Comunicado Melosexual
Todos los seres así medio raritos que tenemos un blog sabemos que lo de poner un contador queda la mar de mono y además de saber las visitas que tenemos (algunas hasta inesperadas o desesperadas, según se mire) se nos ofrecen todo tipo de servicios, como, por ejemplo, saber cómo la gente ha llegado hasta nuestro blog. Es evidente que mucha gente llega a través de San Google y sus búsquedas imposibles que les ofrecen resultados tan lastimeros como, sin ir más lejos, el contenido de nuestros blogs.
Pues bien, la semana pasada estaba yo tan tranquilo (mentira, seguro que estaba histérico, porque es mi estado natural últimamente), mirando la información de mi contador y me dije “voy a ver qué ha buscado la peña para entrar en mi blog”, así, como muy en plan jovial. Y, entonces, lo vi. Una persona llegó hasta mi blog tecleando en el buscador más conocido de todos los tiempos lo siguiente:
“¿Qué pasa si te masturbas con una flauta?”
O_O
No, a ver, nos riais, que éste es un tema muy serio. A ver, a ver, tranquilicémonos todos.
Para empezar, una duda existencial. ¿Cómo narices ha salido mi blog como resultado de esta pregunta? Prefiero no indagar en esto.
Ahora, naturalicemos el asunto. Yo entiendo que esto es un caso extremo y como habrá más de uno y de una (y no miréis para otro lado, que seguro que hay más de un presente que dice ser melómano y se refiere precisamente a esto) que necesite información referente al tema, muy altruístamente me he decidido a hacer este post.
Muy bien, pongamos el caso de que estás en casa, un sábado por la noche, sin salir, más triste que un plato de habichuelas y entonces te dices a ti mismo “Tengo ganas de hacer algo salvaje que me saque de mi aburrimiento” y miras a tu alrededor repanchingado en la silla. Ves un par de libros (no amas tanto la literatura), el CD que te prestó tu prima la del pueblo (demasiado cuadrado), la cámara de fotos digital (demasiado cara), el mechero (demasiado pequeño, a menos que sea un encendedor de cocina o un lanzallamas, aunque su uso tampoco es aconsejable) y... y entonces la ves claramente, apostada en un rincón: la flauta. La misma flauta que no te ha servido para nada desde que te obligaron a comprártela en el colegio y con la que no llegaste a dar más de dos notas sin desafinar. No la has vuelto a coger más que para hacer el idiota y hasta estuviste a punto de tirarla pero, inteligentemente, pospusiste ese momento pensando “a lo mejor me sirve para algo en el futuro”. Y, ahora, inmerso en tu aburrimiento, te mira con lascivia.
Pegas un respingo y te dices “¿Ves, cuánta razón tenía, si al final me va a ser útil y todo?” y no se te ocurre mejor idea que utilizarla para acabar con tu aburrimiento, para hacer ese algo salvaje que salvará tu sábado noche de caer en el olvido (la experiencia promete ser inolvidable, desde luego) y, además, ya le vas a dar uso a un trasto inútil que mantenías en casa, que eso siempre da un rollito de satisfacción bastante acusado en plan “mira cuanto reciclo” (desde hoy siempre desconfiaré de la gente que dice esto). Hasta orgulloso de ti mismo te sientes. Tomas la flauta entre tus manos y... y... y...
[Cortinilla negra y música de flauta como censura. La música un poco desacompasada, vamos, que no va demasiado con la intensidad de la imagen].
Bueno, pues nada, que se ve que esta persona se masturbó con ella. Omitamos conscientemente los detalles y dejemos que la imaginación de cada uno vuele libremente.
Lo que ocurre es que luego te da el mal rollo, en plan “fíjate lo que he hecho, qué mal” y te planteas que estás enfermo, que eso no puede ser bueno, yo que sé, que es que nadie nunca te ha contado que se lo ha montado con una flauta. Sí, con un pepino sí (todos tenemos un amigo o amiga que lo ha intentado con un pepino y que lo cuenta en una noche de borrachera), pero ¿con una flauta? La duda ensombrece el placer musical y con cara de... cara de... de... con cara de haberte masturbado con una flauta (algo que sin duda marcará un antes y un después en tu vida) te abres el explorador y lo pones en el Google, que es la esperanza de los casos perdidos, la mejor manera de buscar cualquier cosa sin que nadie lo sepa. Pero ahí están los putos motores de búsqueda registrándolo (oh, my god).
Entonces ¿qué pasa si te masturbas con una flauta? Imagino yo que no será que te la entablillas y te la meneas, sino que la forma fálica invita a otros menesteres.
Pues a ver, yo no lo he probado, para eso tendríamos que preguntar a Amanuense o, como mínimo, a algún músico, para que nos cuente la experiencia. Supongo yo que eso depende de lo que cada uno aprendiera en las clases de música, que digo yo que lo mismo suena el cumpleaños feliz, descubrís que se os da bien y os hacéis los reyes de las fiestas de cumpleaños (porque nada más que por el espectá-culo os invitan fijo) o el Para Elisa para los más cultos y refinados, que me consta que los hay. Fíjate, la de conciertos que se podrían dar y cuando el músico dijera aquello de “ha sido un placer” lo diría de verdad y no para quedar bien. Aunque imagino yo que eso de masturbarse todos los días con una flauta debe ser hasta aburrido ya, cansino, aunque no me cabe duda de que para perfilar la técnica habrá que ensayar mucho. Siempre es bueno abrirse y ser un poco polifacético, probar con otros instrumentos, como el clarinete, el saxo o el piano de cola (este último para los más avanzados).
¿Que si para esto hace falta dar clases de Solfeo? Hombre, yo imagino que habrá academias para eso. Todo es cuestión de preguntar en las agencias de trabajo temporal, para ver si hay cursillos gratuitos o de hacer otra búsqueda en Google, del tipo “clases para tocar la flauta con el pompis” (no pongáis culo que os puede salir de todo menos lo que buscáis). Oye, que hay gente para todo y últimamente los estudios y las especializaciones cada vez son más extrañas a tenor de cómo está el mercado laboral. ¿Quién sabe? A lo mejor llegas hasta el conservatorio o te haces de una banda municipal o algo así.
Por supuesto, para las personas que deseen practicarlo, que se aseguren de que no serán sorprendidos, porque una cosa es que te pillen ahí dándole al tema y otra muy distinta que te encuentren a cuatro patas con la flauta en la mano y tratando de discernir exactamente en qué punto de tu malograda existencia estuviste tan aburrido como para echar mano de algo tan tierno, tan aséptico y tan pulcro como una flauta. Pero estoy seguro de que la mayor duda existencial, flauta en mano, será ¿por qué lado dará más gustirrinín? Bueno, que ya me entendéis.
No quiero ni pensar en el cuento del Flautista de Hamelin... con razón encantaba con su música...
Frases como “yo toco con el culo”, “tengo el oído musical en el culo” y “voy de culo en el examen de música” nunca tuvieron más sentido.
Por lo demás, os animo ferviertemente a que contéis en el paperblog vuestras experiencias musicales, ya sea con una flauta u otros instrumentos para hacer una especie de wikipedia de la masturbación inverosímil y que cada uno tenga lo que busca, que eso de encontrar siempre es la mar de importante y sobre todo tratándose de temas tan serios como el culo de cada uno.
Eso sí, como solución final, diré que mejor que una flauta es un consolador o dildo. No es tan original, pero seguro que mucho más limpio y satisfactorio, donde va a parar. Y, para terminar, citaré a una amiga mía del instituto que me escribió una vez en un cuaderno:
“Masturbarse es divertido, pero follando conoces gente”.
Desde el Paperblog, Paper siempre solucionando vuestras dudas existenciales. En el próximo episodio “¿qué pasa si me lo monto con la termomix?”
Pues bien, la semana pasada estaba yo tan tranquilo (mentira, seguro que estaba histérico, porque es mi estado natural últimamente), mirando la información de mi contador y me dije “voy a ver qué ha buscado la peña para entrar en mi blog”, así, como muy en plan jovial. Y, entonces, lo vi. Una persona llegó hasta mi blog tecleando en el buscador más conocido de todos los tiempos lo siguiente:
“¿Qué pasa si te masturbas con una flauta?”
O_O
No, a ver, nos riais, que éste es un tema muy serio. A ver, a ver, tranquilicémonos todos.
Para empezar, una duda existencial. ¿Cómo narices ha salido mi blog como resultado de esta pregunta? Prefiero no indagar en esto.
Ahora, naturalicemos el asunto. Yo entiendo que esto es un caso extremo y como habrá más de uno y de una (y no miréis para otro lado, que seguro que hay más de un presente que dice ser melómano y se refiere precisamente a esto) que necesite información referente al tema, muy altruístamente me he decidido a hacer este post.
Muy bien, pongamos el caso de que estás en casa, un sábado por la noche, sin salir, más triste que un plato de habichuelas y entonces te dices a ti mismo “Tengo ganas de hacer algo salvaje que me saque de mi aburrimiento” y miras a tu alrededor repanchingado en la silla. Ves un par de libros (no amas tanto la literatura), el CD que te prestó tu prima la del pueblo (demasiado cuadrado), la cámara de fotos digital (demasiado cara), el mechero (demasiado pequeño, a menos que sea un encendedor de cocina o un lanzallamas, aunque su uso tampoco es aconsejable) y... y entonces la ves claramente, apostada en un rincón: la flauta. La misma flauta que no te ha servido para nada desde que te obligaron a comprártela en el colegio y con la que no llegaste a dar más de dos notas sin desafinar. No la has vuelto a coger más que para hacer el idiota y hasta estuviste a punto de tirarla pero, inteligentemente, pospusiste ese momento pensando “a lo mejor me sirve para algo en el futuro”. Y, ahora, inmerso en tu aburrimiento, te mira con lascivia.
Pegas un respingo y te dices “¿Ves, cuánta razón tenía, si al final me va a ser útil y todo?” y no se te ocurre mejor idea que utilizarla para acabar con tu aburrimiento, para hacer ese algo salvaje que salvará tu sábado noche de caer en el olvido (la experiencia promete ser inolvidable, desde luego) y, además, ya le vas a dar uso a un trasto inútil que mantenías en casa, que eso siempre da un rollito de satisfacción bastante acusado en plan “mira cuanto reciclo” (desde hoy siempre desconfiaré de la gente que dice esto). Hasta orgulloso de ti mismo te sientes. Tomas la flauta entre tus manos y... y... y...
[Cortinilla negra y música de flauta como censura. La música un poco desacompasada, vamos, que no va demasiado con la intensidad de la imagen].
Bueno, pues nada, que se ve que esta persona se masturbó con ella. Omitamos conscientemente los detalles y dejemos que la imaginación de cada uno vuele libremente.
Lo que ocurre es que luego te da el mal rollo, en plan “fíjate lo que he hecho, qué mal” y te planteas que estás enfermo, que eso no puede ser bueno, yo que sé, que es que nadie nunca te ha contado que se lo ha montado con una flauta. Sí, con un pepino sí (todos tenemos un amigo o amiga que lo ha intentado con un pepino y que lo cuenta en una noche de borrachera), pero ¿con una flauta? La duda ensombrece el placer musical y con cara de... cara de... de... con cara de haberte masturbado con una flauta (algo que sin duda marcará un antes y un después en tu vida) te abres el explorador y lo pones en el Google, que es la esperanza de los casos perdidos, la mejor manera de buscar cualquier cosa sin que nadie lo sepa. Pero ahí están los putos motores de búsqueda registrándolo (oh, my god).
Entonces ¿qué pasa si te masturbas con una flauta? Imagino yo que no será que te la entablillas y te la meneas, sino que la forma fálica invita a otros menesteres.
Pues a ver, yo no lo he probado, para eso tendríamos que preguntar a Amanuense o, como mínimo, a algún músico, para que nos cuente la experiencia. Supongo yo que eso depende de lo que cada uno aprendiera en las clases de música, que digo yo que lo mismo suena el cumpleaños feliz, descubrís que se os da bien y os hacéis los reyes de las fiestas de cumpleaños (porque nada más que por el espectá-culo os invitan fijo) o el Para Elisa para los más cultos y refinados, que me consta que los hay. Fíjate, la de conciertos que se podrían dar y cuando el músico dijera aquello de “ha sido un placer” lo diría de verdad y no para quedar bien. Aunque imagino yo que eso de masturbarse todos los días con una flauta debe ser hasta aburrido ya, cansino, aunque no me cabe duda de que para perfilar la técnica habrá que ensayar mucho. Siempre es bueno abrirse y ser un poco polifacético, probar con otros instrumentos, como el clarinete, el saxo o el piano de cola (este último para los más avanzados).
¿Que si para esto hace falta dar clases de Solfeo? Hombre, yo imagino que habrá academias para eso. Todo es cuestión de preguntar en las agencias de trabajo temporal, para ver si hay cursillos gratuitos o de hacer otra búsqueda en Google, del tipo “clases para tocar la flauta con el pompis” (no pongáis culo que os puede salir de todo menos lo que buscáis). Oye, que hay gente para todo y últimamente los estudios y las especializaciones cada vez son más extrañas a tenor de cómo está el mercado laboral. ¿Quién sabe? A lo mejor llegas hasta el conservatorio o te haces de una banda municipal o algo así.
Por supuesto, para las personas que deseen practicarlo, que se aseguren de que no serán sorprendidos, porque una cosa es que te pillen ahí dándole al tema y otra muy distinta que te encuentren a cuatro patas con la flauta en la mano y tratando de discernir exactamente en qué punto de tu malograda existencia estuviste tan aburrido como para echar mano de algo tan tierno, tan aséptico y tan pulcro como una flauta. Pero estoy seguro de que la mayor duda existencial, flauta en mano, será ¿por qué lado dará más gustirrinín? Bueno, que ya me entendéis.
No quiero ni pensar en el cuento del Flautista de Hamelin... con razón encantaba con su música...
Frases como “yo toco con el culo”, “tengo el oído musical en el culo” y “voy de culo en el examen de música” nunca tuvieron más sentido.
Por lo demás, os animo ferviertemente a que contéis en el paperblog vuestras experiencias musicales, ya sea con una flauta u otros instrumentos para hacer una especie de wikipedia de la masturbación inverosímil y que cada uno tenga lo que busca, que eso de encontrar siempre es la mar de importante y sobre todo tratándose de temas tan serios como el culo de cada uno.
Eso sí, como solución final, diré que mejor que una flauta es un consolador o dildo. No es tan original, pero seguro que mucho más limpio y satisfactorio, donde va a parar. Y, para terminar, citaré a una amiga mía del instituto que me escribió una vez en un cuaderno:
“Masturbarse es divertido, pero follando conoces gente”.
Desde el Paperblog, Paper siempre solucionando vuestras dudas existenciales. En el próximo episodio “¿qué pasa si me lo monto con la termomix?”
Dimes y Diretes
Hace cosa de un par de días, una persona que me conoce muy bien me preguntaba si soy consciente de que siendo como soy me va a costar mucho ser feliz.
Ortega y Gasset decía que cada persona construye para sí mismo un proyecto de vida en un mundo imaginario, es decir, constituye una vida ideal desarrollada dentro de un mundo ideal, conforme a sus creencias y valores. Cada persona imagina una vida y lucha para que ésta sea como ha imaginado, en continuo conflicto con las circunstancias y modelos sociales, que no siempre se ajustan (más bien raras veces se ajustan) a lo que el individuo espera. Ortega afirma que el ser humano es un animal enfermo, puesto que no se adapta al entorno como el resto de las especies sino que trata de adaptar el entorno a la vida que ha imaginado. (No veas la que os he soltado, así, sin previo aviso).
También decía un afamado psicólogo o escritor (no lo recuerdo muy bien. Iba a buscarlo en el Google para parecer que soy más culto, pero, al fin y al cabo, no importa quién lo dijo, sino lo que dijo) que las neurosis son el producto de una inadaptación a los modelos de conducta social reinantes.
Quizás, el afamado psicólogo o escritor tenga toda la razón del mundo y yo no sea más que un neurótico. Resulta frustrante no compartir los modelos de conducta de la gente que te rodea, no decidir ser egoísta, pensar en los demás, intentar hacer las cosas siempre bien, sin hacer daño a nadie y bajo principios tan modélicos como la autenticidad o la empatía, la bondad, la filantropía, tratar a todo el mundo con el debido respeto, pensar que cada persona tiene un valor incalculable y que no quieres convertirte en alguien que haga daño indiscriminadamente (incluso cuando eso te produciría cierto gustirrinín). Es frustrante ser coherente, decir lo que piensas, no tratar al resto como meros satisfactores de tus necesidades. Es frustrante imaginar un mundo en el que la gente se haga responsable de sus acciones, en el que la gente sea consciente del daño que puede hacer a otros mediante su egoísmo, sus comentarios, sus inseguridades proyectadas, sus mentiras y autojustificaciones.
No. Estoy equivocado. Nada de lo anterior resulta frustrante. Lo que es verdaderamente frustrante es ponerlo en práctica, ser coherente con todos esos principios, y no recibir la respuesta apropiada, la reciprocidad que todos anhelamos. Eso, el no ser correspondidos con la misma moneda, es lo que en realidad frustra.
Quizás Ortega y Gasset tenía razón y yo no soy más que un animal enfermo, el más enfermo de todos, porque imagino un mundo que, sencillamente, no existe. Porque la gente sigue mintiendo, sigue usándote, sigue tratando de hacer que muerdas el polvo para quedar ellos por encima, sigue haciéndote daño gratuitamente por puro placer y sigue justificando sus comportamientos en un egoísmo exacerbado y un hedonismo desmesurado, puesto que si ellos están bien y obtienen placer de sus acciones, qué más da el resto, qué más da ser coherentes. Puede, y seguramente es verdad, que fuera más feliz si me limitara a dejarme llevar por esas conductas sociales que critico y caer en ellas (total, ya lo hace el 90 por ciento de la población mundial, ¿por qué yo no?), criticarlas para quedar bien y luego hacer lo mismo que hacen todos, que es pensar en mi puto culo y en nada más, pensar en mis necesidades, en que yo soy lo más de lo más, en que la gente se sitúa a mi alrededor sólo para servirme, para que yo consiga lo que quiero en todo momento. Puede que fuera más feliz si me dedicara a hacer el idiota, si decidiera no pensar, no construír un mundo tan utópico, tan jodidamente ideal y lejano, si no me enervara cada vez que alguien hace algo mal, cada vez que hay alguna injusticia, cada vez que las personas sufren porque alguien no ha desarrollado su cerebro lo suficiente (o, sencillamente, no lo ha desarrollado). Me iría mucho mejor si no me indignara por cada ocasión en la que se nos pierde el respeto como personas, cada vez que alguien dice que pensar no está bien, insultando mi inteligencia, que esto es jauja, que ser auténticos es subirte en el capó de un coche con un tutú de plumas a cantar la última de Camela en versión marica mix, porque mira lo transgresor que resulta y eso debe ser autenticidad. Tal vez debería adaptarme a la superficialidad, rendirme a la frivolidad de las interpretaciones, a la insustancialidad de las conversaciones de muchos, a la incapacidad demostrada por muchos otros no ya para amar, sino para tratar a las personas como merecen. Puede que debiera convertirme a la simpleza, decir que si alguien está triste es porque le ha dejado el novio, no ver los matices, hacerme el idiota ante las expresiones de los demás y soltar frases cargadas de tipicidad y que de ser tan repetidas han perdido la poca fuerza que pudieran tener en su nacimiento. Tal vez, como animal de esta sociedad, debería, sin más, tirar mi proyecto por la borda, dejar de pensar en mundos ideales y en relaciones positivas y sanas. Es probable que debiera dejar de creer en que ser sensible es algo bueno y dejarme llevar por lo que demuestran los demás, que ser sensible es una mierda, que es mucho mejor ser un capullo integral que hace como que no se entera de nada.
Pero no lo voy a hacer. Porque el problema no soy yo, ni es el mundo, sino las personas que habitan en él. No voy a ceder para darles la razón, para justificar sus comportamientos, por mucho que haya días en los que me apetezca rendirme de pura desesperación y de pura incomprensión.
Por último, puede que mi amigo tenga razón y me vaya a costar demasiado ser feliz. Mucho más que a los otros. Puede que mi concepción del mundo me traíga grandes decepciones y tristezas como la copa de un pino.
Pero es mi mundo. Y yo soy mi mundo. Aunque seamos pocos, muy pocos, los que habitamos en él.
No renegaré de mi mundo ni de mí mismo. Si lo hiciera, nunca podría ser feliz.
Y tengo una enorme capacidad para ser feliz, porque yo sí sé apreciar la belleza de las formas y el valor intrínseco de las cosas bien hechas y de las personas que se han esculpido a sí mismas. Mi vello se eriza, mis ojos se humedecen y soy capaz de detectar los detalles, las pequeñas obras de arte que flotan en el aire y que pasan desapercibidas para aquellos que creen que la vida, los sentimientos y las personas no son más que reglas de un juego en el que derribar al adversario lo es todo. No voy a formar parte de ese juego.
Aunque sólo sea feliz a ratos, reiré más alto que aquellos que han añadido una mueca repleta de falsedad a sus mandíbulas como repertorio latente de su hipocresía con el fin de conseguir sus efímeras victorias.
Reiré más alto. Tenga el viento a favor o en contra y aunque mi cuerpo se tambalee de lado a lado.
[PASTORA – Grandes Despedidas]
Ortega y Gasset decía que cada persona construye para sí mismo un proyecto de vida en un mundo imaginario, es decir, constituye una vida ideal desarrollada dentro de un mundo ideal, conforme a sus creencias y valores. Cada persona imagina una vida y lucha para que ésta sea como ha imaginado, en continuo conflicto con las circunstancias y modelos sociales, que no siempre se ajustan (más bien raras veces se ajustan) a lo que el individuo espera. Ortega afirma que el ser humano es un animal enfermo, puesto que no se adapta al entorno como el resto de las especies sino que trata de adaptar el entorno a la vida que ha imaginado. (No veas la que os he soltado, así, sin previo aviso).
También decía un afamado psicólogo o escritor (no lo recuerdo muy bien. Iba a buscarlo en el Google para parecer que soy más culto, pero, al fin y al cabo, no importa quién lo dijo, sino lo que dijo) que las neurosis son el producto de una inadaptación a los modelos de conducta social reinantes.
Quizás, el afamado psicólogo o escritor tenga toda la razón del mundo y yo no sea más que un neurótico. Resulta frustrante no compartir los modelos de conducta de la gente que te rodea, no decidir ser egoísta, pensar en los demás, intentar hacer las cosas siempre bien, sin hacer daño a nadie y bajo principios tan modélicos como la autenticidad o la empatía, la bondad, la filantropía, tratar a todo el mundo con el debido respeto, pensar que cada persona tiene un valor incalculable y que no quieres convertirte en alguien que haga daño indiscriminadamente (incluso cuando eso te produciría cierto gustirrinín). Es frustrante ser coherente, decir lo que piensas, no tratar al resto como meros satisfactores de tus necesidades. Es frustrante imaginar un mundo en el que la gente se haga responsable de sus acciones, en el que la gente sea consciente del daño que puede hacer a otros mediante su egoísmo, sus comentarios, sus inseguridades proyectadas, sus mentiras y autojustificaciones.
No. Estoy equivocado. Nada de lo anterior resulta frustrante. Lo que es verdaderamente frustrante es ponerlo en práctica, ser coherente con todos esos principios, y no recibir la respuesta apropiada, la reciprocidad que todos anhelamos. Eso, el no ser correspondidos con la misma moneda, es lo que en realidad frustra.
Quizás Ortega y Gasset tenía razón y yo no soy más que un animal enfermo, el más enfermo de todos, porque imagino un mundo que, sencillamente, no existe. Porque la gente sigue mintiendo, sigue usándote, sigue tratando de hacer que muerdas el polvo para quedar ellos por encima, sigue haciéndote daño gratuitamente por puro placer y sigue justificando sus comportamientos en un egoísmo exacerbado y un hedonismo desmesurado, puesto que si ellos están bien y obtienen placer de sus acciones, qué más da el resto, qué más da ser coherentes. Puede, y seguramente es verdad, que fuera más feliz si me limitara a dejarme llevar por esas conductas sociales que critico y caer en ellas (total, ya lo hace el 90 por ciento de la población mundial, ¿por qué yo no?), criticarlas para quedar bien y luego hacer lo mismo que hacen todos, que es pensar en mi puto culo y en nada más, pensar en mis necesidades, en que yo soy lo más de lo más, en que la gente se sitúa a mi alrededor sólo para servirme, para que yo consiga lo que quiero en todo momento. Puede que fuera más feliz si me dedicara a hacer el idiota, si decidiera no pensar, no construír un mundo tan utópico, tan jodidamente ideal y lejano, si no me enervara cada vez que alguien hace algo mal, cada vez que hay alguna injusticia, cada vez que las personas sufren porque alguien no ha desarrollado su cerebro lo suficiente (o, sencillamente, no lo ha desarrollado). Me iría mucho mejor si no me indignara por cada ocasión en la que se nos pierde el respeto como personas, cada vez que alguien dice que pensar no está bien, insultando mi inteligencia, que esto es jauja, que ser auténticos es subirte en el capó de un coche con un tutú de plumas a cantar la última de Camela en versión marica mix, porque mira lo transgresor que resulta y eso debe ser autenticidad. Tal vez debería adaptarme a la superficialidad, rendirme a la frivolidad de las interpretaciones, a la insustancialidad de las conversaciones de muchos, a la incapacidad demostrada por muchos otros no ya para amar, sino para tratar a las personas como merecen. Puede que debiera convertirme a la simpleza, decir que si alguien está triste es porque le ha dejado el novio, no ver los matices, hacerme el idiota ante las expresiones de los demás y soltar frases cargadas de tipicidad y que de ser tan repetidas han perdido la poca fuerza que pudieran tener en su nacimiento. Tal vez, como animal de esta sociedad, debería, sin más, tirar mi proyecto por la borda, dejar de pensar en mundos ideales y en relaciones positivas y sanas. Es probable que debiera dejar de creer en que ser sensible es algo bueno y dejarme llevar por lo que demuestran los demás, que ser sensible es una mierda, que es mucho mejor ser un capullo integral que hace como que no se entera de nada.
Pero no lo voy a hacer. Porque el problema no soy yo, ni es el mundo, sino las personas que habitan en él. No voy a ceder para darles la razón, para justificar sus comportamientos, por mucho que haya días en los que me apetezca rendirme de pura desesperación y de pura incomprensión.
Por último, puede que mi amigo tenga razón y me vaya a costar demasiado ser feliz. Mucho más que a los otros. Puede que mi concepción del mundo me traíga grandes decepciones y tristezas como la copa de un pino.
Pero es mi mundo. Y yo soy mi mundo. Aunque seamos pocos, muy pocos, los que habitamos en él.
No renegaré de mi mundo ni de mí mismo. Si lo hiciera, nunca podría ser feliz.
Y tengo una enorme capacidad para ser feliz, porque yo sí sé apreciar la belleza de las formas y el valor intrínseco de las cosas bien hechas y de las personas que se han esculpido a sí mismas. Mi vello se eriza, mis ojos se humedecen y soy capaz de detectar los detalles, las pequeñas obras de arte que flotan en el aire y que pasan desapercibidas para aquellos que creen que la vida, los sentimientos y las personas no son más que reglas de un juego en el que derribar al adversario lo es todo. No voy a formar parte de ese juego.
Aunque sólo sea feliz a ratos, reiré más alto que aquellos que han añadido una mueca repleta de falsedad a sus mandíbulas como repertorio latente de su hipocresía con el fin de conseguir sus efímeras victorias.
Reiré más alto. Tenga el viento a favor o en contra y aunque mi cuerpo se tambalee de lado a lado.
[PASTORA – Grandes Despedidas]
El Despechado
Otro de los grandes sentimientos humanos (que en este blog somos la mar de sentimentales sin que esto deba significar cursis o románticos necesariamente) es el despecho. Queramos admitirlo o no, cuando nos abandonan y nos dejan (y nos dicen adiós con las orejas) todos y cada uno de nosotros, previa tristeza, nos dejamos llevar por este impetuoso sentimiento. Lo más normal es que cuando te abandonan y te dejan con la autoestima a la altura de la suela de los zapatos (tirando por lo alto) surge el momento drama queen de “ay, por diosa, ¿cómo has podido abandonarme?” aderezado con tres días oyendo canciones de Mariah Carey. Toda esa energía termina transformándose en algo mucho más negativo (para qué negarlo, la tristeza es destrucción contra uno mismo, el despecho contra uno mismo y contra los demás, mucho mejor, o follamos todos o la puta al río) pero infinitamente más divertido (para ti y para tus amigos), porque tu lengua afilada y momentáneamente apaciguada por el sabor de las lágrimas saldrá a relucir con una fiereza implacable y no harás otra cosa más que expresar lindezas como las que siguen:
-Buah, pues tampoco era para tanto el idiota ése. Él se lo pierde (un clásico).
-Pero si no sabía hacer ni la O con un canuto...
-Ni siquiera sé por qué estaba con él. (Un poquito de autoengaño no viene nada mal).
-Y, además, yo soy mucho más fantástico que él, donde va a parar. (Esto es verdad, al menos tú eres una persona coherente).
-Pero, por favor, si el tío ése con el que se ha ido es muchísimo más feo que yo y tiene cara de chuparla peor. Estoy completamente seguro. ¿A qué sí, Pau? Esto...
-Seguro que piensa en mí cuando se tira a otros.
-No podrá ser feliz en la vida porque no tiene corazón (esto es casos extremos, pero también se está poniendo muy de moda y da un aire como muy de novela rosa).
Se trata, como véis, de remarcar todos y cada uno de los defectos con la intención de desidealizar completamente al individuo (y si no encuentras defectos suficientes te los inventas. Ya verás, es un no parar, empiezas y no puedes dejar de soltar barbaridades, descubriendo tu lado de despechada de culebrón venezolano, que no creías tan acusado y que te ha sorprendido gratamente). Evidentemente, el despecho produce una sensación de fuerza enorme porque el hecho de que puedas hablar en semejantes términos del mismo por el que llorabas un mes atrás hace que recobres la confianza en ti mismo. Y, además, que lo de ser un poco perversos siempre gusta, qué leñe. Vaya, que os hacéis una idea.
Cuando uno está despechado se pregunta cien veces al día qué fue lo que vio en el individuo en cuestión para haber perdido hasta el elástico de los calzoncillos y como no encuentra respuesta coherente, con el añadido de haber sido rechazado por él, pues hay que devolver esa especie de ira interior contra el mundo y, muy especialmente, contra el objeto de las frustraciones.
Para ello, además del critiqueo debidamente descontrolado y azuzado por vuestras amistades, que se sienten tan dolidas como vosotros y, al mismo tiempo, sienten que su lengua se afila también sin poder determinar un motivo exacto (hasta llegan a criticarle más que vosotros) se llevan a cabo una serie de técnicas fundamentales entre las que destacan:
-Look extremadamente arreglado, incluyendo corte de pelo fachion espectacular que te haga más guapo (por lo que se acude al peluquero un total de cuatro veces al día para que te atuse hasta el último mechón del flequillo), afeitado (también vale dejarse barba o perilla cuidada para parecer interesantes. Si has hecho esto último deja tu número de teléfono, que hay quiénes dicen por ahí que pierdo el culo por una perilla), vestimenta apropiadamente juvenil y cañera (cuando el individuo te deja todo tu armario carecerá de sentido y acudirás a todas las tiendas posibles a fundir la tarjeta de crédito comprándote trapitos, aunque bien es cierto que lo haces porque el consumismo alivia el vacío existencial y éste es un hecho más que probado), complementos nuevos (pulseritas, collares, pendientes que den sentido a tu nueva personalidad) y a juego en lo que a gama cromática se refiere (of course). Cambiarás hasta la manera de caminar, parecerás mucho más guapo (por eso mismo nadie te reconocerá) y todo ello para que cuando te cruces con el individuo en cuestión éste vea toooooooodo lo que se ha perdido (y no me digáis que no que éste es un pensamiento universal de despechado).
-Mirada altanera funcional: como si tuvieras una torticolis. Especialmente ensayada delante del espejo para hacerle ver al sujeto (si es que te lo cruzas) que no te importa lo más mínimo que te haya dejado, que estás la mar de bien y que, es más, te sientes muy superior a él en cuanto a inteligencia. Es la típica actitud de “yo soy mucho más que tú, más fuerte, más inteligente, más guapo, más entero, más completo, más maravilloso, más más y más todo”.
-Fingir que te va de puta madre. Esto es un clásico, porque los que te dejan suelen intentar limpiar sus conciencias interesándose por tu vida, posando una mano afectuosa sobre tu hombro y preguntando con caras de cordero degollado “qué tal te va” (y todo para largarse a casa sintiéndose mejor y dándose palmaditas en la espalda). Tú, por supuesto, dirás que te va megachachi genial, que te han ascendido en el trabajo, que has terminado tus estudios para ser astronauta y que aunque la NASA te llamó para cubrir un puesto de directivo te negaste porque preferías seguir llevando tu pequeña vida humilde, llena de amigos que te quieren a rabiar y de ligues de una noche que se dedican a ser modelos de ropa interior a los que te tiras sin piedad y que te piden la mano día sí día también con anillos de pedruscos descomunales. Sin embargo, estás a punto de decidirte por un apuesto multimillonario inteligentísimo, guapísimo, escritorísimo y fundadorísimo de una ONG para erradicar la pobreza en algún país del tercer mundo que te ha ofrecido pasar el resto de tu vida sin dar un palo al agua y que como viaje de novios te quiere dar la vuelta al mundo como Willy Fog. Sí, niños y niñas, la imaginación cuenta mucho para este tipo de situaciones. Si no la tienes desarrollada, utiliza la exageración, que tampoco viene nada mal. Todo ello con el objetivo de decirle: “no te necesito, imbécil, y hasta me va mejor sin ti”.
-Tontear con todo bicho viviente. Si te encuentras al individuo en un pub, resultará que esa noche (además de beberte quinientos veinticinco litros de wisky, aunque de esto sólo debe enterarse el camarero al cual harás cómplice, y accederá porque seguro que ha pasado por una situación parecida) serás el más relaciones públicas del mundo y hablarás hasta con una mata de helechos. No sólo hablarás, sino que flirtearás a propósito, reirás chistes que en otro momento habrías lapidado con un comentario lleno de sarcasmo hiriente (con lo cual nadie te reconocerá y hasta pensarán que eres encantador) y bailarás de la manera más guarra posible (perdón, quise decir sensual, no hay que pasarse con los movimientos pélvicos, a ver si se te va a descuajeringar la cadera que puede haber demasiada ira en tu interior ante el encontronazo). Todo ello con el objetivo claro de expresar: “hay muchos peces en el mar, muchos otros aparte de ti, y más guapos, musculados y con el rabo más grande” (que lo del rabo siempre crea inseguridades irracionales en el sexo masculino).
-La actitud hacia el nuevo novio del individuo. Porque claro, cuando te dejó te dijo que quería estar solo pero, de repente, encontró al amor de su vida (al nuevo amor de su vida) volviendo una esquina. En este momento es fundamental mantener una actitud receptiva hacia el nuevo amor del sujeto, para que no se te vea el plumero. Por supuesto se las tirarás, pero a un estilo más fino y elegante. Se trata de ser simpáticos y, al mismo tiempo, apretar los dientes mientras sonríes forzadamente y piensas “me caes como el culo, bonito, y que sepas que él ha empeorado y bajado el listón después de mí. Pero te lo puedes quedar porque nunca me había dado cuenta hasta este momento de lo subnormal que es”. Si el nuevo novio es una víbora que decide que como tú te lo has pasado por la piedra antes debes morir entre las brasas del infierno, tanto más divertido, porque tenderá a ofrecer la misma mueca repleta de falsedad y la conversación puede derivar por derroteros como los siguientes:
El nuevo: pues fíjate, que me dijo el otro día que nunca había tenido un orgasmo hasta que no lo hizo conmigo.
Tu yo más despechado: ah, ¿a ti también te lo dijo? Va, no me digas que también te ha dicho lo de que eres una estrella de mar en su universo marino utilizando la canción de Amaral... A veces todavía me pregunto como pude ser tan idiota para tragarme algo así, tan cursi además...
Si el nuevo palidece habrás cumplido tu cometido (y puede que te lleves una hostia, pero no será nada comparado con la satisfacción interior y pseudorgásmica que puedes experimentar en ese instante).
En resumen, lo de estar despechado no es más que una fase del desamor. Muy divertida, insisto, porque agudiza la creatividad y el ingenio y si lo mezclas con la ironía puede que hasta te contraten para hacer monólogos en el Club de la Comedia. No obstante, pasará. No es más que el amor transformado en tristeza y luego en odio, que se disipará en cuanto el individuo te produzca una indiferencia supina y decidas no perder más tiempo de tu ajetreada existencia pensando en alguien que no supo valorar lo que tú estabas dispuesto a ofrecer.
Para la canción, he de reconocer que lo he tenido difícil. Hay muchas, muchísimas, canciones en las que se perciben elementos de despecho. Y, ciertamente, más de la mitad son temas conocidos como maricas hechos por las divas gays por excelencia. Se ve que las maricas somos la mar de dramaqueenes y criticonas y lo de estar despechadas se nos da genial. A pesar de la gran variedad y por razones sentimentales, me quedo con ésta.
Que ustedes lo despechen bien.
[CHER – Strong Enough]
-Buah, pues tampoco era para tanto el idiota ése. Él se lo pierde (un clásico).
-Pero si no sabía hacer ni la O con un canuto...
-Ni siquiera sé por qué estaba con él. (Un poquito de autoengaño no viene nada mal).
-Y, además, yo soy mucho más fantástico que él, donde va a parar. (Esto es verdad, al menos tú eres una persona coherente).
-Pero, por favor, si el tío ése con el que se ha ido es muchísimo más feo que yo y tiene cara de chuparla peor. Estoy completamente seguro. ¿A qué sí, Pau? Esto...
-Seguro que piensa en mí cuando se tira a otros.
-No podrá ser feliz en la vida porque no tiene corazón (esto es casos extremos, pero también se está poniendo muy de moda y da un aire como muy de novela rosa).
Se trata, como véis, de remarcar todos y cada uno de los defectos con la intención de desidealizar completamente al individuo (y si no encuentras defectos suficientes te los inventas. Ya verás, es un no parar, empiezas y no puedes dejar de soltar barbaridades, descubriendo tu lado de despechada de culebrón venezolano, que no creías tan acusado y que te ha sorprendido gratamente). Evidentemente, el despecho produce una sensación de fuerza enorme porque el hecho de que puedas hablar en semejantes términos del mismo por el que llorabas un mes atrás hace que recobres la confianza en ti mismo. Y, además, que lo de ser un poco perversos siempre gusta, qué leñe. Vaya, que os hacéis una idea.
Cuando uno está despechado se pregunta cien veces al día qué fue lo que vio en el individuo en cuestión para haber perdido hasta el elástico de los calzoncillos y como no encuentra respuesta coherente, con el añadido de haber sido rechazado por él, pues hay que devolver esa especie de ira interior contra el mundo y, muy especialmente, contra el objeto de las frustraciones.
Para ello, además del critiqueo debidamente descontrolado y azuzado por vuestras amistades, que se sienten tan dolidas como vosotros y, al mismo tiempo, sienten que su lengua se afila también sin poder determinar un motivo exacto (hasta llegan a criticarle más que vosotros) se llevan a cabo una serie de técnicas fundamentales entre las que destacan:
-Look extremadamente arreglado, incluyendo corte de pelo fachion espectacular que te haga más guapo (por lo que se acude al peluquero un total de cuatro veces al día para que te atuse hasta el último mechón del flequillo), afeitado (también vale dejarse barba o perilla cuidada para parecer interesantes. Si has hecho esto último deja tu número de teléfono, que hay quiénes dicen por ahí que pierdo el culo por una perilla), vestimenta apropiadamente juvenil y cañera (cuando el individuo te deja todo tu armario carecerá de sentido y acudirás a todas las tiendas posibles a fundir la tarjeta de crédito comprándote trapitos, aunque bien es cierto que lo haces porque el consumismo alivia el vacío existencial y éste es un hecho más que probado), complementos nuevos (pulseritas, collares, pendientes que den sentido a tu nueva personalidad) y a juego en lo que a gama cromática se refiere (of course). Cambiarás hasta la manera de caminar, parecerás mucho más guapo (por eso mismo nadie te reconocerá) y todo ello para que cuando te cruces con el individuo en cuestión éste vea toooooooodo lo que se ha perdido (y no me digáis que no que éste es un pensamiento universal de despechado).
-Mirada altanera funcional: como si tuvieras una torticolis. Especialmente ensayada delante del espejo para hacerle ver al sujeto (si es que te lo cruzas) que no te importa lo más mínimo que te haya dejado, que estás la mar de bien y que, es más, te sientes muy superior a él en cuanto a inteligencia. Es la típica actitud de “yo soy mucho más que tú, más fuerte, más inteligente, más guapo, más entero, más completo, más maravilloso, más más y más todo”.
-Fingir que te va de puta madre. Esto es un clásico, porque los que te dejan suelen intentar limpiar sus conciencias interesándose por tu vida, posando una mano afectuosa sobre tu hombro y preguntando con caras de cordero degollado “qué tal te va” (y todo para largarse a casa sintiéndose mejor y dándose palmaditas en la espalda). Tú, por supuesto, dirás que te va megachachi genial, que te han ascendido en el trabajo, que has terminado tus estudios para ser astronauta y que aunque la NASA te llamó para cubrir un puesto de directivo te negaste porque preferías seguir llevando tu pequeña vida humilde, llena de amigos que te quieren a rabiar y de ligues de una noche que se dedican a ser modelos de ropa interior a los que te tiras sin piedad y que te piden la mano día sí día también con anillos de pedruscos descomunales. Sin embargo, estás a punto de decidirte por un apuesto multimillonario inteligentísimo, guapísimo, escritorísimo y fundadorísimo de una ONG para erradicar la pobreza en algún país del tercer mundo que te ha ofrecido pasar el resto de tu vida sin dar un palo al agua y que como viaje de novios te quiere dar la vuelta al mundo como Willy Fog. Sí, niños y niñas, la imaginación cuenta mucho para este tipo de situaciones. Si no la tienes desarrollada, utiliza la exageración, que tampoco viene nada mal. Todo ello con el objetivo de decirle: “no te necesito, imbécil, y hasta me va mejor sin ti”.
-Tontear con todo bicho viviente. Si te encuentras al individuo en un pub, resultará que esa noche (además de beberte quinientos veinticinco litros de wisky, aunque de esto sólo debe enterarse el camarero al cual harás cómplice, y accederá porque seguro que ha pasado por una situación parecida) serás el más relaciones públicas del mundo y hablarás hasta con una mata de helechos. No sólo hablarás, sino que flirtearás a propósito, reirás chistes que en otro momento habrías lapidado con un comentario lleno de sarcasmo hiriente (con lo cual nadie te reconocerá y hasta pensarán que eres encantador) y bailarás de la manera más guarra posible (perdón, quise decir sensual, no hay que pasarse con los movimientos pélvicos, a ver si se te va a descuajeringar la cadera que puede haber demasiada ira en tu interior ante el encontronazo). Todo ello con el objetivo claro de expresar: “hay muchos peces en el mar, muchos otros aparte de ti, y más guapos, musculados y con el rabo más grande” (que lo del rabo siempre crea inseguridades irracionales en el sexo masculino).
-La actitud hacia el nuevo novio del individuo. Porque claro, cuando te dejó te dijo que quería estar solo pero, de repente, encontró al amor de su vida (al nuevo amor de su vida) volviendo una esquina. En este momento es fundamental mantener una actitud receptiva hacia el nuevo amor del sujeto, para que no se te vea el plumero. Por supuesto se las tirarás, pero a un estilo más fino y elegante. Se trata de ser simpáticos y, al mismo tiempo, apretar los dientes mientras sonríes forzadamente y piensas “me caes como el culo, bonito, y que sepas que él ha empeorado y bajado el listón después de mí. Pero te lo puedes quedar porque nunca me había dado cuenta hasta este momento de lo subnormal que es”. Si el nuevo novio es una víbora que decide que como tú te lo has pasado por la piedra antes debes morir entre las brasas del infierno, tanto más divertido, porque tenderá a ofrecer la misma mueca repleta de falsedad y la conversación puede derivar por derroteros como los siguientes:
El nuevo: pues fíjate, que me dijo el otro día que nunca había tenido un orgasmo hasta que no lo hizo conmigo.
Tu yo más despechado: ah, ¿a ti también te lo dijo? Va, no me digas que también te ha dicho lo de que eres una estrella de mar en su universo marino utilizando la canción de Amaral... A veces todavía me pregunto como pude ser tan idiota para tragarme algo así, tan cursi además...
Si el nuevo palidece habrás cumplido tu cometido (y puede que te lleves una hostia, pero no será nada comparado con la satisfacción interior y pseudorgásmica que puedes experimentar en ese instante).
En resumen, lo de estar despechado no es más que una fase del desamor. Muy divertida, insisto, porque agudiza la creatividad y el ingenio y si lo mezclas con la ironía puede que hasta te contraten para hacer monólogos en el Club de la Comedia. No obstante, pasará. No es más que el amor transformado en tristeza y luego en odio, que se disipará en cuanto el individuo te produzca una indiferencia supina y decidas no perder más tiempo de tu ajetreada existencia pensando en alguien que no supo valorar lo que tú estabas dispuesto a ofrecer.
Para la canción, he de reconocer que lo he tenido difícil. Hay muchas, muchísimas, canciones en las que se perciben elementos de despecho. Y, ciertamente, más de la mitad son temas conocidos como maricas hechos por las divas gays por excelencia. Se ve que las maricas somos la mar de dramaqueenes y criticonas y lo de estar despechadas se nos da genial. A pesar de la gran variedad y por razones sentimentales, me quedo con ésta.
Que ustedes lo despechen bien.
[CHER – Strong Enough]
Nada es lo que (nos) Parece
Siguiendo con el rollo psicológico (y es que lo siento, pero estoy de exámenes y me afecta seriamente al cerebro) me propongo informar altruístamente a todos mis lectores sobre otra de las grandes teorías que pueden ayudarnos a entender el mundo y a nosotros mismos (eso en el caso de que el sujeto lector sienta tentación o inclinación por hacerlo. Siempre es mucho más fácil hacerse el sueco y no pensar, ese maravilloso consejo que me dan algunos como algo la mar de positivo. Como si lo de pensar fuera una cosa así que dejas de hacer como comer bocadillos de lomo en manteca).
Dentro del modelo cognitivo encontramos una teoría muy interesante: la Terapia Racional Emotiva, que nos insiste en que la perturbación emocional no es creada por las situaciones, sino por la interpretación que hace el sujeto sobre dichas situaciones. Bien, todos sabemos que yo soy un perturbado, así que ¿por qué os extraña tanto que me interese por esta teoría?
Dicho todo esto y para ilustrar la idea, procedamos a la exposición del ejemplo. Venga, que yo sé que esto os gusta. Vamos allá. Sábado por la noche (como no). Te encuentras en un garito de mala muerte rodeado de seres tan anodinos e insulsos que estás a punto de vomitar (y no precisamente por la cantidad de alcohol ingerido). Te han arrastrado hasta allí y la perspectiva de la noche es tan poco alentadora que has procedido a trasladar tu mente a esos mundos paralelos que sólo poseemos las personas de gran mundo interior (o los neuróticos al más puro estilo Ally McBeal, como queráis). Entonces, como un ángel salvador, y rodeado de atronadoras trompetas y tambores (es decir, han puesto la última de las Papá Levante en versión reguetón) aparece un maromo entre la multitud y te mira y, a continuación, te guiña el ojo. ¿Qué ocurre en ti, que te sujetas a la copa medio vacía (nunca medio llena) con fruición? Todo dependerá de la interpretación que hagas de dicha situación. A saber:
A. Si interpretas que el sujeto quiere ligar contigo con ese guiño y se te va a acercar en cuestión de dos canciones, procederás a atusarte el pelo, comprobar que estás presentable (para que cuando se acerque no frunza el ceño y se marche corriendo a graduarse la vista llorando y barajando la idea de las gafas de culo de vaso) y que el condón que introdujiste en la cartera allá por el año ochenta y pico, cuando a Sabrina se le escapó una teta en plena actuación, todavía tiene cierto margen de caducidad. Una vez superada esta primera prueba y comprobando que estás preparado (por si suena la flauta), pasarás a devolver miraditas de putilla redimida al sujeto en cuestión para que piense que eres accesible. Se acepta también colocarse sobre la frente un cartel con la palabra OFERTA en colores tan discretos como el amarillo pollo o el naranja fosforito, para que no haya ningún margen de dudas sobre tu accesibilidad. Si al fin de semana siguiente oyes las palabras “abierto” o “fácil” cuando entres por la puerta, que no te sorprenda.
B. Si interpretas que el sujeto quiere ligar contigo pero espera a que seas tú el que dé el primer paso, procederás a preguntarle al amigo que te acompaña qué le parece (para comprobar si eres tú el que necesita graduarse la vista), con el objetivo de que te dé el visto bueno y no tengas que encontrarte con la papeleta de tener que dar largas al mismo tío al que has estado sonriendo toda la noche desde tu ceguera (y desesperación, para qué negarlo). Entonces aclararás la voz y pensarás alguna sucia estrategia de acercamiento en plan “uy, perdona, que te he pisado/que me caigo/que te he metido la lengua dentro de la boca sin querer/que se me acaba de caer un papel con mi número de teléfono justo en el elástico de tus calzoncillos”. Como esto no lo vas a hacer hasta que no tengas un nivel de inconsciencia considerable, te beberás de un trago lo que queda de tu copa y pedirás otra que consumirás en 0'2 segundos y agitando la cabeza desmesuradamente y haciendo círculos concéntricos en medio de la pista de baile, para que el alcohol suba más rápido y tu sentido de la vergüenza se marche fuera a tomar el aire y te espere en la puerta.
C. Si interpretas que el sujeto efectivamente te ha guiñado el ojo pero que no lo ha hecho con verdadero interés, sino porque le da lo mismo 8 que 80 y pretende subirse la autoestima causando algún tipo de reacción en ti, te harás el chulito y no lo mirarás más que de reojo, haciendo como que no te ha importado lo más mínimo. De esta forma, intentarás ser natural pero, al mismo tiempo, tratarás de demostrar lo bueno que estás y bailarás la canción que suena en ese momento como si fueras uno de los concursantes de Fama, moviendo exageradamente las caderas y el culo al más puro estilo “Beyoncé entripada” o lo que se conoce como el síndrome de “Qué pasaría si Shakira fuera hiperactiva”, hasta que el portero te eche del bar por haber montado un espectáculo digno de haber sido filmado y haber sido incluído en las escenas extras del DVD de Flashdance bajo el título “Lo que nunca se debe hacer cuando pretendes ir de digno por la vida”.
D. Si tu autoestima es traicionera (maldita bruja) y piensas que el sujeto no te ha guiñado el ojo a ti sino al que se encuentra detrás, no darás demasiada importancia al asunto, pero como siempre queda la duda, el maromo está de muerte y te aburres como una ostra, tenderás a hacer pequeños estudios del individuo mediante miradas esquivas que pueden devolver la falsa impresión de que tienes manía persecutoria o de que estás estreñido desde hace seis meses. Si el sujeto sigue guiñando, seguirás pensando que no puede ser a ti y es muy probable que el individuo termine acercándose decididamente hasta la baldosa en la que te encuentras y te diga al oído con una dulzura inconmensurable:
-¿Tú eres idiota o qué coño te ocurre en la mente?
Ante lo cual, continuarás pensando que el guiño no estaba dirigido a ti y que el enervamiento del individuo se debe más a que te encuentras en medio de su campo de visión que a quiera ponerte mirando pa Cuenca.
E. Si piensas que el sujeto está rebueno y que lo único que pretende es que le invites a una copa a cambio de unos besitos, prepararás el dinero en la mano y te acercarás a la barra para después sonreírle e invitarle para que avance hasta allí. Siempre es mejor que pagar a un chapero o aguantar a la idiota de la amiga de tu amigo, que no deja de hacerte preguntas sobre si los maricones pasivos son los que se visten de blanco y se ponen el velo en una boda gay y si en lugar de tirar arroz se arrojan nabos maduros sobre las cabezas de los recién casados. Y, unos besitos son unos besitos, aunque el sujeto te los dé por puro interés. No se pueden desperdiciar y menos en noches tan frías como las de enero.
F. Si imaginas que el sujeto puede ser el amor de tu vida, entonces tenderás a trasladarte a un mundo imaginario en el que el guiño ha significado una confesión de amor para siempre con petición de mano a tus padres incluída y un juramento sobre el Like A Prayer de Madonna sobre que seréis amantes para siempre y os trasladaréis a una isla desierta para ser felices el uno sobre el otro mientras construís un refugio de madera contra el frío y recolectáis cocos y hierbas silvestres a modo de alimento (aunque con vuestro amor incondicional no hará falta nada de eso). Por eso te transformarás en uno de los protagonistas de El Lago Azul, se te pondrá cara de gilipollas y creerás firmemente que saldrás del pub con una alianza sobre tu dedo anular.
G. El guiño te la trae el fresco porque resuelves que es más que probable que el individuo no sea más que otro gilipollas dispuesto en tu camino para hacerte la vida más difícil (otro más). Entonces sacarás uñas y dientes y prepararás un repertorio de frases para responderle en el caso de que decida iniciar el proceso de flirteo y que variarán entre el “Los idiotas como tú no me interesan lo más mínimo” y “Perdona, majo, ¿qué te hace pensar que quiero perder mi tiempo contigo?”
Por supuesto, cuando uno interpreta la situación siente que ésta le afecta de distinta manera y, además, tenderá a actuar de acuerdo con dicha interpretación. Por lo tanto, queda demostrado que no es la situación en sí misma la que produce la tensión, sino la interpretación que desde tu estado anímico elaboras y que guiará tus acciones en consecuencia, por no hablar de las expectativas que crearás y que raramente serán corroboradas.
Como es obvio hay interpretaciones erróneas, ilógicas, irracionales y disfuncionales, que son las que nos hacen comernos la cabeza y llegar a pensamientos en contra de la realidad y de nosotros mismos. Por eso la teoría apuesta por la racionalización de los pensamientos y por no esgrimir juicios precipitados de las situaciones basados más en nuestras inseguridades, miedos y creencias que en la pura realidad. Se trata de sustituir las creencias irracionales (no me quiere nadie, soy una mierda, no estoy a la altura, no voy a hacerlo bien, se van a reír de mí, soy lo peor, todo es catastrófico, nadie merece la pena, nunca consigo lo que quiero, siempre tengo la culpa de todo) por creencias racionales que nos hagan más fácil sobrevivir, interpretando las situaciones adecuadamente.
Como en este video, hace falta estar muy atentos a ciertas situaciones y tener toda la información antes de interpretarlas.
Porque, a veces, nada es lo que parece.
[OASIS - Stand By Me]
Y si todavía te quedan más ganas de conceptos psicológicos, en La Coma tienes algo más ;)
Dentro del modelo cognitivo encontramos una teoría muy interesante: la Terapia Racional Emotiva, que nos insiste en que la perturbación emocional no es creada por las situaciones, sino por la interpretación que hace el sujeto sobre dichas situaciones. Bien, todos sabemos que yo soy un perturbado, así que ¿por qué os extraña tanto que me interese por esta teoría?
Dicho todo esto y para ilustrar la idea, procedamos a la exposición del ejemplo. Venga, que yo sé que esto os gusta. Vamos allá. Sábado por la noche (como no). Te encuentras en un garito de mala muerte rodeado de seres tan anodinos e insulsos que estás a punto de vomitar (y no precisamente por la cantidad de alcohol ingerido). Te han arrastrado hasta allí y la perspectiva de la noche es tan poco alentadora que has procedido a trasladar tu mente a esos mundos paralelos que sólo poseemos las personas de gran mundo interior (o los neuróticos al más puro estilo Ally McBeal, como queráis). Entonces, como un ángel salvador, y rodeado de atronadoras trompetas y tambores (es decir, han puesto la última de las Papá Levante en versión reguetón) aparece un maromo entre la multitud y te mira y, a continuación, te guiña el ojo. ¿Qué ocurre en ti, que te sujetas a la copa medio vacía (nunca medio llena) con fruición? Todo dependerá de la interpretación que hagas de dicha situación. A saber:
A. Si interpretas que el sujeto quiere ligar contigo con ese guiño y se te va a acercar en cuestión de dos canciones, procederás a atusarte el pelo, comprobar que estás presentable (para que cuando se acerque no frunza el ceño y se marche corriendo a graduarse la vista llorando y barajando la idea de las gafas de culo de vaso) y que el condón que introdujiste en la cartera allá por el año ochenta y pico, cuando a Sabrina se le escapó una teta en plena actuación, todavía tiene cierto margen de caducidad. Una vez superada esta primera prueba y comprobando que estás preparado (por si suena la flauta), pasarás a devolver miraditas de putilla redimida al sujeto en cuestión para que piense que eres accesible. Se acepta también colocarse sobre la frente un cartel con la palabra OFERTA en colores tan discretos como el amarillo pollo o el naranja fosforito, para que no haya ningún margen de dudas sobre tu accesibilidad. Si al fin de semana siguiente oyes las palabras “abierto” o “fácil” cuando entres por la puerta, que no te sorprenda.
B. Si interpretas que el sujeto quiere ligar contigo pero espera a que seas tú el que dé el primer paso, procederás a preguntarle al amigo que te acompaña qué le parece (para comprobar si eres tú el que necesita graduarse la vista), con el objetivo de que te dé el visto bueno y no tengas que encontrarte con la papeleta de tener que dar largas al mismo tío al que has estado sonriendo toda la noche desde tu ceguera (y desesperación, para qué negarlo). Entonces aclararás la voz y pensarás alguna sucia estrategia de acercamiento en plan “uy, perdona, que te he pisado/que me caigo/que te he metido la lengua dentro de la boca sin querer/que se me acaba de caer un papel con mi número de teléfono justo en el elástico de tus calzoncillos”. Como esto no lo vas a hacer hasta que no tengas un nivel de inconsciencia considerable, te beberás de un trago lo que queda de tu copa y pedirás otra que consumirás en 0'2 segundos y agitando la cabeza desmesuradamente y haciendo círculos concéntricos en medio de la pista de baile, para que el alcohol suba más rápido y tu sentido de la vergüenza se marche fuera a tomar el aire y te espere en la puerta.
C. Si interpretas que el sujeto efectivamente te ha guiñado el ojo pero que no lo ha hecho con verdadero interés, sino porque le da lo mismo 8 que 80 y pretende subirse la autoestima causando algún tipo de reacción en ti, te harás el chulito y no lo mirarás más que de reojo, haciendo como que no te ha importado lo más mínimo. De esta forma, intentarás ser natural pero, al mismo tiempo, tratarás de demostrar lo bueno que estás y bailarás la canción que suena en ese momento como si fueras uno de los concursantes de Fama, moviendo exageradamente las caderas y el culo al más puro estilo “Beyoncé entripada” o lo que se conoce como el síndrome de “Qué pasaría si Shakira fuera hiperactiva”, hasta que el portero te eche del bar por haber montado un espectáculo digno de haber sido filmado y haber sido incluído en las escenas extras del DVD de Flashdance bajo el título “Lo que nunca se debe hacer cuando pretendes ir de digno por la vida”.
D. Si tu autoestima es traicionera (maldita bruja) y piensas que el sujeto no te ha guiñado el ojo a ti sino al que se encuentra detrás, no darás demasiada importancia al asunto, pero como siempre queda la duda, el maromo está de muerte y te aburres como una ostra, tenderás a hacer pequeños estudios del individuo mediante miradas esquivas que pueden devolver la falsa impresión de que tienes manía persecutoria o de que estás estreñido desde hace seis meses. Si el sujeto sigue guiñando, seguirás pensando que no puede ser a ti y es muy probable que el individuo termine acercándose decididamente hasta la baldosa en la que te encuentras y te diga al oído con una dulzura inconmensurable:
-¿Tú eres idiota o qué coño te ocurre en la mente?
Ante lo cual, continuarás pensando que el guiño no estaba dirigido a ti y que el enervamiento del individuo se debe más a que te encuentras en medio de su campo de visión que a quiera ponerte mirando pa Cuenca.
E. Si piensas que el sujeto está rebueno y que lo único que pretende es que le invites a una copa a cambio de unos besitos, prepararás el dinero en la mano y te acercarás a la barra para después sonreírle e invitarle para que avance hasta allí. Siempre es mejor que pagar a un chapero o aguantar a la idiota de la amiga de tu amigo, que no deja de hacerte preguntas sobre si los maricones pasivos son los que se visten de blanco y se ponen el velo en una boda gay y si en lugar de tirar arroz se arrojan nabos maduros sobre las cabezas de los recién casados. Y, unos besitos son unos besitos, aunque el sujeto te los dé por puro interés. No se pueden desperdiciar y menos en noches tan frías como las de enero.
F. Si imaginas que el sujeto puede ser el amor de tu vida, entonces tenderás a trasladarte a un mundo imaginario en el que el guiño ha significado una confesión de amor para siempre con petición de mano a tus padres incluída y un juramento sobre el Like A Prayer de Madonna sobre que seréis amantes para siempre y os trasladaréis a una isla desierta para ser felices el uno sobre el otro mientras construís un refugio de madera contra el frío y recolectáis cocos y hierbas silvestres a modo de alimento (aunque con vuestro amor incondicional no hará falta nada de eso). Por eso te transformarás en uno de los protagonistas de El Lago Azul, se te pondrá cara de gilipollas y creerás firmemente que saldrás del pub con una alianza sobre tu dedo anular.
G. El guiño te la trae el fresco porque resuelves que es más que probable que el individuo no sea más que otro gilipollas dispuesto en tu camino para hacerte la vida más difícil (otro más). Entonces sacarás uñas y dientes y prepararás un repertorio de frases para responderle en el caso de que decida iniciar el proceso de flirteo y que variarán entre el “Los idiotas como tú no me interesan lo más mínimo” y “Perdona, majo, ¿qué te hace pensar que quiero perder mi tiempo contigo?”
Por supuesto, cuando uno interpreta la situación siente que ésta le afecta de distinta manera y, además, tenderá a actuar de acuerdo con dicha interpretación. Por lo tanto, queda demostrado que no es la situación en sí misma la que produce la tensión, sino la interpretación que desde tu estado anímico elaboras y que guiará tus acciones en consecuencia, por no hablar de las expectativas que crearás y que raramente serán corroboradas.
Como es obvio hay interpretaciones erróneas, ilógicas, irracionales y disfuncionales, que son las que nos hacen comernos la cabeza y llegar a pensamientos en contra de la realidad y de nosotros mismos. Por eso la teoría apuesta por la racionalización de los pensamientos y por no esgrimir juicios precipitados de las situaciones basados más en nuestras inseguridades, miedos y creencias que en la pura realidad. Se trata de sustituir las creencias irracionales (no me quiere nadie, soy una mierda, no estoy a la altura, no voy a hacerlo bien, se van a reír de mí, soy lo peor, todo es catastrófico, nadie merece la pena, nunca consigo lo que quiero, siempre tengo la culpa de todo) por creencias racionales que nos hagan más fácil sobrevivir, interpretando las situaciones adecuadamente.
Como en este video, hace falta estar muy atentos a ciertas situaciones y tener toda la información antes de interpretarlas.
Porque, a veces, nada es lo que parece.
[OASIS - Stand By Me]
Y si todavía te quedan más ganas de conceptos psicológicos, en La Coma tienes algo más ;)
Paper vs. Freud
Sábado por la noche. Paper vuelve de marcha (básicamente de hacer botellón tratando de emborracharse, bebiéndose hasta el agua de los floreros y sin conseguirlo). Estaba igual que si no hubiera bebido nada. El destino nos sigue el rollo en muy contadas ocasiones. Paper abre la puerta de la habitación, enciende la luz y se encuentra a un maromo medio desnudo tirado en su cama con una pose antinatural de revista (esto es, recostado, con el cuerpo apoyado en el brazo izquierdo, la mano derecha detrás de la cabeza y la pierna derecha ligeramente flexionada).
-¡Coño, qué susto! ¿Y tú quien eres?
-¿Yo? ¿Pues quien voy a ser? Soy Freud.
-¿Ein?
Paper piensa con el ojo izquierdo medio cerrado y la ceja derecha levantada al tiempo que baraja la opción de llamar a su madre a voces. Se plantea si está alucinando o si es que le han hecho efecto de golpe el margarita que se tomó (sí, es que es muy gay el niño), el chupito, la cerveza y los cinco wiskys posteriores (que no se diga, si uno queda como un alcohólico que sea con motivo).
Parte racional de Paper: No puede ser verdad. El maromo está muy bueno, pero... pero... ¿cómo ha entrado en mi habitación?”
Parte salida de Paper: ¡Ya estamos poniendo pegas, coño! Que está tremendo y está en tu cama, esperándote. Deja de ser un mojigato, todo es sacar faltas, leñe, así no te vas a comer un colín en tu vida.
Parte emocional de Paper: ¿Y si es el amor de tu vida que ha subido por la ventana porque está tremendamente enamorado de ti?
Parte asustadiza de Paper: Pero puede ser un psicópata.
Parte curiosa y cotilla de Paper: ¡A callar, joder! A ver, ¿por qué dirá que se llama Freud?
-¿Cómo dices que te llamas, guapetón? Es que me ha parecido oír Freud.
-Es que soy Freud.
-Amos, no fastidies. Freud debería ser un hombre mayor y bastante menos parecido que tú ¿no?
-Claro, vida, pero como vienes más cachondo que una perra en celo, ésta es la imagen que ha creado tu subconsciente. Por eso y porque eres una maricona salida debido a algún trauma infantil con tu padre.
-Ahm. Tú no cambias ¿eh? Ni el tiempo ni ná, dí que sí, fiel a tus gilipolleces. ¿Y qué quieres?
-Tú me has invocado.
-¿Yo? A ver, dije que estaba falto de cariño, pero no esperaba que el mismísimo Freud apareciera para echar un polvo conmigo.
-No te equivoques, vida. Yo no voy a echar un casquete contigo. Como sois los maricones, en cuanto un tío se os planta medio desnudo en la cama ya pensáis que quiere algo con vosotros. Si es que os da por imaginar y...
-Ejem. ¿Entonces?
-Pues he venido porque tú necesitas información. Sobre los hombres. Lo sé.
-Vaya, tampoco hace falta ser muy listo. No te las des de Aramis Fuster, que para saber eso sólo necesitas entrar en mi blog. ¿Qué tienes que contarme?
-Veamos. Voy a darte unas clasecitas. Pero deja de mirarme el paquete y atiende.
-Vale. Perdona. Es que es desproporcionado.
-Ya te he dicho que tienes un problema con los instrumentos fálicos. Bueno, al grano. Como tú quieres saber cómo funciona la mente humana masculina, altruistamente he decidido venir a explicártelo. Que sí, que yo sé que no pegas ojo con estas cosas porque eres un rallado de la vida. En fin. Apunta bien. La estructura de la personalidad se compone de tres figuras simbólicas. La primera es el Padre, superego o superyo, en la cual se incluyen las advertencias, normas y leyes. La autoridad propiamente dicha. La segunda es el Niño, el id o el ello, donde se recogen los sentimientos y todo aquello que tiene que ver con la búsqueda del placer, el deseo de explorar, la necesidad de sentir y todas esas chuflas que conoces muy bien. El tercero es el Adulto, ego, o yo, que ordena la información basándose en la experiencia adquirida y que simboliza la responsabilidad.
-Vale, ¿y qué? Ya sé que la parte adulta está muy poco desarrollada en mis compañías. ¿Has venido a restregármelo por la cara?
-Por supuesto. De eso se trata. No sabes cómo estoy disfrutando haciéndote saber que todo lo que piensas no es una paranoia sino algo que está estudiado y todo. Pero espera, que sigo. El Adulto es lo que permite al sujeto distinguir las diferencias entre la vida tal y como le fue mostrada y enseñada por el Padre, la vida tal y como la sentía, la deseaba o imaginaba siendo Niño y la vida tal y como la ve por sí mismo, es decir, el Adulto.
-¿Insinúas que ser Adulto es ver la vida tal y como es?
-No lo insinúo, cariño. Soy Freud.
-Jejeje, cierto. Perdona. Entonces, el problema fundamental ¿cuál es?
-El problema fundamental es que la mayoría de la gente cuenta con las tres partes dentro de sí, pero al final no deja que el Adulto salga porque continúa viviendo en un mundo de flores, mariposas, arco iris, plastelina (el Niño), puesto que son incapaces de enfrentarse a la realidad tal y como es. Es que, vida, abrir los ojos a lo que verdaderamente sucede a nuestro alrededor y asumir que el mundo no es Barrio Sésamo es duro.
-Ya. Y que hay gente que piensa que al comportarse como un adulto renuncia a su niño interior.
-Eso es una gilipollez. ¿Cómo has podido creértela, Paper? Desde luego... mira que sois ingenuas las maricas... Aunque te hagas mayor y te comportes como corresponde, es decir, como un Adulto, viendo la vida tal y como es, afrontando las situaciones y actuando en responsabilidad contigo mismo y con los demás, el Niño sigue estando dentro y sigue motivando muchos otros aspectos del individuo. Pero la persona tiene una responsabilidad, un adulto, según la cual debería actuar. Lo que pasa es que ser niño es mucho mejor, mucho más fácil y mucho más estupendo y genial. Si omitimos la parte autoritaria y la responsable y nos quedamos con la que busca el placer de forma totalmente hedonista y la exploración la vida será mucho más tope guay y chachipiruli.
-¿Y qué puedo hacer yo?
-Nada. Porque cuando los hombres con los que te relacionas desarrollan la postura del Niño influyen para que en ti se desarrolle la posición de Padre o la de Adulto, con lo cual tú terminarás reforzando su postura de Niños y ellos la tuya de Padre o Adulto.
-Pero bueno, Sigmund, ¿no podría ser posible que encontrara a un hombre que desarrollara las tres posturas en los momentos adecuados y que, para variar, se comportara como un adulto en su vida?
-Quieres decir que... tú... jejeje... que... Jajajajajajajajajaja... que... jajajajajajajajajajajajajajajajaajajjaja, ais, jajajajajaajajjajajajajajajajaja, tjo, tjo, tjo, tjo, jajajaajjajajajajajaja, aaaays... jajajaja... es que... jajajajaajjajajajajajajajajajajaja... disculpa, Paper, es que tú... jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaajjaja, me matas, jajajaajjajaajjajajajajaja, es que me matas, prenda, jajaajajjajajaja, cómo se puede ser tan jajajajajajajajajaja... tan ingenuooojaajajajajajajajajajajajaja... jijijijiiji.
-¡Ya está bien! ¿no?
-Me marcho, rey, te dejo soñando, que se ve que se te da muy bien.
Y Paper se sienta en la cama mirándose los pies y piensa... pero entonces suena una musiquilla en su cabeza, producto de su estado de locura transitoria, y se pone a bailar. ¿Es que acaso le queda otra opción? ;)
[MOLOKO - Forever More]
-¡Coño, qué susto! ¿Y tú quien eres?
-¿Yo? ¿Pues quien voy a ser? Soy Freud.
-¿Ein?
Paper piensa con el ojo izquierdo medio cerrado y la ceja derecha levantada al tiempo que baraja la opción de llamar a su madre a voces. Se plantea si está alucinando o si es que le han hecho efecto de golpe el margarita que se tomó (sí, es que es muy gay el niño), el chupito, la cerveza y los cinco wiskys posteriores (que no se diga, si uno queda como un alcohólico que sea con motivo).
Parte racional de Paper: No puede ser verdad. El maromo está muy bueno, pero... pero... ¿cómo ha entrado en mi habitación?”
Parte salida de Paper: ¡Ya estamos poniendo pegas, coño! Que está tremendo y está en tu cama, esperándote. Deja de ser un mojigato, todo es sacar faltas, leñe, así no te vas a comer un colín en tu vida.
Parte emocional de Paper: ¿Y si es el amor de tu vida que ha subido por la ventana porque está tremendamente enamorado de ti?
Parte asustadiza de Paper: Pero puede ser un psicópata.
Parte curiosa y cotilla de Paper: ¡A callar, joder! A ver, ¿por qué dirá que se llama Freud?
-¿Cómo dices que te llamas, guapetón? Es que me ha parecido oír Freud.
-Es que soy Freud.
-Amos, no fastidies. Freud debería ser un hombre mayor y bastante menos parecido que tú ¿no?
-Claro, vida, pero como vienes más cachondo que una perra en celo, ésta es la imagen que ha creado tu subconsciente. Por eso y porque eres una maricona salida debido a algún trauma infantil con tu padre.
-Ahm. Tú no cambias ¿eh? Ni el tiempo ni ná, dí que sí, fiel a tus gilipolleces. ¿Y qué quieres?
-Tú me has invocado.
-¿Yo? A ver, dije que estaba falto de cariño, pero no esperaba que el mismísimo Freud apareciera para echar un polvo conmigo.
-No te equivoques, vida. Yo no voy a echar un casquete contigo. Como sois los maricones, en cuanto un tío se os planta medio desnudo en la cama ya pensáis que quiere algo con vosotros. Si es que os da por imaginar y...
-Ejem. ¿Entonces?
-Pues he venido porque tú necesitas información. Sobre los hombres. Lo sé.
-Vaya, tampoco hace falta ser muy listo. No te las des de Aramis Fuster, que para saber eso sólo necesitas entrar en mi blog. ¿Qué tienes que contarme?
-Veamos. Voy a darte unas clasecitas. Pero deja de mirarme el paquete y atiende.
-Vale. Perdona. Es que es desproporcionado.
-Ya te he dicho que tienes un problema con los instrumentos fálicos. Bueno, al grano. Como tú quieres saber cómo funciona la mente humana masculina, altruistamente he decidido venir a explicártelo. Que sí, que yo sé que no pegas ojo con estas cosas porque eres un rallado de la vida. En fin. Apunta bien. La estructura de la personalidad se compone de tres figuras simbólicas. La primera es el Padre, superego o superyo, en la cual se incluyen las advertencias, normas y leyes. La autoridad propiamente dicha. La segunda es el Niño, el id o el ello, donde se recogen los sentimientos y todo aquello que tiene que ver con la búsqueda del placer, el deseo de explorar, la necesidad de sentir y todas esas chuflas que conoces muy bien. El tercero es el Adulto, ego, o yo, que ordena la información basándose en la experiencia adquirida y que simboliza la responsabilidad.
-Vale, ¿y qué? Ya sé que la parte adulta está muy poco desarrollada en mis compañías. ¿Has venido a restregármelo por la cara?
-Por supuesto. De eso se trata. No sabes cómo estoy disfrutando haciéndote saber que todo lo que piensas no es una paranoia sino algo que está estudiado y todo. Pero espera, que sigo. El Adulto es lo que permite al sujeto distinguir las diferencias entre la vida tal y como le fue mostrada y enseñada por el Padre, la vida tal y como la sentía, la deseaba o imaginaba siendo Niño y la vida tal y como la ve por sí mismo, es decir, el Adulto.
-¿Insinúas que ser Adulto es ver la vida tal y como es?
-No lo insinúo, cariño. Soy Freud.
-Jejeje, cierto. Perdona. Entonces, el problema fundamental ¿cuál es?
-El problema fundamental es que la mayoría de la gente cuenta con las tres partes dentro de sí, pero al final no deja que el Adulto salga porque continúa viviendo en un mundo de flores, mariposas, arco iris, plastelina (el Niño), puesto que son incapaces de enfrentarse a la realidad tal y como es. Es que, vida, abrir los ojos a lo que verdaderamente sucede a nuestro alrededor y asumir que el mundo no es Barrio Sésamo es duro.
-Ya. Y que hay gente que piensa que al comportarse como un adulto renuncia a su niño interior.
-Eso es una gilipollez. ¿Cómo has podido creértela, Paper? Desde luego... mira que sois ingenuas las maricas... Aunque te hagas mayor y te comportes como corresponde, es decir, como un Adulto, viendo la vida tal y como es, afrontando las situaciones y actuando en responsabilidad contigo mismo y con los demás, el Niño sigue estando dentro y sigue motivando muchos otros aspectos del individuo. Pero la persona tiene una responsabilidad, un adulto, según la cual debería actuar. Lo que pasa es que ser niño es mucho mejor, mucho más fácil y mucho más estupendo y genial. Si omitimos la parte autoritaria y la responsable y nos quedamos con la que busca el placer de forma totalmente hedonista y la exploración la vida será mucho más tope guay y chachipiruli.
-¿Y qué puedo hacer yo?
-Nada. Porque cuando los hombres con los que te relacionas desarrollan la postura del Niño influyen para que en ti se desarrolle la posición de Padre o la de Adulto, con lo cual tú terminarás reforzando su postura de Niños y ellos la tuya de Padre o Adulto.
-Pero bueno, Sigmund, ¿no podría ser posible que encontrara a un hombre que desarrollara las tres posturas en los momentos adecuados y que, para variar, se comportara como un adulto en su vida?
-Quieres decir que... tú... jejeje... que... Jajajajajajajajajaja... que... jajajajajajajajajajajajajajajajaajajjaja, ais, jajajajajaajajjajajajajajajajaja, tjo, tjo, tjo, tjo, jajajaajjajajajajajaja, aaaays... jajajaja... es que... jajajajaajjajajajajajajajajajajaja... disculpa, Paper, es que tú... jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaajjaja, me matas, jajajaajjajaajjajajajajaja, es que me matas, prenda, jajaajajjajajaja, cómo se puede ser tan jajajajajajajajajaja... tan ingenuooojaajajajajajajajajajajajaja... jijijijiiji.
-¡Ya está bien! ¿no?
-Me marcho, rey, te dejo soñando, que se ve que se te da muy bien.
Y Paper se sienta en la cama mirándose los pies y piensa... pero entonces suena una musiquilla en su cabeza, producto de su estado de locura transitoria, y se pone a bailar. ¿Es que acaso le queda otra opción? ;)
[MOLOKO - Forever More]
Eso se lo dirás a todos
Hace un par de días, la Jefa Ema y la Ballantines se indignaban profundamente ante la noticia de que el muy polémico durante estos días Sarkozy le había regalado a Carla Bruni un anillo exactamente igual al que llevaba su ex mujer. Una pauta repetida, un regalo calcado. Como es natural, y teniendo en cuenta que los tres somos unas auténticas víboras (para qué negarlo a estas alturas), surgieron una sarta de comentarios del tipo:
-El hombre es que está muy ocupado atendiendo a los periodistas y hablando del color de las sábanas de su cama y entonces habrá pensado ¿para qué me voy a comer la cabeza? Total, pues elijo el mismo anillo y en paz.
-Seguro que cogió el teléfono y dijo: Paco, ponme uno de los de siempre.
-A lo mejor es que los compra al peso en plan... dame kilo y medio de anillos de ese modelo.
-Pues si yo fuera la Carla Bruni se lo tiro a la cara.
-Yo no, tía, yo lo acepto, dejo al tío, fundo el anillo y me hago uno diferente.
-Pues yo me hago el adulado y luego destruyo su carrera política y toda su vida.
Cosas así, ya os hacéis una idea.
De hecho, lo que el señor Sarkozy ha llevado a cabo es muy frecuente en los tiempos a los que penosamente sobrevivimos. Sin ir más lejos, si al final de la noche en una discoteca te da el tabardillo de preguntarle a todos los tíos que todavía pululan por allí, medio anestesiados medio alcoholizados, quiénes se les han acercado durante la juerga, todos señalaran a los mismos cinco sujetos y todos coincidirán en que para entrarles el primero les dijo “¿Qué hace alguien como tú en un lugar como éste?”, el segundo “¿Estudias o trabajas?”, el tercero “¿Te gustaría probar mi chicle de fresa ácida?”, el cuarto “Quién fuera cabra pa comerte to lo verde” y el quinto “Me he enamorado a primera vista de ti y creo que somos almas gemelas. Casémonos, pero antes hazme una mamada”. Todos. Iguales. Cortados por el mismo patrón. No habrán variado ni una palabra del discurso. Que sí, que yo sé que los humanos somos seres de rutinas, pero coño, invéntate algo, renueva el repertorio, que resulta más triste que las Son de Sol actuando en Eurovisión. Y que, normalmente, cuando sabes que al tipo lo mismo le das tú que el de al lado, como que no te apetece enrollarte con él. Un poco de psicología y empatía, venga, va, aunque sólo sea en plan hedonista para conseguir lo que os proponéis.
Puede ocurrir también que el mismo individuo trate de ligar contigo dos veces la misma noche utilizando la misma frase. ¿Se puede ser más patético? No, por eso te abstienes de mandarlo al cuerno con la misma frase que utilizaste la primera vez y te inventas algo distinto, porque al menos tú sí tienes creatividad (y si es para soltar borderías ni te digo).
La cuestión es que la gente se aprende un discurso, lo suelta sin más esperando a que suene la flauta y se queda tan a gusto. Y como la flauta sigue sonando de cuando en cuando, pues para qué pensar en otra cosa, para qué vamos a gastar neuronas, si, al fin y al cabo, para ligar vale cualquier cosa...
Sin embargo, aun a pesar de que normalmente siempre se utilicen el mismo tipo de frases para flirtear o romper el hielo y que la originalidad brille por su ausencia, ya sea por vagueza del individuo o porque se pone más nervioso que un opusino en el Orgullo Gay, existen otros casos en los que tampoco se renueva el repertorio. Como ejemplo más flagrante y más humillante de esto tenemos a aquellas personas que elaboran exactamente el mismo discurso cuando se trata de algo más profundo, como puede ser el amor. Ohhh, el amor (esto en tono irónico, quien desee comprobarlo que se lea el post anterior), ese sentimiento exclusivo que, supuestamente, se tiene de higos a brevas y que nos hace mejores personas y todas esas chuflas (que servidor, como está dolido con el mundo, pues no se lo cree, pero vaya, que allá cada uno). Imagínate que te enamoras de alguien, pero de verdad, no en plan “voy a probar a ver si este me la chupa mejor que el anterior”, y resulta que te regala un anillo la mar de mono acompañado de las siguientes palabras:
-Ohhh, mi idolatrada estrella de mar (te acaba de comparar con un organismo marino mono pero soso como él solo). Eres como el agua que mece mi voluntad (es decir, se la pones dura) y yo soy Neptuno con mi tridente (es decir, quiere ser el activo de la relación). Nunca antes (es decir, nunca antes desde la última vez que se cortó el pelo) he sentido esto por alguien como tú (es decir, los otros eran incluso más pringados). Acepta este anillo (es decir, vete poniendo mirando pa Cuenca) como muestra de mi amor eterno (es decir, que en cuanto se corra tres veces te deja. De hecho, la tercera vez ya tendrá el abrigo puesto y la correa del perro en la mano).
Bien, bonito. Hasta te lo crees, qué vas a hacerle. Estás enamorado. Se supone que las palabras anteriormente mencionadas han hecho que te derritas literalmente y que tu cara se inunde de felicidad de quinceañera con coletas. Los paréntesis se los añades con el tiempo. Porque, claro, luego el sujeto te deja, llega a gobernar un país (algo que sospechabas que llegaría a hacer, porque siempre supiste que para llegar a esos puestos hace falta ser un completo imbécil) y aparece en todos los medios de comunicación del mundo agarrado de un nuevo ligue que, además, hace declaraciones como las siguentes:
-Me regaló este anillo (lo enseña a cámara para restregártelo bien) y me considera su estrella de mar. Dice que nunca antes ha sentido esto por alguien como yo. Me ha jurado amor eterno (cara de quinceañera con coletas. Sí, la misma que pusiste tú, porque esta cara es universal, a todos se nos queda la misma cara de gilipollas elevado a la quinta potencia).
Es muy probable que si en ese instante estás dándole un sorbo a tu inocente lata de Coca Cola el resfresco termine escapándosete por los boquetillos de la nariz de pura estupefacción. Te dirás a ti mismo sin dejar de sonreír demencialmente: “Uy, esto me suena. ¿Dónde lo he oído yo antes? A ver, a ver... déjame pensar...”. Y, claro, caes en la cuenta. Y entonces te dices a ti mismo “ya sabía yo que no había sido la repanocha para él, pero coño, pensaba que, al menos, había ciertas cosas que las decía por mí, no porque un día cogiera un poema de Neruda, uno de Bécquer y La Odisea de Homero y se construyera cuatro frases que son las que va repitiendo a todo el mundo, hasta cuando sale a comprar una barra de viena para el almuerzo”. Y lo peor, no es que lo haga en la intimidad, sino que además, lo hace públicamente para que lo puedas ver y llegues a esa maravillosa conclusión de que esa historia taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan bonita, taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan mágica y taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan especial, según sus palabras textuales cuando te dejó más tirado que una colilla y te dijo que nunca iba a poder olvidarte, es exactamente igual de bonita, mágica y especial que la que tiene ahora con el individuo en cuestión. Fíjate tú, ya es casualidad.
Hay una parte de ti, la buena, la que todavía quiere creerse las cosas y no quiere malpensar, que en un momento determinado te dice: “A lo mejor se ha vuelto a enamorar con la misma intensidad”. Pero claro, como eres malo de cojones y malpensado social (es decir, adquiriste tu mala leche a través de experiencias de este tipo), te sale la vena irónica y terminas contestando a tu lado quinceañera: Claaaaaaaaaaaro, y a lo mejor un día de estos llueven billetes de cien euros y yo me hago rico y me caso con Ben Affleck que ha decidido meterse a marica de por vida... También un día Bush será buena persona, la Obregón empezará a actuar bien, Las Ketchup se quedarán afónicas y los hombres serán seres maduros.
En fin, que no sé yo como debe sentirse la ex mujer de Sarkozy ante este circo. Tal vez se indigne una barbaridad. Tal vez se sonría por lo patético de la situación. Tal vez piense que se ha librado de una buena. Quizás ni se plantea estas cosas porque se está cepillando a un maromo increíble. O puede que se sienta devaluada porque aquellos recuerdos que guardaba en su memoria como algo especial hayan sido situados a la altura de lo banal, de lo cotidiano. De lo que se hace con todo el mundo.
Es lo que suele ocurrir cuando la gente se empeña en enamorarse perdidamente tres veces por semana.
[ALANIS MORISSETTE - You Oughta Know]
-El hombre es que está muy ocupado atendiendo a los periodistas y hablando del color de las sábanas de su cama y entonces habrá pensado ¿para qué me voy a comer la cabeza? Total, pues elijo el mismo anillo y en paz.
-Seguro que cogió el teléfono y dijo: Paco, ponme uno de los de siempre.
-A lo mejor es que los compra al peso en plan... dame kilo y medio de anillos de ese modelo.
-Pues si yo fuera la Carla Bruni se lo tiro a la cara.
-Yo no, tía, yo lo acepto, dejo al tío, fundo el anillo y me hago uno diferente.
-Pues yo me hago el adulado y luego destruyo su carrera política y toda su vida.
Cosas así, ya os hacéis una idea.
De hecho, lo que el señor Sarkozy ha llevado a cabo es muy frecuente en los tiempos a los que penosamente sobrevivimos. Sin ir más lejos, si al final de la noche en una discoteca te da el tabardillo de preguntarle a todos los tíos que todavía pululan por allí, medio anestesiados medio alcoholizados, quiénes se les han acercado durante la juerga, todos señalaran a los mismos cinco sujetos y todos coincidirán en que para entrarles el primero les dijo “¿Qué hace alguien como tú en un lugar como éste?”, el segundo “¿Estudias o trabajas?”, el tercero “¿Te gustaría probar mi chicle de fresa ácida?”, el cuarto “Quién fuera cabra pa comerte to lo verde” y el quinto “Me he enamorado a primera vista de ti y creo que somos almas gemelas. Casémonos, pero antes hazme una mamada”. Todos. Iguales. Cortados por el mismo patrón. No habrán variado ni una palabra del discurso. Que sí, que yo sé que los humanos somos seres de rutinas, pero coño, invéntate algo, renueva el repertorio, que resulta más triste que las Son de Sol actuando en Eurovisión. Y que, normalmente, cuando sabes que al tipo lo mismo le das tú que el de al lado, como que no te apetece enrollarte con él. Un poco de psicología y empatía, venga, va, aunque sólo sea en plan hedonista para conseguir lo que os proponéis.
Puede ocurrir también que el mismo individuo trate de ligar contigo dos veces la misma noche utilizando la misma frase. ¿Se puede ser más patético? No, por eso te abstienes de mandarlo al cuerno con la misma frase que utilizaste la primera vez y te inventas algo distinto, porque al menos tú sí tienes creatividad (y si es para soltar borderías ni te digo).
La cuestión es que la gente se aprende un discurso, lo suelta sin más esperando a que suene la flauta y se queda tan a gusto. Y como la flauta sigue sonando de cuando en cuando, pues para qué pensar en otra cosa, para qué vamos a gastar neuronas, si, al fin y al cabo, para ligar vale cualquier cosa...
Sin embargo, aun a pesar de que normalmente siempre se utilicen el mismo tipo de frases para flirtear o romper el hielo y que la originalidad brille por su ausencia, ya sea por vagueza del individuo o porque se pone más nervioso que un opusino en el Orgullo Gay, existen otros casos en los que tampoco se renueva el repertorio. Como ejemplo más flagrante y más humillante de esto tenemos a aquellas personas que elaboran exactamente el mismo discurso cuando se trata de algo más profundo, como puede ser el amor. Ohhh, el amor (esto en tono irónico, quien desee comprobarlo que se lea el post anterior), ese sentimiento exclusivo que, supuestamente, se tiene de higos a brevas y que nos hace mejores personas y todas esas chuflas (que servidor, como está dolido con el mundo, pues no se lo cree, pero vaya, que allá cada uno). Imagínate que te enamoras de alguien, pero de verdad, no en plan “voy a probar a ver si este me la chupa mejor que el anterior”, y resulta que te regala un anillo la mar de mono acompañado de las siguientes palabras:
-Ohhh, mi idolatrada estrella de mar (te acaba de comparar con un organismo marino mono pero soso como él solo). Eres como el agua que mece mi voluntad (es decir, se la pones dura) y yo soy Neptuno con mi tridente (es decir, quiere ser el activo de la relación). Nunca antes (es decir, nunca antes desde la última vez que se cortó el pelo) he sentido esto por alguien como tú (es decir, los otros eran incluso más pringados). Acepta este anillo (es decir, vete poniendo mirando pa Cuenca) como muestra de mi amor eterno (es decir, que en cuanto se corra tres veces te deja. De hecho, la tercera vez ya tendrá el abrigo puesto y la correa del perro en la mano).
Bien, bonito. Hasta te lo crees, qué vas a hacerle. Estás enamorado. Se supone que las palabras anteriormente mencionadas han hecho que te derritas literalmente y que tu cara se inunde de felicidad de quinceañera con coletas. Los paréntesis se los añades con el tiempo. Porque, claro, luego el sujeto te deja, llega a gobernar un país (algo que sospechabas que llegaría a hacer, porque siempre supiste que para llegar a esos puestos hace falta ser un completo imbécil) y aparece en todos los medios de comunicación del mundo agarrado de un nuevo ligue que, además, hace declaraciones como las siguentes:
-Me regaló este anillo (lo enseña a cámara para restregártelo bien) y me considera su estrella de mar. Dice que nunca antes ha sentido esto por alguien como yo. Me ha jurado amor eterno (cara de quinceañera con coletas. Sí, la misma que pusiste tú, porque esta cara es universal, a todos se nos queda la misma cara de gilipollas elevado a la quinta potencia).
Es muy probable que si en ese instante estás dándole un sorbo a tu inocente lata de Coca Cola el resfresco termine escapándosete por los boquetillos de la nariz de pura estupefacción. Te dirás a ti mismo sin dejar de sonreír demencialmente: “Uy, esto me suena. ¿Dónde lo he oído yo antes? A ver, a ver... déjame pensar...”. Y, claro, caes en la cuenta. Y entonces te dices a ti mismo “ya sabía yo que no había sido la repanocha para él, pero coño, pensaba que, al menos, había ciertas cosas que las decía por mí, no porque un día cogiera un poema de Neruda, uno de Bécquer y La Odisea de Homero y se construyera cuatro frases que son las que va repitiendo a todo el mundo, hasta cuando sale a comprar una barra de viena para el almuerzo”. Y lo peor, no es que lo haga en la intimidad, sino que además, lo hace públicamente para que lo puedas ver y llegues a esa maravillosa conclusión de que esa historia taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan bonita, taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan mágica y taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan especial, según sus palabras textuales cuando te dejó más tirado que una colilla y te dijo que nunca iba a poder olvidarte, es exactamente igual de bonita, mágica y especial que la que tiene ahora con el individuo en cuestión. Fíjate tú, ya es casualidad.
Hay una parte de ti, la buena, la que todavía quiere creerse las cosas y no quiere malpensar, que en un momento determinado te dice: “A lo mejor se ha vuelto a enamorar con la misma intensidad”. Pero claro, como eres malo de cojones y malpensado social (es decir, adquiriste tu mala leche a través de experiencias de este tipo), te sale la vena irónica y terminas contestando a tu lado quinceañera: Claaaaaaaaaaaro, y a lo mejor un día de estos llueven billetes de cien euros y yo me hago rico y me caso con Ben Affleck que ha decidido meterse a marica de por vida... También un día Bush será buena persona, la Obregón empezará a actuar bien, Las Ketchup se quedarán afónicas y los hombres serán seres maduros.
En fin, que no sé yo como debe sentirse la ex mujer de Sarkozy ante este circo. Tal vez se indigne una barbaridad. Tal vez se sonría por lo patético de la situación. Tal vez piense que se ha librado de una buena. Quizás ni se plantea estas cosas porque se está cepillando a un maromo increíble. O puede que se sienta devaluada porque aquellos recuerdos que guardaba en su memoria como algo especial hayan sido situados a la altura de lo banal, de lo cotidiano. De lo que se hace con todo el mundo.
Es lo que suele ocurrir cuando la gente se empeña en enamorarse perdidamente tres veces por semana.
[ALANIS MORISSETTE - You Oughta Know]
Loco Por Ti
Hace días alguien me preguntaba cómo había podido desperdiciar tanto tiempo con la sabandija inmunda de mi ex (un saludo a todas las sabandijas inmundas y a todos mis exs) y la verdad es que aunque me detuve durante algunos segundos a pensar, terminé contestando que dicha sabandija no era una sabandija en realidad. Mi ex, como ya me dijo otro alguien en una conversación nocturna sobre su propio ex, fue estupendo hasta que dejó de serlo. Así, sin más.
Sería definitivamente arrebatador y completamente ideal que las personas pudiéramos dividirnos en dos bandos completamente diferenciados, con las etiquetas de buenos o malos pendiendo de nuestro cuello. Pero vivimos en la vida real, no en Los Fruitis, y las personas (ni siquiera las frutas) no pueden ser divididas de acuerdo a tan simple criterio. Dependiendo del momento de nuestra vida en el que nos encontremos o de las circunstancias que nos rodeen tenderemos a actuar de un modo u otro. Incluso tú, que tan atentamente (o en diagonal, lo mismo me da) lees esto y piensas que eres una buena persona (porque todos tendemos a pensar que somos buenas personas) puedes encontrarte un día en unas circunstancias poco favorables o que pulsen en ti el mecanismo necesario para que termines siendo alguien destructivo, manipulador y dañino para otros. Quizás esto sea lo que verdaderamente nos produce tanto miedo a la hora de relacionarnos: que nunca se termina de conocer a las personas y que por mucho que nos pese no vamos a encontrar a nadie que demuestre un dechado de virtudes y una clara ausencia de defectos (y si lo encuentras no te fíes, porque no es verdad). Y, al igual que cualquiera es susceptible de ser dañado, cualquiera es susceptible de dañar a otros. Incluso deberíamos admitir que tener acceso a la parte destructiva o malvada de una persona forma parte del proceso de conocimiento. Aunque, claro está, los hay que tienen ese lado mucho más desarrollado que otros, independientemente de sus circunstancias y en directa relación con su escala de valores.
Me hace gracia porque la gente habla de amor, se le llena la boca, e imagina un tipo de relación. Un arquetipo prefijado. Pero luego la realidad es muy distinta y hay muchos tipos de relaciones que se aunan bajo el nombre de amor. Relaciones de dependencia, enfermizas, insulsas, sin vida, de conveniencia, por necesidad, por no tener nada mejor que hacer, de autoayuda (cuando la otra persona sirve para conocernos a nosotros mismos y para experimentar, como si de una pista de entreno se tratara). Relaciones basadas en el sexo, en los hijos, en la hipoteca que hay que pagar cada mes, en el perro. Relaciones para lucirlas en fiestas y quedar bien, relaciones para encontrar familias y amigos que nos acepten más que los propios, sin que la persona central signifique demasiado. Relaciones de salvadores, en la que buscamos el amor a través de la autocomplacencia que nos produce ayudar a otra persona, convertirnos en su madre postiza. Relaciones que se mantienen exclusivamente para no sentirnos solos, para demostrarnos a nosotros mismos que podemos mantener una relación, que podemos ser amados, que podemos ser deseados en una cama o intelectualmente. Relaciones prefijadas por la relación de nuestros padres. Relaciones desesperadas en las que sólo tratamos de encontrar un mundo paralelo que nos aisle del nuestro. Cuántos tipos de relaciones. Y no tengo yo muy claro que todas puedan encerrarse bajo el sustantivo de cuatro letras que nos recorre el pensamiento con demasiada frecuencia, nos guste más o nos guste menos.
Todo lo anteriormente expuesto no son más que algunos retazos que conforman las relaciones de amor (y de diversa índole) que mantenemos con otras personas. Luego viene la parte romántica. Estar enamorado o no, sentir, saber que estás a gusto con alguien, que ese alguien te motive para hacer cosas, para ser mejor persona. Relaciones que te aportan lo que necesitas (no todas las personas son complementarias, porque no siempre aportan a otro lo que necesita) y con las que te sientes satisfecho.
Pero ¿qué es lo que hace que te enamores de una persona y no de otra? No se trata de un atractivo dechado de virtudes, como ya he mencionado, porque la vida no es un concurso donde un reguero de pretendientes se presentan y demuestran su valía ante la damisela que cuenta con el poder de la elección. No se trata de que los caballeros presenten la mejor dote. Cuando te enamoras de alguien es porque crees que en el momento de tu vida en el que te lo encuentras puede darte lo que necesitas. Pero ese momento desaparece y si no hay una actualización y un buen amoldamiento, el sentimiento puede dejar de ser suficiente y puede convertirse también en una pesada carga con la que caminar. Porque las personas continuamos conociéndonos y nos sometemos a situaciones que pueden sacar lo mejor de nosotros, pero también lo peor. Las relaciones se frustran, se queman, se hastían, se resquebrajan del mismo modo que pueden reforzarse o consolidarse. Las personas somos volubles, modificamos nuestros sentimientos, los rasgos de nuestro carácter, nuestros comportamientos, nuestras expectativas, nuestras decisiones y nuestras ilusiones y puede que la relación que iniciaste con toda la buena fe del mundo hace dos años no se ajuste ya a lo que quieres o esperas. Sin embargo, nos empeñamos en continuar porque el sentimiento ha de ser más fuerte que la razón, puesto que se proclama a los cuatro vientos que el amor es incondicional, indestructible. Y cuando nos enamoramos no podemos asumir que esto no sea cierto, que el sentimiento que tenemos respecto a otro no vaya a extenderse hasta el infinito y que cuando alguien te hace daño, por muy fuerte que sea el sentimiento, es mejor prescindir de él.
Las personas podemos hacernos mucho daño. Podemos herir con crueldad, podemos interferir en el crecimiento de otras personas, podemos destruir su autoestima, podemos no estar preparadas, podemos asustarnos y obrar mal. Se nos puede ir de las manos y podemos cargarnos de un plumazo las ilusiones y hasta la vida de otra persona sin darnos cuenta, sin siquiera percatarnos, y esgrimiendo una bandera de amor incondicional bajo la que justificamos y perdonamos nuestros actos. Del mismo modo, las personas podemos permitir que otras nos humillen, nos dañen, nos hagan daño o nos pisoteen esgrimiendo la misma bandera de amor incondicional bajo la que justificar y perdonar nuestros actos. ¿Y tiene algún sentido? ¿Tiene algún sentido que dos personas permanezcan unidas asegurando quererse mucho pero se hagan daño continuamente y adquieran una dinámica destructiva que no sólo no les haga evolucionar como personas, sino que además consiga que involucionen, que se despierten miedos, inseguridades y conductas dañinas como respuesta? ¿De qué sirve querer mucho a alguien si sabes que no le estás haciendo ningún bien, si sabes que su vida será mejor sin ti? Puede que hasta sea mejor persona sin ti.
Por eso, siempre defiendo la idea de que el objetivo de mantener una relación, de cualquier índole, por muy frío y funcional que suene, es conseguir estar mejor que solo, que nos aporte algo bueno. Estar con alguien debería ayudarnos a mirar hacia delante, debería motivarnos, darnos libertad y confianza. Debería darnos grandes momentos, para reír o llorar de la emoción, ofrecernos la posibilidad de vivir nuestra propia vida junto a otra persona que nos ayuda a que sea más fácil, que con su mera presencia nos impulse a conseguir nuestro bienestar. No estoy justificando a mi ex, ni diciendo que él sea una buena persona. Todos podemos ser ángeles o demonios según convenga (algunos más que otros, claro está. Vuelvo a remitirme a la escala de valores). Desde luego que la sabandija inmunda no lo será en otras circunstancias ni con otras personas. Yo tuve la fortuna o la desgracia de conocer esa parte de él, además de la buena. Él también tuvo la fortuna o la desgracia de conocer otras partes de mí que salieron a relucir. Si los dos hemos aprendido algo, podremos ser mejores personas en el futuro.
Lo que digo es que no sirve de nada ni tiene ningún sentido mantener relaciones que no sólo no nos benefician en absoluto, sino que nos perjudican. Y resultará muy egoísta y demasiado racional, pero ya he abogado en más de una ocasión por el amor con sus dosis cerebrales, las emociones conjugadas con un buen pedazo de razón.
Cada uno tiene la obligación y el derecho de mirar por su propio bienestar. Si es junto a la persona de la que está enamorada tanto mejor.
Pero, a veces, una retirada a tiempo es una victoria, por muy enamorado que creas estar de alguien.
[HOOVERPHONIC - Mad About You]
Sería definitivamente arrebatador y completamente ideal que las personas pudiéramos dividirnos en dos bandos completamente diferenciados, con las etiquetas de buenos o malos pendiendo de nuestro cuello. Pero vivimos en la vida real, no en Los Fruitis, y las personas (ni siquiera las frutas) no pueden ser divididas de acuerdo a tan simple criterio. Dependiendo del momento de nuestra vida en el que nos encontremos o de las circunstancias que nos rodeen tenderemos a actuar de un modo u otro. Incluso tú, que tan atentamente (o en diagonal, lo mismo me da) lees esto y piensas que eres una buena persona (porque todos tendemos a pensar que somos buenas personas) puedes encontrarte un día en unas circunstancias poco favorables o que pulsen en ti el mecanismo necesario para que termines siendo alguien destructivo, manipulador y dañino para otros. Quizás esto sea lo que verdaderamente nos produce tanto miedo a la hora de relacionarnos: que nunca se termina de conocer a las personas y que por mucho que nos pese no vamos a encontrar a nadie que demuestre un dechado de virtudes y una clara ausencia de defectos (y si lo encuentras no te fíes, porque no es verdad). Y, al igual que cualquiera es susceptible de ser dañado, cualquiera es susceptible de dañar a otros. Incluso deberíamos admitir que tener acceso a la parte destructiva o malvada de una persona forma parte del proceso de conocimiento. Aunque, claro está, los hay que tienen ese lado mucho más desarrollado que otros, independientemente de sus circunstancias y en directa relación con su escala de valores.
Me hace gracia porque la gente habla de amor, se le llena la boca, e imagina un tipo de relación. Un arquetipo prefijado. Pero luego la realidad es muy distinta y hay muchos tipos de relaciones que se aunan bajo el nombre de amor. Relaciones de dependencia, enfermizas, insulsas, sin vida, de conveniencia, por necesidad, por no tener nada mejor que hacer, de autoayuda (cuando la otra persona sirve para conocernos a nosotros mismos y para experimentar, como si de una pista de entreno se tratara). Relaciones basadas en el sexo, en los hijos, en la hipoteca que hay que pagar cada mes, en el perro. Relaciones para lucirlas en fiestas y quedar bien, relaciones para encontrar familias y amigos que nos acepten más que los propios, sin que la persona central signifique demasiado. Relaciones de salvadores, en la que buscamos el amor a través de la autocomplacencia que nos produce ayudar a otra persona, convertirnos en su madre postiza. Relaciones que se mantienen exclusivamente para no sentirnos solos, para demostrarnos a nosotros mismos que podemos mantener una relación, que podemos ser amados, que podemos ser deseados en una cama o intelectualmente. Relaciones prefijadas por la relación de nuestros padres. Relaciones desesperadas en las que sólo tratamos de encontrar un mundo paralelo que nos aisle del nuestro. Cuántos tipos de relaciones. Y no tengo yo muy claro que todas puedan encerrarse bajo el sustantivo de cuatro letras que nos recorre el pensamiento con demasiada frecuencia, nos guste más o nos guste menos.
Todo lo anteriormente expuesto no son más que algunos retazos que conforman las relaciones de amor (y de diversa índole) que mantenemos con otras personas. Luego viene la parte romántica. Estar enamorado o no, sentir, saber que estás a gusto con alguien, que ese alguien te motive para hacer cosas, para ser mejor persona. Relaciones que te aportan lo que necesitas (no todas las personas son complementarias, porque no siempre aportan a otro lo que necesita) y con las que te sientes satisfecho.
Pero ¿qué es lo que hace que te enamores de una persona y no de otra? No se trata de un atractivo dechado de virtudes, como ya he mencionado, porque la vida no es un concurso donde un reguero de pretendientes se presentan y demuestran su valía ante la damisela que cuenta con el poder de la elección. No se trata de que los caballeros presenten la mejor dote. Cuando te enamoras de alguien es porque crees que en el momento de tu vida en el que te lo encuentras puede darte lo que necesitas. Pero ese momento desaparece y si no hay una actualización y un buen amoldamiento, el sentimiento puede dejar de ser suficiente y puede convertirse también en una pesada carga con la que caminar. Porque las personas continuamos conociéndonos y nos sometemos a situaciones que pueden sacar lo mejor de nosotros, pero también lo peor. Las relaciones se frustran, se queman, se hastían, se resquebrajan del mismo modo que pueden reforzarse o consolidarse. Las personas somos volubles, modificamos nuestros sentimientos, los rasgos de nuestro carácter, nuestros comportamientos, nuestras expectativas, nuestras decisiones y nuestras ilusiones y puede que la relación que iniciaste con toda la buena fe del mundo hace dos años no se ajuste ya a lo que quieres o esperas. Sin embargo, nos empeñamos en continuar porque el sentimiento ha de ser más fuerte que la razón, puesto que se proclama a los cuatro vientos que el amor es incondicional, indestructible. Y cuando nos enamoramos no podemos asumir que esto no sea cierto, que el sentimiento que tenemos respecto a otro no vaya a extenderse hasta el infinito y que cuando alguien te hace daño, por muy fuerte que sea el sentimiento, es mejor prescindir de él.
Las personas podemos hacernos mucho daño. Podemos herir con crueldad, podemos interferir en el crecimiento de otras personas, podemos destruir su autoestima, podemos no estar preparadas, podemos asustarnos y obrar mal. Se nos puede ir de las manos y podemos cargarnos de un plumazo las ilusiones y hasta la vida de otra persona sin darnos cuenta, sin siquiera percatarnos, y esgrimiendo una bandera de amor incondicional bajo la que justificamos y perdonamos nuestros actos. Del mismo modo, las personas podemos permitir que otras nos humillen, nos dañen, nos hagan daño o nos pisoteen esgrimiendo la misma bandera de amor incondicional bajo la que justificar y perdonar nuestros actos. ¿Y tiene algún sentido? ¿Tiene algún sentido que dos personas permanezcan unidas asegurando quererse mucho pero se hagan daño continuamente y adquieran una dinámica destructiva que no sólo no les haga evolucionar como personas, sino que además consiga que involucionen, que se despierten miedos, inseguridades y conductas dañinas como respuesta? ¿De qué sirve querer mucho a alguien si sabes que no le estás haciendo ningún bien, si sabes que su vida será mejor sin ti? Puede que hasta sea mejor persona sin ti.
Por eso, siempre defiendo la idea de que el objetivo de mantener una relación, de cualquier índole, por muy frío y funcional que suene, es conseguir estar mejor que solo, que nos aporte algo bueno. Estar con alguien debería ayudarnos a mirar hacia delante, debería motivarnos, darnos libertad y confianza. Debería darnos grandes momentos, para reír o llorar de la emoción, ofrecernos la posibilidad de vivir nuestra propia vida junto a otra persona que nos ayuda a que sea más fácil, que con su mera presencia nos impulse a conseguir nuestro bienestar. No estoy justificando a mi ex, ni diciendo que él sea una buena persona. Todos podemos ser ángeles o demonios según convenga (algunos más que otros, claro está. Vuelvo a remitirme a la escala de valores). Desde luego que la sabandija inmunda no lo será en otras circunstancias ni con otras personas. Yo tuve la fortuna o la desgracia de conocer esa parte de él, además de la buena. Él también tuvo la fortuna o la desgracia de conocer otras partes de mí que salieron a relucir. Si los dos hemos aprendido algo, podremos ser mejores personas en el futuro.
Lo que digo es que no sirve de nada ni tiene ningún sentido mantener relaciones que no sólo no nos benefician en absoluto, sino que nos perjudican. Y resultará muy egoísta y demasiado racional, pero ya he abogado en más de una ocasión por el amor con sus dosis cerebrales, las emociones conjugadas con un buen pedazo de razón.
Cada uno tiene la obligación y el derecho de mirar por su propio bienestar. Si es junto a la persona de la que está enamorada tanto mejor.
Pero, a veces, una retirada a tiempo es una victoria, por muy enamorado que creas estar de alguien.
[HOOVERPHONIC - Mad About You]
Pero qué malo soy...
Tal y como vaticiné en mi post anterior, el 2008 ya ha empezado a regalarme sus pequeños coletazos de indignación a través de caminos tan inescrutables como los del señor. El pasado siempre vuelve y, además, a morderte el culo, que no a decir hola sin más. Durante mi noche de Reyes, además de copas, conversaciones y regalos inesperados, por casualidades de la vida, me encontré con información privilegiada sobre algunos seres vivos que se dedican a ponerme verde a mis espaldas. Fíjate, qué monos. Me encanta ser como Madonna, que hablen de mí, sin importar que sea bien o mal. La cuestión es que hablen. Y juzgar siempre juzgan, conocer conocen más bien poco y hablar siempre hablan, eso ya lo tengo más que asumido.
Hace tiempo me topé con una de esas personas que van de víctimas por la vida. Ya sabéis, el clásico “hay que ver, que malo eres conmigo, me haces pupa con lo bueno que yo soy, yo que tengo cara de no haber roto un plato en mi vida, como puedes decirme estas cosas y blablabla”, que no era más que una manera de hacer chantaje emocional al resto para conseguir lo que quería. El victimismo, queridos y queridas, está a la orden del día y aunque está claro que todos tenemos el derecho, e incluso la obligación, de quejarnos de todo aquello que no nos gusta, me cuesta aceptar que quienes perpetúan exactamente unos valores que critican a destajo se atrevan luego a elevar la bandera del victimismo. Es decir, tú puedes ser un cabrón, pero los demás no pueden serlo contigo, porque en el fondo, tú eres bueno, lo haces sin maldad. O el muy extendido “yo puedo arrimarle la cebolleta a todo bicho viviente, pero tú ni te atrevas, que me pongo celoso”. Por supuesto, ninguno de los individuos en cuestión lo presenta de esta manera y hasta ofrecen una serie de explicaciones poco convincentes, pero sí insistentes, para justificar sus comportamientos. “Vamos, pero si yo arrimo la cebolleta para hacer amigos, no compares...”. Arrierita tiene razón cuando dice que hay individuos que se portan mal y que nunca encontrarán la horma de su zapato, porque tienden a presentar sus comportamientos como válidos a través de principios que amoldan a las situaciones dependiendo de sus intereses para quedar siempre como los buenos de la película.
En contrapartida, el resto somos los malos de la película, la Ángela Channing de la nueva temporada o el psicópata de cada verano de Al Salir de Clase. Etiqueta al canto. Porque hay gente que si no recibe de ti lo que desea o si no escucha lo que quiere, automáticamente, te tacha de persona non grata, de ser malvado y despreciable, adjudicándose el papel de víctimas. Por descontado, tú eres malo de cojones, porque has ido con la verdad de frente, has hablado en plata y te has atrevido a decir lo que piensas, aunque supieras que no concordaba exactamente con lo que el individuo esperaba de ti en la situación en cuestión. Pero qué más da, no sirve de nada que tú trates de explicarlo, de ser coherente con lo que piensas o sientes, porque el sujeto se encargará de propagar a los cuatro vientos que gastas una mala leche increíble, sin ser justo y pensar que, tal vez, cuando una persona no nos da lo que quiere está en todo su derecho. Porque los demás no existen sólo para cumplir nuestras órdenes y amoldarse a nuestros deseos ¿sabéis? Son personas autónomas, con vida propia y que pueden pensar por sí mismas y tomar sus propias decisiones. Y ya somos todos mayorcitos para saber donde nos metemos, mucho más cuando nos lo advierten, para tomar nuestras decisiones y para no culpar continuamente a los demás de nuestras desgracias.
La víctima, además, se toma la molestia de encauzar su vida social a ponerte verde y a advertir a los demás que no se acerquen a ti, que tengan cuidado contigo, que mira lo que le hiciste. Porque claro, cada uno presenta los hechos a su manera para conseguir el beneplácito del resto, que alimenten el victimismo, que les miren como corderitos degollados y expresen en voz alta “hay que ver lo que te hizo, pobrecito, qué penica” (si le dices esto pasarás, automáticamente, a ser uno de sus cien mejores amigos de toda la vida). Nadie es malo porque sí ni nadie es bueno porque sí. Pero allá cada cual con sus visiones del mundo.
Lo que más me molesta de todo es que haya personas que se atrevan a juzgarme y a criticarme, a ponerme verde por la geografía española, sin haberme conocido y habiendo tenido la oportunidad para hacerlo. Qué más da, ¿verdad? Es un ser malo, que tiene mala leche, que mira lo que le hizo a éste. Es una lástima que me haya pasado media vida queriendo ser el malo de la película y que, de repente, me comuniquen que ya lo soy, a estas alturas. Soy malo malo malo, ¿verdad? De narices. Sin embargo, siendo tan malo, tan perverso, tan maquiavélico, tan retorcido como algunos aseguran, yo sería incapaz de realizar algunas de las acciones que el víctima ha llevado a cabo, como chantajes emocionales públicos y a la vez encubiertos, dignos de aparecer en una película de terror psicológico. Al menos, yo cuando critico a alguien a sus espaldas por algo que me hizo, esa persona ya ha recibido de primera mano la crítica, porque no me cuesta ningún trabajo (y es más, me satisface) coger el teléfono o abrirme el email, aunque sea para comunicarle a la otra persona que es un cabrito, que no ha actuado bien y otras cuestiones de índole similar. Que pueden ser más o menos ciertas, pero que constituyen mi opinión (rebatible, por supuesto). Al menos yo trato de ser justo y cuando no consigo de alguien lo que quiero no voy por ahí contando sus trapos sucios, por mucho que me duela. ¿Sufres? Como todo el mundo, majo, pero no todos vamos proyectando nuestras frustraciones contra los demás. Algunos hasta tenemos dignidad. Al menos yo no voy advirtiendo a los otros sobre la supuesta malignidad de una persona ni inventándome películas melodramáticas que me dejen en la posición de Escarlata O'Hara. Sin embargo, yo soy el ser despreciable, retorcido, maligno y egoísta de la historia. Al menos, yo no me engaño para hacer válido mi papel de víctima y admito mis errores para aprender de ellos. Al menos yo no he ido recolectando un séquito de blogueros para que me acompañen en mi campaña, llorando comentario tras comentario. Por diosa, qué aburrida está la gente.
Es bonito. Me encanta mi nuevo papel de gay fatal. Puede que a partir de ahora me vayan las cosas mejor, siendo una marica desalmada que va destruyendo ilusiones y rompiendo corazones.
Quien me conozca que me compre. Quien no, que se crea lo que le dé la gana. Cada uno es libre de engañarse como quiera y yo no tengo por qué demostrar absolutamente nada.
Dedicada a quien corresponda, una bonita canción:
Y ahora voy a comerme un trozo de roscón de Reyes para merendar, que necesito alimentar mi perversa mente.
Hace tiempo me topé con una de esas personas que van de víctimas por la vida. Ya sabéis, el clásico “hay que ver, que malo eres conmigo, me haces pupa con lo bueno que yo soy, yo que tengo cara de no haber roto un plato en mi vida, como puedes decirme estas cosas y blablabla”, que no era más que una manera de hacer chantaje emocional al resto para conseguir lo que quería. El victimismo, queridos y queridas, está a la orden del día y aunque está claro que todos tenemos el derecho, e incluso la obligación, de quejarnos de todo aquello que no nos gusta, me cuesta aceptar que quienes perpetúan exactamente unos valores que critican a destajo se atrevan luego a elevar la bandera del victimismo. Es decir, tú puedes ser un cabrón, pero los demás no pueden serlo contigo, porque en el fondo, tú eres bueno, lo haces sin maldad. O el muy extendido “yo puedo arrimarle la cebolleta a todo bicho viviente, pero tú ni te atrevas, que me pongo celoso”. Por supuesto, ninguno de los individuos en cuestión lo presenta de esta manera y hasta ofrecen una serie de explicaciones poco convincentes, pero sí insistentes, para justificar sus comportamientos. “Vamos, pero si yo arrimo la cebolleta para hacer amigos, no compares...”. Arrierita tiene razón cuando dice que hay individuos que se portan mal y que nunca encontrarán la horma de su zapato, porque tienden a presentar sus comportamientos como válidos a través de principios que amoldan a las situaciones dependiendo de sus intereses para quedar siempre como los buenos de la película.
En contrapartida, el resto somos los malos de la película, la Ángela Channing de la nueva temporada o el psicópata de cada verano de Al Salir de Clase. Etiqueta al canto. Porque hay gente que si no recibe de ti lo que desea o si no escucha lo que quiere, automáticamente, te tacha de persona non grata, de ser malvado y despreciable, adjudicándose el papel de víctimas. Por descontado, tú eres malo de cojones, porque has ido con la verdad de frente, has hablado en plata y te has atrevido a decir lo que piensas, aunque supieras que no concordaba exactamente con lo que el individuo esperaba de ti en la situación en cuestión. Pero qué más da, no sirve de nada que tú trates de explicarlo, de ser coherente con lo que piensas o sientes, porque el sujeto se encargará de propagar a los cuatro vientos que gastas una mala leche increíble, sin ser justo y pensar que, tal vez, cuando una persona no nos da lo que quiere está en todo su derecho. Porque los demás no existen sólo para cumplir nuestras órdenes y amoldarse a nuestros deseos ¿sabéis? Son personas autónomas, con vida propia y que pueden pensar por sí mismas y tomar sus propias decisiones. Y ya somos todos mayorcitos para saber donde nos metemos, mucho más cuando nos lo advierten, para tomar nuestras decisiones y para no culpar continuamente a los demás de nuestras desgracias.
La víctima, además, se toma la molestia de encauzar su vida social a ponerte verde y a advertir a los demás que no se acerquen a ti, que tengan cuidado contigo, que mira lo que le hiciste. Porque claro, cada uno presenta los hechos a su manera para conseguir el beneplácito del resto, que alimenten el victimismo, que les miren como corderitos degollados y expresen en voz alta “hay que ver lo que te hizo, pobrecito, qué penica” (si le dices esto pasarás, automáticamente, a ser uno de sus cien mejores amigos de toda la vida). Nadie es malo porque sí ni nadie es bueno porque sí. Pero allá cada cual con sus visiones del mundo.
Lo que más me molesta de todo es que haya personas que se atrevan a juzgarme y a criticarme, a ponerme verde por la geografía española, sin haberme conocido y habiendo tenido la oportunidad para hacerlo. Qué más da, ¿verdad? Es un ser malo, que tiene mala leche, que mira lo que le hizo a éste. Es una lástima que me haya pasado media vida queriendo ser el malo de la película y que, de repente, me comuniquen que ya lo soy, a estas alturas. Soy malo malo malo, ¿verdad? De narices. Sin embargo, siendo tan malo, tan perverso, tan maquiavélico, tan retorcido como algunos aseguran, yo sería incapaz de realizar algunas de las acciones que el víctima ha llevado a cabo, como chantajes emocionales públicos y a la vez encubiertos, dignos de aparecer en una película de terror psicológico. Al menos, yo cuando critico a alguien a sus espaldas por algo que me hizo, esa persona ya ha recibido de primera mano la crítica, porque no me cuesta ningún trabajo (y es más, me satisface) coger el teléfono o abrirme el email, aunque sea para comunicarle a la otra persona que es un cabrito, que no ha actuado bien y otras cuestiones de índole similar. Que pueden ser más o menos ciertas, pero que constituyen mi opinión (rebatible, por supuesto). Al menos yo trato de ser justo y cuando no consigo de alguien lo que quiero no voy por ahí contando sus trapos sucios, por mucho que me duela. ¿Sufres? Como todo el mundo, majo, pero no todos vamos proyectando nuestras frustraciones contra los demás. Algunos hasta tenemos dignidad. Al menos yo no voy advirtiendo a los otros sobre la supuesta malignidad de una persona ni inventándome películas melodramáticas que me dejen en la posición de Escarlata O'Hara. Sin embargo, yo soy el ser despreciable, retorcido, maligno y egoísta de la historia. Al menos, yo no me engaño para hacer válido mi papel de víctima y admito mis errores para aprender de ellos. Al menos yo no he ido recolectando un séquito de blogueros para que me acompañen en mi campaña, llorando comentario tras comentario. Por diosa, qué aburrida está la gente.
Es bonito. Me encanta mi nuevo papel de gay fatal. Puede que a partir de ahora me vayan las cosas mejor, siendo una marica desalmada que va destruyendo ilusiones y rompiendo corazones.
Quien me conozca que me compre. Quien no, que se crea lo que le dé la gana. Cada uno es libre de engañarse como quiera y yo no tengo por qué demostrar absolutamente nada.
Dedicada a quien corresponda, una bonita canción:
Y ahora voy a comerme un trozo de roscón de Reyes para merendar, que necesito alimentar mi perversa mente.
HorosPoco
Queridos y queridas, por si no os habíais dado cuenta, el 2008 ya está aquí. Apuesto a que muchos de vosotros os habéis hecho millones de nuevos propósitos, habéis pedido multitud de mágicos y maravillosos deseos (que no se harán realidad por arte de magia. Vaya, que te lo vas a tener que currar y, aún así, puede que no lo consigas. No, no soy cruel sino realista), habéis apretado los puños y los párpados poniendo caras de estreñidos repitiendo en la soledad de vuestro dormitorio “el 2008 va a ser mi año, el 2008 va a ser mi año” e incluso le habéis prendido fuego a vuestra antigua vida (incluyendo tanto pertenencias materiales, como exs, amigos y hasta familiares) largándoos a Transilvania a vivir en una casa ocupa con un perro de pelo estropajoso al que llamaréis NuLife. Para los que hayan optado por esta última opción, siento aguarles la fiesta y comunicarles que del pasado no se puede huir, que los recuerdos no prenden ni con gasolina (que ya lo he intentado yo y sólo conseguí chamuscarme la oreja, gastar tres cajas de cerillas y liar una pestucia a cuerno quemado de no te menees) y, además, estoy seguro de que vuestros exs, encantadores y adorables como ellos solos, encontrarán alguna forma de tocaros las pelotas a distancia, enviándoos una postal a la casa ocupa para deciros que os echan de menos y que volváis a sus vacíos brazos (esto siempre ocurre, lo juro).
Llegados a este punto de incertidumbre, uno mira a su alrededor y se pregunta sujetándose la mandíbula (para que no se le descuajaringue de pura emoción): ¿cómo va a ser mi 2008? ¿Debo quejarme del 2007 o acogerme al famoso “virgencita que me quede como estoy”? ¿Me tocará la lotería por fin? ¿Mandaré a freír monas a mi jefe? ¿Me casaré con un apuesto millonario? ¿Me haré famoso en la enésima edición de Gran Hermano por mis saltos de cama o en Factor X por mi prodigiosa versión reguetón titulada “Te voy a poner a 4 patas”? Y, entonces, es cuando te vas a que te echen las cartas, preguntas a una bola de billar que adivina el futuro, llamas a esos teléfonos taaaaaan económicos y fiables que anuncian Aramis Fuster o el figurín de Rappel en la tele, te miras al espejo a ver si los granos te dan alguna pista o, sencillamente, acudes a eso que tan a mano se encuentra y que popularmente se conoce como Horóscopo.
Seamos sinceros. Por mucho que vayamos de escépticos por la vida (y en esto me estoy volviendo especialista. No, en ser realista no, en ser escéptico. Aunque parezcan lo mismo no lo es), a todos se nos va la mirada por el reojo a la sección del horóscopo del periódico gratuito, aunque sólo sea por pura curiosidad. Y en tres frases (siendo especialmente prolijos) nos creemos que nos han solucionado el día y hasta nos tranquiliza que nos digan “Amor: se te va a alegrar la pajarilla que es un gusto porque el amor de tu vida va a aparecer semidesnudo portando un cartel de neón en el trasero con tu nombre destellante y un fajo de billetes de quinientos euros en la boca”, aunque esto último sea tan probable como que Paulina Rubio afine su voz de camionero retirado (y fumador de celtas) en directo. ¡Un afectuoso saludo a todos los fans de Paulina! Mua.
Sin embargo, en ocasiones, ya sea por casualidad o porque amoldamos nuestra realidad a lo que dice el horóscopo para así sentir que funciona y que podemos acogernos a algo que nos da respuestas, sentimos que aciertan. Esto es el clásico “Trabajo: te surgirán grandes oportunidades hoy”, una frase tan ambigua como Miguel Bosé y de la que te acuerdas en cuanto te encuentras que la tocapelotas del departamento de marketing no ha aparecido hoy por estar malísima en la cama. Te dices “es verdad, mi horóscopo tenía razón. Hoy tendré la oportunidad de no estresarme y no tendré que tomarme las doce tilas diarias para no clavarle el boli en la mano cuando pone los dedos en la pantalla del ordenador dejándome un bonito recuerdo de sus huellas dactilares". Lástima que casi parezca opusina, que no falte ni p'atrás y que la crea capaz de ir a trabajar con el suero a cuestas en caso de accidente.
Yo he mirado mi horóscopo para el 2008 y cuando lo he hecho, no he podido evitar estronciarme de la risa hasta caerme de la silla. Porque, claro, uno se asombra, se asusta y se atemoriza. La cosa es que mi horóscopo, que por supuesto no desvelaré para que mis fans y la gente que me odia trate de investigarlo (cada uno es feliz a su manera) y ocupen su tiempo libre en algo útil como es conocer a alguien como yo, decía tal que así:
Has aprendido mucho de ti mismo y de los demás en el 2007 (ya te digo, uno aprende una barbaridad, tanto que hasta se acaba sintiendo un repelente, la Lisa Simpson de su entorno particular), a veces de forma dolorosa (y tanto, aprender siempre duele una jartá, es como ver a Ana Obregón actuando). Los problemas quedan atrás (esto lo han sacado de una canción o de un libro de Jorge Bucay, fijo). La vida está frente a ti esperando a que la disfrutes (ya sabía yo que la vida ésta es un poco putilla). Has sufrido mucho (lo que me faltaba, el horóscopo incrementando mi ya incipiente lado drama queen), ya sea por una amarga experiencia personal o a través de un ser querido (lo que yo te diga, que te hace sentir como un desgraciado de tres al cuarto). Pero el nuevo año viene cargado de fuerza y apoyo (menos mal, si me dice que va a ser una mierda, apaga y vámonos). Pronto verás las cosas de una manera que hasta ahora te había sido negada (por fin me someteré a la lobotomía, ya sabía yo que no iba a aguantar mucho más). Bueno, y me dice que voy a tener taco de dinero, que en el ámbito profesional me va a ir de putísima madre y bla bla bla (vamos, que me veo trabajando 25 horas diarias. Total. Ya hay personas que lo hacen y no se quejan. Supongo que para compensar a los que no dan un palo al agua en su puñetera vida).
Lo mejor es cuando me voy al apartado sexual y afectivo y encuentro que me dice: el tema sexual lo tienes chungo este año (cuando leí esto no sabía si descojonarme o directamente cortarme las venas con la Depilady. Coño, tengo que mandarles un email para decirles que no confundan la sinceridad con la crueldad, que yo también tengo sentimientos aunque no lo parezca),y no porque no tengas oportunidades, sino porque no estás para gaitas. Ahhhhh, hombre, acabáramos. Esto ya lo sabía yo. Vamos que en el 2008 voy a seguir siendo un borde de mierda y por eso no me voy a comer un rosco, porque cuando se me acerque el típico guaperas en un pub voy a soltar una de mis geniales frases cargadas de cinismo del palo de “cariño, el cerebro hay que llevárselo a todos sitios, no vale que lo dejes en el cajón de la mesilla”. Esto no me preocupa, lo tenía ya asumido. Tus esfuerzos por encontrar lo que buscas estarán centrados en cualquier ámbito que no sea el amoroso, vas a ser mucho más práctico (práctico, ea, a satisfacer necesidades sexuales y no esperar encontrar nada más allá, total, pa qué pedir peras al olmo). Esto no quiere decir que no ligues (bueno, al menos me subiré la autoestima). Tú eres un signo inteligente (juassss), que cautiva por su atractivo innato (claro, claro, faltaba más, yo tengo el atractivo en la punta del pie izquierdo, sin ir más lejos) pero en el 2008 tus preocupaciones son diversas (ya te digo: ¿cuál es mi lado bueno? ¿Me quedará bien el rosa en la montura de las gafas de sol?) y no quieres complicaciones (pues mira, pues no, para eso me hago un Sudoku y listo, que al menos tienen solución final, no como los tíos). Huyes de las ataduras (quita, quita, desátame) y querrás marcar distancias (eso, tú ahí y yo aquí, tú tira pa un lao que yo tiro pa el otro y la cebolleta bien lejos en la pista de baile).
Lo mejor: en la cama puede que te muestres un poco demasiado autosuficiente (tjo tjo tjo tjo... la virgen, ¿y que pongo yo en este paréntesis para que la gente no se lleve una idea equivocada de mí?). Ten cuidado con no herir los sentimientos de tu pareja (Ya me estoy imaginando la situación: “anda, quita, que ya termino yo, que es que eres más torpe...” Siempre me encantó eso de mermar la autoestima de mis parejas. Ays no, perdonad, que la personalidad de mis exs me han suplantado mientras escribía la última frase, disculpad, de verdad).
En líneas generales, esto es lo que dice mi Horóscopo. Que no sé yo hasta que punto tiene razón o qué. Aunque tampoco es muy alentador, la verdad. Al parecer, mi 2008 va a ser bastante tranquilo y yo me voy a volver bastante independiente (lo cual quiere decir que va a ser cierto lo de sublimar mis necesidades afectivas y sexuales y que me bastará con acariciar a mi gato un par de veces al día para sentirme realizado en este aspecto). Y no os digo yo que no me produzca cierto gustirrinín la idea, que de vez en cuando viene bien que a uno le dejen descansar, leñe. Lo malo es que teniendo en cuenta mi historial y mi estado de susceptibilidad, dudo yo mucho eso de que me vayan a dejar vivir. Ni en una casa ocupa.
Habrá que fiarse de los astros y las estrellas.
Llegados a este punto de incertidumbre, uno mira a su alrededor y se pregunta sujetándose la mandíbula (para que no se le descuajaringue de pura emoción): ¿cómo va a ser mi 2008? ¿Debo quejarme del 2007 o acogerme al famoso “virgencita que me quede como estoy”? ¿Me tocará la lotería por fin? ¿Mandaré a freír monas a mi jefe? ¿Me casaré con un apuesto millonario? ¿Me haré famoso en la enésima edición de Gran Hermano por mis saltos de cama o en Factor X por mi prodigiosa versión reguetón titulada “Te voy a poner a 4 patas”? Y, entonces, es cuando te vas a que te echen las cartas, preguntas a una bola de billar que adivina el futuro, llamas a esos teléfonos taaaaaan económicos y fiables que anuncian Aramis Fuster o el figurín de Rappel en la tele, te miras al espejo a ver si los granos te dan alguna pista o, sencillamente, acudes a eso que tan a mano se encuentra y que popularmente se conoce como Horóscopo.
Seamos sinceros. Por mucho que vayamos de escépticos por la vida (y en esto me estoy volviendo especialista. No, en ser realista no, en ser escéptico. Aunque parezcan lo mismo no lo es), a todos se nos va la mirada por el reojo a la sección del horóscopo del periódico gratuito, aunque sólo sea por pura curiosidad. Y en tres frases (siendo especialmente prolijos) nos creemos que nos han solucionado el día y hasta nos tranquiliza que nos digan “Amor: se te va a alegrar la pajarilla que es un gusto porque el amor de tu vida va a aparecer semidesnudo portando un cartel de neón en el trasero con tu nombre destellante y un fajo de billetes de quinientos euros en la boca”, aunque esto último sea tan probable como que Paulina Rubio afine su voz de camionero retirado (y fumador de celtas) en directo. ¡Un afectuoso saludo a todos los fans de Paulina! Mua.
Sin embargo, en ocasiones, ya sea por casualidad o porque amoldamos nuestra realidad a lo que dice el horóscopo para así sentir que funciona y que podemos acogernos a algo que nos da respuestas, sentimos que aciertan. Esto es el clásico “Trabajo: te surgirán grandes oportunidades hoy”, una frase tan ambigua como Miguel Bosé y de la que te acuerdas en cuanto te encuentras que la tocapelotas del departamento de marketing no ha aparecido hoy por estar malísima en la cama. Te dices “es verdad, mi horóscopo tenía razón. Hoy tendré la oportunidad de no estresarme y no tendré que tomarme las doce tilas diarias para no clavarle el boli en la mano cuando pone los dedos en la pantalla del ordenador dejándome un bonito recuerdo de sus huellas dactilares". Lástima que casi parezca opusina, que no falte ni p'atrás y que la crea capaz de ir a trabajar con el suero a cuestas en caso de accidente.
Yo he mirado mi horóscopo para el 2008 y cuando lo he hecho, no he podido evitar estronciarme de la risa hasta caerme de la silla. Porque, claro, uno se asombra, se asusta y se atemoriza. La cosa es que mi horóscopo, que por supuesto no desvelaré para que mis fans y la gente que me odia trate de investigarlo (cada uno es feliz a su manera) y ocupen su tiempo libre en algo útil como es conocer a alguien como yo, decía tal que así:
Has aprendido mucho de ti mismo y de los demás en el 2007 (ya te digo, uno aprende una barbaridad, tanto que hasta se acaba sintiendo un repelente, la Lisa Simpson de su entorno particular), a veces de forma dolorosa (y tanto, aprender siempre duele una jartá, es como ver a Ana Obregón actuando). Los problemas quedan atrás (esto lo han sacado de una canción o de un libro de Jorge Bucay, fijo). La vida está frente a ti esperando a que la disfrutes (ya sabía yo que la vida ésta es un poco putilla). Has sufrido mucho (lo que me faltaba, el horóscopo incrementando mi ya incipiente lado drama queen), ya sea por una amarga experiencia personal o a través de un ser querido (lo que yo te diga, que te hace sentir como un desgraciado de tres al cuarto). Pero el nuevo año viene cargado de fuerza y apoyo (menos mal, si me dice que va a ser una mierda, apaga y vámonos). Pronto verás las cosas de una manera que hasta ahora te había sido negada (por fin me someteré a la lobotomía, ya sabía yo que no iba a aguantar mucho más). Bueno, y me dice que voy a tener taco de dinero, que en el ámbito profesional me va a ir de putísima madre y bla bla bla (vamos, que me veo trabajando 25 horas diarias. Total. Ya hay personas que lo hacen y no se quejan. Supongo que para compensar a los que no dan un palo al agua en su puñetera vida).
Lo mejor es cuando me voy al apartado sexual y afectivo y encuentro que me dice: el tema sexual lo tienes chungo este año (cuando leí esto no sabía si descojonarme o directamente cortarme las venas con la Depilady. Coño, tengo que mandarles un email para decirles que no confundan la sinceridad con la crueldad, que yo también tengo sentimientos aunque no lo parezca),y no porque no tengas oportunidades, sino porque no estás para gaitas. Ahhhhh, hombre, acabáramos. Esto ya lo sabía yo. Vamos que en el 2008 voy a seguir siendo un borde de mierda y por eso no me voy a comer un rosco, porque cuando se me acerque el típico guaperas en un pub voy a soltar una de mis geniales frases cargadas de cinismo del palo de “cariño, el cerebro hay que llevárselo a todos sitios, no vale que lo dejes en el cajón de la mesilla”. Esto no me preocupa, lo tenía ya asumido. Tus esfuerzos por encontrar lo que buscas estarán centrados en cualquier ámbito que no sea el amoroso, vas a ser mucho más práctico (práctico, ea, a satisfacer necesidades sexuales y no esperar encontrar nada más allá, total, pa qué pedir peras al olmo). Esto no quiere decir que no ligues (bueno, al menos me subiré la autoestima). Tú eres un signo inteligente (juassss), que cautiva por su atractivo innato (claro, claro, faltaba más, yo tengo el atractivo en la punta del pie izquierdo, sin ir más lejos) pero en el 2008 tus preocupaciones son diversas (ya te digo: ¿cuál es mi lado bueno? ¿Me quedará bien el rosa en la montura de las gafas de sol?) y no quieres complicaciones (pues mira, pues no, para eso me hago un Sudoku y listo, que al menos tienen solución final, no como los tíos). Huyes de las ataduras (quita, quita, desátame) y querrás marcar distancias (eso, tú ahí y yo aquí, tú tira pa un lao que yo tiro pa el otro y la cebolleta bien lejos en la pista de baile).
Lo mejor: en la cama puede que te muestres un poco demasiado autosuficiente (tjo tjo tjo tjo... la virgen, ¿y que pongo yo en este paréntesis para que la gente no se lleve una idea equivocada de mí?). Ten cuidado con no herir los sentimientos de tu pareja (Ya me estoy imaginando la situación: “anda, quita, que ya termino yo, que es que eres más torpe...” Siempre me encantó eso de mermar la autoestima de mis parejas. Ays no, perdonad, que la personalidad de mis exs me han suplantado mientras escribía la última frase, disculpad, de verdad).
En líneas generales, esto es lo que dice mi Horóscopo. Que no sé yo hasta que punto tiene razón o qué. Aunque tampoco es muy alentador, la verdad. Al parecer, mi 2008 va a ser bastante tranquilo y yo me voy a volver bastante independiente (lo cual quiere decir que va a ser cierto lo de sublimar mis necesidades afectivas y sexuales y que me bastará con acariciar a mi gato un par de veces al día para sentirme realizado en este aspecto). Y no os digo yo que no me produzca cierto gustirrinín la idea, que de vez en cuando viene bien que a uno le dejen descansar, leñe. Lo malo es que teniendo en cuenta mi historial y mi estado de susceptibilidad, dudo yo mucho eso de que me vayan a dejar vivir. Ni en una casa ocupa.
Habrá que fiarse de los astros y las estrellas.