Errores Comunes Semanasanteros
Situación 1:
Sujeto 1: -¿Vamos a ver el miércoles a las Fusiladas?
Sujeto 2: -¿A las qué?
Se refería a las Cofradías Fusionadas. Y es que en esa época no había ni pistolas, ni escopetas, ni pelotones de fusilamiento ni nada. Y, además, habría quedado tan mal un paredón en lugar de la cruz...
Situación 2:
Sujeto: -Hemos estado viendo el Desprendimiento.
Desprendimiento: vaga confusión y unificación instantánea entre lo que se conoce como el Prendimiento (cuando arrestan a Jesucristo) y el Descendimiento (cuando lo bajan de la cruz). Y te imaginas una montaña con un montón de piedrecitas cayéndose y a punto de derrumbarse encima de un trono, como paso semanasantero.
Situación 3:
Sujeto: -Tengo ganas de ver las Cerditas.
Yo: O_O
Las Cerditas, es decir, las Servitas (o los siervos de María, vaya). Claro que estoy seguro de que un montón de gorrinos en procesión revolcándose en el fango serían mucho más llamativos (y además estoy seguro de que más de uno se sentiría la mar de identificado tanto con las caras como con los sonidos guturales).
Situación 4:
Sujeto: -¿Tú has llevado cucurucho alguna vez?
Claro, de helado, de pipas, de castañas, de almendras... aunque se refería al capirote, el utensilio alargado y terminado en punta que llevan los nazarenos en la cabeza. Claro que siempre podría hacerse una procesión con penitentes llevando conos de helado estampados en la coronilla. Seguro que tendría su público. Aunque más de uno se lo acabaría estampando en la frente por inercia... y es que la coronilla y la frente son lugares tan parecidos... (vaya, es que no puedo evitarlo, ni en un post sobre Semana Santa puedo morderme la lengua).
Situación 5:
Sujeto: -Cómo deben de pesar los cipotes esos que llevan...
Interprétese cipote como cirio o vela. Vaya, y yo tanto tiempo pensando que el cipote era... era... vamos, otra cosa. Que no, cariño, que aunque sea alargado, cilíndrico y esté encendido en la punta, lo que los nazarenos llevan en procesión es otra cosa...
Situación 6:
Sujeto 1: -Ahí viene el Cristo del Amor.
Sujeto 2: -¿Del Jamón?
Y lo feo que habría quedado una pata de jamón crucificada... Lo que hace el hambre. A puntito estuve de comprarle un bocadillo y una lata de refresco, que tampoco valían tan caras, leñe.
Situación 7:
Sujeto: -Pues vaya, anda que no es triste la música ni nada...
Yo: -Hombre... es el santo entierro, no esperarías el Chiki Chiki ¿verdad?
Situación 8:
Andando por la calle de vuelta. Una rubia rubísima, con peinado de Nancy, labios pintados de rosa chicle, vestida como la Chabel y con las mismas piernas de la Barbie apostada en la puerta de un bar, situada como supuesta relaciones públicas.
Sujeto: -Después de haber visto tantas figuras entronizadas ¿será posible que hayan sacado a la Barbie en procesión?
Yo: -No sé, pero estoy a punto de preguntarle qué se siente al ser un producto personificado de Matel. Aunque ella sufre como la que más, porque con los dos cachos de tela que lleva como vestuario debe estar pasando un frío... pobrecica...
Situación 9:
Sujeto: -Ese nazareno se parece a mi primo David.
Yo: -Tres mil quinientos nazarenos vestidos iguales, con la cara tapada y a los que sólo se le ven los ojos y un trozo de muñeca con suerte cuando suben el brazo para colocarse el capirote. Coño, yo sé que los ojos son el espejo del alma, pero ¿tanto?
Situación 10:
Sujeto: -A mí me gusta el Cristo Homo.
¿El Homo Erectus? ¿El Homo Sapiens? ¿El Homo Sexual? Vaya, ¿han entronizado a Paco Clavel para sacarlo en procesión y yo no me he enterado? ¿En la Cofradía son todos de la acera de enfrente? El sujeto se refería al Cristo Ecce-Homo.
Situación 11:
Sujeto: -Aquí alguien se está fumando un porro.
Yo: -No se te ha ocurrido pensar que lo que hueles es incienso, así, por contexto y tal, ¿verdad que no?
Sin comentarios adicionales, sólo canción porque me da la gana.
[WHITNEY HOUSTON & GEORGE MICHAEL - If I Told You That]
Sujeto 1: -¿Vamos a ver el miércoles a las Fusiladas?
Sujeto 2: -¿A las qué?
Se refería a las Cofradías Fusionadas. Y es que en esa época no había ni pistolas, ni escopetas, ni pelotones de fusilamiento ni nada. Y, además, habría quedado tan mal un paredón en lugar de la cruz...
Situación 2:
Sujeto: -Hemos estado viendo el Desprendimiento.
Desprendimiento: vaga confusión y unificación instantánea entre lo que se conoce como el Prendimiento (cuando arrestan a Jesucristo) y el Descendimiento (cuando lo bajan de la cruz). Y te imaginas una montaña con un montón de piedrecitas cayéndose y a punto de derrumbarse encima de un trono, como paso semanasantero.
Situación 3:
Sujeto: -Tengo ganas de ver las Cerditas.
Yo: O_O
Las Cerditas, es decir, las Servitas (o los siervos de María, vaya). Claro que estoy seguro de que un montón de gorrinos en procesión revolcándose en el fango serían mucho más llamativos (y además estoy seguro de que más de uno se sentiría la mar de identificado tanto con las caras como con los sonidos guturales).
Situación 4:
Sujeto: -¿Tú has llevado cucurucho alguna vez?
Claro, de helado, de pipas, de castañas, de almendras... aunque se refería al capirote, el utensilio alargado y terminado en punta que llevan los nazarenos en la cabeza. Claro que siempre podría hacerse una procesión con penitentes llevando conos de helado estampados en la coronilla. Seguro que tendría su público. Aunque más de uno se lo acabaría estampando en la frente por inercia... y es que la coronilla y la frente son lugares tan parecidos... (vaya, es que no puedo evitarlo, ni en un post sobre Semana Santa puedo morderme la lengua).
Situación 5:
Sujeto: -Cómo deben de pesar los cipotes esos que llevan...
Interprétese cipote como cirio o vela. Vaya, y yo tanto tiempo pensando que el cipote era... era... vamos, otra cosa. Que no, cariño, que aunque sea alargado, cilíndrico y esté encendido en la punta, lo que los nazarenos llevan en procesión es otra cosa...
Situación 6:
Sujeto 1: -Ahí viene el Cristo del Amor.
Sujeto 2: -¿Del Jamón?
Y lo feo que habría quedado una pata de jamón crucificada... Lo que hace el hambre. A puntito estuve de comprarle un bocadillo y una lata de refresco, que tampoco valían tan caras, leñe.
Situación 7:
Sujeto: -Pues vaya, anda que no es triste la música ni nada...
Yo: -Hombre... es el santo entierro, no esperarías el Chiki Chiki ¿verdad?
Situación 8:
Andando por la calle de vuelta. Una rubia rubísima, con peinado de Nancy, labios pintados de rosa chicle, vestida como la Chabel y con las mismas piernas de la Barbie apostada en la puerta de un bar, situada como supuesta relaciones públicas.
Sujeto: -Después de haber visto tantas figuras entronizadas ¿será posible que hayan sacado a la Barbie en procesión?
Yo: -No sé, pero estoy a punto de preguntarle qué se siente al ser un producto personificado de Matel. Aunque ella sufre como la que más, porque con los dos cachos de tela que lleva como vestuario debe estar pasando un frío... pobrecica...
Situación 9:
Sujeto: -Ese nazareno se parece a mi primo David.
Yo: -Tres mil quinientos nazarenos vestidos iguales, con la cara tapada y a los que sólo se le ven los ojos y un trozo de muñeca con suerte cuando suben el brazo para colocarse el capirote. Coño, yo sé que los ojos son el espejo del alma, pero ¿tanto?
Situación 10:
Sujeto: -A mí me gusta el Cristo Homo.
¿El Homo Erectus? ¿El Homo Sapiens? ¿El Homo Sexual? Vaya, ¿han entronizado a Paco Clavel para sacarlo en procesión y yo no me he enterado? ¿En la Cofradía son todos de la acera de enfrente? El sujeto se refería al Cristo Ecce-Homo.
Situación 11:
Sujeto: -Aquí alguien se está fumando un porro.
Yo: -No se te ha ocurrido pensar que lo que hueles es incienso, así, por contexto y tal, ¿verdad que no?
Sin comentarios adicionales, sólo canción porque me da la gana.
[WHITNEY HOUSTON & GEORGE MICHAEL - If I Told You That]
Regalos al Olvido
Cuando era pequeño solía pensar que a medida que fuera creciendo todo sería más fácil y no habría tanto por lo que preocuparse. Que a medida que fuera aprendiendo, las cosas serían mucho más sencillas, las tendría bajo control y sabría qué hacer y qué decir en cada momento, al contar yo con cierto bagaje experiencial y vérmelas venir.
Se supone que a lo largo del tiempo vivimos y sufrimos. Vamos, que nos dan fuerte y flojo y se nos queda una boca que ya quisieran las muñecas hinchables. Los humanos vamos y vamos aprendiendo incesantemente para enfrentarnos a lo que nos ocurre. Sí, sí, sí, de todo se aprende y blablabla. Estas cosas que se suelen decir cuando lo estás pasando mal. Nos la pegamos unas cuatro o cinco veces y ya creemos que hemos vivido lo suficiente como para decir ciertas cosas a boca llena, creyendo en una verdad supuestamente universal. Es como si todos tuviéramos que alcanzar un nivel de sabiduría que no existe más que en nuestras cabezas, y por eso algunos miran a otros con condescendencia, con la prepotencia de los que creen saber más de la vida y creen tener la verdad verdadera: “esto se hace así, de cualquier otra manera no saldrá bien”.
A todo esto, recuerdo yo una cita de Einstein que dice que Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas. Tú sabes de algunas cosas y yo de otras. Juntos sabremos más. Pero seguiremos siendo unos puñeteros ignorantes. Y esto viene a que, yo no sé por qué, pero en ocasiones creemos que tenemos todas las respuestas, cuando éstas varían, siempre varían. No existe un manual para comportarse en según qué momentos y creo que aquí nadie ha descubierto el santo grial sobre cómo conseguir lo que desea, una especie de programa o de pasos a seguir mediante los cuales alcanzar un objetivo marcado. Todo sería genial si dispusiéramos de una receta mágica, ¿no creéis? La cosa podría ser tal que así:
Sujeto: -Quiero ligarme a Fulanito y ponerlo mirando pa Cuenca.
Oráculo de la sabiduría: -Muy bien. Para eso es necesario:
a. un trozo de piel de avestruz en celo.
b. una miajá de hierbabuena tomada de los alpes Suizos.
Sujeto: -Estoooo... ¿Pero allí hay hierbabuena?
Oráculo de la sabiduría: yo que sé. Tú ve y me lo cuentas. Sigo.
c. Semen de un habitante de Cuenca.
1.Hacer la mezcla con paciencia. Remover en una olla exprés mientras cantamos el “Devórame otra vez” moviendo los pechos y en versión Canto Gregoriano.
2.Escupir tres veces en el ungüento en plan gargajoso.
3.Conseguir que el ser amado introduzca la punta de la... de la... de la nariz mientras dice en voz alta “supercalifragilisticuespiladiloso” (y no, no me acuerdo de como coño era esto, me acabo de inventar la palabra).
4.Poner mirando pa Cuenca con cualquier excusa “uy, se me ha caído la pastilla de jabón, ¿me la coges?”, “Llevas los cordones desatados”, “Te apuesto cincuenta eurazos a que no eres capaz de tocarte las puntas de los pies con las manos” o, prescindiendo de sutilezas, “Mira, cari, que es que te quiero poner mirando pa Cuenca, ¿te agachas?”.
Cosas así.
No, por desgracia o por fortuna, no existen unas pautas claves que llevar a cabo para conseguir ciertas cosas. Aunque muchos de los patrones situacionales se repitan hasta la saciedad, aunque a veces creamos que nos encontramos con individuos calcados los unos a los otros y nos veamos venir el futuro como si fuéramos primos hermanos de Rappel. No. Sin embargo, tendemos a pensar que debemos aplicar lo que ya nos ha pasado a lo que estamos viviendo, esperando unos resultados determinados y sin siquiera molestarnos en saber qué ocurrirá. Lo hacemos para sentirnos bien con nosotros mismos, claro, se trata de decir “algo he aprendido, ya no soy un gilipollas” y “no puedo ser tan tonto. Yo soy listo como el que más”. Y no es verdad. Tienes más conocimiento, pero no tienes ni puta idea de lo que verdaderamente va a pasar, No, no la tienes aunque creas, porque sí, que todo va a ocurrir del mismo modo.
Las experiencias nos enriquecen, eso sí (alguna utilidad han de tener), y nos ayudan a conocernos a nosotros mismos y a discernir con claridad lo que queremos y, sobre todo, lo que no queremos. Pero nadie nos garantiza que siguiendo pautas de comportamiento similares con diferentes personas vayamos a obtener los mismos resultados, ni que siguiendo pautas de comportamiento diferentes con la misma persona no vayamos a obtener los mismos resultados. Todo es relativo. Las personas, las situaciones, el movimiento de traslación del planeta Saturno en perpendicular con el eje de la Tierra... todo influye y es diferente en cada caso. Incluso nosotros mismos somos diferentes en cada caso. Por lo tanto, no se puede acotar tantísimo el mundo y creer que porque hayamos vivido un par de experiencias lo sabemos absolutamente todo. No hay una regla causa-efecto infalible que debemos descubrir conforme avanzan los años y que nos garantizará un grado de seguridad enorme y bajo el cual nadie podrá hacernos daño porque lo veremos todo con una claridad meridiana. La cosa no funciona diciendo “si en este caso hice esto y salió mal, ahora no puedo hacer lo mismo”. ¿Por qué? Tal vez la culpa de que saliera mal no es que tú hicieras esta cosa u otra. ¿No se te ha ocurrido pensarlo?
No, cariños, no, siento deciros que muy en el fondo, aunque hayáis aprendido ciertas cosas, seguís siendo los mismos gilipollas de siempre que tienen mucho por aprender y que a pesar de esa gran fuente de sabiduría que creéis tener, la vida y las personas os seguirán sorprendiendo para bien y para mal. Porque nadie tiene la menor idea de qué va ocurrir, de cómo va a comportarse otro alguien, de lo que creerá conveniente, de lo que siente, de lo que valorará, de los motivos que le mueven a actuar. Nadie. Por mucho que te las des de panacea de la sabiduría, de castigador, de rompecorazones y de arrasacalzoncillos delante de tus amigos.
Es esta manía que tenemos de pretender tenerlo todo bajo control. Ojalá todos nos relajásemos más a menudo, dejásemos de tener tanto miedo, ese miedo que aumenta con el paso de los años y que silencia nuestras bocas y nuestros cuerpos. El miedo a no estar a la altura, a defraudar, a caer en los mismos errores que en el pasado, a sufrir. Un miedo que nos obsesiona hasta el punto de desconfiar de todo y de todos, que nos impide disfrutar de ciertas cosas sin más y que nos mantiene en tensión con la mirada fija en el horizonte, no para vivir la situación en toda su plenitud independientemente de lo que esperemos, sino para adivinar lo que sucederá y poder echar a correr o devolver la puñalada trapera que creemos que nos asestarán antes incluso de que ésta se produzca.
Como final de este post, os dejo esta canción, especialmente dedicada al señor J. No para que se ponga triste, sino todo lo contrario. Porque a veces me gustaría ser aquella persona que fui, que decía tonterías por decir, que no tenía tanto miedo a que le hicieran daño y que no sentía que los demás lo tuvieran, que no se preocupaba tanto por lo que esperaban los otros y que se limitaba a dejarse guiar por sus emociones y sus instintos.
Porque a veces creemos aprender, pero no aprendemos nada bueno, así no se aprende nunca para bien, y muchas de las cosas que guardamos nos hacen demasiado daño.
Y porque a veces, aunque sólo sea a veces, regalaría un buen montón de cosas al olvido con el objetivo de poder sentirme más libre.
[ELEFANTES – Al Olvido]
Se supone que a lo largo del tiempo vivimos y sufrimos. Vamos, que nos dan fuerte y flojo y se nos queda una boca que ya quisieran las muñecas hinchables. Los humanos vamos y vamos aprendiendo incesantemente para enfrentarnos a lo que nos ocurre. Sí, sí, sí, de todo se aprende y blablabla. Estas cosas que se suelen decir cuando lo estás pasando mal. Nos la pegamos unas cuatro o cinco veces y ya creemos que hemos vivido lo suficiente como para decir ciertas cosas a boca llena, creyendo en una verdad supuestamente universal. Es como si todos tuviéramos que alcanzar un nivel de sabiduría que no existe más que en nuestras cabezas, y por eso algunos miran a otros con condescendencia, con la prepotencia de los que creen saber más de la vida y creen tener la verdad verdadera: “esto se hace así, de cualquier otra manera no saldrá bien”.
A todo esto, recuerdo yo una cita de Einstein que dice que Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas. Tú sabes de algunas cosas y yo de otras. Juntos sabremos más. Pero seguiremos siendo unos puñeteros ignorantes. Y esto viene a que, yo no sé por qué, pero en ocasiones creemos que tenemos todas las respuestas, cuando éstas varían, siempre varían. No existe un manual para comportarse en según qué momentos y creo que aquí nadie ha descubierto el santo grial sobre cómo conseguir lo que desea, una especie de programa o de pasos a seguir mediante los cuales alcanzar un objetivo marcado. Todo sería genial si dispusiéramos de una receta mágica, ¿no creéis? La cosa podría ser tal que así:
Sujeto: -Quiero ligarme a Fulanito y ponerlo mirando pa Cuenca.
Oráculo de la sabiduría: -Muy bien. Para eso es necesario:
a. un trozo de piel de avestruz en celo.
b. una miajá de hierbabuena tomada de los alpes Suizos.
Sujeto: -Estoooo... ¿Pero allí hay hierbabuena?
Oráculo de la sabiduría: yo que sé. Tú ve y me lo cuentas. Sigo.
c. Semen de un habitante de Cuenca.
1.Hacer la mezcla con paciencia. Remover en una olla exprés mientras cantamos el “Devórame otra vez” moviendo los pechos y en versión Canto Gregoriano.
2.Escupir tres veces en el ungüento en plan gargajoso.
3.Conseguir que el ser amado introduzca la punta de la... de la... de la nariz mientras dice en voz alta “supercalifragilisticuespiladiloso” (y no, no me acuerdo de como coño era esto, me acabo de inventar la palabra).
4.Poner mirando pa Cuenca con cualquier excusa “uy, se me ha caído la pastilla de jabón, ¿me la coges?”, “Llevas los cordones desatados”, “Te apuesto cincuenta eurazos a que no eres capaz de tocarte las puntas de los pies con las manos” o, prescindiendo de sutilezas, “Mira, cari, que es que te quiero poner mirando pa Cuenca, ¿te agachas?”.
Cosas así.
No, por desgracia o por fortuna, no existen unas pautas claves que llevar a cabo para conseguir ciertas cosas. Aunque muchos de los patrones situacionales se repitan hasta la saciedad, aunque a veces creamos que nos encontramos con individuos calcados los unos a los otros y nos veamos venir el futuro como si fuéramos primos hermanos de Rappel. No. Sin embargo, tendemos a pensar que debemos aplicar lo que ya nos ha pasado a lo que estamos viviendo, esperando unos resultados determinados y sin siquiera molestarnos en saber qué ocurrirá. Lo hacemos para sentirnos bien con nosotros mismos, claro, se trata de decir “algo he aprendido, ya no soy un gilipollas” y “no puedo ser tan tonto. Yo soy listo como el que más”. Y no es verdad. Tienes más conocimiento, pero no tienes ni puta idea de lo que verdaderamente va a pasar, No, no la tienes aunque creas, porque sí, que todo va a ocurrir del mismo modo.
Las experiencias nos enriquecen, eso sí (alguna utilidad han de tener), y nos ayudan a conocernos a nosotros mismos y a discernir con claridad lo que queremos y, sobre todo, lo que no queremos. Pero nadie nos garantiza que siguiendo pautas de comportamiento similares con diferentes personas vayamos a obtener los mismos resultados, ni que siguiendo pautas de comportamiento diferentes con la misma persona no vayamos a obtener los mismos resultados. Todo es relativo. Las personas, las situaciones, el movimiento de traslación del planeta Saturno en perpendicular con el eje de la Tierra... todo influye y es diferente en cada caso. Incluso nosotros mismos somos diferentes en cada caso. Por lo tanto, no se puede acotar tantísimo el mundo y creer que porque hayamos vivido un par de experiencias lo sabemos absolutamente todo. No hay una regla causa-efecto infalible que debemos descubrir conforme avanzan los años y que nos garantizará un grado de seguridad enorme y bajo el cual nadie podrá hacernos daño porque lo veremos todo con una claridad meridiana. La cosa no funciona diciendo “si en este caso hice esto y salió mal, ahora no puedo hacer lo mismo”. ¿Por qué? Tal vez la culpa de que saliera mal no es que tú hicieras esta cosa u otra. ¿No se te ha ocurrido pensarlo?
No, cariños, no, siento deciros que muy en el fondo, aunque hayáis aprendido ciertas cosas, seguís siendo los mismos gilipollas de siempre que tienen mucho por aprender y que a pesar de esa gran fuente de sabiduría que creéis tener, la vida y las personas os seguirán sorprendiendo para bien y para mal. Porque nadie tiene la menor idea de qué va ocurrir, de cómo va a comportarse otro alguien, de lo que creerá conveniente, de lo que siente, de lo que valorará, de los motivos que le mueven a actuar. Nadie. Por mucho que te las des de panacea de la sabiduría, de castigador, de rompecorazones y de arrasacalzoncillos delante de tus amigos.
Es esta manía que tenemos de pretender tenerlo todo bajo control. Ojalá todos nos relajásemos más a menudo, dejásemos de tener tanto miedo, ese miedo que aumenta con el paso de los años y que silencia nuestras bocas y nuestros cuerpos. El miedo a no estar a la altura, a defraudar, a caer en los mismos errores que en el pasado, a sufrir. Un miedo que nos obsesiona hasta el punto de desconfiar de todo y de todos, que nos impide disfrutar de ciertas cosas sin más y que nos mantiene en tensión con la mirada fija en el horizonte, no para vivir la situación en toda su plenitud independientemente de lo que esperemos, sino para adivinar lo que sucederá y poder echar a correr o devolver la puñalada trapera que creemos que nos asestarán antes incluso de que ésta se produzca.
Como final de este post, os dejo esta canción, especialmente dedicada al señor J. No para que se ponga triste, sino todo lo contrario. Porque a veces me gustaría ser aquella persona que fui, que decía tonterías por decir, que no tenía tanto miedo a que le hicieran daño y que no sentía que los demás lo tuvieran, que no se preocupaba tanto por lo que esperaban los otros y que se limitaba a dejarse guiar por sus emociones y sus instintos.
Porque a veces creemos aprender, pero no aprendemos nada bueno, así no se aprende nunca para bien, y muchas de las cosas que guardamos nos hacen demasiado daño.
Y porque a veces, aunque sólo sea a veces, regalaría un buen montón de cosas al olvido con el objetivo de poder sentirme más libre.
[ELEFANTES – Al Olvido]
Extraordinarios
Debido a muchos de mis posts en los que despotrico contra todo bicho viviente y en los que me quejo sin cesar de todo lo que me parece que está mal (y a mí me parece que muchas cosas están mal, ergo me quejo un huevo) puede que haya quienes me lean y piensen que he desarrollado un asco prácticamente diario hacia la vida en sí misma. Y no es verdad. Puede que a veces parezca un amargado (aunque, a fin de cuentas, a muchos en cuanto pones cuatro palabras que suenan a reflexión les pareces un triste personajillo amargado y resentido con la vida, como si el hecho de ser felices estuviera reñido con pensar o reflexionar, con sacar conclusiones, o como si una cosa, el pensar, llevara aparejada por ciencia infusa la otra, el estar tristes) y puede que muchos hayan obtenido la falsa conclusión de que todo me parece una mierda porque no voy por ahí repartiendo chicles de fresa ácida con chiribitas en los ojos.
Sin embargo, sí es cierto que las cosas, la vida en sí misma, no me parecen fáciles. No sé si se trata de que la mía, la que me ha tocado vivir, es bastante complicada (este pensamiento es muy propio de mi dramaqueenismo, en plan “oh, dios mío, porque me pasa todo a mí”) o si es un sentimiento generalizado. El hecho de que a medida que crezco me dé cuenta de que todas y cada una de las historias en las que me veo inserto por arte de magia -llámese a la magia comunicación- son cada vez más enrevesadas y complicadas y que los problemas sean más y más abstractos me da que pensar. Recuerdo cuando en el colegio o en el instituto el mayor problema era que el de séptimo curso no le hacía caso a Fulanita, que lloraba en mi hombro desconsoladamente asegurando que se trataba del amor de su vida, o que los padres de Zutanito, que se quejaba y quejaba hasta la saciedad, no le permitían estar hasta las doce en el parque comiendo pipas con nosotros. Fíjate tú qué clase de problemas se tenían por aquel entonces, cuando yo, como ahora, ni más ni menos, me dedicaba a escuchar con atención los sinsabores de las bocas que se abrían y entrecerraban y expresaban los sentimientos de manera más o menos elaborada (según la edad y la capacidad cerebral del sujeto. Insisto, estos dos elementos no van siempre unidos). Luego nos hacemos mayores y esos problemas son sustituidos por otros más y más grandes, y así sucesivamente.
A veces me pregunto si no tendremos cierta tendencia a complicarnos la vida más de lo necesario, dejándome llevar por todos aquellos que promulgan que el darle demasiadas vueltas a la cabeza es malo y que deberíamos ser todos unos malditos superficiales. De hecho, Inf me decía hace unos días que si ella pudiera haber elegido un grupo social al que pertenecer, habría elegido los merdellones (o canis, o chusmas, o kinkis, como se llamen según la región española desde la que se esté leyendo). Yo le preguntaba por qué con los ojos muy abiertos en medio de mi estado etílico (¿yo? ¿Beber? Qué raro), que cualquier otro grupo social o tribu urbana tenía una filosofía más o menos elaborada, pero que los merdellones no tenían ni eso. Inf me respondía que precisamente por eso, porque en la ignorancia está la felicidad. Por supuesto, me opuse a esta concepción tan triste del mundo, porque la ignorancia será la felicidad, sí, pero vamos, que a mi entender es una felicidad muy triste.
Luego, tras preguntarme si nos complicamos demasiado la vida me respondo que eso que se llama “simplificar” no tiene nada que ver con ser unos cenutrios irresponsables unicelulares que no saben ni donde tienen la cara, sino que consiste en saber entender que la vida es complicada, mucho, que hay demasiados nudos imposibles de deshacer de buenas a primeras y que necesitan la paciencia y el entrenamiento de un marinero. Que lo mejor es tomarse las cosas con cierta filosofía. Entender que el complicado amasijo de elementos y circunstancias a las que hemos de enfrentarnos no deben dominar nuestros actos ni mermar nuestra autoestima o nuestra capacidad para sentir o soñar. Que lo complicado y lo duro que es todo a veces no puede desembocar en un estado de desidia y aburrimiento, en un conformismo implacable o en una superficialidad extrema para evitar enfrentarnos a lo que ocurre. El verdadero sentido que para mí tiene la palabra simplificar reside en saber encajar lo que sucede, aceptar que hay cosas que no podremos cambiar por mucho que queramos, aprender a vivir con que la vida no es de color de rosa y sacar el máximo partido de todo eso, de ese monstruo de fauces negras que a veces no es más que nuestra propia vida corriendo tras de nosotros. Puede que si te detienes a acariciarle detrás de las orejas, descubrirás que el león nunca fue tan fiero como lo pintaron.
Es justo aquí, en el saber aceptarnos a nosotros y a los demás tal y como son, aceptar los problemas y tratar de solucionarlos y no tomárnoslo todo a la tremenda (tanto en lo que se refiere a dramatizar como en lo que respecta a omitir conscientemente el problema y sustituirlo por un pirulí de fresa imaginario) donde reside el verdadero acto de simplificar. Hay que ser conscientes de que las cosas son como son, no como queremos que sean y que para que sean como queremos es necesario tiempo y esfuerzo a partes iguales, sumando dosis de realismo y neutralidad necesaria para no desfallecer en el camino y que se nos quede todo en un intento malsano.
Simplificar también consiste en saber ver que el hecho de no haber conseguido ciertas cosas todavía o que el camino se nos esté haciendo demasiado duro y necesitemos descansar no es un fracaso irreversible. Tenemos que ser más justos con nosotros y valorar que el esfuerzo que hemos realizado hasta el momento es importante, por mucho que hayamos descubierto que las cuestas del camino son más pronunciadas de lo que pensábamos.
Todo lo expuesto hasta ahora da a entender que la vida es difícil, no que sea una mierda.
Hay que aceptar que es difícil. Hay que aceptar que no siempre seremos lo que queremos ni tendremos lo que deseamos. Hay que aceptar que es complicado, que debemos esforzarnos. Pero también hay que aceptar que podemos ser grandes personas, que tenemos sentimientos, que hacemos grandes cosas cuando nos lo proponemos, que en nuestro poder se encuentra hacer que alguien se sienta bien o aliviar su pequeña oleada de sufrimiento propia. Que somos capaces de amar, de querer, de confraternizar, de llorar al emocionarnos, de ayudar a otros a ver las cosas desde otra perspectiva, de llenar la vida de detalles que la hagan más fácil. Hay que aceptar que podemos ser magníficos, que podemos romper los esquemas establecidos, que podemos demostrar que somos diferentes a toda esa vorágine de tristeza. Podemos sorprender, podemos hacer pensar, podemos comprender, podemos sonreír, podemos conectar. Podemos. Tantas cosas podemos hacer que me da por pensar que eso que reza esa campaña publicitaria actual de “el ser humano es extraordinario” es verdad. Puede serlo.
Porque podemos hacer que nuestra vida sea satisfactoria a pesar de todo. Porque podemos hacer que la de los demás sea menos dura.
Porque tenemos la capacidad de sentirnos fuertes para lidiar con la adversidad, hacer veinte carreras de obstáculos diarias y sujetar el universo en las palmas de las manos para contemplarlo durante unos segundos todos los domingos.
Y eso es, realmente, lo que hace que merezca la pena y lo que nos convierte en seres extraordinarios.
[SHUARMA – El Universo]
Sin embargo, sí es cierto que las cosas, la vida en sí misma, no me parecen fáciles. No sé si se trata de que la mía, la que me ha tocado vivir, es bastante complicada (este pensamiento es muy propio de mi dramaqueenismo, en plan “oh, dios mío, porque me pasa todo a mí”) o si es un sentimiento generalizado. El hecho de que a medida que crezco me dé cuenta de que todas y cada una de las historias en las que me veo inserto por arte de magia -llámese a la magia comunicación- son cada vez más enrevesadas y complicadas y que los problemas sean más y más abstractos me da que pensar. Recuerdo cuando en el colegio o en el instituto el mayor problema era que el de séptimo curso no le hacía caso a Fulanita, que lloraba en mi hombro desconsoladamente asegurando que se trataba del amor de su vida, o que los padres de Zutanito, que se quejaba y quejaba hasta la saciedad, no le permitían estar hasta las doce en el parque comiendo pipas con nosotros. Fíjate tú qué clase de problemas se tenían por aquel entonces, cuando yo, como ahora, ni más ni menos, me dedicaba a escuchar con atención los sinsabores de las bocas que se abrían y entrecerraban y expresaban los sentimientos de manera más o menos elaborada (según la edad y la capacidad cerebral del sujeto. Insisto, estos dos elementos no van siempre unidos). Luego nos hacemos mayores y esos problemas son sustituidos por otros más y más grandes, y así sucesivamente.
A veces me pregunto si no tendremos cierta tendencia a complicarnos la vida más de lo necesario, dejándome llevar por todos aquellos que promulgan que el darle demasiadas vueltas a la cabeza es malo y que deberíamos ser todos unos malditos superficiales. De hecho, Inf me decía hace unos días que si ella pudiera haber elegido un grupo social al que pertenecer, habría elegido los merdellones (o canis, o chusmas, o kinkis, como se llamen según la región española desde la que se esté leyendo). Yo le preguntaba por qué con los ojos muy abiertos en medio de mi estado etílico (¿yo? ¿Beber? Qué raro), que cualquier otro grupo social o tribu urbana tenía una filosofía más o menos elaborada, pero que los merdellones no tenían ni eso. Inf me respondía que precisamente por eso, porque en la ignorancia está la felicidad. Por supuesto, me opuse a esta concepción tan triste del mundo, porque la ignorancia será la felicidad, sí, pero vamos, que a mi entender es una felicidad muy triste.
Luego, tras preguntarme si nos complicamos demasiado la vida me respondo que eso que se llama “simplificar” no tiene nada que ver con ser unos cenutrios irresponsables unicelulares que no saben ni donde tienen la cara, sino que consiste en saber entender que la vida es complicada, mucho, que hay demasiados nudos imposibles de deshacer de buenas a primeras y que necesitan la paciencia y el entrenamiento de un marinero. Que lo mejor es tomarse las cosas con cierta filosofía. Entender que el complicado amasijo de elementos y circunstancias a las que hemos de enfrentarnos no deben dominar nuestros actos ni mermar nuestra autoestima o nuestra capacidad para sentir o soñar. Que lo complicado y lo duro que es todo a veces no puede desembocar en un estado de desidia y aburrimiento, en un conformismo implacable o en una superficialidad extrema para evitar enfrentarnos a lo que ocurre. El verdadero sentido que para mí tiene la palabra simplificar reside en saber encajar lo que sucede, aceptar que hay cosas que no podremos cambiar por mucho que queramos, aprender a vivir con que la vida no es de color de rosa y sacar el máximo partido de todo eso, de ese monstruo de fauces negras que a veces no es más que nuestra propia vida corriendo tras de nosotros. Puede que si te detienes a acariciarle detrás de las orejas, descubrirás que el león nunca fue tan fiero como lo pintaron.
Es justo aquí, en el saber aceptarnos a nosotros y a los demás tal y como son, aceptar los problemas y tratar de solucionarlos y no tomárnoslo todo a la tremenda (tanto en lo que se refiere a dramatizar como en lo que respecta a omitir conscientemente el problema y sustituirlo por un pirulí de fresa imaginario) donde reside el verdadero acto de simplificar. Hay que ser conscientes de que las cosas son como son, no como queremos que sean y que para que sean como queremos es necesario tiempo y esfuerzo a partes iguales, sumando dosis de realismo y neutralidad necesaria para no desfallecer en el camino y que se nos quede todo en un intento malsano.
Simplificar también consiste en saber ver que el hecho de no haber conseguido ciertas cosas todavía o que el camino se nos esté haciendo demasiado duro y necesitemos descansar no es un fracaso irreversible. Tenemos que ser más justos con nosotros y valorar que el esfuerzo que hemos realizado hasta el momento es importante, por mucho que hayamos descubierto que las cuestas del camino son más pronunciadas de lo que pensábamos.
Todo lo expuesto hasta ahora da a entender que la vida es difícil, no que sea una mierda.
Hay que aceptar que es difícil. Hay que aceptar que no siempre seremos lo que queremos ni tendremos lo que deseamos. Hay que aceptar que es complicado, que debemos esforzarnos. Pero también hay que aceptar que podemos ser grandes personas, que tenemos sentimientos, que hacemos grandes cosas cuando nos lo proponemos, que en nuestro poder se encuentra hacer que alguien se sienta bien o aliviar su pequeña oleada de sufrimiento propia. Que somos capaces de amar, de querer, de confraternizar, de llorar al emocionarnos, de ayudar a otros a ver las cosas desde otra perspectiva, de llenar la vida de detalles que la hagan más fácil. Hay que aceptar que podemos ser magníficos, que podemos romper los esquemas establecidos, que podemos demostrar que somos diferentes a toda esa vorágine de tristeza. Podemos sorprender, podemos hacer pensar, podemos comprender, podemos sonreír, podemos conectar. Podemos. Tantas cosas podemos hacer que me da por pensar que eso que reza esa campaña publicitaria actual de “el ser humano es extraordinario” es verdad. Puede serlo.
Porque podemos hacer que nuestra vida sea satisfactoria a pesar de todo. Porque podemos hacer que la de los demás sea menos dura.
Porque tenemos la capacidad de sentirnos fuertes para lidiar con la adversidad, hacer veinte carreras de obstáculos diarias y sujetar el universo en las palmas de las manos para contemplarlo durante unos segundos todos los domingos.
Y eso es, realmente, lo que hace que merezca la pena y lo que nos convierte en seres extraordinarios.
[SHUARMA – El Universo]
Ñoñidomingo
Siempre que sufras y creas morir por algo o alguien, recuerda que la resurrección ya está en camino.
[AMARAL - Resurrección]
[AMARAL - Resurrección]
Ñoñisábado
Pon carne en el asador. Implícate en lo que hagas. Es la única manera de hacer que todo merezca la pena.
[JANET JACKSON - All 4U]
[JANET JACKSON - All 4U]
Ñoñiviernes
Cuando quieras algo, ve a por ello.
;)
[JULIETA VENEGAS - Eres Para Mí]
;)
[JULIETA VENEGAS - Eres Para Mí]
Ñoñijueves
Cuando desees algo muy fuerte y no lo consigas, recuerda que Roma no se construyó en un día. No te rindas fácilmente.
[MORCHEEBA - Rome Wasn't Built in a Day]
[MORCHEEBA - Rome Wasn't Built in a Day]
Ñoñimiércoles
Atrévete a no pasar por alto ni un solo detalle de lo que ocurre a tu alrededor.
[KAREN RAMIREZ - Looking For Love]
[KAREN RAMIREZ - Looking For Love]
Ñoñimartes
La vida es bella. El problema es que algunas veces confundimos bella con fácil.
[DES'REE - Life]
[DES'REE - Life]
Ñoñeando
A raíz de mi post anterior de Ñoñilunes, algunos han pensado que el mundo se acababa porque no había escrito más de una frase (sí, Arrierita, te estoy mirando a ti), otros que lo de que el mundo entero podría cambiar significaba que era yo el que iba a cambiar (juas, me parece a mí que no, que es casi más sencillo que el mundo cambie) y sólo quería tranquilizar los ánimos y decirle a mis fieles y queridísimos lectores que no, que ni una cosa ni otra, que cuando dije que el mundo entero podría cambiar en un día como hoy me refería a que, para variar y tratando de expresar algo positivo (eso que sabéis que se me da bastante mal), la vida pasa (y pasa la vida) y las cosas pueden cambiar de un momento a otro y, si no, la percepción que puedas tener sobre el mundo en general y sobre tu propio mundo en particular. Aunque algunos no nos conformamos con tener un mundo y construímos universos ;)
La cosa es que, por mucho que le pese a unos cuantos, he inaugurado la I Semana Internacional del Ñoñismo, que ha comenzado con un lunes Ñoño hasta el hastío y por el que estoy a punto de vomitar sobre mí mismo (a ver, que me haya propuesto ser ñoño un puñado de días no implica necesariamente que lo consiga de buenas a primeras. Y si hago un solo post en el que no me ralle o en el que no utilice mi vena cínica, entonces sí habrá llegado el fin del mundo). Y es que, claro, uno, de vez en cuando, se vuelve más marica que de costumbre, se percibe más cara de gilipollas de lo habitual y, en contrapartida, se aplica el consabido método según el cual se repite constantemente aquello de “no soy una quinceañera, no soy una quinceañera, mi vida no es un anuncio de compresas”. Saca su lado más duro (con látigo de cuero incluído) para castigarse a sí mismo por pensar semejantes idioteces (otros se aprietan el cilicio cuando tienen pensamientos impuros, la cuestión es castigarse por lo que entendemos que está mal). Así que yo, por joder más que nada, me he decidido a dar rienda suelta a esa pequeña quinceañera que llevo dentro con coletas y falda de tablitas (punto número uno: que a nadie se le ocurra imaginarme de esta guisa. Punto número 2: esta descripción no tiene nada que ver con la zorra chupapiruletas registrada en fotografías que algunos me atribuyen. Esa imagen está sacada de contexto, repito, sacada).
Soy consciente de lo que esto supone, puesto que ya lo he hecho alguna que otra vez y más de un desaprensivo ha tenido a bien dejarme algún comentario malintencionado dispuesto a hacerme llorar desconsolodamente sobre mi osito de Winnie de Pooh (y es que es lo que tiene que algunos te vean ligeramente más débil o vulnerable durante un segundo, que no lo pueden evitar, ahí que van ellos a joder. Eso sí, allá cada cual con sus satisfacciones personales. Entre las mías no se encuentra, desde luego, hacer daño por hacer daño y menos a través de un blog, que ya es patético), pero esa es otra historia y me la trae al pairo en estos momentos, porque además soy una quinceañera pasota (¿a que molo mazo, tía?).
Esto del Ñoñismo tiene mucho que ver con la Quinceañera que todos albergamos dentro, tema sobre el que ya escribí en una ocasión (como me gusta el automarketing), hace un año chispa más o menos, y que a muchos les sonará muy pero que muy familiar. Pero me gustaría indicar que el ser Ñoño no implica necesariamente un bajo nivel neuronal ni una lobotomía practicada en el momento justo, sino que se trata más bien de ese lado especialmente sensitivo que muchos tenemos dentro y que nos permite emocionarnos a múltiples niveles, liberarnos de los lastres y elevarnos por encima de la nube de polvo que cubre ésta y todas las ciudades para soñar.
Mi quinceañerismo no tiene nada que ver con el capitán del equipo de rugby ni con que me haya enamorado descerebradamente de nadie, ni con que me encuentre violentamente cachonda, que quede esto muy claro. Mi quinceañerismo se debe, sobre todo, a que algunas veces me dejo llevar y siento. Y siento tantas cosas que no sé por qué a veces me planteo que me estoy desensibilizando, cuando lo cierto es que no es verdad, y que sólo tengo que arrimarme a personas que tengan la capacidad de hacerme sentir (y no, sentir ganas de vomitar no es a lo que me refiero). En todo caso, estaré eufórica, tanto que ni siquiera sé por qué estoy hablando de mí en femenino, eso que queda tan moña y que me hace sentir un gay de pro que, por lo visto, va a poder casarse, como mínimo durante los próximos cuatro años (otra cosa es que encuentre a un integrante del sexo masculino lo suficientemente coherente y cuerdo como para querer estar conmigo, que también es como pedir peras al cactus, que ni al olmo ya).
A mí, por si alguno se disponía a decirme eso de “tú pides mucho, blablabla, pero ¿estás dispuesto a dar lo que pides? Blablablabla”, se me pueden pedir peras, a pesar de que alguno haya mencionado así, de pasada, en un momento de rabia contenida o de complejo de inferioridad, váyase usted a saber, que soy un cactus que acabará solo en el desierto. Lo que pasa es que no todo el mundo sabe ganarse las peras, con lo fácil que es comprarlas en la sección de frutería del Mercadona, aunque los pepinos llamen mucho más la atención. Pero en fin, que no es lo mismo juntar dos manzanas que una manzana y una pera y qué más da, si la señora Botella podía desvariar en los medios de comunicación yo también puedo y encima lo hago en mi blog (y no me relacionan sentimentalmente con Aznar, de momento sólo con Rajoy).
Y, bueno, que me desvío del tema, me voy por las ramas y ni yo sé lo que quiero decir. Que sí, que esta semana soy ñoño, que no sé hasta cuando narices me va a durar, pero sí sé que no es malo, que no puede ser malo querer a tus amigos, darles sorpresas, conocer a gente nueva, repartir abrazos sinceros y extraer esa parte de mí que tanto me asusta y que tanto me gusta al mismo tiempo cuando la saco, esa parte que a veces creo olvidada pero que se encuentra enterrada debajo de muchas cosas que, mezcladas, no tienen ningún sentido. El ñoñismo, cuando se descubre, tiene mucho sentido, para ti y para otros que lo aprecian. Que algunos no sepan valorarlo o no quieran hacerlo no significa que debas hacerlo desaparecer para no dejar rastro.
Y qué leñe, que estoy hasta las pelotas de que la gente te intente hacer ver por activa y por pasiva (sobre todo por activa, que no sé de donde se saca Amanuense eso de que todos los maricas somos unas pasivorras menos él -claro, claro) que ser sensible está mal y que lo bueno es ir de malote y machote por el mundo, pisando cabezas y riéndote de los sentimientos ajenos en plan “jo jo jo, cuánto me mide la polla”. (vale, sé que este párrafo no me ha quedado muy ñoño que digamos, pero es que me enciendo). Me quema lo inhumano que la gente confunda ñoñería con simpleza, bondad con estupidez e insensibilidad con fortaleza.
El Ñoñismo nos recuerda todo aquello que se nos olvida con demasiada falicidad. Y nos recuerda también que no estamos solos porque es contagioso y hace que aquellos que te rodean dibujen en sus caras la mejor de sus sonrisas.
Construír universos mediante los mundos de muchos, que se podría decir ;)
Y qué mejor momento para construir universos que, precisamente, éste.
[THE CORRS – The Right Time]
La cosa es que, por mucho que le pese a unos cuantos, he inaugurado la I Semana Internacional del Ñoñismo, que ha comenzado con un lunes Ñoño hasta el hastío y por el que estoy a punto de vomitar sobre mí mismo (a ver, que me haya propuesto ser ñoño un puñado de días no implica necesariamente que lo consiga de buenas a primeras. Y si hago un solo post en el que no me ralle o en el que no utilice mi vena cínica, entonces sí habrá llegado el fin del mundo). Y es que, claro, uno, de vez en cuando, se vuelve más marica que de costumbre, se percibe más cara de gilipollas de lo habitual y, en contrapartida, se aplica el consabido método según el cual se repite constantemente aquello de “no soy una quinceañera, no soy una quinceañera, mi vida no es un anuncio de compresas”. Saca su lado más duro (con látigo de cuero incluído) para castigarse a sí mismo por pensar semejantes idioteces (otros se aprietan el cilicio cuando tienen pensamientos impuros, la cuestión es castigarse por lo que entendemos que está mal). Así que yo, por joder más que nada, me he decidido a dar rienda suelta a esa pequeña quinceañera que llevo dentro con coletas y falda de tablitas (punto número uno: que a nadie se le ocurra imaginarme de esta guisa. Punto número 2: esta descripción no tiene nada que ver con la zorra chupapiruletas registrada en fotografías que algunos me atribuyen. Esa imagen está sacada de contexto, repito, sacada).
Soy consciente de lo que esto supone, puesto que ya lo he hecho alguna que otra vez y más de un desaprensivo ha tenido a bien dejarme algún comentario malintencionado dispuesto a hacerme llorar desconsolodamente sobre mi osito de Winnie de Pooh (y es que es lo que tiene que algunos te vean ligeramente más débil o vulnerable durante un segundo, que no lo pueden evitar, ahí que van ellos a joder. Eso sí, allá cada cual con sus satisfacciones personales. Entre las mías no se encuentra, desde luego, hacer daño por hacer daño y menos a través de un blog, que ya es patético), pero esa es otra historia y me la trae al pairo en estos momentos, porque además soy una quinceañera pasota (¿a que molo mazo, tía?).
Esto del Ñoñismo tiene mucho que ver con la Quinceañera que todos albergamos dentro, tema sobre el que ya escribí en una ocasión (como me gusta el automarketing), hace un año chispa más o menos, y que a muchos les sonará muy pero que muy familiar. Pero me gustaría indicar que el ser Ñoño no implica necesariamente un bajo nivel neuronal ni una lobotomía practicada en el momento justo, sino que se trata más bien de ese lado especialmente sensitivo que muchos tenemos dentro y que nos permite emocionarnos a múltiples niveles, liberarnos de los lastres y elevarnos por encima de la nube de polvo que cubre ésta y todas las ciudades para soñar.
Mi quinceañerismo no tiene nada que ver con el capitán del equipo de rugby ni con que me haya enamorado descerebradamente de nadie, ni con que me encuentre violentamente cachonda, que quede esto muy claro. Mi quinceañerismo se debe, sobre todo, a que algunas veces me dejo llevar y siento. Y siento tantas cosas que no sé por qué a veces me planteo que me estoy desensibilizando, cuando lo cierto es que no es verdad, y que sólo tengo que arrimarme a personas que tengan la capacidad de hacerme sentir (y no, sentir ganas de vomitar no es a lo que me refiero). En todo caso, estaré eufórica, tanto que ni siquiera sé por qué estoy hablando de mí en femenino, eso que queda tan moña y que me hace sentir un gay de pro que, por lo visto, va a poder casarse, como mínimo durante los próximos cuatro años (otra cosa es que encuentre a un integrante del sexo masculino lo suficientemente coherente y cuerdo como para querer estar conmigo, que también es como pedir peras al cactus, que ni al olmo ya).
A mí, por si alguno se disponía a decirme eso de “tú pides mucho, blablabla, pero ¿estás dispuesto a dar lo que pides? Blablablabla”, se me pueden pedir peras, a pesar de que alguno haya mencionado así, de pasada, en un momento de rabia contenida o de complejo de inferioridad, váyase usted a saber, que soy un cactus que acabará solo en el desierto. Lo que pasa es que no todo el mundo sabe ganarse las peras, con lo fácil que es comprarlas en la sección de frutería del Mercadona, aunque los pepinos llamen mucho más la atención. Pero en fin, que no es lo mismo juntar dos manzanas que una manzana y una pera y qué más da, si la señora Botella podía desvariar en los medios de comunicación yo también puedo y encima lo hago en mi blog (y no me relacionan sentimentalmente con Aznar, de momento sólo con Rajoy).
Y, bueno, que me desvío del tema, me voy por las ramas y ni yo sé lo que quiero decir. Que sí, que esta semana soy ñoño, que no sé hasta cuando narices me va a durar, pero sí sé que no es malo, que no puede ser malo querer a tus amigos, darles sorpresas, conocer a gente nueva, repartir abrazos sinceros y extraer esa parte de mí que tanto me asusta y que tanto me gusta al mismo tiempo cuando la saco, esa parte que a veces creo olvidada pero que se encuentra enterrada debajo de muchas cosas que, mezcladas, no tienen ningún sentido. El ñoñismo, cuando se descubre, tiene mucho sentido, para ti y para otros que lo aprecian. Que algunos no sepan valorarlo o no quieran hacerlo no significa que debas hacerlo desaparecer para no dejar rastro.
Y qué leñe, que estoy hasta las pelotas de que la gente te intente hacer ver por activa y por pasiva (sobre todo por activa, que no sé de donde se saca Amanuense eso de que todos los maricas somos unas pasivorras menos él -claro, claro) que ser sensible está mal y que lo bueno es ir de malote y machote por el mundo, pisando cabezas y riéndote de los sentimientos ajenos en plan “jo jo jo, cuánto me mide la polla”. (vale, sé que este párrafo no me ha quedado muy ñoño que digamos, pero es que me enciendo). Me quema lo inhumano que la gente confunda ñoñería con simpleza, bondad con estupidez e insensibilidad con fortaleza.
El Ñoñismo nos recuerda todo aquello que se nos olvida con demasiada falicidad. Y nos recuerda también que no estamos solos porque es contagioso y hace que aquellos que te rodean dibujen en sus caras la mejor de sus sonrisas.
Construír universos mediante los mundos de muchos, que se podría decir ;)
Y qué mejor momento para construir universos que, precisamente, éste.
[THE CORRS – The Right Time]
Ñoñilunes (ya iba siendo hora)
Hoy el mundo entero podría cambiar.
;)
[BRYAN ADAMS – On a Day Like Today]
;)
[BRYAN ADAMS – On a Day Like Today]
Pseudotolerancia
Han dado las doce de la noche y ya parece que estamos en jornada de reflexión. Y, entonces, yo que soy la mar de reflexivo, reflexiono y me planteo ciertas cosas. Sobre todo al haber leído esta mañana la entrevista realizada por El País a Rajoy, en la cual se trataba directamente el matrimonio homosexual.
El líder del Partido Popular insistía en que cuando se aprobó la ley que permite que los homosexuales puedan contraer matrimonio, lo que él buscaba era un acuerdo que conciliara a todo el mundo en este asunto, que de hecho fue propuesto y rechazado. Él lo que pretendía era unir a España, claro está, proponiendo una solución que satisficiera a todo el mundo, (porque hay que entender el hecho de que haya españoles a los que el matrimonio entre dos personas homosexuales no les parezca bien). Él habla además de que en su partido ha habido gays y lesbianas que no estaban en desacuerdo con esta idea, que se lo han comentado en privado. Que lo que no se puede hacer es dividir España, que el gobierno tiene que jugar más a unir que a dividir.
A mí esto me hace mucha gracia, porque me recuerda a una conferencia sobre el SIDA que dimos unos compañeros y yo en la Universidad. Mediante algunas dinámicas les mostrábamos a nuestros queridos compañeros los prejuicios que todavía tenían con respecto al tema. Hubo una chica que no pudo soportar el que le restregáramos por la cara que ella guardaba mucha desinformación y demasiados estereotipos (afirmaba que respetaba a los seropositivos, que había que ser tolerantes con ellos, pero, al mismo tiempo expresaba que nunca permitiría que su hijo asistiera a la misma clase que un niño seropositivo) y saltó muy encendida a tirar por tierra la charla que habíamos preparado. Y es que, claro, la buena chica no podía soportar que mis compañeros y especialmente yo estuviéramos destruyendo su fachada de superguay y supertolerante tallada pacientemente a lo largo del tiempo mediante miradas al espejo de “jo, qué superbuena persona soy”. Por eso me acusó de demagogia barata y es que, claro, yo estaba diciendo que un seropositivo debe tener los mismos derechos y la misma vida que una persona que no es portadora del virus, sin que haya motivos para la discriminación.
Estas palabras del señor Rajoy me recuerdan enormemente a esa fachada de pseudotolerancia que se nos vende hoy en día. El candidato se refuerza, como no, diciendo que él tiene amiguitos maricas y bolleras de pro en su partido que piensan que no deben tener acceso a los mismos derechos que una persona heterosexual. Dicho lo cual, añado yo, creo que tienen un problema de autoestima, de aceptación o váyase usted a saber y que deberían hacérselo mirar. Para que alguien asuma que es inferior a otros, así, sin más, debe haber habido mucha mala leche y mucha educación sesgada de por medio.
Y si no, lo que el señor Rajoy intenta hacerme ver es que en España somos muchas personas y como a un porcentaje de la población no le parece bien que yo un día de estos me eche un novio y me case con él, pues yo debería quedarme cruzado de brazos por el bien común, porque sí, porque quién soy yo, aparte de una sucia marica que se cree con derecho a decir estas cosas, para exigir igualdad, para creer que puedo tener el mismo derecho que un hetero de casarme con quien me dé la real gana. Que es que yo tengo que respetar a los que no piensan como yo. Claro. Eso sí, ellos no tienen por qué respetarme a mí, porque por algo soy una sucia marica. Añadiendo, como no, el consabido “pero oyes, que yo creo que tampoco hay que matar a los maricones, que se les puede dejar vivir sin que hagan mucho ruido, así que vamos a darles una solución barata para que se queden calladitos y desfilen en sus carrozas y hagan sus cosas en privado, sin ser demasiado maricas o bolleras ¿eh? Tampoco hay que pasarse”. Porque, claro, si el lunes llego yo al trabajo y digo que menudo culo que tiene el nuevo de marketing y algún presente se me incomoda, pues yo tengo que callarme la próxima vez o, a modo de solución que una a los miembros de mi oficina en lugar de dividirlos, escribirlo en un papel y tirarlo por la taza del wáter antes de que pueda ser leído (¿No querías expresarte, rey? Pues ya lo has hecho, ea).
De verdad que a mí estás cosas me cansan. No por nada, sino porque lo políticamente correcto está sobrevalorado. Este tipo de discurso es casi peor que el de la Iglesia, que dice que somos contra natura. Es peor porque no es del todo claro, va de guay, de falso superprogre que se engaña a sí mismo y pretende que los demás comulguemos con ruedas de molino, genera confusión, insulta nuestra inteligencia y nos hace creer que debemos conformarnos con los restos de la cena mientras otros se meten el atracón.
Y, además, no basta con que nos conformemos, sino que tenemos que estar eternamente agradecidos, porque mira, somos maricas y bolleras, y no nos queman en la hoguera ni nos meten en la cárcel. Hasta se nos da de comer las migajas, qué considerados. No se enteran los señores que mantienen este discurso y que se marchan a casa dándose un par de palmaditas en la espalda porque han pensado en el bien común y están tolerando a las maricas y bolleras, que yo y muchos como yo no queremos las sobras de ninguna cena y que lo que exigimos no es un parche que nos haga sentir tolerados o menos discriminados, PORQUE PENSAMOS QUE SOMOS COMO LOS DEMÁS. Sí, sí. Hasta pensamos que somos normales y todo, fíjate. Lo que exigimos, damas y caballeros del público, es que se nos trate como a iguales. Si son incapaces de hacerlo en su día a día porque tienen sus prejuicios, vale, eso es algo que no puedo cambiar de un plumazo. Pero que no me digan que no tengo derecho a quejarme, a pedir lo mismo que se les da a los demás sin que ni siquiera lo pidan sólo porque el día de mañana la persona que se despierte al otro lado de mi cama tenga entre las piernas lo mismo que yo. Soy gay, sí ¿qué coño pasa? ¿Tengo que comer en una mesa aparte? ¿Tengo que ir de pie en los autobuses porque haya un sector de la población que piense que no debo vivir una vida digna y como mejor se me tercie? ¿Por qué debería ser distinto, por qué tengo yo que luchar por lo que quiero mientras tú sólo tienes que anunciar que te casas y ya está? ¿Por qué no nos dejan vivir en paz? ¿Es demasiado pedir que la gente se desligue de sus puñeteras creencias impostadas por la educación y mande al cuerno sus putos estereotipos para pensar que todos, absolutamente todos, somos iguales o deberíamos serlo ante la ley y ante conductas básicas como el respeto, la identidad, la justicia o la libertad?
Aquella chica que me acusó de demagogia barata, seguramente, se marchó a casa pensando en que el día de mañana su hijo no asistiría a la misma clase que un niño seropositivo. Es más que probable que no me hiciera el menor caso, creyéndome un enviado del mal y pensándose ella alguien normal, que tiene la razón, que seguramente si preguntara por ahí más de uno le diría lo mismo. Y es verdad, seguro que hay muchos que avalan su opinión, lo cual no quiere decir que sea ni cierta ni justa.
Sin embargo, cuando me dijo aquello de la demagogia barata le respondí que hay cosas que, sencillamente, no son discutibles.
Y, le pese a quien le pese, mis derechos, mi razón de ser, mi libertad y las condiciones en las que yo vivo mi vida no son discutibles en absoluto.
[AMARAL - Revolución]
El líder del Partido Popular insistía en que cuando se aprobó la ley que permite que los homosexuales puedan contraer matrimonio, lo que él buscaba era un acuerdo que conciliara a todo el mundo en este asunto, que de hecho fue propuesto y rechazado. Él lo que pretendía era unir a España, claro está, proponiendo una solución que satisficiera a todo el mundo, (porque hay que entender el hecho de que haya españoles a los que el matrimonio entre dos personas homosexuales no les parezca bien). Él habla además de que en su partido ha habido gays y lesbianas que no estaban en desacuerdo con esta idea, que se lo han comentado en privado. Que lo que no se puede hacer es dividir España, que el gobierno tiene que jugar más a unir que a dividir.
A mí esto me hace mucha gracia, porque me recuerda a una conferencia sobre el SIDA que dimos unos compañeros y yo en la Universidad. Mediante algunas dinámicas les mostrábamos a nuestros queridos compañeros los prejuicios que todavía tenían con respecto al tema. Hubo una chica que no pudo soportar el que le restregáramos por la cara que ella guardaba mucha desinformación y demasiados estereotipos (afirmaba que respetaba a los seropositivos, que había que ser tolerantes con ellos, pero, al mismo tiempo expresaba que nunca permitiría que su hijo asistiera a la misma clase que un niño seropositivo) y saltó muy encendida a tirar por tierra la charla que habíamos preparado. Y es que, claro, la buena chica no podía soportar que mis compañeros y especialmente yo estuviéramos destruyendo su fachada de superguay y supertolerante tallada pacientemente a lo largo del tiempo mediante miradas al espejo de “jo, qué superbuena persona soy”. Por eso me acusó de demagogia barata y es que, claro, yo estaba diciendo que un seropositivo debe tener los mismos derechos y la misma vida que una persona que no es portadora del virus, sin que haya motivos para la discriminación.
Estas palabras del señor Rajoy me recuerdan enormemente a esa fachada de pseudotolerancia que se nos vende hoy en día. El candidato se refuerza, como no, diciendo que él tiene amiguitos maricas y bolleras de pro en su partido que piensan que no deben tener acceso a los mismos derechos que una persona heterosexual. Dicho lo cual, añado yo, creo que tienen un problema de autoestima, de aceptación o váyase usted a saber y que deberían hacérselo mirar. Para que alguien asuma que es inferior a otros, así, sin más, debe haber habido mucha mala leche y mucha educación sesgada de por medio.
Y si no, lo que el señor Rajoy intenta hacerme ver es que en España somos muchas personas y como a un porcentaje de la población no le parece bien que yo un día de estos me eche un novio y me case con él, pues yo debería quedarme cruzado de brazos por el bien común, porque sí, porque quién soy yo, aparte de una sucia marica que se cree con derecho a decir estas cosas, para exigir igualdad, para creer que puedo tener el mismo derecho que un hetero de casarme con quien me dé la real gana. Que es que yo tengo que respetar a los que no piensan como yo. Claro. Eso sí, ellos no tienen por qué respetarme a mí, porque por algo soy una sucia marica. Añadiendo, como no, el consabido “pero oyes, que yo creo que tampoco hay que matar a los maricones, que se les puede dejar vivir sin que hagan mucho ruido, así que vamos a darles una solución barata para que se queden calladitos y desfilen en sus carrozas y hagan sus cosas en privado, sin ser demasiado maricas o bolleras ¿eh? Tampoco hay que pasarse”. Porque, claro, si el lunes llego yo al trabajo y digo que menudo culo que tiene el nuevo de marketing y algún presente se me incomoda, pues yo tengo que callarme la próxima vez o, a modo de solución que una a los miembros de mi oficina en lugar de dividirlos, escribirlo en un papel y tirarlo por la taza del wáter antes de que pueda ser leído (¿No querías expresarte, rey? Pues ya lo has hecho, ea).
De verdad que a mí estás cosas me cansan. No por nada, sino porque lo políticamente correcto está sobrevalorado. Este tipo de discurso es casi peor que el de la Iglesia, que dice que somos contra natura. Es peor porque no es del todo claro, va de guay, de falso superprogre que se engaña a sí mismo y pretende que los demás comulguemos con ruedas de molino, genera confusión, insulta nuestra inteligencia y nos hace creer que debemos conformarnos con los restos de la cena mientras otros se meten el atracón.
Y, además, no basta con que nos conformemos, sino que tenemos que estar eternamente agradecidos, porque mira, somos maricas y bolleras, y no nos queman en la hoguera ni nos meten en la cárcel. Hasta se nos da de comer las migajas, qué considerados. No se enteran los señores que mantienen este discurso y que se marchan a casa dándose un par de palmaditas en la espalda porque han pensado en el bien común y están tolerando a las maricas y bolleras, que yo y muchos como yo no queremos las sobras de ninguna cena y que lo que exigimos no es un parche que nos haga sentir tolerados o menos discriminados, PORQUE PENSAMOS QUE SOMOS COMO LOS DEMÁS. Sí, sí. Hasta pensamos que somos normales y todo, fíjate. Lo que exigimos, damas y caballeros del público, es que se nos trate como a iguales. Si son incapaces de hacerlo en su día a día porque tienen sus prejuicios, vale, eso es algo que no puedo cambiar de un plumazo. Pero que no me digan que no tengo derecho a quejarme, a pedir lo mismo que se les da a los demás sin que ni siquiera lo pidan sólo porque el día de mañana la persona que se despierte al otro lado de mi cama tenga entre las piernas lo mismo que yo. Soy gay, sí ¿qué coño pasa? ¿Tengo que comer en una mesa aparte? ¿Tengo que ir de pie en los autobuses porque haya un sector de la población que piense que no debo vivir una vida digna y como mejor se me tercie? ¿Por qué debería ser distinto, por qué tengo yo que luchar por lo que quiero mientras tú sólo tienes que anunciar que te casas y ya está? ¿Por qué no nos dejan vivir en paz? ¿Es demasiado pedir que la gente se desligue de sus puñeteras creencias impostadas por la educación y mande al cuerno sus putos estereotipos para pensar que todos, absolutamente todos, somos iguales o deberíamos serlo ante la ley y ante conductas básicas como el respeto, la identidad, la justicia o la libertad?
Aquella chica que me acusó de demagogia barata, seguramente, se marchó a casa pensando en que el día de mañana su hijo no asistiría a la misma clase que un niño seropositivo. Es más que probable que no me hiciera el menor caso, creyéndome un enviado del mal y pensándose ella alguien normal, que tiene la razón, que seguramente si preguntara por ahí más de uno le diría lo mismo. Y es verdad, seguro que hay muchos que avalan su opinión, lo cual no quiere decir que sea ni cierta ni justa.
Sin embargo, cuando me dijo aquello de la demagogia barata le respondí que hay cosas que, sencillamente, no son discutibles.
Y, le pese a quien le pese, mis derechos, mi razón de ser, mi libertad y las condiciones en las que yo vivo mi vida no son discutibles en absoluto.
[AMARAL - Revolución]
Equilibristas
Ya se sabe que los seres humanos (por llamarnos de alguna forma) no paramos de desear y desear cosas (y personas también, que hay más de uno que tiene un novio diferente cada dos horas). Está claro que cada uno desea sus propias cosas, lo que les resulta imprescindible (no sé, un bocata de morcilla, una lluvia dorada, un bolso que vale lo mismo que la renta anual de un país africano, un paragüero absorbeolores tan útil y necesario como el comer). Pero hay ciertos deseos que parecen ser universales. Entre ellos encontramos a ese pequeño hijo de putilla que se convierte en una obsesión delirante para muchos (entre los cuales, por supuesto, me incluyo yo): el equilibrio.
Se nos va la pinza. Sí, sí, es verdad. Yo no dejo de ver películas y series en las que los actores encarnan a personajes que están como una chota, hacen papeles de perturbados, de inestables y de firmes poseedores del cacao maravillao de sus vidas que les hacen llevar a cabo acciones la mar de acertadas, como cargarse de un plumazo a medio instituto, atar a la pata de la cama al ser amado o comprarse una Nancy, ponerle Terelu de nombre y hacerle peinaditos a modo de entretenimiento (ciertamente, no necesitas ver películas para darte cuenta de esto, sólo es necesario poner el avance informativo o, en su defecto, visualizar el Diario de Patricia).
En el fondo, todos estamos un poco desequilibrados. La moto que se nos vende de que un día, cuando brille el sol, miraremos al horizonte azul y sentiremos que todo marcha bien muy al estilo del último single de la Chenoa es, como muchas otras cosas que se nos cuentan, mentira. Veréis, prendas, para conseguir cierto equilibrio es necesaria buenas dosis de seguridad y tranquilidad, algo que hoy en día escasea tanto como la objetividad en los medios o la coherencia en los discursos políticos. ¿Quién coño puede estar equilibrado cuando pretende trabajar, pagar las facturas, conseguir un buen sitio para vivir, no estrellarse con el coche, aguantar a los políticos, soportar a los vecinos, lidiar con los desequilibrios de la jefa (claro ejemplo de lo que nunca nunca nunca debemos llegar a ser), consentir que uno que pasa a nuestro lado nos pegue un empujón y nos mande a Pernambuco sin pedir disculpas, ir al gimnasio, tener un cuerpo escultural, culturizarse, depilarse el entrecejo, aprender algo nuevo cada día, buscar a Wally en una foto, conseguir una pareja (casi es más fácil encontrar a Wally en un huerto de tomates), ahorrar, tener niños, criarlos, educarlos para que sean personas de provecho, atender a nuestros amigos, llamar a los familiares, contestar a los mensajes que nos llegan con 165 caracteres como mínimo, aprender a montar en hidropedal, ir al cine de cuando en cuando, dormir ocho horas, vestir mono, echar la primitiva por si cae la breva, hacer punto de cruz veinte minutos al día y todo ello sin que se le despeine el flequillo y guardando una pose de divino del coño por siempre jamás? Pues nadie que yo conozca (y si tú lo haces ya me dirás el secreto un día de estos y te adoraré por los siglos de los siglos, sobre todo porque el punto de cruz me pone un taco). Y no me vengáis con el rollo de que hay que organizarse, que por mucho que te compres una agenda del todo a un leru (que sí, que es algo que todos hacemos tarde o temprano, es como los propósitos de año nuevo) no consigues más que apuntar las dos primeras citas con el dentista (y chorradas varias como “me he encontrado un botón con forma de judía pinta”).
Por todo ello (y mucho más, claro) el desequilibrio es una constante en los tiempos que corren. Así que, cariño, si sientes que tu estado es más bipolar que el de la Mosquera, no te culpes: se trata de algo normal. Culpa al mundo que es mucho mejor (claro que sí), ya que contribuye a ponerte los nervios de punta a ti y a todo bicho viviente. Pero, sin desviarnos del tema (que para desviados ya están los que locutan en la Cope), pasemos a definir el equilibrio. Los académicos de la lengua, que se ve que están la mar de equilibrados, dicen en la definición palabras que nos suenan a chino, como mesura (¿ein?), ecuanimidad (ahhh, sí, sí), sensatez en los actos y en los juicios (claro, claro) y armonía (por supuesto). Por lo tanto, el desequilibrio puede definirse como la ausencia de estas palabras en nuestra vida (pero qué listo soy, qué barbaridad, yo no sé por qué no estoy trabajando en la NASA o algo así) o, lo que es lo mismo, el pan nuestro de cada día.
Entre las características más destacadas del desequilibrio tenemos:
-Ánimo bipolar, montaña rusa emocional o lo que se conoce popularmente como “Uuuuuuuhhhhhh, mira, mira como bailo con los brazos extendidos y haciendo una pirueta mientras hago un nudo con la lengua” (con voz de Leticia Sabater, una de las grandes perturbadas de nuestro tiempo). A continuación, cambias el semblante y dices “Esto... ¿nunca te has preguntado qué coño estás haciendo con tu vida y por qué todo es tan injusto? Porque nada me sale bien y ya... me canso de hacer piruetas. Por dios, estoy hasta las narices del mundo, quiero pegarle a alguien y, al mismo tiempo, es tan triste mi vida...”. Y comienzas a llorar y a golpear con un puño el pecho del desafortunado que ha cometido el craso error de acercarse hasta ti.
-Reacciones desmesuradas: “¡¡Ven p'acá maldito desgraciado, que te voy a reventar la cara a mamporros, que te crees muy chulo, que te voy yo a enseñar a pegarle a las personas que te cruzas por la calle!!” (cuando sólo te ha rozado el hombro al pasar).
-Ideas descabelladas que te parecen lo más de lo más (lo que se conoce como decisiones desesperadas): “voy a acercarme a aquel maromo de allí y le voy a lamer la oreja así, sin decir ni pío, porque eso es guay, parece salido de una película porno y seguro que se pone supercachondo, echamos el polvo de nuestra vida y luego resulta ser un apuesto millonario inteligentísimo que será el amor de mi vida” (seguro que acabas en Urgencias de la ostia que te va a dar, pero eso no se te ocurre) o “¿Y si grito en medio de un aeropuerto para llamar la atención de aquel policía tan tremendo cuya porra me estimula?” (lo de actuar como una persona normal, acercarte y sacarle conversación sin más a ver qué sale no es factible y por eso acabas en comisaria).
-Agobios acompañados de sudores: “no puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más, quiero que se acabe el día”, cuando sólo hace cinco minutos que te has levantado de la cama y todavía ni siquiera te has limpiado la babilla de la cara.
-Susceptibilidad extrema:
Persona descerebrada que no ha notado tu mirada de odio hacia el mundo subrayada por ojeras despampanantes listas para hacer la competencia a los osos panda:-Jajaja, qué tonto eres.
Tú (mordiéndote el labio inferior hasta hacerte sangre): - ¿Qué pasa? Qué piensas que soy un subnormal ¿no? Que soy gilipollas, que por eso no consigo lo que quiero, que así me va la vida, que no soy más que un desgraciado que se pasa el día aguantando a subnormales profundos como tú, que me tenéis harto, que estoy hasta las narices, que todo me sale mal y es verdad, que es que soy tonto del culo, que me toman por el pito del sereno. ¿Tan ridículo te parezco? ¡Maldito desgraciado! ¡Retíralo! ¡Que lo retires, he dicho! (mientras agarras al sujeto de las fosas nasales con el dedo índice y corazón).
Dramatización excesiva (o dramaqueenismo absoluto): se me ha roto una uña. Joder, qué mala suerte. Teniendo en cuenta que era mi uña preferida... mira lo feas que tengo ahora las manos, así nadie me va a querer. ¡Dios, me voy a quedar solo toda mi vida! Nadie va a desear estar con alguien a quien se le ha roto una uña, que puede que nunca jamás vuelva a crecer y lo que es peor... ¡nunca podré cumplir mi sueño oscuro de participar en Supermodelo!
Toma de decisiones drásticas y sin pensar: “¿Hay trabajo para mí en este circo?, “Os cambio a mi novio por un bote de leche merengada” o “Me creo un blog ahora mismo”.
Imagino, queridos y queridas, que algunas de las reacciones expuestas os suenan de algo y es que a todos se nos va la olla de cuando en cuando. Sin embargo, aunque el equilibrio sea algo taaaaan complicado de conseguir siempre nos queda intentarlo, rezar a Sanporfavorquemedejenenpaztodoslosidiotasdelmundo, ver los debates electorales para partirnos la caja y olvidarnos de nuestros problemas y, sobre todo, relajarnos, por mucho que otros se empeñen en estresarnos y desequilibrarnos con sus propios desequilibrios.
Un poco de filosofía siempre ayuda a atravesar la cuerda floja ;)
[PASTORA - Tengo]
Suerte a todos los equilibristas.
Se nos va la pinza. Sí, sí, es verdad. Yo no dejo de ver películas y series en las que los actores encarnan a personajes que están como una chota, hacen papeles de perturbados, de inestables y de firmes poseedores del cacao maravillao de sus vidas que les hacen llevar a cabo acciones la mar de acertadas, como cargarse de un plumazo a medio instituto, atar a la pata de la cama al ser amado o comprarse una Nancy, ponerle Terelu de nombre y hacerle peinaditos a modo de entretenimiento (ciertamente, no necesitas ver películas para darte cuenta de esto, sólo es necesario poner el avance informativo o, en su defecto, visualizar el Diario de Patricia).
En el fondo, todos estamos un poco desequilibrados. La moto que se nos vende de que un día, cuando brille el sol, miraremos al horizonte azul y sentiremos que todo marcha bien muy al estilo del último single de la Chenoa es, como muchas otras cosas que se nos cuentan, mentira. Veréis, prendas, para conseguir cierto equilibrio es necesaria buenas dosis de seguridad y tranquilidad, algo que hoy en día escasea tanto como la objetividad en los medios o la coherencia en los discursos políticos. ¿Quién coño puede estar equilibrado cuando pretende trabajar, pagar las facturas, conseguir un buen sitio para vivir, no estrellarse con el coche, aguantar a los políticos, soportar a los vecinos, lidiar con los desequilibrios de la jefa (claro ejemplo de lo que nunca nunca nunca debemos llegar a ser), consentir que uno que pasa a nuestro lado nos pegue un empujón y nos mande a Pernambuco sin pedir disculpas, ir al gimnasio, tener un cuerpo escultural, culturizarse, depilarse el entrecejo, aprender algo nuevo cada día, buscar a Wally en una foto, conseguir una pareja (casi es más fácil encontrar a Wally en un huerto de tomates), ahorrar, tener niños, criarlos, educarlos para que sean personas de provecho, atender a nuestros amigos, llamar a los familiares, contestar a los mensajes que nos llegan con 165 caracteres como mínimo, aprender a montar en hidropedal, ir al cine de cuando en cuando, dormir ocho horas, vestir mono, echar la primitiva por si cae la breva, hacer punto de cruz veinte minutos al día y todo ello sin que se le despeine el flequillo y guardando una pose de divino del coño por siempre jamás? Pues nadie que yo conozca (y si tú lo haces ya me dirás el secreto un día de estos y te adoraré por los siglos de los siglos, sobre todo porque el punto de cruz me pone un taco). Y no me vengáis con el rollo de que hay que organizarse, que por mucho que te compres una agenda del todo a un leru (que sí, que es algo que todos hacemos tarde o temprano, es como los propósitos de año nuevo) no consigues más que apuntar las dos primeras citas con el dentista (y chorradas varias como “me he encontrado un botón con forma de judía pinta”).
Por todo ello (y mucho más, claro) el desequilibrio es una constante en los tiempos que corren. Así que, cariño, si sientes que tu estado es más bipolar que el de la Mosquera, no te culpes: se trata de algo normal. Culpa al mundo que es mucho mejor (claro que sí), ya que contribuye a ponerte los nervios de punta a ti y a todo bicho viviente. Pero, sin desviarnos del tema (que para desviados ya están los que locutan en la Cope), pasemos a definir el equilibrio. Los académicos de la lengua, que se ve que están la mar de equilibrados, dicen en la definición palabras que nos suenan a chino, como mesura (¿ein?), ecuanimidad (ahhh, sí, sí), sensatez en los actos y en los juicios (claro, claro) y armonía (por supuesto). Por lo tanto, el desequilibrio puede definirse como la ausencia de estas palabras en nuestra vida (pero qué listo soy, qué barbaridad, yo no sé por qué no estoy trabajando en la NASA o algo así) o, lo que es lo mismo, el pan nuestro de cada día.
Entre las características más destacadas del desequilibrio tenemos:
-Ánimo bipolar, montaña rusa emocional o lo que se conoce popularmente como “Uuuuuuuhhhhhh, mira, mira como bailo con los brazos extendidos y haciendo una pirueta mientras hago un nudo con la lengua” (con voz de Leticia Sabater, una de las grandes perturbadas de nuestro tiempo). A continuación, cambias el semblante y dices “Esto... ¿nunca te has preguntado qué coño estás haciendo con tu vida y por qué todo es tan injusto? Porque nada me sale bien y ya... me canso de hacer piruetas. Por dios, estoy hasta las narices del mundo, quiero pegarle a alguien y, al mismo tiempo, es tan triste mi vida...”. Y comienzas a llorar y a golpear con un puño el pecho del desafortunado que ha cometido el craso error de acercarse hasta ti.
-Reacciones desmesuradas: “¡¡Ven p'acá maldito desgraciado, que te voy a reventar la cara a mamporros, que te crees muy chulo, que te voy yo a enseñar a pegarle a las personas que te cruzas por la calle!!” (cuando sólo te ha rozado el hombro al pasar).
-Ideas descabelladas que te parecen lo más de lo más (lo que se conoce como decisiones desesperadas): “voy a acercarme a aquel maromo de allí y le voy a lamer la oreja así, sin decir ni pío, porque eso es guay, parece salido de una película porno y seguro que se pone supercachondo, echamos el polvo de nuestra vida y luego resulta ser un apuesto millonario inteligentísimo que será el amor de mi vida” (seguro que acabas en Urgencias de la ostia que te va a dar, pero eso no se te ocurre) o “¿Y si grito en medio de un aeropuerto para llamar la atención de aquel policía tan tremendo cuya porra me estimula?” (lo de actuar como una persona normal, acercarte y sacarle conversación sin más a ver qué sale no es factible y por eso acabas en comisaria).
-Agobios acompañados de sudores: “no puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más, quiero que se acabe el día”, cuando sólo hace cinco minutos que te has levantado de la cama y todavía ni siquiera te has limpiado la babilla de la cara.
-Susceptibilidad extrema:
Persona descerebrada que no ha notado tu mirada de odio hacia el mundo subrayada por ojeras despampanantes listas para hacer la competencia a los osos panda:-Jajaja, qué tonto eres.
Tú (mordiéndote el labio inferior hasta hacerte sangre): - ¿Qué pasa? Qué piensas que soy un subnormal ¿no? Que soy gilipollas, que por eso no consigo lo que quiero, que así me va la vida, que no soy más que un desgraciado que se pasa el día aguantando a subnormales profundos como tú, que me tenéis harto, que estoy hasta las narices, que todo me sale mal y es verdad, que es que soy tonto del culo, que me toman por el pito del sereno. ¿Tan ridículo te parezco? ¡Maldito desgraciado! ¡Retíralo! ¡Que lo retires, he dicho! (mientras agarras al sujeto de las fosas nasales con el dedo índice y corazón).
Dramatización excesiva (o dramaqueenismo absoluto): se me ha roto una uña. Joder, qué mala suerte. Teniendo en cuenta que era mi uña preferida... mira lo feas que tengo ahora las manos, así nadie me va a querer. ¡Dios, me voy a quedar solo toda mi vida! Nadie va a desear estar con alguien a quien se le ha roto una uña, que puede que nunca jamás vuelva a crecer y lo que es peor... ¡nunca podré cumplir mi sueño oscuro de participar en Supermodelo!
Toma de decisiones drásticas y sin pensar: “¿Hay trabajo para mí en este circo?, “Os cambio a mi novio por un bote de leche merengada” o “Me creo un blog ahora mismo”.
Imagino, queridos y queridas, que algunas de las reacciones expuestas os suenan de algo y es que a todos se nos va la olla de cuando en cuando. Sin embargo, aunque el equilibrio sea algo taaaaan complicado de conseguir siempre nos queda intentarlo, rezar a Sanporfavorquemedejenenpaztodoslosidiotasdelmundo, ver los debates electorales para partirnos la caja y olvidarnos de nuestros problemas y, sobre todo, relajarnos, por mucho que otros se empeñen en estresarnos y desequilibrarnos con sus propios desequilibrios.
Un poco de filosofía siempre ayuda a atravesar la cuerda floja ;)
[PASTORA - Tengo]
Suerte a todos los equilibristas.
Reminiscencias Tocapelotas
Resulta que tras una agotadora semana laboral en la que has echado más horas que un reloj (hasta parecías parte del mobiliario de la oficina), en la que has visto más a tu jefa que a tu novio (lo cual tampoco es difícil porque lo de tener novio pertenece al período cretácico, chispa más o menos, sin pronóstico de cambio, ni ganas) o en la que has mirado más al jefe de marketing que a tu madre (esa desconocida que te mira con ojos asustados desde el sofá cuando entras en casa y marca el número de la policía todas las noches para que el agente Jackson -que queda así como muy de película americana- le diga que no se preocupe, que sólo se trata de su hijo con cara de perturbado), tienes un momento de descanso. Tras una semana en la que no has tenido tiempo ni de respirar un par de veces seguidas, en la que pareces un concursante de Supervivientes (por la barba y el aspecto demacrado), el viernes por la tarde llegas a casa (por fin) y te sientas en la silla de tu habitación exhalando un suspiro que ocupa todo ese extraño habitáculo y que no te has detenido a contemplar desde hace muchos muchos días. Te sientes como si te hubieran insertado en el anuncio del Almendro (vuelve, a casa vuelve, vuelve a tu hogar) y de repente caes en la cuenta de que tienes un rato para ti mismo. Con lágrimas en los ojos pones música, hasta quieres cantar y todo, y te planteas ponerte de pie en el centro de la habitación con los brazos extendidos y mirando al techo a dar vueltas sobre ti mismo o coger de las patas a tu gato mientras el minino sólo piensa en sacarte los ojos en cuanto lo sueltes.
Entonces suena tu teléfono móvil rompiendo tu pequeño momento de paz y alegría desmesurada. Miras el identificador de llamada con curiosidad. Número privado, dice. Ays, sabes que siempre dicen aquello de “no hables con desconocidos”, pero la curiosidad te puede y contestas a la llamada.
-¿Sí? (con voz de 906 por si acaso, que nunca se sabe si puede ser el amor de tu vida o, en su defecto, el que te ofrezca el polvo de tu vida).
-Buenas tardes. ¿Podría hablar con Zutanito Fernández? (con la voz de Constantino Romero).
Se oye un “cataclón” onomatopéyico que no es más que el sonido que ha emitido tu cuerpo al caerse de la silla.
Una música al estilo de Psicosis suena en la habitación: diru diru diru diru diru diru diru diru diru... ñiiik ñiiik ñiiik ñiiik.
Teniendo en cuenta que Zutanito Fernández es el nombre de tu ex, ése que no ves desde hace más de año y medio y del que no te apetece saber absolutamente nada salvo que ha cumplido su mágico y profundo sueño de convertirse en actor de películas porno, te sientes como la rubia de la primera escena de Scream. La frase que ha soltado el desconocido al otro lado de la línea (nota mental, cambiar de número de teléfono o no contestar a los números privados ni por curiosidad siquiera. Sí, ya sé que debido al alto grado de maruja que compone mi ser esto es prácticamente imposible, pero es bueno planteárselo al menos), esa frase, la de “podría hablar con Zutanito Fernández” es equivalente en ese momento a “¿Cuál es tu película de terror favorita?”.
-Estooooooo (sin saber muy bien si tu vida se ha convertido en la escena de una película de Woody Allen, mirando a tu alrededor preguntándote una y otra vez “¿dónde está la cámara oculta? ¡¡¿Dónde coño está la maldita cámara oculta?!!”), creo que se ha equivocado.
-¿No es ése el número de Zutanito Fernández?
A ver, crees que has sido lo suficientemente explícito, pero chasqueas la lengua ruidosamente como muestra de tu hastío y vuelves a responder que no educadamente (tampoco es plan de que el desconocido pague los platos rotos). Ante lo cual llega la solución del enigma:
-Es que ha echado el currículum en esta empresa y viene este número como forma de contacto.
Se oye un “crac” onomatopéyico, que es no es más que el sonido de tu mandíbula al descuajeringarse y un “claunnn”, que es el sonido de tu barbilla chocando contra el suelo y dejándote una boca que ya quisiera una muñeca hinchable de segunda mano.
Ahhhhh, acabáramos, hombre. Te despides del amable señor, sufriendo la tentación de comentarle muy altruístamente (como buenísima persona que eres), que no se moleste en localizarle, que es un impresentable y que mejor se ahorre la entrevista (a menos que sea de una productora de películas porno gay, insisto), pero estás tan estupefacto, ojiplático y patidifuso que no eres capaz de construír la frase con la suficiente rapidez. Para cuando despiertas, el señor ya ha colgado el teléfono.
Ahora bien, la cosa no deja de ser surrealista. Porque digamos que esto no es más que la reminiscencia de un “hace mucho, mucho tiempo, en el reino de los Tocapelotas”, aquélla etapa en la que tu ex te trataba como su secretaria particular y ponía en sus currículums tu número de teléfono para que concertaras tú las entrevistas de trabajo y le llevaras su apretada agenda, lo cual deja bastante claro el tipo de persona de la que estamos hablando y me sitúa mí en una posición de víctima descerebrada que no me gusta en absoluto. Entonces, abandonando el móvil sobre el escritorio dices en voz alta:
-A ver, Zutanito, vida, prenda, maravilla, prodigio humano, rey de los bosques... ¿quieres hacer el puto favor de borrar mi puñetero número de teléfono de tu puto currículum vitae? ¿Tan difícil es? ¿Es que no has tenido tiempo en un total de dos años para hacerlo? ¿Es que tu currículum está en formato pdf y es imposible de modificar? ¿O es que el manejo del Word resulta de lo más complicado para ti? Que yo sé que no eres un lumbreras especialmente, pero que se trata de un procesador de textos, coñe, que no hay que hacer una raíz cuadrada ni nada de eso.
Como si Zutanito pudiera escucharte desde el lejano lugar en el que se encuentre (tal vez desde el plató de una productora porno, insisto bis). Tienes un momento de enfado con el mundo, porque... a ver, coño, que no es que estés pidiéndole peras al olmo, que se trata de borrar el número de teléfono de un documento informático, pulsar seis veces un punto exacto del teclado (que hasta lo puede hacer con la polla si quiere, vamos) o, si te apuran, de usar el tipex en las cuartillas impresas (hasta un tachón me vale, me da lo mismo), que a cuento de qué tienes tú que atender sus llamadas después de tanto tiempo, vamos, no me jodas, coño.
Pero luego te sale una risotada sardónica, casi demencial, teniendo en cuenta que esto ya te ha ocurrido más de una vez, y te imaginas a tu querido ex tirado en el sofá de su casa preguntándose por qué narices no para de echar currículums y nadie lo llama para concertar una entrevista, que hay que ver lo mal que está el trabajo, que nadie quiere contratarle, que no hay puestos de trabajo suficientes para todos, que la vida está fatal... Muy probablemente, esté pensando en votar al partido de las gaviotas el fin de semana próximo, porque hay que ver la que está liando Zapatero...
No sé de qué me sorprendo. Cuando la gente no cambia (porque además considera que son lo más de lo más y que sus defectos no son tales, que ellos son así), no hay más que historias repitiéndose con sus correspondientes reminiscencias para los demás.
[PROPELLERHEADS & SHIRLEY BASSEY – History Repeating]
Entonces suena tu teléfono móvil rompiendo tu pequeño momento de paz y alegría desmesurada. Miras el identificador de llamada con curiosidad. Número privado, dice. Ays, sabes que siempre dicen aquello de “no hables con desconocidos”, pero la curiosidad te puede y contestas a la llamada.
-¿Sí? (con voz de 906 por si acaso, que nunca se sabe si puede ser el amor de tu vida o, en su defecto, el que te ofrezca el polvo de tu vida).
-Buenas tardes. ¿Podría hablar con Zutanito Fernández? (con la voz de Constantino Romero).
Se oye un “cataclón” onomatopéyico que no es más que el sonido que ha emitido tu cuerpo al caerse de la silla.
Una música al estilo de Psicosis suena en la habitación: diru diru diru diru diru diru diru diru diru... ñiiik ñiiik ñiiik ñiiik.
Teniendo en cuenta que Zutanito Fernández es el nombre de tu ex, ése que no ves desde hace más de año y medio y del que no te apetece saber absolutamente nada salvo que ha cumplido su mágico y profundo sueño de convertirse en actor de películas porno, te sientes como la rubia de la primera escena de Scream. La frase que ha soltado el desconocido al otro lado de la línea (nota mental, cambiar de número de teléfono o no contestar a los números privados ni por curiosidad siquiera. Sí, ya sé que debido al alto grado de maruja que compone mi ser esto es prácticamente imposible, pero es bueno planteárselo al menos), esa frase, la de “podría hablar con Zutanito Fernández” es equivalente en ese momento a “¿Cuál es tu película de terror favorita?”.
-Estooooooo (sin saber muy bien si tu vida se ha convertido en la escena de una película de Woody Allen, mirando a tu alrededor preguntándote una y otra vez “¿dónde está la cámara oculta? ¡¡¿Dónde coño está la maldita cámara oculta?!!”), creo que se ha equivocado.
-¿No es ése el número de Zutanito Fernández?
A ver, crees que has sido lo suficientemente explícito, pero chasqueas la lengua ruidosamente como muestra de tu hastío y vuelves a responder que no educadamente (tampoco es plan de que el desconocido pague los platos rotos). Ante lo cual llega la solución del enigma:
-Es que ha echado el currículum en esta empresa y viene este número como forma de contacto.
Se oye un “crac” onomatopéyico, que es no es más que el sonido de tu mandíbula al descuajeringarse y un “claunnn”, que es el sonido de tu barbilla chocando contra el suelo y dejándote una boca que ya quisiera una muñeca hinchable de segunda mano.
Ahhhhh, acabáramos, hombre. Te despides del amable señor, sufriendo la tentación de comentarle muy altruístamente (como buenísima persona que eres), que no se moleste en localizarle, que es un impresentable y que mejor se ahorre la entrevista (a menos que sea de una productora de películas porno gay, insisto), pero estás tan estupefacto, ojiplático y patidifuso que no eres capaz de construír la frase con la suficiente rapidez. Para cuando despiertas, el señor ya ha colgado el teléfono.
Ahora bien, la cosa no deja de ser surrealista. Porque digamos que esto no es más que la reminiscencia de un “hace mucho, mucho tiempo, en el reino de los Tocapelotas”, aquélla etapa en la que tu ex te trataba como su secretaria particular y ponía en sus currículums tu número de teléfono para que concertaras tú las entrevistas de trabajo y le llevaras su apretada agenda, lo cual deja bastante claro el tipo de persona de la que estamos hablando y me sitúa mí en una posición de víctima descerebrada que no me gusta en absoluto. Entonces, abandonando el móvil sobre el escritorio dices en voz alta:
-A ver, Zutanito, vida, prenda, maravilla, prodigio humano, rey de los bosques... ¿quieres hacer el puto favor de borrar mi puñetero número de teléfono de tu puto currículum vitae? ¿Tan difícil es? ¿Es que no has tenido tiempo en un total de dos años para hacerlo? ¿Es que tu currículum está en formato pdf y es imposible de modificar? ¿O es que el manejo del Word resulta de lo más complicado para ti? Que yo sé que no eres un lumbreras especialmente, pero que se trata de un procesador de textos, coñe, que no hay que hacer una raíz cuadrada ni nada de eso.
Como si Zutanito pudiera escucharte desde el lejano lugar en el que se encuentre (tal vez desde el plató de una productora porno, insisto bis). Tienes un momento de enfado con el mundo, porque... a ver, coño, que no es que estés pidiéndole peras al olmo, que se trata de borrar el número de teléfono de un documento informático, pulsar seis veces un punto exacto del teclado (que hasta lo puede hacer con la polla si quiere, vamos) o, si te apuran, de usar el tipex en las cuartillas impresas (hasta un tachón me vale, me da lo mismo), que a cuento de qué tienes tú que atender sus llamadas después de tanto tiempo, vamos, no me jodas, coño.
Pero luego te sale una risotada sardónica, casi demencial, teniendo en cuenta que esto ya te ha ocurrido más de una vez, y te imaginas a tu querido ex tirado en el sofá de su casa preguntándose por qué narices no para de echar currículums y nadie lo llama para concertar una entrevista, que hay que ver lo mal que está el trabajo, que nadie quiere contratarle, que no hay puestos de trabajo suficientes para todos, que la vida está fatal... Muy probablemente, esté pensando en votar al partido de las gaviotas el fin de semana próximo, porque hay que ver la que está liando Zapatero...
No sé de qué me sorprendo. Cuando la gente no cambia (porque además considera que son lo más de lo más y que sus defectos no son tales, que ellos son así), no hay más que historias repitiéndose con sus correspondientes reminiscencias para los demás.
[PROPELLERHEADS & SHIRLEY BASSEY – History Repeating]