Meteorito en el corazón
En la esquina de San Rafael y Galiano cayó un meteorito el 16 de diciembre de 2007, cerca de las 10 de la mañana. La calle abarrotada de gente.
Una mulata vendía pan de molde en el portal del Variedades Galiano, antiguo Ten Cents. Las empleadas de Flogar terminaban de baldear la acera, y en el Rápido de enfrente los turistas bebían cerveza al aire libre, mientras sacaban fotos.
En el parque Fe del Valle, donde estuvo El Encanto, un grupo de borrachos, alegres y ruidosos, maltrataba un viejo bolero de Vicentico Valdés.
Nada fuera de lo común.
Entonces sobrevino la tragedia.
El aerolito detonó entre los seis y ocho kilómetros de altura, y la explosión fue detectada por todas las estaciones sísmicas del Caribe y La Florida. Incendió y derribó los edificios, rompió los cristales de todas las ventanas, y lanzó a la gente al suelo en doce kilómetros a la redonda.
Los periódicos del día siguiente no registraron el hecho y la televisión continúa sin revelar las imágenes. Un informante del gremio periodístico dice que fueron advertidos, porque “el manejo sensacionalista de las catástrofes y la manipulación del dolor de los afectados es una sucia característica de la prensa amarillista del capitalismo”.
Los primeros rumores callejeros sugerían un atentado terrorista, parecido al del 11 de septiembre. Pero esa tesis se desinfla de inmediato, si tomamos en cuenta las excelentes relaciones que el país mantiene con la comunidad islámica internacional.
Después se habló de una agresión imperialista, si bien el argumento resulta manido. Además de que pasa por alto la invulnerabilidad alcanzada en el plano militar por nuestro pueblo.
La siguiente versión se refería a un sabotaje, obra de un grupo de contrarrevolucionarios infiltrados por la playa de Cojímar y sorprendidos en un vetusto edificio de la calle Aguacate, en donde todavía funciona un bufete colectivo de abogados.
Sin embargo, los detalles definitivos nunca fueron publicados, y a varias semanas del siniestro apenas se filtran las informaciones: El cráter provocado por el impacto cubre desde Belascoaín hasta el Capitolio Nacional, y desde Almacenes Ultra hasta Malecón, con una profundidad cercana a los diez metros.
Fuentes cercanas al Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente nos trasmitieron que “las investigaciones realizadas por especialistas permiten suponer que el asteroide golpeó la superficie con una velocidad entre quince y dieciocho metros por segundo, aunque se calcula que la roca comenzó a desintegrarse —perdiendo aceleración— a partir del momento en que irrumpió en la atmósfera terrestre, con lo cual cerca de la mitad de su masa debió fracturarse en pequeños pedazos antes de precipitarse a tierra, trayendo como consecuencia una apreciable disminución en la magnitud de los destrozos”.
Es que, a pesar de tratarse de un meteorito férrico, los analistas presumen que el mismo ya había sufrido grietas con anterioridad, resultado de sucesivas colisiones en el espacio.
Esto provocó que los pedazos debilitados comenzaran a desmembrarse; cayendo en forma de lluvia desde unos veinte kilómetros de altura e impactando con mucha menor velocidad sobre el terreno. Algunos de los fragmentos fueron a dar a municipio aledaños, como el que destruyó los paneles vítreos que rodean la fachada de las Galerías Paseo, en El Vedado.
Las víctimas fatales resultaron en su mayoría transeúntes, que colmaban a esa hora el céntrico boulevard de San Rafael. No obstante, varios oficiales del Ministerio del Interior —casi todos bomberos— perdieron también la vida en el intento de rescatar sobrevivientes entre los escombros.
A ciento dieciséis mil —la mitad en el momento mismo del impacto—, asciende la cifra oficial de fallecidos, según datos recogidos en el Ministerio de Salud Pública. A los que se suman más de dos decenas de miles de heridos y mutilados que permanecen en los hospitales.
Se estima que la elevada densidad poblacional del enclave centrohabanero, así como la afluencia constante de personas provenientes de las provincias hacia esta zona de la capital, incrementó considerablemente el número de afectados.
El patrimonio arquitectónico del municipio —ya muy deteriorado antes de la catástrofe—, ha sido destruido en un noventa por ciento, y las pérdidas sufridas por la economía local ascienden a varios cientos de millones de pesos, situándose el comercio y la gastronomía entre los renglones golpeados con mayor violencia.
El Estado Mayor de la Defensa Civil ha decretado ya la fase recuperativa para toda la capital y, a pesar de la envergadura de los daños, la moral de los damnificados se mantiene alta.
En próximos reportajes, informaremos sobre la naturaleza de los trabajos de recuperación y ofreceremos testimonios recogidos entre los sobrevivientes. Historias que agitan los corazones, denotando el heroísmo, la solidaridad y el profundo humanismo que distingue a nuestros compatriotas; capaces de sobreponerse a cualquier tragedia, a cualquier adversidad.
Por terrible que parezca.
Por Leopoldo Luis
Una mulata vendía pan de molde en el portal del Variedades Galiano, antiguo Ten Cents. Las empleadas de Flogar terminaban de baldear la acera, y en el Rápido de enfrente los turistas bebían cerveza al aire libre, mientras sacaban fotos.
En el parque Fe del Valle, donde estuvo El Encanto, un grupo de borrachos, alegres y ruidosos, maltrataba un viejo bolero de Vicentico Valdés.
Nada fuera de lo común.
Entonces sobrevino la tragedia.
El aerolito detonó entre los seis y ocho kilómetros de altura, y la explosión fue detectada por todas las estaciones sísmicas del Caribe y La Florida. Incendió y derribó los edificios, rompió los cristales de todas las ventanas, y lanzó a la gente al suelo en doce kilómetros a la redonda.
Los periódicos del día siguiente no registraron el hecho y la televisión continúa sin revelar las imágenes. Un informante del gremio periodístico dice que fueron advertidos, porque “el manejo sensacionalista de las catástrofes y la manipulación del dolor de los afectados es una sucia característica de la prensa amarillista del capitalismo”.
Los primeros rumores callejeros sugerían un atentado terrorista, parecido al del 11 de septiembre. Pero esa tesis se desinfla de inmediato, si tomamos en cuenta las excelentes relaciones que el país mantiene con la comunidad islámica internacional.
Después se habló de una agresión imperialista, si bien el argumento resulta manido. Además de que pasa por alto la invulnerabilidad alcanzada en el plano militar por nuestro pueblo.
La siguiente versión se refería a un sabotaje, obra de un grupo de contrarrevolucionarios infiltrados por la playa de Cojímar y sorprendidos en un vetusto edificio de la calle Aguacate, en donde todavía funciona un bufete colectivo de abogados.
Sin embargo, los detalles definitivos nunca fueron publicados, y a varias semanas del siniestro apenas se filtran las informaciones: El cráter provocado por el impacto cubre desde Belascoaín hasta el Capitolio Nacional, y desde Almacenes Ultra hasta Malecón, con una profundidad cercana a los diez metros.
Fuentes cercanas al Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente nos trasmitieron que “las investigaciones realizadas por especialistas permiten suponer que el asteroide golpeó la superficie con una velocidad entre quince y dieciocho metros por segundo, aunque se calcula que la roca comenzó a desintegrarse —perdiendo aceleración— a partir del momento en que irrumpió en la atmósfera terrestre, con lo cual cerca de la mitad de su masa debió fracturarse en pequeños pedazos antes de precipitarse a tierra, trayendo como consecuencia una apreciable disminución en la magnitud de los destrozos”.
Es que, a pesar de tratarse de un meteorito férrico, los analistas presumen que el mismo ya había sufrido grietas con anterioridad, resultado de sucesivas colisiones en el espacio.
Esto provocó que los pedazos debilitados comenzaran a desmembrarse; cayendo en forma de lluvia desde unos veinte kilómetros de altura e impactando con mucha menor velocidad sobre el terreno. Algunos de los fragmentos fueron a dar a municipio aledaños, como el que destruyó los paneles vítreos que rodean la fachada de las Galerías Paseo, en El Vedado.
Las víctimas fatales resultaron en su mayoría transeúntes, que colmaban a esa hora el céntrico boulevard de San Rafael. No obstante, varios oficiales del Ministerio del Interior —casi todos bomberos— perdieron también la vida en el intento de rescatar sobrevivientes entre los escombros.
A ciento dieciséis mil —la mitad en el momento mismo del impacto—, asciende la cifra oficial de fallecidos, según datos recogidos en el Ministerio de Salud Pública. A los que se suman más de dos decenas de miles de heridos y mutilados que permanecen en los hospitales.
Se estima que la elevada densidad poblacional del enclave centrohabanero, así como la afluencia constante de personas provenientes de las provincias hacia esta zona de la capital, incrementó considerablemente el número de afectados.
El patrimonio arquitectónico del municipio —ya muy deteriorado antes de la catástrofe—, ha sido destruido en un noventa por ciento, y las pérdidas sufridas por la economía local ascienden a varios cientos de millones de pesos, situándose el comercio y la gastronomía entre los renglones golpeados con mayor violencia.
El Estado Mayor de la Defensa Civil ha decretado ya la fase recuperativa para toda la capital y, a pesar de la envergadura de los daños, la moral de los damnificados se mantiene alta.
En próximos reportajes, informaremos sobre la naturaleza de los trabajos de recuperación y ofreceremos testimonios recogidos entre los sobrevivientes. Historias que agitan los corazones, denotando el heroísmo, la solidaridad y el profundo humanismo que distingue a nuestros compatriotas; capaces de sobreponerse a cualquier tragedia, a cualquier adversidad.
Por terrible que parezca.
Por Leopoldo Luis





