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Paraperiodismo
No todo lo irreal es incierto ni todo lo real es verdadero
Acerca de
Rafael Grillo (La Habana, 1970). Licenciado en Psicología y Diplomado en Periodismo. Jefe de redacción de la revista El Caimán Barbudo. Redactor de noticias de Cuban Contemporary Art.com. Poeta, narrador y crítico de arte. Autor de los libros Ecos en el Laberinto y La revancha de Sísifo (ensayos), y 3D3 (cuentos). Premio Jorge Ricardo Massetti de Periodismo 2006 y 2007, además de otros premios en poesía, cuento y ensayo.
Sindicación
 
Aparecidos en La Habana
Por Rafael Grillo

A la postre se llegó a saber, por la fecha que imprimió en la instantánea la cámara digital del aficionado, que fue domingo cuando apareció el primero y que el primer aparecido era alguien en vida llamado Domingo. Quiso un azar enemigo de ignorancias, que fuera la nieta quinceañera de un investigador de la Academia de la Lengua el objetivo del lente y su novio adolescente quien oprimiera el obturador en la Plaza de San Francisco de Asís.
Del Monte, ataviado a la usanza del tempranero XIX, salía al fondo, como una aparición fugaz y desvaída. ¿Por qué Domingo precisamente? Las especulaciones entre los intelectuales terminaron disparando al primer plano la hasta entonces endeble leyenda del fraude de “Espejo de paciencia”.
Pero en esta aparición no se reparó al inicio y no sería, por tanto, la que fundara noticia oreja a oreja. Antes la bola empezó a conformarse con el supuesto de que, un domingo, entre las carpas de souvenirs emplazadas delante del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, un presbítero de sonrisa condescendiente preguntó el precio de un Cristo tallado en madera y un artesano ilustrado lo reconoció como “el hombre que enseñó a pensar a los cubanos”. Que si al domingo siguiente, el mismísimo “Cantor del Niágara”, de porte agraciado y elegante, había solicitado un café en El Escorial de la Plaza Vieja.
Que a las seis de la mañana de un domingo, la celadora de la Casa Natal escuchó abrirse la cerradura y se precipitó a mirar, para darse de bruces con el jovencito reo de la foto en la Cantera de San Lázaro, atravesando la sala en puntas de pie, quien le hiciera con el índice el gesto de sellar los labios “Para que no se despierten don Mariano y mamá Leonor”.
Que un domingo a la vuelta del negocio, un asere de la calle Trocadero encontró a la abuela Inés con cara de habérsele bajado un muerto; y de eso casi se trataba, porque en el recorrido de los mandados la vieja recién operada por Milagro de sus cataratas, atisbó a través de la ventana de la Casa Museo de al lado y vio clarito clarito, leyendo en su poltrona de siempre, “al barrigón asmático y maricón que se partió allá por los 70s”.
Que un pedagogo de literatura en secundaria básica distinguió a Diego, el padre, entre los transeúntes de domingo por la Calzada de Jesús del Monte —¿dónde si no?. Y en un parquecito de la Habana Vieja, dedicado a honrar los Orígenes y clausurado al público como cada domingo, el guarda divisó a un longevo par, de carne y hueso según lo interpretara su falible percepción humana, pero idénticos a unas esculturas en metal que existen en el lugar. Los pies juntitos bajo el banco y apresadas las manitas envejecidas, como pareja de noviecillos eternos. Él la fusilaba a versos, ella se dejaba asesinar el corazón, sin chistar.
El rumor terminó de extender las alas, aunque propagándose todavía con más atención entre las filas de “los culturosos”, cuando un anciano, ex locutor de Radio Progreso, descubrió en la madrugada del domingo al Cervantes cubano de los Tres tristes tigres saliendo del Cabaret Las Vegas; y varias horas después fue entrevisto su doble por un crítico de cine en el Boulevard, cuando el Caín asistido por el don mayor de los espíritus, atravesó sin dificultades la tapia que sella la entrada al desmantelado cine Rex.
Es de sobra conocido que ninguno de estos hechos extraordinarios, o hasta trascendentales como valoran muchos que conozco, quedó asentado, sin embargo, en el domingo a domingo de los periódicos. No cupo el chisme sobrenatural, absorbidos como estuvieron en esos meses los medios nacionales por el thriller de las elecciones presidenciales en el Norte brutal.
Si bien, de pronto, a las redacciones empezó a telefonear la gente para averiguar qué coño era un bolocrema, un huelogrima, o un holograma (la pronunciación correcta sólo provino de un profesor de Física de la Vocacional). Tal curiosidad repentina se propagaba en relación directa con el asunto de las misteriosas apariciones, pues por esos días, uno escuchaba en la calle que un gerente de Corporación nombrado Domingo Valdés Tamayo, había sido notificado por sus ex colegas del Alto Mando de que sufríamos “una invasión de hologramas implantados por el enemigo”.
La respuesta, indirectamente, se le brindó a todo el pueblo mediante dos emisiones consecutivas del televisivo dominical Pasaje a lo desconocido. En la primera se exhibió un documental de Gran Bretaña, donde un grupo de investigadores londinenses concluía que las recientes manifestaciones en directo de Jack el Destripador eran simple consecuencia de un estado colectivo de histeria, alimentado por el último éxito macabro de Hollywood.
El material audiovisual de siete días después, consistió en la pedante disertación de un cibernético del Instituto de Massachusetts sobre los rayos láser y su uso para proyectar imágenes en tercera dimensión, las cuales podían alcanzar grados extremos de realismo si se poseía la tecnología de punta adecuada, exclusiva de los primermundistas.
Los fantasmas, al parecer, tienen sus oídos clausurados a la ciencia; y así continuaron, domingo tras domingo, saliendo de la nada para disolverse al poco rato en ella, tras alborotar por los cuatro puntos cardinales de La Habana. Arenas se materializó entre dos espléndidos ejemplares de piel oscura en la playa de El Mégano y les sobó, experimentado, las vergas prominentes. Heberto se llegó hasta la UNEAC, borracho y echando pestes en contra de Nicolás. Virgilio por las aceras del Vedado, cantó “La pájara pinta” con la mirada posada sobre los árboles. El Rojo, el Gallego y Jesús enseñaron la faz de los optimistas ingenuos mientras se paseaban enfrente del Capitolio, llevando debajo del brazo el ejemplar prístino de El Caimán Barbudo.
Durante un coloquio homenaje en el Hurón Azul, interrumpió a una conferencista el grito de “Caggrrrlos Enggrrríquez, fils de femme qui se defénde avec le cul; y pudo distinguirse al autor de El Siglo de las Luces gesticulando airado frente a una butaca, vacía para ojos que no fueran de espectro, cual si el pintor del Rapto de las Mulatas en persona, se hubiera colado entre el público escaso.
Yo no. Pero un par de amigos míos, sí registraron encuentros cercanos de tercer tipo con las luminarias del más allá. Raúl, narrador de la última hornada, desandaba la Quinta Avenida un domingo en que vio a Onelio avanzar en dirección opuesta hasta tenerlo enfrente suyo. Entonces le soltó a rajatabla: “¿Por qué, Maestro... por qué hoy?”. El interpelado puso cara de pavor, tal si la muerte tuviera plantada delante, y mudo asimismo se lo tragó el aire. “Como si prefiriera irse con su cuento a otra parte”, me resume su impresión Raúl.
Todavía más espectacular fue la experiencia de Leo García, decimista de Sagua la Grande, quien justo salía de la Estación Central, en un domingo como otros tantos para él, malencarado luego de una travesía de espanto, y fue abordado por un tipo maduro y de compuesta facha que le dio ánimos con un “Ríe, hombre, ríe... que de choteo estamos hechos los cubanos. Es lo nuestro el vicio, o la virtud, de mofarnos de la prueba más dura”; antes de perdérsele de vista, desvanecido entre la terca multitud que esperaba la ruta 264. Félix, un empleado de la Oficina del Historiador, afirma que ese no pudo haber sido otro que Mañach.
Los que recuerdan el Taller “Identidad e Historia Cultural de la Nación” no dejan de subrayar la intervención del Ministro de Cultura. En la que, deducen, este quiso poner punto final a la incertidumbre de sus acólitos con una críptica expresión que, solamente para despistados y dejada en el contexto literal de su discurso, atañía a la tradición literaria:
Ellos regresan para perturbarnos —exclamó—. Ellos vienen para inquietarnos. Nos toca a los vivos convivir en armonía con la memoria... Y proyectarnos en el Tiempo y el Espacio —así dijo, como si los que estábamos ahí presentes fuéramos los verdaderos hologramas— hacia la posteridad.”
Después de aquella tarde de domingo en el palacio del Segundo Cabo, apenas se trasmitieron referencias de nuevos avistamientos. Los pocos lucían puro embuste, pura extroversión de los anhelos de escribas mediocres, ufanos de exhibirse como tocados por la varita de sus mágicos antecesores.
Ya todos estos acontecimientos, como se sabe, no muelen molinos. Pero faltaba aún que alguien escribiera sobre papel o pantalla de ordenador la crónica de esos domingos extraños en que Ellos formaron fila para hacernos la visita.
No