Contrato para Amantes
Ante el indignante uso de la palabra amor para definir hasta la relación que tenemos con el microondas, el Paperblog se ve en la obligación de escribir en este post los presupuestos básicos que deben darse en las personas para mantener relaciones amorosas (sanas, se entiende). Resulta que, muy a menudo, se nos vende la idea de que todos, absolutamente todos, somos capaces de amar. Y resulta que, en un elevado número de casos las personas o bien no están preparadas para enfrentarse a eso que algunos todavía llaman relación de pareja o bien tienen un concepto erróneo del todo en lo que respecta al significado de este término.
Se establece:
-Que amar significa una unión simbólica con otra persona, gracias a la cual se comparte una parcela de la vida (la de pareja) que queda delimitada en exclusiva para el ser amado. Esto no quiere decir que el ser amado tenga facultad decisoria sobre el resto de la vida de la persona, sólo en lo que concierne a la relación de pareja (ni amigos, ni trabajo, ni familia).
-Que las relaciones son conjunciones de momentos buenos y malos y, por ende, pueden traernos sentimientos gratificantes y amargos por igual. No vale de nada creer que el amor es un mundo color de rosa. No es cierto o, al menos, no del todo.
-Que todo el mundo tiene derecho a ser valorado y respetado por la otra persona y, como consecuencia, la obligación de valorar y respetar a la otra persona. Por tanto, se subraya que amar supone una aceptación de los defectos y virtudes del ser amado, sin cuestionar, criticar o necesitar modificar ninguno de ellos. Sin embargo, ha de señalarse que los defectos no pueden servir para justificar la inmutabilidad de nuestro carácter cuando cometemos errores (es que yo soy así y ya está), sino que hay que afrontar los posibles problemas que puedan generar con humildad.
Así, se establece por contrato que las personas, en una relación de pareja:
-Deben sentirse a gusto consigo mismas y valorarse, por lo menos, lo justo y necesario. Entiéndase por sentirse a gusto consigo mismas, tener una buena relación consigo y con el espejo o, en su defecto, unos principios que les muevan a no proyectar sus inseguridades en el ser amado o el odio que sienten hacia sí mismas maltratando, menoscabando o desintegrando la esencia del mismo. Apreciarse a uno mismo para aprender a apreciar a los otros es un precepto básico que nunca debe olvidarse y que nos ayuda a querer de manera sana.
-Deben mantener una vida independiente a la del ser amado. Esto es: tener trabajo, amigos, relaciones, proyectos, deseos y tomar decisiones por sí mismas. Por eso, se establece en concordancia, que las personas, antes de emprender relaciones con otras, deben aprender a estar solas, valerse por sí mismas y no necesitar, continuamente, la dependencia respecto a otra para que tome las decisiones por ella o le construya una vida de la que no se siente responsable o capacitada para llevar a cabo.
-Deben vivir los acontecimientos que se produzcan respecto al ser amado al mismo ritmo que éstos se producen. Para ello es necesario saber diferenciar, claramente, entre fantasía y realidad, entre lo que queremos o anhelamos y lo que es, lo que se está produciendo en este momento, distinguir entre el deseo por que las cosas sean de una manera y como, efectivamente, son. Está muy bien soñar, pero hay que luchar y ser pacientes para conseguir los sueños, éstos no se materializan al instante. En esto se incluye ver a la otra persona tal y como es, no inventar, ni adornar, ni justificar sus errores (es que él es así).
-Ser sinceras consigo mismas y con los demás, en el sentido de no vender motos ni ofrecer imágenes de quiénes realmente no son. Distinguir entre lo que se quiere ser y lo que se es realmente y dejar siempre claras las intenciones y sentimientos, la verdad ante todo, por mucho daño que presuntamente provoque en la otra persona. Si ella ha decidido incumplir el punto tres y creer o empecinarse en que la realidad es de otra manera, es un error de esa persona, no del sincero. La verdad no siempre se ajusta a los deseos de los otros y esto es algo que hay que aceptar sin más.
-Deben tener en cuenta que sus necesidades no son más importantes a la del resto. Se supone que el amor es tener en cuenta a otra persona, que una pareja es cosa de dos y que las decisiones han de ser consensuadas y compartidas, aunque la decisión final no sea la que más favorezca al individuo (especialmente si el hecho de obtener placer óptimo implica que la otra persona obtenga un daño flagrante). Las necesidades de autoestima, beneficio personal, placer desmesurado y la obtención de bienes materiales o inmateriales a costa del engaño, traición o denigración de la otra persona estarán penalizadas de por vida, bajo penas de prisión o reclusión autoimpuestas, examen de conciencia y progresiva reinserción del individuo en la esfera amatoria en caso de superación de los problemas, traumas infantiles o conflictos personales que hayan conducido a semejante comportamiento. Para ello se anima al individuo a acudir a un psicólogo que le ayude a ver sus problemas y solventarlos en la medida de lo posible.
-Deber ser conscientes de que amar supone un riesgo y de que las cosas pueden salir bien o mal. En cualquier caso, deberán asumir la responsabilidad que les correspondan en el “fracaso” o intento fallido. La asunción de responsabilidades no implica una flagelación continua y prolongada cebada en la autoestima, sino un aprendizaje de los posibles errores cometidos, una aceptación y el reajuste necesario para mirar hacia delante.
-Deben asumir que queda terminantemente prohibido jugar al todo o nada, situar todas las expectativas y esperanzas en la persona amada y esperar a que ésta esté a la atura de dichas expectativas y esperanzas (a veces, demasiado altas). No siempre será posible el cumplimiento de las mismas y en este caso no se acepta como alternativa el odio desmesurado hacia el mundo o los demás, hacia el amor o la creencia en la imposibilidad de encontrar a cualquier otra persona válida para mantener una relación de acuerdo a los parámetros definidos interiormente por el sujeto. Las relaciones son intentos en los que hay impresos sentimientos. Nos pueden hacer daño o, sencillamente, podemos sufrir porque todo se haya ido al traste, pero ello no implica, necesariamente, que el patrón vaya a repetirse para siempre. Si tú eres como eres y aunque todavía te quede mucho por aprender sientes que puedes amar, ¿qué te impide pensar que en el mundo no haya otras personas que vean las cosas del mismo modo que tú o con las que las relaciones sean, simplemente, diferentes?
-Aceptar que las personas no somos seres inmutables, sino que variamos nuestro carácter, nuestros deseos y nuestras expectativas dependiendo del momento de nuestras vidas en el que nos encontremos. No se puede exigir una continuidad permanente de sentimientos o de deseos y una relación implica un conocimiento incesante de las reacciones y actitudes de la otra persona ante diversas situaciones.
-En el caso de rupturas, tener en cuenta que no siempre se gana, que a veces hay que intentarlo. Sin embargo, de nada sirve una vez intentado que exista otro intento bajo los mismos parámetros. Por otro lado, hay que ser consecuentes (ambas partes): cuando se comete un error y se rompe un corazón, sólo existen dos palabras que sirvan para solucionarlo: adiós y tiempo. No se puede exigir un perdón repentino, un borrón y cuenta nueva o un hacer como si no pasara nada. Las acciones tienen consecuencias y hacer daño también. Se prohiben los empecinamientos por ambas partes, el “esto no puede terminar así”, el “debe haber una segunda parte, por narices” o el “yo le quiero y eso es lo que importa”. Querer no es suficiente a veces, el amor no lo soluciona todo, las personas deben hacerse responsables de sus acciones y afrontar sus consecuencias y cuando algo tan profundo se rompe es prácticamente imposible arreglarlo.
-Si, a tenor del caso anterior, se decide intentar arreglarlo, ser conscientes de todo lo que ello implica y exige de nosotros: daño, paciencia, miedo, desconfianza, sufrimiento, implicación, inseguridad, pulsiones destructivas y lucha por lo que anhelas bajo los mismos parámetros establecidos, sin reajustarlos o crear otra relación venida a menos. Si el individuo decide continuar no puede basarse en el daño o la venganza que desemboca del incumplimiento anterior, que queda en otra fase y bajo supervisión, como algo que pertenece al pasado y que el inculpado debe compensar mediante el cumplimiento estricto de estas consideraciones.
-Por último se acepta que bajo las mismas condiciones, sendas partes de una pareja tienen completa libertad para enredarse o dejarse enredar. En el mismo instante en el que se aceptan unas condiciones desfavorables, no hay lugar para quejas posteriores o para vueltas atrás. Cada uno es libre de tomar sus propias decisiones y no es válido basar éstas en la otra persona, ni echarlas en cara en momentos de discusión, ni culpar cuando las cosas acaben como el rosario de la aurora (me vine de Australia por ti, dejé mi trabajo por ti, hice el pino con un bollicao en la boca por ti, etc.).
Cada uno es libre de aceptar las condiciones que, queda estipulado, han de cumplirse. En el caso de que las condiciones iniciales sean modificadas por alguna de las partes, ya sea por ocultación de información, mentiras u omisión de la declaración expresa de intereses, haya premeditación y alevosía o no, la otra persona tiene el derecho de rescindir la relación y abandonar (haber sido sincero de primeras, majete o no haber hecho promesas que no podías cumplir).
Queda bajo total responsabilidad del individuo la aceptación de condiciones distintas a las presentadas en este escrito.
Este documento no garantiza el eficaz funcionamiento de las relaciones amorosas, pero sí que los nubarrones producidos por el desamor, cualesquiera que sean, tengan menos persistencia.
[LIGHTHOUSE FAMILY - Raincloud]
Influido por el artículo Convención de Heridos de Amor, de Paulo Coelho.
Se establece:
-Que amar significa una unión simbólica con otra persona, gracias a la cual se comparte una parcela de la vida (la de pareja) que queda delimitada en exclusiva para el ser amado. Esto no quiere decir que el ser amado tenga facultad decisoria sobre el resto de la vida de la persona, sólo en lo que concierne a la relación de pareja (ni amigos, ni trabajo, ni familia).
-Que las relaciones son conjunciones de momentos buenos y malos y, por ende, pueden traernos sentimientos gratificantes y amargos por igual. No vale de nada creer que el amor es un mundo color de rosa. No es cierto o, al menos, no del todo.
-Que todo el mundo tiene derecho a ser valorado y respetado por la otra persona y, como consecuencia, la obligación de valorar y respetar a la otra persona. Por tanto, se subraya que amar supone una aceptación de los defectos y virtudes del ser amado, sin cuestionar, criticar o necesitar modificar ninguno de ellos. Sin embargo, ha de señalarse que los defectos no pueden servir para justificar la inmutabilidad de nuestro carácter cuando cometemos errores (es que yo soy así y ya está), sino que hay que afrontar los posibles problemas que puedan generar con humildad.
Así, se establece por contrato que las personas, en una relación de pareja:
-Deben sentirse a gusto consigo mismas y valorarse, por lo menos, lo justo y necesario. Entiéndase por sentirse a gusto consigo mismas, tener una buena relación consigo y con el espejo o, en su defecto, unos principios que les muevan a no proyectar sus inseguridades en el ser amado o el odio que sienten hacia sí mismas maltratando, menoscabando o desintegrando la esencia del mismo. Apreciarse a uno mismo para aprender a apreciar a los otros es un precepto básico que nunca debe olvidarse y que nos ayuda a querer de manera sana.
-Deben mantener una vida independiente a la del ser amado. Esto es: tener trabajo, amigos, relaciones, proyectos, deseos y tomar decisiones por sí mismas. Por eso, se establece en concordancia, que las personas, antes de emprender relaciones con otras, deben aprender a estar solas, valerse por sí mismas y no necesitar, continuamente, la dependencia respecto a otra para que tome las decisiones por ella o le construya una vida de la que no se siente responsable o capacitada para llevar a cabo.
-Deben vivir los acontecimientos que se produzcan respecto al ser amado al mismo ritmo que éstos se producen. Para ello es necesario saber diferenciar, claramente, entre fantasía y realidad, entre lo que queremos o anhelamos y lo que es, lo que se está produciendo en este momento, distinguir entre el deseo por que las cosas sean de una manera y como, efectivamente, son. Está muy bien soñar, pero hay que luchar y ser pacientes para conseguir los sueños, éstos no se materializan al instante. En esto se incluye ver a la otra persona tal y como es, no inventar, ni adornar, ni justificar sus errores (es que él es así).
-Ser sinceras consigo mismas y con los demás, en el sentido de no vender motos ni ofrecer imágenes de quiénes realmente no son. Distinguir entre lo que se quiere ser y lo que se es realmente y dejar siempre claras las intenciones y sentimientos, la verdad ante todo, por mucho daño que presuntamente provoque en la otra persona. Si ella ha decidido incumplir el punto tres y creer o empecinarse en que la realidad es de otra manera, es un error de esa persona, no del sincero. La verdad no siempre se ajusta a los deseos de los otros y esto es algo que hay que aceptar sin más.
-Deben tener en cuenta que sus necesidades no son más importantes a la del resto. Se supone que el amor es tener en cuenta a otra persona, que una pareja es cosa de dos y que las decisiones han de ser consensuadas y compartidas, aunque la decisión final no sea la que más favorezca al individuo (especialmente si el hecho de obtener placer óptimo implica que la otra persona obtenga un daño flagrante). Las necesidades de autoestima, beneficio personal, placer desmesurado y la obtención de bienes materiales o inmateriales a costa del engaño, traición o denigración de la otra persona estarán penalizadas de por vida, bajo penas de prisión o reclusión autoimpuestas, examen de conciencia y progresiva reinserción del individuo en la esfera amatoria en caso de superación de los problemas, traumas infantiles o conflictos personales que hayan conducido a semejante comportamiento. Para ello se anima al individuo a acudir a un psicólogo que le ayude a ver sus problemas y solventarlos en la medida de lo posible.
-Deber ser conscientes de que amar supone un riesgo y de que las cosas pueden salir bien o mal. En cualquier caso, deberán asumir la responsabilidad que les correspondan en el “fracaso” o intento fallido. La asunción de responsabilidades no implica una flagelación continua y prolongada cebada en la autoestima, sino un aprendizaje de los posibles errores cometidos, una aceptación y el reajuste necesario para mirar hacia delante.
-Deben asumir que queda terminantemente prohibido jugar al todo o nada, situar todas las expectativas y esperanzas en la persona amada y esperar a que ésta esté a la atura de dichas expectativas y esperanzas (a veces, demasiado altas). No siempre será posible el cumplimiento de las mismas y en este caso no se acepta como alternativa el odio desmesurado hacia el mundo o los demás, hacia el amor o la creencia en la imposibilidad de encontrar a cualquier otra persona válida para mantener una relación de acuerdo a los parámetros definidos interiormente por el sujeto. Las relaciones son intentos en los que hay impresos sentimientos. Nos pueden hacer daño o, sencillamente, podemos sufrir porque todo se haya ido al traste, pero ello no implica, necesariamente, que el patrón vaya a repetirse para siempre. Si tú eres como eres y aunque todavía te quede mucho por aprender sientes que puedes amar, ¿qué te impide pensar que en el mundo no haya otras personas que vean las cosas del mismo modo que tú o con las que las relaciones sean, simplemente, diferentes?
-Aceptar que las personas no somos seres inmutables, sino que variamos nuestro carácter, nuestros deseos y nuestras expectativas dependiendo del momento de nuestras vidas en el que nos encontremos. No se puede exigir una continuidad permanente de sentimientos o de deseos y una relación implica un conocimiento incesante de las reacciones y actitudes de la otra persona ante diversas situaciones.
-En el caso de rupturas, tener en cuenta que no siempre se gana, que a veces hay que intentarlo. Sin embargo, de nada sirve una vez intentado que exista otro intento bajo los mismos parámetros. Por otro lado, hay que ser consecuentes (ambas partes): cuando se comete un error y se rompe un corazón, sólo existen dos palabras que sirvan para solucionarlo: adiós y tiempo. No se puede exigir un perdón repentino, un borrón y cuenta nueva o un hacer como si no pasara nada. Las acciones tienen consecuencias y hacer daño también. Se prohiben los empecinamientos por ambas partes, el “esto no puede terminar así”, el “debe haber una segunda parte, por narices” o el “yo le quiero y eso es lo que importa”. Querer no es suficiente a veces, el amor no lo soluciona todo, las personas deben hacerse responsables de sus acciones y afrontar sus consecuencias y cuando algo tan profundo se rompe es prácticamente imposible arreglarlo.
-Si, a tenor del caso anterior, se decide intentar arreglarlo, ser conscientes de todo lo que ello implica y exige de nosotros: daño, paciencia, miedo, desconfianza, sufrimiento, implicación, inseguridad, pulsiones destructivas y lucha por lo que anhelas bajo los mismos parámetros establecidos, sin reajustarlos o crear otra relación venida a menos. Si el individuo decide continuar no puede basarse en el daño o la venganza que desemboca del incumplimiento anterior, que queda en otra fase y bajo supervisión, como algo que pertenece al pasado y que el inculpado debe compensar mediante el cumplimiento estricto de estas consideraciones.
-Por último se acepta que bajo las mismas condiciones, sendas partes de una pareja tienen completa libertad para enredarse o dejarse enredar. En el mismo instante en el que se aceptan unas condiciones desfavorables, no hay lugar para quejas posteriores o para vueltas atrás. Cada uno es libre de tomar sus propias decisiones y no es válido basar éstas en la otra persona, ni echarlas en cara en momentos de discusión, ni culpar cuando las cosas acaben como el rosario de la aurora (me vine de Australia por ti, dejé mi trabajo por ti, hice el pino con un bollicao en la boca por ti, etc.).
Cada uno es libre de aceptar las condiciones que, queda estipulado, han de cumplirse. En el caso de que las condiciones iniciales sean modificadas por alguna de las partes, ya sea por ocultación de información, mentiras u omisión de la declaración expresa de intereses, haya premeditación y alevosía o no, la otra persona tiene el derecho de rescindir la relación y abandonar (haber sido sincero de primeras, majete o no haber hecho promesas que no podías cumplir).
Queda bajo total responsabilidad del individuo la aceptación de condiciones distintas a las presentadas en este escrito.
Este documento no garantiza el eficaz funcionamiento de las relaciones amorosas, pero sí que los nubarrones producidos por el desamor, cualesquiera que sean, tengan menos persistencia.
[LIGHTHOUSE FAMILY - Raincloud]
Influido por el artículo Convención de Heridos de Amor, de Paulo Coelho.
Habitaciones
Recuerdo un capítulo de la tercera temporada de Mujeres Desesperadas, que vi hace tiempo, que llamó mi atención. Se trataba de ése en el que un personaje se encerraba en un supermercado con varios rehenes y una pistola al descubrir que su marido (que trabajaba en el supermercado) le había sido infiel. La mujer había enloquecido y se había personado en el lugar para tomarse la justicia por su mano, hacer algo drástico.
Esta idea, por mal que me pese reconocerlo, me resultó familiar. No porque lo haya llevado a cabo, sino porque son muchas las situaciones de estrés las que habitualmente se hacen un hueco en nuestra vida y nos llevan a pensar en el no-pensar, en una locura transitoria que se salda mediante alguna acción desproporcionada, desmesurada en sus formas o en el deseo de llevarla a cabo (cuántas veces habré dicho yo eso de “me entran ganas de subirme al campanario del pueblo con una escopeta de cañones recortados”, aunque sólo fuera a modo de broma y exagerando, muy en mi línea). Porque, y esto ocurre demasiado a menudo o, al menos, esa es la impresión que tengo yo, parece que vivimos en una especie de absurdo, un sinsentido en el que uno se hace multitud de preguntas y no obtiene respuestas. Y si las obtiene son supletorias, poco satisfactorias, superficiales, nada comparado con las verdaderas respuestas que necesitamos para dotarnos del equilibrio necesario.
Por supuesto, en esto tienen mucho que ver las injusticias. Es injusto, por ejemplo, que haya personas que cuenten con una flor en el culo y consigan todo lo que pretenden y no pretenden, sin siquiera proponérselo, mientras otras tienen que partirse el espinazo, hacer un esfuerzo sobrehumano, para alcanzar pequeñas metas, o bienes tan básicos como un sitio donde dormir o unos minutos de cordura. Es injusto que algunas veces hagamos hasta el pino con un bollicao en la boca y no tengamos lo que deseamos. Es injusto que la persona a la que queremos o hemos querido no nos corresponda, nos sea infiel o nos devuelva una indiferencia supina. Es injusto que haya días en los que apenas podemos tirar de nuestros cuerpos, cansados, y nuestras mentes, hastiadas, estando en posesión de una vida y de valiosas cualidades que deberíamos aprovechar más. Es injusto que haya personas con mucho que ofrecer y que mantengan eso a salvo o sencillamente lo ignoren porque sienten, a tenor de sus malas experiencias, que no merece la pena extraerlo de sí. Es injusto que haya personas muy válidas que por culpa de circunstancias u otras personas, se sientan minúsculas, diminutas e insignificantes y opten por esconder la cabeza bajo al suelo como la única vía escapatoria que se sienten capaces de asumir. Y todas estas injusticias las nombro por poner algunos ejemplos, que haberlas las hay en gran número y variedad.
Lo que quiero decir con esta parrafada es que todos nos sometemos continuamente a situaciones de estrés, de lucha continua, situaciones aberrantes, desoladoras y tristes, amargas, que se empeñan en permanecer apostadas en el paladar a veces, sin que ningún otro sabor logre aminorar su jugo. Y esto no lo afirmo porque lo suponga, sino porque puedo presumir de navegar a la deriva no sólo en mi vida, sino también en vidas ajenas, en las de aquéllos que me incluyen en ella como alguien importante con quien compartir sus más y sus menos. Cuando entras en las vidas de la gente a través de una puerta amablemente abierta te percatas de que en todos lados se cuecen habas, como dice mi madre, de que cada uno alberga sus propias preocupaciones y problemas, que varían en intensidad o en gravedad según las circunstancias y el momento en el que se encuentren. Todo el mundo sufre a su manera, es un hecho, por muy superficial o anodina que sea su vida (o precisamente debido a ello). Y es un error, bastante extendido, por cierto, creer que los problemas propios superan en importancia a los de los demás. Los problemas no han de ser más o menos graves por sí solos, sino que lo demoledor es la manera de afrontarlos de cada cual. Para todos es difícil, a menudo, sobrevivir.
La vida se convierte a veces en una habitación con forma de círculo vicioso en la que no hay escapatoria posible, en la que buscamos incesantemente recodos en los que escondernos o, sencillamente, detenernos a descansar. El círculo nos absorbe y nos ofrece una impresión de espiral demasiado prevaleciente y cruda, como si estuviéramos destinados a permanecer en el centro, girando sobre nosotros mismos, contemplando lo que nos ocurre sin lugar para la acción y esquivando, en la medida de nuestras posibilidades, los objetos que sobrevuelan, sueltos, sin origen ni destino, a velocidad vertiginosa, lanzados a propósito para herirnos. Y es difícil, por supuesto que sí, mantener el equilibrio para no caernos al suelo. Es difícil no marearse y es angustioso aventurar que no encontraremos la puerta de salida conservando buenas dosis de integridad física y psicológica, dignidad para mentenernos en pie y la suficiente luz en los ojos para continuar mirando hacia delante.
También recuerdo de este episodio de Mujeres Desesperadas a una Felicity Huffman retenida como rehén en el supermercado, bajo la amenaza de la pistola de la mujer aparentemente chiflada y desbordada por los acontecimientos que estaban teniendo lugar en su vida. Recuerdo que se cabreaba, que le gritaba, que le decía a la mujer chiflada que todos, absolutamente todos, tenemos problemas y no vamos por ahí con una pistola matando gente o despreciando la vida de los otros a causa del rencor pacientemente recolectado y de la sensación de desolación que nos produce nuestra propia habitación de forma circular.
Lamentablemente, no dispongo de una fórmula mágica con la que obsequiaros para que os erijáis con asombrosa firmeza en el centro de vuestro propio círculo y consigáis sobrevivir a eso tan difícil que tiene lugar en vuestra vida, eso que hace que cada día os cueste respirar, eso que hace que os sintáis agobiados, abotargados, asqueados, desolados, enrarecidos por el ambiente, compuesto por densas partículas tóxicas: una relación de pareja que no sabéis cómo sobrellevar, falta de tiempo o de dinero, un trabajo que no os satisface, una sensación de soledad acentuada por personas pocos sensibles, la impotencia ante algún acontecimiento que no podéis dominar o la idea de que vuestros sueños se encuentran muy lejos del alcance de vuestra mano. No dispongo de un arma secreta, una solución alternativa, un chasquido de dedos que consiga que todo se solucione por arte de magia.
Pero sí dispongo de las palabras del post anterior, el párrafo mediante el que da comienzo la novela La Otra Ciudad, para expresaros que dentro de la habitación que cada uno imaginamos como nuestro propio infierno pueden encontrarse retazos desvaídos de imágenes, personas, momentos, trazos emborronados que, aunque son frágiles y pueden corromperse o desnutrirse, no son infierno. Si los miramos adecuadamente puede que encontremos que no están tan difuminados como pensábamos. Y, tal vez, la única alternativa que nos queda es saber apreciarlos, cuidarlos y disfrutar de ellos hasta el punto de que todo lo demás, el infierno, reduzca su significado, su influencia asoladora sobre nuestro estado anímico.
Por mi parte, sólo me queda decir que trataré por todos los medios que estén a mi alcance de no ser infierno y aparecer en las habitaciones de aquéllos que lo deseen y lo merezcan, aunque sea momentáneamente, para saludar con la mano alzada y cortar mediante este simple gesto el vaivén de las partículas tóxicas que nublan las miradas.
Al fin y al cabo, puede que todas nuestras habitaciones no sean más que pequeños habitáculos individuales de un mismo edificio salpicado de ventanas, a través de las cuales podemos ver, todos juntos, la lluvia caer.
[MIRANDA WARNING - Si Empieza a Llover]
Esta idea, por mal que me pese reconocerlo, me resultó familiar. No porque lo haya llevado a cabo, sino porque son muchas las situaciones de estrés las que habitualmente se hacen un hueco en nuestra vida y nos llevan a pensar en el no-pensar, en una locura transitoria que se salda mediante alguna acción desproporcionada, desmesurada en sus formas o en el deseo de llevarla a cabo (cuántas veces habré dicho yo eso de “me entran ganas de subirme al campanario del pueblo con una escopeta de cañones recortados”, aunque sólo fuera a modo de broma y exagerando, muy en mi línea). Porque, y esto ocurre demasiado a menudo o, al menos, esa es la impresión que tengo yo, parece que vivimos en una especie de absurdo, un sinsentido en el que uno se hace multitud de preguntas y no obtiene respuestas. Y si las obtiene son supletorias, poco satisfactorias, superficiales, nada comparado con las verdaderas respuestas que necesitamos para dotarnos del equilibrio necesario.
Por supuesto, en esto tienen mucho que ver las injusticias. Es injusto, por ejemplo, que haya personas que cuenten con una flor en el culo y consigan todo lo que pretenden y no pretenden, sin siquiera proponérselo, mientras otras tienen que partirse el espinazo, hacer un esfuerzo sobrehumano, para alcanzar pequeñas metas, o bienes tan básicos como un sitio donde dormir o unos minutos de cordura. Es injusto que algunas veces hagamos hasta el pino con un bollicao en la boca y no tengamos lo que deseamos. Es injusto que la persona a la que queremos o hemos querido no nos corresponda, nos sea infiel o nos devuelva una indiferencia supina. Es injusto que haya días en los que apenas podemos tirar de nuestros cuerpos, cansados, y nuestras mentes, hastiadas, estando en posesión de una vida y de valiosas cualidades que deberíamos aprovechar más. Es injusto que haya personas con mucho que ofrecer y que mantengan eso a salvo o sencillamente lo ignoren porque sienten, a tenor de sus malas experiencias, que no merece la pena extraerlo de sí. Es injusto que haya personas muy válidas que por culpa de circunstancias u otras personas, se sientan minúsculas, diminutas e insignificantes y opten por esconder la cabeza bajo al suelo como la única vía escapatoria que se sienten capaces de asumir. Y todas estas injusticias las nombro por poner algunos ejemplos, que haberlas las hay en gran número y variedad.
Lo que quiero decir con esta parrafada es que todos nos sometemos continuamente a situaciones de estrés, de lucha continua, situaciones aberrantes, desoladoras y tristes, amargas, que se empeñan en permanecer apostadas en el paladar a veces, sin que ningún otro sabor logre aminorar su jugo. Y esto no lo afirmo porque lo suponga, sino porque puedo presumir de navegar a la deriva no sólo en mi vida, sino también en vidas ajenas, en las de aquéllos que me incluyen en ella como alguien importante con quien compartir sus más y sus menos. Cuando entras en las vidas de la gente a través de una puerta amablemente abierta te percatas de que en todos lados se cuecen habas, como dice mi madre, de que cada uno alberga sus propias preocupaciones y problemas, que varían en intensidad o en gravedad según las circunstancias y el momento en el que se encuentren. Todo el mundo sufre a su manera, es un hecho, por muy superficial o anodina que sea su vida (o precisamente debido a ello). Y es un error, bastante extendido, por cierto, creer que los problemas propios superan en importancia a los de los demás. Los problemas no han de ser más o menos graves por sí solos, sino que lo demoledor es la manera de afrontarlos de cada cual. Para todos es difícil, a menudo, sobrevivir.
La vida se convierte a veces en una habitación con forma de círculo vicioso en la que no hay escapatoria posible, en la que buscamos incesantemente recodos en los que escondernos o, sencillamente, detenernos a descansar. El círculo nos absorbe y nos ofrece una impresión de espiral demasiado prevaleciente y cruda, como si estuviéramos destinados a permanecer en el centro, girando sobre nosotros mismos, contemplando lo que nos ocurre sin lugar para la acción y esquivando, en la medida de nuestras posibilidades, los objetos que sobrevuelan, sueltos, sin origen ni destino, a velocidad vertiginosa, lanzados a propósito para herirnos. Y es difícil, por supuesto que sí, mantener el equilibrio para no caernos al suelo. Es difícil no marearse y es angustioso aventurar que no encontraremos la puerta de salida conservando buenas dosis de integridad física y psicológica, dignidad para mentenernos en pie y la suficiente luz en los ojos para continuar mirando hacia delante.
También recuerdo de este episodio de Mujeres Desesperadas a una Felicity Huffman retenida como rehén en el supermercado, bajo la amenaza de la pistola de la mujer aparentemente chiflada y desbordada por los acontecimientos que estaban teniendo lugar en su vida. Recuerdo que se cabreaba, que le gritaba, que le decía a la mujer chiflada que todos, absolutamente todos, tenemos problemas y no vamos por ahí con una pistola matando gente o despreciando la vida de los otros a causa del rencor pacientemente recolectado y de la sensación de desolación que nos produce nuestra propia habitación de forma circular.
Lamentablemente, no dispongo de una fórmula mágica con la que obsequiaros para que os erijáis con asombrosa firmeza en el centro de vuestro propio círculo y consigáis sobrevivir a eso tan difícil que tiene lugar en vuestra vida, eso que hace que cada día os cueste respirar, eso que hace que os sintáis agobiados, abotargados, asqueados, desolados, enrarecidos por el ambiente, compuesto por densas partículas tóxicas: una relación de pareja que no sabéis cómo sobrellevar, falta de tiempo o de dinero, un trabajo que no os satisface, una sensación de soledad acentuada por personas pocos sensibles, la impotencia ante algún acontecimiento que no podéis dominar o la idea de que vuestros sueños se encuentran muy lejos del alcance de vuestra mano. No dispongo de un arma secreta, una solución alternativa, un chasquido de dedos que consiga que todo se solucione por arte de magia.
Pero sí dispongo de las palabras del post anterior, el párrafo mediante el que da comienzo la novela La Otra Ciudad, para expresaros que dentro de la habitación que cada uno imaginamos como nuestro propio infierno pueden encontrarse retazos desvaídos de imágenes, personas, momentos, trazos emborronados que, aunque son frágiles y pueden corromperse o desnutrirse, no son infierno. Si los miramos adecuadamente puede que encontremos que no están tan difuminados como pensábamos. Y, tal vez, la única alternativa que nos queda es saber apreciarlos, cuidarlos y disfrutar de ellos hasta el punto de que todo lo demás, el infierno, reduzca su significado, su influencia asoladora sobre nuestro estado anímico.
Por mi parte, sólo me queda decir que trataré por todos los medios que estén a mi alcance de no ser infierno y aparecer en las habitaciones de aquéllos que lo deseen y lo merezcan, aunque sea momentáneamente, para saludar con la mano alzada y cortar mediante este simple gesto el vaivén de las partículas tóxicas que nublan las miradas.
Al fin y al cabo, puede que todas nuestras habitaciones no sean más que pequeños habitáculos individuales de un mismo edificio salpicado de ventanas, a través de las cuales podemos ver, todos juntos, la lluvia caer.
[MIRANDA WARNING - Si Empieza a Llover]
Infierno
El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.
Las ciudades invisibles, Italo Calvino.
Preludio de la novela La Otra Ciudad, de Pablo Aranda.
[MARY J. BLIGE - No More Drama]
Las ciudades invisibles, Italo Calvino.
Preludio de la novela La Otra Ciudad, de Pablo Aranda.
[MARY J. BLIGE - No More Drama]
Rayas Grises sobre Negro
Hay noches que comienzas sin muchas expectativas, anclado en tus propias idioteces indisolubles que te ensombrecen el semblante y que concuerdan a la perfección con la camisa negra adornada con rayas grises que has elegido como mero muestrario de tu estado anímico: una desesperanza contradicha por pequeñas dosis de ilusión que todavía conservas a fuerza de repetición, a fuerza de creer que no todo puede ser tan oscuro como tus sentidos se empeñan en percibir.
Hay noches en las que te montas en un coche y notas la mirada triste de una amiga que necesita una buena conversación de las de antes, de cuando os situábais el uno frente al otro sin miedo a hacer preguntas comprometidas y, mucho menos, a contestarlas.
Hay noches en la que tus ojos se entrecruzan con los de personas nuevas o ajenas que en pocos segundos, mediante miradas de complicidad, pasan a convertirse en personas cercanas que te dan calor, a pesar del frío que soportas con tu copa en la mano alimentando esa costumbre del botellón tan arraigada en ciertas ciudades que se empeñan en ofrecer en el cielo de sus noches designios de acercamiento y fragilidad compartida.
Hay noches en las que guardas la chapa roja de una cerveza como claro símbolo de una esperanza, las rayas grises que anidan en ti, y que esperan ser gritadas al vacío de la oscuridad y manchar su inmaculada desolación. También hay noches en las que la chapa es devuelta a su propietario comunicándole así tu desesperanza, la amenaza de que las finas rayas grises de la camisa desaparezcan y sean reabsorbidas por el tejido, que aunque preserva del frío, expresa la frialdad de quienes son incomprensibles.
Hay noches en las que uno conoce a otras personas y que, al mirarlas a los ojos, siente que eso es exactamente lo que quiere para su futuro: una mirada cálida, tierna, comprensiva y llena de empatía, de bondad, de aguas remansadas del que posee cierta sabiduría sobre el funcionamiento de las emociones en seres humanos apretados en un pub y siendo empujados hasta el hastío por desconocidos que, a pesar de estar tan cerca, se encuentran tan lejos como una galaxia distinta, impenetrable y cegada por el alcohol y su propio dolor. La mirada cálida contrasta tanto que produce escalofríos y, por primera vez en mucho tiempo, uno siente que es simplemente diferente, no raro, y que puede ser posible que haya mucho que esperar todavía.
Hay noches en las que alguien te hace preguntas trascendentales entre el murmullo de los corazones malsonantes y que comparte contigo su autenticidad. Hay noches en las que alguien agradece haberte conocido en tu peor momento porque asegura que así eres más auténtico que nunca y te acomodas en la curvatura de tu sonrisa sincera pensando que, al final, no está todo tan perdido como creías.
Hay noches en las que alguien te expresa su preocupación por tu estado y te sientes más cerca que nunca de romper a llorar más fuerte si cabe que el estruendo musical, no se sabe si de tristeza o de alegría mayúscula porque sientes que la negritud de tu camisa le importa a alguien. Aunque sea lo justo. Es más que suficiente.
Hay noches en las que uno desea una copa y por arte de magia aparece encajada en su mano de playmóbil, invitado por alguien.
Hay noches en las que alguien asegura concederte tres deseos si se los pides y te diviertes imaginando que podría ser verdad. Y, al pedir recuperar tu autoestima riéndote a carcajadas, el improvisado genio de la lámpara, grande en su sencillez, te mira, te sonríe y te responde que trabajará en ello, que sólo hay que buscarla, expresando una tranquilidad desmesurada y una sonrisa de ojos inigualable.
Hay noches en las que alguien llora abrazado a ti y llora más aún cuando le dices que no tenga miedo, que no vas a hacerle daño y que una de las cosas más importantes que tienes en tu vida es su amistad. Noches en las que uno camina donde antes sólo había estatuas.
Hay noches en las que el cielo y el suave temblar de tu cuerpo predicen cambios importantes y en las que uno se encuentra tan cerca de sí mismo que no puede evitar, por fin, sentirse cerca de los otros, los que le rodean, los que le hacen sentir lejos a veces y los que, a pesar de su propio infierno y de sus propios mecanismos para sobrevivir a él, conservan todavía un atisbo de humanidad que le roza la yema de los dedos haciéndole sentir alguien.
Hay mañanas en las que te sientas frente al ordenador y escribes con el corazón que en un día como el de hoy, como cualquier otro, el mundo entero puede cambiar. Y, si no el mundo, al menos tu manera de verlo y enfrentarte a él, que tampoco es moco de pavo.
Porque hay noches, y días, y madrugadas, en las que un conjunto de personas conocidas y desconocidas puede cambiarte sin siquiera percatarse de su proeza y vuelves a casa observando como el gris de tu camisa brilla con más fuerza que al principio de la noche, prometiendo colores nuevos y días claros.
[CHAMBAO - Pokito a Poko]
Hay noches en las que te montas en un coche y notas la mirada triste de una amiga que necesita una buena conversación de las de antes, de cuando os situábais el uno frente al otro sin miedo a hacer preguntas comprometidas y, mucho menos, a contestarlas.
Hay noches en la que tus ojos se entrecruzan con los de personas nuevas o ajenas que en pocos segundos, mediante miradas de complicidad, pasan a convertirse en personas cercanas que te dan calor, a pesar del frío que soportas con tu copa en la mano alimentando esa costumbre del botellón tan arraigada en ciertas ciudades que se empeñan en ofrecer en el cielo de sus noches designios de acercamiento y fragilidad compartida.
Hay noches en las que guardas la chapa roja de una cerveza como claro símbolo de una esperanza, las rayas grises que anidan en ti, y que esperan ser gritadas al vacío de la oscuridad y manchar su inmaculada desolación. También hay noches en las que la chapa es devuelta a su propietario comunicándole así tu desesperanza, la amenaza de que las finas rayas grises de la camisa desaparezcan y sean reabsorbidas por el tejido, que aunque preserva del frío, expresa la frialdad de quienes son incomprensibles.
Hay noches en las que uno conoce a otras personas y que, al mirarlas a los ojos, siente que eso es exactamente lo que quiere para su futuro: una mirada cálida, tierna, comprensiva y llena de empatía, de bondad, de aguas remansadas del que posee cierta sabiduría sobre el funcionamiento de las emociones en seres humanos apretados en un pub y siendo empujados hasta el hastío por desconocidos que, a pesar de estar tan cerca, se encuentran tan lejos como una galaxia distinta, impenetrable y cegada por el alcohol y su propio dolor. La mirada cálida contrasta tanto que produce escalofríos y, por primera vez en mucho tiempo, uno siente que es simplemente diferente, no raro, y que puede ser posible que haya mucho que esperar todavía.
Hay noches en las que alguien te hace preguntas trascendentales entre el murmullo de los corazones malsonantes y que comparte contigo su autenticidad. Hay noches en las que alguien agradece haberte conocido en tu peor momento porque asegura que así eres más auténtico que nunca y te acomodas en la curvatura de tu sonrisa sincera pensando que, al final, no está todo tan perdido como creías.
Hay noches en las que alguien te expresa su preocupación por tu estado y te sientes más cerca que nunca de romper a llorar más fuerte si cabe que el estruendo musical, no se sabe si de tristeza o de alegría mayúscula porque sientes que la negritud de tu camisa le importa a alguien. Aunque sea lo justo. Es más que suficiente.
Hay noches en las que uno desea una copa y por arte de magia aparece encajada en su mano de playmóbil, invitado por alguien.
Hay noches en las que alguien asegura concederte tres deseos si se los pides y te diviertes imaginando que podría ser verdad. Y, al pedir recuperar tu autoestima riéndote a carcajadas, el improvisado genio de la lámpara, grande en su sencillez, te mira, te sonríe y te responde que trabajará en ello, que sólo hay que buscarla, expresando una tranquilidad desmesurada y una sonrisa de ojos inigualable.
Hay noches en las que alguien llora abrazado a ti y llora más aún cuando le dices que no tenga miedo, que no vas a hacerle daño y que una de las cosas más importantes que tienes en tu vida es su amistad. Noches en las que uno camina donde antes sólo había estatuas.
Hay noches en las que el cielo y el suave temblar de tu cuerpo predicen cambios importantes y en las que uno se encuentra tan cerca de sí mismo que no puede evitar, por fin, sentirse cerca de los otros, los que le rodean, los que le hacen sentir lejos a veces y los que, a pesar de su propio infierno y de sus propios mecanismos para sobrevivir a él, conservan todavía un atisbo de humanidad que le roza la yema de los dedos haciéndole sentir alguien.
Hay mañanas en las que te sientas frente al ordenador y escribes con el corazón que en un día como el de hoy, como cualquier otro, el mundo entero puede cambiar. Y, si no el mundo, al menos tu manera de verlo y enfrentarte a él, que tampoco es moco de pavo.
Porque hay noches, y días, y madrugadas, en las que un conjunto de personas conocidas y desconocidas puede cambiarte sin siquiera percatarse de su proeza y vuelves a casa observando como el gris de tu camisa brilla con más fuerza que al principio de la noche, prometiendo colores nuevos y días claros.
[CHAMBAO - Pokito a Poko]
Un San Valentín que te mueres
¿Estás desesperado? ¿Te sientes tan solo que casi podría parecer que te huelen los sobacos una barbaridad? ¿Hay gente que te mira con la cara doblada cuando les dices que duermes solo desde el año cuatro, cuando la vida de los vasallos giraba en torno a la Catedral del pueblo? ¿Tienes la impresión de que los gatos son la única compañía que logra entenderte? ¿Has dicho alguna vez que a tenor de cómo está el mercado serías capaz de sublimar todas y cada una de tus necesidades afectivas y sexuales y llevar una vida de celibato absoluto acariciando un oso de peluche tamaño humano mirando ensoñadoramente al infinito? Cariño, no. No estás loco. ¡Estas en el buen camino! O, al menos, en el camino. *
* Absténganse los felizmente enamorados de hacer comentarios acerca de esta última frase, que seguro que salen con la cantinela ésta de “no te preocupes, todo llega y tal”. Claro, que fácil es decirlo cuando se moja todas las noches o cada cierto tiempo ¿eh?. Esto... no me quiero desviar.
Aunque te sientas solo, no estás solo. Todos sabemos que las fechas que se aproximan son duras y que en tu mente surgen preguntas existenciales claves. Por ejemplo, ¿Cómo coño lo hago que todos los años estoy más solo que le leche en el puto día de San Valentín? Paciencia, cariño. Para ti y sólo para ti, que odias el mundo, las relaciones y a todos los integrantes del sexo que te guste, sin excepción o con muy pocas excepciones claramente inalcanzables, el Paperblog, muy altruístamente y atendiendo tus necesidades, se ha esforzado por crear una serie de actividades a realizar en el fantástico, maravilloso y magnífico día de San Calentín. Todos sabemos que este día se te hará insoportable, pero si sigues estos pasos, nada tiene por qué ser más traumático que ver a Tamara cantando una de Camela y haciendo un dueto con su madre.
Actividades a realizar en el día de San Valentín mientras tus amigos se lo pasan en grande en fantásticas cenas con velitas, regalitos, rositas, corazoncitos, cancioncitas pastelosas y mariconaditas varias que de sólo imaginar te da un sarpullido (no porque no las quieras o no las soportes, como te tratas de autoconvencer, sino porque no las tienes ni de coña). A continuación expondremos las más significativas y que ya han sido testadas en sujetos experimentales de tu misma calaña:
1.Inventarte la vida de la gente.
Para superar el duro trauma que resulta de caminar por la calle y visualizar a todas las parejitas del mundo dándose arrumacos y restregándote su amor así por la cara, para que sufras una parálisis emocional del tamaño de un Tiranosaurius Rex, el mejor método es pensar que no todos son tan felices como aparentan. Seámos sinceros, pequeño amargado, deprimido y ruín ser humano (San Valentín saca lo peor de ti, por qué no decirlo): todas esas parejitas que tan felices ves regalándose ramos de rosas que cuestan un ojo de la cara y que se miran amorosamente, mañana estarán tirándose los trastos a la cabeza y maldiciéndose por estar con semejantes engendros. El amor te hace bipolar, te hace tontín, te hace... te hace... vamos, que ahora tú estás mucho mejor, sin esos desequilibrios producidos adrede por algún tipo de ejemplar del sexo masculino que si decide hacerte la bola el 14 de febrero es sólo para conseguir un polvo fácil y entregado (esto es, que te pongas mirando pa Cuenca). Porque... ¿a qué tú ahora no estás desequilibrado? ¿A qué no? Vamos, suelta esa pistola y contesta a mi pregunta..
2.Pegarle pellizcos a los cristales.
Esta estrategia es la mar de efectiva. A lo largo de la jornada sanvalentinera tendrás la oportunidad de presenciar un mogollón de reflejos claros del amor que no tienes y para soportar el dolor no hay nada mejor que pegarle al cristal de la ventana unos pellizcos intensísimos con la intención de dirigir tu rabia hacia algún objeto inanimado (siempre es mejor que subirte con la escopeta de cañones recortaos al campanario del pueblo). Que suena una balada pegajosa románticona en la casa del vecino, pellizco a los cristales al canto. Que el puto mensajero que no sabe ni donde tiene la cara se equivoca de casa y en lugar de pegar en la puerta del vecino llama a la tuya con una caja de bombones en forma de corazón en la mano que miras con intensidad y lágrimas en los ojos esperando que sean para ti y se da la siguiente situación:
Mensajero (con una sonrisa en los labios y creyéndose, por un momento, un jodido Cupido: ¿Margarita Pérez?
Tú (sufriendo el cataclón propio de la desilusión al descubrir que los malditos bombones en caja corazonada no son para ti sino para la furcia y horrible vecina del tercero, lo cual te hace sentir doblemente patético porque ella sí tiene a alguien que le envía regalitos y tú no. Ella que es un adefesio con patas, que tiene voz de urraca, que da grima sí. Tú no. Vecina del tercero 1, Paper 0): ¡¡¡¡¡¡¿Tengo cara de Margarita Pérez?!!!! ¡¡¡¡¡¡Es que tengo cara de llamarme Margarita Pérez, so pedazo de imbécil!!!!!!
Mensajero: ggggggglglglglglglglglg... *
Le sueltas del cuello haciendo acopio de racionalidad, borras de tu mente hacerle tragar la caja de bombones entera, íntegra, produciéndole un bulto en forma de corazón en la laringe y le pegas pellizcos a los cristales. Eso es, así, muy bien.
*Dramatización Bloguera.
3.Matar mosquitos con un CD de las 101 Mejores Canciones de Amor.
Te dedicas a matar bichos como pasatiempo preferido. Vale acordarte de alguno de tus ex novios/rollos/follamigos/compañeros sentimentales/ tonteóconmigohastalasaciedadparaluegodejarmedeunapieza/ mepusoelpaqueteenlabocayluegodijoquenoqueríanadaconmigo en cuanto estampes el utensilio contra el bicho en cuestión. Puede ser un mosquito, una cucaracha, una araña, un muñeco de vudú que, casualmente, se parece a alguno de tus ligues... Hay que levantar la mano con fruición, estampar el CD con violencia contra el insecto elegido y gritar con voz de desquiciado “no te necesito, no te necesito” una y otra vez hasta que empieces a perder el conocimiento y la vista se te nuble. Si llegas a este punto se aconseja unos minutos de reposo, fumarte un celtas (por lo menos) y reemprender la tarea hasta que caigas al suelo exhausto y te duermas con una sonrisa de oreja a oreja por la tensión descargada.
4.Comprarte un muñeco hinchable e invitarlo a cenar (¡seguro que dice que sí!).
En este día, podrías tirar de archivo y llamar a alguien de tu pasado para ver si suena la flauta (lo que popularmente se conoce como tirar de la Chorbiagenda). Por supuesto, no lo harás porque, como ya se ha señalado, odias a los hombres y si lo haces será únicamente para terminar odiándolos más y vomitando sobre cualquiera que haya sido elegido para acompañarte en este mágico instante del año. Por eso, lo más práctico, el acompañante perfecto, no es otro que un muñeco hinchable con un asombroso parecido a Jesús Vázquez al que situarás al otro lado de la mesa del salón (se aconseja no salir a restaurantes con este sustitutivo de goma, más que nada por tu reputación) y te inventarás la conversación perfecta, con tal suerte que todo irá sobre ruedas. No, éste no te hará regalos, pero tampoco te hará la puñeta y ya puestos te puedes inventar lo que sea para que la velada sea sensacional, siempre y cuando no te llegue el momento de patetismo absoluto de encontrarte cenando con un cacho de goma con un boquete en forma de O en la boca y... mejor no sigamos, os hacéis una idea. Pero si consigues engañarte, ¡será genial! Eso sí, ten cuidado de que nadie te pille en semejante estado (tu madre, tu compañero de piso que ya te mira raro o el mensajero de las narices preguntando por la Margarita Pérez). Las miradas lastimeras del resto aumentarán la sensación de frustración y ridículo hasta querer emigrar a Islandia a hacer discos con Björk.
5.Repartir panfletos (con tu número de teléfono al final).
Ésta es una estrategia que ha de seguirse un par de días antes de que llegue el San Valentín. Si te resistes a pasarlo solo y el maravilloso mundo del látex no es suficiente para ti (mira que eres exigente, coñe. ¿Para qué quieres que hable y se mueva? Si eso sólo da problemas) siempre cabe la posibilidad de que te hagas una paja mental esperando confiar en algún ser humano en kilómetros a la redonda que se encuentre en la misma situación que tú y que decida compartir este día contigo. En los panfletos se aconseja poner medidas reales (para que luego no haya sorpresas), deseos corporales y espirituales, descripción somera de la velada perfecta y quince veces tu número de teléfono (para que no haya lugar a dudas). Al final, añadir, acompañado de un corazoncito para hacer menos frío el proceso, la frase “¿Quieres ser mi Valentín?”. Y ya está. No continúes la frase con algo así como “y ponerme mirando pa Cuenca?”, “y ponerte mirando pa Cuenca?”, “y que un fornido camionero nos ponga mirando pa Cuenca a los dos?”. Nada de estos surtirá el efecto deseado del Día de San Valentín, que es ser tiernos, románticos y dulzones. Las orgías para otra clase de traumas que algún día llegarán (todo a su debido tiempo).
Notas: si te aparece un chulazo tremendo y espectacular, no te fíes: seguro que es un chapero contratado por tus amigos, que ya están hasta las narices de tus quejas y de tus caras de cordero degollado.
6.Montar tu propia boda imaginaria en casa.
Esta opción está especialmente diseñada para los que adolecen de una ida de pinza mayúscula (lo de pegar pellizcos a los cristales, el muñeco hinchable y los panfletos no, son cosas normales). ¿Qué mejor idea que casarte el día de San Valentín, el día del amor? Para ello habrás de improvisar una boda en el salón de tu casa. Los visillos de las cortinas pueden hacer las veces de velo de la novia (que serás tú, por supuesto, porque las novias siempre son lo más en las bodas), un par de papeles sueltos te servirán para estampar tu firma y la muñeca Rosaura que tu hermana tenía de pequeña, vestida de traje y con el pelo cortado para la ocasión (hasta le puedes pintar perilla con un edding) servirá para que te tome del brazo. Como ramo de la novia, agarrar al gato por el cuello puede ser una opción nada deplorable. Puedes invitar a tus amigos, para que te tiren el arroz al final de la ceremonia. Puedes sobreactuar, llorar de la emoción, posar para las fotos imaginarias (de eso nada, tus amigos se han llevado la cámara y hasta piensan colgarlo en Youtube -Yotuve un amigo que estaba como una puta cabra), besar al novio y bailar la canción del Guardaespaldas como broche final, justo antes de que esos señores de blanco a los que no conoces y que han estado presentes durante toda la ceremonia te atavíen con una camisa de fuerza y te pidan que los acompañes a celebrar el convite en un lugar muy agradable.
Querido amigo, después de toda esta sarta de disparates, no puedes amargarte. Y no digas que no me lo he currado. Estar solo es provechoso, hace que escribas posts como éste porque no tienes que pensar en el regalo que le harás a tu novio ;)
[ANASTACIA - I'm Outta Love]
* Absténganse los felizmente enamorados de hacer comentarios acerca de esta última frase, que seguro que salen con la cantinela ésta de “no te preocupes, todo llega y tal”. Claro, que fácil es decirlo cuando se moja todas las noches o cada cierto tiempo ¿eh?. Esto... no me quiero desviar.
Aunque te sientas solo, no estás solo. Todos sabemos que las fechas que se aproximan son duras y que en tu mente surgen preguntas existenciales claves. Por ejemplo, ¿Cómo coño lo hago que todos los años estoy más solo que le leche en el puto día de San Valentín? Paciencia, cariño. Para ti y sólo para ti, que odias el mundo, las relaciones y a todos los integrantes del sexo que te guste, sin excepción o con muy pocas excepciones claramente inalcanzables, el Paperblog, muy altruístamente y atendiendo tus necesidades, se ha esforzado por crear una serie de actividades a realizar en el fantástico, maravilloso y magnífico día de San Calentín. Todos sabemos que este día se te hará insoportable, pero si sigues estos pasos, nada tiene por qué ser más traumático que ver a Tamara cantando una de Camela y haciendo un dueto con su madre.
Actividades a realizar en el día de San Valentín mientras tus amigos se lo pasan en grande en fantásticas cenas con velitas, regalitos, rositas, corazoncitos, cancioncitas pastelosas y mariconaditas varias que de sólo imaginar te da un sarpullido (no porque no las quieras o no las soportes, como te tratas de autoconvencer, sino porque no las tienes ni de coña). A continuación expondremos las más significativas y que ya han sido testadas en sujetos experimentales de tu misma calaña:
1.Inventarte la vida de la gente.
Para superar el duro trauma que resulta de caminar por la calle y visualizar a todas las parejitas del mundo dándose arrumacos y restregándote su amor así por la cara, para que sufras una parálisis emocional del tamaño de un Tiranosaurius Rex, el mejor método es pensar que no todos son tan felices como aparentan. Seámos sinceros, pequeño amargado, deprimido y ruín ser humano (San Valentín saca lo peor de ti, por qué no decirlo): todas esas parejitas que tan felices ves regalándose ramos de rosas que cuestan un ojo de la cara y que se miran amorosamente, mañana estarán tirándose los trastos a la cabeza y maldiciéndose por estar con semejantes engendros. El amor te hace bipolar, te hace tontín, te hace... te hace... vamos, que ahora tú estás mucho mejor, sin esos desequilibrios producidos adrede por algún tipo de ejemplar del sexo masculino que si decide hacerte la bola el 14 de febrero es sólo para conseguir un polvo fácil y entregado (esto es, que te pongas mirando pa Cuenca). Porque... ¿a qué tú ahora no estás desequilibrado? ¿A qué no? Vamos, suelta esa pistola y contesta a mi pregunta..
2.Pegarle pellizcos a los cristales.
Esta estrategia es la mar de efectiva. A lo largo de la jornada sanvalentinera tendrás la oportunidad de presenciar un mogollón de reflejos claros del amor que no tienes y para soportar el dolor no hay nada mejor que pegarle al cristal de la ventana unos pellizcos intensísimos con la intención de dirigir tu rabia hacia algún objeto inanimado (siempre es mejor que subirte con la escopeta de cañones recortaos al campanario del pueblo). Que suena una balada pegajosa románticona en la casa del vecino, pellizco a los cristales al canto. Que el puto mensajero que no sabe ni donde tiene la cara se equivoca de casa y en lugar de pegar en la puerta del vecino llama a la tuya con una caja de bombones en forma de corazón en la mano que miras con intensidad y lágrimas en los ojos esperando que sean para ti y se da la siguiente situación:
Mensajero (con una sonrisa en los labios y creyéndose, por un momento, un jodido Cupido: ¿Margarita Pérez?
Tú (sufriendo el cataclón propio de la desilusión al descubrir que los malditos bombones en caja corazonada no son para ti sino para la furcia y horrible vecina del tercero, lo cual te hace sentir doblemente patético porque ella sí tiene a alguien que le envía regalitos y tú no. Ella que es un adefesio con patas, que tiene voz de urraca, que da grima sí. Tú no. Vecina del tercero 1, Paper 0): ¡¡¡¡¡¡¿Tengo cara de Margarita Pérez?!!!! ¡¡¡¡¡¡Es que tengo cara de llamarme Margarita Pérez, so pedazo de imbécil!!!!!!
Mensajero: ggggggglglglglglglglglg... *
Le sueltas del cuello haciendo acopio de racionalidad, borras de tu mente hacerle tragar la caja de bombones entera, íntegra, produciéndole un bulto en forma de corazón en la laringe y le pegas pellizcos a los cristales. Eso es, así, muy bien.
*Dramatización Bloguera.
3.Matar mosquitos con un CD de las 101 Mejores Canciones de Amor.
Te dedicas a matar bichos como pasatiempo preferido. Vale acordarte de alguno de tus ex novios/rollos/follamigos/compañeros sentimentales/ tonteóconmigohastalasaciedadparaluegodejarmedeunapieza/ mepusoelpaqueteenlabocayluegodijoquenoqueríanadaconmigo en cuanto estampes el utensilio contra el bicho en cuestión. Puede ser un mosquito, una cucaracha, una araña, un muñeco de vudú que, casualmente, se parece a alguno de tus ligues... Hay que levantar la mano con fruición, estampar el CD con violencia contra el insecto elegido y gritar con voz de desquiciado “no te necesito, no te necesito” una y otra vez hasta que empieces a perder el conocimiento y la vista se te nuble. Si llegas a este punto se aconseja unos minutos de reposo, fumarte un celtas (por lo menos) y reemprender la tarea hasta que caigas al suelo exhausto y te duermas con una sonrisa de oreja a oreja por la tensión descargada.
4.Comprarte un muñeco hinchable e invitarlo a cenar (¡seguro que dice que sí!).
En este día, podrías tirar de archivo y llamar a alguien de tu pasado para ver si suena la flauta (lo que popularmente se conoce como tirar de la Chorbiagenda). Por supuesto, no lo harás porque, como ya se ha señalado, odias a los hombres y si lo haces será únicamente para terminar odiándolos más y vomitando sobre cualquiera que haya sido elegido para acompañarte en este mágico instante del año. Por eso, lo más práctico, el acompañante perfecto, no es otro que un muñeco hinchable con un asombroso parecido a Jesús Vázquez al que situarás al otro lado de la mesa del salón (se aconseja no salir a restaurantes con este sustitutivo de goma, más que nada por tu reputación) y te inventarás la conversación perfecta, con tal suerte que todo irá sobre ruedas. No, éste no te hará regalos, pero tampoco te hará la puñeta y ya puestos te puedes inventar lo que sea para que la velada sea sensacional, siempre y cuando no te llegue el momento de patetismo absoluto de encontrarte cenando con un cacho de goma con un boquete en forma de O en la boca y... mejor no sigamos, os hacéis una idea. Pero si consigues engañarte, ¡será genial! Eso sí, ten cuidado de que nadie te pille en semejante estado (tu madre, tu compañero de piso que ya te mira raro o el mensajero de las narices preguntando por la Margarita Pérez). Las miradas lastimeras del resto aumentarán la sensación de frustración y ridículo hasta querer emigrar a Islandia a hacer discos con Björk.
5.Repartir panfletos (con tu número de teléfono al final).
Ésta es una estrategia que ha de seguirse un par de días antes de que llegue el San Valentín. Si te resistes a pasarlo solo y el maravilloso mundo del látex no es suficiente para ti (mira que eres exigente, coñe. ¿Para qué quieres que hable y se mueva? Si eso sólo da problemas) siempre cabe la posibilidad de que te hagas una paja mental esperando confiar en algún ser humano en kilómetros a la redonda que se encuentre en la misma situación que tú y que decida compartir este día contigo. En los panfletos se aconseja poner medidas reales (para que luego no haya sorpresas), deseos corporales y espirituales, descripción somera de la velada perfecta y quince veces tu número de teléfono (para que no haya lugar a dudas). Al final, añadir, acompañado de un corazoncito para hacer menos frío el proceso, la frase “¿Quieres ser mi Valentín?”. Y ya está. No continúes la frase con algo así como “y ponerme mirando pa Cuenca?”, “y ponerte mirando pa Cuenca?”, “y que un fornido camionero nos ponga mirando pa Cuenca a los dos?”. Nada de estos surtirá el efecto deseado del Día de San Valentín, que es ser tiernos, románticos y dulzones. Las orgías para otra clase de traumas que algún día llegarán (todo a su debido tiempo).
Notas: si te aparece un chulazo tremendo y espectacular, no te fíes: seguro que es un chapero contratado por tus amigos, que ya están hasta las narices de tus quejas y de tus caras de cordero degollado.
6.Montar tu propia boda imaginaria en casa.
Esta opción está especialmente diseñada para los que adolecen de una ida de pinza mayúscula (lo de pegar pellizcos a los cristales, el muñeco hinchable y los panfletos no, son cosas normales). ¿Qué mejor idea que casarte el día de San Valentín, el día del amor? Para ello habrás de improvisar una boda en el salón de tu casa. Los visillos de las cortinas pueden hacer las veces de velo de la novia (que serás tú, por supuesto, porque las novias siempre son lo más en las bodas), un par de papeles sueltos te servirán para estampar tu firma y la muñeca Rosaura que tu hermana tenía de pequeña, vestida de traje y con el pelo cortado para la ocasión (hasta le puedes pintar perilla con un edding) servirá para que te tome del brazo. Como ramo de la novia, agarrar al gato por el cuello puede ser una opción nada deplorable. Puedes invitar a tus amigos, para que te tiren el arroz al final de la ceremonia. Puedes sobreactuar, llorar de la emoción, posar para las fotos imaginarias (de eso nada, tus amigos se han llevado la cámara y hasta piensan colgarlo en Youtube -Yotuve un amigo que estaba como una puta cabra), besar al novio y bailar la canción del Guardaespaldas como broche final, justo antes de que esos señores de blanco a los que no conoces y que han estado presentes durante toda la ceremonia te atavíen con una camisa de fuerza y te pidan que los acompañes a celebrar el convite en un lugar muy agradable.
Querido amigo, después de toda esta sarta de disparates, no puedes amargarte. Y no digas que no me lo he currado. Estar solo es provechoso, hace que escribas posts como éste porque no tienes que pensar en el regalo que le harás a tu novio ;)
[ANASTACIA - I'm Outta Love]
Avance Informativo
La actualidad nacional de esta semana no está teniendo desperdicio. Se nota y bien notado que estamos en época de campaña electoral y que los dimes y diretes vuelan de un lado a otro. A veces tengo la impresión de que la política de este país es como el patio de mi colegio, en el que se cuchicheaba que la buenorra de cuarto estaba tonteando con el de quinto (y hay que ver, qué guarra, que se dio un pico con él a la salida del colegio delante de todo el mundo, con la enorme diferencia de edad que les separaba), que el moreno de séptimo era un poco sarasa (o maricón, palabra con mucha más propiedad. Ni falta que hace que diga quién es el moreno de séptimo curso) y que el Buyuyu le pegó un guantazo al Moret por tontear con la Fani y se van a dar la revancha mañana en el parque.
Pues bien, esto se supone que debería ser un país serio (juas) y que la política también debería serlo (juaaaaaaaaaaaaaaasss) pero por lo que parece el sentido tomatero no se evapora en cuanto se elimina este programa de la parrilla. Que no, señores, que esto no tiene nada que ver, que somos lo peor, con Tomate o sin él, y en lugar de indignarnos reímos las gracias, que la vida es jauja, son dos días y no hay que preocuparse tanto ni pensar (¿a qué sí? ¿A que nuestro problema es que pensamos demasiado?). Pero claro, siempre podía ser peor, siempre podríamos vivir en Francia. ¿Qué coño estarán pensando los franceses cuando ése personaje político de nombre impronunciable ha decidido airear su vida y ha convertido la esfera pública en un puñetero circo de masas?
En realidad, nosotros tenemos nuestro propio circo también, sólo que no está tan centralizado. La cosa es de risa. Es para partirse la caja. Y no lo digo porque Rajoy haya afirmado que si sale elegido como presidente va a plantar quinientos millones de árboles. (¡Quinientos millones de árboles! La virgen. ¿Y los va a plantar todos él solo?) Y todo porque el PSOE ya prometió hace un par de semanas 45 millones. Me imagino a los populares sentados en el suelo del patio, jugando a las canicas y comentando la jugada. “Pos han dicho 45 millones de árboles” “¿¿¿¿Cómo???? Se van a enterar. Nosotros quinientos, ea” “¡Pues yo más!” “¡Pues yo más todavía!” “¡¡¡¡Pues tu madre mea en un cubo!!!!”... en fin, estas cosas. Pero no, no lo digo porque si ocurre lo que dice Rajoy te vas a encontrar árboles hasta cuando vayas a sentarte en el váter o cuando abras un paquete de galletas (coño, si yo pensaba que estaban hechas con harina. Ah, no, que es que Rajoy ha plantado un árbol justo aquí, no le quedaba más sitio), ni porque si sale elegido piense contarlos uno a uno (cuatrocientos mil novecientos, cuatrocientos mil novecientos uno, cuatrocientos mil... ¡mierda! He perdido la Cuenca). El suceso más tronchante ha sido la presentación del señor Dimas Cuevas como candidato al Senado por Albacete.
El señor Dimas Cuevas, cuyo nombre se desconocía pero que ahora le sonará a todo el mundo, al menos por unos días, es más conocido como periodista y mucho, muchísimo más, donde va a parar, por sus artículos “periodísticos” en los que se burlaba de la paridad y de las uniones homosexuales. Por supuesto, lo hacía de manera elegante, claro que sí, soltando frases del tipo:
Las bodas de lesbianas tendrán que incluir diversas variedades de tortilla y, de postre, bollitos con nata. Los convites de homosexuales serán a base de quimbos, perritos calientes y plátanos al horno. (Lo ha clavado, en mi boda sólo habrá instrumentos fálicos: pepinos, plátanos, perras calientes -todas mis amigas maricas, es decir- y un vibrador en cada asiento, para que todas lo pasemos chachi guay y juguemos al “me pongo de pie, me vuelvo a sentar”, que un día es un día. Mis amigas lesbianas se situarán en un reservado, con un delantal, a hornear bollos mientras comen marisco. Si llega a decir que en lugar de la marcha nupcial suena el “A quién le importa” de Alaska en pleno cuarto oscuro mariconamente decorado para la ocasión, te juro que lo borda).
Si la palmo antes de lo previsto (no caerá esa breva, lindo) prohibo que den mis chiquillos en adopción a ningún matrimonio de gays, lesbianas o de mediopensionistas. Sólo falta que los traigamos al mundo para que acaben los pobres rodeados de cualquier cosa. (Y que en mi partida de nacimiento conste un nombre con dos apellidos... mis padres quebrándose la cabeza cuando nací, con lo fácil que habría sido llamarme “Cualquier Cosa” y en paz, que hasta compuesto es, fíjate...)
Si ha de haber paridad para los hombres y para las mujeres, que la haya también para los altos y para los bajos, para los listos y para los tontos (y que lo digas, por lo que se ve, ya cualquier desgraciado con la misma inteligencia de un gato de escayola puede meterse a política).
Con la paridad en las listas electorales los partidos van a tener que poner anuncios en la prensa como “se busca mujer para ser diputada regional. Buen sueldo. Poco trabajo. No se necesita apariencia". (juaaaaas, espera, que me mondo. No, no, que este señor sabe mucho de anuncios por palabras, que así fue como se compró la colección de vídeos del No Do que le inspiran para sus artículos).
Pero claro, como no podía ser de otra manera, y es que aquí somos la mar de diplomáticos, los señores se han disculpado y han dicho que estas cosas están sacadas fueras de contexto. Es más, que ha habido muchos homosexuales que se han reído de estas cosas cuando las escribió, que hay que ver como nos ponemos por una bromita de nada ¿eh?. Buah, es que somos demasiados aprensivos, damos demasiada importancia a las cosas y no aprendemos a reírnos de nosotros. Si es que tienen razón, y, además, yo no puedo decir que este discurso me sorprenda en absoluto porque está muy extendido en la sociedad eso de que no hay que llevarse tampoco las manos a la cabeza, que indignarse no es bueno, que pensar demasiado sólo nos trae problemas, que hay que hacer un jajaja jijiji risas mil y hasta dos mil y todos tan contentos, tan amigos, tan cogiditos de la mano (tampoco te pases, so maricón y échate p'allá que te arreo como te propases, maldito invertido) haciendo el símbolo de la paz con las cabezas y sujetando un puñal afilado en la mano para que cuando menos te lo esperes te lo claven (pero todo esto así, de buen rollo y tal, jajaja jijiji, venga hombre, si la sangre es graciosa...).
Y, digo yo, ¿de verdad se piensa este señor que los homosexuales vamos a decir “va, tampoco pasa nada, sólo ha dicho que las bolleras comen tortillas en los banquetes nupciales y los maricones apenas pueden pronunciar el “sí quiero” sin añadir un “mamarte el plátano ahora mismo” y convertir el bodorrio en una auténtica orgia. Total, sólo ha dicho que no quiere que sus hijos acaben teniendo al lado cualquier cosa, comparándonos con excrementos caninos, no es para tanto”.? ¿De verdad que piensa que no me voy a sentir insultado, menospreciado, minusvalorado, agredido violentamente? ¿De verdad se piensa que no me indigna que tanto mujeres como homosexuales llevemos décadas tratando de luchar para sentirnos iguales, para que se nos respete, para que ahora llegue un gilipollas y se permita el lujo de escribir tales sandeces elevando la bandera del periodismo (y de la libertad de expresión para cuando nos conviene, claro) en un medio de comunicación? ¿De verdad piensan estos señores que nos han pedido disculpas que no me voy a indignar por que un medio de comunicación, cualquiera que haya sido, haya permitido que entre sus contenidos figuren insultos disfrazados de opiniones y ataques contra la dignidad de las personas? ¿De verdad creen que con un “lo siento, perdona, es que se me fue la pinza, estaba de coña” todo está solucionado? Es más, puede que no me molesten tanto los escritos como esta hipocresía a posteriori, este “ay, tampoco te pongas así”, este insulto a mi inteligencia, esta absurda manía de no hacerse responsables de lo que ocurre, de lo que han dicho, de lo que han hecho, de lo que defienden, de las consecuencias, esta técnica tan aprendida y repetida de echar balones fuera.
Porque yo no sé si este señor se ha planteado que cuando escribía esos artículos no estaba en el salón de su casa viendo la tele con sus amigotes, sino vertiendo contenidos en un medio de comunicación. Y, los medios de comunicación, damas y caballeros, crean conciencia social. Si yo salgo en la tele diciendo que los bajitos son más tontos que la media, habrá muchas personas viéndome y que asumirán lo que yo estoy diciendo como una verdad o, por lo menos, se lo plantearán. Y si alguien posee la ligera idea de que los bajitos son menos inteligentes, la estaré reforzando y perpetuando. ¿Tan difícil es de entender? ¿Es que nadie piensa en la responsabilidad social? Eeeeeeeeeeeeoooooo, ecooooo, ecooooooooo ¿hay alguien ahí? ¿O es que eso de usar el cerebro es una utopía? ¿Una utopía tan gorda como la de crear una sociedad justa, igualitaria, en la que se traten a todas las personas como iguales, leñe, como iguales, ni más ni menos?
Señores, a ver si nos vamos dando cuenta de lo que realmente tenemos entre manos. A ver si dejamos de creer que la vida, los medios de comunicación, la política, las relaciones, los derechos y la sociedad son un puto juego de patio de colegio con una cancioncilla la mar de mona de banda sonora. Ya está bien. Todo esto es serio. Es tu presente. Es tu futuro. Es el presente y el futuro de las personas que quieres y de ti, de ti mismo. Es tu calidad de vida, es tus pretensiones, es tu aceptación, es tu no discriminación. Es tu derecho a vivir una vida digna, a ser aceptado, a no ser menospreciado, a que se te ofrezcan las mismas oportunidades que a cualquiera, a que nadie se sitúe por encima de ti dispuesto a pisotearte y a hacerte sentir mal.
Es tu derecho a ser quien eres.
Y para terminar el avance informativo, una canción de actualidad también. Sole Giménez, ex cantante de Presuntos Implicados, que saca disco nuevo esta semana, "La Felicidad”, y su primer single se titula “Tan Sola”.
Y, no me extraña nada que haya titulado así la canción. Con el panorama que hay, cada día le deben dar más ganas de hacer canciones que hablen de sentirse solo.
Pues bien, esto se supone que debería ser un país serio (juas) y que la política también debería serlo (juaaaaaaaaaaaaaaasss) pero por lo que parece el sentido tomatero no se evapora en cuanto se elimina este programa de la parrilla. Que no, señores, que esto no tiene nada que ver, que somos lo peor, con Tomate o sin él, y en lugar de indignarnos reímos las gracias, que la vida es jauja, son dos días y no hay que preocuparse tanto ni pensar (¿a qué sí? ¿A que nuestro problema es que pensamos demasiado?). Pero claro, siempre podía ser peor, siempre podríamos vivir en Francia. ¿Qué coño estarán pensando los franceses cuando ése personaje político de nombre impronunciable ha decidido airear su vida y ha convertido la esfera pública en un puñetero circo de masas?
En realidad, nosotros tenemos nuestro propio circo también, sólo que no está tan centralizado. La cosa es de risa. Es para partirse la caja. Y no lo digo porque Rajoy haya afirmado que si sale elegido como presidente va a plantar quinientos millones de árboles. (¡Quinientos millones de árboles! La virgen. ¿Y los va a plantar todos él solo?) Y todo porque el PSOE ya prometió hace un par de semanas 45 millones. Me imagino a los populares sentados en el suelo del patio, jugando a las canicas y comentando la jugada. “Pos han dicho 45 millones de árboles” “¿¿¿¿Cómo???? Se van a enterar. Nosotros quinientos, ea” “¡Pues yo más!” “¡Pues yo más todavía!” “¡¡¡¡Pues tu madre mea en un cubo!!!!”... en fin, estas cosas. Pero no, no lo digo porque si ocurre lo que dice Rajoy te vas a encontrar árboles hasta cuando vayas a sentarte en el váter o cuando abras un paquete de galletas (coño, si yo pensaba que estaban hechas con harina. Ah, no, que es que Rajoy ha plantado un árbol justo aquí, no le quedaba más sitio), ni porque si sale elegido piense contarlos uno a uno (cuatrocientos mil novecientos, cuatrocientos mil novecientos uno, cuatrocientos mil... ¡mierda! He perdido la Cuenca). El suceso más tronchante ha sido la presentación del señor Dimas Cuevas como candidato al Senado por Albacete.
El señor Dimas Cuevas, cuyo nombre se desconocía pero que ahora le sonará a todo el mundo, al menos por unos días, es más conocido como periodista y mucho, muchísimo más, donde va a parar, por sus artículos “periodísticos” en los que se burlaba de la paridad y de las uniones homosexuales. Por supuesto, lo hacía de manera elegante, claro que sí, soltando frases del tipo:
Las bodas de lesbianas tendrán que incluir diversas variedades de tortilla y, de postre, bollitos con nata. Los convites de homosexuales serán a base de quimbos, perritos calientes y plátanos al horno. (Lo ha clavado, en mi boda sólo habrá instrumentos fálicos: pepinos, plátanos, perras calientes -todas mis amigas maricas, es decir- y un vibrador en cada asiento, para que todas lo pasemos chachi guay y juguemos al “me pongo de pie, me vuelvo a sentar”, que un día es un día. Mis amigas lesbianas se situarán en un reservado, con un delantal, a hornear bollos mientras comen marisco. Si llega a decir que en lugar de la marcha nupcial suena el “A quién le importa” de Alaska en pleno cuarto oscuro mariconamente decorado para la ocasión, te juro que lo borda).
Si la palmo antes de lo previsto (no caerá esa breva, lindo) prohibo que den mis chiquillos en adopción a ningún matrimonio de gays, lesbianas o de mediopensionistas. Sólo falta que los traigamos al mundo para que acaben los pobres rodeados de cualquier cosa. (Y que en mi partida de nacimiento conste un nombre con dos apellidos... mis padres quebrándose la cabeza cuando nací, con lo fácil que habría sido llamarme “Cualquier Cosa” y en paz, que hasta compuesto es, fíjate...)
Si ha de haber paridad para los hombres y para las mujeres, que la haya también para los altos y para los bajos, para los listos y para los tontos (y que lo digas, por lo que se ve, ya cualquier desgraciado con la misma inteligencia de un gato de escayola puede meterse a política).
Con la paridad en las listas electorales los partidos van a tener que poner anuncios en la prensa como “se busca mujer para ser diputada regional. Buen sueldo. Poco trabajo. No se necesita apariencia". (juaaaaas, espera, que me mondo. No, no, que este señor sabe mucho de anuncios por palabras, que así fue como se compró la colección de vídeos del No Do que le inspiran para sus artículos).
Pero claro, como no podía ser de otra manera, y es que aquí somos la mar de diplomáticos, los señores se han disculpado y han dicho que estas cosas están sacadas fueras de contexto. Es más, que ha habido muchos homosexuales que se han reído de estas cosas cuando las escribió, que hay que ver como nos ponemos por una bromita de nada ¿eh?. Buah, es que somos demasiados aprensivos, damos demasiada importancia a las cosas y no aprendemos a reírnos de nosotros. Si es que tienen razón, y, además, yo no puedo decir que este discurso me sorprenda en absoluto porque está muy extendido en la sociedad eso de que no hay que llevarse tampoco las manos a la cabeza, que indignarse no es bueno, que pensar demasiado sólo nos trae problemas, que hay que hacer un jajaja jijiji risas mil y hasta dos mil y todos tan contentos, tan amigos, tan cogiditos de la mano (tampoco te pases, so maricón y échate p'allá que te arreo como te propases, maldito invertido) haciendo el símbolo de la paz con las cabezas y sujetando un puñal afilado en la mano para que cuando menos te lo esperes te lo claven (pero todo esto así, de buen rollo y tal, jajaja jijiji, venga hombre, si la sangre es graciosa...).
Y, digo yo, ¿de verdad se piensa este señor que los homosexuales vamos a decir “va, tampoco pasa nada, sólo ha dicho que las bolleras comen tortillas en los banquetes nupciales y los maricones apenas pueden pronunciar el “sí quiero” sin añadir un “mamarte el plátano ahora mismo” y convertir el bodorrio en una auténtica orgia. Total, sólo ha dicho que no quiere que sus hijos acaben teniendo al lado cualquier cosa, comparándonos con excrementos caninos, no es para tanto”.? ¿De verdad que piensa que no me voy a sentir insultado, menospreciado, minusvalorado, agredido violentamente? ¿De verdad se piensa que no me indigna que tanto mujeres como homosexuales llevemos décadas tratando de luchar para sentirnos iguales, para que se nos respete, para que ahora llegue un gilipollas y se permita el lujo de escribir tales sandeces elevando la bandera del periodismo (y de la libertad de expresión para cuando nos conviene, claro) en un medio de comunicación? ¿De verdad piensan estos señores que nos han pedido disculpas que no me voy a indignar por que un medio de comunicación, cualquiera que haya sido, haya permitido que entre sus contenidos figuren insultos disfrazados de opiniones y ataques contra la dignidad de las personas? ¿De verdad creen que con un “lo siento, perdona, es que se me fue la pinza, estaba de coña” todo está solucionado? Es más, puede que no me molesten tanto los escritos como esta hipocresía a posteriori, este “ay, tampoco te pongas así”, este insulto a mi inteligencia, esta absurda manía de no hacerse responsables de lo que ocurre, de lo que han dicho, de lo que han hecho, de lo que defienden, de las consecuencias, esta técnica tan aprendida y repetida de echar balones fuera.
Porque yo no sé si este señor se ha planteado que cuando escribía esos artículos no estaba en el salón de su casa viendo la tele con sus amigotes, sino vertiendo contenidos en un medio de comunicación. Y, los medios de comunicación, damas y caballeros, crean conciencia social. Si yo salgo en la tele diciendo que los bajitos son más tontos que la media, habrá muchas personas viéndome y que asumirán lo que yo estoy diciendo como una verdad o, por lo menos, se lo plantearán. Y si alguien posee la ligera idea de que los bajitos son menos inteligentes, la estaré reforzando y perpetuando. ¿Tan difícil es de entender? ¿Es que nadie piensa en la responsabilidad social? Eeeeeeeeeeeeoooooo, ecooooo, ecooooooooo ¿hay alguien ahí? ¿O es que eso de usar el cerebro es una utopía? ¿Una utopía tan gorda como la de crear una sociedad justa, igualitaria, en la que se traten a todas las personas como iguales, leñe, como iguales, ni más ni menos?
Señores, a ver si nos vamos dando cuenta de lo que realmente tenemos entre manos. A ver si dejamos de creer que la vida, los medios de comunicación, la política, las relaciones, los derechos y la sociedad son un puto juego de patio de colegio con una cancioncilla la mar de mona de banda sonora. Ya está bien. Todo esto es serio. Es tu presente. Es tu futuro. Es el presente y el futuro de las personas que quieres y de ti, de ti mismo. Es tu calidad de vida, es tus pretensiones, es tu aceptación, es tu no discriminación. Es tu derecho a vivir una vida digna, a ser aceptado, a no ser menospreciado, a que se te ofrezcan las mismas oportunidades que a cualquiera, a que nadie se sitúe por encima de ti dispuesto a pisotearte y a hacerte sentir mal.
Es tu derecho a ser quien eres.
Y para terminar el avance informativo, una canción de actualidad también. Sole Giménez, ex cantante de Presuntos Implicados, que saca disco nuevo esta semana, "La Felicidad”, y su primer single se titula “Tan Sola”.
Y, no me extraña nada que haya titulado así la canción. Con el panorama que hay, cada día le deben dar más ganas de hacer canciones que hablen de sentirse solo.
A veces, muchas veces
A veces, muchas veces, me da por imaginar e imagino realidades que no estoy viviendo, personas que no son yo pero que son parte de mí, arrebujadas en sus mantas en pleno mes de febrero, protegiéndose del frío de sus vidas.
A veces, muchas veces, imagino realidades virtuales, notas del pensamiento que se elevan como un ojo en el cielo que divisa a través de kilómetros a aquéllos en los que pienso, incluso aquéllos que no conozco, sonriendo delante de un fuego que les protege del frío de sus vidas o llorando lágrimas que saben a la sal que traen los mares de la tristeza, plagados de olas de desilusión y lunas fragmentadas, como se rompen los sueños, que influyen en el agua cristalina creando mareas de desdicha. Lágrimas que saben a sinsabor, lágrimas que ruedan y hacen más fría la piel.
A veces, muchas veces, pienso que la vida no es más que el trozo deshilachado de una prenda perfecta, hecha de un tejido maravilloso y cuyos hilos, bien anudados, pueden hacer que resulte atractiva y fuerte, pero que a veces, sin más, se mancha o se rompe en algún punto de la inmaculada superficie. Una prenda que nos protege del frío de la vida y que, sin embargo, deja pasar a través de su imperfección una bocanada de aire gélido capaz de revolver las sensaciones, de ponernos carne de persona y de abrazar al corazón, estremecido y maltrecho, no por el frío, sino por la desolación que produce el deshilachado de la prenda.
A veces, muchas veces, me gustaría no tener miedo como ahora, mientras escribo esto. Miedos. Cuántos miedos. Cuántos miedos que nos hacen sentir como un crío asustado, como aquel pequeño niño que éramos y que se sorprendía o se escondía con facilidad debajo de una mesa o tras las faldas de una madre, fortaleza impertérrita contra todos los males, los monstruos y los aguijones punzantes de un terror irracional, del miedo a lo desconocido. Ignorábamos entonces que cuando creciéramos tendríamos que enfrentarnos al verdadero pavor que produce el conocimiento de lo que nos aterra. Ser mayores y, al mismo tiempo, minúsculos y no alcanzar fortalezas tras las que ocultarnos, al menos no lo suficientemente seguras.
A veces, muchas veces, pienso que las únicas fortalezas tras las que podemos sentirnos seguros somos nosotros mismos y esas personas que forman parte de nuestra vida, la misma que produce frío. A veces creo que los jerseys deshilachados abrigan más que los perfectos porque nos hacen conscientes del frío exterior y deberíamos sentirnos agradecidos de conservar partes de nuestro cuerpo bien abrigadas.
A veces pienso que los sueños que no se consiguen se reflejan en la luna y hacen que ésta se parta por la mitad. A veces, cuando miro al cielo, encuentro a la luna fragmentada y sonriendo. Sonriéndome a mí. A pesar de estar conformada por tantos sueños rotos.
A veces, muchas veces, tengo la sensación de que me hago viejo a una velocidad imparable y que cuánto más viejo me hago más niño me siento, porque más conozco y más miedo tengo a no encontrar fortalezas tan poderosas como los peligros que me acechan.
A veces, muchas veces, buceo en mis bolsillos con la punta de los dedos tratando de encontrarme a mí mismo y me doy de bruces con la tela deshilachada que descubre la piel.
A veces, la vida me gusta y otras me aterra.
A veces, muchas veces, me siento un loco y tengo miedo de no ser comprendido, de colgar este post, de que quien haya al otro lado no comprenda verdaderamente el sentido que tienen estas palabras escritas, mientras me envuelvo en una manta contra el frío y quiero que llegue el verano, que no aparece con las estaciones, sino cuando siento que he encontrado mi sitio.
A veces, muchas veces, imagino personas que conozco y otras que no conozco arrebujadas en sus casas en pleno mes de febrero y siento que mi sitio y el de ellas no es otro que el fuego que se refleja en nuestras miradas, el único capaz de dar calor. El calor que se desprende del sentido del que vamos dotando a nuestros sueños, se rompan o no y, sobre todo, del sentido del que vamos dotando a los sueños de los demás cuando lanzamos miradas cálidas y comprensivas enfocadas directamente al iris de los ojos. A veces, muchas veces, creo que en la vulnerabilidad y en la comprensión de las miradas compartidas se encuentra la única fuerza que nos impulsa a vivir.
A veces, algunas veces, siempre. A veces, demasiadas veces, nunca. A veces, frío. A veces, calor. A veces, lágrimas saladas. A veces, sonrisas reconfortantes. A veces, lunas llenas. Lunas rotas otras veces. Estrellas minúsculas, siempre.
A veces, los cielos cubiertos de estrellas son suficiente. Siempre conservan un espacio para que las lunas brillen. Aunque sólo lo hagan a veces.
Y estoy seguro de que bajo las estrellas, descubriendo lunas, encontraré mi sitio.
[AMARAL - El Universo Sobre Mí]
A veces, muchas veces, imagino realidades virtuales, notas del pensamiento que se elevan como un ojo en el cielo que divisa a través de kilómetros a aquéllos en los que pienso, incluso aquéllos que no conozco, sonriendo delante de un fuego que les protege del frío de sus vidas o llorando lágrimas que saben a la sal que traen los mares de la tristeza, plagados de olas de desilusión y lunas fragmentadas, como se rompen los sueños, que influyen en el agua cristalina creando mareas de desdicha. Lágrimas que saben a sinsabor, lágrimas que ruedan y hacen más fría la piel.
A veces, muchas veces, pienso que la vida no es más que el trozo deshilachado de una prenda perfecta, hecha de un tejido maravilloso y cuyos hilos, bien anudados, pueden hacer que resulte atractiva y fuerte, pero que a veces, sin más, se mancha o se rompe en algún punto de la inmaculada superficie. Una prenda que nos protege del frío de la vida y que, sin embargo, deja pasar a través de su imperfección una bocanada de aire gélido capaz de revolver las sensaciones, de ponernos carne de persona y de abrazar al corazón, estremecido y maltrecho, no por el frío, sino por la desolación que produce el deshilachado de la prenda.
A veces, muchas veces, me gustaría no tener miedo como ahora, mientras escribo esto. Miedos. Cuántos miedos. Cuántos miedos que nos hacen sentir como un crío asustado, como aquel pequeño niño que éramos y que se sorprendía o se escondía con facilidad debajo de una mesa o tras las faldas de una madre, fortaleza impertérrita contra todos los males, los monstruos y los aguijones punzantes de un terror irracional, del miedo a lo desconocido. Ignorábamos entonces que cuando creciéramos tendríamos que enfrentarnos al verdadero pavor que produce el conocimiento de lo que nos aterra. Ser mayores y, al mismo tiempo, minúsculos y no alcanzar fortalezas tras las que ocultarnos, al menos no lo suficientemente seguras.
A veces, muchas veces, pienso que las únicas fortalezas tras las que podemos sentirnos seguros somos nosotros mismos y esas personas que forman parte de nuestra vida, la misma que produce frío. A veces creo que los jerseys deshilachados abrigan más que los perfectos porque nos hacen conscientes del frío exterior y deberíamos sentirnos agradecidos de conservar partes de nuestro cuerpo bien abrigadas.
A veces pienso que los sueños que no se consiguen se reflejan en la luna y hacen que ésta se parta por la mitad. A veces, cuando miro al cielo, encuentro a la luna fragmentada y sonriendo. Sonriéndome a mí. A pesar de estar conformada por tantos sueños rotos.
A veces, muchas veces, tengo la sensación de que me hago viejo a una velocidad imparable y que cuánto más viejo me hago más niño me siento, porque más conozco y más miedo tengo a no encontrar fortalezas tan poderosas como los peligros que me acechan.
A veces, muchas veces, buceo en mis bolsillos con la punta de los dedos tratando de encontrarme a mí mismo y me doy de bruces con la tela deshilachada que descubre la piel.
A veces, la vida me gusta y otras me aterra.
A veces, muchas veces, me siento un loco y tengo miedo de no ser comprendido, de colgar este post, de que quien haya al otro lado no comprenda verdaderamente el sentido que tienen estas palabras escritas, mientras me envuelvo en una manta contra el frío y quiero que llegue el verano, que no aparece con las estaciones, sino cuando siento que he encontrado mi sitio.
A veces, muchas veces, imagino personas que conozco y otras que no conozco arrebujadas en sus casas en pleno mes de febrero y siento que mi sitio y el de ellas no es otro que el fuego que se refleja en nuestras miradas, el único capaz de dar calor. El calor que se desprende del sentido del que vamos dotando a nuestros sueños, se rompan o no y, sobre todo, del sentido del que vamos dotando a los sueños de los demás cuando lanzamos miradas cálidas y comprensivas enfocadas directamente al iris de los ojos. A veces, muchas veces, creo que en la vulnerabilidad y en la comprensión de las miradas compartidas se encuentra la única fuerza que nos impulsa a vivir.
A veces, algunas veces, siempre. A veces, demasiadas veces, nunca. A veces, frío. A veces, calor. A veces, lágrimas saladas. A veces, sonrisas reconfortantes. A veces, lunas llenas. Lunas rotas otras veces. Estrellas minúsculas, siempre.
A veces, los cielos cubiertos de estrellas son suficiente. Siempre conservan un espacio para que las lunas brillen. Aunque sólo lo hagan a veces.
Y estoy seguro de que bajo las estrellas, descubriendo lunas, encontraré mi sitio.
[AMARAL - El Universo Sobre Mí]
Lavados de Conciencia
Como vivimos en una sociedad aberrante que nos culpabiliza (vaya por dios, al haber escrito una frase tan profunda he debido perder como quince lectores de un plumazo) los seres humanos, que somos la mar de inteligentes (aunque raras veces lo parezca) hemos creado todo un submundo idílico y paralelo según el cual aliviamos nuestras conciencias.
Seamos sinceros (jajaja, qué me gusta escribir esta frase, de verdad). El mundo va como el culo. Guerras, destrucción, líderes políticos unicelulares, Marta Sánchez se cree diva... ofú. Esto es una mierda. Entonces se hacen campañas para decirte que la culpa de los problemas del mundo la tienes tú (con toda la razón, por cierto, a ver si empezamos a asumir nuestras responsabilidades sociales. Pero qué estoy diciendo, si la gente es incapaz de asumir responsabilidades tan simples como no joder a sus semejantes... cómo van a pensar en el mundo si las únicas tres palabras que conforman sus pensamientos son yo, yo y yo), que tienes que colaborar, que el ciudadano de a pie tiene que poner de su parte. Como digo, el ser humano es retorcido por naturaleza y cuando se trata del engaño su capacidad de estrategia es infinita.
En este caso, nos engañamos a nosotros mismos siguiendo todo un abanico de estrategias de entre las que podemos destacar las siguientes:
-Contaminación. Uy, que el mundo se va a la mierda, que la capa de ozono desaparece al mismo ritmo que los programas culturales en la parrilla televisiva, que los casquetes (polares, se entiende, por contexto, no seáis guarros y dejad de pensar en lo mismo todo el tiempo) se derriten... y tú con estos pelos. No puede ser. Así que cuando vas andando por la calle te acuerdas de los casquetes (polares, se entiende) y en lugar de tirar el papel del chicle de menta que te vas a meter en la boca (polares, se entiende. Uy, perdón, se me ha ido el santo al infierno) lo tiras en una papelera. Ahh, ahh, que ya con eso estás salvando al planeta de su inevitable destrucción porque, claro, el papel del chicle no es biodegradable e imagínate que un pingüino de la Antártida se lo mete en la boca (polares, se entiende) y resulta que se ahoga y termina vomitando sobre el océano y te cargas una especie en vías de extinción. Claro, claro.
-Pobreza. Vas por la calle cargado de bolsas de ropa. Te has gastado el sueldo de un mes. Y entonces decides echar una moneda de diez céntimos en el cacho de cartón de algún pobre. Y ahora sí, has salvado a toda la humanidad de la pobreza. Claro que sí. Para celebrarlo, vas y te compras un abrigo de trescientos euros (bah, un día es un día). En este caso también se acepta el rollo “estoy apuntado a una ONG y dono medio céntimo al año, con lo que contribuyo a erradicar la situación de los países subdesarrollados” o “compro fortuna porque con el 0'7 destinan una barbaridad de dinero a fines benéficos”. Que no digo yo que este tipo de cosas estén mal, pero que no te creas la Madre Teresa por hacerlo porque no cuela. Y no cuela.
-Amigos y conocidos del pasado: imagino que el que más y el que menos ha tenido la típica situación de encontrarse a un conocido del pasado con el que mantenía buena relación pero ya, de repente, pues como que no. Entonces, en mitad de una conversación tan absurda como un disco de Jesulín sale el consabido “pues a ver si quedamos para tomar un café”, algo que dices para quedar de putísima madre, para creerte que tienes una vida social la mar de extensa y que no vas a cumplir porque decidirás que tienes mejores cosas que hacer que quedar con esta persona (como, por ejemplo, mirarte los padrastros de ambas manos o contar el número de rallitas que tienes en la planta del pie). Total, que esto de “mira que buena gente soy que quedo con todo el mundo” no te lo crees ni tú, monín.
-Los exs. A mí me encanta, y me encanta mucho, eso que dicen los exs cuando te dejan de “mira, he decidido mandarte al cuerno porque no quiero estar contigo porque blablabla (más o menos es la misma historia todo el tiempo pero con un tono de voz distinto). Pero, oyes, que podemos ser amigos”. Y te lo dicen como si te estuvieran perdonando la vida. Sobre todo lo hacen porque saben que te están dejando más tirado que una colilla, se lo han montado fatal y su comportamiento tiene la misma coherencia que el de Pocholo, pero para darse palmaditas en la espalda y no sentirse tan malas personas te dicen eso de que vais a ser los más amigos del mundo (pero hay que dejar pasar un tiempo, ¿eh?) y que en cuestión de un par de meses, cuando todo se haya asentado (por supuesto, a ver si te crees que te va a llamar mañana para que te emociones y te corras en los pantalones) podréis protagonizar el spot publicitario de una colonia a modo de “amigos para siempre”. Por supuesto, esto es mentira porque los amigos son amigos y se hacen amigos porque sí, porque pasan tiempo juntos, comparten cosas y no porque llamen una vez cada tres meses para comprobar si los sigues odiando con la misma intensidad y para cerciorarse de que has rehecho tu vida sin ellos y suspirar tranquilos delante del espejo (aunque, probablemente, cuando vean que pasas de ellos procederán al muy famoso juego del Perro del Hortelano y te dirán alguna gilipollez como “te echo de menos” para volver a engancharte). Esta actitud me parece lo más en el lavado de conciencia.
-La autodefinición personal. Como ha quedado bastante claro, vivimos en un mundo lleno de seres malvados, que cometen fechorías, que cuentan mentiras, que roban, maltratan, votan a Bush y todos ellos se encuentran a nuestro alrededor. Una de las mejores técnicas para parecer críticos y que no somos como los otros es esgrimir una filosofía de vida estupendísima de la muerte y digna de ser explicada por Barrio Sésamo para que los niños aprendan a repetirla desde que son pequeñitos. Esto es: yo soy la mar de sincero (y, por ende, quiero que sean sinceros conmigo), respeto a las personas por encima de prejuicios raciales, estereotipos y otras cuestiones, soy un taco filántropo, soy taco de alternativo y de izquierdas y un rumrum que todos conocemos y que, como en el caso anterior, no hace falta decir: hay que demostrarlo. Estos son los que dicen eso de “Esto estaba antes lleno de maricones asquerosos. Gracias a Dios que hemos salvado este antro de su inevitable perversión. Pero a ver, esto lo digo así, pero yo tengo un montón de amigos gays y les hablo y todo”, “pero si los maricones son seres humanos, hay que darles la oportunidad de vivir.” o “yo tengo un amigo mariquita que es la mar de buena persona”. Señores, nuevamente la coherencia brilla por su ausencia y no basta con decir a boca llena que eres la mar de alternativo, filántropo y respetuoso con el ser humano ni vestir con prendas pretendidamente alternativas y zarrapastrosas que te han costado un ojo de la cara si luego en tu vida diaria tratas a la gente como si hubieran nacido para estar a tu servicio (o lo que se conoce como el Síndrome de mecreolareinaMargarita).
En el fondo sabes que eres un egoísta de mierda, que sólo piensas en ti y que los niños del tercer mundo te la pelan una barbaridad pero para lavar tu conciencia dices este tipo de estupideces que luego no tienen ningún sentido en cuanto te ponen en una situación en la que debes demostrar esa supuesta sensibilidad taaaaaan desarrollada hacia los demás y hacia los problemas del mundo.
Como véis, las formas de maquillar nuestra mente para lavar la conciencia e irnos a la cama para soñar con angelorros buenorros sin necesidad de contar ovejitas es de lo más variada y trasciende a todos los ámbitos.
Sólo diré, a modo de conclusión final, que ser hipócritas con los demás es una cosa muy fea, pero que serlo con uno mismo me parece ya lo peor.
[GEORGE MICHAEL - Outside]
Seamos sinceros (jajaja, qué me gusta escribir esta frase, de verdad). El mundo va como el culo. Guerras, destrucción, líderes políticos unicelulares, Marta Sánchez se cree diva... ofú. Esto es una mierda. Entonces se hacen campañas para decirte que la culpa de los problemas del mundo la tienes tú (con toda la razón, por cierto, a ver si empezamos a asumir nuestras responsabilidades sociales. Pero qué estoy diciendo, si la gente es incapaz de asumir responsabilidades tan simples como no joder a sus semejantes... cómo van a pensar en el mundo si las únicas tres palabras que conforman sus pensamientos son yo, yo y yo), que tienes que colaborar, que el ciudadano de a pie tiene que poner de su parte. Como digo, el ser humano es retorcido por naturaleza y cuando se trata del engaño su capacidad de estrategia es infinita.
En este caso, nos engañamos a nosotros mismos siguiendo todo un abanico de estrategias de entre las que podemos destacar las siguientes:
-Contaminación. Uy, que el mundo se va a la mierda, que la capa de ozono desaparece al mismo ritmo que los programas culturales en la parrilla televisiva, que los casquetes (polares, se entiende, por contexto, no seáis guarros y dejad de pensar en lo mismo todo el tiempo) se derriten... y tú con estos pelos. No puede ser. Así que cuando vas andando por la calle te acuerdas de los casquetes (polares, se entiende) y en lugar de tirar el papel del chicle de menta que te vas a meter en la boca (polares, se entiende. Uy, perdón, se me ha ido el santo al infierno) lo tiras en una papelera. Ahh, ahh, que ya con eso estás salvando al planeta de su inevitable destrucción porque, claro, el papel del chicle no es biodegradable e imagínate que un pingüino de la Antártida se lo mete en la boca (polares, se entiende) y resulta que se ahoga y termina vomitando sobre el océano y te cargas una especie en vías de extinción. Claro, claro.
-Pobreza. Vas por la calle cargado de bolsas de ropa. Te has gastado el sueldo de un mes. Y entonces decides echar una moneda de diez céntimos en el cacho de cartón de algún pobre. Y ahora sí, has salvado a toda la humanidad de la pobreza. Claro que sí. Para celebrarlo, vas y te compras un abrigo de trescientos euros (bah, un día es un día). En este caso también se acepta el rollo “estoy apuntado a una ONG y dono medio céntimo al año, con lo que contribuyo a erradicar la situación de los países subdesarrollados” o “compro fortuna porque con el 0'7 destinan una barbaridad de dinero a fines benéficos”. Que no digo yo que este tipo de cosas estén mal, pero que no te creas la Madre Teresa por hacerlo porque no cuela. Y no cuela.
-Amigos y conocidos del pasado: imagino que el que más y el que menos ha tenido la típica situación de encontrarse a un conocido del pasado con el que mantenía buena relación pero ya, de repente, pues como que no. Entonces, en mitad de una conversación tan absurda como un disco de Jesulín sale el consabido “pues a ver si quedamos para tomar un café”, algo que dices para quedar de putísima madre, para creerte que tienes una vida social la mar de extensa y que no vas a cumplir porque decidirás que tienes mejores cosas que hacer que quedar con esta persona (como, por ejemplo, mirarte los padrastros de ambas manos o contar el número de rallitas que tienes en la planta del pie). Total, que esto de “mira que buena gente soy que quedo con todo el mundo” no te lo crees ni tú, monín.
-Los exs. A mí me encanta, y me encanta mucho, eso que dicen los exs cuando te dejan de “mira, he decidido mandarte al cuerno porque no quiero estar contigo porque blablabla (más o menos es la misma historia todo el tiempo pero con un tono de voz distinto). Pero, oyes, que podemos ser amigos”. Y te lo dicen como si te estuvieran perdonando la vida. Sobre todo lo hacen porque saben que te están dejando más tirado que una colilla, se lo han montado fatal y su comportamiento tiene la misma coherencia que el de Pocholo, pero para darse palmaditas en la espalda y no sentirse tan malas personas te dicen eso de que vais a ser los más amigos del mundo (pero hay que dejar pasar un tiempo, ¿eh?) y que en cuestión de un par de meses, cuando todo se haya asentado (por supuesto, a ver si te crees que te va a llamar mañana para que te emociones y te corras en los pantalones) podréis protagonizar el spot publicitario de una colonia a modo de “amigos para siempre”. Por supuesto, esto es mentira porque los amigos son amigos y se hacen amigos porque sí, porque pasan tiempo juntos, comparten cosas y no porque llamen una vez cada tres meses para comprobar si los sigues odiando con la misma intensidad y para cerciorarse de que has rehecho tu vida sin ellos y suspirar tranquilos delante del espejo (aunque, probablemente, cuando vean que pasas de ellos procederán al muy famoso juego del Perro del Hortelano y te dirán alguna gilipollez como “te echo de menos” para volver a engancharte). Esta actitud me parece lo más en el lavado de conciencia.
-La autodefinición personal. Como ha quedado bastante claro, vivimos en un mundo lleno de seres malvados, que cometen fechorías, que cuentan mentiras, que roban, maltratan, votan a Bush y todos ellos se encuentran a nuestro alrededor. Una de las mejores técnicas para parecer críticos y que no somos como los otros es esgrimir una filosofía de vida estupendísima de la muerte y digna de ser explicada por Barrio Sésamo para que los niños aprendan a repetirla desde que son pequeñitos. Esto es: yo soy la mar de sincero (y, por ende, quiero que sean sinceros conmigo), respeto a las personas por encima de prejuicios raciales, estereotipos y otras cuestiones, soy un taco filántropo, soy taco de alternativo y de izquierdas y un rumrum que todos conocemos y que, como en el caso anterior, no hace falta decir: hay que demostrarlo. Estos son los que dicen eso de “Esto estaba antes lleno de maricones asquerosos. Gracias a Dios que hemos salvado este antro de su inevitable perversión. Pero a ver, esto lo digo así, pero yo tengo un montón de amigos gays y les hablo y todo”, “pero si los maricones son seres humanos, hay que darles la oportunidad de vivir.” o “yo tengo un amigo mariquita que es la mar de buena persona”. Señores, nuevamente la coherencia brilla por su ausencia y no basta con decir a boca llena que eres la mar de alternativo, filántropo y respetuoso con el ser humano ni vestir con prendas pretendidamente alternativas y zarrapastrosas que te han costado un ojo de la cara si luego en tu vida diaria tratas a la gente como si hubieran nacido para estar a tu servicio (o lo que se conoce como el Síndrome de mecreolareinaMargarita).
En el fondo sabes que eres un egoísta de mierda, que sólo piensas en ti y que los niños del tercer mundo te la pelan una barbaridad pero para lavar tu conciencia dices este tipo de estupideces que luego no tienen ningún sentido en cuanto te ponen en una situación en la que debes demostrar esa supuesta sensibilidad taaaaaan desarrollada hacia los demás y hacia los problemas del mundo.
Como véis, las formas de maquillar nuestra mente para lavar la conciencia e irnos a la cama para soñar con angelorros buenorros sin necesidad de contar ovejitas es de lo más variada y trasciende a todos los ámbitos.
Sólo diré, a modo de conclusión final, que ser hipócritas con los demás es una cosa muy fea, pero que serlo con uno mismo me parece ya lo peor.
[GEORGE MICHAEL - Outside]