don de la especialidad.
Pero también lo somos de ser considerados banales, insulsos y desechables.
Todo lo que creías que Pau y Paper no se atreverían a contar (II)
Como lo leéis. Tras esta breve pausa, los dos blogueros continúan en el burdel parisino hablando de sexo. Para leer el principio de esta fantástica conversación pinchad aquí.
26.¿Harías un trío?
Pau: Claro, martes y jueves. Después de Spinning.
Paper: Yo de uno en uno, que si no me lío, y que vayan pidiendo la vez.
27.El mejor sitio para montárselo es…
Pau: Yo es que soy tan clásico y tan de toda la vida que sigo pensando que los aseos de los grandes almacenes nunca pasarán de moda.
Paper: En la boca de un volcán en erupción (es lo que tiene haber visto tanto mundo como yo).
28.Una tía que te pone es…
Paper: Emmmmm.... ¿alguien me puede explicar qué hace esta pregunta aquí?
Pau: ¿Qué clase de pervertido te crees que soy?
29.Un poquito de pelo en… te pone como una perra.
Pau: En la cabeza, y mejor mucho que poco.
Paper: Ays, yo es que es ver una perilla y me vuelvo loca.
Pau: Tú te pones loca con unos pantalones.
Paper: Sí, me costó mucho aprender de ti.
30.El polvo que más te arrepientes es… ¿por qué?
Paper: Del que no he echado.
Pau: Del que sale cuando no limpias.
31.La parte que más te gusta coger (excluyendo la obvia) es…
Pau: Por dior, ¡esta es fácil! Un buen culo! Uy, pierdo la compostura y todo, eso nunca.
Paper: A mí me gusta coger de la mano, porque ya sabéis que soy un romántico... ¿a qué sí, Pau? ¿A que en las orgías me esfuerzo por cogerles a todos de la mano en algún momento?
Pau: Sí, cuando te la llevas al tema para que te masturben, porque para otra cosa...
Paper: Bueno, pero es coger de la mano, al fin y al cabo.
Pau: Sí, eso sí.
32.¿Podrías eyacular sin tocarte?
Paper: Claro, siempre lo hago porque siempre me toca otro.
Pau: Nunca me ha pasado, pero quien quiera intentarlo...
33.La etnia que más te pone es…
Pau: ¿Los veintecentrimetronianos se consideran etnia a parte?
Paper: No hago distinciones y acojo a cualquiera que esté bueno en mi seno (para algo soy marica y frívolo y me gusta follar y es prácticamente lo único que hago todas las horas del día como reza en el Manual del Buen Gay de los tiempos que corren).
Pau: Además tú eres muy ONG y no discriminas, eso lo sabemos todos.
Paper: Of course
34.¿Arañas o muerdes?
Pau: Entra en el precio, así que lo que me pidan.
Paper: Depende de la parte del cuerpo en la que me esté concentrando en ese momento, pero Mónica Naranjo vive en mí y soy Pantera en Libertad
35.¿Qué no dejas que te hagan?
Paper: Que me digan que se han enamorado de mí tras el polvo en cuestión. ¡¡Todos lo hacen!!
Pau: Que se queden a dormir. Yo les digo, 'voy al aseo, cuando vuelva no te quiero ver aquí, y no te dejes nada porque no vas a volver'.
Paper: Anda, a ti lo que realmente te molesta es que se vayan sin pagar...
Pau: Para eso esta el portero, quien intenta irse sin pagar no vive para contarlo.
Paper: Ahm... ¡¡¡Pero si el portero el otro día se estaba acostando conmigo!!! Es que es tan mono...
Pau: Ya, pero tú eres de la casa.
36.¿Te han pillado masturbándote? ¿Quién?
Paper: Todos los tíos con los que me quiero acostar (es decir, todos los tíos) lo hacen. Son TAN oportunos...
Pau: A mí me pillo mi profe de gimnasia, tenia 14 años y bueno... '¿Mamá y el prozzac?'
37.¿Con cuántos has estado una misma noche?
Pau: ¿En serio que me tengo que poner a contar? Las matemáticas nunca han sido lo mío.
Paper: A partir del décimo pierdo la cuenta (me refiero al décimo Ballantine's, cuando el 0 me parece un número de lo más atractivo a tenor del personal masculino que me tengo que echar a la cara forzosamente. Deberían prohibir a los feos salir a la calle a partir de las 12).
38.¿Has dado con alguna polla pequeña?
Paper: Uy, qué va, si es demasiado pequeña no me complico la vida y no la busco demasiado.
Pau: Pequeña en el sentido metafórico más de las que me gustaría recordar, pero son gajes del oficio, pero pequeña en el sentido métrico no.
39.La manera más rara que te has masturbado.
Paper: Pensando en Quijote.
Pau: Pensando en Paper pensando en Quijote.
40.¿Te has masturbado en público cuando nadie te veía?
Pau: Pues mira, mis poderes de invisibilidad aun no están desarrollados, así que las veces que lo he hecho en público me ha visto bastante gente, sí.
Paper: Nunca, siempre lo hago para que me vean.
41.¿Sigues padeciendo la famosa “polución nocturna”?
Paper: Sí, sobre todo cuando me están haciendo una mamada.
Pau: Si la siguiera padeciendo me tendrían que dar un premio a la persona con más generación de esperma de España.
42.¿Has estado alguna vez con tu pareja y pensabas en otra persona?
Paper: Ah, ¿pero lo de tener una pareja es posible y real y todo? Y yo pensando que era un invento del Corte Inglés...
Pau: Por favor, nunca, nunca, nunca (¿con tres nuncas colará?). ¡Un beso para mis ex-parejas!
43.¿Has hecho cruissing?
Pau: Cuando paseo por mi ciudad cada calle que piso se convierte en un zona de cruissing atestada de candidatos.
Paper: ¿Qué creéis que son las quedadas de blogueros si no?
44.La última vez que tuviste un “aquí te pillo aquí te mato”…
Pau: No puede haber una expresión con menos elegancia que esa, así que me niego a contestarla.
Paper: Mmmm, ahora mismo (Pau es insaciable y siempre me coge desprevenido pensando en Quijote...)
45.¿Más joven o mayor que tú?
Pau: Con que haga el amor mejor que yo me conformo.
Paper: ¿De edad física o mental? De física siempre mayores, de mental siempre menores (es inevitable).
46.¿Te has tirado al novio de una amiga?
Paper: No, pero al novio de un amigo sí (¡Hola Devaneos!)
Pau: No, Vanessa te repito que yo no me tiré a tu novio, fue él quien se tiró a mis brazos y me pidió que le diera el placer que tu remilgada educación le negaba.
47.¿Has hecho cibersexo?
Paper: ¿Qué creéis que hacen los blogueros en el messenger? ¿Hablar y conocerse?
Pau: No me gasté 20 euros en una webcam para que mi madre me diga cuando estoy fuera que ya es hora de afeitarse.
48.¿Comértela o que te la coman?
Pau: Esa es tan obvia que me da hasta pereza contestarla. Pero bueno, ya que queda poco para acabar haré el esfuerzo, me la coman.
Paper: Me encanta dar de comer a mis polluelos.
Pau: ...
Paper: Esto me parece un poco soez. Tengo que cambiarlo.
Pau: No no, lo dejas.
Paper: Qué va a pensar la gente de mí, Pau
Pau: Pues la verdad, Pape, la verdad.
Paper: Ya, pero es que tengo que aparentar un poquito... que si no no va a colar cuando me ponga en plan niño bueno en la quedada y haga una caída de pestañas a modo tierno, cándido e inocente.
Pau: Es verdad, que si no los vas a intimidar a todos y no vas a pillar cacho.
49.¿Sueles repetir o si te visto no me acuerdo?
Paper: Todos quieren repetir, pero a mí me da una pereza tropezar con la misma piedra... (ni en eso soy humano).
Pau: Si me ha gustado repito, claro, lo bueno no me cansa. Y si ha sido cutre pues si te vuelvo a ver hago como que no me acuerdo de que te conozco.
50.Después de esta tortura pregúntame lo que te apetezca…
Pau: ¿Te has acordado de darle de comer al gato? Porque con estas respuestas que has dado no se te va a volver a acercar un tío cuerdo en mucho tiempo, jejeje
Paper: ¿Por qué nos encantará comportarnos como mariconas facilonas cuando en realidad esperamos encontrar a nuestro príncipe azul en cada esquina? ¿Será para encajar en el estereotipo socialmente definido o es que en el fondo somos iguales que todos los demás? ¿Que te creías, que no me iba a poner en plan metafísico? Mi gato es el único que me entiende.
Paper: Es broma. Es que no sé qué preguntar.
Pau: Tío, eso esta guay, jejeje.
Paper: A mí no se me acercarán, pero a ti sólo lo hacen pagando, nene. Los míos pagan, pero al psicólogo.
Pau: Un placer compartir esto contigo Mister de Boat.
Paper: Lo mismo digo, su eminencia Pau.
Pau: ¿Llamo a nuestro chapero ya y nos dejamos de tonterías?
Paper: Bésame, por favor.
Pau: No me seas maricón y chúpamela.
Paper: ¿Pensabas que la boca en forma de O era para silbar? Si ya me estaba preparando...
Una cortinilla de terciopelo rojo se cierne sobre la pantalla de vuestra imaginación y entonces, suena una melodía...
26.¿Harías un trío?
Pau: Claro, martes y jueves. Después de Spinning.
Paper: Yo de uno en uno, que si no me lío, y que vayan pidiendo la vez.
27.El mejor sitio para montárselo es…
Pau: Yo es que soy tan clásico y tan de toda la vida que sigo pensando que los aseos de los grandes almacenes nunca pasarán de moda.
Paper: En la boca de un volcán en erupción (es lo que tiene haber visto tanto mundo como yo).
28.Una tía que te pone es…
Paper: Emmmmm.... ¿alguien me puede explicar qué hace esta pregunta aquí?
Pau: ¿Qué clase de pervertido te crees que soy?
29.Un poquito de pelo en… te pone como una perra.
Pau: En la cabeza, y mejor mucho que poco.
Paper: Ays, yo es que es ver una perilla y me vuelvo loca.
Pau: Tú te pones loca con unos pantalones.
Paper: Sí, me costó mucho aprender de ti.
30.El polvo que más te arrepientes es… ¿por qué?
Paper: Del que no he echado.
Pau: Del que sale cuando no limpias.
31.La parte que más te gusta coger (excluyendo la obvia) es…
Pau: Por dior, ¡esta es fácil! Un buen culo! Uy, pierdo la compostura y todo, eso nunca.
Paper: A mí me gusta coger de la mano, porque ya sabéis que soy un romántico... ¿a qué sí, Pau? ¿A que en las orgías me esfuerzo por cogerles a todos de la mano en algún momento?
Pau: Sí, cuando te la llevas al tema para que te masturben, porque para otra cosa...
Paper: Bueno, pero es coger de la mano, al fin y al cabo.
Pau: Sí, eso sí.
32.¿Podrías eyacular sin tocarte?
Paper: Claro, siempre lo hago porque siempre me toca otro.
Pau: Nunca me ha pasado, pero quien quiera intentarlo...
33.La etnia que más te pone es…
Pau: ¿Los veintecentrimetronianos se consideran etnia a parte?
Paper: No hago distinciones y acojo a cualquiera que esté bueno en mi seno (para algo soy marica y frívolo y me gusta follar y es prácticamente lo único que hago todas las horas del día como reza en el Manual del Buen Gay de los tiempos que corren).
Pau: Además tú eres muy ONG y no discriminas, eso lo sabemos todos.
Paper: Of course
34.¿Arañas o muerdes?
Pau: Entra en el precio, así que lo que me pidan.
Paper: Depende de la parte del cuerpo en la que me esté concentrando en ese momento, pero Mónica Naranjo vive en mí y soy Pantera en Libertad
35.¿Qué no dejas que te hagan?
Paper: Que me digan que se han enamorado de mí tras el polvo en cuestión. ¡¡Todos lo hacen!!
Pau: Que se queden a dormir. Yo les digo, 'voy al aseo, cuando vuelva no te quiero ver aquí, y no te dejes nada porque no vas a volver'.
Paper: Anda, a ti lo que realmente te molesta es que se vayan sin pagar...
Pau: Para eso esta el portero, quien intenta irse sin pagar no vive para contarlo.
Paper: Ahm... ¡¡¡Pero si el portero el otro día se estaba acostando conmigo!!! Es que es tan mono...
Pau: Ya, pero tú eres de la casa.
36.¿Te han pillado masturbándote? ¿Quién?
Paper: Todos los tíos con los que me quiero acostar (es decir, todos los tíos) lo hacen. Son TAN oportunos...
Pau: A mí me pillo mi profe de gimnasia, tenia 14 años y bueno... '¿Mamá y el prozzac?'
37.¿Con cuántos has estado una misma noche?
Pau: ¿En serio que me tengo que poner a contar? Las matemáticas nunca han sido lo mío.
Paper: A partir del décimo pierdo la cuenta (me refiero al décimo Ballantine's, cuando el 0 me parece un número de lo más atractivo a tenor del personal masculino que me tengo que echar a la cara forzosamente. Deberían prohibir a los feos salir a la calle a partir de las 12).
38.¿Has dado con alguna polla pequeña?
Paper: Uy, qué va, si es demasiado pequeña no me complico la vida y no la busco demasiado.
Pau: Pequeña en el sentido metafórico más de las que me gustaría recordar, pero son gajes del oficio, pero pequeña en el sentido métrico no.
39.La manera más rara que te has masturbado.
Paper: Pensando en Quijote.
Pau: Pensando en Paper pensando en Quijote.
40.¿Te has masturbado en público cuando nadie te veía?
Pau: Pues mira, mis poderes de invisibilidad aun no están desarrollados, así que las veces que lo he hecho en público me ha visto bastante gente, sí.
Paper: Nunca, siempre lo hago para que me vean.
41.¿Sigues padeciendo la famosa “polución nocturna”?
Paper: Sí, sobre todo cuando me están haciendo una mamada.
Pau: Si la siguiera padeciendo me tendrían que dar un premio a la persona con más generación de esperma de España.
42.¿Has estado alguna vez con tu pareja y pensabas en otra persona?
Paper: Ah, ¿pero lo de tener una pareja es posible y real y todo? Y yo pensando que era un invento del Corte Inglés...
Pau: Por favor, nunca, nunca, nunca (¿con tres nuncas colará?). ¡Un beso para mis ex-parejas!
43.¿Has hecho cruissing?
Pau: Cuando paseo por mi ciudad cada calle que piso se convierte en un zona de cruissing atestada de candidatos.
Paper: ¿Qué creéis que son las quedadas de blogueros si no?
44.La última vez que tuviste un “aquí te pillo aquí te mato”…
Pau: No puede haber una expresión con menos elegancia que esa, así que me niego a contestarla.
Paper: Mmmm, ahora mismo (Pau es insaciable y siempre me coge desprevenido pensando en Quijote...)
45.¿Más joven o mayor que tú?
Pau: Con que haga el amor mejor que yo me conformo.
Paper: ¿De edad física o mental? De física siempre mayores, de mental siempre menores (es inevitable).
46.¿Te has tirado al novio de una amiga?
Paper: No, pero al novio de un amigo sí (¡Hola Devaneos!)
Pau: No, Vanessa te repito que yo no me tiré a tu novio, fue él quien se tiró a mis brazos y me pidió que le diera el placer que tu remilgada educación le negaba.
47.¿Has hecho cibersexo?
Paper: ¿Qué creéis que hacen los blogueros en el messenger? ¿Hablar y conocerse?
Pau: No me gasté 20 euros en una webcam para que mi madre me diga cuando estoy fuera que ya es hora de afeitarse.
48.¿Comértela o que te la coman?
Pau: Esa es tan obvia que me da hasta pereza contestarla. Pero bueno, ya que queda poco para acabar haré el esfuerzo, me la coman.
Paper: Me encanta dar de comer a mis polluelos.
Pau: ...
Paper: Esto me parece un poco soez. Tengo que cambiarlo.
Pau: No no, lo dejas.
Paper: Qué va a pensar la gente de mí, Pau
Pau: Pues la verdad, Pape, la verdad.
Paper: Ya, pero es que tengo que aparentar un poquito... que si no no va a colar cuando me ponga en plan niño bueno en la quedada y haga una caída de pestañas a modo tierno, cándido e inocente.
Pau: Es verdad, que si no los vas a intimidar a todos y no vas a pillar cacho.
49.¿Sueles repetir o si te visto no me acuerdo?
Paper: Todos quieren repetir, pero a mí me da una pereza tropezar con la misma piedra... (ni en eso soy humano).
Pau: Si me ha gustado repito, claro, lo bueno no me cansa. Y si ha sido cutre pues si te vuelvo a ver hago como que no me acuerdo de que te conozco.
50.Después de esta tortura pregúntame lo que te apetezca…
Pau: ¿Te has acordado de darle de comer al gato? Porque con estas respuestas que has dado no se te va a volver a acercar un tío cuerdo en mucho tiempo, jejeje
Paper: ¿Por qué nos encantará comportarnos como mariconas facilonas cuando en realidad esperamos encontrar a nuestro príncipe azul en cada esquina? ¿Será para encajar en el estereotipo socialmente definido o es que en el fondo somos iguales que todos los demás? ¿Que te creías, que no me iba a poner en plan metafísico? Mi gato es el único que me entiende.
Paper: Es broma. Es que no sé qué preguntar.
Pau: Tío, eso esta guay, jejeje.
Paper: A mí no se me acercarán, pero a ti sólo lo hacen pagando, nene. Los míos pagan, pero al psicólogo.
Pau: Un placer compartir esto contigo Mister de Boat.
Paper: Lo mismo digo, su eminencia Pau.
Pau: ¿Llamo a nuestro chapero ya y nos dejamos de tonterías?
Paper: Bésame, por favor.
Pau: No me seas maricón y chúpamela.
Paper: ¿Pensabas que la boca en forma de O era para silbar? Si ya me estaba preparando...
Una cortinilla de terciopelo rojo se cierne sobre la pantalla de vuestra imaginación y entonces, suena una melodía...
Uniones y Desuniones
En la última media hora, mientras estaba comiendo, mi mente perversa de bloguero ha sufrido un bombardeo.
Para empezar, en Los Simpsons, en mitad de una clase en el colegio, una niña le preguntaba a la señorita tras una magnífica clase de educación sexual en la que dos conejos se lo montaban en un video:
-Señorita, ¿cómo sabremos si nos hemos enamorado?
Y la señorita se partía de la risa y respondía:
-No os preocupéis, la mayoría de vosotros no os enamoraréis, sólo os casaréis por temor a morir solos.
Ni que decir tiene que me he descojonado de la risa. Cuánta razón en esa profesora sarcástica y un poco resentida con los hombres. Me recuerda a alguien...
Después ha llegado mi madre, contando que una amiga suya ha sido arrestada tras una denuncia de su marido en la que constata que le insultaba y le decía cosas como “hijo de la gran puta”. La mujer ha declarado:
-Yo nunca he dicho eso y en cuanto me suelten... ¡le corto los huevos!
Bien. Demencial. No viene a cuento, pero me he vuelto hacia mi hermano, mi compañero de mesa, y le he dicho:
-Cada vez entiendo más a Woody Allen.
Como tercer round, ha hecho su aparición el telediario (si es que se le puede llamar así) de una cadena de televisión bien conocida en el que la noticia de apertura era el aumento de los divorcios y separaciones desde la nueva ley del divorcio exprés. Según los datos de 2006, los divorcios antes del primer aniversario de casados aumentaron un 330% sobre los datos de 2005 (uoooooooooooooo). En ese mismo año se disolvieron casi 146 mil matrimonios en España, lo que confirma la tendencia ascendente de un hecho social: no sabemos donde vamos a poner el huevo.
Seguramente, no faltaran los que critiquen a nuestro gobierno por permitir el divorcio rápido cuando ambas partes están de acuerdo. Lo cual, me parecería una tontería, porque lo único que se ha hecho ha sido otorgar la libertad a los ciudadanos de poder romper su matrimonio, una relación de pareja que no les hacía felices. Un hombre de avanzada edad salía en el telediario testificando que los jóvenes de hoy en día no aguantamos nada y que sólo queremos libertad. Esto lo dice en tono despectivo, y yo me pregunto si ese hombre realmente no se está dando cuenta de que lo que está diciendo es algo bueno. Los jóvenes no aguantamos, entre otras cosas porque para fortuna de muchos, las relaciones de pareja están cambiando y ya no nos conformamos con una convivencia senil y rutinaria que únicamente mantiene viva nuestra desidia. También queremos libertad, en el sentido de que no queremos vernos supeditados a una persona, como antes estaba la mujer al hombre (antes y no tan antes). ¿De qué serviría que nuestra sociedad hubiera evolucionado y las personas contáramos con más formación, posibilidades, autonomía personal e inclusión social si seguimos perpetuando relaciones del todo fracasadas y que nos angustian en las que debemos aguantar porque no nos queda otra y es lo que nos han enseñado?
Pero bueno, que me desvío del tema, ya me conocéis. La realidad es que gracias a la libertad de poder romper los matrimonios con la misma facilidad con la que los conformamos se pone de manifiesto el mal común de la sociedad de hoy en día: nadie sabe lo que quiere, nadie tiene la más remota idea de lo que siente y, por descontado, la gente navega entre los demás en un continuo rasca y gana esperando tener suerte. Cuando lo cierto es que si las cosas se pensaran dos veces y nos dedicáramos a reflexionar de cuando en cuando buceando en nuestro interior, este tipo de situaciones no tendrían por qué darse. Apuesto a que lo que dice la profesora de Los Simpson es lo que ha impulsado a muchas personas a pasar por la vicaría y dedicarse en cuerpo y alma a un individuo que no les produce ni frío ni calor. Otros, directamente, se dejan llevar y se dejan querer, que para el caso viene a ser lo mismo, como si no pudieran decidir sobre sus vidas.
Y qué más da, ya que la gran mayoría ha dejado de creer en el amor de las películas y se concentra en follar como cosacos hasta dar con alguien medio en condiciones al que aferrarse durante una temporada extralarga. Y qué más da cuando la gente opina que yo pienso demasiado por escribir los posts que escribo y analizarme tanto a mí mismo como a la sociedad que me rodea. Y qué más da cuando nadie se detiene a pensar en los demás y se embarcan e implican en sentimientos y relaciones que puede, por decir algo, que para la otra persona (porque en una pareja hay dos, por si no os habíais dado cuenta tan ocupados que estabais sacándoos las pelusillas del ombligo) esté siendo algo totalmente distinto y termine desilusionada y desengañada, dejando de creer en el amor y casándose con alguien únicamente porque su propia visión de vejez huraña rodeada de gatos le apabulla.
La vida no es un rasca y gana en el que hay que probar suerte indiscriminadamente. Tampoco comulgo con la idea tan extendida de que al ser más promiscuo obtendrás más oportunidades de encontrar al amor de tu vida (esto que me decía una amiga de “masturbarte es divertido, pero follando conoces gente") y me niego a ver el mundo como un mercado de carne fresca en la que uno decide probar de este pedazo o del otro mientras una verdulera grita los precios de oferta en medio del mercado.
Pero qué más da cuando la sensación que me provoca escribir esta idea es la de que estoy solo en medio de un montón de gente. En medio del mercado, tratando de buscar un pedazo de carne que me demuestre que sigue vivo y que su cuerpo no cuelga de un gancho de metal, mientras el resto de los transeúntes se ríen a mi costa.
Pero ellos no saben que más me río yo. Porque llevando mis zapatos violeta, lo demás no me importa ;)
Y como dijera ella (qué grande ella) durante el rodaje de este videoclip en un mercado de París:
-Lo siento señora, ¡los melones que traigo hoy no son muy grandes!
Para empezar, en Los Simpsons, en mitad de una clase en el colegio, una niña le preguntaba a la señorita tras una magnífica clase de educación sexual en la que dos conejos se lo montaban en un video:
-Señorita, ¿cómo sabremos si nos hemos enamorado?
Y la señorita se partía de la risa y respondía:
-No os preocupéis, la mayoría de vosotros no os enamoraréis, sólo os casaréis por temor a morir solos.
Ni que decir tiene que me he descojonado de la risa. Cuánta razón en esa profesora sarcástica y un poco resentida con los hombres. Me recuerda a alguien...
Después ha llegado mi madre, contando que una amiga suya ha sido arrestada tras una denuncia de su marido en la que constata que le insultaba y le decía cosas como “hijo de la gran puta”. La mujer ha declarado:
-Yo nunca he dicho eso y en cuanto me suelten... ¡le corto los huevos!
Bien. Demencial. No viene a cuento, pero me he vuelto hacia mi hermano, mi compañero de mesa, y le he dicho:
-Cada vez entiendo más a Woody Allen.
Como tercer round, ha hecho su aparición el telediario (si es que se le puede llamar así) de una cadena de televisión bien conocida en el que la noticia de apertura era el aumento de los divorcios y separaciones desde la nueva ley del divorcio exprés. Según los datos de 2006, los divorcios antes del primer aniversario de casados aumentaron un 330% sobre los datos de 2005 (uoooooooooooooo). En ese mismo año se disolvieron casi 146 mil matrimonios en España, lo que confirma la tendencia ascendente de un hecho social: no sabemos donde vamos a poner el huevo.
Seguramente, no faltaran los que critiquen a nuestro gobierno por permitir el divorcio rápido cuando ambas partes están de acuerdo. Lo cual, me parecería una tontería, porque lo único que se ha hecho ha sido otorgar la libertad a los ciudadanos de poder romper su matrimonio, una relación de pareja que no les hacía felices. Un hombre de avanzada edad salía en el telediario testificando que los jóvenes de hoy en día no aguantamos nada y que sólo queremos libertad. Esto lo dice en tono despectivo, y yo me pregunto si ese hombre realmente no se está dando cuenta de que lo que está diciendo es algo bueno. Los jóvenes no aguantamos, entre otras cosas porque para fortuna de muchos, las relaciones de pareja están cambiando y ya no nos conformamos con una convivencia senil y rutinaria que únicamente mantiene viva nuestra desidia. También queremos libertad, en el sentido de que no queremos vernos supeditados a una persona, como antes estaba la mujer al hombre (antes y no tan antes). ¿De qué serviría que nuestra sociedad hubiera evolucionado y las personas contáramos con más formación, posibilidades, autonomía personal e inclusión social si seguimos perpetuando relaciones del todo fracasadas y que nos angustian en las que debemos aguantar porque no nos queda otra y es lo que nos han enseñado?
Pero bueno, que me desvío del tema, ya me conocéis. La realidad es que gracias a la libertad de poder romper los matrimonios con la misma facilidad con la que los conformamos se pone de manifiesto el mal común de la sociedad de hoy en día: nadie sabe lo que quiere, nadie tiene la más remota idea de lo que siente y, por descontado, la gente navega entre los demás en un continuo rasca y gana esperando tener suerte. Cuando lo cierto es que si las cosas se pensaran dos veces y nos dedicáramos a reflexionar de cuando en cuando buceando en nuestro interior, este tipo de situaciones no tendrían por qué darse. Apuesto a que lo que dice la profesora de Los Simpson es lo que ha impulsado a muchas personas a pasar por la vicaría y dedicarse en cuerpo y alma a un individuo que no les produce ni frío ni calor. Otros, directamente, se dejan llevar y se dejan querer, que para el caso viene a ser lo mismo, como si no pudieran decidir sobre sus vidas.
Y qué más da, ya que la gran mayoría ha dejado de creer en el amor de las películas y se concentra en follar como cosacos hasta dar con alguien medio en condiciones al que aferrarse durante una temporada extralarga. Y qué más da cuando la gente opina que yo pienso demasiado por escribir los posts que escribo y analizarme tanto a mí mismo como a la sociedad que me rodea. Y qué más da cuando nadie se detiene a pensar en los demás y se embarcan e implican en sentimientos y relaciones que puede, por decir algo, que para la otra persona (porque en una pareja hay dos, por si no os habíais dado cuenta tan ocupados que estabais sacándoos las pelusillas del ombligo) esté siendo algo totalmente distinto y termine desilusionada y desengañada, dejando de creer en el amor y casándose con alguien únicamente porque su propia visión de vejez huraña rodeada de gatos le apabulla.
La vida no es un rasca y gana en el que hay que probar suerte indiscriminadamente. Tampoco comulgo con la idea tan extendida de que al ser más promiscuo obtendrás más oportunidades de encontrar al amor de tu vida (esto que me decía una amiga de “masturbarte es divertido, pero follando conoces gente") y me niego a ver el mundo como un mercado de carne fresca en la que uno decide probar de este pedazo o del otro mientras una verdulera grita los precios de oferta en medio del mercado.
Pero qué más da cuando la sensación que me provoca escribir esta idea es la de que estoy solo en medio de un montón de gente. En medio del mercado, tratando de buscar un pedazo de carne que me demuestre que sigue vivo y que su cuerpo no cuelga de un gancho de metal, mientras el resto de los transeúntes se ríen a mi costa.
Pero ellos no saben que más me río yo. Porque llevando mis zapatos violeta, lo demás no me importa ;)
Y como dijera ella (qué grande ella) durante el rodaje de este videoclip en un mercado de París:
-Lo siento señora, ¡los melones que traigo hoy no son muy grandes!
Cosas que salvan una vida
-Los bailes intensos de Mic a medianoche con un par de cervezas encima.
-La voz de la Ropilota cantando conmigo Clavado en un Bar de Maná bailando en cualquier pub.
-La mirada comprensiva del Guiri y sus chulerías cuando me mira y me dice “¿Qué pasa, que quieres problemas?”
-La complicidad y el abrazo de la Jefa Ema. Pasamos demasiado tiempo juntos. Por eso hacemos bromas pesadas como cerrar las puertas de los servicios en los pubs para que se forme una cola enorme de tías meándose que creen que hay alguien dentro y pegan pequeños saltitos sujetándose la barriga con ambas manos al tiempo que nosotros nos estronciamos de la risa. Cualquier día nos parten la cara ;)
-Los comentarios sarcásticos cómplices que me hace Pau, su caricia en el hombro cuando estoy sensible y me pongo a desvariar, sus esfuerzos porque me sienta bien, ir en el coche con él y su risa maquiavélica.
-Los emails polinénicos y sus comentarios sobre mi perilla (que hace estragos entre las lesbianas. Ya, yo tampoco lo entiendo, ¡pero me encanta!).
-La preocupación de Puka por saber cómo estoy cuando lleva varios días sin saber de mí.
-Los relatos de mi madre tras haber visto en el cine Las Trece Rosas juntos. El brillo de sus ojos a la salida era realmente revelador.
-Las palabras del Argentino cuando va conduciendo y me dice que me merezco y debo exigir lo mejor en la vida y la ternura desmedida que se desprende de él. Lástima que sea hetero.
-Las conversaciones etílicas de botellón con mi borracha favorita. La Ballantines y yo hablamos sobre lo que nunca se dice.
-La ironía y el sarcasmo acusado de Arrierita. Me encanta, me río y, al mismo tiempo, la entiendo perfectamente.
-Las caritas sonrientes de los comentarios y posts de Sinfonía Agridulce. Tienen un toque especial. :)
-Que me digan “si tus novelas son como tú, seguro que me encantan”. Gracias :)
-Esperar en una tienda a que llegue mi turno y que en el hilo musical suene una canción sobre ser feliz.
-Hablar sobre las casualidades de la vida con la Caótica y sobre una noche, apostados en la barra de un bar, en la que los dos decidimos desnudarnos. Las casualidades de la vida hicieron que nos conociéramos aquel primer día de facultad y nos han llevado a tener una amistad sincera que crece con los años.
-El beso tímido que me da Inf cuando le digo que la quiero y se sonroja porque no está acostumbrada a la expresión de sentimientos.
-Que me digan “ser más fuerte no es ser más insensible”.
-Cómo algunas personas se ruborizan y escandalizan cuando oyen mis comentarios soeces y sarcásticos a partes iguales. Sí, soy lo peor y no me importa reconocerlo.
-Las conversaciones de fumadores con la madre de cierto amigo mío, así como la hospitalidad, simpatía y comprensión que se difumina en sus ojos.
-Las historias surrealistas en forma de comentario de Tatojimi.
-Las llamadas intempestivas de madrugada en las que uno llora lo indescriptible.
-Descubrir que cuánto más pequeño me muestro más grande le parezco a los demás.
-Escuchar música en mi mp4 caminando por la calle y entender que hay instantes en los que estamos en sintonía con el universo.
-Corroborar que la vida viene y va, da muchas vueltas y tiene sorpresas para todos. Yo no voy a ser menos.
-Caminar por la calle con mi camiseta de No Soy una ONG y que los desconocidos con los que me cruzo se giren a mirarme y se rían.
-Que me digan “que seas una persona sensible no significa que cualquiera pueda hacerte daño”.
-Emocionarme con una historia contada a través de una canción, un libro, una película o una voz humana.
-Que las dependientas de una papelería y yo nos pasemos una hora hablando y riendo.
-Viajar en el autobús, que en la radio empiece a sonar Angels de Robbie Williams y que la mujer sentada a mi lado comience a cantarla con la emoción inundando sus ojos.
-Pasar borracho junto a las estatuas de Rodin.
-Que me regalen un mechero con una mariquita (me refiero al insecto) y con la palabra Lucky debajo. Porque cuando lo vieron se acordaron de mí. Porque quieren que me dé suerte.
-Que me digan “cuando alguien te conoce no puede olvidarse fácilmente de ti”.
-Darme cuenta de que soy raro (y no digo diferente, digo raro. Pero me gusta mi rareza) y que pienso demasiado (y ¿quién dice que es demasiado? ¿y a quién le importa lo que digan?).
-Sentir que no estoy solo porque hay quiénes me entienden o, al menos, se esfuerzan por entenderme y descubrir lo que hay dentro de mí.
-Regalar abrazos porque me apetece.
-Ser especial y que todos lo noten.
-Que me recuerden que nunca debo dejar de pintar ni de tener dulces sueños.
-Escribir cosas como ésta.
Porque no necesito que todo vaya bien para saber que todo irá bien.
Porque hacéis que me sienta vivo.
Porque hay una gran cantidad de cosas y personas que me hacen feliz.
Gracias por salvarme la vida.
-La voz de la Ropilota cantando conmigo Clavado en un Bar de Maná bailando en cualquier pub.
-La mirada comprensiva del Guiri y sus chulerías cuando me mira y me dice “¿Qué pasa, que quieres problemas?”
-La complicidad y el abrazo de la Jefa Ema. Pasamos demasiado tiempo juntos. Por eso hacemos bromas pesadas como cerrar las puertas de los servicios en los pubs para que se forme una cola enorme de tías meándose que creen que hay alguien dentro y pegan pequeños saltitos sujetándose la barriga con ambas manos al tiempo que nosotros nos estronciamos de la risa. Cualquier día nos parten la cara ;)
-Los comentarios sarcásticos cómplices que me hace Pau, su caricia en el hombro cuando estoy sensible y me pongo a desvariar, sus esfuerzos porque me sienta bien, ir en el coche con él y su risa maquiavélica.
-Los emails polinénicos y sus comentarios sobre mi perilla (que hace estragos entre las lesbianas. Ya, yo tampoco lo entiendo, ¡pero me encanta!).
-La preocupación de Puka por saber cómo estoy cuando lleva varios días sin saber de mí.
-Los relatos de mi madre tras haber visto en el cine Las Trece Rosas juntos. El brillo de sus ojos a la salida era realmente revelador.
-Las palabras del Argentino cuando va conduciendo y me dice que me merezco y debo exigir lo mejor en la vida y la ternura desmedida que se desprende de él. Lástima que sea hetero.
-Las conversaciones etílicas de botellón con mi borracha favorita. La Ballantines y yo hablamos sobre lo que nunca se dice.
-La ironía y el sarcasmo acusado de Arrierita. Me encanta, me río y, al mismo tiempo, la entiendo perfectamente.
-Las caritas sonrientes de los comentarios y posts de Sinfonía Agridulce. Tienen un toque especial. :)
-Que me digan “si tus novelas son como tú, seguro que me encantan”. Gracias :)
-Esperar en una tienda a que llegue mi turno y que en el hilo musical suene una canción sobre ser feliz.
-Hablar sobre las casualidades de la vida con la Caótica y sobre una noche, apostados en la barra de un bar, en la que los dos decidimos desnudarnos. Las casualidades de la vida hicieron que nos conociéramos aquel primer día de facultad y nos han llevado a tener una amistad sincera que crece con los años.
-El beso tímido que me da Inf cuando le digo que la quiero y se sonroja porque no está acostumbrada a la expresión de sentimientos.
-Que me digan “ser más fuerte no es ser más insensible”.
-Cómo algunas personas se ruborizan y escandalizan cuando oyen mis comentarios soeces y sarcásticos a partes iguales. Sí, soy lo peor y no me importa reconocerlo.
-Las conversaciones de fumadores con la madre de cierto amigo mío, así como la hospitalidad, simpatía y comprensión que se difumina en sus ojos.
-Las historias surrealistas en forma de comentario de Tatojimi.
-Las llamadas intempestivas de madrugada en las que uno llora lo indescriptible.
-Descubrir que cuánto más pequeño me muestro más grande le parezco a los demás.
-Escuchar música en mi mp4 caminando por la calle y entender que hay instantes en los que estamos en sintonía con el universo.
-Corroborar que la vida viene y va, da muchas vueltas y tiene sorpresas para todos. Yo no voy a ser menos.
-Caminar por la calle con mi camiseta de No Soy una ONG y que los desconocidos con los que me cruzo se giren a mirarme y se rían.
-Que me digan “que seas una persona sensible no significa que cualquiera pueda hacerte daño”.
-Emocionarme con una historia contada a través de una canción, un libro, una película o una voz humana.
-Que las dependientas de una papelería y yo nos pasemos una hora hablando y riendo.
-Viajar en el autobús, que en la radio empiece a sonar Angels de Robbie Williams y que la mujer sentada a mi lado comience a cantarla con la emoción inundando sus ojos.
-Pasar borracho junto a las estatuas de Rodin.
-Que me regalen un mechero con una mariquita (me refiero al insecto) y con la palabra Lucky debajo. Porque cuando lo vieron se acordaron de mí. Porque quieren que me dé suerte.
-Que me digan “cuando alguien te conoce no puede olvidarse fácilmente de ti”.
-Darme cuenta de que soy raro (y no digo diferente, digo raro. Pero me gusta mi rareza) y que pienso demasiado (y ¿quién dice que es demasiado? ¿y a quién le importa lo que digan?).
-Sentir que no estoy solo porque hay quiénes me entienden o, al menos, se esfuerzan por entenderme y descubrir lo que hay dentro de mí.
-Regalar abrazos porque me apetece.
-Ser especial y que todos lo noten.
-Que me recuerden que nunca debo dejar de pintar ni de tener dulces sueños.
-Escribir cosas como ésta.
Porque no necesito que todo vaya bien para saber que todo irá bien.
Porque hacéis que me sienta vivo.
Porque hay una gran cantidad de cosas y personas que me hacen feliz.
Gracias por salvarme la vida.
Amor, curiosidad, protesta y dudas
Esta mañana, recién levantado y con el rastro de babilla todavía marcándome la cara (y que nadie me imagine de esta guisa, que pierdo mucho), he puesto la radio y un par de noticias han saltado directamente a mis oídos y se han convertido en materia de post instantáneamente, en esos procesos adquiridos mediante entrenamiento por los blogueros de pro, quienes somos tan egocéntricos que no dejamos de pensar en nuestras adoradas e idolatradas bitácoras desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.
La primera de las noticias me dejaba con cara de imbécil elevado a la quinta potencia (lo cual tampoco es un mérito, y lo asevero firmemente como consecuencia de las tropecientas veces que en mi entorno se me ha tomado por el pito del sereno). Resulta que un tío ha iniciado una campaña en Nueva York para encontrar a la mujer de sus sueños. A ver, esperad, esperad, que no cunda el pánico, que no va a hacer un casting ni nada de eso, la cosa es bastante más romántica de lo que estáis pensando. Resulta que este hombre se subió al metro y se encontró con una de esas personas que nos ponen los vellos como escarpias sin saber cómo ni por qué. Se entiende que durante el trayecto estuvo mirando a la chica en cuestión y, aunque esto no lo diga la noticia lo digo yo, muy probablemente penetró en un proceso de idealización desmedida sobre aquel ser humano del que ni siquiera conocía el nombre. Y esto no lo digo porque quede la mar de mono en plan novelesco, sino porque son muchas las ocasiones en la que los individuos nos sorprendemos pensando algo así como ¿Y si uno de los pasajeros de este tren fuera el amor de mi vida? ¿Y si aquel chico, que me ha mirado (en plan reconocimiento de maricas, pero esta información queda eclipsada por el momento quinceañera), fuera mi futuro marido? ¿Y si este hombre, sentado a mi lado leyendo el periódico, fuera la persona que logrará hacerme feliz y albergará un sentimiento recíproco con respecto a mí? ¿Y si aparece Silke y me dice aquello de “Paper, ¿qué llevas en el bolso?” y se materializa ante mis ojos un perro disecado y una playa perdida y hacemos un anuncio de compresas? Pues eso. Soñar, que es lo que nos consuela de la realidad. El buen hombre se dejó llevar por sus fantasías del momento, porque todavía hay quienes conservamos esa capacidad de imaginar el futuro a nuestro antojo, aunque sólo sea para producirnos un escalofrío que nos haga sentir vivos durante dos segundos.
El hombre se bajó del metro sin más y días después comenzó una campaña para encontrar a esa chica de la que se quedó prendado. Ha hecho un retrato robot de ella y lo ha distribuido con la esperanza de hallarla, porque asegura que podría ser el amor de su vida. Siente curiosidad por descubrir a esa mujer que despertó algo inusitado en su interior.
Bonito ¿no? Venga, no digáis que no, no me vengáis de duros, que si hicieran algo así por vosotros se os bajarían los calzoncillos o las bragas a la altura de los tobillos en un santiamén. Es idílico, una historia de película o de novela. Ese hombre apuesta fuertemente por una persona que no conoce y remueve cielo y tierra con la esperanza de encontrarla y de que las cosas le salgan bien. ¿Y por qué no pensarlo? Quiero decir, ¿por qué no imaginar que se conocen, se enamoran y resultan estar hechos el uno para el otro y cuentan esa bonita historia a todo el mundo? Y de paso nos ofrecen al resto unas dosis de esa ilusión perdida, la que se nos cuela por los desagües de las alcantarillas con cada lluvia que nos moja. Quizás vale la pena arriesgarse y, aunque su decisión esté fundamentada en una ilusión y en una idealización, puede ser, desde luego, acertada y satisfactoria. También puede no serlo, pero merece la pena intentarlo o, por lo menos, descubrir si sus intuiciones durante el viaje eran premoniciones o meros deseos proyectados.
Entonces, abotargado por la expresión de algo tan bello, me sumí en una ensoñación y una sonrisa se alojó en mi rostro al imaginar que en la vida, muchas de las cosas que nos pasan las hacemos posibles nosotros y que los polvos mágicos que pueden marcar un antes y un después pueden ser esparcidos por nuestra propia mano.
La radio continuó con su zumbido incesante y a los pocos minutos otra noticia curiosa saltaba a mi oído hasta taladrármelo y provocarme estentóreas carcajadas en la soledad matutina del cubículo al que apodo habitación. Un hombre decide casarse consigo mismo. Así, tal cual. Resulta que esta buena persona (por la que sentí una empatía sorprendentemente grande, todo hay que decirlo), decidió contraer matrimonio con un doble suyo de cartón vestido de novia y con más de cien invitados al evento como protesta. Su intención era expresar su clara insatisfacción con la realidad, señalando que su matrimonio consigo mismo le hace sentir completo de nuevo y que, por lo tanto, profesa una idea de matrimonio totalmente distinta a la actual. A pesar de que no podía dejar de reírme por lo descabellado del asunto (aunque lo de casarme conmigo mismo se me antojó un complemento indispensable a mi vejez solitaria rodeado de gatos), me pareció una iniciativa igual de conmovedora que la primera. Porque sí, porque aunque estéis pensando que el segundo está mal de la azotea, únicamente se trata de una persona más, que, cansada de buscar a príncipes azules y princesas rosas en los vagones del metro, ha decidido tomar la determinación de protestar públicamente haciendo una locura, sí, pero que no hace más que reflejar las continuas dificultades a las que nos vemos expuestos en los vaivenes de la vida amorosa. Está en su derecho de protestar porque la realidad no le ofrece a un sustituto decente a su imagen acartonada vestida de novia.
El primero está dispuesto a buscar y a arriesgarse, dispuesto a sumergirse hasta el cuello, por encontrar al amor de su vida en una completa desconocida. El segundo está tan hastiado y frustrado, que no tiene más remedio que promulgar una soledad autoimpuesta y fruto de lo realmente complicado que resulta luchar por unos sueños de amor y de compresas con alas en los tiempos que corren. Encontrar a la persona adecuada en el momento adecuado y vivir una historia en condiciones.
Los dos me producen una ternura desmedida, pues ¿quién os dice que el que anda soñando en el metro de Nueva York con el amor de su vida no sea el mismo que, a tenor de sus malas experiencias, decida casarse con su doble de cartón en el futuro para mostrar desacuerdo con la realidad y su frustración palpable por no hallar lo que desea?
Supongo, que en buena medida, me parecieron la misma persona en un antes y un después. Y yo, que, consciente de mi bipolaridad, me encuentro en un punto o en otro dependiendo del momento, me identifico con los dos y me siento en medio de un proceso que no se sabe bien si es evolución o involución, pero que nos afecta a todos por igual.
Qué difícil resulta luchar contra la realidad y esparcir notas de magia sin perder los atisbos de ilusión, esperanza, dulzura y ternura que nos hacen únicos y que convierten nuestras intrincadas vidas en una composición de bellos momentos en los que sonreír y disfrutar.
Aunque estos momentos, a veces, parezcan residir sólo en nuestra imaginación.
La primera de las noticias me dejaba con cara de imbécil elevado a la quinta potencia (lo cual tampoco es un mérito, y lo asevero firmemente como consecuencia de las tropecientas veces que en mi entorno se me ha tomado por el pito del sereno). Resulta que un tío ha iniciado una campaña en Nueva York para encontrar a la mujer de sus sueños. A ver, esperad, esperad, que no cunda el pánico, que no va a hacer un casting ni nada de eso, la cosa es bastante más romántica de lo que estáis pensando. Resulta que este hombre se subió al metro y se encontró con una de esas personas que nos ponen los vellos como escarpias sin saber cómo ni por qué. Se entiende que durante el trayecto estuvo mirando a la chica en cuestión y, aunque esto no lo diga la noticia lo digo yo, muy probablemente penetró en un proceso de idealización desmedida sobre aquel ser humano del que ni siquiera conocía el nombre. Y esto no lo digo porque quede la mar de mono en plan novelesco, sino porque son muchas las ocasiones en la que los individuos nos sorprendemos pensando algo así como ¿Y si uno de los pasajeros de este tren fuera el amor de mi vida? ¿Y si aquel chico, que me ha mirado (en plan reconocimiento de maricas, pero esta información queda eclipsada por el momento quinceañera), fuera mi futuro marido? ¿Y si este hombre, sentado a mi lado leyendo el periódico, fuera la persona que logrará hacerme feliz y albergará un sentimiento recíproco con respecto a mí? ¿Y si aparece Silke y me dice aquello de “Paper, ¿qué llevas en el bolso?” y se materializa ante mis ojos un perro disecado y una playa perdida y hacemos un anuncio de compresas? Pues eso. Soñar, que es lo que nos consuela de la realidad. El buen hombre se dejó llevar por sus fantasías del momento, porque todavía hay quienes conservamos esa capacidad de imaginar el futuro a nuestro antojo, aunque sólo sea para producirnos un escalofrío que nos haga sentir vivos durante dos segundos.
El hombre se bajó del metro sin más y días después comenzó una campaña para encontrar a esa chica de la que se quedó prendado. Ha hecho un retrato robot de ella y lo ha distribuido con la esperanza de hallarla, porque asegura que podría ser el amor de su vida. Siente curiosidad por descubrir a esa mujer que despertó algo inusitado en su interior.
Bonito ¿no? Venga, no digáis que no, no me vengáis de duros, que si hicieran algo así por vosotros se os bajarían los calzoncillos o las bragas a la altura de los tobillos en un santiamén. Es idílico, una historia de película o de novela. Ese hombre apuesta fuertemente por una persona que no conoce y remueve cielo y tierra con la esperanza de encontrarla y de que las cosas le salgan bien. ¿Y por qué no pensarlo? Quiero decir, ¿por qué no imaginar que se conocen, se enamoran y resultan estar hechos el uno para el otro y cuentan esa bonita historia a todo el mundo? Y de paso nos ofrecen al resto unas dosis de esa ilusión perdida, la que se nos cuela por los desagües de las alcantarillas con cada lluvia que nos moja. Quizás vale la pena arriesgarse y, aunque su decisión esté fundamentada en una ilusión y en una idealización, puede ser, desde luego, acertada y satisfactoria. También puede no serlo, pero merece la pena intentarlo o, por lo menos, descubrir si sus intuiciones durante el viaje eran premoniciones o meros deseos proyectados.
Entonces, abotargado por la expresión de algo tan bello, me sumí en una ensoñación y una sonrisa se alojó en mi rostro al imaginar que en la vida, muchas de las cosas que nos pasan las hacemos posibles nosotros y que los polvos mágicos que pueden marcar un antes y un después pueden ser esparcidos por nuestra propia mano.
La radio continuó con su zumbido incesante y a los pocos minutos otra noticia curiosa saltaba a mi oído hasta taladrármelo y provocarme estentóreas carcajadas en la soledad matutina del cubículo al que apodo habitación. Un hombre decide casarse consigo mismo. Así, tal cual. Resulta que esta buena persona (por la que sentí una empatía sorprendentemente grande, todo hay que decirlo), decidió contraer matrimonio con un doble suyo de cartón vestido de novia y con más de cien invitados al evento como protesta. Su intención era expresar su clara insatisfacción con la realidad, señalando que su matrimonio consigo mismo le hace sentir completo de nuevo y que, por lo tanto, profesa una idea de matrimonio totalmente distinta a la actual. A pesar de que no podía dejar de reírme por lo descabellado del asunto (aunque lo de casarme conmigo mismo se me antojó un complemento indispensable a mi vejez solitaria rodeado de gatos), me pareció una iniciativa igual de conmovedora que la primera. Porque sí, porque aunque estéis pensando que el segundo está mal de la azotea, únicamente se trata de una persona más, que, cansada de buscar a príncipes azules y princesas rosas en los vagones del metro, ha decidido tomar la determinación de protestar públicamente haciendo una locura, sí, pero que no hace más que reflejar las continuas dificultades a las que nos vemos expuestos en los vaivenes de la vida amorosa. Está en su derecho de protestar porque la realidad no le ofrece a un sustituto decente a su imagen acartonada vestida de novia.
El primero está dispuesto a buscar y a arriesgarse, dispuesto a sumergirse hasta el cuello, por encontrar al amor de su vida en una completa desconocida. El segundo está tan hastiado y frustrado, que no tiene más remedio que promulgar una soledad autoimpuesta y fruto de lo realmente complicado que resulta luchar por unos sueños de amor y de compresas con alas en los tiempos que corren. Encontrar a la persona adecuada en el momento adecuado y vivir una historia en condiciones.
Los dos me producen una ternura desmedida, pues ¿quién os dice que el que anda soñando en el metro de Nueva York con el amor de su vida no sea el mismo que, a tenor de sus malas experiencias, decida casarse con su doble de cartón en el futuro para mostrar desacuerdo con la realidad y su frustración palpable por no hallar lo que desea?
Supongo, que en buena medida, me parecieron la misma persona en un antes y un después. Y yo, que, consciente de mi bipolaridad, me encuentro en un punto o en otro dependiendo del momento, me identifico con los dos y me siento en medio de un proceso que no se sabe bien si es evolución o involución, pero que nos afecta a todos por igual.
Qué difícil resulta luchar contra la realidad y esparcir notas de magia sin perder los atisbos de ilusión, esperanza, dulzura y ternura que nos hacen únicos y que convierten nuestras intrincadas vidas en una composición de bellos momentos en los que sonreír y disfrutar.
Aunque estos momentos, a veces, parezcan residir sólo en nuestra imaginación.
Conformismos
Anoche, caminando por las calles del centro de madrugada con un trío de rones inundándome el estómago (no, no había wisky y decidí dejarme llevar), la Econo y yo íbamos caminando y hablando sobre la vida. Y, entonces, ella me dijo una frase de esas que hacen que se te salten los empastes y tal y que te dejan el alcohol a la altura de los talones.
Como no, la Econo, consciente de que caminaba junto al mayor rallado que nunca se haya echado a la cara, me hablaba sobre el tema de las relaciones. Me explicaba cómo hay parejas que se miran a los ojos y no se dicen absolutamente nada, conjuntos de dos totalmente artificiales y meramente funcionales. Yo le contesté que estaba en lo cierto, que hay muchos que viven así y que me parece muy triste. La Econo, que apunta maneras a ser una rallada como yo, me dijo que en la vida, aunque creyéramos lo contrario, tenemos pocas posibilidades de elección. Uno no elige a sus compañeros de trabajo (al menos no hasta cierto punto), ni a su familia ni a muchas personas que se cuelan en la vida de todos. La mayor posibilidad de elección que se abre ante nosotros es la de la pareja. Y no me cabe la menor duda sobre que, después de todo, si nos equivocamos al elegir pareja podemos estar cometiendo un grave error irreparable y hacernos mucho daño.
Esto es así. Cuando miro a mi alrededor, en este mundo conformado por parejas, me doy cuenta de que hay quienes se quieren de verdad, quienes de veras están enamorados y se anhelan con miradas y pequeños gestos que hacen que a mí, como espectador y como si estuviera visualizando la película Amelie, que tan apropiada es para estos casos, se me erice la piel de tan sólo imaginar las sensaciones que recubren sendas pieles.
Tengo vivos ejemplos a mi alrededor, como Mic y la Ropilota, La Jefa Ema y el Guiri o la misma Econo y la Inf. Son personas enamoradas profundamente, que sienten que han encontrado un diamante en bruto en esta cantera viciada que es la vida, donde uno tiene que toparse con muchas piedras sin valor hasta dar con aquélla que, sin duda, hará que se estremezcan los sentidos y que su poseedor la acoja entre sus manos sabiéndose el ser humano más afortunado del mundo.
Conozco a personas que están con sus parejas por puro conformismo, por estar, porque de lo malo se quedan con lo mejor, porque no quieren arriesgarse a buscar más, porque tienen miedo a estar solos, porque han dejado de creer en el amor o en el sentimiento ése que todos deseamos albergar con respecto a otra persona, basado en conversaciones infinitas hasta el alba, pasión desmedida y comprensión absoluta. Sí, sí, comprensión absoluta. No en vano, estos días atrás he pronunciado unas palabras que venían a significar que encontrar a alguien que te quiera no es tan difícil. Lo realmente complicado es dar con una persona que te comprenda perfectamente y que te acepte tal y como eres y, aún así, te profese ese amor de calidad.
Yo aspiro a lo mismo. La Econo también me señalaba que soy muy exigente y me preguntaba si soy consciente de las consecuencias que tiene ser así, no conformarse con cualquier cosa, pedir lo imposible. Yo le contesté que sí, que soy consciente de que ser así conlleva un porcentaje de riesgo muy alto de terminar viejo y solo en una casa rodeado solamente de gatos y convertirme en la especie masculina de la mujer demente de Los Simpsons, que se dedica a tirar gatos a los niños que acuden a su puerta a molestar. Sí, tal vez sea ése mi destino, pero, francamente, no me importa.
Llamadme idealista o quinceañera si queréis, pero yo aspiro a mirar con ese brillo en los ojos de esas personas que he nombrado, el que se adivina en sus pupilas cuando la persona de la que están enamoradas entra en la habitación. Yo no quiero un amor de segunda categoría. Yo no quiero conformarme y tampoco quiero que se conformen conmigo. A lo largo de mis vivencias he descubierto que soy capaz de mirar a alguien de esta manera. Lo que todavía no he encontrado es a alguien que me mire a mí así y que quiera estar conmigo de esa forma tan especial, por duro que resulte reconocerlo. Puede que, quizás, todavía no haya encontrado a nadie dispuesto a comprenderme al cien por cien, a entregarse a una historia, a mostrarse tal y como es, a quererme y aceptarme como soy. Y aunque sé que esto último es bien complicado, porque por algo me siento incomprendido y alguien con demasiada complejidad anegando su sangre (y todavía, a veces, creo que esto es un problema, aunque me haga el duro a través de las líneas que componen mi blog), todavía conservo la esperanza de que haya quien me pueda querer de esa forma tan especial que he descrito y que cuando me abrace sienta que es la persona más afortunada del mundo al estar conmigo. Ni que decir tiene que, tanto para darlo como para exigirlo, hace falta ser muy valiente.
Todos tenemos derecho a sentirnos piedras preciosas y no simples guijarros en el camino de otras personas. Yo no voy a ser menos.
No quiero conformismos. Y aunque me canse de que no me sepan ver y valorar en mi justa medida, más agotador resultaría sentirme solo estando con otra persona o que otra persona se sintiera sola estando junto a mí. No concibo sentimiento más desolador.
Y ahora, Efecto Mariposa. Por muchas razones. Porque últimamente no hago más que escucharlos. Porque me recuerdan a ese concierto junto a Pau y la Lincesa. Y porque me recuerdan también que hubo un tiempo en el que mis ojos brillaban más de lo que nunca habían brillado antes.
Como no, la Econo, consciente de que caminaba junto al mayor rallado que nunca se haya echado a la cara, me hablaba sobre el tema de las relaciones. Me explicaba cómo hay parejas que se miran a los ojos y no se dicen absolutamente nada, conjuntos de dos totalmente artificiales y meramente funcionales. Yo le contesté que estaba en lo cierto, que hay muchos que viven así y que me parece muy triste. La Econo, que apunta maneras a ser una rallada como yo, me dijo que en la vida, aunque creyéramos lo contrario, tenemos pocas posibilidades de elección. Uno no elige a sus compañeros de trabajo (al menos no hasta cierto punto), ni a su familia ni a muchas personas que se cuelan en la vida de todos. La mayor posibilidad de elección que se abre ante nosotros es la de la pareja. Y no me cabe la menor duda sobre que, después de todo, si nos equivocamos al elegir pareja podemos estar cometiendo un grave error irreparable y hacernos mucho daño.
Esto es así. Cuando miro a mi alrededor, en este mundo conformado por parejas, me doy cuenta de que hay quienes se quieren de verdad, quienes de veras están enamorados y se anhelan con miradas y pequeños gestos que hacen que a mí, como espectador y como si estuviera visualizando la película Amelie, que tan apropiada es para estos casos, se me erice la piel de tan sólo imaginar las sensaciones que recubren sendas pieles.
Tengo vivos ejemplos a mi alrededor, como Mic y la Ropilota, La Jefa Ema y el Guiri o la misma Econo y la Inf. Son personas enamoradas profundamente, que sienten que han encontrado un diamante en bruto en esta cantera viciada que es la vida, donde uno tiene que toparse con muchas piedras sin valor hasta dar con aquélla que, sin duda, hará que se estremezcan los sentidos y que su poseedor la acoja entre sus manos sabiéndose el ser humano más afortunado del mundo.
Conozco a personas que están con sus parejas por puro conformismo, por estar, porque de lo malo se quedan con lo mejor, porque no quieren arriesgarse a buscar más, porque tienen miedo a estar solos, porque han dejado de creer en el amor o en el sentimiento ése que todos deseamos albergar con respecto a otra persona, basado en conversaciones infinitas hasta el alba, pasión desmedida y comprensión absoluta. Sí, sí, comprensión absoluta. No en vano, estos días atrás he pronunciado unas palabras que venían a significar que encontrar a alguien que te quiera no es tan difícil. Lo realmente complicado es dar con una persona que te comprenda perfectamente y que te acepte tal y como eres y, aún así, te profese ese amor de calidad.
Yo aspiro a lo mismo. La Econo también me señalaba que soy muy exigente y me preguntaba si soy consciente de las consecuencias que tiene ser así, no conformarse con cualquier cosa, pedir lo imposible. Yo le contesté que sí, que soy consciente de que ser así conlleva un porcentaje de riesgo muy alto de terminar viejo y solo en una casa rodeado solamente de gatos y convertirme en la especie masculina de la mujer demente de Los Simpsons, que se dedica a tirar gatos a los niños que acuden a su puerta a molestar. Sí, tal vez sea ése mi destino, pero, francamente, no me importa.
Llamadme idealista o quinceañera si queréis, pero yo aspiro a mirar con ese brillo en los ojos de esas personas que he nombrado, el que se adivina en sus pupilas cuando la persona de la que están enamoradas entra en la habitación. Yo no quiero un amor de segunda categoría. Yo no quiero conformarme y tampoco quiero que se conformen conmigo. A lo largo de mis vivencias he descubierto que soy capaz de mirar a alguien de esta manera. Lo que todavía no he encontrado es a alguien que me mire a mí así y que quiera estar conmigo de esa forma tan especial, por duro que resulte reconocerlo. Puede que, quizás, todavía no haya encontrado a nadie dispuesto a comprenderme al cien por cien, a entregarse a una historia, a mostrarse tal y como es, a quererme y aceptarme como soy. Y aunque sé que esto último es bien complicado, porque por algo me siento incomprendido y alguien con demasiada complejidad anegando su sangre (y todavía, a veces, creo que esto es un problema, aunque me haga el duro a través de las líneas que componen mi blog), todavía conservo la esperanza de que haya quien me pueda querer de esa forma tan especial que he descrito y que cuando me abrace sienta que es la persona más afortunada del mundo al estar conmigo. Ni que decir tiene que, tanto para darlo como para exigirlo, hace falta ser muy valiente.
Todos tenemos derecho a sentirnos piedras preciosas y no simples guijarros en el camino de otras personas. Yo no voy a ser menos.
No quiero conformismos. Y aunque me canse de que no me sepan ver y valorar en mi justa medida, más agotador resultaría sentirme solo estando con otra persona o que otra persona se sintiera sola estando junto a mí. No concibo sentimiento más desolador.
Y ahora, Efecto Mariposa. Por muchas razones. Porque últimamente no hago más que escucharlos. Porque me recuerdan a ese concierto junto a Pau y la Lincesa. Y porque me recuerdan también que hubo un tiempo en el que mis ojos brillaban más de lo que nunca habían brillado antes.