Aparecidos en La Habana
Por Rafael Grillo
A la postre se llegó a saber, por la fecha que imprimió en la instantánea la cámara digital del aficionado, que fue domingo cuando apareció el primero y que el primer aparecido era alguien en vida llamado Domingo. Quiso un azar enemigo de ignorancias, que fuera la nieta quinceañera de un investigador de la Academia de la Lengua el objetivo del lente y su novio adolescente quien oprimiera el obturador en la Plaza de San Francisco de Asís.
Del Monte, ataviado a la usanza del tempranero XIX, salía al fondo, como una aparición fugaz y desvaída. ¿Por qué Domingo precisamente? Las especulaciones entre los intelectuales terminaron disparando al primer plano la hasta entonces endeble leyenda del fraude de “Espejo de paciencia”.
Pero en esta aparición no se reparó al inicio y no sería, por tanto, la que fundara noticia oreja a oreja. Antes la bola empezó a conformarse con el supuesto de que, un domingo, entre las carpas de souvenirs emplazadas delante del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, un presbítero de sonrisa condescendiente preguntó el precio de un Cristo tallado en madera y un artesano ilustrado lo reconoció como “el hombre que enseñó a pensar a los cubanos”. Que si al domingo siguiente, el mismísimo “Cantor del Niágara”, de porte agraciado y elegante, había solicitado un café en El Escorial de la Plaza Vieja.
Que a las seis de la mañana de un domingo, la celadora de la Casa Natal escuchó abrirse la cerradura y se precipitó a mirar, para darse de bruces con el jovencito reo de la foto en la Cantera de San Lázaro, atravesando la sala en puntas de pie, quien le hiciera con el índice el gesto de sellar los labios “Para que no se despierten don Mariano y mamá Leonor”.
Que un domingo a la vuelta del negocio, un asere de la calle Trocadero encontró a la abuela Inés con cara de habérsele bajado un muerto; y de eso casi se trataba, porque en el recorrido de los mandados la vieja recién operada por Milagro de sus cataratas, atisbó a través de la ventana de la Casa Museo de al lado y vio clarito clarito, leyendo en su poltrona de siempre, “al barrigón asmático y maricón que se partió allá por los 70s”.
Que un pedagogo de literatura en secundaria básica distinguió a Diego, el padre, entre los transeúntes de domingo por la Calzada de Jesús del Monte —¿dónde si no?. Y en un parquecito de la Habana Vieja, dedicado a honrar los Orígenes y clausurado al público como cada domingo, el guarda divisó a un longevo par, de carne y hueso según lo interpretara su falible percepción humana, pero idénticos a unas esculturas en metal que existen en el lugar. Los pies juntitos bajo el banco y apresadas las manitas envejecidas, como pareja de noviecillos eternos. Él la fusilaba a versos, ella se dejaba asesinar el corazón, sin chistar.
El rumor terminó de extender las alas, aunque propagándose todavía con más atención entre las filas de “los culturosos”, cuando un anciano, ex locutor de Radio Progreso, descubrió en la madrugada del domingo al Cervantes cubano de los Tres tristes tigres saliendo del Cabaret Las Vegas; y varias horas después fue entrevisto su doble por un crítico de cine en el Boulevard, cuando el Caín asistido por el don mayor de los espíritus, atravesó sin dificultades la tapia que sella la entrada al desmantelado cine Rex.
Es de sobra conocido que ninguno de estos hechos extraordinarios, o hasta trascendentales como valoran muchos que conozco, quedó asentado, sin embargo, en el domingo a domingo de los periódicos. No cupo el chisme sobrenatural, absorbidos como estuvieron en esos meses los medios nacionales por el thriller de las elecciones presidenciales en el Norte brutal.
Si bien, de pronto, a las redacciones empezó a telefonear la gente para averiguar qué coño era un bolocrema, un huelogrima, o un holograma (la pronunciación correcta sólo provino de un profesor de Física de la Vocacional). Tal curiosidad repentina se propagaba en relación directa con el asunto de las misteriosas apariciones, pues por esos días, uno escuchaba en la calle que un gerente de Corporación nombrado Domingo Valdés Tamayo, había sido notificado por sus ex colegas del Alto Mando de que sufríamos “una invasión de hologramas implantados por el enemigo”.
La respuesta, indirectamente, se le brindó a todo el pueblo mediante dos emisiones consecutivas del televisivo dominical Pasaje a lo desconocido. En la primera se exhibió un documental de Gran Bretaña, donde un grupo de investigadores londinenses concluía que las recientes manifestaciones en directo de Jack el Destripador eran simple consecuencia de un estado colectivo de histeria, alimentado por el último éxito macabro de Hollywood.
El material audiovisual de siete días después, consistió en la pedante disertación de un cibernético del Instituto de Massachusetts sobre los rayos láser y su uso para proyectar imágenes en tercera dimensión, las cuales podían alcanzar grados extremos de realismo si se poseía la tecnología de punta adecuada, exclusiva de los primermundistas.
Los fantasmas, al parecer, tienen sus oídos clausurados a la ciencia; y así continuaron, domingo tras domingo, saliendo de la nada para disolverse al poco rato en ella, tras alborotar por los cuatro puntos cardinales de La Habana. Arenas se materializó entre dos espléndidos ejemplares de piel oscura en la playa de El Mégano y les sobó, experimentado, las vergas prominentes. Heberto se llegó hasta la UNEAC, borracho y echando pestes en contra de Nicolás. Virgilio por las aceras del Vedado, cantó “La pájara pinta” con la mirada posada sobre los árboles. El Rojo, el Gallego y Jesús enseñaron la faz de los optimistas ingenuos mientras se paseaban enfrente del Capitolio, llevando debajo del brazo el ejemplar prístino de El Caimán Barbudo.
Durante un coloquio homenaje en el Hurón Azul, interrumpió a una conferencista el grito de “Caggrrrlos Enggrrríquez, fils de femme qui se defénde avec le cul; y pudo distinguirse al autor de El Siglo de las Luces gesticulando airado frente a una butaca, vacía para ojos que no fueran de espectro, cual si el pintor del Rapto de las Mulatas en persona, se hubiera colado entre el público escaso.
Yo no. Pero un par de amigos míos, sí registraron encuentros cercanos de tercer tipo con las luminarias del más allá. Raúl, narrador de la última hornada, desandaba la Quinta Avenida un domingo en que vio a Onelio avanzar en dirección opuesta hasta tenerlo enfrente suyo. Entonces le soltó a rajatabla: “¿Por qué, Maestro... por qué hoy?”. El interpelado puso cara de pavor, tal si la muerte tuviera plantada delante, y mudo asimismo se lo tragó el aire. “Como si prefiriera irse con su cuento a otra parte”, me resume su impresión Raúl.
Todavía más espectacular fue la experiencia de Leo García, decimista de Sagua la Grande, quien justo salía de la Estación Central, en un domingo como otros tantos para él, malencarado luego de una travesía de espanto, y fue abordado por un tipo maduro y de compuesta facha que le dio ánimos con un “Ríe, hombre, ríe... que de choteo estamos hechos los cubanos. Es lo nuestro el vicio, o la virtud, de mofarnos de la prueba más dura”; antes de perdérsele de vista, desvanecido entre la terca multitud que esperaba la ruta 264. Félix, un empleado de la Oficina del Historiador, afirma que ese no pudo haber sido otro que Mañach.
Los que recuerdan el Taller “Identidad e Historia Cultural de la Nación” no dejan de subrayar la intervención del Ministro de Cultura. En la que, deducen, este quiso poner punto final a la incertidumbre de sus acólitos con una críptica expresión que, solamente para despistados y dejada en el contexto literal de su discurso, atañía a la tradición literaria:
“Ellos regresan para perturbarnos —exclamó—. Ellos vienen para inquietarnos. Nos toca a los vivos convivir en armonía con la memoria... Y proyectarnos en el Tiempo y el Espacio —así dijo, como si los que estábamos ahí presentes fuéramos los verdaderos hologramas— hacia la posteridad.”
Después de aquella tarde de domingo en el palacio del Segundo Cabo, apenas se trasmitieron referencias de nuevos avistamientos. Los pocos lucían puro embuste, pura extroversión de los anhelos de escribas mediocres, ufanos de exhibirse como tocados por la varita de sus mágicos antecesores.
Ya todos estos acontecimientos, como se sabe, no muelen molinos. Pero faltaba aún que alguien escribiera sobre papel o pantalla de ordenador la crónica de esos domingos extraños en que Ellos formaron fila para hacernos la visita.
A la postre se llegó a saber, por la fecha que imprimió en la instantánea la cámara digital del aficionado, que fue domingo cuando apareció el primero y que el primer aparecido era alguien en vida llamado Domingo. Quiso un azar enemigo de ignorancias, que fuera la nieta quinceañera de un investigador de la Academia de la Lengua el objetivo del lente y su novio adolescente quien oprimiera el obturador en la Plaza de San Francisco de Asís.
Del Monte, ataviado a la usanza del tempranero XIX, salía al fondo, como una aparición fugaz y desvaída. ¿Por qué Domingo precisamente? Las especulaciones entre los intelectuales terminaron disparando al primer plano la hasta entonces endeble leyenda del fraude de “Espejo de paciencia”.
Pero en esta aparición no se reparó al inicio y no sería, por tanto, la que fundara noticia oreja a oreja. Antes la bola empezó a conformarse con el supuesto de que, un domingo, entre las carpas de souvenirs emplazadas delante del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, un presbítero de sonrisa condescendiente preguntó el precio de un Cristo tallado en madera y un artesano ilustrado lo reconoció como “el hombre que enseñó a pensar a los cubanos”. Que si al domingo siguiente, el mismísimo “Cantor del Niágara”, de porte agraciado y elegante, había solicitado un café en El Escorial de la Plaza Vieja.
Que a las seis de la mañana de un domingo, la celadora de la Casa Natal escuchó abrirse la cerradura y se precipitó a mirar, para darse de bruces con el jovencito reo de la foto en la Cantera de San Lázaro, atravesando la sala en puntas de pie, quien le hiciera con el índice el gesto de sellar los labios “Para que no se despierten don Mariano y mamá Leonor”.
Que un domingo a la vuelta del negocio, un asere de la calle Trocadero encontró a la abuela Inés con cara de habérsele bajado un muerto; y de eso casi se trataba, porque en el recorrido de los mandados la vieja recién operada por Milagro de sus cataratas, atisbó a través de la ventana de la Casa Museo de al lado y vio clarito clarito, leyendo en su poltrona de siempre, “al barrigón asmático y maricón que se partió allá por los 70s”.
Que un pedagogo de literatura en secundaria básica distinguió a Diego, el padre, entre los transeúntes de domingo por la Calzada de Jesús del Monte —¿dónde si no?. Y en un parquecito de la Habana Vieja, dedicado a honrar los Orígenes y clausurado al público como cada domingo, el guarda divisó a un longevo par, de carne y hueso según lo interpretara su falible percepción humana, pero idénticos a unas esculturas en metal que existen en el lugar. Los pies juntitos bajo el banco y apresadas las manitas envejecidas, como pareja de noviecillos eternos. Él la fusilaba a versos, ella se dejaba asesinar el corazón, sin chistar.
El rumor terminó de extender las alas, aunque propagándose todavía con más atención entre las filas de “los culturosos”, cuando un anciano, ex locutor de Radio Progreso, descubrió en la madrugada del domingo al Cervantes cubano de los Tres tristes tigres saliendo del Cabaret Las Vegas; y varias horas después fue entrevisto su doble por un crítico de cine en el Boulevard, cuando el Caín asistido por el don mayor de los espíritus, atravesó sin dificultades la tapia que sella la entrada al desmantelado cine Rex.
Es de sobra conocido que ninguno de estos hechos extraordinarios, o hasta trascendentales como valoran muchos que conozco, quedó asentado, sin embargo, en el domingo a domingo de los periódicos. No cupo el chisme sobrenatural, absorbidos como estuvieron en esos meses los medios nacionales por el thriller de las elecciones presidenciales en el Norte brutal.
Si bien, de pronto, a las redacciones empezó a telefonear la gente para averiguar qué coño era un bolocrema, un huelogrima, o un holograma (la pronunciación correcta sólo provino de un profesor de Física de la Vocacional). Tal curiosidad repentina se propagaba en relación directa con el asunto de las misteriosas apariciones, pues por esos días, uno escuchaba en la calle que un gerente de Corporación nombrado Domingo Valdés Tamayo, había sido notificado por sus ex colegas del Alto Mando de que sufríamos “una invasión de hologramas implantados por el enemigo”.
La respuesta, indirectamente, se le brindó a todo el pueblo mediante dos emisiones consecutivas del televisivo dominical Pasaje a lo desconocido. En la primera se exhibió un documental de Gran Bretaña, donde un grupo de investigadores londinenses concluía que las recientes manifestaciones en directo de Jack el Destripador eran simple consecuencia de un estado colectivo de histeria, alimentado por el último éxito macabro de Hollywood.
El material audiovisual de siete días después, consistió en la pedante disertación de un cibernético del Instituto de Massachusetts sobre los rayos láser y su uso para proyectar imágenes en tercera dimensión, las cuales podían alcanzar grados extremos de realismo si se poseía la tecnología de punta adecuada, exclusiva de los primermundistas.
Los fantasmas, al parecer, tienen sus oídos clausurados a la ciencia; y así continuaron, domingo tras domingo, saliendo de la nada para disolverse al poco rato en ella, tras alborotar por los cuatro puntos cardinales de La Habana. Arenas se materializó entre dos espléndidos ejemplares de piel oscura en la playa de El Mégano y les sobó, experimentado, las vergas prominentes. Heberto se llegó hasta la UNEAC, borracho y echando pestes en contra de Nicolás. Virgilio por las aceras del Vedado, cantó “La pájara pinta” con la mirada posada sobre los árboles. El Rojo, el Gallego y Jesús enseñaron la faz de los optimistas ingenuos mientras se paseaban enfrente del Capitolio, llevando debajo del brazo el ejemplar prístino de El Caimán Barbudo.
Durante un coloquio homenaje en el Hurón Azul, interrumpió a una conferencista el grito de “Caggrrrlos Enggrrríquez, fils de femme qui se defénde avec le cul; y pudo distinguirse al autor de El Siglo de las Luces gesticulando airado frente a una butaca, vacía para ojos que no fueran de espectro, cual si el pintor del Rapto de las Mulatas en persona, se hubiera colado entre el público escaso.
Yo no. Pero un par de amigos míos, sí registraron encuentros cercanos de tercer tipo con las luminarias del más allá. Raúl, narrador de la última hornada, desandaba la Quinta Avenida un domingo en que vio a Onelio avanzar en dirección opuesta hasta tenerlo enfrente suyo. Entonces le soltó a rajatabla: “¿Por qué, Maestro... por qué hoy?”. El interpelado puso cara de pavor, tal si la muerte tuviera plantada delante, y mudo asimismo se lo tragó el aire. “Como si prefiriera irse con su cuento a otra parte”, me resume su impresión Raúl.
Todavía más espectacular fue la experiencia de Leo García, decimista de Sagua la Grande, quien justo salía de la Estación Central, en un domingo como otros tantos para él, malencarado luego de una travesía de espanto, y fue abordado por un tipo maduro y de compuesta facha que le dio ánimos con un “Ríe, hombre, ríe... que de choteo estamos hechos los cubanos. Es lo nuestro el vicio, o la virtud, de mofarnos de la prueba más dura”; antes de perdérsele de vista, desvanecido entre la terca multitud que esperaba la ruta 264. Félix, un empleado de la Oficina del Historiador, afirma que ese no pudo haber sido otro que Mañach.
Los que recuerdan el Taller “Identidad e Historia Cultural de la Nación” no dejan de subrayar la intervención del Ministro de Cultura. En la que, deducen, este quiso poner punto final a la incertidumbre de sus acólitos con una críptica expresión que, solamente para despistados y dejada en el contexto literal de su discurso, atañía a la tradición literaria:
“Ellos regresan para perturbarnos —exclamó—. Ellos vienen para inquietarnos. Nos toca a los vivos convivir en armonía con la memoria... Y proyectarnos en el Tiempo y el Espacio —así dijo, como si los que estábamos ahí presentes fuéramos los verdaderos hologramas— hacia la posteridad.”
Después de aquella tarde de domingo en el palacio del Segundo Cabo, apenas se trasmitieron referencias de nuevos avistamientos. Los pocos lucían puro embuste, pura extroversión de los anhelos de escribas mediocres, ufanos de exhibirse como tocados por la varita de sus mágicos antecesores.
Ya todos estos acontecimientos, como se sabe, no muelen molinos. Pero faltaba aún que alguien escribiera sobre papel o pantalla de ordenador la crónica de esos domingos extraños en que Ellos formaron fila para hacernos la visita.
“Yo soy el que soy”
Los 10 + 2 mandamientos del paraperiodista
1. No acabamos de inventar una nueva forma de encender el fuego sin fósforos. Cuando reincidimos en el Nihil novi sub sole no es por empatía con el consabido agobio postmoderno, sino porque tiempo ha Eclesiastés dixit y ya desde entonces con mucha razón. Fíjense en que si historiadores y arqueólogos no acaban de comprobar que Troya sí ardió bajo la antorcha aquea, habrá tenido la Antigüedad en Homero, clarividente o ciego, al primer paraperiodista. Y a Platón como su continuador histórico, si es que este inventó todito el cuento de la Atlántida o cuando “reportó” escrupulosamente los andares, diálogos y muerte de Sócrates, sin llevar en mano laptop, grabadora o libreta de notas y buen bolígrafo.
2. No hay corriente alterna sin mainstream. Como mismo la Psicología, con su catálogo de eventos subjetivos, “científica y objetivamente comprobados”, tiene su Parapsicología: esa biblioteca bastarda de fenómenos psi o detritus paranormales, que los doctos ceden a los crédulos y traficantes de milagros; asimismo el Periodismo puede tener su Para, donde cabrían todos los sucesos que nadie confirmó que acontecieran, nadie certifica que están pasando, ni nadie meterá la mano en la candela con la convicción de que ocurrirán mañana.
3. No hay producto que dure cien años ni marca que lo resista. El “Paraperiodismo” es apenas un cartelito, una etiqueta para no estar fuera de moda o por el caprino empecinamiento de los humanos de clasificarlo todo. También podría llamársele “Periodismo paraliterario”, “Literatura paraperiodística” o, nos da igual, si se le antojara a alguien considerarlo “Perioliteporquerismo”, o “Porquería” a secas.
4. No todo lo irreal es incierto ni todo lo real es verdadero: consigna básica que el gremio paraperiodístico traduce jocosamente como “Una mentira vale más que mil palabras” o “Mil y una noches de sueño absurdo revelan lo mismitico que el premio de la World Press Photo”. El Paraperiodismo es cofrade de la Literatura en su culto politeísta por todo lo meramente “verosímil”, en contraposición al “De facto”, ese Dios único de la religión periodística.
5. No hay noticias sin medios que las cultiven y gente que se las coma. Todo lo que “es” y “no es” —vulgar pero no ontológicamente hablando— puede constituirse en “noticia” o hecho resaltado para atraer a los comunes. Sólo basta que un medio de comunicación lo infiltre en su Agenda por intereses intrínsecos o de superiores, para “manipular” —“orientar” podría usarse como eufemismo si le escandaliza el verbo anterior— a las audiencias. El Paraperiodismo también cuenta con Agenda propia, así como con su propia guerra.
6. No leerá aquí “lo que no le contó” otro medio de comunicación, aclaran los paraperiodistas, para que no se reactive el síndrome de la sospecha y los sistemas de vigilancia. La onda NO es ser asumidos como “un medio de información alternativo”, que propala la Agenda oculta o distorsionada por los medios reputados y/u oficiales. Ya está dicho antes: lo nuestro no es periodismo al raso, del objetivo, puro y duro. Somos sinceros, no como Orson Welles; si mañana describimos una invasión marciana a La Habana, no es para que cunda el pánico y salgan a nado en busca de playa promisoria.
7. No queremos tampoco hacer un remake o reload del Nuevo Periodismo. Ni aspirar a los nombreticos de Nuevo Postperiodismo o Postnovísimo periodismo. ¡Ya nos gustaría a los paraperiodistas contar las historias de la realidad de manera tan exquisita que lucieran de mentiritas y se nos tomara como novedad! Más, con los yankees Wolfe, Capote, Mailer, Thompson & Co., o los latinoamericanos Walsh y García Márquez, es suficiente. Si bien no descartamos totalmente el acudir, de vez en vez, al maquillaje literario de eventos ciertos y personajes de verdad.
8. No hay buen texto sin chino detrás, o al comienzo, o lo que es lo mismo: no hay reportaje sin cuento del bueno en la trastienda ni novela excelsa sin investigación acuciosa o crónica de vida por delante. En fin, que el Paraperiodismo se propone formalmente derribar el Telón de Hierro entre Literatura y Periodismo, y liberar los géneros apresados dentro de uno y otro estanco. Se valen las entrevistas apócrifas, las semblanzas ejemplares o nefastas de escritores, artistas, obreros y políticos inexistentes, las reseñas o ensayos sobre obras de arte, libros, conciertos o películas que nunca se hicieron, la descripción detallada al estilo reporteril de eventos ficticios, la misiva del lector que no tiene Internet, el cuento de la pipa mala, las crónicas de la mujer loba, el diario de un analfabeto, etc, etc & etc...
9. No hay cierres felices fuera de Hollywood ni cataclismo o resultado de elecciones con que no arranque un noticiero: esta es la manera que tienen los paraperiodistas para explicar que no les interesa la apariencia de “apocalípticos” ni la de “integrados”. Que no escriben para brindar consolación o para ser didácticos, pero tampoco para incitar al despelote aguerrido o condenar a la desesperanza. Ni condón ni VIH.
10. No caerás en la doble tentación: ni sacarás bostezos ni venderás palomitas de maíz. Ingenio y lucidez, sarcasmo y responsabilidad; tonterías no, así no se vale, que no queremos ser tildados de “banales” o “frívolos”. Tampoco saltaríamos de contento con el mote de “amarillistas”, más sería peor si no logramos superar el modelo del “periodismo bucólico pastoril”. De sólo entretenerse el lector con lo que hacemos, pues ya 7 puntos en la escala Mercalli (hasta 12). Más, si alcanzamos que “sienta” (seáse que se ofenda, cuestione, reniegue, o tolere, simpatice, admire) y que “piense” —Oh, Logos, manifiéstate— sobre su individualidad y patio particular o en la humana esencia y ancho universo en general, entonces: Terremoto máximo y viaje por tiempo irrestricto y precios módicos a Never Land o Andrómeda (para ambos: paraperiodista y lector).
11. No hay límites ni punto al final. La eternidad, por fin, comienza hoy (utopía privada del paraperiodista). No hay Abu Ghraib que contenga a la (ir)realidad toda. Lo único irreal es la reja: nos dicta en la oreja el poeta y periodista Urondo. Dentro de la mente de cada hombre no cabe implantar ratoneras. Ni hay filo suficiente en la espada de Damocles como para que corte la imaginación y el anhelo. La Revolución no culmina con la muerte de Neo en Matrix III. Paraperiodistas sin fronteras, digamos: “No habrá Holocausto(s)”. Y no cesemos de repetirlo: no habrá Holocausto(s), no habrá Holocausto(s), no habrá Holocausto(s), no habrá Holocausto(s)...
12. No están cegados los paraperiodistas por el autoritarismo del Señor y su enviado Moisés como para no aceptar modificaciones a sus Tablas de la Ley. Por tal razón, y en un gesto de amplia y legítima democracia, además de invitar a cualquiera para que envíe textos de su autoría que cumplan las reglas del Club, también promueven la posibilidad de que se les sugiera la adición o la sustracción de mandamientos y la introducción de cuerdas reformas a los ya existentes.
Por Rafael Grillo
1. No acabamos de inventar una nueva forma de encender el fuego sin fósforos. Cuando reincidimos en el Nihil novi sub sole no es por empatía con el consabido agobio postmoderno, sino porque tiempo ha Eclesiastés dixit y ya desde entonces con mucha razón. Fíjense en que si historiadores y arqueólogos no acaban de comprobar que Troya sí ardió bajo la antorcha aquea, habrá tenido la Antigüedad en Homero, clarividente o ciego, al primer paraperiodista. Y a Platón como su continuador histórico, si es que este inventó todito el cuento de la Atlántida o cuando “reportó” escrupulosamente los andares, diálogos y muerte de Sócrates, sin llevar en mano laptop, grabadora o libreta de notas y buen bolígrafo.
2. No hay corriente alterna sin mainstream. Como mismo la Psicología, con su catálogo de eventos subjetivos, “científica y objetivamente comprobados”, tiene su Parapsicología: esa biblioteca bastarda de fenómenos psi o detritus paranormales, que los doctos ceden a los crédulos y traficantes de milagros; asimismo el Periodismo puede tener su Para, donde cabrían todos los sucesos que nadie confirmó que acontecieran, nadie certifica que están pasando, ni nadie meterá la mano en la candela con la convicción de que ocurrirán mañana.
3. No hay producto que dure cien años ni marca que lo resista. El “Paraperiodismo” es apenas un cartelito, una etiqueta para no estar fuera de moda o por el caprino empecinamiento de los humanos de clasificarlo todo. También podría llamársele “Periodismo paraliterario”, “Literatura paraperiodística” o, nos da igual, si se le antojara a alguien considerarlo “Perioliteporquerismo”, o “Porquería” a secas.
4. No todo lo irreal es incierto ni todo lo real es verdadero: consigna básica que el gremio paraperiodístico traduce jocosamente como “Una mentira vale más que mil palabras” o “Mil y una noches de sueño absurdo revelan lo mismitico que el premio de la World Press Photo”. El Paraperiodismo es cofrade de la Literatura en su culto politeísta por todo lo meramente “verosímil”, en contraposición al “De facto”, ese Dios único de la religión periodística.
5. No hay noticias sin medios que las cultiven y gente que se las coma. Todo lo que “es” y “no es” —vulgar pero no ontológicamente hablando— puede constituirse en “noticia” o hecho resaltado para atraer a los comunes. Sólo basta que un medio de comunicación lo infiltre en su Agenda por intereses intrínsecos o de superiores, para “manipular” —“orientar” podría usarse como eufemismo si le escandaliza el verbo anterior— a las audiencias. El Paraperiodismo también cuenta con Agenda propia, así como con su propia guerra.
6. No leerá aquí “lo que no le contó” otro medio de comunicación, aclaran los paraperiodistas, para que no se reactive el síndrome de la sospecha y los sistemas de vigilancia. La onda NO es ser asumidos como “un medio de información alternativo”, que propala la Agenda oculta o distorsionada por los medios reputados y/u oficiales. Ya está dicho antes: lo nuestro no es periodismo al raso, del objetivo, puro y duro. Somos sinceros, no como Orson Welles; si mañana describimos una invasión marciana a La Habana, no es para que cunda el pánico y salgan a nado en busca de playa promisoria.
7. No queremos tampoco hacer un remake o reload del Nuevo Periodismo. Ni aspirar a los nombreticos de Nuevo Postperiodismo o Postnovísimo periodismo. ¡Ya nos gustaría a los paraperiodistas contar las historias de la realidad de manera tan exquisita que lucieran de mentiritas y se nos tomara como novedad! Más, con los yankees Wolfe, Capote, Mailer, Thompson & Co., o los latinoamericanos Walsh y García Márquez, es suficiente. Si bien no descartamos totalmente el acudir, de vez en vez, al maquillaje literario de eventos ciertos y personajes de verdad.
8. No hay buen texto sin chino detrás, o al comienzo, o lo que es lo mismo: no hay reportaje sin cuento del bueno en la trastienda ni novela excelsa sin investigación acuciosa o crónica de vida por delante. En fin, que el Paraperiodismo se propone formalmente derribar el Telón de Hierro entre Literatura y Periodismo, y liberar los géneros apresados dentro de uno y otro estanco. Se valen las entrevistas apócrifas, las semblanzas ejemplares o nefastas de escritores, artistas, obreros y políticos inexistentes, las reseñas o ensayos sobre obras de arte, libros, conciertos o películas que nunca se hicieron, la descripción detallada al estilo reporteril de eventos ficticios, la misiva del lector que no tiene Internet, el cuento de la pipa mala, las crónicas de la mujer loba, el diario de un analfabeto, etc, etc & etc...
9. No hay cierres felices fuera de Hollywood ni cataclismo o resultado de elecciones con que no arranque un noticiero: esta es la manera que tienen los paraperiodistas para explicar que no les interesa la apariencia de “apocalípticos” ni la de “integrados”. Que no escriben para brindar consolación o para ser didácticos, pero tampoco para incitar al despelote aguerrido o condenar a la desesperanza. Ni condón ni VIH.
10. No caerás en la doble tentación: ni sacarás bostezos ni venderás palomitas de maíz. Ingenio y lucidez, sarcasmo y responsabilidad; tonterías no, así no se vale, que no queremos ser tildados de “banales” o “frívolos”. Tampoco saltaríamos de contento con el mote de “amarillistas”, más sería peor si no logramos superar el modelo del “periodismo bucólico pastoril”. De sólo entretenerse el lector con lo que hacemos, pues ya 7 puntos en la escala Mercalli (hasta 12). Más, si alcanzamos que “sienta” (seáse que se ofenda, cuestione, reniegue, o tolere, simpatice, admire) y que “piense” —Oh, Logos, manifiéstate— sobre su individualidad y patio particular o en la humana esencia y ancho universo en general, entonces: Terremoto máximo y viaje por tiempo irrestricto y precios módicos a Never Land o Andrómeda (para ambos: paraperiodista y lector).
11. No hay límites ni punto al final. La eternidad, por fin, comienza hoy (utopía privada del paraperiodista). No hay Abu Ghraib que contenga a la (ir)realidad toda. Lo único irreal es la reja: nos dicta en la oreja el poeta y periodista Urondo. Dentro de la mente de cada hombre no cabe implantar ratoneras. Ni hay filo suficiente en la espada de Damocles como para que corte la imaginación y el anhelo. La Revolución no culmina con la muerte de Neo en Matrix III. Paraperiodistas sin fronteras, digamos: “No habrá Holocausto(s)”. Y no cesemos de repetirlo: no habrá Holocausto(s), no habrá Holocausto(s), no habrá Holocausto(s), no habrá Holocausto(s)...
12. No están cegados los paraperiodistas por el autoritarismo del Señor y su enviado Moisés como para no aceptar modificaciones a sus Tablas de la Ley. Por tal razón, y en un gesto de amplia y legítima democracia, además de invitar a cualquiera para que envíe textos de su autoría que cumplan las reglas del Club, también promueven la posibilidad de que se les sugiera la adición o la sustracción de mandamientos y la introducción de cuerdas reformas a los ya existentes.
Por Rafael Grillo